Se negaba a aceptar eso. La idea daba vueltas en su cabeza desde que había llegado al castillo, y no la aceptaba.
Ahora estaba allí enfrentándolo, y la sed la delataba, inevitablemente. Pero Ilona era dominada por su humanidad:
-No soy una asesina- fueron sus palabras.
Y fue como un disparo certero, pues él hizo silencio.
Sin embargo ya estaba la sentencia, y ella no podría evitarla.
-Bueno...- habló Alexander otra vez, con nuevo tono - Descansa, querida, que esta noche tendremos otra danse glorieus-
-Qué ¿harás otro baile?-
-No, mi amada. Te llevaré a conocer algo más de la aristocracia- comentó juguetonamente, haciéndola sonreír.
Ella regresa a la cama, a sus brazos, tierna y seductora, y ambos se sumergen en el profundo sueño diurno.
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No era una comunidad muy grande, pero las familias más adineradas se paseaban por las noches por glamorosas recepciones y bailes.
Cuando ellos llegaron , Ilona pudo identificar un típico poblado francés.
Posando su dedo sobre sus labios, Alexander le indica que no hiciera ningún ruido. Apenas había oscurecido y la vida nocturna comenzaba a poblar las calles.
Ante los ojos de todos, ellos eran una elegante pareja más que se confundía con la concurrencia.
Era la primera vez que salía del castillo e Ilona estaba ansiosa y emocionada, y se apretaba a él muy intimidada por la presencia de seres humanos.
Hacía tiempo que ella había dejado de ser humana, y no recordaba cuánto tiempo había pasado en realidad. Empezaba a tener miedo y se escondía de todos en los brazos de Alexander.
Debía aprender muchas cosas, como tanto decía él, puesto que era como el león que le tenía miedo al cordero.
Y allí estaban, en medio de otro baile, de algún lugar no identificado, y el olor humano era terriblemente embriagante. Puesto que, como pensaba Ilona, ellos eran los únicos inmortales en aquel lugar.
Los humanos nunca se percataban de que tenían a los depredadores allí en medio de sus lujos, y no en las selvas como tanto creían.
-No tengas miedo- era lo que Alexander le decía, y ella confiaba en su dulce amor. Él sabía manejarse tanto, y manipular a la gente, a las masas, que algo siempre tenía que resultar de todo eso.
El recuerdo de Londres fue como un relámpago en su mente, que luego intentó ignorar.
Al entrar a aquellas fastuosas recepciones, sin que nadie se molestara por su presencia, el hechizo que él despertaba en todas las damas era demasiado obvio: el señor Grayson las hipnotizaba, las hechizaba, e Ilona desaparecía. Él podía seducirlas a todas en ese baile e Ilona sabía muy bien a dónde terminaría todo eso:
-Totalement macabre- susurraba para sí misma.
