Buenas tardes. Espero que estén bien. Pasaron varias semanas desde que publique. Aquí dejo el siguiente capítulo y la segunda parte del anterior, ya que como explique antes, no quería publicarlo completo porque era demasiado largo y capaz que no quedaba muy cómodo para muchos.
Bueno, quienes se pasan a leer un ratito o quienes siguen la historia, sabrán que me gusta detallar lo mejor posible a pesar de no ser una experta detallando o expresando. Todavía me falta mucho por aprender.
Debí subir este capítulo hace una semana atrás, y de hecho lo tenía terminado, pero cometí un error al dejarlo con el nombre doc3 y tenía varios textos así, los elimine a todos vaciando la papelera y perdí esta parte. Pero como no todo es oscuro jajaja encontré gran parte del capítulo guardado en mi teléfono así que solamente me quedo completar un poco.
Mis saludos para Smith que tuvo problemas con su cuenta y comento como invitada. Muchas gracias por estar siempre presente, y todavía extraño tu fanfic, frezzer o Frieza, me dejo intrigada y ademas amo como escribes.
Muchas gracias por pasarse a leer, sepan disculpar las demoras y tengan buenas tardes.
Capitulo 12
El rebelde— parte 2
"Lo diré una vez. Se avecinara el tiempo de la tormenta salvaje. Un tiempo de locura y de odio" "Se acerca el tiempo del fin…Y el mundo morirá entre el fuego y resucitara de nuevo junto con el sol" "Resucitara de entre la antigua sangre que primero se derramara sobre la tierra" "Así será, abre los ojos y contempla las señales" "La mente personal se rebelara" "la mente traerá muchas distorsiones del pasado y se volverán a presentar como si fueran de vital importancia y debas mirarlas otra vez"
Neptuno
Futuro alterno
El insomnio del futuro
Desde una pequeña ventana rectangular; de esas que dan al subterráneo una casa, Trunks asomaba sus orbes azules y abiertos como platos, revoleando los ojos de un extremo a otro. Tenía algunas ojeras, y unas pupilas bien dilatadas producto de la oscuridad que acogía en esa mediana habitación llena de escombros y basura. La capital del norte no tenía el mismo clima que la capital del oeste, y eso se dejaba apreciar en los testículos del joven híbrido que suponía que los tenía como dos pasas de uvas, aunque eso no le preocupaba, y tampoco es que sonara chistoso que sus huevos estuvieran duros y contraídos por el crudo y despiadado invierno. Tampoco eran preocupantes sus ojeras que empezaron a hacerse evidentes cuando olvido dormir. Diecisiete días sin pegar un ojo.
Apenas recordaba como llego ahí, no tenía idea. Suponía que sucedió cuando comenzó a escapar, primero; a las puras arrancadas escabulléndose entre casas destruidas, escombros y más casas destruidas. Pronto, se dio cuenta de que estaba en un bosque con arboles humeantes y en vivas llamas que se mecían de un lado al otro con la ayuda de la ventisca propia del norte.
No fue allí precisamente cuando descubrió que estaba en los suelos fríos de la capital de Burning Heart por la calle B 167 de la ciudad de Canyon, a unos 923 Km de la capital del oeste. Tampoco, y no por falta de interés es que no noto donde estaba después de caer sobre varios cadáveres endurecidos que estaban amontonados sobre el asfalto. Algunos eran puro hueso y otros estaban en estado de descomposición, así que podría decirse que era bastante agradable saber que el frío los había congelado por completo y al menos no se sentía el olor putrefacto de la carne.
Después, y de tanto huir vergonzosamente entre lagrimas y tropiezos, herido de gravedad y con varios cortes en las extremidades, milagrosamente llego a un escondite apropiado en donde intentaría sanar al menos para volver al escondite donde estaba su madre.
No era una casa en donde estaba el hijo de la mujer que con su tecnología controlaba el planeta. Era una catedral, y se podía notar; a gran distancia, que la catedral había sido incendiada por las mismas manos que le provocaron todas sus magulladuras, golpes y cortes, algunas todavía sangrantes.
Diecisiete días escondido en el sótano de la catedral. Eran Diecisiete días en los que se le había hecho costumbre convivir entre algunas personas; ahora sin vida y bastante descompuestas, que acudieron al único lugar a donde iría la mayoría frente a un presente apocalíptico.
"Una mala elección" Pensaba Trunks cada vez que se sentaba frente a la cruz a mirar al salvador de los humanos. Ah pero, no todos eran de la misma religión, porque existían miles de dioses que los humanos gustaban crearse para tener que rezarle y ponerlos antes que su propia vida o también, rogarles por la salvación en caso de que sucediera algo así (También para pedir dinero o baratijas, o pedir amor o en el peor de los casos, culparlo por sus errores) Lo que no sabían es que Black designaría las catedrales como primera opción para reventar a estallidos y fuegos artificiales. El tampoco lo sabía, pero lo noto durante el tiempo que lo enfrento o lo espiaba desde lejos… y otras tantas en las que se vio en la necesidad de huir, siempre elegía las pequeñas iglesias y catedrales de las ciudades, y el motivo era precisamente por eso, porque allí es donde se escabullía la sociedad.
El conocía a su dios, y tuvo la suerte de ser entrado por este. Por momentos lo recordaba con tristeza y desanimo, y tampoco era para menos, porque también tuvo la desdicha de verlo morir a manos de Dabura no hacia ni menos de un año atrás. Fue un episodio aterrador; desesperante…
El supremo del este no tenía la fuerza de un saiyajin, tampoco era el kaioshin más fuerte… pero tenía unas pelotas de acero a la hora de enfrentar a un enemigo por más que las chanches de morir fueran del 99%. Dabura era un demonio poderoso.
En varias oportunidades se culpaba por no haber podido ayudarlo de la manera en que quería. Estaba seguro de que el supremo kaioshin no era un dios salvador, y de hecho no tenía la responsabilidad de hacerlo tampoco "¿Quién dijo que dios era el encargado de salvarlos?" se preguntaba al mirar la cruz… Porque él, que conocía al verdadero dios, sabía que ese no era su deber, suficiente con haberles dado la vida.
La vida no había sido muy dadivosa con Trunks….
Eso es lo que pensaba la jovencita parada en la entrada del sótano, que parecía como si estuviera leyendo la mente del muchachito. Ni idea de lo que estaba pensando en realidad. Mai no lo sabía, pero desde hacía más de seis meses que solo repetía una y otra vez todo lo que lamentaba no haber podido salvar la vida del supremo y mucho menos la mayor parte de la humanidad. Ella no lo culpaba, y nadie lo hacía en verdad, solo él y nadie más que el que se sentía impotente frente a la situación.
―Oye…― Dijo Mai apenas y sin alzar la voz. Tampoco era necesario gracias al resonante silencio, que parecía chillar casi insoportablemente en la profundidad de sus oídos.
Trunks se sobresalto tambaleándose arriba de un viejo cajón de manzanas que había puesto cerca de la pared donde estaba la ventana rectangular, después, y cuando se encontró a salvo tocando el suelo volteo algo avergonzado y dijo: ―Lo siento…
― ¿Por qué?― Respondió con una sonrisa, ahora abandonando el umbral y encaminándose hasta un colchón bastante viejo pero libre de chinches u manchas de humedad. ― ¿Por qué podrías haber muerto si caías de un cajón de manzanas y eso resultaría vergonzoso?
―Eso justificaría mi debilidad al no poder acabar con Black…― Contesto. Entre cabizbajo y sonriente a la vez, como si quisiera sonar gracioso.
―Ya… No lo dije para que lo tomes de esa forma― Dijo Mai echándose de culo en el colchón y borrando la sonrisa.
―Lo siento― Respondió Trunks a su falta de sentido del humor. No estaba para chistes tampoco.
―Deja de disculparte y relájate. No descansar, no solucionara nada―Quedarme aquí tampoco― Dijo casi interrumpiendo ―Mi madre esta allí afuera; sola y…
Esta vez Mai interrumpió diciendo: ― Y a salvo. Porque Black no está cerca de tu madre, está aquí y te está buscando. Deberías de estar agradecido que siguiera tus pasos y no los de ella, eso es suficiente para saber que está bien.
Trunks, primero guardo silencio unos segundos y después suspiro con pesadez mirando al suelo. Tenía ganas de sonreír, sobre todo por amabilidad hacia la muchacha que le salvo la vida.
Fue ahí cuando supo en donde estaba exactamente. Cuando corría desesperadamente por las calles de Burning Heart, con un brazo dislocado que lo obligo a soltar su espada y medio rengueando. De repente un enceguecedor resplandor apareció frente a sus ojos y de un momento a otro, ya se encontraba a salvo. Lo último que vio fue la cruz con el Cristo colgado de manos y pies.
Podría decirse que su salvador se encontraba frente a sus ojos, y si no fuera por Mai ya estaría muerto hace tiempo. No importaba a donde fuera, si salía a recorrer las ciudades en busca de vida o si salía a buscar alimentos para justamente eso; mantenerse con vida, esa jovencita siempre estaba cuidándole la espalda, así le dijera que no lo siguiera, siempre aparecía de cualquier lado para salvarle el trasero de morir a manos de Black.
De un momento a otro, recordó que la jovencita estaba frente a su nariz y así se obligo a salir de esos tortuosos pensamientos diciendo: ―Yo…
―No me digas que lo sientes porque juro que morirás victima de mis manos…
Esta vez Trunks sonrió y respondió: ―No… nada de eso. Iba a decir que… Yo solo quisiera estar seguro de que Black esta aquí. No lo hemos visto en tres días ¡Mira!― Dijo ahora con algo de euforia y señalando desde la ventaba ―Antes solía pararse en aquel edificio; el más alto, pero desde hace tres días que no está allí.
― ¿Y qué dice su Ki?― Pregunto Mai sin darle mucha importancia en la dirección que señalaba Trunks.
―No, no Mai… Recuerda que no puedo percibir su Ki― Comentó pensativo ―por eso pienso que ya se fue. Deberíamos salir, debería ir por mi espada y…
―Olvídalo― Contesto Mai con rotunda dureza al mismo tiempo que hacia un esfuerzo para ponerse de pie y continuar diciendo. ― Estas gravemente herido y no mejoraras si antes no dejas descansar a tu cuerpo.
―Lo sé pero…― ¿Acaso tienes idea el dolor que le causarías a tu madre si mueres ahora?― Interrumpió, en una pregunta y lo suficientemente dura. Así sonaron las palabras.
Trunks volvió a guardar silencio. Otra vez agachaba la mirada y se detenía a pensar un poco. Solo que Mai no se ahorro ninguna palabra y antes de pudiera decir algo, la muchacha se acerco y puso las manos en sus hombros. ―Escucha. Lo siento, pero debes descansar. Hace más de dos semanas atrás estaba curando tus heridas en una vieja habitación de hotel cerca de la corporación capsula. Quise ayudarte, corriste mi mano y me dijiste que tú no podías quedarte de brazos cruzados y que tenías que conseguir algo de comida para los refugiados, para tu madre y para mí. Lo entiendo― Hizo una pequeña pausa apretando sus hombros ― Créeme que lo entiendo y sé que quieres ayudar, salvarlos a todos y destruir a Black, pero es hora de que entiendas que no puedes hacerlo solo y ese es el motivo porque el que tu madre trabaja para conseguir el combustible de la máquina del tiempo. Mírame…
El joven levanto la mirada del suelo; más por obligación. Enseguida, se encontró con la oscura mirada de la mujercita y de la boca de esta escucho. ― Tu, tu eres lo más valioso para tu madre… y también lo eres para los refugiados. Ellos tienen todas sus esperanzas puestas en ti, no son ellos los que se sientes defraudados porque no logras vencer a Black; eres tú. Eres muy cruel contigo al no dejarte sanar, porque esas heridas podrían empeorar y si eso sucede morirás. Eres humano, más resistente quizás y muy poderoso aunque creas que no, pero no eres inmune a la muerte. No puedes salvar a nadie si primero no te salvas a ti mismo Trunks.
Por un segundo, ambos quedaron mirándose a los ojos. Ella con una mirada estricta; de esas que ponen las mujeres cuando hablan enserio, y el, con unos ojos que no hacían mas que expresar lo terrible y susceptible que se sentía, podía jurar que si la muchacha apoyara la cabeza en su pecho, escucharía como su corazón se rompía, tal cual sucede con una galleta de harina al ser triturada con los dientes.
Trunks, apenas asintió con su cabeza sin dejar escapar ni un chillido, y finalmente Mai abandono los hombros del jovencito para tomarlo de una mano y arrastrarlo hasta el colchón.
―Bien, entonces será mejor que descanses y me dejes curar esas heridas. Buscare algo de comida mañana y si en unos días estas mejor intentaremos volver a la capital del oeste.
―De acuerdo― Contesto Trunks obedeciendo como un crío, poco después se dejo caer en el colchón.
No eran necesarios demasiados detalles para saber que estos se conocían hasta la piel donde no les daba el sol. Así que no hubo mucho coqueteo ni tampoco vergonzosas miradas con cachetes sonrojados por sacarse una estúpida camiseta, de hecho, ella se lo hacia todas las noches; lo de sacar la camiseta, claro. Pero lo otro también… y podría decir que si no fuera por el sexo, ninguno de los dos podría tener la cabeza ocupada por un mínimo segundo, en otra cosa. No obstante, no todo era por diversión o por olvidar lo martirizante que era vivir en un mundo así. Allí había amor, no importa de qué forma surgió, pero el amor que ambos se tenían era mutuo y ese era el verdadero motivo por el cual habían estado sobreviviendo.
Mai, curaba cada una de esas heridas con amor, con paciencia, sutileza y con unos terribles ojos de compasión, y él, la observaba sin pestañar, para no perderse un solo detalle de ese rostro banco y agraciado que expresaba más de lo que sus palabras podían decir. Para Trunks no existía letra en el abecedario que pudiera describir el amor que ella le profesaba, así, simple; con unas cuantas caricias terapéuticas y una sonrisa.
No mucho tiempo después, Mai descubrió las heridas de uno de sus brazos seguido del pecho, donde, afortunadamente solo tenía unos cuantos hematomas; aunque no eran menos importantes que las heridas, puesto que estos eran bastante pronunciados.
Con los pocos químicos curativos que disponían, entre ellos, antisépticos y vendas. Curo gran parte de las laceraciones, y después dijo: ―Bueno, es hora de descansar un poco, solo nos queda una vela así que será mejor que la apaguemos.
―Si…― Respondió Trunks con una leve sonrisa, y una mirada estúpidamente enamorada, aunque se lo veía perfectamente hermoso. Bueno… de hecho, la belleza del joven saiyajin no se discutía, Mai no lo hacía…
Lamentaba que no estuviera en condiciones de una actividad física, porque a decir verdad, Mai suspiraba y moría de deseo por sentir dentro a ese hombre. Pensar en la palabra "Hombre" para calificar a Trunks era el consuelo que le daba a su propia mente para no decir que estaba abusando de un muchachito… pero, después de todo, no era un muchachito y tampoco creía que su vagina afeitada fuera la primera que vio en su vida. Trunks ya tenía más de 30 años; más o menos.
Suspiro al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa a Trunks y se dispuso a llegar a gatas hasta la vela que estaba a unos cuantos centímetros de ellos en el suelo. Sin embargo, apenas pudo sostenerse en cuatro patas cuando sintió el fuerte estruendo no muy lejos del sótano, y el responsable de hacer vibrar todo el establecimiento. Muy rápido, quedaron a oscuras.
― ¡Trunks!― Dijo Mai en un bramido desesperado y tanteando con sus manos el colchón.
― ¡Shh!― Respondió Trunks con un chillido en plena oscuridad y al mismo tiempo jalo del brazo de la muchacha para atraerla hacia él. ― Vete por la ventana y huye…
― ¡¿Qué?!― Reprocho ella ahogando un poco la voz para sonar lo mas silenciosa posible, no obstante continuo: ― No me iré sin ti ¿Qué hablamos hace un momen…?
El joven interrumpió escabroso: ― ¡Confía en mí, el está aquí dentro ahora, vete por esa ventana lo desviare por otro lado hasta que encuentres otro refugio y luego te alcanzare!
Entre lágrimas lastimosas y chillidos estrangulados que no eran apreciados en la oscuridad, Mai abrazo el torso de Trunks y dijo: ―Pro, prométemelo… júrame que no vas a morir aquí adentro.
―Mai… Vete por favor― Contesto eludiendo las palabras de la mujercita, pues, no podía distraerse con sus palabras e intentar escuchar los pasos de Black, ya que no podía sentir su Ki.
Con un nuevo y potente estruendo que llego desde el pasillo, la catedral tembló por completo. Los ojos de Trunks se abrieron enormemente y esta vez pudo mirar a los ojos de la jovencita gracias a la iluminación que llegaba como una ola de fuego que no tardo en cubrir cada rincón del sótano incendiando todo a su paso.
El ardor salió como escupitajo de la pequeña ventana rectangular haciendo estallar los vidrios acompañado de Trunks quien cubría a Mai recibiendo todo el impacto. Así es como volaron unos cuantos metros siendo arrastrados por el frio asfalto de las calles de Burning Heart.
Trunks, primero tardo en responder unos cuantos segundos, estaba aturdido la sangre de su cabeza salía a borbotones. Por otro lado, Mai estaba aun abrazada al torso del jovencito, con los ojos fuertemente cerrados.
―Vete ahora― Dijo Trunks ― Vete ahora y no digas nada.
Mai abrió los ojos rápidamente. Todavía en el suelo se separo bruscamente del saiyajin aceptando lo dicho y arrastrándose un poco antes de levantarse y echar a correr de la forma más apresurada posible.
De entre las flameantes llamas y el humo, salió; no muy apresurado, el hombre que había estado causando cada destrozo, cada incendio y cada muerte de ese planeta. En poco tiempo la humareda se expandía mostrando la despiadada sonrisa de la persona que llevaba la cara del que tantas veces salvo la tierra, como contaba su madre. No obstante, el joven saiyajin sabía que ese no era Goku.
El Ki de ese hombre no lo sentía, pero estaba seguro que de todas formas no era Goku. Ese era un monstruo, uno brutal, violento y repleto de odio y maldad. Ese hombre no se asemejaba ni siquiera un poco al Goku que alguna vez conoció y que murió a manos de Cell, porque el hombre que conoció y hasta aquel momento, solo rebozaba de pura bondad… Ni siquiera, su voz podía sonar como la de Goku, pero en realidad si era la voz del Saiyajin.
―Dime…― Dijo Black saliendo de la bruma y mostrando una sonrisa en todo su esplendor. ― ¿Qué se siente ver como tu planeta es destruido a manos de un rostro humano?
Trunks, apretó los dientes con fuerza. Las manos aun sobre el frio suelo escarchado hicieron presión casi lastimándose a sí mismos, y en menos de un segundo se abalanzo con un cruento grito directo hacia la figura que le había quitado los sueños y las ganas de vivir.
...
Tercera fase
―"Y los hijos de dios se juntaron con las hijas de los hombres, tomaron a las que quisieron… y tuvieron hijos…" ― Susurro Kibito recitando las palabras de un antiguo libro. Alzo las cejas sorprendido y dejo escapar un ronco gemido que poco a poco se transformo en suspiro. Casi al final…
Cuando se trataba de entender algo, Kibito era el primero el correr en círculos sin chocar con una rápida solución. Calmar la ansiedad no era parte de su personalidad, de hecho, todavía no entendía cómo fue que llego a mantenerse en silencio sin decirle a Shin la verdad, o al menos lo que sabía de él… y ahora ¡Sabia un poco más! . No obstante, su preocupación original bailaba en torno a otra cosa. Más bien, a algo que la anciana había dicho y lo que le había quitado el sueño el resto del siguiente día, probablemente los próximos del mismo modo…
Más allá del relato de la mujer, entre la historia del ángel Hon, el cristal y el nombre real de ese ser con el que convivió durante más de un año, su pesar llegaba cuando recordaba a Uranai decir "El ángel dijo que sería la consejera de Neptuno" si alguien capaz de leer sus pensamientos viera eso, pensaría ¡Y hasta diría! que es un viejo envidioso, pero eso no era así. No era envidia, y indubitablemente tampoco tenía pesando jugar una carrera con la anciana para ver quién era mejor aconsejando, nada eso…
El peso de esa frase, siempre se hacía más profunda en un pequeño rincón donde albergaban los recuerdos más confusos, y a su mente siempre venia esa dulce vos de la conciencia diciendo "Estas para guiarlo" ¿A dónde? Se preguntaba incansablemente… y otra vez solo se presenciaba el mutismo. Empezaba a creer que su conciencia no era su mejor amiga en verdad y que seguramente era muy jodida como para darle todas las respuestas a una mente desesperada y atormentada.
Dejar a Shin en manos de la anciana no lo asustaba, lo que verdaderamente lo asustaba, o mejor dicho; lo aterraba, era el hecho de sentirse desplazado con la presencia de una humana sabia que parecía tener todas las respuestas a las preguntas del jovencito.
Kibito lamentaba no poder ser él quien guiara al muchachito a su destino, o al menos hacer algo más para aliviar todo su peso. Creyó que saber el nombre de "eso" que sintió en la fusión le traía los recuerdos nuevamente y entonces sabría qué hacer, pero funestamente descubrió que no era así, y en dos días no había logrado recordar absolutamente nada.
El antepasado nuevamente postergo la visita a Crhonoa. Pues, su propuesta era esperar a Shin para estudiar al menos cualquier cosa que dijera y así entrar en ese juego… o tal vez saber qué demonios hacer, aunque… se cagaba en el juego. Así es como empezaba nuevamente su ataque de ansiedad, ya no tenía uñas y la cantidad de libros que había leído, en realidad los había leído sin leer… como quien mira sin mirar y escucha sin escuchar.
El mejor refugio que encontró para desparramar su desconsuelo fue la biblioteca del templo, todas tenían una, no podía faltar ya que de allí adquirían conocimientos los kaioshines más jóvenes. El era un ayudante; ni siquiera un Kaiosama, pero Shin era rebelde y le valía madres lo que su asistente leyera o no. Para Shin, la igualdad era primordial; algo con lo que se viviría en paz. Aun así era consciente de que el mundo no quería igualdad, siempre existían los envidiosos y los codiciosos que querían más que otros, poder, riquezas, conocimientos, planetas… lo fuera. La ambición era real y las guerras por querer mas también lo eran.
A veces, cuando Shin dormía y no tenía nada que hacer, tomaba los libros más sagrados de los Kaioshines y leía toda la sarta de mamadas que los antiguos escribían, luego, y en voz baja casi como un murmullo y por las dudas de que las paredes tuviesen oídos, le comentaba a Shin lo que leía y la respuesta del jovencito siempre resultaba la misma: Ceja izquierda alzada y cabeza torcida hacia la derecha acompañado de un corto comentario como: "¿Qué? ¿Quién dice eso y de que estás hablando?"
Shin, no sabía ni torta de los grandes antiguos, y si el antepasado supiera que el muchachito jamás toco un condenado libro de esos seguramente se arrancaría las pocas pelusas a las que hacía llamar "pelo" solo por darse el lujo de todavía poseer algunas chapas en la cabeza…
Sonrió al recordar las frases de Shin, y también lo extrañaba.
Un suave golpecito del otro lado de la puerta y Kibito pego un sobre salto mirando en esa dirección. Revoleo el antiguo libro, por las dudas que no fuera el Elder, y al cabo de unos segundos cayó en la cuenta de que el anciano jamás golpearía, simplemente entraría.
―Puedes pasar Uranai― respondió el hombre un poco desganado. Después de todo, su congoja iniciaba en la señora chiquita que invadía el planeta sagrado.
La mujer no tardo en abrir la gran puerta de madera y dijo: ― Espero no molestarte…
―Oh… no se preocupe, solo estaba leyendo algo que no debía y pues… el libro voló por allí― Respondió Señalando a sus espaldas y expresando una media sonrisa torcida.
― Entiendo. Y por lo visto confía en mi si es capaz de confesar sus crímenes― Respondió la mujer mientras caminaba en dirección al Kibito para tomar asiento justo en el diván negro de en frente.
―Confié en usted desde el primer día en que la conocí. Los duendes me mandaron ¿Lo recuerda?
―Sin duda…― alegó e hizo una pausa. Junto sus manos y luego miro unos cuantos segundos al asistente solo para notar el estado en que se encontraba; hosco y desconfiado. Para ser una vieja terrícola, simple y sin chispas de energía que revoloteaban en el aire, el nombre de bruja lo llevaba como una respuesta al porque podía presentir o notar cuando las caras estaban risueñas pero en el fondo los penetraba la oscuridad. Al cabo de unos segundos comentó ― Pero los duendes no fueron quienes lo llevaron a mí, fue su desesperación por conseguir respuestas.
―Bueno… Yo, temía por Shin― Contesto Kibito sin titubear.
― ¿Y cuál es su temor ahora, señor Kibito?― Pregunto la anciana todavía mirándolo fijamente a los ojos, y sabiendo, porque no, el motivo de sus inquietudes.
Kibito, se removió muy incomodo en su lugar. Ahora recordaba porque no le agradaban las brujas, eran misteriosas ¡Sus preguntas eran misteriosas! Y sus respuestas mucho mas. Con una bruja de frente era difícil esconderse… estas casi siempre sacaban toda la mierda de uno hacía afuera y si era posible te hacían revolcar en ella...
Después de un largo, quejoso y desconsiderado suspiro, el asistente respondió: ― No quiero que usted vea mi temor como envidia…
―Espere ¿Acaso se está atajando antes de tiempo? ¿Desde cuándo importa lo que pueda pensar?― Pregunto la mujer y cambio su mirada a uno más juicioso.
― ¡No!― Exclamo Kibito nervioso, y se removió un poco mas ― Lo que quiero decir es que…
―Oh vamos señor Kibito― Interrumpió la mujer. No estoy aquí para juzgarlo sino para ayudarlo a continuar con su deber.
― ¿Cuál deber? Usted dijo que debía guiarlo. Me dijo que yo sería quien lo ayude a descubrir quien se escondía detrás de esa piel ¡y aquí me ve! sentado entre estos malditos libros que merecen ser incinerados para que nadie pueda leer sus atrocidades y salvajadas que este mundo toma como correctas. ¡El mundo sería mejor sin toda esta mierda del pasado! Pero, a mi no me interesa eso ahora Uranai. Estuve dos días en esta biblioteca intentando calmar mi mente, tratando de distraerme para no pensar en todas las veces que he fallado, ni siquiera recuerdo en que he fallado, pero intuyo que vengo fallando desde el principio ¡No lo recuerdo, porque no recuerdo una maldita cosa del pasado y solo sé que amo a ese niño más de lo que usted puede llegar a creer! Estos mil años fueron los más gloriosos de mi vida, tuve la oportunidad de ser lo que ningún Shin-jin podría ser en esta época; un padre, y tal vez jamás ninguno tenga la gracia de poder hacerse llamar así. He cambiado los pañales de ese bebe, le enseñe a comer; a tomar una cuchara, fui yo quien le enseño a caminar y era yo quien soportaba sus repentinos llantos de niño afligido cuando nadie más en este templo lo hacía. Todos eran amables, pero nadie tenía tiempo para brindarle un poco de amor a ese niño, yo tampoco quería que fuera así, yo deseaba cuidar de Shin como sea y sin darme cuenta lo tome como mi propiedad…
La anciana negó con su cabeza y Kibito cayo de manera automática. Una acción suficiente como para ser interrumpido, después la mujer dijo: ― ¿Y de donde es que salieron todos esos recuerdos?
―Solo son fragmentos Uranai…
―Los suficientes como para continuar.
― ¿De qué forma? Usted está aquí por que Shin la trajo misteriosamente. Ese maldito ángel lo arruino todo hace tiempo y por eso usted está aquí…
―De modo que ¿Usted está molesto conmigo porque cree que yo lo reemplazare?― respondió casi sobre sus palabras.
Kibito, cerro la boca casi mordiéndose la lengua, tragándosela si era posible con tal de no soltar la respuesta que confirmaría lo que cualquiera llamaría "envidia". Sonaba un asco, pero era la verdad y la verdad no siempre era o al menos, parecía agradable. Ni mirándola con un ojo.
― ¡Oh! Eso es un sí― Respondió la anciana ― Cuando lo siento por usted Kibito. Finalmente esa será su perdición entonces, y la del jovencito…
― ¡¿Qué?!― Interrumpió el asistente alarmado.
― No le quitare más tiempo señor. Pero, antes de irme déjeme decirle algo. El motivo por el que estoy aquí no tiene nada que ver con el suyo. Creer que somos reemplazables es el primer error que las razas pensantes tienen en base a un concepto de sí mismos, ahora entiendo porque usted; siendo una raza superior a un humano, todavía es capaz de sentir que puede ser remplazado como se lo hace con un par de zapatos viejos. No hay diferencia entre humanos, dioses… ayudantes o aprendices, todos comparten los mismos sentimientos, porque la envidia, los celos y ese temor de sentirse remplazados los invade a todos y a cada uno. Yo no puedo hacer el trabajo de usted, y yo sería incapaz de llegar a Shin como usted podría hacerlo ¿Cree que puedo remplazarlo al intentar entrar en su corazón? Piénselo por favor, no soy una enemiga aquí y mi deber no es crear malos entendidos con usted solo soy una servidora de Neptuno, y usted es quien se encarga de nutrir su amor.
Kibito, agacho la cabeza algo arrepentido, con un perfil ensombrecido y un poco avergonzado también. Después de todo, la mujer no tenía la culpa de aparecer así como por arte de magia e invadir el planeta. Por otro lado, que la anciana estuviera allí era la decisión de Shin. Con la cabeza fría todo parecía tener más sentido, tal vez debía dejar de pensar tanto y de ser tan atropellado; como decía el antepasado, pensó.
―Lo siento…― Dijo después de una breve meditación y casi en un bisbiseo.
― Descuide. Solo abra los ojos porque mi trabajo empieza cuando termine el suyo.
El hombre levanto su mirada otra vez, ahora dirigiéndola a la anciana; ojos bien redondos, y una quijada que se ablandaba a medida que iba entendiendo la corta pero importante frase dicha. Odiaba a las brujas; volvió a pensar. Cuando se vio dispuesto a articular alguna palabra más, o una frase por más hueca que sonara en esa circunstancias; sobre todo después de quedar como un envidioso. No pudo decir absolutamente nada.
La presencia del supremo del este se dejaba sentir con fuerza en los suelos sagrados.
…
"Despierta" Fue la palabra más importante que escucho del ángel justo antes de enfadarse. "No estaré bien si no estás conmigo" "Yo necesito que me escuches" y nuevamente como un huracán llegaba esa palabra a su mente "Despierta" Eso, era todo lo que podía recordar tres minutos después de huir del planeta del dios destructor y parar en cualquier otro planeta que le diera tan solo algo de tiempo para pensar. Para desenfadarse, o para "experimentar" el enojo; como solía decir Kibito.
Al cabo de dar vueltas en un planeta deshabitado por más de treinta minutos, se entero de que no estaba molesto realmente y que Bills estaba en lo cierto. Era incapaz de sentir rencor, apenas recordaba porque motivo huyo y a la mente solo llegaba el recuerdo de Wiss y su semblante de ojos llorosos que se veían más grandes en apariencia por el efecto de las lágrimas contenidas.
El deseo de querer recibir lo que Wiss le proponía, había como eclipsado por completo lo que esté realmente quería decir, no obstante, comprendía que tampoco era toda su culpa, y que el ángel también se vio envuelto en ese deseo mucho después de que quisiera decir algo importante. No comprendía que sucedió en verdad… Pero esas frases continuaban dando vueltas en su cabeza.
Libero un suspiro largo y sonoro, casi agotador. Después, su mirada dio directo al templo sagrado y eso le recordó que seguramente Kibito estaría dando vueltas en círculos preocupado por su bienestar, o que quizás estaría rasguñando el estucado de las paredes; solo y en un rincón. Un día era suficiente para que el hombre entrase en desesperación y más aun si no había recibido ninguna señal de que se encontraba en óptimas condiciones. Diría, si no lo conociera, que hasta le resultaba insólito que no haya notado su llegada.
Por supuesto que ese pensamiento, duro menos que los tres segundos del coito de un chimpancé, porque Kibito ya se encontraba fuera del templo y corriendo como un desesperado a los tropezones por llegar lo más rápido posible antes de que pasara algo intenso… como que se lo tragara la tierra.
― ¡Supremo Kaiosama!― Grito Kibito a lo lejos mientras agitaba sus manos con emoción. La sonrisa le llegaba a los extremos de las orejas.
La cara del muchachito se ilumino con una sonrisa autentica. Allí estaba el hombre, atento a su llegada y desesperado por alcanzarlo para seguramente estrujarlo como un oso de peluche y decirle lo muy preocupado que estaba. Seguramente insultaría al ángel por dejarlo desinformado…
Esa necesidad de correr como un niñito a sus brazos se sintió como un fuerte impulso. La propulsión la enviaba su mente y la percepción de unos viejos recuerdos que parecían estar en pedacitos, pero que podían unirse con un poco de esfuerzo.
Desde niñito siempre corrió hacia Kibito. Si estaba feliz o estaba triste, siempre corría hacia Kibito, no importa la situación, el siempre corría en dirección a Kibito porque el hombre parecía conocerlo más de lo que se conocía a sí mismo. Estaba seguro que si corría a sus brazos este lo recibiría asombrado porque había dejado de hacer eso después de considerar que ya no era un niño. Justo cuando toco su adolescencia y creyó que masturbarse no era mala idea después de todo. Claro… los dioses también lo hacían ¿Y que había de malo en ello? La naturaleza, es sin duda ¡La naturaleza!
Cuando se le acabaron las excusas para correr en su dirección, había dejado de hacerlo. Y cuando llego el antepasado tachándolo de niño por sus comportamientos, termino por aparentar que era lo suficientemente adulto como para prohibir a Kibito que continuara saludándolo en las noches, o tallando su espalda en el baño. Con el tiempo alejo al hombre hasta privándolo de un sincero abrazo, de esos que solía darle constantemente y sin motivo alguno.
Llorar se había convertido en el pecado más grande del mundo, y sin exagerar, era cierto. Porque si un hombre de edad se echa a llorar seguramente alguien vendría a decirle que dejara de llorar como un niño, pero ¿Qué había de malo en estar inundado de lágrimas? ¿Qué había de malo en correr a los brazos de quien se sentía protegido y contenido?
Junto con esos fragmentos, el jovencito se dispuso a correr en dirección al hombre ya casi estando lo suficientemente cerca, solo unos pasos más. El rostro de Kibito expresaba felicidad y como lo suponía también tenía rastros de asombro al ver que esta vez era correspondido.
"Neptuno, no me alcanzara la vida para pagarte lo que haces por mi" Escucho Shin con una voz grave y sonora que parecía desgarrar el frágil velo de su mente esparciendo sueños, tal vez recuerdos fragmentados.
A escasos centímetro del hombre contuvo su respiración y en un minúsculo salto logro aferrarse fuertemente a su traje. El rostro quedo completamente escondido en su pecho, y no mucho después sintió los fuertes brazos de su asistente rodeándolo al tiempo que decía: ― Oh… Shin, Estas bien…
Pero no hubo respuestas. El velo parecía haberse desgarrado y en unos cuantos microsegundos las imágenes dentro de su cabeza pasaban como veloces nubes; oscuras y cargadas de tempestas.
El recuerdo en la cabeza de Shin se expandió en cada célula de su cuerpo. Como si se tratara de una cinta de video que se avanzaba y retrocedía rápidamente, allí vio la misión del su asistente; protegerlo y darle los valores más importantes de la vida. Y la existencia, era elegida con un propósito en especial, pues "Nadie nace si no es por la inmensa necesidad de manifestarse" Dijo su ser. El motivo de su nacimiento, descansaba aun en las manos de su sombra que esperaba pacientemente el momento para despertar.
Los ojos se le empañaron de lágrimas que fueron inesperadas, pero que brotaban de la inmensa profundidad donde albergaba algo en el interior. "Algo" que lloraba inconsolablemente al encontrarse tan perdido como el… ― ¿Qué sucede?― Susurro para sí mismo cerrando sus ojos con fuerza.
―Oye….Shin― Dijo Kibito, ahora centrando su vista en la cúspide del jovencito.
Por su parte, Shin no parecía estar escuchando la voz de Kibito, sin embargo tampoco parecía poder salir de donde se encontraba. Pronto, la mente, el corazón y el ser se veían como 3 entes vagabundos que tomaban diferentes caminos, así se sentía, porque alguien le había arrebatado no solo sus recuerdos, sino también el profundo pasado de su ser…
Kibito alzo la vista por un momento. Desorientado y sin saber exactamente en qué dirección mirar. Localizo rápidamente la figura de la anciana no muy lejos; debajo del árbol donde solían descansar los dioses. Arriba de su bola de cristal, Uranai baba solo asintió con su cabeza y aquella fue respuesta suficiente para que pudiera tener su vislumbre.
Sus ojos volvieron a la cabeza de Shin y rápido estrujo el pequeño cuerpo sintiendo la penetrante energía con la que no mucho tiempo atrás convivió.
No lo pensó antes, pero al igual que Shin, el hombre necesitaba de ese profundo abrazo, lo necesitaba después de recordar como el niñito había llegado a sus brazos. Ese era el recuerdo que tanto había estado buscando y su misión no era más que la de proteger, darle valores y guiarlo en su búsqueda.
Ambos seres parecían querer recuperar lo perdido. Todo se manifestaba en cada uno al mismo nivel, como si una fuerza mayor quisiera que eso sucediera.
― Soy, soy yo…― Balbuceo Shin entre llantos ahogados en el pecho de Kibito, pues, podía leer sin querer todos sus pensamientos. Ahora sabía que era el fabricante de esos recuerdos en ambos y el equilibrista en la soga donde se balanceaban sus sueños.
― Oh… Shin… Lo sé― Contesto algo estremeciendo. ― No te detengas ahora. Llego el momento de abrir los ojos y volver a nacer aunque no quieras, pero… pero tú no te preocupes porque yo estaré aquí.
Los ojos de Shin hicieron más presión al igual que sus manos sobre el traje de Kibito. Ahogaba su llanto entre balbuceos que no eran entendibles para el hombre pero que tampoco importaban. Entender su misión había sido lo más sencillo, allí, en el jardín del planeta sagrado, tocando las finas hierbas que lo cubrían… allí empezaba y también terminaba su misión.
Quizás el ángel no sabía cómo debía guiarlo, ni cuando, ni porque o para que. Mas Kibito entendió aquel mensaje como algo que se le revelaba sin importar el espacio/ tiempo. Al universo le importaba una mierda cuantos intentaran romper las reglas de esa energía creadora que latía entre sus brazos, pues, el era parte del universo, el, conformaba el universo, el era la vida que cuidaba y creaba cada vida.
La memoria de Shin se iba ensamblando a pasos agigantados. El recuerdo de sí mismo en arena Crystal, pisando los suelos brillantes y cristalinos que los enanos habían construido. A los lejos, los enormes arboles a los cuales el Rey dios elfo les dios el nombre de Hyperion; gigantescos arboles hecho para dar toda la oscuridad posible a esos bosques y que así pudiera transitarlos.
Las lágrimas caían por si solas bañando sus mejillas. Algo, dentro deseaba estallar… Se veía abrazado a un ángel adulto de delicados rasgos, con cabello largo hasta el lóbulo de las orejas, de piel tan celeste como el cielo de aquellas tierras, y como si estuviera presenciando aquel momento, otra vez la voz grave del ángel llegaba como un soplo de viento a sus oídos "Neptuno, no me alcanzara la vida para pagarte lo que haces por mi" La frase repiqueteaba casi ensordecedora dentro de su cabeza.
El deseo de traer esos recuerdos eran productos de sí mismo. La mente personal se revelaba ante cualquier cosa que pudiera pensar, lo sea que surgiera dentro, formas, pensamientos, sensaciones, sentimientos… todo ello se transformaba en un tráfico que circulaba a gran velocidad, no era posible no involucrarse cuando todo ello quería decirle algo más.
"Neptuno" Se dijo a sí mismo y negó con su cabeza refregando la cara en el pecho de Kibito. Neptuno era el nombre que una vez alguien le asigno con profundo amor, pues, el no tenia nombre. Como en la vida actual el nombre era asignado por otros hermanos cuando surgía. Aun conservaban las costumbres de sus ancestros… Ellos, el mismo. Él, que eligió nacer nuevamente. Era un Shin-jin y también un ancestro, tal vez, tenía más años de los que podía recordar y lo que recordaba era una maraña gigantesca y eterna de memorias revueltas.
―Kibito…― Musito entre lamentos y gimoteos que parecían eternos.
―Resiste…― Dijo el hombre sonando angustiado ― No habrá una rebelión en la que no salgas herido, por favor… no regresas ahora. ¿Qué eres?― Pregunto Kibito empezando a arrullar el pequeño cuerpo, como una forma de calmar las ansias. ― Dímelo por favor… lo guardare para mi eternamente. Aun si el mundo lo sepa, no será de mi boca de donde se enteren.
―Yo, yo no lo sé― Expresó Shin ―Yo Soy…
―Ya no te ocultes por favor. El juego ha cambiado ¿Verdad?― Pregunto cerrando sus ojos y pego su cachete a las finas hebras de Shin. Tus vendas se caen en este momentos ¿no es cierto? Dime quien eres por favor… ―Susurro como ultimo suplicio con el rostro completamente afligido.
Shin gimoteo entre espasmos y negaciones. El último paso era reconocer lo que era, aun sabiendo que saber lo que era no le traería el recuerdo nuevamente, pues no había vuelta atrás. ― Yo soy…― Dijo tembloroso ― Yo soy, Neptuno. Yo soy el Shin-jin llamado Shin, soy uno y soy otro, soy ambos y soy todo lo que conforma a este ser. No hay diferencias entre Shin y Neptuno. La fuerza creadora de este universo "yo soy" me ha otorgado un cuerpo, y el regalo para este es la conciencia en su expresión de mortal que tiene la capacidad de observarse a sí misma y también de regresar a su completa originalidad… Yo, yo traigo algo para otro algo… yo, soy…
Lo que siguió, fue difícil de describir. Repentinamente, una luz intensa cubrió todo el planeta, era como si el sol hubiese descendido de un solo golpe sobre la tierra. Era una luz helada, una luz cegadora. Entre aquella indivisible claridad se escucho un fuerte estruendo que desprendió su vibración expandiéndose a gran velocidad para llegar directo al corazón del universo.
…
Dentro de una celda que había sido deshabitada por millones de años. La joven Towa; despeinada sucia y con algunos harapos mugrientos que cubrían su intimidad, pegaba su cara a los barrotes abriendo los ojos enormemente; casi saliéndose de sus cuencas. La energía; esa vibración penetró, sacudió y sincronizo con su corazón mostrándole la señal. Enseguida, y con un grito casi ensangrentado vocifero: ― ¡Maldita sea abuelo! ¡Sácame de aquí!
…
Camino hacia muro
(Flashback)
—No…— Musito Koro, para sí mismo durante el tiempo que miraba la salida; perplejo, con los ojos bien esféricos; brillantes y con la quijada desencajada. Como pudo arrastró las plantas de los pies un poco más al frente y allí se detuvo.
El pequeñito, se mantuvo silencioso durante algunos ía la vista pegada al suelo mientras sus manos hacían bollitos. Poco después alzó su mirada para observar la salida y entrar en una profunda reflexión. Por un momento tuvo la sensación de retractarse. Quería ver a Koro en libertad y había soñado con ello durante poco más de un año, sin embargo ahora temía por la seguridad del hombre.
Enseguida, el pequeño camino unos pasos más adelante hasta quedar a un lado de Koro para después tomar su mano y así sentirse algo menos temeroso y más protegido.
— ¡Oh!— Dijo el jardinero sobresaltado al sentir la mano del niño. Después, bajo la mirada encontrándose con los grises orbes que no expresaban más que el temor de haber hecho algo que lo perjudicara aún más, pero no lo sabía, y esperaba la respuesta de Kaiju solo que este se mantenía silencioso, sin objetar nada y dejándolo a su suerte.
—Ahora… Ahora podemos irnos— Contestó el niñito atemorizado y sus ojos volvieron a la salida. Al instante un ligero escalofrío lo recorrió de pies a cabeza sacudiéndolo por completo y haciendo que Koro sintiera esa conmoción casi espeluznante.
—Escucha…— Dijo Koro agachándose hasta quedar a la altura del niño – Puedes cerrar esas puertas si quieres o podemos hacer como que no ha pasado nada; cerrar las puertas y culpar al guardia de que olvido ponerle llaves o lo que sea…
—No— Contestó y negó moviendo su pequeña cabeza – estaban cerradas con magia…
—Entonces, puedes volver a cerrarlas con esas palabras…— Respondió Koro, pero el niño volvió negar al mismo tiempo que decía: — Pero… pero yo quiero que seas libre. Del otro lado del muro… podremos estar juntos.
—Oh…— Dijo el hombre estremeciéndose de solo escucharlo, pero además podía notar un brillo especial en su pequeño. Pronto, su clara mirada se cristalizaba dejando caer unas repentinas lágrimas, demasiado repentinas para que el jardinero indagara en los motivos, después el niño dijo: — Ya no tienes que buscar a tu hijo…
— ¿Qué…?— Respondió en hombre sorprendido con los ojos enormemente abiertos y apretando sin querer los pequeños brazos del niñito. Lo veía confundido, como si no supiera de lo que estaba hablando, pero en realidad lo comprendía mucho mejor que hasta el mismo niño.
—No tienes que ocultármelo— Dijo el pequeño. Después se deshizo del agarre de Koro para poder abrazarlo con total libertad. El hombre abrió sus brazos de solo sentir el contacto con el niño, pero además, estaba conmocionado por escuchar esas palabras que confirmaban su presentimiento. —Se que eres mi padre… y yo te amo— Dijo con el rostro hundido en la barba de Koro.
—Oh… mi dulce pequeño— Respondió el jardinero al mismo tiempo que lo rodeaba con sus brazos, cubriéndolo por completo. Apenas se alcanzaban a ver sus pequeños pies sobre el suelo, lo que no duraron demasiado ya que el jardinero se levantaba alzando al niño y diciendo: —Lo siento… yo, yo solo quería protegerte… pero… La vida no ha sido justa…
El niño, no respondió. Su cara continuó pegada al pecho del hombre mientras apretaba ambos extremos de su traje con sus manos, lo hacía con fuerza, con temor a ser separado de lo único que le proporcionaba un momento de amor y de paz. Temblaba sobre Koro como una hoja que recibía un fuerte viento. Koro apretó al niño un poco más al notar y sentir su miedo. Miro a su alrededor dando una vuelta completa y suspiro nervioso, pues, el momento de huir era ese y tal vez no habría otro.
— ¿Quieres…quieres escuchar otro cuento?— Dijo Koro sobre su nerviosismo, tratando de distraer al niño y decidido a escapar de una vez.
— ¿Sobre enanos?— Pregunto el niño apoyándose de lado en el pecho del hombre.
Koro tomo el cuaderno sobre la mesa y respondió: —No exactamente, mi niño. Esta es la historia después que los enanos habitaran la tierra…
— ¿Entonces murieron?— Pregunto el pequeño, y Koro respondió rápidamente no sin antes darle una última mirada a la celda.
— Bueno… algunos murieron a causa de la vejez, y sólo unos pocos; los últimos enanos y los que permanecieron al lado de los elfos, tuvieron la última bendición. Cada cinco mil años un elfo nuevo nacía y otro se iba de este mundo, pero los elfos no morían y cuando digo que se iban de este mundo me refiero a que pasaban a otra dimensión por un extraño pasaje que habían abierto y que mantenían oculto en una habitación llamada la sala de la armonía. El rey dios elfo era el poseedor de controlar ese portal… y también lo hacían dos elfos más pertenecientes a la familia de hechiceros, entonces cada cinco mil años la sala de la armonía se abría para que un elfo cruzará a la siguiente vida fuera de este mundo. Cuando ese día llegó El rey elfo decidió que los últimos dieciocho enanos serían enviados a la siguiente dimensión y allí vivirían en compañía de los demás elfos. Nunca más se supo sobre los enanos. — Hizo una pausa, luego miro la salida por última vez y se decidió a caminar sigilosamente acompañado de un intenso pavor. Abrazo al niñito un poco más fuerte y continuó con su relato que sólo consistía en mantener la mente del niño ocupada y tranquila. – Pero esta historia ocurrió un millón de años después o… tal vez más, no lo se, aunque la tierra todavía era joven… eso no importa. Una mañana en Arena Crystal, el Rey Dios elfo recibió una visita, alguien que no era del planeta tierra y un sujeto completamente desconocido para su raza. La apariencia de esta persona era humana, tenía una piel morena, brillante y agradable, ojos rasgados de mirada oscura y profunda, sus pies eran planos y con dedos medios alargados. Tenía un extraño traje con diferentes bordados y piedras brillantes, también, traía símbolos distintivos, en su mano derecha tenía un cetro y su cabeza era adornada por una corona a la que el Rey elfo llamó "Pskent" o tal vez ese fue el nombre que el sujeto le dio. Pero lo importante aquí es ¿cómo llego ese sujeto al planeta tierra? Pues… él se presentó y dijo llamarse Cheops, enviado por el elfo oscuro que vivía en las sombras de este universo…
El niño despegó la cabeza del pecho de Koro y con una mirada sorprendida dijo: — ¿Elfo oscuro? ¿Pero los elfos no vivían en la tierra?—
—Pues así era…— Contestó el jardinero y se detuvo en las escaleras que lo conducían la salida. Estaban oscuras y tenebrosas, pero, en realidad sólo se detuvo para meditar por última vez la decisión que había tomado, mientras continuo: — Eso es lo que más extraño al Rey Dios elfo, y rápidamente se vio confundido y aturdido, sobretodo porque tenía la sensación de que Cheops no estaba mintiendo, y estaba seguro de no haber creado vida como ellos, entonces solo le quedaba aceptar que sus palabras eran ciertas. El hombre le dijo que su Dios elfo lo envió por un extraño portal que apareció dentro una pequeña pirámide aislada y abandonada, y dijo que venía a proponer un trato. En ese instante el Rey dios elfo se negó y dijo "No haré tratos contigo, si tu Dios quiere un trato que venga el mismo, no puedo hacer tratos con alguien que no conozco" y entonces, allí mismo, el humano Cheops respondió: "Mi señor es susceptible al sol, la luz podría matarlo porque el es un elfo oscuro" "Tu tierra tiene el día y la noche, sol y sombra, luz y oscuridad" "Tu tierra es perfecta para nuestro señor y los elfos de la oscuridad sólo desean una parte de ella" Pero… el rey dios elfo se negó…— nuevamente hizo una pausa caminando escaleras arriba, atento a cualquier sonido o movimiento por el nuevo temor de ser descubierto. – "Si está tierra posee lo que tu dios necesita y la oscuridad es su amiga entonces lo esperaré al anochecer" "¿Por qué te envío a ti si el puede venir al caer el sol?" pregunto el Rey, pero Cheops no respondió, y tal vez no tenía la respuesta. Por otro lado el Rey elfo pensó, que quizás todo era producto de una trampa. Por primera vez sentía el temor de ser engañado, si bien desconocía la existencia de otro tipo de elfos sabía que una vez su planeta; Dacnis Azul, había sido destruido por una fuerza desconocida, y ¿Qué tal si esta vez su planeta; su nuevo planeta en donde la vida era perfecta y armoniosa era destruida? ¿Qué tal si el elfo oscuro era responsable de destruir su antiguo hogar? Tenía muchas dudas…— Dijo Koro mirando de frente a la enorme puerta negra; el último obstáculo. Admitía que en ese momento tenía tantas dudas como las del Rey dios elfo.
—Está abierta…— Respondió el niño rápidamente a lo que Koro solo se limitó a abrirla de una vez. Enseguida se encontró con la claridad del pasillo y entrecerró sus ojos, había olvidado por completo la luz. Podía identificarse claramente con el Rey dios elfo de la oscuridad, pero pronto pensó, que no era el momento de identificarse con el personaje de un cuento y que tenía que huir cuanto antes con su pequeño.
Como pudo, dio una rápida mirada a los alrededores y poco después empezó a caminar a paso ligero por lo que parecía un infinito pasillo. —Bueno…— Dijo volviendo al relato para distracción del pequeño. —Temeroso y confundido, el Rey Dios de los elfos busco la pirámide por donde salió el humano y con el poder de sus dos elfos hechiceros bloqueó el portal…
— ¿Y Cheops, que ocurrió con él?— Pregunto el pequeño intrigado y abriendo sus ojos de clara mirada.
—Pues…— Respondió agitado acelerando su paso – El humano fue prisionero de los elfos…
— Pero…— Dijo el pequeño, y Koro interrumpió.
—Pero no fue la clase de prisionero que tú crees. Cheops no era maltratado o encerrado, al contrario; fue bien recibido por los elfos, se lo lleno de joyas y de lujos, tenía una habitación propia en el castillo del rey, y pues… este no objetaba nada en absoluto. Simplemente aceptaba las comodidades que el Rey le ofrecía, y tenía libertad de explorar la tierra a su gusto siempre y cuando no fuera a destruir nada de ella, y a no tomar más de lo necesario para sobrevivir. – finalmente Koro se encontró frente a la salida del castillo y sin dudarlo abrió la puerta encontrándose con el jardín solitario y a punto de esconderse el último sol. Rápido, cambio el rumbo dirigiéndose a la parte trasera del castillo y dijo: —El rey dios elfo era humilde y si había algo que apreciaba era la vida, quizás por eso no se atrevió a lastimar a Cheops y más tarde estos formaron una pequeña amistad. Cheops le dijo al Rey que su Dios era bueno y que también era muy poderoso. Esto despertó la curiosidad del Rey y pregunto "¿Qué tan poderoso es tu Rey elfo Oscuro?" y el humano contestó "Es tan poderoso como para crear grandes Dragones mágicos" "El rey oscuro posee siete dragones protectores y ellos pueden conceder deseos, pero sólo si el rey dios así lo desea" ¡Entonces! El rey dios elfos se sorprendió y pensó que el Elfo oscuro tenía mucho poder e incluso podía ser más poderoso que el, y sintió mucho más temor que antes, por su tierra, por su gente y por todo lo que abundaba en el universo. Sin embargo Cheops no le dio mucho tiempo para pensar al Rey y dijo "El rey oscuro protege a la familia del dragón y su máxima creación permanece a su lado, su nombre es Zarama y es el primer dragón, la más poderosa compañía de nuestro Dios" "El quería ofrecerte un deseo a cambio de una parte de esta tierra, pero comprendo que usted no desea más de lo que ya posee"
—Oh… ¿Entonces el Rey oscuro solo quería ayudar? ¿El tenía mejores creaciones que el Rey Dios elfo?—
El jardinero, agitado y sin aliento llego con el niño hasta el bosque que nacía detrás del Castillo y allí se detuvo un momento a descansar, se escabullo entre los árboles mientras daba nerviosas y fugaces miradas a todas partes y contesto: —No tenía mejores creaciones, tenía más cantidad de creaciones, en varios planetas, y su primera creación fueron los dragones, pero algo era cierto, y es que el elfo oscuro era poseedor de una poderosa magia; blanca y negra, tenía el dominio total de ellas, y esto era lo que más asustaba al Rey Dios elfo. No creas que era envidia… ¡No! Era temor, temor de no saber que estaba ocurriendo en verdad, tenía temor de que el elfo oscuro fuera malvado... entonces pensó que tuvo la oportunidad de saber algo y sin embargo solo tomo al humano como prisionero, pero también pensaba en que el elfo oscuro jamás lo reclamó o al menos vino a rescatarlo. Las dudas y los temores del Rey pronto llegaron a los oídos de toda la comunidad elfica, era de suma importancia que todos supieran que el elfo oscuro podría ser un potencial enemigo, y que en solo un parpadeo podrían encontrarse sumergidos en una total destrucción. De esta forma los elfos trabajaron día y noche planeando de que forma podrían protegerse de una devastadora amenaza, si el Rey oscuro tenía potentes dragones que concedían deseos… entonces ¿Qué podía tener el? Pero… el Rey dios elfo no quería hacer daño a nadie y tampoco quería una guerra...
—Pero, el elfo oscuro tampoco quería una guerra…— Acotó el pequeño con seguridad.
— ¡Pero el Rey no lo sabía!— Respondió abriendo sus ojos enormemente – Y aquí esta el primer error del Rey de los elfos; el temor a lo desconocido y a no arriesgarse en hablar con el elfo oscuro, porque después de todo este era un elfo al igual que él. Así fue que una noche oscura y fría el Rey observaba en lo más alto de su castillo a los astros; estrellas y planetas, entonces tuvo una idea, si esa magnífica energía astral; esas hermosas estrellas y planetas tuvieran vida inteligente entonces podría ser capaz de protegerse, si el elfo oscuro pudo crear dragones entonces él podría crear algo similar de poderoso que le brindara protección ¡Y entonces el Rey tuvo la magnífica idea de que él y su comunidad podían ser capaces de darle vida a los astros!
—Woow…— Dijo el niño sorprendido y antes de que objetar algo más Koro continuó diciendo: — De los astros nacieron unas hermosas figuras de luz, celestes… aveces algo grisáceos pero todas ellas eran brillantes y enceguecedoras. Pero, había algo más impresionante… y esto era algo que el Rey dios Elfo no esperaba, o si esperaba pero no en esa magnitud y esto era el extraordinario poder que estos seres tenían.
— ¡Oh! ¿Y eran más poderosos que los dragones?— Pregunto el niño.
La campana del castillo comenzó a sonar con frenesí. Eso indicaba que finalmente los guardias notaron su ausencia, y probablemente Rou ya había notado la del niño… su terror aumentaba más que nunca, y está esta vez podría decirse que ya no había vuelta atrás… quizás no la hubo desde que decidido poner un pie fuera de la celda…
Rápido, tomo al niño nuevamente. No era el momento de continuar descansando y tampoco era el momento de buscar un refugio ¡no lo había! No de ese lado, y estaba decidido está vez a llegar del otro lado del muro, salvar a su pequeño antes que a él y si había tiempo salvarse para proteger al niño.
Koro, no tenía idea de que sucedería esta vez. Porque estaba a actuando conforme a los sucesos ocurridos, algo que no estaba premeditado y que tampoco recibió respuestas de Kaiju para saber si estaba haciendo lo correcto, ni siquiera sabía si Neptuno había cambiado algo…
— ¡Bien!— Dijo Koro corriendo entre los árboles con el pequeño en brazos y continuó con su relato: — En realidad no se si eran más poderosos que los dragones, pero te aseguro que estos eran poderosos, capaces de proteger a los elfos de cualquier mal que quisiera asecharlos. Ellos eran fieles, amables y muy inteligente, aprendían a gran velocidad y los elfos estaban asombrados. Pronto, los elfos llamaron a está nueva civilización "Ángeles guardianes"
— ¡Oh! ¡Angeles guardianes! ¿Cómo los Ángeles de los dioses destructores?— Pregunto el niño; eufórico y muy asombrado.
—Los mismos, mi pequeño niño…
—Entonces ¿Los elfos son reales y los Ángeles son su creación?
— ¡Ohoho! ¿Qué crees tú?— Respondió agitado – La vida está llena de maravillosos secretos, pequeño, y ellos nos unen entre sí a todos nosotros, a ti, a mi, a cada ser que vive en este mundo. Todos somos parte de una herencia divina y los Ángeles también son parte de ella, pero… deja que te cuente como termina la parte de esta historia, porque; como en toda civilización los Ángeles tenían a un rey propio, y fue elegido por la comunidad celestial, era el más fuerte, el más sabio y también era la creación del rey dios elfo, al que este nombró el ángel Hon. Tal vez, por eso era el más poderoso, por ser la creación del Rey y su más fiel compañero. Lo cierto es que sin darse cuenta, el Rey dios y la comunidad elfica había creado a los protectores más fuertes del universo, así es como ellos los veían y no sólo eso, también pudieron notar como evolucionaban sus poderes y su magia… así y durante un tiempo los Ángeles convivieron junto a los elfos, iban y venían del espacio controlando que nada malo les sucediera a sus creadores. El rey respiraba tranquilo cada día y sus temores habían desaparecido por completo, con los ángeles a su lado no tenía nada que temer y hasta le parecía estúpido haberse preocupado alguna vez por un elfo oscuro que ofrecía un trato, hasta lo había olvidado…
Koro detuvo el relato rápidamente al escuchar los pasos de los guardias en el bosque. El pulso se aceleraba y su peso comenzaba a agotarlo un poco más, no obstante, su andar no cesaba, no está vez, como sea debía llegar y cruzar el muro o al menos; deshacerse del pequeñín…
—Oh… pequeño— Dijo el jardinero al mirar hacia atrás. —Ellos vienen por mí, prométeme que si me atrapan cruzaras el muro—
—Pero quiero ir contigo…— Contestó el niño, y otra vez hundió su rostro en la barba del nombre.
—Lo sé, y yo quiero ir contigo. Pero las cosas no siempre salen como deseamos…— Dijo agitado y nuevamente volvió al relato – ¡Pero escucha! Para el Rey Dios de los elfos, las cosas no salieron como esperaban tampoco… y una madrugada; cuando el ángel Hon junto con otros Ángeles volvía de explorar el universo, regresaron cambiados y algo hostiles, pero… no con los elfos si no con su forma de pensar, porque los ángeles descubrieron que su magnífico poder les permitía cruzar dimensiones y había una dimensión en especial a la que estos le llamaron "Un hogar propio"
—Oh…— Dijo el niño preocupado —Los Ángeles no querían estar con los elfos.
—No es eso pequeño… es que los ángeles notaron que su vibración se adaptaba a esa dimensión y se sentían parte de ella… era como si algo los llamara del más allá y ellos acudieran a ese lugar por su gracia celestial…quien sabe… fue así como estos declararon su independencia y el Rey no tuvo más opción que aceptarla, los amaba y lo hacía con toda tu alma e incluso sentía mucho dolor al dejar ir a Hon; a todos ellos, pero más le pesaba dejar a ir a su compañero.
—Pero… ¿Quiénes protegieron a los elfos entonces? Si los Ángeles decidieron irse…
— ¡Oiga!— Se escuchó gritar a varios Shin-jin guerreros, no muy lejos a sus espaldas.
El jardinero ni siquiera volteó, por el contrario, se dispuso a apurar su paso como pudo. —Escucha, ellos están cerca… No puedes esperarme a mí, llegaré al muro y pasarás, debes hacerlo, debes continuar con tu camino si yo no lo logro
—No— Respondió el pequeño interrumpiendo —Tu eres mi padre y quiero que vengas conmi…—
Los gritos interrumpieron al niño. Por su parte, Koro se detuvo entre la oscuridad y no muy lejos del muro, solo faltaban unos cuantos pasos, pero necesitaba decir algo más. – escúchame pequeño. El Rey Dios de los elfos no escuchó al humano Cheops, no escuchó el llamado de un hermano porque le pareció que la palabra "oscuro" sonaba como lo que era. Tu, no seas como el Rey Dios elfo, no…— se detuvo casi mordiendo su lengua y presionando sus puños – No… no cometas el mismo error…
El niño, pronto mostró unas pequeñas lágrimas y agachó su cabeza ocultándola de la penetrante, temerosa y suplicante mirada de su padre. Poco después, Koro dijo: —El rey dios de los elfos también lloro…
— ¿Qué?— Pregunto el niño en un susurro y mirando fijamente al hombre. Las lágrimas cayeron rápidamente, pero Koro las limpio con uno de sus pulgares y continuó diciendo: —El rey también lloro… lloro por una traición.
—Por… ¿Por qué?— Pregunto el niño.
Koro presionó sus labios con fuerza. Pues, hasta allí había llegado el relato… pero además el tiempo era escaso y reconocía que este se había portado de maravilla al permitirle estar justo en frente del muro. Estaba agradecido de que ningún Shin-jin lo haya encontrado, ahora estaba seguro de que pronto su pequeñito sería libre.
—Ya es hora— Dijo Koro alzándose con el niño en el aire.
—Oh… ¿puedes volar?— Dijo sorprendido mirando como el suelo empezaba a verse más lejano.
—No como lo harás tú mi niño. Yo no puedo volar alto, mi energía es sólo para cuidar la naturaleza. ¡Yo soy el jardinero!— Dijo esbozado una sonrisa
—Y eres mi padre— Contestó sonriente.
Koro sonrió abrazando al niño fuertemente, mientras avanzaba cruzando los altos adoquines de la muralla. Estaba al borde de la gloria… y su cara podía recibir el fresco sabor de la libertad…
Abrió los ojos desmesurados al sentir un extraño frío penetrando en su piel, era el frío del oscuro bosque, y su olor, era un aroma sutil y libre de cualquier presencia existente, sin embargo, no existía rastro de maldad, o al menos, no lograba sentirlo. Si del otro lado había semejante maldad; bestias aterradoras y salvajes, brujas con gorros puntiagudos como los libros indicaban entonces seguramente los Shin-jin se equivocaron de historia.
Estaba listo para descender y tocar con sus pies los vírgenes suelos del bosque jikan
Pero, repentinamente algo lo detuvo….
Una luz morada con un centro incandescente; brilloso, rodeo la cintura de Koro. Era como una especie de látigo hecho de energía, energía pura… con un fuerte hilo de látigo fue capaz de hacer retroceder al hombre unos pasos hasta que finalmente sintió una fuerte sacudida que lo arrolló hasta el suelo.
Koro presionó fuertemente el cuerpo del niño que rodó junto con el hasta chocar con el tronco de un robusto árbol, y aún aturdido escuchó: — ¿A dónde crees que vas, jardinero?
Rou, sonreía a unos cuantos pasos. Todavía con el látigo de luz en su mano izquierda y sacudiéndolo de un lado a otro como si se tratara de un juguete. Al saber que no escucharía respuesta por parte del jardinero más que una amenazante mirada, continuó diciendo: —Dame a ese niño y vuelve a tu celda… a donde perteneces.
—No. Tu le harás daño… tu eres perverso; un hombre siniestro con pensamientos retorcidos. Ya no más…— alcanzó a decir Koro antes de que sus ojos se humedecieran súbitamente, sin previo aviso, de igual manera escuchaba como su corazón se desgarraba al ver sus esperanzas más y más deterioradas. Bajo sus brazos el niñito mantenía los ojos fuertemente cerrados y las manos presionadas en el gastado traje.
El llanto de Koro se ahogaba en su garganta al sentir el temor de su pequeño, y ver como las lágrimas caían silenciosamente mojando sus mejillas, allí, hundido en su barbaba… Y entonces, solo así apreció su impotencia y como el mundo se burlaba en su cara…Una vez más.
—Por… por favor…— Dijo Koro quebrando sus voz, dejando escapar algunos gemidos punzantes frente a Rou y frente a su niñito que sollozaba lo más asfixiado posible. —Déjalo ir… te lo suplico. Déjalo ir por favor. Te serviré eternamente, o puedes castigarme. Sólo… déjalo ir ahora…
El supremo había borrado su sonrisa. El tiempo parecía haberse detenido en aquellas dos miradas; la de súplica y la de rencor, furia quizás… y algo de maldad...
El silencio se apodero de un momento a otro del espacio y a lo lejos solo parecía escucharse como un leve susurro, ese canto celestial que solo Kaiju y los que residían en el podrían expresarse de esa manera.
Koro abrió sus ojos estupefacto. Alzo sus cejas sorprendió y rápidamente volteo en dirección al árbol. Aquella energía; esa vibración llegaba como fugaces destellos que surcaban el suelo hasta esfumarse sobre el niñito y su propio cuerpo. Los ojos y la cara del pequeñito se iluminaban velozmente con cada fulgor que llegaba y se fundía en su delicado cuerpo…
—Kaiju…— Susurro el niño despegándose del hombre y arrastrándose en cuclillas unos cuantos pasos.
— ¿Lo escuchas?— Dijo Koro con el rostro conmocionado.
—Los escuchó…— Respondió el niño haciendo una leve sonrisa entre sorprendido y feliz.
— ¿De qué estás hablando maldita desgracia?— Expresó Rou mostrándose agresividad pero sin alzar la voz.
—Déjalo ir por favor…— Dijo Koro nuevamente al recordar la presencia del enano.
Rou, allí de pie presiono sus dientes y sus manos de la forma más odiosa posible. Dentro de su cabeza, quizás nunca imagino que levantaría su mano y dejaría escapar una de sus más letales técnicas directo al cuerpo del jardinero. Y entonces su luz se apagó. Rápido y a gran velocidad. El rayo de luz proveniente de las manos de Rou traspasó el pecho de Koro. El niño volteo justo a tiempo.
—Cierra la boca…— Ordeno sin una mínima pizca de expresión. Todavía con su mano levantada.
—papá…— Dijo el niño casi en un susurro al mismo tiempo que se arrastraba para alcanzarlo—Pa, papá…
—No es tu padre— Contesto Rou.
—papá…— Repetía el niño una y otra vez, omitiendo las voz de Rou. El llanto volvía apoderarse de él, y ahora podía sentirse completamente débil. Sus pequeñas manos se aferraron al pecho de Koro haciendo inútiles esfuerzos por sacudirlo. —Despierta papá…— decía el niño repetidas veces.
El jardinero comenzaba a sufrir pequeños espasmos. Con grandes esfuerzos; más por ese indestructible amor, susurro apenas audible: — O… Oye…
— ¡Papá!— Grito el niño abalanzándose sobre el hombre, intentando cubrir con sus pequeñas manos el rostro redondo y barbudo de su papá.
—Llora. Llora todo lo que quieras, nu, nunca… nunca permitas que el llanto se transforme en algo malo. Llora con fuerzas hasta que tu alma sangre, deja que las lágrimas fluyan y se lleven el dolor. Deja que las lágrimas fluyan ante la felicidad. Solo… So… solo dejarlas ir como tendrás que dejar ir muchas cosas… deja ir lo que ya no pertenece a tu vida.
—papá…— Dijo el niño interrumpiendo nuevamente y bañado en amargas lágrimas que caían en rostro de Koro—No me dejes por favor… no puedo estar sin ti…
— Tu, tu puedes soportar más de lo que creer… aún… aún cuando sientas que tu espíritu está roto…
El niño cerró los ojos con fuerza abandonándose en el pecho su padre. Después lo escucho balbucear: — Me, me encontrarás algún día… tu me traerás a la vida… y yo te daré la sombra, te apoyaras en mi cada día, abrazaras al amor bajo mis hojas y yo las dejaré caer junto con mis cerezos sobre tu blanco cabello y los de tu amor. Abre los ojos y lo encontrarás, abre… abre tu corazón a una nueva experiencia. La, la historia se repite como un ciclo sin fin, en una eterna danza espiral… Trae la paz a este mundo mi niño, trae la historia, el universo debe recordar…
—No papá…— Expreso rompiendo en llanto. Rápidamente fue interrumpido por la sonora voz de Rou, quien se acercaba a gran velocidad: — ¡Niño! ¡Ven aquí ahora mismo!
— ¡Déjame en paz!— Grito. Acaricio el rostro de su padre y al instante escucho
—Cierra la puta boca maldito castigo de los dioses. ¡Esto es tú culpa! Eres un maldito niño mentiroso y no se como demonios hiciste para liberarlo…
Rou, se interrumpió a si mismo rápidamente al escuchar los pasos de los guardias Shin—jin, para luego presionar fuertemente sus puños. Podía decir que estaba en aprietos, y que de cualquier forma sería reprendido por levantar sus puños contra un jardinero, o peor, darle una muerte lenta pero segura. Para su retorcida mentalidad; era gratificante.
—Vete ahora, por favor…— Dijo Koro en un suspiro. – Por favor… —Repitió, y esas fueron sus últimas palabras después de que el niño viera casi como un flash la fuerte carga de energía que su padre recibía en el rostro.
El pequeño volteó rápidamente encontrándose con los guardias sorprendidos. En el centro estaba Rou, sin una pizca de simpatía, sin una mínima sonrisa y con su mano levantada aún cargada de su perverso Ki. Los ojos del pequeño se abrieron asombrados como primera respuesta, y luego sus facciones iban cambiando entre el dolor y la ira. En esos cristales grises Rou se veía claramente reflejado, así como también se reflejaba el arma mortal que había dado fin a su padre.
—No…— Dijo el niño negando con su cabeza
— ¿No?— Repitió Rou –"No" es lo que te cansaras de decir día y noche cuando veas de lo que soy capaz de hacer…
— ¡No!— Grito el niño nuevamente — ¡No!— volvió a gritar esta vez más desesperado y notándose agitado.
Las facciones de Rou y de los Shin—jin cambiaron de un momento a otro al ver un Ki extraño rodear el contorno de la figura del niño. Al instante notaron como sus pies se clavaban en la tierra y el cuerpo se volví pesado e incapaz de movilizarlo.
— ¿Qué demonios estás haciendo niño?— vocifero Rou entre irritado y desesperado. — ¡Soy tu maestro, Detente!— Pero el niño no se contuvo, y quizás ni siquiera estaba escuchando. Sus ojos se volvieron furiosos al igual que los de su maestro. Le tiritaba el cuerpo de solo sentir como aquella energía recorría cada célula y fluía con violencia clamando por ser liberada.
La desconocía totalmente. Apenas alcanzaba creer que ella le pertenecía, pero era suya y estaba deseosa de ser expulsada. Apretó sus manos con fuerza resistiéndose a dejarla ir…
Estaba aturdido por la lluvia de recuerdos que pasaban una y otra vez. Sentía arrepentimiento por liberar a su padre y se culpaba a si mismo de que Rou lo asesinara de esa manera tan cruel y frente a sus ojos.
"Esto es tu culpa" escuchaba repetidamente dentro de su pequeña cabeza. Esas frase sonaba penetrantemente hasta el punto de querer atentar contra si mismo. Se cortaría sin piedad por su error cometido, pero… algo lo sacó de sus pensamientos a gran velocidad.
El tiempo fue suficiente para que notará la gigantesca bola de luz que se acercaba directo, dispuesta a impactarlo, y si era necesario también eliminarlo, como lo hizo con su padre. Estiró sus manos al frente, directamente a recibir esa energía, pero su osca y asesina mirada se dirigieron tempestuosamente hacia el enano que le había quitado la vida a su padre. Grito, y grito con todas sus fuerzas con un imperativo: — ¡No!—
Ese grito parecía como si se volviese eterno. El suelo, la tierra y el planeta tembló abruptamente y sin delicadeza alguna. Todo parecía derrumbarse.
Rou calló al suelo con sus piernas vencidas al mismo tiempo que los guardias. Los árboles se sacudieron con fuerza despegando sus raíces de la tierra.
— ¡Detente!— Grito Rou, pero sus esfuerzos fueron en vano. El castigo era ver con sus propios ojos lo que un pequeño niño era capaz de hacer. El fuerte centelleo que desprendía y que parpadeaba intensamente a su alrededor fue lo último que alcanzó a ver el supremo antes de que fuera expulsado arrasando con todo a su paso.
El muro caía deshaciéndose en pedazos y polvo a las espaldas del pequeño de ojos lagrimosos y enfurecidos. A lo lejos la parte más alta del Castillo se partía en dos y se derrumba lentamente en gigantescos cascotes que caían en todas partes. Un ciclón arrasador atacaba las casuchas de la aldea y varias volaban en el aire llevándose consigo a los Shin-jins que la habitaban.
No tenían la culpa, nadie la tenía… pensó el niño. O tal vez si, pero era muy tarde para detenerse. No sabía cómo hacerlo tampoco y su pequeña mente solo deseaba ponerle fin a su dolor. Sin embargo, las palabras de su padre llegaban a su mente desde su centro…
"Vete… por favor" escuchó, y sus cansado e hinchados ojos lacrimosos voltearon al ahora destruido muro. Entre toda esa tempestad, la furia de la naturaleza; la que el mismo llamo. Entre su magnífico Ki; ahora destructivo y lleno de dolor, camino en dirección a esa profunda oscuridad que el bosque ofrecía. Lo llamaba... el viento susurraba… los arboles negros como la noche se mecían lentamente como si el tiempo se hubiese ralentizado. Las ramas apuntaban en su dirección estirándose con fuerza como si quisieran tocarlo; abrazarlo...
Los pasos del niñito se hicieron lentos observando la inmensa oscuridad. Podía percibir todos los sonidos de ese lugar el "Bshhh" de los arboles… el canto de las moléculas que conformaban el mar… allí a lo lejos casi en el último lugar del mundo. Todo estaba vivo, muy vivo, muy presente… cada planta, cada partícula de tierra…
Finalmente el pequeño corrió de un solo impulso y a gran velocidad en la dirección que su centro indicaba con seguridad. A sus espaldas; solo quedaban los ojos de los guardias y del supremo kaioshin Rou.
Continuara
