TSUKIAKARI NI MABOROSHI

-por Jinsei no Maboroshi-

parte XII

Fecha de publicación: 24 de marzo de 2008 - Corrección: Ogawa Saya.


Tetsu estaba sentado en la arena, mirando el mar, ausente, mientras Sakura besaba su cuello, sin desencadenarle reacción alguna. El bajista ya había perdido la sensibilidad y la completa resignación teñía sus movimientos. Sólo se limitaba a mirar en silencio puntos sin interés de la inmensidad del océano.

Sakura siempre le hacía caminar por la playa en el atardecer, para que sus piernas no se entumecieran, pero le era imposible soportar su propio cuerpo. Quizás por las heridas internas, quizás producto de su ayuno voluntario, tal vez por la inexplicable debilidad que presentaba su cuerpo, pero no podía apreciar la playa, ni advertir el correr de la sangre por sus extremidades. Ni lo más bello, ni lo más asqueroso le movían sensación alguna.

Sentía su cuerpo completo congelado y estático, perpetuado en un dolor periódico que siempre aquel hombre de oscuro le recordaba por la noche, por la mañana, y por la tarde.

-Hermoso –susurró a su oído.

-... -las pupilas de Tetsu se enfocaron en el mar al emerger de aquel ensimismamiento. Sólo allí percibió que Sakura continuaba besándole el cuello. Pronto acabaría su mal. Lo presentía.

-¿Quieres entrar?

Sin respuesta recibida, el baterista tomó a Tetsu por la cintura y le ayudó a caminar el sendero que habían hecho.

Con lentitud, alcanzaron la puerta de aquella casa y, casi movido por el recuerdo del pasado, Sakura arrojó al bajista contra la pared de aquel pasillo que antiguamente tenía la pintura rayada por las uñas de aquel adolescente oscuro y perdido que su tío había corroído.

Sin rodeos, subió aquella camisa con la que había cubierto a Tetsu y, aprisionándolo contra la pared, comenzó una vez más la rutina de vejación.

Tetsu suspiraba quejidos de dolor, sabiendo que volvería a sangrar nuevamente. Insensible ante todo menos al dolor, el bajista crispaba su rostro gritándole a su atacante que cesara, pero éste sólo tomaba las muñecas del hombre y las ubicaba sobre la pared, para marcar en ella las uñas, cuyas marcas representaban casi un trofeo de cazador.

Quizás Ein había borrado los antiguos rayones, pero ahora, tonalizados con aquella inocencia de ojos terracota, parecía que Sakura agradecía aquel catastrófico incidente, pues pintaba con 'otra' inocencia su nueva pared, una pared que no tenía tanto de su pasado como sí de su presente.

Tetsu sabía a la perfección lo que había acontecido en cada rincón de la casa. Sakura se había encargado de hacerle saber las historias de cada uno de los momentos que él había vivido en su infancia, en esa casa, bajo la tutela de su tío perverso.

Se enteraba de esas historias de la misma boca de Sakura, quien le relataba entre jadeos y gemidos, mientras lo forzaba y le desgarraba el alma. En esos momentos, Tetsu rozaba el sentimiento de culpa, generado por no haber visto la tristeza de la existencia de aquel baterista, por no haber sido quien le hubiera podido ayudar, por saberse culpable de lo que en ese mismo momento le estaba aconteciendo.

Y extrañamente Sakura le había enseñado a cerrar el círculo de culpas con aquellos relatos. Tetsu sólo pagaba lo que su propio puño había realizado.

Una vez que Sakura alcanzó el éxtasis, se apoyó en el hombro de Tetsu y dejó que éste se resbalara por la pared hasta el suelo, dejando su mirada perdida en algún punto de la alfombra que tenía manchas de sangre de miles de otras veces.

Tras un suspiro reparador, Sakura llevó en sus brazos a Tetsu hasta la habitación, y lo acomodó en su cama. Se sentó en el borde del lecho y se inclinó sobre su víctima para besarle, para ingresar con su lengua a esa suave cavidad corrompida. Y sin resistencias, sin nada más que cansancio, Tetsu aceptaba cada movimiento.

El contacto se rompió y, de inmediato, Sakura extendió las manos de Tetsu cercanas al cabezal de la cama, para volverle a esposar.

-Sakura… Por favor... no.

-... –sorprendido de haber vuelto a escuchar esa voz que se había negado a hacer presencia por voluntad propia, contempló con una sonrisa el rostro cansado, flaco y ojeroso de Tetsu.

-Estoy demasiado débil como para huir... Déjame dormir cómodo… al menos... –susurró desviando su vista hacia la ventana, hacia el mar, hacia un atardecer más de su rutina torturante.

-Bien.

Se inclinó sobre él y le besó con suavidad, con cariño, llegando a un punto en el que el mismo Tetsu dudó de sus propios sentimientos para con aquel violento. A veces podía ser demasiado amable y, justamente allí, comprendía por fin por qué Hyde había desperdiciado tanto tiempo al lado de aquel bellaco. En ese beso, Sakura mostraba la leve pizca de inocencia que podía contener su alma. Por un segundo, se preocupaba de que el beso no fuera sofocante, ni demasiado invasivo, sino penetrante y delicado, suave y detallista.

Cuando el beso acabó, Tetsu contempló a su agresor y le recorrió el cuerpo con la mirada.

-¿Te gustó tanto como para mirarme de esa forma? –sonrió divertido Sakura, mientras se quitaba la camisa sudorosa y le ofrecía a Tetsu la contemplación de su perfecta caja torácica trabajada.

-Esas manchas no las tenías... -susurró débil.

-¿Manchas? –bajó su rostro para ver sus pectorales, pero nada allí había de manchado. Volvió a fijar su vista en la de Tetsu quien, con poca fuerza, elevó su mano hasta el cuello de Sakura y rozó una mancha de textura rugosa.

-En el cuello, en el omóplato...

-No te preocupes... –sonrió y se acomodó sobre Tetsu para dormir, usándolo como su colchón predilecto.


Un movimiento más, uno sólo, tan agresivo y duro como los de siempre, y ya el baterista alcanzaba su máximo estado, susurrando un quejido de placer. Tetsu, debajo de aquel cuerpo que lo sometía, sólo suspiraba, mientras contemplaba a un costado algún punto de la pared para nada interesante. Sus manos estaban sobre su cabeza, sujetas por los puños de Sakura que se cerraban en sus muñecas. Sus piernas descansaban sobre los hombros anchos del baterista, mientras éste volvía a recomenzar la tortura, con un suave vaivén. Ese último orgasmo no lo había satisfecho.

Ya una vez más, Tetsu cerraba sus ojos, y se preguntaba qué diferencias había entre ese amante forzado y su antiguo amigo Ken. Una tortura absoluta. Una tortura que, sabía, le correspondía.

El movimiento violento de sus cuerpos provocaba que su cadena, con aquel dije de gorrión, se deslizara un poco sobre la almohada, y se clavara en la carne de su cuello. Cada embestida era una punzada interna, pero también era un suave dolor en su cuello. Dolor que no hacía más que recordarle que su infelicidad era el único camino posible, acorde a sus acciones. Él era el mártir, el dios, el fiel, el juez. En realidad, no era nada.

-Lo sientes, ¿verdad? –susurró Sakura en su oído.

-...

-Te gusta así, ¿verdad?

-...

Y, sin respuestas, Sakura tornaba más violento el movimiento. Sólo cuando los gritos de Tetsu alcanzaban a ser escuchados, Sakura podía comenzar a acercarse a la verdadera satisfacción. Si no escuchaba esos gritos, no alcanzaba su propósito: disfrutar y ser disfrutado. Disfrutar, según su retorcida y enferma mente.

Rápidamente alcanzó el éxtasis y se mantuvo en esa posición por unos segundos, recuperando el aliento.

Sólo cuando sus jadeantes respiraciones se hicieron silenciosas, lograron escuchar el sonido de dos motores que se detenían en la puerta de la casa.

Con tranquilidad, Sakura se despegó del maltratado cuerpo de su amante y ubicó con cuidado las piernas de Tetsu sobre el colchón. Lo tapó con una sábana, para cubrir pudorosamente su castigado organismo y, vistiéndose con rapidez, abandonó el lugar, seguro de que sus subordinados de blanco tendrían noticias para él.

Tetsu suspiró, inmóvil, tal y como lo había abandonado Sakura: su rostro mirando el mismo punto de la pared, sus manos sobre su cabeza, sin intención de bajarlas, y sus piernas, ya libres de aquel peso que las obligaba a flexionar, se apoyaban sobre la extensión de las sábanas manchadas.

Un grito, golpes, y el sonido de cosas cayéndose fue lo único que recibió el bajista, cuando la puerta de aquel dormitorio se abrió de par en par. Desde la entrada, logró escuchar la voz ronca de un hombre que, con elevado tono, decía con determinismo:

'Todo lo que haga o diga puede ser usado en su contra...'

Fue en ese momento cuando el bajista despertó de su ensimismamiento y, lentamente, giró su rostro hacia el individuo que se encontraba sobre el umbral, sosteniendo un arma en sus manos.

Parpadeó varias veces, distinguiendo a un oficial que, vestido en camisa negra y pantalones oscuros, se acercaba hacia él.

-Usted es Ogawa-san, ¿verdad?

-Mn.

-No se preocupe, somos del departamento de investigaciones de la policía federal tokiota. Ya está a salvo. No se preocupe.

-Mn.

Suspiró sin sonreír, pero cerró sus ojos y se abandonó a su debilidad. Era el final de aquel infierno. En definitiva, su presentimiento tardío había sido efectivo. Por un segundo, antes de caer en la inconsciencia, creyó sentir la sensación de déjà vu. Una sensación que a lo largo de los últimos veinte años le trastornaba la percepción de las cosas. Todo parecía que ya lo había vivido y, sin embargo... ¡todo tenía un gusto tan amargo!


Una vez más, frente a la urna. Una vez más, arrodillado frente a esa foto de mirada esquiva de su antiguo amante que, tonalizada en grises, realzaba la tristeza que le embargaba. Una vez más, clavaba un cigarro en la tierra y fumaba otro con parsimonia, intentando reconstruir antiguos años, donde ambos fumaban en compañía mutua.

Tosió un par de veces, y continuó con su cigarro.

Contemplaba con desolación el lugar, hasta que las palabras emergían de su boca misteriosamente impulsadas por su necesidad.

-Nee, Yukki. ¿Cómo estás? Ojalá que estés muy bien. Aquí todo apesta –suspiró, dándole una calada a su cigarrillo–. Mn. ¿Sabes lo que le ha ocurrido a Tetchan? Mn. Sí, lo sé –respondió como un demente, sabiendo que solamente las respuestas que advertía en ese silencio eran producto de su cabeza, absolutamente consciente de ello. Sólo jugaba a vivir una irrealidad–. Tetchan y Hyde son unos imbéciles, pero eso lo sabemos desde el principio, ¿verdad? –sonrió cómplice a la foto, torciendo levemente su boca. Exhaló. En el fondo, sabía que no podía engañarse. No podía siquiera tener el alivio de la locura. Reconocía que todo lo que pudiera imaginar era producto de su desesperada necesidad de regresar con aquel callado hombre de su vida–. Me pregunto si Tetchan estará bien –su rostro se tornó grave y contempló fijamente la foto de Yukihiro–. Desearía tanto que estuvieras aquí, Yukki. Necesito tanto hablar contigo, como lo hacíamos, luego de nuestras agitadas noches –sonrió travieso. Suspiró una vez más, desvaneciendo la mueca graciosa en su rostro–. Te necesito tanto... –parpadeó varias veces, evitando que sus ojos derramaran lágrimas rebeldes–. ¿Sabes? Sea donde sea que estés, haz que Tetsu no la esté pasando mal. Y haz que lo encontremos lo antes posible... por favor, Yukki.

La meditación del momento fue interrumpida por un chirriante sonido que rompió el encanto de la escena, provocando que el alto japonés cayera en cuenta de la realidad.

Buscó su móvil sujeto al cinturón y lo descolgó con apatía. Odiaba que le interrumpieran siempre sus momentos con Yukihiro. Sonrió con una suave nostalgia. Ojalá el que lo interrumpiera fuera Tetsu. Por primera vez, deseó con todas sus fuerzas tal interrupción.

-¿Kitamura-san? –una ronca voz preguntó del otro lado del tubo.

-Mn. Habla con él. ¿Quién es?

-Soy Enomoto, el investigador del caso Ogawa.

-¡Ah! ¿Novedades?

-Sí. Hemos encontrado a Ogawa-san. Venga a Fukuoka.

Ken cortó la llamada y se levantó del suelo en un limpio movimiento. Arrojó su colilla de cigarro a medio terminar a un costado del cementerio, y contempló por un segundo con mayor detenimiento la foto de su antiguo amante. Por un segundo creyó que aquel ser verdaderamente poseía magia, poseía una fuerza más allá de la realidad humana.

'¡Ay! Ken, eres un sensible.'

La voz en su cabeza hizo eco en su interior. Sonrió con pesadumbre y, sin dar más rodeos, abandonó la tumba y se dirigió de inmediato al departamento. Avisaría a Hyde y a Nijiko, quienes de seguro partirían con él.

Se sintió relajado por saber que al menos la vida de Tetsu no peligraba, pero tembló de tan sólo pensar lo que le hubiera pasado en casi dos meses de cautiverio. Prefirió no pensar al respecto.

Y mientras tanto, frente a la tumba de Yukihiro, el cigarro clavado en la tierra lentamente se consumía.

~Continuará~


Notas:
*) Para ver las notas explicativas, entrad en Notas.


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