Siempre serás la niña que me llene el alma como mar
inquieto como mar en calma siempre tan lejana como el horizonte.
Gritando en el silencio tu nombre en mis labios solo queda el eco de mi desengaño,
sigo aquí en mis sueños de seguirte amando. Sera, será como tú quieras pero así será,
si aún tengo que esperarte siete vidas más me quedaré colgado de este sentimiento"
Hacía poco rato que la batalla había culminado dejando tras su paso, dolor, destrucción, sufrimiento y muerte. Pero en su corazón solo había espacio para un nombre: Hermione Granger. Deseaba estar con ella, quería besarla, amarla una y otra vez. Sin miedos, sin problemas… tranquila y libremente, pues ya no había nada qué temer.
Estaba cansado de toda la manipulación vivida y por lo tanto, no iba a seguir permitiendo que Lucius comandara su vida una vez más. Se detuvo en seco en la entrada a la mansión Malfoy ya que acababan de aparecerse allí, los tres: Lucius, Narcisa y él, luego de salir del castillo Hogwarts.
—Tengo algo que hacer antes. Ya regreso —les dijo y no esperó respuesta, retrocedió unos pasos para evitar que su padre lo tomara del brazo e interrumpiera sus planes.
—¡Tú no vas a ninguna parte! —Lucius intentó detenerlo pero su hijo ya no estaba.
Draco sabía a donde debía ir: regresaría a Hogwarts. Afortunadamente todavía el hechizo que lo autorizaba a aparecer y desaparecer en los dominios del colegio estaba activo, así que aprovechando la multitud y el movimiento al interior del colegio, subió tranquilamente los escalones. Iría a la oficina de la nueva directora del colegio, en donde suponía que estaban los tres.
Efectivamente, se posicionó detrás de una columna y vio que Hermione y Ronald salían del despacho de Minerva McGonagall. Weasley cerró con sumo cuidado la puerta, parecía que no quería hacer ruido.
—Dejemos que descanse —dijo Ron, refiriéndose a Harry quien se había quedado dormido al interior del despacho.
—Yo también tengo sueño, Ron. Iré al que antes era mi cuarto…
— Bien, descansa. Yo iré con mis padres. Hay que ver lo del funeral de Fred. Si te quedas dormida… tranquila… luego te vas directo a La Madriguera, ¿sí? Duerme todo lo que necesites. Mi madre y George creo que son los más afectados y necesitarán de todo nuestro apoyo y cariño… y para eso debemos estar bien —agregó con tristeza.
A Draco también le dio una punzada en el pecho, algo parecido a la angustia. No sabía lo que era tener un hermano, pero debía ser muy doloroso perder a uno. Compartía plenamente el sufrimiento del que (se lo había jurado) nunca sería su amigo.
Vio que ambos caminaron por el escalón, sin tomarse de la mano. Luego se separaron dándose un tibio abrazo y Hermione siguió sola en busca de la torre en donde estaba la casa Gryffindor. Su caminar era lento y cabizbajo. Suponía que iba llorando o que debía estar muy cansada, pero no por eso evitaría que él se le acercara. Ya estaba aburrido de verla de lejos y sin poder tocarla, a un paso de ella y sin poder sentirla.
Draco la siguió silencioso pero al ver que ella aceleró el paso, él se apresuró a darle alcance, ya que en cualquier momento la podía perder al ingresar por uno de los cuadros que daba a su casa, así que apenas la tuvo a un paso, le tomó los hombros e hizo que girara hacia él.
Ella se sorprendió y pegó un gritito, pero al verlo su rostro se tranquilizó y sonrió.
—Tú vienes conmigo —dijo en tono autoritario, tomándole la mano para desaparecer con ella. Era tanto el cansancio que Hermione tenía, que no hizo ningún esfuerzo por negarse. Solo se dejó llevar por el hombre que ella amaba. Pero, ¿a dónde la conducía? El trayecto era muy largo y mientras avanzaban Draco la tenía pegada a su cuerpo y ella le correspondió cruzando sus brazos por su espalda, colocando su rostro al pecho de él.
Al fin sus pies tocaron suelo. Ya conocía ese lugar: los colores, la iluminación, el piso alfombrado, el olor a encierro… pero por sobre todo, el ambiente de tranquilidad y quietud. Era el departamento de Andrómeda.
—Estamos en…
—Sí amor, en nuestro nido. ¡No soporto más esta lejanía, ven!
—¿No me vas a lanzar una maldición asesina? —Hermione puso ambas manos en el pecho de él.
—¿Qué? —se detuvo justo cuando la iba a besar y cayó en la cuenta: Hermione se refería a lo ocurrido en la sala multipropósito.
—Ese par solo querían congraciarse con Quien-Tú-Sabes.
—Voldemort, ya no hay que temer a ese nombre. Al fin está muerto.
—Y nosotros libres, Hermione.
—No has respondido lo que te pregunté —Draco tomó su mano y la besó.
—Sabes que no te haría daño, tuve que acompañarlos, quería evitar que los asesinara. Pero jamás imaginé que el estúpido de Crabble tirara a matar a la primera, ¿alguna otra pregunta?
—Mmm por el momento no se me ocurre ninguna.
—Entonces, amor mío no perdamos más el tiempo, por favor…
Con toda la pasión del mundo devoró nuevamente los labios de Hermione. Ambos estaban ávidos de amor, candentes de cariño y deseosos de sentirse, que no les importó estar sin bañarse o cansados. Se amaban demasiado para reparar en esos detalles. Era mucho tiempo sin tocarse y sin poder expresar con sus cuerpos todo el amor que sentían el uno por el otro.
Draco se quitó el saco y la corbata y Hermione lo ayudó a sacar la camisa que estaba aprisionada por el pantalón.
Él le quitó el sweater que ella traía quedando al descubierto un sostén rojo de encaje.
—Eres preciosa, Mía. Solo mía…
—Draco te amo… te amo tanto… Pero deberíamos bañarnos antes —Draco la miró divertido.
—¡Al diablo con eso! Luego nos metemos juntos a la ducha. Te deseo demasiado como para esperar más tiempo.
—Y tú no sabes cuánto te amo yo.
La besó pero mientras lo hacía, sus hábiles manos quitado el sostén, dejando libres y en contacto directo con sus manos, los suaves y redondeados pechos de Hermione. No lo pensó dos veces y su boca descendió unos centímetros y los besó una y otra vez, saboreándolos por completo.
No hubo tiempo de llegar hasta la cama. Juntos se tiraron en la alfombra, en donde se terminaron de quitar la ropa que les estorbaba.
Draco no quiso realizar ningún jueguito, ni Hermione se lo permitiría, solo quería penetrarla una y otra vez. Sentirse en casa con la única mujer que amaba y deseaba en el mundo. Y ella lo único que quería era tenerlo dentro, sentirse poseída por su único y verdadero amor, aquel amor de pasión y deseo, aquel amor de verdad.
Hermione gritó de placer al sentirlo completamente dentro de sí. Sus dedos acariciaban la espalda de él y cada músculo se contraía en el cuerpo de ambos durante el vaivén de placer en el que ambos se encontraban envueltos.
El gemido máximo del orgasmo en ambos llegó al mismo tiempo, solo un par de minutos después de haber llegado al departamento.
Desnudos en la alfombra, Hermione reposaba en el pecho de Draco. Sabían lo que les había sucedido. La pasión… el fuego… el deseo… se apoderó de ellos y no medió diálogo alguno en la entrega de hacía unos instantes, solo sus cuerpos lograron expresar sus sentimientos y el deseo profundo de amarse como hombre y mujer.
—Draco aún tenía la respiración entre cortada y su pulso estaba acelerado. Hermione guardaba silencio porque si se atrevía a emitir algún sonido, estaba segura que su voz saldría rasposa ya que tenía la boca seca de tantos besos. Hasta le ardía labio, al parecer en medio del deseo Draco la había mordido.
—Creo que la temperatura se nos subió a ambos —dijo Draco mientras acariciaba la espalda desnuda de Hermione. Ella sonrió y le dio un suave beso en el pecho. Luego lo miró.
—Creo que fue porque estuvimos separados mucho tiempo.
—Tanto, que te pusiste de novia con el zanahorio…
Otra vez. No podía callarse y esperar otro momento para hablar. Eso de ser Malfoy… Ahora fue Hermione quien lo miró divertida. Un beso era solo eso… un beso… no significaba nada. Aunque claro, ella de todas formas se sintió «infiel» al hacerlo, pero sabía que eso quedaría allí, no prosperaría porque ella no amaba a Ronald Weasley.
—¿Zanahorio? ¿Te refieres a Ron?
—No, a Neville —respondió en tono de burla—. ¡Claro que a él me refiero! ¡Como si no me hubiese dado cuenta!
—¿Estás celoso? Pero yo te amo a ti, no a…
—¿Y por qué lo besaste? —no la dejó terminar de hablar.
—Porque me dio la gana —respondió desafiante. Le encantaba ver el rostro de Draco haciendo una pequeña escenita de celos.
—Así de simple… ¿con que te dio la gana? ¡Mira tú! —intentó ponerse serio y así logró dejar a Hermione debajo de él nuevamente, separando sus piernas para encajar justo en medio—. ¿Y esto? —comenzó a moverse nuevamente sobre Hermione intentando ingresar otra vez en el cuerpo de ella—. Esto no te lo hace el tipo ese —añadió con un poco de morbo.
—¡Draco basta! ¡Tengo sueño! Además quiero darme una ducha.
—No, hasta que me digas por qué le diste un beso a ése —Draco comenzó a intensificar sus movimientos al punto que logró que Hermione diera un pequeño gemido.
—Draco… ¡Ay! ¡Sé más suave! ¡No! ¡Ya, suéltame! —pero él no la escuchó y aumentó el ritmo… ya había vuelto a ingresar en ella.
—Dime que no lo amas.
—No lo amo… Draco… No… ¡Ay…! ¡Yo te amo a ti! Pero si no me sueltas o eres más delicado… te juro que…
La boca de Draco volvió a invadir a la suya… No, no tenía escapatoria, lo único que le quedaba era responder nuevamente... Aunque el piso fuera duro y estuviera cansada, no desperdiciaría ningún momento sin sentirse mujer al lado de Draco.
Un rato más tarde estaba dándose una reparadora ducha… dejando que el agua tibia limpiara su piel y la relajara. A su lado llegó Draco, que luego de dormitar unos minutos en la alfombra decidió hacerle compañía a Hermione.
—¿Por qué me dejaste tirado en el piso? —preguntó besándole el cuello y mojándose un poco con el chorro de agua. Hermione se sorprendió gratamente al sentirlo pegado a su piel.
—Estabas dormido, no quise te molestar —giró para quedar frente a él, mientras el agua los mojaba a ambos.
—No sé cómo pude vivir sin ti todos estos meses. Muéstrame tu brazo —Hermione sabía a qué se refería y le enseñó el brazo izquierdo en donde estaba marca dejada por Bellatrix—. Qué bueno que esa bruja esté muerta, ¿cómo fue? No vi cuando…
—Fue Molly Weasley… Bellatrix intentó agredir a Ginny y Molly solo defendió a su hija— Draco asintió. Qué bueno que esa bruja ya no los molestaría más, ni Voldemort.
—Dame el jabón, por favor —Hermione giró y le entregó una barra, cosas que ella traía en su bolsito de cuentas.
Ambos se ducharon juntos pero fue Hermione quien terminó antes. Ya se había lavado el cabello y quería secárselo antes de acostarse. Habían acordado dormir un par de horas antes de regresar.
Luego que su cabello quedara aceptablemente seco, se colocó una ligera camisola de seda que le llegaba un poco más arriba de la rodilla y se tiró en la cama. Llevaba casi cuarenta horas sin dormir y su cuerpo ya no daba más. A eso debía sumar el gasto de energía junto a Draco… y eso sí que la había dejado exhausta. ¡Draco era incansable!
Un par de minutos más tarde él salió de la ducha con la toalla en su cadera y la vio acostada, profundamente dormida sobre las cobijas. Luego de secarse, buscó una manta delgada y cubrió a Hermione con éste, acostándose él al lado de ella. ¡Eso era el verdadero cielo! Tenerla en sus brazos, haberla hecho suya otra vez, no tenía precio, luego de haber vivido tantos horrores, al fin podían estar juntos.
Al cabo de un par de minutos también cayó en un sueño profundo…
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—¿Seguro que estarás bien?
Hermione y Draco habían aparecido en las cercanías de La Madriguera. Tal como se lo había indicado Ron antes de despedirse de ella en el castillo. Eran cerca de las nueve de la noche cuando salieron del departamento. Habían dormido toda la tarde y entrada la noche decidieron que era hora de regresar. Si la muerte no le hubiese afectado tan de cerca, ella se habría quedado toda la noche con Draco, tal como él quería, pero luego comprendió que Hermione debía estar al lado de los Weasley en ese momento de tanto dolor.
—Sí Mía, estaré bien. Ahora debo ir a casa, a ver cómo va todo. Supongo que luego me encarcelarán, no sé… —lo dijo con tal naturalidad como quien dice que está lloviendo.
—¡No digas eso por favor! —ella lo rodeó con sus brazos fuertemente pegándose a su pecho.
—Mía… Mía... Tranquila, no he matado a nadie y eso juega a mi favor. Sé que podré salir libre, ¿sí? Así que tú tranquila. Acompaña a los Weasley porque ellos te necesitan. Después me mandas una lechuza para que venga por ti y vayamos a la casa de tus padres, para que les puedas regresar la memoria, ¿te parece? Ahora nada nos separará.
—Te amo, Draco.
—Lo sé. ¡Ah!, y nada de andar con «impulsos» para besar a algún Weasley, ¿entendido? Tú eres mía… mi novia —se lo dijo realmente serio, haciendo énfasis en las dos últimas palabras.
—¿Tu novia? —era la primera vez que Draco decía eso y el corazón de Hermione comenzó a latir a mil por segundo, ¿tendría un novio formal de una vez?
—¿Y qué si no, Hermione? Por fin podremos estar juntos. La guerra terminó y ya ambos somos mayores de edad, así que podemos decidir lo que queramos y lo que yo quiero es estar siempre contigo —le dio un beso en la punta de la nariz.
—Tengo miedo de la reacción de muchos, si se enteran…
—Esperaremos un poco para darlo a conocer, es todo muy reciente. Mientras tanto y, como lo habíamos acordado, estaremos en contacto vía lechuza y nos veremos en el departamento de Andrómeda, ¿sí? Es decir, nuestro departamento —Hermione sonrió.
—Sí, así será.
—Debes irte, Hermione. Te esperan.
—Draco, sinceramente tengo mucho miedo que te apresen.
—Está claro que eso ocurrirá, tendré que ir a juicio, junto con otros mortífagos pero estoy tranquilo, Mía. Ya te lo he dicho yo no he asesinado a nadie.
—Declararé en tu favor.
—No, no te expondré a ello.
—Lo haré quieras o no. Sabes que soy testaruda —Draco rió. La conocía y sabía de lo que era capaz.
—Y te amo por ello. Anda. Deben estar preocupados por ti pero, espera… —dijo tomando su mano—. Espero verte mañana.
—Ahí estaré.
—¿Segura que no nos pueden ver? —preguntó mirando hacia La Madriguera.
—Segura.
—Entonces, ven —la besó nuevamente, era un beso suave en los labios pero con todo el amor que le profesaba. Además debía ser cuidadoso, en medio de la pasión sus besos fueron un poco, salvajes…—. Debo detenerme, si no… nos va a pasar lo mismo que en la alfombra…
—Que en la alfombra… que en la cocina… que en la ducha… que en el sofá… —recordó Hermione riendo y algo ruborizada.
—No hemos probado en el lavavajillas.
—Ni en la nevera.
—Descansa, amor —Hermione soltó la mano de él y caminó hasta La Madriguera.
Draco desapareció. Se iría a la mansión, sabía que lo se venía sería pesado. Y lo peor era tener que enfrentar a sus padres por haberlos dejado solos.
Hermione ingresó a los dominios de La Madriguera y vio que se hallaba armado un toldo de lona negra en el jardín. Sabía de qué se trataba: estaban velando el cuerpo de Fred, ¿qué diría? ¿Le preguntarían en dónde estaba? ¿Sospecharían algo? Ya vería. Dio un par de pasos y escuchó el llanto de Molly y de Ginny y de inmediato un nudo se formó en su garganta.
Ahora tomaba el peso de las cosas. Había muerto un amigo, Fred Weasley y ella encerrada con Draco… haciendo… ¡Es que amaba a Draco y la situación los había separado! Sabía que si Fred supiera lo que pasaba, no se enojaría por eso. Al contrario, le diría: ¿Y tú qué haces aquí? Yo ya estoy muerto. Así que ándate con tu hurón albino y pásalo genial. Parecía que lo tenía enfrente y la reprendía por haber suspendido lo que podía haber sido unos días maravillosos al término de la guerra junto a Draco Malfoy, su novio.
Avanzó algunos pasos cuando vio que Harry salía de la carpa, cabizbajo y demacrado. Al verla corrió a abrazarla.
—Hermione, ¿en dónde has estado?, pensamos lo peor. Ginny te fue a buscar al dormitorio del castillo y al no encontrarte, creímos que había quedado algún mortífago por ahí y que te había raptado —Hermione, en medio de toda la tristeza, quiso reír y responder: Algo parecido me ocurrió, pero se abstuvo.
—¿Estás bien? —Ronald llegó detrás de Harry—. ¿Qué demonios te ocurrió en el labio? —reparó de inmediato en el pequeño mordisco que Draco le había dado en medio de toda la pasión. Hermione puso rápidamente un dedo en la boca para tocárselo.
—Recuerdos de la batalla, es todo y sí, estoy bien. Solo que quería estar sola un rato. Han sido días horribles y ya no daba más.
—¿Y cómo fue? Cuando te dejé no me di cuenta que tuvieras eso… —apuntó el labio. Ron seguía insistiendo, parecía que algo sospechaba.
—Bueno… —no encontraba respuesta y antes de que diera una, ya Ron estaba haciendo otra pregunta:
—¿Pero de dónde vienes?
—Pues…
—¡Hermione, hija! Ven, acompáñame.
Molly venía también de la tienda y abrazó a Hermione y se la llevó al interior, sacándola del incómodo interrogatorio al cual Ronald la estaba sometiendo. Allí pudo ver el féretro de su amigo Fred, mas no quiso acercarse. Allí había mucha gente, magos y brujas, dando sus condolencias, pero también hablando de lo que había sido la batalla… otros aprovechaban de comer los diversos platos que solían servir durante los velatorios, pero estaba segura que muchos estaban allí, solo por curiosidad. Querían tener acceso a ella, a Ron y por sobre todo a Harry Potter, ya que todos la miraban.
También pudo ver que en un extremo de la carpa, estaba la profesora McGonagall, ahora Directora Interina de Hogwarts y a algunos profesores.
Mientras observaba a los asistentes, alguien le tomó una fotografía. El flash la hizo pestañear y percatarse que también se encontraba un grupo de reporteros.
—Es para la edición matutina de El Profeta solo nos faltaba la foto suya, señorita Granger. La tercera heroína —dijo el hombrecito pequeño que acompañaba al fotógrafo.
—Déjela tranquila, hombre. Ya tendrá tiempo para entrevistarla —George Weasley, el otro gemelo, se acercó a Hermione y la abrazó tan fuerte que ella sintió que la elevaba del piso.
—George, lo siento tanto.
—Ustedes hicieron todo lo que tenían que hacer, era seguro que más de alguno caería. En estos momentos también están velando a Reamus y Tonks en la casa de los abuelos de Reamus. Su hijo Teddy está aquí, con nosotros. Mañana el funeral será en conjunto, ¿irás?
—Claro que sí.
George la miró a los ojos y Hermione se sorprendió de esa mirada. Se hallaba muy sensible o el hecho de estar con Draco tanto tiempo la hacía dudar de todo el mundo. Draco le había enseñado que una mirada podía decir muchas cosas y ahora George algo le decía, pero ella no lo lograba descifrar.
—¿Te sientes bien, George? —preguntó. No podía quedarse con la duda.
—Ahora sí. Ya que… bueno, llegaste… ¿Tienes hambre? —en ese momento su estómago la traicionó. Realmente tenía hambre, con Draco solo se habían tomado una taza de té durante el día, en ese departamento no tenían ningún alimento—. Ya veo que sí —ella sonrió—. Te traeré algo. Siéntate, debes estar cansada.
Debía ser la tristeza que lo embargaba o la cantidad de café que había ingerido para que George actuara de esa manera. Sus ojos lo delataban, hinchados y rojos, producto del dolor de la muerte de su hermano.
Al cabo de solo unos segundos George le trajo una bandeja con bollos dulces y unas empanaditas de queso fundido.
—Gracias.
Buscó una silla para acomodarse y de inmediato saboreó un bollo. ¡En su vida había sentido tanta hambre!
Vio que Molly se había acercado al lugar en donde estaba la profesora McGonagall junto a Hagrid y la profesora Sprout.
—Mi querida Molly, siento tanto lo ocurrido —dijo esta última abrazándola.
—Es una tragedia. Lo bueno es que ya Voldemort ha muerto. Minerva, dime, ¿qué ocurrirá ahora con el colegio? Está destruido… ¿qué pasará con las clases?
—Voy a presentar una solicitud al Ministerio de Magia, Molly. Hoy mismo lo haré para suspender el año escolar y retomarlo en septiembre. Habrá que repetir el año, la enseñanza de este último no se condice con la visión de nuestro Colegio. Estaba todo orientado a artes oscuras y gracias a Harry, a tu hijo, la chica Granger y bueno, a toda la Orden eso por fin ha terminado.
Hagrid que observaba, entregó una bandeja de la cual sacaba panecillos a la profesora Sprout y carraspeó pues quería acotar algo.
—Me enteré por un amigo que a Harry y a Ron… bueno también a Hermione, les solicitarán ingresar a la Academia de Aurores.
—¡Oh eso sería una gran pérdida para el colegio, Hagrid!
—Minerva, si mi hijo quiere ir a la Academia de Aurores pues que vaya. Creo que perdí mucho tiempo contradiciendo a Fred en sus travesuras que no quiero que pase lo mismo como mi Ronald.
—¡Oh, Molly! —Minerva abrazó con mucho cariño a su amiga.
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Draco había llegado a su casa. Al ingresar se dio cuenta que estaba demasiado silenciosa y sin rastro de Lucius o Narcisa. También advirtió signos evidentes de lucha y marcas en los muebles. ¿Hubo otra batalla y él se la perdió?
Mientras observaba intentando encontrar alguna respuesta a lo ocurrido, su madre salió de una de las habitaciones superiores y se apoyó el balaustre de la escalera del segundo nivel.
—Tu padre se defendió mucho antes de que lo llevaran los aurores del nuevo ministerio. El antiguo fue desbaratado y muchos miembros de la Orden han asumido como autoridades interinas.
Narcisa hablaba entre sollozos. Estaba pálida, parecía que en el cualquier momento se desvanecería. Draco subió por la escalera y pudo ver que tenía dos cortes en las muñecas y estas sangraban profusamente. Al parecer, su madre se había intentado suicidar, al estilo muggle.
—¡Madre! ¡¿Pero qué estupidez has hecho?! —Draco sacó la varita de ella, que la tenía entre sus ropas e hizo el hechizo convocador—: ¡Accio Murlap! —y un frasco con el ungüento llegó hasta sus manos.
Narcisa carecía de fuerzas para impedir que su hijo lo hiciera o para moverse. Draco la acomodó en el piso y le aplicó el ungüento. A los pocos segundos las heridas estaban cerradas, pero ella estaba muy débil y no podía llevarla a San Mungo, pues de seguro el hospital debía estar atestado de gente y, por lo demás, la herida había cerrado. Solo debía darle de comer para que recuperara las energías producto de la sangre perdida.
—¡Rácine! —exclamó llamando a la elfa doméstica de la casa. Al instante apareció una criatura pequeña, de orejas grandes y encorvada.
—Diga amo, Draco —habló con voz chillona.
—Prepara a la señora una cena que contenga con carne, lentejas, frijoles y muchos vegetales.
—¿Todo junto, amo, de una sola vez? —preguntó sorprendida, para ella se trataba de una extraña combinación pero para Draco no, sabía que una alimentación rica en hierro ayudaría a su madre a recuperarse de la pérdida de sangre.
—Trae una bandeja con todo por separado o todo revuelto… no sé… como quede mejor. ¡Pero ya! Usa magia si es necesario.
—Sí, amo.
Draco tomó en brazos a Narcisa y la llevó a la habitación matrimonial de sus padres. La acostó en la cama, y la acomodó poniendo algunos cojines en su espalda.
A los pocos segundos, la elfina acompañada de una mujer (que era una de las empleadas de la casa) traía las bandejas con los alimentos solicitados por Draco para su madre e incluso un vaso de leche. Draco de inmediato se lo dio a Narcisa. Las sirvientas dejaron todo en la mesita de noche y se retiraron silenciosamente.
—Bebe —colocó el vaso con leche en los labios de Narcisa.
—¿Qué ocurrió? ¿Qué me pasó? —Narcisa estaba recuperando el conocimiento luego de un breve desmayo, algo desorientada recibió el vaso de leche y le dio unos sorbos.
—Al parecer intentaste quitarte la vida, a la usanza muggle… te cortaste la venas— Draco estaba enfadado y su tono de voz sonó fuerte.
—Creí que no volverías, pensé que te habían apresado a ti también… a tu padre se lo llevaron a Azkaban.
—Sabíamos que eso iba a ocurrir, ¿no?
—¡Yo no quiero que a ti también te encarcelen!
—Es muy posible que eso ocurra, mamá. Y también ya lo habíamos hablado.
—Yo no lo soportaré. Si tú también te vas preso… yo…
—¡Ni lo vuelvas a intentar! Prométemelo.
—No prometo nada, hijo. En este nuevo mundo estaremos aislados… solos…
—Pero sin la amenaza de muerte de Vol… Voldemort —al fin se había atrevido a pronunciar ese nombre—. Debes descansar y recuperar fuerzas. Anda, come algo de esa bandeja, hazme caso. Y luego debes dormir, ¿sí? Ha sido un día largo para todos.
—No, no podemos descansar. Dentro de poco nos vendrán a buscar.
—¿A nosotros? ¿Quiénes? ¿Los del ministerio?
—Vendrá Kenson Greengrass. Él nos recibirá en su casa hasta que todo se calme. Además él asumirá tu defensa en caso que vayas a juicio.
—No es un favor que nos hace, madre. Lucius lo tiene como administrador general de toda la fortuna Malfoy, ¿no?
—Así es.
—Pero yo no puedo ir.
—¿Es por la chica Mía? Avísale. Envíale una nota. Draco, será por pocos días, hasta que tengamos claro el panorama. Yo no soportaría verte tras las rejas. Por favor hijo, hazlo por mí, ella es una chica sensata y tampoco ha de quererte verte recluido.
Y, conociendo a su madre, era muy posible que intentara atentar contra su vida una vez más, no tenía más remedio que aceptar.
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A eso de la una de la madrugada, Astoria Greengrass, una adolescente poseedora de una atrayente mirada esmeralda ingresaba a la biblioteca de la casa que tenía con su familia en la capital de Dinamarca, Copenhague. Una casa de alta sociedad, como cualquier muggle, tipo mansión moderna, con ventanales gigantes que daban luminosidad al interior y con muchas plantes de interior. Nadie en los alrededores se imaginaría que en esa casa vivían tres brujas y un mago, y que a partir de ese día tendrían dos invitados…
—¿Cómo quedaron?
Kenson Greengrass, abogado, experto en derecho mágico internacional y titulado con los máximos honores en la Universidad de Magia de Bristol, era quien se encontraba tras una pila de pergaminos. Kenson era un hombre de cincuenta y tantos años, de cabello cano, prolijamente peinado, de baja de estatura y con bastantes kilos de más.
—Bien. Me imagino que Narcisa ha de estar dormida. A Draco no lo vi muy bien que digamos, pero también descansa en su habitación, aunque me imagino que con todo esto debe estar preocupada. Por lo menos tú y mamá nos fueron a retirar del colegio durante semana pasada, si no habríamos tenido que pasar por todo lo que ellos vivieron. Pienso que Draco ha de estar muy nervioso por todo lo que se le viene.
—Es obvio que esté así. En estos momentos es un prófugo de la justicia. Por lo menos en su locura fanática, Lucius Malfoy pensó en su familia antes de irse a Azkaban.
—¿Draco también se irá preso entonces?
—Si estuviera en Inglaterra, es muy posible que ya lo hubiesen encarcelado. Pero estando aquí, será como si estuviese en una especie de asilo político. Yo seré su representante en todo y no habrá necesidad que él se presente a declarar… no antes del juicio, el cual pienso aplazar. Si se lleva a cabo ahora, cuando todo está reciente, lo condenarían de inmediato pese a no haber actuado como mortífago. Es mejor esperar. Debo reunir un par de pruebas y el joven Malfoy podrá salir libre.
Astoria se sentó frente a su padre y lo miró fijamente. Lo conocía muy bien y sabía que no daba puntada sin hilo. Muy lindo era discurso, pero estaba segura que había algo más porque, ¿desde cuándo era tan amigo de los Malfoy? ¿Cómo era que de un día para otro la fortuna Malfoy fuera de los Greengrass?
—Estamos solos. Siempre has confiado en mí, antes que en Daphne. Dime, ¿qué tienes planeado? —hizo la pregunta directa, odiaba dar vueltas al asunto. Kenson la miró y ella era su fiel retrato: calculadora, inteligente, perspicaz y con una imaginación especial para crear conflictos.
—Esa fortuna es enorme. No se nos puede escapar de las manos.
—No respondiste a mi pregunta, padre.
—Quiero que te cases con Draco Malfoy.
Astoria quedó sorprendida y atónita, ¿se le habría soltado un tornillo a su padre? ¡Pero si todavía era muy joven para casarse! Draco era un tipo atractivo, distinguido, inteligente y por sobre todo muy cotizado entre la población femenina, pero ella jamás lo hubiese imaginado como su esposo.
—Es broma, ¿no?
—Astoria, nuestra fortuna ya no existe. Eso no se lo dije a Lucius cuando me ofrecí para ayudarlo y proteger sus bienes. Y la única forma de mantener esta calidad de vida —señaló mirando a su alrededor—. Es que tú o Daphne se unan a los Malfoy.
—¿Daphne? ¡Ja! ¡Ya sabes la tendencia de mi hermana! —Kenson hizo una mueca de asco.
—Por eso pensé en ti. Con tu hermana, bueno… ni hablar.
—Draco Malfoy jamás se va enamorar de mí. Además, estoy segura que tiene novia… Parkinson o una sangre sucia de apellido O'dowell.
—Eso ya no debe importar. Déjame a mí planear todo. No le cuentes nada a tu hermana o a tu madre. Esto debe quedar entre nosotros dos.
—¿Y quién te ha dicho que yo he aceptado? —la muchacha se puso de pie mirando fijamente a su padre de brazos cruzados.
—Sé que te gustan los lujos, los viajes, las joyas y la única forma de que sigas con tus gustos es haciéndome caso. Si no, lo primero que nos viene es cambiar de casa a un departamento de un ambiente, ¿te gustaría eso?
—¡Por supuesto que no!
—¿Entonces…?
—¿Sabes qué, padre mío? Siento que me acabo de enamorar de cierto rubio… —una sonrisa maquiavélica se formó en los delgados y rojos labios de la muchacha.
