Disclaimer: Los personajes son propiedad de Jane Austen, yo sólo los pido prestados.
Canción recomendada: "Times Like These" de Foo Fighters.
Chocolate y café amargo
Capítulo 12
Café sin azúcar
Lizzie estaba exhausta. Los últimos días había dormido poquísimo. Cuando se acostaba, se quedaba mirando el techo durante horas, sin poder conciliar el sueño. Y para colmo, no se sentía capaz de escribir. Cada vez que se sentaba en su escritorio, la página en blanco parecía más amenazante que nunca.
Se inclinó detrás del mostrador del café para ocultar un bostezo descarado. No podía ponerse a bostezar en la mitad del café en mitad de su horario de trabajo. Pero estaba agotada y no podía evitarlo. Miró su reloj y suspiró.
Aún le quedaban tres horas en el café.
—Lizzie, ¿todo bien? —Charlotte estaba apoyada en la barra y la miraba con una ceja alzada—. Te ves fatal.
—No dormí mucho anoche —respondió Lizzie incorporándose y pasándose la mano por el rostro. No dijo que mientras se daba vueltas en la cama la noche anterior, había escuchado un ruido extraño en la escalera de incendios, a la que se accedía bajo su ventana. Se había levantado para ver qué era y se había encontrado con la imagen que menos se habría esperado. Darcy tocando la guitarra en el descansillo de la escalera fuera de su departamento.
Tampoco le dijo a Charlotte que, aunque se trataba del tipo más elitista e irritante del planeta completo, ella se había quedado durante un rato escuchándolo junto a su ventana. Darcy, con toda su arrogancia, era bueno. Muy bueno.
Lizzie odiaba tener que admitirlo, pero así era. Darcy tenía talento.
—¿De nuevo? Deberías probar la receta de mi madre para dormir —dijo su amiga con una mueca. Lizzie le sonrió. La señora Lucas tenía una colección épica de secretos caseros para distintos casos. Desde dolores de cabeza a desgarros musculares, la señora Lucas sabía cómo solucionarlo. Algunos de sus remedios funcionaban, pero la gran mayoría eran inútiles. Pero Lizzie no iba a decirle eso a Charlotte.
—Ya. Si me lo recuerdas, quizás lo haga.
La campanita de la puerta resonó en la habitación. Lizzie no se dio vuelta para ver al nuevo cliente, pero Charlotte sí lo hizo.
—¿Qué está haciendo él aquí? —dijo por lo bajo. Sorprendida por el tono de su amiga, Lizzie se dio media vuelta.
Lo primero que hizo fue soltar una maldición por lo bajo.
Por supuesto, el mundo la odiaba. Y la prueba de eso era que nadie menos que Fitzwilliam Darcy acababa de cruzar las puertas de Miss Austen's. Quizás en sus vidas pasadas había sido una asesina en serie y tenía todo ese mal karma acumulado. Sí, eso tenía que ser.
Y para colmo de colmos, se había sentado en su sección.
Mejor y mejor.
-o-
Después de llegar a su casa la noche anterior, Darcy sintió el impulso de tocar algo de música. Para no despertar a Caroline y a Bingley, decidió que lo mejor que podía hacer era salir a la escalerilla de incendios. Llevaba un tiempo sin tocar sus cosas y aún se sentía algo torpe al hacerlo, pero poco a poco iba avanzando. Quizás eso de no tener una audiencia lo ayudaba a soltarse.
Esa mañana se había levantado con una melodía merodeando en su cabeza. Esas melodías que no lo dejaban en paz mientras se cepillaba los dientes o tomaba desayuno. Caroline lo había sorprendido en la cocina mientras golpeaba el mesón con una cuchara. Después de eso, cada vez que Darcy pensaba en ponerse a trabajar en su música, la chica aparecía. Era casi como si estuviera vigilándolo.
Por eso se había ido al primer lugar que se le había ido a la mente. El café en que habían almorzado en su primer día en Liverpool.
Se le había olvidado por completo que Lizzie Bennet trabajaba ahí. La misma chica que a) parecía odiarlo con la fuerza de mil soles y b) lo fascinaba de una manera que no lograba comprender. ¿Por qué, si ella obviamente lo detestaba?
Se dirigió a una mesa junto a la ventana y sacó su cuaderno del bolso que había llevado con él, junto con la pluma que le había regalado su abuelo. En cosa de instantes, se puso a escribir la melodía que había estado silbando toda la mañana. Ni siquiera se inmutó cuando una de las chicas se paró junto a él para pedirle la orden.
—¿Puedo ayudarte en algo? —la chica tosió para llamar su atención y él levantó la vista. Tuvo que contenerse para no maldecir con ganas.
Por supuesto que su suerte decía que no podía ser que su camarera fuese la chica Lucas, que al menos lo trataba con algo de decencia. La que estaba parada junto a él era, obviamente, Lizzie Bennet.
—Eh… un café, por favor.
—¿Espresso solo? —preguntó ella.
—Sí… ¿cómo supiste? —Darcy frunció el ceño
—No sé. Después de tanto tiempo trabajando aquí como que uno aprende a leer a las personas y a adivinar el café que les gusta. Te apuesto lo que quieras a que también lo tomas sin azúcar —dijo ella entrecerrando los ojos—. Tienes toda la cara.
Darcy no respondió por un segundo. Efectivamente, el siempre había sido un paladín del café sin azúcar. Decía que así le iba mejor para despertarse. Era escalofriante darse cuenta de que esa chica podía leerlo completamente sin su permiso. A saber cuántas cosas más podría adivinar acerca de él.
Esa idea no le gustaba nada.
—Sí —musitó sabiendo que ella estaba ahí, esperando una respuesta—. ¿Y cómo tomas tú el café, si puede saberse?
—Sólo tomo café al desayuno. Con leche y mucha azúcar —dijo Lizzie encogiéndose de hombros—. En general, prefiero el chocolate caliente, muy dulce —añadió antes de darse media vuelta y volver a la barra.
Darcy se quedó mirándola con el ceño fruncido. Sí, ella lo fascinaba de una manera que era preocupante por definición. Y eran demasiado diferentes como para que él se atreviese a hacer algo más al respecto.
Maldita fuera su suerte y el tiempo, que siempre parecía estar en su contra.
-o-
—Vamos, no fue tan malo —dijo Charlotte cuando Lizzie volvió a la barra. Su amiga no le contestó, acercándose a la máquina de café y preparando un espresso—. No te comió, ni nada.
—No necesitaba comerme. Sólo necesitaba mirarme con sus ojos burlones y despreciarme con su vocecita burlona. Me sorprende que no haya traído a su amiguita Caroline para que los dos pudieran reírse de mí a gusto —bufó.
Charlotte rodó los ojos.
—No seas exageradas. Darcy nunca se ha burlado de ti, ni nada. En cuanto a Caroline, sabes que ahí sí puedo estar de acuerdo contigo y admitir que no me gusta nada esa chica. Es raro pensar que es hermana de Charles. Él es un encanto y ella…
—Lo sé. No tienes que describirla, ya tuve que soportarla el otro día en el parque. En serio, estaba literalmente pegada a él. No sé por qué una persona normal querría estar a menos de diez centímetros de él, en serio. Siempre tiene esa cara de superioridad moral y de «soy-mejor-que-tú».
—Pues sí, parece que eso de sociabilizar no es su fuerte, pobrecito.
—No desperdicies tu compasión en él, mi querida mejor amiga. Hay gente que la merece más que él.
Charlotte se rió mientras su amiga preparaba una bandeja con el café de Darcy. Lizzie suspiró y se armó de valor para ir a su mesa por segunda vez y dejarle su café. Esa vez, él ni siquiera levantó la mirada, aunque murmuró un «gracias» tan bajito que ella casi pensó que se lo había imaginado.
Ese chico era tan raro, y ella no era capaz de entenderlo en lo absoluto. Siempre tenía que actuar tan raro cuando ella estaba cerca.
Un rato después, cuando ella estaba ocupada ordenando vasos y tazas tras el mostrador, Charlotte se acercó a ella.
—¿Soy yo o Darcy te mira cada vez que puede?
—Definitivamente eres tú, Charlotte —se burló Lizzie—. Ya ha dejado muy en claro en varias ocasiones que no tiene ningún tipo de interés hacia mí. Además, el sábado ya describió a su mujer perfecta y yo no califico por ningún lado. No está interesado en mí, por mucho que tú y Jane insistan en que sí.
Charlotte suspiró. Lizzie sabía que su amiga no se rendiría tan fácil, pero tendría que superarlo. Porque Darcy no podía estar interesado en ella. Y, por supuesto, no había estado mirándola mientras ella trabajaba.
Se había pasado toda la tarde mirando su libreta y escribiendo en ella.
Ella lo sabía porque de vez en cuando, se había dado vuelta para mirarlo. También sabía que era música lo que escribía, porque lo había visto cuando había dejado el café en su mesa. Y tenía que admitir que quería escucharla en algún momento. Si era como lo que había tocado la noche anterior en la escalera, sería una maravilla.
Maldita fuera su suerte. Y su estúpido subconsciente. Eso era.
-o-
Lizzie se acercó a su mesa con la bandeja en la mano para retirar la taza de Darcy de la mesa. Al hacerlo, movió algunos de sus papeles, provocando que Darcy levantara la cabeza y la mirara fijamente. Mierda, él casi se había olvidado de sus ojos. Tan oscuros y tan profundos a la vez.
—Lo siento —musitó ella—. ¿Quieres algo más?
—No, estoy bien… —respondió él, incómodo. No podía dejar de mirarla—. Esto… ¿tengo que irme si no estoy consumiendo nada?
—No, para nada. Puedes quedarte aquí sin problemas —dijo ella cogiendo la bandeja y alejándose rápidamente de ahí.
Darcy arrugó la nariz. ¿Por qué era tan difícil hablar con ella? Se sentía como un estúpido, porque siempre que decía algo, parecía que la ofendía por alguna razón. Cada vez que abría la boca, ella siempre lo miraba con ese aspecto de irritación. Como si todo lo que él dijera fuera una tontería.
No quería quedarse ahí mucho rato, así que tomó sus cosas y las metió apresuradamente en el bolso. No quería pedirle la cuenta a Lizzie, así que se acercó a la caja, donde estaba Charlotte. Ella le dirigió una sonrisa.
—¿Quieres pagar?
—Sí, por favor. Tengo que llegar a trabajar en un rato —dijo el joven. El café no era muy caro, y él había pedido lo más barato del menú—. Esto… gracias —añadió cuando ella le pasó una boleta con su cuenta.
Además de pagar, dejó algunas monedas en el frasco que tenían junto a la caja para la propinas. Darcy suponía que los meseros se las dividían, como en el bar. Ni siquiera buscó a Lizzie con la mirada mientras salía del café ajustándose el cuello del abrigo.
-o-
—¿Sabes? Tuviste la oportunidad perfecta para pedirle que participara en la recaudación de fondos —comentó Charlotte mientras las dos salían del local, unas horas más tarde—. Digo, estaba en el café y totalmente dispuesto a hablar contigo.
—Por favor, mujer. Lo que él quería era salir de ahí lo antes posible —bufó Lizzie—. Pero la próxima vez que lo vea, juro que lo voy a hacer.
Estaba agotada y lo último que quería hacer era hablar de Darcy. Quería llegar a su casa y echarse a dormir sobre su cama. Estaba segura que ese día podría dormirse a la primera. Ni siquiera trataría de escribir, porque últimamente eso se le estaba haciendo más y más difícil. Quizás lo que le hacía falta era precisamente una buena noche de descanso, como la que no tenía hacía meses.
—En fin, te dejo aquí, Lizzie —dijo Charlotte tras lo que a su amiga le pareció una larguísima caminata en silencio—. Tengo que ir al teatro a terminar unos decorados con Stuart y Arthur.
Stuart y Arthur eran amigos de Charlotte de la escuela de Arte y trabajaban en el departamento de producción de un teatro cercano. A veces le pedían ayuda a Charlotte, especialmente cuando tenían que terminar con las escenografías para algún espectáculo a último minuto. Charlotte siempre aceptaba esos trabajillos para conseguir algunos peniques extras. Nunca estaban de más.
—Buenas noches, Char. Nos vemos mañana —se despidió Lizzie.
Su cama sonaba por segundo más atractiva.
No voy a entretenerlos mucho, porque ahora me muero de sueño, pero les digo que disfruté mucho escribir este capítulo. ¡Buenas noches!
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
