12
La huida de Perdi
Algunas veces, Regina tenía la sensación de que las peores cosas le sucedían a ella. Por eso, aquella mañana cuando olvidó el paraguas en casa y debió caminar la media cuadra desde el estacionamiento hasta la oficina bajo la lluvia, no se molestó siquiera. Era parte de la mala suerte que arrastraba.
No solamente su novio estaba sumamente molesto con ella, también su madre, y aunque su padre había dicho que entendía que había revelado su secreto por accidente, Regina se sentía muy culpable. Así que llegar al trabajo con las zapatillas empapadas y el abrigo un poco húmedo fue la cereza en el pastel.
La temporada de lluvias había comenzado, aparentemente todo mundo lo sabía, menos Regina. En la oficina todos llevaban botas, impermeables y rompevientos.
Regina llegó hasta su cubículo con una cara de pocos amigos, se quitó el abrigo y lo dejó sobre el perchero, secándose; luego, se deshizo de las zapatillas y sacó de una de las gavetas del escritorio un par de flats que solía guardar para emergencias como esa. Minutos después, Ruby se acercó con un poco de cautela y una taza de café.
—¿Cafeína? —preguntó la chica, quien llevaba nuevas extensiones púrpuras en el cabello.
—Por favor —aceptó Regina, tomando la taza—. Debí revisar el canal meteorológico antes de salir de casa.
—¿Canal meteorológico?, ¿eso existe? —preguntó Ruby un poco confundida—. ¿Por qué no lo revisaste en el teléfono? Allí siempre dice cuándo va a llover, ¿lo ves?
Ruby extendió su propio teléfono móvil y mostró la pantalla a Regina. En la imagen se distinguía una nubecita con cara triste que arrojaba chubascos espontáneos. Regina dejó salir un suspiro. Ruby notó que algo no estaba bien.
—¿Qué pasa? —preguntó la atolondrada chica.
—Oh… nada —dijo Regina, rápidamente—. Sólo que esa nube parece tener mi rostro ahora mismo.
—¿Problemas?
—Ni te imaginas.
—¡Pero acabas de regresar de París! —exclamó Ruby incrédula—. Nadie puede ser infeliz después de eso.
—Si viajas con Feinberg, creo que sí —sonrió Regina con pesar.
—¿Tan malo fue?
—Algo así —respondió Regina, luego encendió la computadora—. Tenemos mucho trabajo por hacer.
—Oh, no… ¿eso quiere decir que seguiremos trabajando bajo presión y con el mismo sueldo?
Regina torció el labio y luego asintió. Ruby puso los ojos en blanco y soltó un suspiro.
—¿Ahora qué se le ha ocurrido a la vieja bruja?
—Debemos trabajar en la nueva colección de invierno.
—Pero, ¿no teníamos eso ya listo?
—Una nueva colección de invierno…
—¿Qué? —exclamó Ruby, atrayendo la atención de algunos de los empleados.
—Lo sé, lo sé… —dijo Regina resignada. Pese a todo, no iba a decirle a Ruby que la empresa en la que ambas trabajaban estaba quebrada.
—Regina, ¡es una locura! No podemos seguir trabajando con tan poco tiempo y bajo los estándares de una mujer cuyo único interés es acabar con nuestra salud mental.
—Ruby, este es nuestro trabajo. Debemos hacerlo. ¿Crees que no estoy un poco cansada de esto? Últimamente tengo problemas en todas partes y lo único que quisiera es hacer mi trabajo en paz, pero no puedo, no… Pero lo soporto, pues en casa tengo un hijo y una mascota qué mantener. Las cosas son así, lo siento.
Regina había sonado un poco dura. Ruby la miró con atención y luego soltó una sonrisa pesimista.
—Bien. ¿Qué hay que hacer?
-x-
Henry amaba estar en la librería, aun cuando el pleno verano estuviese sucediendo afuera y el tuviese que estar dentro, detrás del mostrador, generalmente con la nariz metida en algún libro grueso. Le gustaba estar allí, no sólo porque fuese un increíble y sagaz lector, sino porque era también el lugar favorito de Belle.
Aunque la chica fuese sólo una dependienta, amaba su trabajo y lo hacía con verdadero entusiasmo. A Henry le maravillaba verla yendo y viniendo de los pasillos, con pesados volúmenes de libros entre los brazos, acomodándolos en los estantes, revisando etiquetas, haciendo sus propias recomendaciones a los clientes. Pero había algo que Henry no disfrutaba en lo absoluto, y eso era cuando algunos chicos llegaban a la librería sólo para lograr conversar con Belle y acercarse a ella.
Aquella mañana sucedía: un muchacho, quizá de la misma edad de Belle, había entrado a la librería y desde entonces no había parado de hablar con ella, en un rincón del local, sobre autores que, seguramente, ni siquiera había leído. Henry observaba desde el mostrador, mientras ordenaba algunos libros por autor (como Belle se lo había pedido), con cara de pocos amigos (un gesto heredado de su madre), haciendo mucho ruido apilando un ejemplar tras otro y sin despegar los ojos de ellos.
—Honestamente, yo prefiero lecturas un poco más complejas… no sé, algo así como Shakespeare —decía el muchacho pelirrojo que conversaba con Belle.
—¿Buscabas algo de él? —preguntó Belle, con curiosidad.
—Sí, quizá alguna de sus novelas.
¡Pero qué pedazo de tonto! Henry pensó para sí mismo. Alguien que mínimamente hubiese cursado el sexto grado sabría que Shakespeare no era novelista. Lo peor fue que Belle no dijo nada, parecía seguir enfrascada en esa conversación.
Henry dejó caer un pesado libro sobre el mostrador.
—¿Un final decepcionante?
La voz sonó muy familiar, Henry alzó la vista reparando de pronto en la presencia de Robin, quien le sonreía del otro lado del mostrador.
—¿Robin?, ¿qué haces aquí? —preguntó el niño sorprendido.
—Vine a comprar uno de estos —Robin mostró a Henry el libro de Matilda, de Roal Dahl—. Roland vendrá el fin de semana y quiero dárselo como regalo de cumpleaños.
—¿Cuándo es? —preguntó Henry con curiosidad, recargando los codos sobre el mostrador.
—Hoy.
—Oh, vaya.
Henry en verdad deseaba conversar con Robin. Sabía que él y su madre habían tenido problemas, aunque ella no quisiera decirlo abiertamente. Sin embargo, en ese momento, la atención del niño estaba sobre Belle y su estúpido nuevo amigo que no dejaba de parlotear de lo buen escritor que era Shakespeare.
—¿Pasa algo? —preguntó Robin dándose cuenta del repentino desvío de atención de Henry.
—Oh… no, nada —respondió el niño, mirando de reojo a Belle y luego bajando la cabeza.
—¿Quién es ese? —preguntó Robin mientras observaba al chico que platicaba con Belle.
—Un impostor.
Robin arqueó una ceja. Robin soltó un suspiro.
—No lo sé… quizá el próximo novio de Belle —respondió Henry, mientras continuaba organizando los libros, con la mirada decepcionada.
Robin de pronto lo entendió todo: Henry estaba enamorado de Belle. La chica era, quizá, su primer amor y aquello debía estar matándolo.
—Oh —dijo Robin—. Parece un poco bobo, ¿no?
Henry alzó la mirada: Belle se reía con el chico.
—Sí, pero parece gustarle.
—Creo que ella sólo está siendo amable —dijo Robin, como intentando consolarlo.
—Lleva más de quince minutos siendo amable —reprochó Henry, casi con un puchero que le recordó mucho a Regina.
Cuánto se parecían madre e hijo, pensó Robin, mientras sentía un tirón en el estómago.
—Oye, compañero, no deberías preocuparte —siguió Robin, intentando alejar sus pensamientos de Regina—. Belle es una chica muy inteligente y seguramente pronto se dará cuenta de lo papanatas que es ese sujeto.
—Eso espero.
Robin sonrió con pesar. Entendía perfectamente los celos de Henry, ¿acaso no estaba él en su posición en ese momento? La ironía estaba allí mismo, en el hijo de su novia, con la cual no se hablaba desde hacía una semana. Regina lo había telefoneado desde su pelea unas cien veces, pero Robin no se sentía listo para hablar con ella. No quería decir algo de lo que después tuviese que arrepentirse. Sin embargo, la extrañaba, como un loco y quería saber que ella estuviese bien, pese a su discusión y la única manera de saberlo era ir a la librería, donde conocía a la perfección que Henry y Belle estarían, las mejores personas para proporcionarle la información que necesitaba.
—Y… ¿cómo va la escuela, Henry? —preguntó Robin de pronto.
—Estoy de vacaciones, ¿recuerdas? —dijo Henry un poco extrañado.
—Ah, cierto… lo olvidé.
—Robin, si quieres saber sobre mi mamá sólo tienes que preguntármelo.
Henry miró a Robin fijamente, había mucha inteligencia en ese pequeño niño. Robin sonrió apenado y luego carraspeó.
—Bien… sí… eso quería saber…
—Ella está bien —respondió Henry encogiéndose de hombros—. Un poco triste, pero bien.
Robin no quería escuchar eso, pero había ido hasta allí para asegurarse de que ella no estuviese pasándolo demasiado mal. Pero, no podía engañarse a sí mismo: quizá aquel silencio, su silencio, estaba llegando demasiado lejos.
—Es bueno saber que está bien, Henry —asintió Robin, un poco apenado.
—¿Por qué pelearon ustedes dos? —preguntó el niño con curiosidad.
—Los adultos somos un poco tontos, ¿ya lo sabías?
—¡Uff! Desde hace mucho tiempo.
Robin sonrió. De pronto Belle se acercó al mostrador.
—¡Hola, Robin! —saludó la chica.
Henry pudo cerciorarse de que el chico con el que ella había estado hablando ya se había ido.
—Hola, Belle —Robin contestó al saludo.
—Matilda, ¿eh? —preguntó la chica, yendo hacia donde se encontraba Henry.
—¿Crees que sea una buena lectura para mi hijo?
—Por supuesto. Es uno de mis libros favoritos.
—También mío —añadió Henry, entusiasmado.
Belle le sonrió y le acarició la mejilla con cariño. El rostro de Henry volvió a cobrar la luz y la esperanza por todo lo bueno del mundo. Robin pudo notarlo y recordó lo que era aquello, esa sensación, de tener a alguien importante.
—¿Puedes envolverlo para regalo? —preguntó Robin a Belle.
—Claro —sonrió la chica—. Ahora vuelvo, tengo los listones de colores en la bodega.
Robin y Henry volvieron a quedarse solos. En cuanto el niño se aseguró de que Belle estuviese lejos, volvió a dirigirse a Robin.
—Oye, Robin, mi mamá y tú van a estar bien, ¿cierto?
—Creo que sí, chico —sonrió Robin, tomado por sorpresa.
—Eso es lo que ella dice —siguió Henry—. Aunque algunas veces está de malhumor.
—No te preocupes, Henry. Seguro vamos a arreglarlo.
Henry sonrió al escuchar eso. Belle regresó al mostrador con el moño para el regalo de Roland.
—Bien, ¿crees que el color verde sea el adecuado, Robin?
—Es su favorito.
-x-
—Tu hermana es una bruja, Regina.
—Lo sé.
—¿Alguna vez tendrá una lección?
Emma preguntó indignada, Regina sólo se encogió de hombros.
—No lo sé. Mi padre está verdaderamente preocupado por ella. Creo que yo también.
La rubia suspiró resignada. La hora del almuerzo sin Robin era como cualquier otra hora más. Regina se quedaba en la oficina y no hacía ningún intento por salir de ésta. Sin embargo, en cuanto Emma se enteró de que su amiga tenía problemas, la sacó casi a rastras de su cubículo y fueron a almorzar a Cilantro, un restaurante en Salem donde servían comida mexicana y unas margaritas alucinantes que Emma no dejaba pasar por alto cada vez que iba.
En cuanto llegaron sus platillos, el guacamole y las bebidas, finalmente pudieron hablar del verdadero motivo.
—Ahora, cuéntame sobre ese beso —pidió Emma, llevándose un bocado a la boca.
—Uff… —Regina suspiró— no sé qué tengo que contar al respecto. Quisiera olvidarlo, pensar que nunca sucedió y que todo estuviese igual que antes de ese horrible viaje a París.
—Vamos, Regina, sólo fue un beso —dijo Emma, despreocupada—. Un beso que, además, tú no provocaste.
—Lo sé, pero Robin no lo creyó así.
—Entiendo que debe estar molesto, después de todo él cuidó de tu hijo todo este tiempo y ha sido un muy buen hombre…
La mirada de Regina no era precisamente feliz. Emma paró de hablar y tragó el bocado.
—¿Crees que no sé todo eso? —preguntó Regina con un poco de culpabilidad—. Quisiera que respondiera mis llamadas, o los malditos mensajes de Facebook, para poder conversar. Lo extraño, ¿sabes?
—Yo creo que pronto se le pasará. Tranquila.
—¿Y si no?, ¿y si lo volví a arruinar? Hace meses no era capaz de entablar una relación con nadie y ahora que la tengo no soy capaz de mantenerla.
—Creo que eres demasiado dura contigo misma. Después de todo, es parte de tener una relación, ¿no? Los problemas, las peleas, los desacuerdos… ¡Es agotador!
Regina sonrió con un poco de pesar. Emma tenía razón. Hacía tanto tiempo que no estaba en una relación que una pelea parecía ser el fin del mundo. ¿Sería acaso porque estaba verdaderamente enamorada de Robin y tenía miedo de perderlo?
—No quiero que Henry piense que no soy capaz de tener una buena relación con alguien. No quiero volver a afectarlo. La semana que pasó con Robin fue maravillosa.
—Henry es un buen chico, y muy listo, así que creo que no piensa esas cosas de ti. Tú eres como su superheroína.
—¿En serio? —Regina preguntó sorprendida—. Yo creo que lo eras tú.
—¿Bromeas? —rió Emma divertida—. El chico sólo habla de ti y de lo increíble que eres en todo lo que haces.
Regina sintió un nudo en la garganta, ¿en verdad su chico pensaba eso de ella? Era el mejor halago que escuchaba en mucho tiempo. Si no hubiese sido porque Emma comía el guacamole con la elegancia de un trailero, habría llorado allí mismo.
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El viernes, por la noche, Robin sacó a pasear a Pongo. Había caído una ligera lluvia y el olor a tierra mojada lo hizo sentirse relajado. Hacía días que no podía estarlo, no desde su pelea con Regina. Su primera gran pelea, pensó. Y aunque ya habían pasado más de cinco días, él todavía no sabía cómo sentirse al respecto.
Estaba enojado por muchas razones, unas más obvias que otras. Regina había besado a otro hombre, o mejor dicho: había sido besada por otro hombre y eso era algo que él no podía cambiar, aunque quisiera; sin embargo, aunque, con el paso de los días, él había entendido lo que sucedió, lo cierto era que se sentía molesto con Regina por no habérselo dicho a tiempo. Si algo odiaba Robin era ignorar las cosas, o que las personas lo ignoraran en situaciones importantes.
Sabía que la intención de Regina no había sido engañarlo. Ella no había ido a París sólo para traicionarlo. Sin embargo, Robin estaba demasiado dañado. Marian le había sido infiel una vez.
Sucedió justo cuando Robin comenzó a trabajar para aquella horrible compañía de seguros. Robin descubrió que Marian se veía con alguien más un día que el jefe lo mandó a casa porque se sentía enfermo de gripe. Afortunadamente, Robin no vio nada más que a su mujer tomada de la mano de su viejo amigo Will, con quien había viajado de Inglaterra a Estados Unidos, en un café. Aquello habría parecido inocente si no hubiese sido porque Will la besó también. Lo peor es que Roland estaba allí también, en su portabebé.
Robin no hizo nada, se fue a casa, furioso, ardiendo en fiebre y en rabia también. Esperó a que Marian llegara y entonces arrojó la bomba: "¿desde cuándo estás enamorada de Will?".
Aquello fue el principio del fin. Robin enfrentó la terrible verdad: Marian ya no lo amaba más, evidentemente ella era más feliz con Will. Así había sido desde hacía un tiempo.
Aquella noche que Regina confesó a Robin lo sucedido en París, él revivió la misma escena con Marian. Quizá no debió hacerlo, pero fue inevitable. Él cargaba con esa herida, con la inseguridad de que, en cualquier momento, la mujer que él creía su compañera podría traicionarlo.
El engaño de Marian había convertido a Robin en un hombre distinto. Luego de eso no podía confiar demasiado en las relaciones y prefería estar solo. Sin embargo, Regina no lo sabía.
Cuando Robin y Pongo estuvieron de vuelta en casa, el teléfono de Robin tenía, por enésima vez, una llamada perdida de Regina. ¿Qué estaba haciendo?, ¿por qué se comportaba así con ella? Regina no merecía cargar con las culpas de Marian. Pero él no podía evitar sentir ese hueco en el estómago cada vez que pensaba que un desconocido había besado a su chica y que, incluso, la había llevado a cenar, no en cualquier sitio, sino en París, el lugar de ensueño de Regina.
Robin tomó la guitarra y comenzó a tocar algunas notas al aire. Lo hacía cada vez que debía pensar. Pongo se echó sobre sus pies, enroscándose para dormir. Robin le acarició la cabeza y continuó rasgando las cuerdas.
Amaba a Regina, pero aún no se lo decía. ¿Cómo era posible amar a alguien en tan poco tiempo?, ¿cómo era posible imaginar si quiera toda una vida con una mujer a quien sólo había visto en el parque? Pero Robin estaba loco por Regina y las razones no le importaban.
Regina intentaba disculparse. Eso era importante. Además, como había dicho John: Robin, en verdad, necesitaba dejar ir. El pasado ya no importaba. Lo único que compartía con Marian era a su hijo, ella era muy feliz con Will.
Quizá, esa era una de las cosas que Robin odiaba tanto de no ver a su hijo. Que su antiguo amigo, traidor en muchos sentidos, ahora gozaba, incluso, de los beneficios de disfrutar a un niño maravilloso como Roland.
Luego de algunas terapias y un par de resacas monstruosas, Robin entendió que lamentarse no haría las cosas diferentes. Y entonces, todo comenzó a ajustarse, obtuvo un buen empleo, Pongo llegó a su vida y Regina también.
¿No era aquella su segunda oportunidad? Tan sólo deseaba estar menos enojado, no sólo con Marian, ni con Regina, sino con todas las cosas. Incluso consigo mismo.
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El sábado por la mañana, Regina despertó con un terrible dolor de cabeza, la nariz irritada y los ojos llorosos. Intentó levantarse de la cama, pero el cuerpo le dolía igual que si tuviera encima un bloque de cemento.
—¿Mamá?
Regina distinguió a Henry en el umbral de la puerta de la habitación. Llevaba el pijama puesto.
—Cariño… vuelve a la cama. Es sábado.
—Mamá, no encuentro a Perdi.
Minutos después, Regina y Henry voltearon el departamento de cabeza. Efectivamente, Perdi no estaba. Regina no podía entender cómo había escapado la dálmata, pero segundos más tarde descubrió que la ventana de la sala de estar se había quedado abierta toda la noche.
¿Por qué Perdi escapaba así? Su perra siempre había sido tranquila y educada. Nunca había corrido tras nada, ni nunca antes había intentado escapar.
Regina estornudaba cada dos minutos, mientras intentaba tranquilizar a Henry quien había comenzado a llorar sin remedio, pensando en que Perdi se había ido para siempre.
—Henry, todo va a estar bien, verás que Perdi sólo salió por curiosidad y va a volver —decía Regina intentando consolarlo.
—Pero, mamá… algunos perros se pierden y no vuelven nunca más a sus casas —decía Henry entre sollozos.
—La nuestra sí. Podremos letreros, en todo Boston, y alguien muy amable va a encontrarla y la regresará a nosotros.
—¿Y si no?, ¿y si planea quedársela? —Henry abría sus ojos llorosos con temor.
—Eso no pasará, cariño. Todavía hay gente buena en el mundo.
De pronto, el timbre del departamento se escuchó. Regina fue hasta el intercomunicador, con la nariz completamente congestionada y el sollozo de Henry como telón de fondo.
—¿Diga?
—Regina, soy yo.
Robin. Era la voz de Robin. Regina no supo qué hacer. Hacía más de ocho días que no escuchaba ese sonido que le devolvía una inmensa alegría.
—¿Robin? —la voz de Regina tembló—. Creo que no es un buen momento, yo…
—¿Perdiste a Perdi?
—¿Cómo lo sabes?
—Está conmigo.
Regina presionó el botón del intercomunicador para abrir la puerta del edificio. En pocos segundos Robin apareció delante de su puerta, con Perdi y Pongo en sus correas.
—¡Perdi! —exclamó Henry lanzándose hacia su dálmata que lo saludaba con lamidas y agitando la cola vigorosamente.
Regina dejó salir un suspiro. Creyó que el alma se le iba del cuerpo en cuanto vio que Perdi no estaba en casa.
—Esta mañana la encontré dormida fuera de mi departamento —dijo Robin—. Sospecho que pasó toda la noche allí.
—Oh, mi bebé —dijo Regina, inclinándose para acariciarla, sin embargo un estornudo la interrumpió.
—¿Estás bien? —preguntó Robin, visiblemente preocupado.
—Sólo es un resfriado —respondió Regina, cubriéndose la nariz—. ¿Dónde está Roland?, ¿no lo tendrías este fin de semana?
—Su madre decidió que debía pasar más tiempo con sus abuelos, así que no, no vino.
Regina notó la decepción, y el enojo también, en la voz de Robin. Todo aquello era un desastre. Ambos lo eran.
—Creo que estos dos no pueden estar demasiado tiempo separados —dijo Robin a Regina, finalmente.
Ella sonrió, parecía ser cierto. Perdita había olfateado a Pongo hasta el departamento de Robin, a muchos kilómetros de distancia, sólo para estar juntos. A veces los perros se parecían tanto a sus dueños.
Regina quería disculparse con Robin, mientras Henry continuaba abrazado a Perdi, limpiándose las lágrimas. Sin embargo, no pudo decir nada, pues su nariz lo arruinó todo. Los estornudos no paraban.
—No pareces estar bien, deberías regresar a la cama —dijo Robin, acercándose a ella.
—Oh, no, debo llevar a Henry a su consulta y…
—Yo puedo llevarlo.
—No, Robin, has hecho demasiado por nosotros y yo…
—No pasa nada, todo está bien.
Regina alzó la mirada y se encontró con la de Robin, con esos ojos azules, serenos, que le devolvían siempre lo mejor de ella.
Él cerró la puerta del departamento tras de sí, soltó las correas de los perros y luego condujo a Regina hasta su habitación.
—Yo llevaré al chico y luego te prepararé una sopa caliente.
—Robin, no tienes que hacer esto.
—No, pero quiero hacerlo.
Robin sonrió, Regina creyó que el alma le regresaba de nuevo al cuerpo. Aceptó irse a la cama y descansar sólo porque creía que había esperanza de que todo se arreglara en cuanto despertara.
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Regina despertó hasta entrada la tarde. Estaba completamente empapada en sudor, parecía que la fiebre le había consumido la mañana entera. Se incorporó de la cama y salió hacia la sala de estar. Robin estaba allí, viendo televisión, con ambos dálmatas echados sobre la alfombra.
—¿Robin?, ¿dónde está Henry?
—Oh, lo llevé con tus padres, luego de su consulta. Esperan que te sientas mejor pronto. Espero que no te importe.
—No, no… es lo mejor. No quiero contagiarlo. Tampoco a ti.
—No te preocupes por mí. Yo no me resfrío tan fácilmente.
—Yo tampoco —negó Regina, con la voz congestionada—. Pero hace unos días me mojé un poco bajo la lluvia y… no han sido días fáciles.
—Lo sé.
Robin se hizo a un lado del sofá para que ella se sentara. Realmente se veía miserable y entendió que tanto él como Regina habían tenido una semana horrible.
—Lamento que Roland no haya venido —dijo Regina, sonándose la nariz con un pañuelo desechable—. Henry y yo le compramos un regalo de cumpleaños, esperábamos dárselo pronto.
—Gracias —sonrió Robin con un poco de pesimismo—. A veces quisiera creer que Marian no hace las cosas a propósito, pero cada vez me cuesta más trabajo hacerlo.
Regina miró a Robin y luego tomó su mano.
—Roland te ama y eso no va a cambiar.
—Hubiese deseado estar allí, en su cumpleaños. Cinco años son muchos, Regina. Sobre todo si los has pasado lejos de tu hijo.
—Entiendo —asintió Regina.
Ella soltó la mano de él, creyó que quizá era demasiado pronto. Sin embargo, Robin volvió a tomarla y la apretó con fuerza. Regina esbozó una sonrisa.
—Robin, ¿podemos hablar?
—¿En verdad quieres hacerlo en este momento?
—Creo que no habrá otro. Estamos solos.
Era cierto. Henry regresaría más tarde de casa de sus abuelos y no podrían tener un momento de privacidad, aunque quisieran.
—Tienes razón.
—Sé que en este momento luzco como la peor persona del mundo, literalmente —comenzó a decir Regina—, pero en verdad espero que puedas perdonarme. Todo se salió de control. Eres un hombre increíble que no merece todo lo malo que está sucediendo, incluso cuando yo tengo un diez por ciento de culpa.
—En realidad es un veinte por ciento de culpa.
—¿En verdad?, ¿tanto así? —preguntó Regina preocupada.
—Estoy bromeando —respondió Robin, con una sonrisa franca—. Yo también lamento haberme enojado tanto. Quizá hay cosas que debo contarte.
Durante la siguiente hora, mientras Regina comía una sopa Campbells caliente, con las piernas encogidas en el sofá, Robin conversó sobre aquello que sólo John y unos pocos amigos sabían: la traición de Marian.
Regina escuchaba atenta, sin evitar sentirse un poco culpable también. Los miedos de Robin eran justificados y su reacción también. En cuanto él terminó de desahogarse, se dio cuenta de que su hombro estaba más cerca de Regina que antes. Ella se notaba igual de cansada que antes, pero con mejor semblante.
—Lamento escuchar todo esto, Robin. Pero lamento aún más si yo he tenido algo de culpa.
—No, no has sido tú —negó Robin—. Sólo quisiera confiar un poco más. No quiero ser uno de esos novios psicópatas celosos. No quiero serlo, pero… tampoco quiero perderte.
—Eso no va a pasar —sonrió Regina, luego tomó las manos de él—, pues yo tampoco quiero perderte. Creo que eso es suficiente como para cuidar uno del otro, ¿no crees?
Robin asintió, sujetó las manos de Regina con fuerza y luego, sin más, se acercó a ella. Todo lo que había sufrido en esa semana separado de ella comenzaba a tener sentido. Esa sensación de vacío, de soledad insoportable, de ansiedad y angustia comenzaba a aliviarse justo en ese momento, mientras él veía esos ojos marrones.
—Regina, te amo.
Regina escuchó eso como si estuviese en un sueño. Hacía tanto tiempo que nadie se lo decía que las piernas le temblaron y su corazón se aceleró. Ella había sufrido igual que él esos días de peleas tontas. De pronto, con las manos de Robin entre las suyas, y un resfriado bárbaro, se dio cuenta de que no quería sentir los labios de ningún otro hombre, nunca, más que los de ese extraño inglés que había conocido en el parque.
—Yo también te amo, Robin. No sabes cuánto.
Robin se acercó a ella y la besó en un arrebato. Había extrañado esos labios cálidos.
—Voy a contagiarte —musitó ella con una sonrisa culpable.
—Verás que no.
Robin la tomó entre sus brazos y la llevó hasta la habitación. Regina apenas si podía respirar, pero no podía evitar sentirse excitada por los besos de Robin. Lo había echado mucho de menos.
Robin la recostó sobre la cama, besándola por todas partes. Poco a poco deslizó su mano por debajo del pijama de ella, quitando el broche del sostén. Regina gimió un poco cuando él la desnudó por completo.
—Lo siento, amor, ¿tienes frío?
—Un poco.
Robin tomó la sábana y el cobertor y los puso encima de ambos. En cuanto él se desnudó también, Regina pudo sentir su piel suave y cálida. Su olor era inconfundible.
—Tuve mucho miedo… creí que estarías enojado conmigo para siempre.
—Imposible. No podría enojarme con la mujer que amo…
En cuanto Robin la penetró, Regina se estremeció. Fue como si cada célula de su cuerpo comenzara a regenerarse. De pronto, no se sentía enferma, sólo se sentía como una mujer que disfrutaba del placer de su cuerpo.
Robin empujaba y empujaba, mientras susurraba en el oído de Regina cuánto la había extrañado.
—¿Y tú?, ¿has perdonado lo estúpido que fui?
—Por supuesto…
Regina lo besó. Cambiaron de posición. Regina se colocó sobre Robin. Amaba esos movimientos, le gustaba tener el control de su propio orgasmo. Robin apretó los pechos de Regina, mientras ella se movía sobre su pene.
—Oh, Regina… eres la mujer perfecta… Te amo… ¡Te amo! —exclamó Robin.
Regina alcanzó el orgasmo justo en ese momento. Robin no tardó mucho tiempo más. Su semen salió disparado, caliente y poderoso, dentro de ella. Regina se dejó caer a su lado, abrazándose a él.
—Yo también te amo, Robin Locksley —dijo Regina con una sonrisa—. ¿Sabes?, hace unas semanas estuve a punto de decirlo, pero creí que quizá te asustaría.
—¿En serio?, ¿cuándo?
—Fue hace unas semanas, una noche en la que regresábamos de cenar. Metí a Henry en la cama y luego cuando me reuní contigo en la sala estabas ya dormido en el sofá. Allí, viéndote así, me di cuenta de que te amaba con locura. De pronto, entendí que mi vida no podía ser igual sin ti.
Robin la estrechó entre sus brazos.
—Lamento todo lo que pasó —musitó ella.
—Yo también, amor. Pero dejémoslo atrás. Todo irá bien.
—¿Podrás confiar en mí de nuevo?
—Por supuesto. Siempre he confiado en ti. Incluso ahora, sé que no fue tu culpa. Ese… idiota… se pasó de listo, eso fue todo.
—Gracias, Robin. Nunca traicionaré tu confianza.
Ambos se quedaron debajo de las sábanas, Regina ya un poco adormilada. Robin la observó fijamente: se sentía increíble tener una segunda oportunidad.
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Algunas semanas después, Henry caminaba deprisa, detrás de Robin, por las calles del centro de Boston. Robin le había pedido acompañarlo al barbero y Henry había aceptado con gusto. Regina estaba tan ocupada diseñando en casa que aceptó que sus dos chicos salieran una tarde juntos. Ella ya había contado a Robin sobre la oferta de trabajo en París y ambos acordaron que lo platicarían más adelante. Regina estuvo de acuerdo, no quería tomar ninguna decisión tonta ni precipitada.
Sin embargo, Robin tenía sus propias cavilaciones. En cuanto llegaron al centro, Henry se dio cuenta de que aquel no era el camino a la barbería.
—Robin, ¿a dónde vamos?
—Falta poco, chico. Ya verás.
Unas cuadras adelante, Robin se paró en seco frente a una joyería. Entonces, Robin se inclinó hasta estar a la altura del niño.
—Henry, tú y yo somos amigos, ¿cierto?
—Cierto.
—Y como amigos quiero preguntarte algo.
—¿Sí?
—¿Crees que a tu madre le guste ese anillo?
Robin señaló un anillo de plata con una piedra brillante color escarlata en el centro. Parecía una joya muy cara.
—Creo que le gustaría mucho, ¿por qué?
—Henry, voy a pedirle a tu madre que sea mi esposa.
—¿Es en serio? —preguntó el chico con una mirada brillante.
—Sí, muy en serio.
Henry, sin pensarlo, abrazó a Robin. Éste no esperaba una reacción así del niño. Correspondió al abrazo, muy conmovido.
—Debemos planearlo todo. Yo voy a ayudarte.
—No podría contar con mejor cómplice.
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N.A. Queridos lectores, espero que este capítulo recompense, al menos un poco, la espera.
