Capitulo 12 – Soledad absoluta.
Al llegar a la casa, traté de evitar a mi madrastra: no estaba de ánimo como para discutir con ella. Subí a mi habitación silenciosamente y caí en el bálsamo de paz que era mi cama. Desde entonces, habrán pasado horas pero aquí seguía. Pensando. Pensando en mi vida. ¿Cómo había llegado a este nivel? ¿En qué momento había perdido la dignidad? ¿En qué momento había dejado que me pisotearan? ¿Cómo había llegado a ser lo que soy?
Respuestas había muchas, y todas se centraban en aquel quince de julio, hace ya cinco años atrás. Allí había comenzado todo. Ahí fue cuando me dejé pasar por encima. Ahí fue cuando mis prioridades cambiaron. Dejé de ser Bella Swan para ser la hijastra de una mujer perversa, que me tenía a su merced y, si quería, se deshacía de mí con un simple chasquido de dedos.
Hace un tiempo, condenaba el día en que mi padre y ella se conocieron. Hoy, sin embargo, lo recuerdo con nostalgia. Desde aquel día, mi padre estaba feliz y eso me gustaba de ella: hacía feliz al hombre de mi vida. Pero cuando él falleció, entonces todo cambió.
Actualmente, la veía como una gran piedra en el zapato. Ella, como un palo en la rueda, me trancaba todo. Era la causa por la cual estaba estancada en Forks: no me dejaba ser.
De todos modos, sabía que ella no era la única razón. En lo más profundo de mí ser, sentía que debía defender el patrimonio de mi padre. Que lo que él había construido en sus años de vida no se despilfarre al ton ni son, por eso estaba aquí: para custodiar la casa de mi padre, que por herencia directa me pertenecía. Sin embargo, ahora, esa casa pertenecía a Janet. Nunca entendí los motivos por los cuales era ahora su propiedad, pero los repudiaba.
Alguien tocó la puerta. Debía ser Pauline; ella era la única que tocaba, las demás pasaban sin importar mi privacidad.
- Bella, siento molestarte pero mi madre quiere la comida – dijo respetuosa. Si bien Pauline formaba parte de las bromas que solían hacerme en el instituto, en la casa se comportaba diferente conmigo, con compasión. Desde hace un tiempo empecé a sospechar que se comportaba así en el instituto para poder encajar y las actitudes que tenía en la casa eran de la verdadera Pauline.
- Ya bajo – dije medio sonriente. Había sido un día largo y solo quería poder descansar.
Al bajar las escaleras, Janet estaba sentada en el sofá mirando la televisión y Hillary hojeaba una revista con desinterés.
- Quiero mi comida – dijo Janet con soberbia sin sacar la vista de la televisión.
- Lo siento mucho, Janet, pero no he preparado nada. Estuve muy dolorida de la mano y no pude. Lo siento – dolía humillarse de este modo pero más aún dolía justificarse, como si fuese una empleada.
- Podríamos pedir una pizza – propuso Pauline. En ese momento sonó el celular de Hillary, ella respondió sonriente y con su típica voz chillona. Parloteaba incesante y no podía seguir la conversación que tenía con la persona del otro lado de la línea. Al cortar, muy feliz, dijo:
- Edward viene a comer.
Suficiente fue con haber dicho eso, que yo ya me estaba dirigiendo hacia mi habitación. No necesitaba que Janet me mandara arriba, entendía las sutiles indirectas.
Pude apreciar cómo Edward estacionaba en la acera, cómo elegantemente bajaba de su auto, cómo se dirigía hacia la puerta y, por fin, tocaba el timbre. Al parecer, en esta casa, todos adoraban a Edward Cullen. Entonces me pregunte: ¿cuántas facetas ocultas tendrá el chico popular del instituto? Estaba bastante segura que había conocido un par, entre ellas su fase violenta, golpeadora, soberbia y egoísta. Sospechaba que tenía otras más, mas no me imaginaba nada positivo que viniese de esa persona.
Afortunadamente, Pauline tuvo la amabilidad de pedir una pizza y subírmela, junto con un refresco, a mi habitación. Pensar que Edward Cullen estaba en mi propia casa, que respiraba el mismo aire que yo, me sacaba de quicio. Quería cantarle un par de verdades, pero teniendo en cuenta su violento comportamiento sabía que, de hacerlo lo menos que recibiría sería un insulto.

La mañana siguiente fue normal, tan normal como era una mañana en mi vida. Variados insultos de Hillary y Rosaline, pero lo que realmente me sorprendió fue la actitud de Edward estaba callado, pero no era la calma que había antes de la tormenta, era mucho más siniestra y asustaba un poco. Pero como siempre hacía, decidí ignorarlos. No todo lo que hacían debía afectarme, al menos en teoría.
Fue duro sin Jacob, obviamente. Él siempre era mi cable a tierra y hoy era el segundo día que se ausentaba; comenzaba a preocuparme. Sin embargo, más que llamarlo a su casa y al celular no podía: la reserva de la Push quedaba demasiado lejos para ir caminando y no contaba con un auto, obviamente.
Lo más extraño del día, sin duda, sucedió en la hora del almuerzo. Al parecer, Bean se había olvidado que tenía una amiga con la que solía comer en los almuerzos y se fue a comer con su futura novia. Ojo, no lo condenaba, al contrario me encantaba que tuviese a alguien que lo quiera, pero eso no quitaba que me sintiese sola.

De modo que con el sándwich que traía de casa, me fui al patio trasero para no tener que enfrentar las miradas curiosas en la cafetería. Fue allí donde tuvo lugar el suceso extraño, Alice Cullen se sentó a mi lado y dijo:

- Siento lo de ayer, Bella – hizo una pausa – no tendría que haberte dicho eso.
- No te preocupes, está bien – respondí sin ganas de seguir con la conversación.
- No, Bella, no lo está. No deberías dejar que te hagan esas cosas. Eres tan humana como ella y también tienes sentimientos – declaró tristemente.
- Por fin alguien que se da cuenta – sonreí irónica – de todas formas nada va a cambiar, así que…

- Solo cambiará si tú quieres. Eso lo sabes, ¿no? – dijo mientras se levantaba del banco – eso espero – agregó y se marchó.
Muy extraño, sin embargo, decidí ignorar sus comentarios como hacía con todo lo que venía de los apellidados Cullen. Aunque si hay que admitirlo, su comentario me dejó pensando bastante. Acaso, ¿estaba en mis manos cambiar esta situación? ¿Podría llegar a cambiar el pensamiento que ellos tenían hacia mí? Lo dudaba, y mucho. Ellos ya habían juzgado y era casi imposible transformar el concepto que tenían de mí. Supongo que lo único que queda es el conformismo.
El resto de la mañana pasó lenta y de manera muy aburrida. No me había vuelto a cruzar con Edward o con otro Cullen.

De esto hacía ya cuatro semanas. Desde entonces las cosas seguían igual: Jacob no aparecía, Bean pasaba de mí, Rosaline y Hillary seguían tan malas como siempre y Edward, Edward simplemente me ignoraba. Lejos de darme tranquilidad, eso me aterraba.

Más allá de todo esto, la sensación que me inundaba constantemente era la soledad. Pasó a ser mi única compañera. Donde mirara ahí estaba ella para acompañarme.

Las cosas en la casa se estaban poniendo bastantes tensas, más de lo habitual. Janet estaba particularmente agresiva conmigo, sin motivos aparentes; de hecho llegó a cachetearme un par de veces, ¿pero qué podía hacer? Sólo mantenerme callada.
El instituto seguía siendo la misma mierda de siempre, aunque hace unas semanas estaba denso, más de lo normal. Se acercaba el baile de inicio de curso y todo era pura planificación. Las chicas buscando el disfraz perfecto, ya que el baile sería una fiesta de disfraces, los hombres trataban de encontrar pareja a toda costa.

Me limitaba con verlo de afuera, estaba más que claro que no iría; de hecho desde que papá murió no fui a ningún baile escolar. Daba pena, lo sé, pero era la realidad. Jacob había tratado de convencerme en ciertas oportunidades, pero me negaba alegando que si íbamos era simplemente a pasarla mal; estaba segura que los Cullen se encargarían de eso.

Ahora que Jacob no estaba, había otra persona encargada de convencerme: Alice Cullen. ¿Quién lo diría? Desde que mi amigo decidió desaparecer de la faz de la Tierra, a mi lado siempre había un asiento vacío y Alice, con quién compartía un par de clases, se sentaba allí y me daba charla. No podía decir que éramos amigas, es decir era Alice Cullen, pero al menos tenía a alguien con quién charlar.
Mi nueva compañera no paraba de hablar del baile, del vestido que traería, el peinado y de su maquillaje. Se notaba que estaba emocionada, sin embargo no lograba entusiasmarme para nada y eso solo lograba su enojo. Tuve que explicarle explícitamente que no me podía dar el lujo de un vestido y que, además, sabía que al ir me sentiría muy sola sin Jacob y que probablemente la pasaría mal por culpa de su hermano. De momento había logrado callarla, eso era un alivio, sin duda.

Ahora mismo me dirigía al consultorio del Dr. Cullen a sacarme por fin el yeso. Estaba deseosa de poder maniobrar con ambas manos. De ese modo era todo más rápido y no me ganaría los sermones de Janet.

Al llegar al hospital me tocó esperar unos minutos en la sala de espera; al parecer el Dr. Cullen tenía muchos pacientes hoy. Luego de quince minutos, su secretaria Kristen me hizo pasar.
- Buenas tardes, Bella – saludó cordialmente, como solía hacerlo, con una enorme sonrisa de bienvenida - ¿cómo anduvo ese brazo?

- Hola Dr. Bastante bien, si contamos que me maneje con una sola mano – respondí simpática. Había descubierto que el Dr. Cullen era muy diferente a Edward, totalmente diferente. De hecho, no sabía de donde sacaba tanta maldad su hijo teniendo unos padres tan maravillosos. Lo que haría yo por tener los míos aquí conmigo…

- Me alegro. Ya que estás tan ansiosa, saquémoslo entonces – dijo mientras preparaba un instrumental que yo no conocía.

Mientras trabajaba en mi brazo, para distraerme, me preguntó:

- Aquel problema que tenías en el instituto, ¿lo solucionaste? – ¿cuál es el problema que yo tenía? Entonces recordé la mentira que había dicho para cubrir a su hijo.
- Lo estoy manejando Dr. – contesté lo más ecuánime posible.
- Puedes decirme Carlisle, Bella, si lo deseas – dijo con amabilidad – espero que no tengas más ese tipo de problemas. En caso de que los tengas, sabes que te puedo ayudar.
- Si Dr. No se preocupe – contesté medio sonriendo. Se sentía bien hablar con alguien que pensaba en una, era reconfortante.
- Esto ya está listo – dijo cuando hubo terminado – es opcional, pero si así lo deseas puedes hacer dos semanas de fisioterapia para recuperar la movilidad.
- Gracias Dr. – lo saludé sinceramente cuando me estaba yendo – un placer verlo.
- Lo mismo digo, Bella. Hasta pronto – me respondió con una sincera sonrisa.
Estaba feliz por haber recuperado mi mano. Para celebrarlo, me dirigiría a la librería a cargar libros. ¡Qué excelente celebración!, pensé con ironía.

Ojala estuviese aquí Jacob, seguramente él me llevaría a su casa, veríamos Romeo y Julieta mientras comíamos helado de chocolate. Definitivamente esa sí era una buena celebración. Me gustaría saber en dónde está mi amigo en este momento. ¿Por qué se fue? ¿Por qué me dejó sola? ¿Por qué al menos no llamaba para avisar que estaba bien? ¿Sabía él que me ponía de los nervios que no apareciera? Y si lo sabía, ¿por qué lo hacía? ¡Demonios, extrañaba a mi mejor amigo!