QUÉDATE CONMIGO

Por Haruko Sakuragi

CAPÍTULO 12

Cuando Youhei abrió los ojos esa mañana, buscó a Fujii del otro lado de la cama. Pero ella no estaba ahí. Se preguntó dónde estaría, y el sonido de arcadas que provenía del baño le indicó el por qué.

Se levantó de la cama y se talló los ojos. Caminó hasta el baño y tocó la puerta con cuidado.

—¿Estás bien, Fujii? —preguntó, recargando la cabeza en la pared. Supuso que no sería agradable vomitar con el estómago vacío.

Fujii no le respondió de inmediato. Un par de minutos después, el muchacho escuchó el sonido del agua corriendo por el excusado y la puerta del baño se abrió. La chica salió sujetándose el estómago y con el rostro bastante desmejorado.

—Buenos días —saludó. Trató de sonreír, pero no pudo hacerlo sinceramente y caminó hacia la habitación.

—Buenos días, mi amor —respondió el moreno siguiendo sus pasos.

Cuando entraron al dormitorio Fujii se metió de nuevo entre las sábanas y Youhei se sentó junto a ella. Empezó a acariciarle el cabello y la vio cerrar los ojos. Seguramente se quedaría dormida. Pensó que eso de estar embarazada probablemente la tendría de mal humor mucho tiempo: náuseas, vómito, cansancio… Él no recordaba si su madre había padecido todo eso cuando estuvo embarazada por segunda vez, pero esperaba de verdad que a Fujii los síntomas no le duraran demasiado tiempo.

Escuchó pasos en el pasillo y supo que Hanamichi se había levantado. La muchacha tardó unos cinco minutos hasta que se quedó dormida. Youhei le acomodó las sábanas y abandonó la habitación, cuidando de no hacer ruido al cerrar la puerta para no molestarla.

Al llegar a la sala-comedor, se encontró a Hanamichi, apoyado en la barra del desayunador, ingiriendo un platón de cereal.

—Buenos días —dijo el moreno, acercándose al refrigerador y sacando el envase de la leche. Tomó un tazón de la alacena, lo llenó de cereal y leche, y se acomodó junto a su amigo para desayunar.

—Buen día, Youhie.

—¿Cómo te fue anoche? —preguntó mirando de reojo a Sakuragi. Como el sueño de Fujii fue intranquilo, Youhei no pudo quedarse dormido antes de las dos de la mañana. Escuchó que el pelirrojo entró al departamento después de media noche, y supuso que le habría ido bien en su cita con Michiko.

—Pss… —Hanamichi se tomó unos segundos para responderle— La reunión estuvo bien.

—¿La reunión?

—Rukawa se dio el lujo de llegar dos horas después de la que Ayako le dijo.

—¿No Rukawa estaba en Estados Unidos?

—Sí. Pero yo creo que sintió curiosidad y decidió venir.

Youhei se le quedó mirando con seriedad a su amigo: no estaba escuchando lo que verdaderamente le interesaba.

—La cita con Michiko estuvo muy bien —confesó al fin Sakuragi al notar la mirada de su amigo—. Ella es excepcional.

—¿Y?

—La veré hoy en la tarde.

—¡Excelente!

Siguieron comiendo en silencio unos segundos.

—¿Qué tal ustedes? —ahora fue Sakuragi quien preguntó.

—Pues Fujii estuvo intranquila hasta la madrugada —Mito lanzó un suspiro cuando lo dijo—. Y esta mañana se levantó a vomitar.

—Debe ser incómodo tener náuseas con el estómago vacío.

—Supongo que sí. Ojalá acabe pronto este primer trimestre.

—¿Por qué?

—Porque los síntomas irán disminuyendo con el tiempo. Y la verdad me siento mal de ver que sólo ella los sufre.

Hanamichi pensó que su amigo era bastante considerado, pero era justo que pensara que no sólo Fujii debía padecer la parte mala del embarazo.

—Voy a alistarme —anunció Sakuragi—. Voy a ver a Michiko al medio día, pero antes quiero visitar a mi mamá.

—Salúdala de mi parte —pidió el moreno. Hanamichi asintió con una sonrisa y se dirigió a su habitación.

Cuando se quedó sólo en la cocina, Youhei suspiró.

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Haruko abrió los ojos después de las ocho de la mañana ese sábado. Notó el silencio de su habitación y pensó que la casa estaba vacía, porque Takenori había optado por ir a terminar la velada con sus antiguos amigos de la preparatoria, y sus padres seguramente volverían hasta el día siguiente.

La muchacha buscó el celular en su mesita de noche para consultar la hora, pero se encontró con un mensaje de texto en la bandeja de entrada:

Gracias por la oportunidad que me diste anoche, Haruko. Estoy verdaderamente conmovido porque pude conocer un poco de tu historia.

—Yukatori… —suspiró la castaña. Se preguntó, por enésima vez, si pedirle que la acompañara a la reunión habría sido buena idea. Todos notaban su interés, hasta ella misma. Y aquello tal vez habría significado darle a Kenta falsas esperanzas.

Haruko decidió no responder el mensaje y volvió a acomodarse en la cama cubriéndose el rostro con las sábanas. Ya más tarde se levantaría a preparar los deberes de la siguiente semana.

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Serían más de las once cuando Kaede Rukawa abrió los ojos esa mañana. La noche anterior no había trasnochado tanto como esperaba, pero una fiesta nocturna siempre era un buen pretexto para levantarse tarde. Se giró sobre su costado y se cubrió el rostro con las sábanas. Nadie sabía de verdad cuánto disfrutaba permanecer así después de despertar. Y así se quedó, intentando conciliar el sueño nuevamente, pero de repente escuchó que llamaban a su puerta.

Supuso que sería Keichi, así que no hizo el menor ruido. Tal vez el castaño pensaría que aún estaba dormido y se marcharía después de un rato.

—Kaede… —escuchó del otro lado. Casi aguantó la respiración para no provocar el menor ruido— Ábreme, Kaede… Por favor…

El moreno no se movió de su posición. Pero, cuando se acumularon siete minutos y Keichi seguía llamando a la puerta con sonidos lastimeros, pensó que estaba fastidiándose.

De muy mala gana, abrió la puerta. Su amigo entró sin esperar que él le indicara que podía hacerlo y se sentó sobre la cama.

—¿Por qué no te habías levantado? —preguntó Keichi sonriendo— Ya es muy tarde, no sé cómo puedes dormir tanto.

Rukawa, en tanto el otro hablaba, entró al baño a cepillarse los dientes. Se miró en el espejo y reconoció su propia cara de pocos amigos. ¿Por qué demonios Keichi no entendía que le disgustaba que hiciera eso? Empezaba a pensar que su amigo tenía serios problemas porque le gustaba mucho llamar la atención. Bueno, tal vez el hecho de que quisiera llamar la atención no era malo. El problema comenzaba en el momento preciso en que la atención que Keichi quería siempre era la suya, la de Kaede Rukawa. ¿No podía quedarse lejos de él un momento, darle un respiro? Rukawa se preguntó por qué lo había llevado con él a esa fiesta, o mejor: por qué había aceptado que lo acompañara a Japón, cuando, ambos lo sabían, Keichi no tenía ya familia ahí, puesto que sus padres habían muerto hacía ya siete años, y su abuela, con quien había ido a parar a Estados Unidos hacía casi el mismo tiempo, también había partido del mundo varios meses atrás.

—¡Te estoy hablando, Kaede! —escuchó Rukawa que el chico le gritaba desde fuera del baño— ¿Por qué no me contestas? ¡Nunca me pones atención!

Rukawa presintió que seguía un puchero y luego interminables minutos de reclamos, pero no se sintió con ganas de escucharlo, así que salió del baño, derrotado pero de buen humor, y preguntó:

—¿Qué quieres que hagamos hoy?

Keichi pareció haber olvidado la pantomima que iba a hacer, y sonrió, emocionado. Aunque casi siempre se salía con la suya, pocas veces Kaede se mostraba tan complaciente. Decidió no desperdiciar la oportunidad y de inmediato improvisó una serie de actividades que los mantendrían ocupados por lo menos hasta las cinco de la tarde.

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Hanamichi se sintió orgulloso cuando su hermanita le dijo que comprendía por qué no podía acompañarlo a la cita que tenía al medio día, pero el orgullo fue sustituido por una ráfaga de culpa cuando la niña le dijo que no por comprenderlo tenía que sentirse feliz. Aún así salió de la casa de su madre y su padrastro cuando faltaba media hora para las doce. Veinte minutos después recorría un pequeño mercado en busca de algún regalo que pudiera agradarle a Michiko. Supuso que la elección sería difícil porque no conocía mucho de sus gustos, así que, al final, optó por un ramo de astromelias rosas que le pareció encantador. La resaca de la culpa lo hizo comprar, además, un títere de tela de un personaje de la televisión, para su hermana. Guardó el títere en la bolsa de la chaqueta y el ramo bajo su brazo, y caminó los metros que lo separaban de la calle en la que vivía Michiko. No consultó su reloj cuando llegó, porque se encontró con la muchacha esperándolo en la entrada. Al mirarse, ambos se sonrieron.

—Qué bueno que seas puntual —dijo la mujer, sujetándose el cabello—. Hace mucho calor.

El pelirrojo no contestó porque se quedó embobado mirándola: ¿acaso nunca se veía mal? En todas las ocasiones que él la había visto lucía preciosa, y parecía que nunca iba a dejar de verse así. Esa mañana Michiko lucía una falda corta de mezclilla y una blusa verde de manga larga, los zapatos eran de piso, negros.

—¿Son para mí? —preguntó Michiko al notar las flores bajo el brazo del muchacho.

—Eehhh…

Hanamichi tartamudeó un segundo, y luego se sujetó la nuca en un gesto cómico, en tanto le extendía el ramo de astromelias.

—Ojalá te gusten —agregó, ruborizado.

—Están muy bonitas.

La muchacha sonrió y entró en la casa. Volvió a salir después de haber acomodado las flores en un florero con agua.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella de nueva cuenta.

—¿Quieres ir a ver una película? —propuso el pelirrojo. No había pensado en alguna actividad, puesto que no la conocía mucho. Cruzó los dedos por que ella aceptara la propuesta.

—De acuerdo —respondió—. Pero yo elijo cuál.

Sakuragi asintió: estaba a su completa disposición.

Caminaron hasta el centro comercial, al área de las salas de proyección donde exhibían las películas de moda. Consultaron la cartelera largo rato, hasta que se fastidiaron porque ningún título les parecía particularmente atractivo. Entonces a Hanamichi se le ocurrió que podrían ir a tomar un helado, y a Michiko le pareció buena idea. Se encaminaron a la fuente de sodas que estaba también dentro del centro comercial. Michiko pidió un barquillo de frambuesa, y el pelirrojo pensó que se sentiría satisfecho con verla saborear el helado, pero pidió un barquillo también, de chocolate. Caminaron mientras disfrutaban sus postres, hablando de todo lo que se les ocurría. La muchacha se enteró de una parte de la difícil adolescencia del pelirrojo que la acompañaba, en tanto Sakuragi supo que lo que más amaba la morena era su carrera, afirmación que él corroboró cuando la escuchó hablar de sus proyectos de vida, de sus perspectivas sobre la profesión en Japón y en el continente Asiático y de los alcances que esperaba tener durante su vida profesional.

Un par de horas después decidieron comer juntos. No fue algo formal, pero el pelirrojo se comportó como todo un caballero. Michiko quedó impresionada con la amabilidad y cortesía de su acompañante, y lo único que pudo concluir fue que le agradaba mucho pasar tiempo con el muchacho.

A las tres de la tarde se dirigieron al mismo parquecito en el que Sakuragi jugaba con su hermana los domingos. Le platicó a Michiko de las travesuras que Akari hacía, pero también del modo que la niña tenía de hacerse perdonar cuando se extralimitaba. Le mostró el títere de tela que había comprado por la mañana para obsequiarlo a la pequeña a manera de disculpa por no haber pasado tiempo con ella, lo manipuló unos minutos y ambos rieron.

A las cinco en punto el pelirrojo decidió que no quería quitarle más tiempo a la muchacha, y se ofreció a acompañarla a casa. Michiko aceptó, aunque no quedó convencida de que era tiempo suficiente. No obstante, agradeció a Hanamichi todas sus atenciones. Y, al despedirse en la entrada de su hogar, le dio un beso en la mejilla. Cuando se quedó solo frente a la puerta blanca, Sakuragi se tocó con suavidad la mejilla en la que habían estado los labios de Michiko, sonrió tontamente y saltó de felicidad. Después emprendió la carrera hasta su casa.

Michiko se quedó un rato recargada al otro lado de la puerta, pensando que Hanamichi Sakuragi era un muchacho muy especial.

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Haruko había pasado la mañana en casa de Hanamichi y Youhei, tratando de convencer a Fujii de que salir le haría bien. Sin embargo, la muchacha en ningún momento se había sentido dispuesta a abandonar el piso en el que llevaba pocos días viviendo con su novio. Desde la madrugada había estado volviendo el estómago, por lo que no había podido comer bien y, consecuentemente, se sentía débil. Youhei trató de improvisar alguna actividad para los tres dentro del departamento, pero el malestar de Fujii fue mayor que sus buenas intenciones, y Haruko optó por dejar descansar a la pareja. Antes de despedirse preguntó por el paradero de su mejor amigo, y entristeció cuando Youhei le informó que había salido a encontrarse con una chica.

Cuando estuvo fuera del departamento, pensó en llamar a Yukatori para improvisar una cita, pero su conciencia la detuvo en el último minuto, al recordarle toda la emoción que se notaba en la mirada de su compañero de clases cada vez que ella le daba muestras de interés. No quería confundirlo, puesto que claramente ella no tenía algún interés romántico en él. Haruko lo tenía claro: ¿por qué no era sencillo explicárselo así a Yukatori?

La castaña llegó hasta el muelle, donde permaneció largo rato contemplando la inmensidad del mar. Muchos recuerdos llegaron a su mente. Se sintió avergonzada al darse cuenta de que toda esa semana se había sentido nostálgica. Supuso que todo había tenido que ver con la reunión en la que incluso Rukawa participó… Rukawa… A Haruko le pareció extraño recordar que su corazón no había saltado cuando lo vio, nada de las reacciones que tenía ante su presencia durante la adolescencia. Muy agradable había sido la plática con el acompañante del jugador de básquetbol, pero Rukawa, más que gustarle como cuando eran estudiantes, le pareció solitario. Haruko decidió que hacía tiempo había dejado atrás la adolescencia cuando cayó en cuenta de que era capaz de emitir un juicio objetivo de su antiguo compañero.

—¡Akagi! —escuchó que le gritaban. La muchacha giró al cabeza buscando al emisor.

Se sorprendió cuando se dio cuenta de quién era.

—Keichi… —reconoció al sonriente muchacho, y luego sus ojos se abrieron como platos— Ru-Rukawa…

Ambos muchachos se le acercaron. Haruko no pudo definir la expresión de los ojos de Kaede cuando estuvieron suficientemente cerca para que se reconocieran, pero le intrigó.

—Hola, Akagi —saludó Keichi, con una enorme sonrisa en la cara—. ¿Cómo estás?

Haruko hizo una reverencia; luego contestó.

—Vine a caminar.

—¿Sola?

—Pues sí… — la muchacha se ruborizó— La verdad es que intenté convencer a una amiga para que saliéramos juntas, pero se sintió indispuesta.

Keichi hizo conversación con Haruko. Rukawa escuchaba, pero parecía poner atención a lo que su amigo y la chica decían. Escuchó cuando la castaña mencionó el nombre de uno de sus capitanes del equipo en la preparatoria, de los tres campeonatos nacionales en los que él jugó, de algunas estrategias de básquetbol y de jugadores de la NBA. Haruko también dijo que había abandonado todo aquello porque se dedicaba completamente a sus estudios, pero que extrañaba mucho practicar el básquetbol, aunque, reconoció, nunca sería tan buena como sus antiguos compañeros de la preparatoria Shohoku.

Kaede no intervino en la conversación ni una vez. Caminó en tanto escuchaba las voces de los otros dos, y cuando se dio cuenta estaban a unas calles del hotel. El sol aún no se ocultaba. Escuchó a Keichi cuando le decía a Haruko que podían acompañarla hasta su casa. Ella dijo que no era necesario, que estaba acostumbrada a andar sola, además de que su casa no quedaba tan lejos. Pero Keichi insistió argumentando que una chica no debía andar sola nunca, y si no por seguridad, al menos por caballerosidad ellos debían acompañarla. Haruko aceptó, aunque se sintió un poco incómoda porque pensó que estaba molestando.

Rukawa no dijo una sola palabra durante todo el camino. Pero se aseguró de memorizar sin errores el camino del hotel al hogar de la familia Akagi.

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Notas de la autora:

Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que actualicé este fic, igual creo que no di muchos detalles, pero es claro que se necesitan de estos momentos de calma para que llegue la acción.

No sé si podré estar por aquí con frecuencia. Trabajé un tiempo, pero aunque renuncié hace varios días, he decidido enfocarme en avanzar con la tesis, el proyecto de servicio social y el manual para un curso sobre sistemas de riego que me interesa mucho, además de que todavía estoy buscando trabajo. Mi novio también me demanda mucho tiempo.

Por todo lo anterior, solicito, igual que en muchas otras ocasiones, paciencia y comprensión. Quiero terminar esta historia y las otras que tengo en proceso, porque es como un compromiso conmigo misma: más vale paso que dure y no trote que canse.

Ojalá les guste y me sigan esperando.

Gracias.

P.D. Aunque no los respondo (por cuestiones de presupuesto) leo todos los comentarios que hace llegar a mi bandeja de entrada; esos son los que no me dejan abandonar el asunto, y en ocasiones me dan idea de cómo continuar (a propósito, se aceptan sugerencias). Muchísimas gracias por eso también.