12

Holmes depositó a su amigo con cuidado en el sofá. El rostro de Watson estaba mortalmente pálido y sus labios mostraban un tinte azulado. Holmes le tomó una mano; tenía los dedos helados. Pero le bastó tocar su frente para confirmar lo que temía: Watson estaba febril y respiraba entre audibles silbidos.

—Dios mío…

La compasión oprimió su pecho y una detestable sensación de impotencia lo envolvió como una sábana de desesperación.

Se obligó a actuar. Se puso en pie de un salto, salió corriendo de la habitación y regresó momentos después con una manta tomada de su propia cama. La echó rápidamente sobre Watson y se vio recompensado por un leve gemido. Con la misma celeridad, fue a por el maletín de cuero negro, que estaba junto a la puerta. Mientras tanto, el enfermo, luchando por recuperar la consciencia, movió la cabeza y tosió.

—Oh, Watson —suspiró Holmes mientras su amigo lo miraba parpadeando, vagamente confuso—. Maldigo mi estupidez. ¿Por qué no me dijo que estaba tan mal?

—No… no me di cuenta hasta que subimos al coche —jadeó Watson. El dolor crispó ligeramente su rostro y se aferró involuntariamente el pecho con una mano temblorosa—. Yo… lo siento, viejo amigo… Podría haberlo cogido…

—Lo haré, Watson, a su debido tiempo —prometió Holmes, sacando un termómetro del maletín—. Doctor, debo insistir…

Watson cogió el termómetro a regañadientes y se lo devolvió minutos después. Treinta y ocho grados. Holmes frunció el ceño.

—Debo avisar a alguno de sus amigos médicos —dijo con voz grave—. ¿Tiene algo que pueda tomar para esto?

Watson emitió un jadeo resollante que acrecentó la preocupación de Holmes. Entonces comprendió que el doctor reía sin aliento.

—Usted… rompió mi botella nueva —respondió Watson, señalando la pegajosa sustancia que Holmes aún seguía intentando eliminar de sus manos con un pañuelo—. No, no… No ponga esa cara… Mereció la pena…

—¿Es cierto lo que dijo Buckhannon? ¿Tiene bronquitis?

—So… sospecho que sí —resolló Watson con la voz entrecortada—. No… no es tan… serio… como parece. Sólo… incómodo…

Se removió como si quisiera sentarse, pero Holmes lo empujó delicadamente hacia atrás, alarmado por lo débil que su amigo parecía.

—La señora Hudson… —dijo Watson con voz ronca.

—Iré a verla —prometió Holmes—. Descanse un rato, Watson… Llamaré a otro médico en cuanto pueda…

—No es… necesario —jadeó Watson. Pero sus ojos ya empezaban a cerrarse.

Holmes dudó un momento, escuchando la laboriosa respiración de Watson, antes de lanzarse escaleras abajo. Llamó a la puerta de la habitación de la señora Hudson y aguzó el oído. Pasó un rato. No hubo respuesta, pero casi podía percibir el sonido de una respiración profunda y regular. Reacio a entrar en la habitación de una mujer (si la buena señora dormía, mejor dejarla en paz), se contentó con saber que la señora Hudson gozaba de buena salud y que probablemente despertaría pronto, con un ligero dolor de cabeza, como máximo.

Holmes subió lentamente las escaleras, maldiciéndose para sus adentros por permitir que una criatura como Buckhannon lo hubiera vencido no una, sino dos veces, ¡y en el mismo día! Abrió la puerta de la sala y encontró a Watson (tonto obstinado) intentando levantarse, temblando visiblemente y con el rostro terriblemente pálido.

—Por el amor de Dios, Watson, siéntese —le dijo con firmeza, cruzando la habitación con tres largas zancadas para empujarlo nuevamente hacia el sofá—. En serio, mi querido amigo, ¿no debería estar en la cama?

—No con ese loco ahí fuera. —Watson se estremeció y giró la cabeza, ahogando una tos seca con su pañuelo—. De… debo ir a examinar a la señora Hudson…

—Está durmiendo —le aseguró Holmes, apoyando un momento la mano en la frente del doctor—. Tiene fiebre, Watson. Necesita descansar. No me será de ninguna utilidad si se fuerza hasta la extenuación. No, no es necesario que suba las escaleras. El sofá es bastante cómodo. Duerma. Le enviaré un mensaje a Lestrade…

Holmes aguardó hasta que Watson cedió, y luego fue hacia la ventana. Echó un vistazo a la calle y, con un agudo silbido, atrajo la atención de uno de sus desaliñados irregulares, a quien encargó ir en busca del inspector y de un médico…