Hay más mundos de los que se piensan. Y no es que se traten de dimensiones paralelas y mágicas, pero sí suelen pasar desapercibidas o al menos algunos tratan de hacerlo. No puede clasificárseles como «buenos» o «malos», sólo se puede decir que son complejos. Algunos pueden ser accedidos por todos, mientras que otros suelen ser exclusivos para los no calificados. ¿Cómo adentrarse en ellos? Algunos podrían responder esa pregunta diciendo que con esfuerzo, poder e incluso codicia. Todos están bien, pero existe el camino más corto y definitivo: nacer en él.

—¿Qué es lo que quieren? —el mensaje fue directo, algo extraño en ese universo complejo y con muchos adornos, pero normal en esa persona—. Espero que sea algo importante. No quiero perder el tiempo.

Entonces miró a las personas que se encontraban a su alrededor. Algunos parecían avergonzados, casi como siempre —sumisos, incluso. Sin embargo, existía algo diferente en esa ocasión. Algo que no le gustó.

—Se trata de esto —dijo uno. Acto seguido le mostró un sobre que no abrió, pues alguien más lo hizo. Incluso esa persona sacó lo que había adentro y se lo mostró. Su gesto de pena debió ser suficiente para que entendiera, pero aun así lo observó.

En verdad, ¿aún no se cansaban de eso? Primero fue hacía dieciocho años, luego ocho después. Pensó que habían comprendido qué temas se podían hablar y cuáles no. Las barreras eran muy evidentes. Aunque no para esos insolentes.

—¿Y qué hay con eso? —imitó su tono, pero se encontró con demasiada seriedad como para que pareciera una burla—. No creo que sean lo suficientemente tontos como para no haberlo sabido antes. ¿O es que sí lo son?

—No nos referimos a eso —uno de repentina mirada altanera le respondió. No era muy seguro de su parte, además de que se estaba comenzando a irritarse con tanto eso y aquello. Aun así continuó—: Sino a lo que significa.

—Nada. Como siempre —contestó—. Sólo es un tropiezo que no debe ser tomado en cuenta —y ahí se debía quedar.

—Más que eso, son opciones. Y ahora más que nunca debemos tomarlas en cuenta —esas palabras lograron ganarse toda su atención. También indignación. ¿Qué demonios estaban insinuando?

—¡Insolentes! —quiso decir, pero alguien más se le adelantó. Un hombre de traje y rostro molesto que incluso había golpeado sus puños sobre el piso de madera en el que estaban sentados—. ¿Acaso no creen en la forma en que hace las cosas? Si es eso es porque están ciegos. Las dificultades que comenzaron hace diez años ya son historia y todo por su presencia.

—Eso es indiscutible —el otro contestó.

—¿Entonces? —esa era la cuestión. Porque él, a pesar de haberlo aceptado, no dejaba su aura rebelde.

Ese quien incluso se dignó a sonreír de lado, como si los demás le parecieran tan tontos por no darse cuenta, como si fuera un adulto entre niños: —Hablamos sobre fidelidad —esa palabra, sólo una y pequeña, hizo que los presentes aguantaran la respiración. No debió atreverse—. El asunto es que es complicado el manejar algo tan poderoso, mucho más si se trata de dos. Sin contar también si se está solo.

Perfecto. Ahí estaba su dichosa fidelidad, esa que parecía aún no dejar al que ya no podía estar presente y seguir al que sí.

—Insinúan que se debe hacer una elección —por fin recuperó la palabra. Él asintió—. Entonces, dime —comenzó, sonando con demasiada calma—. ¿Qué pasaría en cada una de las opciones? No. Mejor dicho, ¿cuál crees que sería la elección más adecuada?

—Dejar esto. No cortar los lazos (eso sería demasiado), pero sí dejarle el cargo a alguien más.

Otro que también parecía molesto ante sus suposiciones, habló: —Y ahí es cuando su plan muestra lo inconsistente que es. Es decir, ¿quién podría...? —se detuvo. Ahora todo encajaba—. No puede ser. ¿Estás tratando de decir que...? Debes estar loco, todos ustedes lo están. Prefieren cambiar esto (la estabilidad), por la ruina.

—No estamos negando su habilidad, como tampoco sería la caída de todo. Escuchen. Hablamos de legitimidad.

«Legítimo» no es su definición. Además, el problema se repetirá de nuevo —eso era algo que no se podía negar. La unión traía sus consecuencias en situaciones de esa especie. Siempre se debía dividir en dos.

—Por eso esto es tan conveniente. No hay necesidad de algo así. Incluso podría haber un acuerdo mutuo con todos los involucrados. Sé que ellos lo necesitan.

Eso era lo más absurdo. Se trataba de algo estúpido... Muchos no podían encontrar un calificativo para una acción de esa naturaleza. Por esa razón, la discusión inminente comenzó. Una discusión que no se molestó en escuchar por completo, ya que terminó por retirarse dejando que trataran un tema que no les correspondía. Eran demasiado inferiores como para poder influir de verdad. Al menos eso no debía ocurrir. Después de todo, ellos no tomaban la decisión final.

Afortunados o desgraciados, todo dependía del punto de vista. Y habían muchos en ese subtipo del mundo adulto, muchos más aquellos que no lo conocían, pero que estaban directa o indirectamente relacionados con él.


CAPÍTULO XI:
El viaje del Oeste ~confrontación parte 1~

"Alguien me odió, pero pretendí estar bien,
Alguien dijo que me amaron, y eso fue suficiente, fui feliz.
Canta en la sonrisa y llorando en mi corazón
Estoy buscando algo azul y algo rojo en mi corazón"
KOKIA, SOMETHING BLUE & SOMETHING RED


Se veía tan calientito.

Sí, esa no podía ser la mejor excusa de por qué había decidido hacer algo así, pero era la mejor que en ese momento —y con su mente aún adormilada— pudo pensar. Aún en una situación como esa —tal vez esa era la razón— se veía en la necesidad inútil de pensar en cosas como excusas. Los «¿Por qué pensé o hice eso?» posiblemente serían menos constantes hasta terminar desapareciendo.

Tal como ahora, pues esos susurros indiscretos habían enmudecido al despertar de esa forma.

Al principio se encontraba en su habitación y sólo era una mañana habitual. Pero todo comenzó cuando, aún con los ojos cerrados, sintió a su cabello desparramado en su rostro. Trató de ordenarlo, pero ahí fue cuando se percató de que ese cabello, aún al ser negro, no le pertenecía. Su mente se iluminó y los recuerdos de la noche anterior comenzaron a fluir.

Una respuesta y un intento de irse. Unos pasos que se detuvieron y miradas que se toparon. Después le siguió un pensamiento que rápidamente puso en palabras, sólo esperando que si era rechazada, sonara como una broma. «Haz lo que quieras. Antes también era tu habitación», se convirtió en el permiso.

Inuyasha se veía muy sereno, sólo su pecho que subía y bajaba al respirar era la única evidencia de que no era algún tipo original de estatua o arte moderno. Parecía como si jamás se moviera al dormir. Mientras tanto, ella era otro caso, ya que parecía haberse anudado con las sábanas. Todo encontrándose recostada sobre un hombro y parte de un pecho masculino.

—Buenos días —Kagome dijo en voz baja al notar que sus ojos se habían abierto. Él sólo asintió con la cabeza, un tanto avergonzado por estar siendo observado de tan cerca—. Estás cómodo —agregó al momento que, con un gesto y sus palabras, demostraba qué tanto le desagradaba el tener que levantarse. Aunque al final ambos terminaron haciéndolo.

—Siempre me usas de mueble —Inuyasha mencionó mirando hacia otro lado y buscando aquello que necesitaría para ese día. Una tarea difícil teniendo en cuenta el que muchas de sus cosas se encontraban desordenadas, como siempre.

—Porque estás cómodo —dio su respuesta final. Aparentemente (y gracias a los mensajes claros) Inuyasha estaba a punto de tomar una ducha, así que tuvo que irse de ahí. Además, ella también tenía un baño deseando su presencia.

Salió hacia el pasillo para entrar al lugar que debía ir. Sin embargo, se topó con un montón de ropa tirada. Era estupendo el hecho de que el baño que estaba al lado de su habitación fuera también el de lavado. Sabiendo que no ganaba nada quejándose, sólo suspiró, tomó la ropa sucia y la metió a la lavadora que con un sólo botón comenzó a hacer su trabajo. Además, hacía tiempo que había pospuesto sus deberes del hogar, así que de alguna forma también era su culpa.

Al no mojar su cabello no tardó mucho en salir. Y, encontrándose vistiendo su uniforme se dio cuenta de que todo parecía igual, dentro de la rutina. Aunque no había pensado que con una sola palabra el mundo cambiaría abruptamente. La única diferencia que podía notar a través de su ventana era que aún se veía algo oscuro afuera. Al menos eso le dijo que aún tenía mucho tiempo.

—Kagome —su nombre fue dicho detrás de la puerta. Aunque quien la había llamado no tardó en aparecer.

—¿Qué pasa?

—Secadora —no había dicho «¿Podrías prestarme la secadora de cabello por un momento? Gracias», ni siquiera «por favor», pero comprendió. Ninguna de esas formas encajaba con el orgulloso que había dicho antes: «yo no necesito algo así».

Claramente Kagome estaba sonriendo.

—Aquí está —le mostró el aparato que no era necesario—. Ven, yo te ayudo —propuso. Después de todo, no fuera que se quemara o algo así. Parecía como si Inuyasha fuera a decir algo, pero repentinamente decidió mejor mantenerse en silencio. En cambio hizo lo que ella le pedía.

Secar y desenredar, el trabajo de Kagome podía resumirse en dos palabras, pero eso no lo hacía sencillo. Ella misma se había metido en un embrollo problemático. El cabello, sí el cabello. Bueno, al menos podía decir que tenía algún tipo de recompensa, pues ahora el olor que había sentido cuando ese cabello se encontraba sobre su rostro estaba más presente.

—¿Cómo crees que esté Rin? —ella preguntó. Todo este asunto estaba comenzando a tomar rumbos que aún no se acostumbraba a andar. Aunque, ese tema también le era de interés. La chica que habían conocido hacía poco y había traído consigo muchas incógnitas.

—Supongo que bien —respondió. Sonaba un poco adormilado. Tal vez el calor le estaba provocando sueño, aunque no el suficiente para no seguir hablando—: Aunque si está con Sesshoumaru debe de encontrarse más que aburrida.

Eso podría ser verdad. Su hermano no era el sinónimo de festividad y diversión. Pero eso no le había evitado el conocer a Rin, por cualquiera de las razones desconocidas que él tuviera para hacerlo.

—¿Qué fue lo que le dijiste? —le cuestionó. Algo debió de haberle dicho a Sesshoumaru cuando fue tras de él la noche anterior.

Inuyasha frunció el ceño (no tenía que verlo para saberlo) y respondió: —Sólo lo normal: el por qué había llegado así sin decir nada, como si esta fuera su casa.

—Es porque lo es —como ellos, había vivido varios años ahí como para tener ese título.

—Lo dejó de ser desde que se fue de aquí —él agregó, considerablemente más tenso. Cierto. Inuyasha no perdonaría tan fácilmente el que simplemente se hubiera ido después de que él ya no tuviera nada que le interesara ahí (lo cual podría incluirlos). A su punto de vista, simplemente había huido.

—Entonces... —Kagome intentó cambiar de tema, al menos desviarlo un poco—. ¿Qué hay sobre Rin-chan? ¿Lograste que te dijera algo sobre ella? —Como, por ejemplo, qué hacía a su lado. La curiosidad picaba, ansiosa por saber.

—Sí le pregunté. Y él me dijo que se trataba de «otro lazo con beneficios». ¡Por Dios! ¿Qué tipo de respuesta es esa? —a pesar de que había levantado la voz, ya no se encontraba molesto, sino algo indignado. Pero era del tipo de indignación que podía ser cómica.

—No tengo la menor idea. Sólo ellos deben saberlo —su buen humor se le contagió. Si había algo más en todo eso, seguramente pronto se enterarían de alguna forma—. Listo —comentó, dejándolo libre.

—Gracias —él dijo, constándole un poco, pero lo había dicho así que contaba.

—De nada —ella también siguió con lo adecuado, para después observarlo levantarse e ir hacia la puerta.

—Voy a arreglar mis cosas —aclaró y después desapareció.

De repente, la muchacha se dio cuenta del parecido que existía entre una escena ocurrida hacía un montón de días atrás, cuando en lugar de hacer frío las temperaturas eran altas, tanto para que el sol pudiera quemar el rostro de los descuidados. Más si se quedaban dormidos en los techos. En el transcurso del tiempo entre verano e inicios de otoño los cambios habían llegado.

Kagome se ató el cabello en una coleta y dio comienzo a su ritual de todos los días, generalmente en esos seis en los que iban a clases. Los domingos podía darse el lujo de dormir hasta que quisiera —aunque nunca tan tarde. En ese momento era turno del almuerzo.

Al tener sólo un poco de hambre, sólo tomó algo del refrigerador y lo comió. Después comenzó a revisar mentalmente las opciones que existían.

—¿Qué quieres de almuerzo? —le preguntó al ausente con una voz algo alta para que así la pudiera escuchar—. Podría hacer algo rápido o puedo intentar... —pero no terminó su mensaje, por lo cual la propuesta de una tortilla de arroz no fue dicha ni escuchada.

Ella pensó que todavía estaba en el segundo piso o al menos fuera de la cocina. Pero se equivocó. De la misma forma que lo hizo al no imaginar que la razón de tanta cercanía se debía a que él quería algo así.

Fue muy repentino que le costó asimilar el hecho de que sus labios se habían unido. En cuestión de un segundo, Inuyasha la miraba con un rostro infantil.

—¡Rayos! —fue lo primero que salió de su boca.

No fue extraño el hecho de que eso hubiera logrado confundirlo: —¿Qué?

Kagome apuntó al reloj que se encontraba pegado a la pared de enfrente. Y, como si eso no fuera suficiente, lo puso en palabras: —¡Ya es muy tarde!

Habían pensado que tenían más tiempo. ¡Malditos días nublados de otoño! Lo único que hacían era burlarse de la gente que solía hacer cualquier otra cosa que no fuera ver los relojes. Un error que los estaba haciendo movilizarse.

—Tendremos que comprar algo —Kagome dijo en el trayecto hacia su habitación por su mochila y de nuevo hacia el primer piso—. ¡Rápido! —gritó. Inuyasha se había quedado en las escaleras, al parecer, al recordar algo.

—¡Espera! No encuentro mi libro de inglés —y comenzó a buscar entre sus otras cosas de la escuela. Kagome estaba comenzando a pensar en la posibilidad de golpearse contra algo, y lo consideró realmente al ver cómo estaba comenzando a retroceder—. Creo que lo vi en el baño.

En serio, ¿qué demonios hacía ahí?

—¡Ya, déjalo! ¡Yo te presto el mío! —terminó gritándole. Su paciencia se había ido de paseo. Y, después de todo, en esa clase se trabajaba en parejas. Solucionado el asunto, pronto se encontraron corriendo en la calle.

Había una cantidad considerable de personas en movimiento y eso no fue nada alentador. Se trataba de gente que ya había comenzado con sus actividades diarias. No había rastros de estudiantes, además del par de retrasados que eran vistos por los presentes con negación, molestia o incluso diversión. En ese momento, nadie quería ser esos dos. Aún menos cuando un auto se detuvo frente a ellos. ¿Ahora qué les faltaba?

—¿Van tarde, niños? —una voz demasiado familiar les había hablado. Grave, y hasta un tanto burlona. Solamente había un nombre que le podían poner, y lo comprobaron con sólo levantar la vista.

—Miroku —Inuyasha fue el encargado de nombrarlo. Aunque él no iba solo.

—¿Qué hacen ahí? ¡Suban! —Sango les dijo desde el asiento del copiloto. Kagome e Inuyasha se observaron. Unas miradas fueron suficiente para darse cuenta de que no había forma de huir. Ambos hicieron lo pedido.

El auto empezó a moverse de nuevo y, desde atrás, se dio comienzo al análisis. Uno donde miraban las espaldas de sus amigos y buscaban algo, una señal, un movimiento... lo que fuera lo suficientemente claro como para delatarlos en su mentira. Pero, ¿qué obtendrían con eso? ¿Que todo se volviera más tenso de lo que ya era?

Eran dos personas que guardaban un secreto, ignorando que otros ya lo conocían.

—Qué silencioso —Miroku comentó al notar algo tan anormal. Siempre debía existir algo de sonido y cualquier tipo era bienvenido en ese momento.

Y, sorprendentemente, Inuyasha fue quien tuvo ese privilegio: —¿Por qué también van tarde? Es extraño que les pase eso —otra vez Kagome tuvo el deseo de golpear cabezas, pero en ese momento no se trataba de la suya. No podía parecer más evidente su sospecha.

—Ah, pues... —Sango comenzó, nerviosa al tratar de encontrar una excusa, claramente—. Dormí de más. Jamás sonó el despertador.

—A todos nos puede ocurrir eso —Kagome respondió. No hubo nada más, aun cuando existiera el asunto sobre el demasiado conveniente hecho de que Miroku pasara por ahí cuando ella hubiera salido, pues también iba tarde.

Tampoco Inuyasha parecía dispuesto a sacar los esqueletos del armario. Además, el auto se estacionó en una esquina del Instituto, lo que significaba que ya podían huir. No obstante, Miroku tenía el deseo de acompañarlos hasta la puerta.

Por esa razón, él fue el encargado de decir la frase que resumió todo: —Y... se nos ha presentado un gran problema —esa era una forma muy apropiada para expresar el que las puertas estaban más que cerradas.

Mientras que el mayor de los cuatro —en compañía de Sango por supuesto— se encargaba de convencer al kaichou de que les abriera haciendo uso de todas sus artimañas, Kagome e Inuyasha hablaban a una distancia adecuada para no ser escuchados.

—Es evidente que no vamos a entrar —Inuyasha mencionó, realmente convencido. No era por nada, ya que él era un experto en cuanto a situaciones parecidas—. Debemos buscar una excusa para irnos. No sé cómo actuar con ellos.

—Yo tampoco. Pero no puedo hacer algo así —simplemente irse y ya. Eso les causaría más sospechas, si es que ellos ya las tenían. Primero era eso, y después se preguntarían la razón, qué es lo que ellos sabrían como para tener esa actitud. Entonces, sólo habría una opción.

—¿Entonces qué? —no lo sabía. No quería sentirse incómoda junto a ellos, como tampoco quería hacerlos sentir presionados.

—¿Cómo les fue? —Inuyasha les preguntó a los que acababan de llegar, aun cuando supiera la respuesta.

—Mal —Sango respondió—. Pensé que Miroku sería más de utilidad. Fue un buen estudiante aquí.

—En mi defensa, ese niño es muy rígido —él dijo. Eso era algo que no se podía dudar. Así que, encontrándose en esa situación, hoy no habría escuela para ellos—. Me gustaría vagar con ustedes, pero tengo que estudiar para tener una buena vida.

—No podemos andar por ahí a estas horas —Inuyasha le respondió, encontrando una oportunidad—. Será mejor que nos vayamos —acto siguiente, hizo un movimiento con la cabeza para que Kagome entendiera que era el momento de partir.

—Nos vemos —ella se despidió. Entonces, comenzaron a caminar.

—¡Esperen! —la voz de Sango los hizo detenerse y voltear a ver—. Los acompaño —ante ese comentario, ellos no encontraron qué decir. Pero eso era algo bueno, ¿no?

—¿En serio? —Kagome le preguntó, observando a su amiga atentamente.

—Sí —asintió—. Además, no quiero que Miroku pierda su día por mi culpa —ahora la atención era puesta sobre el mencionado.

—No hay problema —expresó con aspecto despreocupado—. En este momento no hay necesidad de ir a la universidad. Ellos me dijeron que podía quedarme en casa si así me concentraba mejor.

—Ya veo —Sango comentó. Pero a pesar de que ella comprendiera, los otros dos no.

—No entiendo —Inuyasha dijo, esperando que alguien aclarara lo que estaba ocurriendo.

—Perdonen, no les hemos dicho —Sango comenzó con una selección de palabras poco apropiadas. Muchas cosas, más con respecto a ellos dos, podían comenzar con «Perdonen, no les hemos dicho». No obstante, no fue ninguna de la que los dos Taishou imaginaron—: Miroku va a saltarse cursos.

—Ya me lo esperaba —Inuyasha fue el primero en comentar. Había ligereza en su voz—. Con lo cerebrito que es.

—¿Acaso detecto algo de celos? —Miroku siguió a su amigo quien ya había comenzado a caminar.

—¿De ti? No, gracias.

Sango y Kagome, quienes se estaban quedando atrás, sólo levantaron los hombros y caminaron a su dirección. Al parecer, existían cosas que Inuyasha podía perdonar. De todas formas, ellos también les estaban guardando un secreto en ese momento.

...

El segundo viaje en el automóvil fue mucho mejor que el anterior. Sango e Inuyasha habían intercambiado lugares. De esa forma, mientras los hombres se hacían bromas mutuas y de vez en cuando Miroku le hacía comentarios que le ayudarían cuando tuviera que conducir, las amigas hablaban. Así fue como Sango se enteró de la presencia de una chica de nombre Rin que había dicho ser su familiar.

—¿Y Sesshoumaru simplemente llegó por ella? —aún no podía creerlo después de que Kagome se lo hubiera dicho casi tres veces.

—Lo sé, es extraño, pero ocurrió. ¿Tú qué crees que ocurre?

—Preguntas qué es lo que pienso... —Sango analizó un poco la información otorgada y después dio su respuesta—: Pues podría ser que en verdad se traten de familiares. Alguna prima o familiar lejana, pero del lado Taishou, ya que si fuera Higurashi sabrían de ella —su amiga asintió—. Además, ustedes no saben mucho sobre ellos.

—Es verdad —a pesar de que Kagome e Inuyasha fueran parte de esa familia, desconocían mucho de ellos. Seguramente podría deberse al hecho de que no eran hijos nacidos de un matrimonio. Ese lado debía ser muy rígido.

Se prometió recordarse preguntarle a Miroku al respecto, él quien parecía saberlo todo.

—Aunque también tengo otra opción —continuó—. Y espero que no te moleste o algo así.

—No, dila —y, a pesar de lo seria que parecía aparentar, Kagome sonrió, casi pareciendo suprimir la risa de diversión. Así que ella también lo estaba pensando.

—Mi otra opción es, y basándome sobre el comentario de «lazos con beneficios»... —dijo, imitando su tono de supuesta seriedad—. Que tiene que casarse con ella y, por lo tanto, es su joven prometida. Eso es.

Sabía que no era lo correcto —más el conociendo la enorme situación en la que se encontraban Miroku y su hermana—, pero comenzó a reír. Ambas lo hicieron. ¿Un Sesshoumaru rumbo al altar junto con la encarnación de la alegría?

—Claro —Inuyasha mencionó, sonando libremente irónico. Aunque después entró en el juego de las opciones—: Mejor digan que se enamoró de ella mientras paseaba por la calle y simplemente la secuestró. Eso sería más realista —una visión del hermano de sus amigos cargando un saco en el que era guardada una chica le hizo convulsionarse por lo gracioso que le resultaba. Más si imaginaba que le dijera «Tú no has visto nada».

Y, al parecer, el sonido que salió de su boca fue muy contagioso, pues pudo escuchar cómo la risa de Kagome la acompañaba y, al dar un ligero vistazo hacia adelante, se encontró con la espalda de Inuyasha que parecía temblar y —justo en el momento en que fijó su vista en un espejo que había sido bajado para observar lo que ocurría— se topó con unos ojos azules que le sonreían.

Momento después, se encontraron en el lugar de destino: un sitio que tenía más el estilo de pertenecer a una sección del gobierno sobre la conservación de la historia, que a gente normal y corriente. Era pequeña, pero no dejaba de llamar la atención por su construcción antigua.

Lo mejor y más apropiado que se le ocurrió a papá Miroku fue ir a su casa. A la biblioteca, para ser exactos. Aunque, bueno, no tenía el nombre de biblioteca, sino que se trataba del viejo despacho del antiguo patriarca. Pero había una gran cantidad de libros que bien podría pasar por una.

«No permitiré que descuiden sus notas. Ya es suficiente con que sean impuntuales», les había dicho. Tal vez eso —que se hubiera tomado de repente muy en serio su educación— era la razón de que, desde el escritorio, Miroku los observara entre cada página que leía. Lo triste era que él leía muy rápido.

Aun así, ellos se las habían ingeniado para comunicarse mientras trataban de ponerse al corriente. No habían ido a la escuela, pero la escuela había ido hacia ellos.

«¿No les parece que Miroku parece una de esas bibliotecarias malhumoradas que salen en televisión?», decía el papel que llegó a las manos de Sango después de que hubiera sido leído con anterioridad por Kagome y escrito por Inuyasha.

Sango, al igual que Kagome, escribió una respuesta afirmativa. Después fue regresado hábilmente el mensaje a su creador, quien agregó algo más: «Sólo le falta callarnos». Lo gracioso ocurrió después de que el papel regresara de nuevo a sus manos y un simple «ocurrirá de un momento a otro» saliera de sus labios.

—Silencio, niños —el presagio fue cumplido.

—Ahí está —Inuyasha lo remarcó. Ellas suprimieron su risa hasta que sólo se escuchara como murmuros alegres.

Miroku tuvo que pararse ante tal actitud rebelde, dando caminatas con su libro en manos alrededor de la mesa donde ellos se encontraban sentados. Entonces, habiéndose transformado en un profesor estricto, la diversión se pospuso. Bueno, al menos no había descubierto su correspondencia y de esa forma se hubiera topado con algunos dibujos no tan favorecedores sobre su persona. Inuyasha podría ser todo un artista cuando se lo proponía.

Pero saber sobre vectores no le resultaba tan divertido, ni siquiera emocionante. Tampoco veía que Inuyasha se encontrara emocionado con las lecciones. Él, quien turnaba su atención en diferentes materias cada que se aburría de una, lo cual era muy frecuente. En ese momento le preguntaba sobre la pronunciación de diferentes palabras a Kagome y, cuando ella no sabía, a Miroku.

—D. E. A. T. H —fue la siguiente, también deletreándola.

—Es «ded» —el muchacho quien parecía acomodar algunos libros desarreglados en los estantes respondió.

—S. H. A. D. O. W. S —continuó.

«Shadous» —dijo sin necesidad de observarlo.

—E. V. I. L —ante la mención de esta palabra, Miroku dejó lo que hacía y comenzó a ir hacia él.

Muerte, sombras, el mal. Inuyasha, ¿qué estás leyendo? —el interrogado sólo hundió los hombros. Al no haber respuesta, los ojos azules se posaron en la chica que trataba de hacer como si leyera, pero en lugar de eso se encontraba usando el celular—. ¿Con quién hablas?

Kagome, al ser descubierta, no tuvo otra mejor opción que responder con la verdad: —Kouga —la respuesta logró atraer la atención de todos, incluido un Inuyasha conocido por no soportar a ese sujeto.

—Oh, ¿ese Kouga? —Miroku preguntó y ella asintió—. Vaya —Sí, «vaya» podía ser la palabra más adecuada para expresar el interés de esa persona en su amiga.

—Compartimos clase de textos literarios, así que me dice lo que vieron hoy —entonces miró hacia la pantalla del celular, para después recitar—: «Sun Wukong» —Kagome dijo, aunque pronunciándolo como «Son Goku», que era la forma en que su idioma lo había adaptado.

—O es el protagonista de un anime —el chico de las gafas comentó, al momento que se alejaba rumbo a un librero cercano—. O se trata del rey mono —eso pareció ser lo más razonable—: Es un personaje muy importante para China. Incluso en algunos lugares es visto como un dios, aun cuando es el personaje de una novela. El viaje del Oeste —en ese punto le entregó un libro con muchas páginas a Kagome. Ella tuvo que tomarlo con ambas manos para evitar que cayera—. Era travieso, fuerte, con muchas habilidades, pero muy inquieto. Actuaba sin pensar.

—Como Inuyasha —Sango dio directo en el clavo.

—¿Qué? —al parecer, al involucrado no le resultó gracioso.

—Acéptalo —Kagome se unió a su lado.

Y, Miroku no tuvo otra opción que unirse a su amigo. Después de todo, su comentario sabio fue el que había causado todo eso: —Aunque Sun Wukong tenía una banda en la cabeza que con un canto especial del monje Sanzang, se ajustaba causándole un dolor insoportable. Así no podría desobedecerlo. Por lo tanto, no son iguales.

Al menos Sun Wukong podía ser controlado.

—¿Dónde venden una de esas? —Kagome preguntó. Era evidente para qué ser la quería.

—Pues yo también quiero una para ti —Inuyasha también había entendido y quería defenderse.

—¿Para mí?

—Jamás haces lo que te digo.

—Primero, eso no es cierto. No digas «siempre» —Kagome tenía un buen punto, era verdad—. Y en segundo, muchas de tus propuestas no son muy inteligentes que digamos. Actúas precipitadamente, ya lo sabes —y concluyó con otro gran razonamiento.

—¿Ahora qué vas a responder? —Miroku estaba ansioso por descubrir qué cosa diría Inuyasha para intentar contratacar.

—No lo haré —fue su respuesta, aun a pesar de haberse tomado un tiempo para pensarlo—. Es una palabra demasiado sucia para decirla en frente de mujeres.

—Ah, ya sé —el muchacho mayor se acercó al otro, como si fuera a susurrar la presunta palabrota. Aunque finalmente terminó por no hacerlo un secreto—: ¿«Lodo»? —Ante tremendo insulto, las chicas comenzaron a reír. Incluso el hombre que se decía molesto. Por Dios, ¿de dónde sacaba todos esos comentarios?

Pero Miroku seguía aferrado a su nueva faceta de profesor, por lo que ni siquiera el haber hecho una broma los hizo salir de eso. Aunque la parte positiva era que Tsujitani-sensei le había enseñado sobre los dichosos vectores, así que ya no tendría que lidiar con ellos.

—¿Qué pasa, Kagome? ¿Tienes alguna duda? —Miroku le preguntó a la chica que hacía unos minutos los había comenzado a observar con mucha atención.

—No es eso —lo negó, incluso utilizando su cabeza—. Es sólo que eres muy atractivo —dijo sin más. Sin preocuparse de la reacción que habían provocado sus palabras.

El que había recibido el cumplido fue quien rompió el silencio: —Seré sincero: no me esperaba eso —nadie lo había hecho.

—Lo siento. Hablé sin pensar —Kagome continuó sin parecerle extrañas sus palabras anteriores—. Sólo quería hacerlo.

—Ah, entonces, gracias. Tú también.

A pesar de haberse arreglado lo ocurrido, todo ese asunto de los halagos no le pareció a Inuyasha: —Sí, sí, todos somos atractivos. Terminemos con esto antes de que me duerma.

No hubo quien pudiera contra eso.

...

No hubo una campana que lo anunciara, pero eso no evitó que las clases improvisadas terminaran. Cuando se encontraron fuera de la casa, Miroku se percató de que seguía sin salir el sol, incluso podría decir que estaba más oscuro, aunque no sólo porque estaba nublado, sino porque anochecía. Las probabilidades de lluvia no eran altas, al menos eso había asegurado el pronóstico del tiempo. Sin embargo, él podría tener algunas dudas sobre eso.

—¡Libertad! —su atención dejó el clima para prestársela a Inuyasha. Parecía verdaderamente agradecido de que las lecciones hubieran terminado. En verdad, no imaginaba cómo se debía sentirse ante una jornada normal de clases.

—No es para tanto —Kagome le respondió. Miroku estaba de acuerdo con ella.

—Tú porque no estabas muriéndote de hambre —contestó, molesto. Incluso cruzó los brazos de esa forma tan característica.

—Nos hubieras dicho. Así que también es tu culpa —ahora Sango era la encargada de regañar. Al parecer, ser Inuyasha implicaba que muchas personas pudieran regañarte.

Por esa razón Miroku se apiadó de la situación de su amigo: —Entonces debemos atender sus súplicas, antes de que seamos comidos por él —también porque él se encontraba en su misma situación, al igual que las demás.

Unos nuevos planes se habían realizado.

—Yo no haría algo así —el obstinado muchacho se defendió. Todos caminaban hacia el centro de la ciudad—. Al menos no crudos —agregó. Fue entonces cuando los tres decidieron acelerar su paso y dejarlo atrás—. ¡Era una broma!

El centro no estaba muy lejos, así que fue cuestión de minutos en que llegaron con sólo caminar —más si se podría decir que estaban corriendo para huir del presunto caníbal. A pesar de que no fue un acto cansado, Miroku se dejó caer en una de las bancas del parque que existía en esa zona. Parecía no querer moverse.

—Ustedes dos elijan. Yo estoy cansado —les dijo a Inuyasha y Kagome. Una mirada, un gesto, y ellos asintieron y los dejaron solos—. ¿Qué tal te sientes al ser toda una estudiante rebelde? —el muchacho recostado le preguntó a la chica que parecía sorprendida de que sólo así, de repente, la hubieran dejado. Él parecía no estaba tomando en cuenta el que él había tenido parte de la responsabilidad de que eso ocurriera.

Los mensajes hasta muy tarde y las emociones que los acompañaban no ayudaban a seguir el horario de sueño adecuado.

—Extrañamente bien —respondió, resignándose y tomando asiento en el pequeño espacio que Miroku le había dejado—. Aunque el profesor era muy estricto.

Él sonrió ante su comentario, después dijo: —Qué mal. Pero supongo que eso es lo que necesita la juventud de ahora.

—Suenas como si fueras viejo.

—Soy mayor que tú por casi tres años —dos años y unos meses, para ser exactos.

—Ya no. Ya tengo dieciocho —ante tal comentario de Sango, Miroku dejó de estar recostado para sentarse a su lado.

—La pequeña ha crecido. Pero sólo un poco —sonrió. Era un tipo de alegría nostálgica. Aun así, el recordar que la había visto crecer a su lado lo incitó a inclinarse hacia el frente, hacia ella.

—Espera —Sango soltó rápidamente, haciendo que se detuviera—. Van a llegar pronto —movió la cabeza, buscándolos con la vista. Pero, evidentemente, no los encontró.

—No lo creo —sonrió, mas de otra forma en esta ocasión (burlona y un tanto maquiavélica)—. Pero por si acaso... —sobre la mochila de Kagome yacía el libro que le había prestado, así que por ahora el rey mono sería su cómplice.

Porque sería el que cubriría sus rostros.

—¿Siempre preparado? —las mejillas de Sango se tornaban en ese color que tanto le gustaba.

—Así es —la cuenta regresiva comenzó. Entonces el contacto piel a piel fue oficial.

Con todos esos días pasados desde la primera vez, la forma de los labios era fácil de identificar, pero no por eso se volvía cansado. Poco a poco, el ritmo cambio hasta el punto en que el libro se tambaleaba, amenazando con caer. Lo cual comenzó a molestar a Miroku. Hubo un momento que incluso quiso arrojarlo si con eso podía poner su mano entre ese cabello suave y profundizar el beso.

—Cada vez eres más buena en el tema —comentó.

—¿Suficiente para que Tsujitani-sensei me apruebe? —él asintió.

—Calificaciones de excelencia hasta el día de la graduación —habían terminado justo a tiempo, ya que pronto sus amigos les hicieron una señal para que los vieran—. Y ahí están.

El lugar elegido en cuestión era un lugar pequeño y tradicional en cuanto a su estilo de cocina. Del tipo en que estaba construido con madera, podías observar cómo se hacía la comida y los empleados te saludaban al entrar por donde no había puerta, sino una cortina que se hacía a un lado.

—¡Bienvenidos! —el personal saludó. Ellos también lo hicieron mientras tomaban asiento. Curiosamente los planes de Miroku para sentarse al lado de Kagome y así variar un poco fueron terminados por Inuyasha, quien se apresuró para sentarse en donde él quería hacerlo. Entonces, otra vez estuvo que estar al lado de Sango. Aunque no era que eso le molestara.

—¿Recuerdas la primera vez que estuvimos en un lugar como éste? —la chica sentada a su lado le comentó, haciendo que el baúl de los recuerdos se abriera.

—Fue emocionante —respondió mientras recordaba un día hacía varios años, cuando ambas familias (Tsujitani y Kuwashima) viajaron hacia Kioto. Todo fue rápido: Kohaku perdido, una búsqueda realizada por tres niños para después ser también los perdidos. Al final, todos fueron encontrados en un restaurante similar a ese, extrañamente calmados.

—Se siente extraño —Kagome dijo. Tal vez se debía al hecho de que eran los únicos de su edad en ese lugar.

Sin embargo, Sango se dio cuenta de que no era solamente eso: —¿Ustedes nunca...?

—No solos —su amigo respondió. La mirada que había puesto fue comprendida de inmediato. Significaba algo que no podía ser hablado con facilidad.

—Oh, Inuyasha. De repente tengo el impulso de abrazarte —Miroku comentó, inclinándose hacia él aun cuando estuviera la mesa entre ellos. Sus brazos se extendieron y trataron de alcanzarlo.

—¡No, déjame! —se hizo hacia un lado, aplastando un poco a Kagome.

—Ven acá. No escaparás —y, al levantarse, Inuyasha no logró librarse del abrazo cómico que todos (incluidos los comensales y cocineros) parecían disfrutar. Había una combinación de risas en el aire. Por ello fue tan fácil.

Un mensaje dicho al oído. Imperceptible.

—¿Por qué a todos les gusta molestarme? —Inuyasha lo empujó, haciendo que se sentara en su lugar. La sonrisa de Miroku aún no se iba.

—Es que es muy fácil.

—¡Por dios! —expresó. Después se puso de pie, mirando a la chica que estaba a su lado—. Kagome, vayamos a elegir qué comer. No quiero estar por el momento cerca de Miroku —Kagome suspiró e hizo lo pedido, dirigiéndose hacia la plancha donde la carne y las verduras se estaban cocinado, haciendo un delicioso sonido. Parecían tener todo en orden.

Al menos hasta que Miroku se percató de que trataban de llamar su atención sin que su acompañante se percatara —era bueno que después de que se hubieran ido, él cambiara su asiento para quedar frente a ella.

—Creo que necesitan mi ayuda —comentó al momento que se ponía de pie.

—¿Para qué? —Miroku contestó hundiendo sus hombros y haciendo una expresión que decía «con ellos no se sabe».

—Mientras tanto, piensa otro comentario gracioso qué decirle a Inuyasha. Me he quedado seco, pero no se lo digas —Sango rodó los ojos, aunque después sonrió.

Rápidamente se encontró con ellos, en un rincón donde nadie debería prestarles atención.

—¿Crees que esto sirva? —le preguntó Inuyasha, mientras le enseñaba un plato, uno cuyo contenido lo tomó por sorpresa.

Onimanju.

—¿Pastelillos de ogro? —dijo el nombre de ese platillo hecho con arina de arroz y, sí, papa japonesa—. ¿Hablas en serio?

—Sigue siendo pastel, ¿no? —el chico se defendió—. Además, no es mi culpa que a Sango le guste tanto el soba y estos lugares.

—Ey, chicos... —la voz de Kagome se escuchó, mas no hubo quién le prestara atención. Los hombres estaban involucrados en una discusión que, lastimosamente, estaba aumentando de volumen.

Miroku parecía un tanto frustrado: —Por eso los mandé... y les di tiempo.

—Pues no el suficiente. Además... —pero Inuyasha no agregó nada más. Esos dos por fin se percataron de una sombra sobre ellos. De la presencia de alguien más.

Kagome, quien quería advertirles de lo que estaba por ocurrir, habló: —Perfecto, ya nos descubrió.

Sango, observando y analizando rápidamente, se dio cuenta de lo ocurría. Actuando sospechosos, la comida que le gustaba, un supuesto pastel... sólo podía significar algo y tenía que ver con el número que recientemente representaba.

—Oh, no —fue su primera expresión ante ese intento de celebrar su más que retrasado cumpleaños—. ¿Cómo es que...? —no hubo necesidad de terminar, sólo observó a Miroku. El día anterior habían hablado sobre eso.

—Yo también puedo escribir mensajes en pedazos de papel —dijo—. Por cierto, esos dibujos no se parecen a mí.

—Perdón —Kagome se disculpó, incluso juntando sus manos como si estuviera rezando—. Debimos recordarlo. Y ni siquiera tenemos regalos para ti.

—No importa —Sango pareció no darle importancia a eso. Sus ojos comenzaron a brillar, casi adquiriendo una apariencia húmeda. No obstante, no podía dejar de sonreír. Otro año. Un año más junto con unas de las personas que más le importaban. Eso era importante para ella, más en este mundo donde todo se pierde rápidamente.

—Toma —Inuyasha le dio el plato con su anormal (ella lo llamaría original) pastel—. No estás llorando, ¿verdad? —su amigo comenzó a verse nervioso. Él no sabía cómo actuar con mujeres en ese estado tan sentimental.

—Claro que no —negó. Los demás parecieron agradecer eso.

Al final, con el secreto descubierto y cambiándose de lugar frente a la plancha, los platos de fideos con muchos ingredientes y acompañamientos fueron colocados frente a ellos. Todo era agradable y ameno. Diferente a la extraña incomodidad que se había hecho presente esa mañana. Algo que no quería volver a sentir junto a ellos.

—Comer soba es más de año nuevo —Inuyasha comentó. Parecía estarle poniendo un pero a todo, mas no ocultaba el que estaba disfrutando su comida.

—¡Nunca es mal momento para comer soba! —el dueño y cocinero del lugar comentó, efusivamente.

—Ya escuchaste, Inuyasha.

Sin nada más que decir, expresaron demasiado tarde un «¡Itadakimasu!». No importaba que no lo hubieran dicho en el momento exacto. De todas formas, hoy había sido el día en el que no importaba si un evento se retrasaba un poco.

"Estoy herida por las palabras de algunos, y tranquila por las de otros
En el espacio en medio de las palabras y los sentimientos,
Estos ondeantes sentimientos están esperando por alguien"

...

—En verdad pensé que Sango iba a llorar en cualquier momento —expresó el muchacho que no sabía lidiar con las emociones femeninas, siempre tan cambiante. Hacía poco que habían terminado de comer y ahora caminaban por ahí, mezclándose con la multitud—. Las mujeres siempre son muy sentimentales.

—Los hombres no entienden a las mujeres —Kagome contratacó, defendiendo a su género.

—Y siempre les gusta creerse invencibles —Sango agregó.

—¿De qué hablan? —las muchachas compartieron una mirada.

—Pareciera que su frase favorita es «Podemos hacerlo solos» —su amiga continuó hablando. Y, a pesar de cuánto quisieran hacerlo, ninguno de los dos pudieron negarlo. No había cómo defenderse.

—Pues eso no prueba nada.

—Como digas —Kagome respondió. Después continuó avanzando con Sango a su lado.

—Deja ese tono. Es la verdad.

—Ajá.

Repentinamente, una chica se detuvo frente a ellos y simplemente se les quedó viendo. No le importó si quiera el hecho de que con su acto estaba obstaculizando el camino de muchas personas. El concepto que se le vino a la mente a Inuyasha fue «descarada».

—¿Te ayudamos en algo? —Miroku fue el primero en dirigirse hacia esa muchacha de mirada decidida.

Sus labios rosados se abrieron, respondiendo con una sola palabra: —Taishou —dos personas dieron un paso hacia adelante, así que la desconocida tuvo que ser más específica—: Taishou Kagome —automáticamente todos dirigieron su vista hacia la mencionada.

—Me tienes en desventaja —ella dijo, pareciendo un poco nerviosa—. ¿Quién eres tú?

—No me conoces, pero yo a ti sí —dio unos pasos hacia adelante, haciendo que su cabello rojizo (un color extraño para su apariencia asiática). Un dedo acusador la apuntó, también frunciendo el ceño—. Eres la mujer por la que Kouga está tonteando, ignorándome por completo.

Entonces se hizo evidente la naturaleza de todo eso.

—Pero... a mí no me gusta Kouga —Kagome terminó diciendo. Inuyasha se sintió satisfecho, aunque claro que no le gustaba ese tonto, sino él.

—Lo sé —la desconocida dijo, sorprendiendo un poco a los demás. Si lo sabía, ¿qué estaba haciendo ahí?—. Pero no se lo has dejado suficientemente claro —agregó.

—¿Quieres que destruyan sus sentimientos? —Sango se adentró

—Si no hay otra opción —ella respondió.

Unos pasos acelerados que se detuvieron. En un instante, uno de los blancos brazos fue sujetado por una mano con piel más oscura.

¡Ayame! —Kouga la nombró. Su cabello estaba despeinado, casi como siempre—. Olviden lo que les dijo. Está loca.

—¡No estoy loca! —gritó la chica cuyo nombre era Ayame, pero fue ignorada.

—¿Es tu novia? —Miroku por fin habló.

—Algo así —respondió. Por Dios, ¿acaso ese gesto era de nerviosismo? Inuyasha no supo qué pensar al respecto, además de que deseara que ya se fuera a su casa.

—No pensé que alguien como tú tuviera acosadoras —su rival oficial comentó.

Estaba esperando una respuesta de Kouga, mas Ayame fue la que se ganó el turno para hablar: —No soy su acosadora. Soy su esposa.

Las palabras afectan en diferente grado, y las anteriores estaban en uno alto de impresión. Era algo inimaginable, bueno, al menos extraño. Debía tratarse de una broma hecha por esa muchacha. Sí, eso debía ser.

Aun así, Kagome las creyó: —¿Desde cuándo? —preguntó, observando a Kouga.

Quería negarlo, pero no pudo. Algo así no se hacía: —Hace un año —fue su respuesta. Resignado. Así fue como sonó.

—Y aun así le coqueteabas a Kagome. Desvergonzado —Inuyasha comentó sus actos anteriores. Todo ese tiempo...

—No te estoy pidiendo tu opinión —Kouga lo miró, molesto—. Además, aún no somos legalmente unos adultos. Esto no puede ser legal, al menos no aquí —dijo, para finalizar cruzando los brazos y ver hacia otro lado. A decir verdad, si se tenía el consentimiento de los padres, lo era. Al menos eso era lo que creía. No estaba especializado en ello.

—Pues no importa si no estamos casados por las leyes de este país o no, pero seguimos siendo prometidos y eso no lo vas a cambiar —Ayame, la recién descubierta joven esposa de Kouga, expresó una gran verdad. Muchas cosas que se dictaban, no podían ser cambiadas por más que se deseara.

—Jóvenes, avancen. Están obstruyendo el paso —un oficial de tránsito se acercó a ellos, incitándolos a moverse. Miroku fue el encargado de aclarar que lo harían.

Ese lugar, la intersección de cuatro, era donde los caminos se separaban en pares. Sango y Miroku se despidieron con gestos —sin necesidad de palabras— y fueron los primeros en partir. Mientras tanto, los últimos quienes habían llegado era los que se aferraban, observando a la pareja que quedaba. Inuyasha tocó el hombro de su compañera y Kagome volteó y se adentró entre la gente en movimiento. ¿Qué estaría pensando?

Después de haber vivido un día con tantos eventos, creyó que ya había ocurrido todo lo curioso. Después de todo, ya era de noche y lo único que creía hacer después de llegar a casa era dormir. Pero, y como siempre, los entes celestiales y burlones prefirieron el hacer lo contrario a sus deseos y bendecirlos con una última diversión —para ellos, por supuesto.

Una bendición denominada agua.

Cuando abrieron la puerta de su apartamento ese líquido corría por las escaleras, como si se tratara de la miniatura de algunas cascadas. Kagome fue la primera en ponerse en movimiento y, procurando el no tropezar, fue hacia arriba, deseando comprobar su teoría de lo que había ocurrido en su ausencia.

Pronto hubo un grito: —¡Se derramó! —sí, eso había pasado. Acto seguido, el rostro de Kagome apareció—. ¡Te dije que la apagaras!

—Nunca me lo dijiste —respondió, seguro de sí mismo.

Y ella pudo haberlo negado, mas era imposible: —Es... Es verdad —y por fin llegó el momento en que Inuyasha tenía la razón. Eso le hizo sentirse complacido, pero no evitó que se preguntara por qué eso no había sucedido cuando estaban con los demás.

Hubo ruido en la planta alta y, sólo cuando Inuyasha subió, pudo asegurarse de lo que Kagome estaba haciendo: tratando de secar el piso ayudada con trapeador y toallas.

Después de suspirar, él tomó una toalla e hizo lo mismo que ella: —Te ayudo.

—No tapé bien la lavadora y se salió el agua —comenzó a decir, al momento que ella se dedicaba a quitar el agua que se encontraba bajo una mesa pequeña—. Es mucha. La madre naturaleza nunca me lo perdonará.

—Tampoco los muebles si es que se mojaron —expresó. Él le estaba tomando atención a las escaleras. No saldría nada bueno si alguien terminaba resbalándose.

—Gracias por tu apoyo —Kagome comentó, irónica.

Inuyasha levantó el rostro al escuchar un sonido de dos cosas al chocar, también un gemido. Kagome se había golpeado la cabeza. Al menos eso era lo que indicaba su rostro hundido entre las manos.

—Perfecto. Era lo que me faltaba —ahora se sentaba en el piso que aún estaba húmedo, y se recargó en la pared. Lo único que él podía ver era cabello negro cayendo sobre el rostro y los hombros. Por eso se acercó.

—Déjame ver —su voz sonó preocupada. Kagome era algo delicada, pero aun así no solía quejarse por cosas pequeñas. Una de sus manos levantó su barbilla y la otra hizo el flequillo a un lado. Tras una leve observación, se sintió aliviado—. Estás bien. En serio, a veces eres muy torpe.

—Lo sé —ambas miradas siguieron sosteniéndose.

A Inuyasha, el rostro de Kagome siempre le había parecido peculiar. No en el mal sentido, claro. Ojos amables que tenían la capacidad de transformarse cuando se molestaba. La forma en que al sonreír sus delgados labios parecían una línea rosada... Estaba contra la pared, así que no existía forma de escapar. Y, estando al tanto de eso, Kagome cerró lentamente los ojos.

Ah, también sus pestañas cortas eran atrayentes.

Inició más parecido a lo que había ocurrido esa mañana en la cocina. Una, dos, tres veces. ¿Cómo era que las personas hacían parecer tan sencillo eso? ¿Qué debería hacer? ¿Cómo...? La respuesta llegó junto con una mente en blanco. No debía pensar, sólo dejarse llevar.

—No estamos mojando —Kagome se dio tiempo de decir. Aún estaba tan cerca que sus palabras vibraron de sus labios a los suyos. Los uniformes se estaban empapando y arrugando.

—Sí —respondió. Pero no parecía querer moverse. Y ninguno lo hizo.

Se olvidaron de la situación en que se encontraba la casa, de que pronto estarían temblando por el frío. Este momento era cálido, sin importar que todavía ninguno supiera con claridad qué significaba el haber dicho «sí».

"Dímelo, suavemente, y te buscaré
Incluso si no puedo vivir del pasado, pienso en ti.
Cuando rezo, un pequeño, único corazón...
Permite que mi deseo se vuelva realidad,
incluso si me trae vergüenza, quiero estar contigo"
KOKIA, AI~WAZUKA NA OMOI


Ahora sí se me fueron las cabras (traducción: algo que, gracias a la distracción, pasa desapercibido o es olvidado). Ni idea de cuántos días no publiqué —tampoco es como si quisiera contarlos. Pero, me ahorro el blablá. Aquí está el capítulo de hoy, con nuevas piezas en el tablero. ¿Qué ocurrirá?

Agradecimientos: LucDecxam (perdón, pero si no actualizo rápido es porque ya no tengo internet en casa TToTT), Sara Y. Croft, SangoSarait

Loops Magpe.