Todo lo adictivo que aquí leerán no salió de mi cabeza si no de la de Melissa Marr, todos los personajes que están para comérselos los creo Stephenie Meyer, robenselos a ellas. Apoyen a las autoras comprando sus libros si tienen la oportunidad.

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Capítulo 11: Adictivo

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Emmett lo sabía de sobra. Sabía que no debía permitirse estar tan próximo a una tentación. Estaba allí para mantener a salvo a los mortales de su soberana mientras Edward e Isabella buscaban al Rey Oscuro. Proteger a Jacob era fácil: el joven era lo más parecido a un hermano que Emmett había tenido jamás. Rosalie resultaba más difícil:

Emmett sabía que ni siquiera debería considerar la idea de seducir a una mortal de la cual debía cuidar.

«Esto es sólo trabajo, como cualquier otro día. Piensa en la corte, piensa en tus juramentos.»

Pero era duro pensar en la Corte de Verano, incluso en la Corte Oscura.

Emmett había sido confidente de ambos monarcas, y ahora se veía relegado a cuidador de los mortales de la Reina del Verano. Todo había cambiado desde que Edward encontró a Isabella, la mortal destinada a ser su reina, y a pesar de que Emmett se alegraba por su soberano y amigo, de repente había un vacío en su vida. Después de siglos aconsejando a Edward, Emmett no tenía ningún objetivo.

Necesitaba instrucciones. Sin eso no se sentía... iluminado por el sol.

Le asustaban aquellos pensamientos, los recuerdos de lo que era antes de incorporarse a la Corte de Verano.

Estar junto a Rosalie se había convertido en una recompensa. Y en un castigo. En las últimas semanas, el deseo inesperadamente intenso de hallarse cerca de ella estaba complicando una situación ya inestable de por sí.

Se había quedado mirándola fijamente de nuevo, y Jacob se dio cuenta.

-¿Crees que es buena idea? -le preguntó Jacob, mirando significativamente a Rosalie.

Emmett mostró una expresión cuidadosamente neutral; Jacob lo conocía demasiado bien.

-No, supongo que no -contestó.

Rosalie parecía ajena a todo, perdida en sus propios pensamientos, y Emmett deseó que los compartiera con él. Él no tenía a nadie con quien compartir realmente esas cosas. Hasta que vio a Isabella y Jacob, no había comprendido (admitido) cuánto lo ansiaba. Incluso Isabella y Edward tenían un vínculo hermoso, mientras que Emmett se sentía cada vez más desconectado de todo el mundo. Si besara a Rosalie, si la estrechara entre sus brazos y se permitiera bajar la guardia, estarían cualquier cosa menos desconectados. Ella sería suya, y desearía apretar su cuerpo contra el de él, desearía seguirla a cualquier parte.

Ahí residían la tentación y el problema con las mortales: las caricias de algunos elfos, Gancanaghs como él y como Paul una vez, eran adictivas para ellas. La naturaleza de Paul se había alterado mucho antes de que Emmett respirara por primera vez; convertirse en el Rey Oscuro lo había transformado, volviéndolo capaz de controlar el efecto de su contacto. Emmett no contaba con ese recurso; se había quedado con el recuerdo de mortales que se marchitaban y morían al faltarles su abrazo. Durante siglos, esos recuerdos le habían bastado para refrenarse.

«Hasta que apareció Rosalie.»

Apenas podía mirarla mientras caminaban. Si Jacob no estuviese con ellos... Sintió que se le aceleraba el pulso ante las imágenes que le cruzaban por la mente, ante el pensamiento de tener a Rosalie entre sus brazos. No por primera vez, se alegró de la compañía de Jacob. La calma del mortal lo ayudaba a tener presentes ciertas cosas. «Pero no siempre.»

Emmett se separó unos pasos de Rosalie, con la esperanza tal vez irracional de que la distancia reforzara su autodominio.

Edward le había estado sugiriendo que iniciara una relación con alguien ahora que la corte era fuerte, y cada día se fortalecía más, pero Emmett no creía que se viese con buenos ojos que lo hiciese con una mortal, especialmente con una a la que Isabella quería ver protegida. Su rey no le pediría que desobedeciera a su reina.

« ¿O sí?»

Emmett no tenía ninguna intención de traicionar la confianza de sus soberanos, no a propósito. Le habían ordenado que mantuviese a salvo a los mortales, y eso haría. Podía resistir la tentación.

Pero aun así tuvo que apretar el puño. El ansia de tocar la piel de Rosalie era una compulsión que no había sentido tan intensamente en siglos. Se quedó mirándola, buscando alguna pista de por qué ella, por qué ahora.

Rosalie se dio cuenta de que Emmett la miraba fijamente otra vez.

-Me estás dando un poco de repelús, ¿sabes? -le espetó.

Él pareció divertido, y el extremo de su cicatriz se frunció al esbozar una leve sonrisa.

-¿Te he ofendido?

-No. Pero es un poco raro. Si tienes algo que decir, dilo.

-Lo haría si supiera qué decir- respondió. Le puso una mano en la parte baja de la espalda y la empujó hacia delante suavemente -Venga. El club es un sitio mucho más seguro para relajarse que esto...- señaló la calle vacía -Aquí eres muy vulnerable.

Jacob carraspeó y miró a Emmett con preocupación. Luego le dijo a Rosalie:

-El club está justo al doblar la esquina.

Rosalie apretó el paso, intentando alejarse de la mano que Emmett había posado sobre su espalda. Pero no sirvió de nada: él avanzó al mismo ritmo que ella.

Cuando giraron la esquina, Rosalie vio un oscuro edificio y sintió un ramalazo de pánico. No había ningún letrero, ni carteles, ni gente en la calle, nada que indicara que el edificio que tenían enfrente no estaba abandonado. «Debería estar muerta de miedo», pensó. Pero no lo estaba, y no comprendía por qué.

-Ve hacia el portero -dijo Emmett.

Rosalie volvió a mirar. Plantado ante el edificio había un tipo musculoso con la mitad de la cara cubierta con un intrincado tatuaje. Las espirales y líneas desaparecían debajo de un cabello azabache. La otra mitad del rostro estaba intacta. El único adorno era un pequeño piercing negro con forma de colmillo en el labio superior, que hacía juego con otro de color blanco en la comisura de la boca del lado tatuado.

-¿Edward está de acuerdo con que ella entre aquí? -El hombre señaló a Rosalie, y ella se dio cuenta de que lo estaba mirando sin pestañear, en parte porque no entendía cómo no había advertido que junto a la puerta había alguien como él.

-Es amiga de Isabella -dijo Emmett- Y en esta ciudad empieza a haber demasiada gente desagradable. La... -Hizo una pausa y arrugó la cara en una sonrisa sardónica- Isabella está con Edward.

-Entonces, ¿A Isabella y Edward les parece bien esto? -insistió el portero.

Emmett le aferró el antebrazo.

-Ella es mi invitada, y el club debe de estar casi vacío, ¿no?

El portero sacudió la cabeza, pero abrió la puerta y le hizo un gesto a un muchacho menudo y musculoso con las rastas más increíbles que Rosalie había visto jamás. Eran gruesas y bien formadas, y le colgaban alrededor de la cara como la melena de un león. Durante un momento, Rosalie pensó que era una auténtica melena leonina.

-Tenemos una nueva invitada -le dijo el portero al rastafari en cuanto éste salió.

El muchacho se acercó más y se sorbió la nariz. Emmett frunció la boca como si gruñera.

-Es mi invitada -dijo.

-¿Tuya? -La voz del rastafari era baja, áspera, como si se alimentara de cigarrillos y licor.

Rosalie abrió la boca para protestar por el tono posesivo de Emmett, pero Jacob le puso una mano en la muñeca y le hizo un gesto con la cabeza.

-Mi manada está aquí dentr... -empezó el rastafari.

Jacob carraspeó.

-Ve a decírselo -ordenó el portero, mientras abría la puerta e indicaba al joven que volviese dentro. Luego se dirigió hacia ellos-. Esperen dos minutos.

Transcurrieron unos incómodos momentos hasta que la tensión resultó insoportable para Rosalie.

-Si esto es mala idea... -empezó.

Pero la puerta se abrió de nuevo, y Jacob se internó en el oscuro edificio.

-Vamos -le dijo Emmett.

Rosalie dio unos pocos pasos antes de detenerse, sin saber qué hacer o decir. La poca gente que había en el local llevaba trajes extraños y vistosos. Una mujer pasó por su lado con enredaderas alrededor de los brazos; la planta parecía florecer.

«Como las obras vivientes del museo», pensó Rosalie. Un par de personas lucían alas emplumadas. Otros tenían la cara azul y dientes deformes, no como las dentaduras de vampiro para Halloween, sino dientes irregulares y picudos como de tiburón.

Emmett estaba a su lado, apoyándole una mano en la espalda de nuevo.

Bajo las extrañas luces azules del club, sus ojos parecían reflectantes; su cicatriz era un tajo negro.

-¿No pasa nada si nosotros no llevamos disfraz? -le susurró Rosalie.

Emmett se echó a reír.

-No hay problema. Ellos visten así a diario.

-¿A diario? ¿Son como esos grupos de jugadores de rol?

-Algo así -Jacob tomó una alta silla. Como el resto del mobiliario, era de lustrosa madera. En el club tenuemente iluminado todo semejaba estar hecho de madera, piedra o cristal.

Al contrario que el exterior deslucido, el interior del local era cualquier cosa menos ruinoso. El suelo resplandecía como mármol pulido. A lo largo de una pared de la sala había una barra negra. No era de madera ni de metal, pero parecía demasiado gruesa para ser cristal. Cuando las luces giratorias del club incidieron sobre la barra, Rosalie percibió destellos de color (púrpuras y verdes) en la superficie.

Soltó un grito ahogado.

-Obsidiana -dijo una voz ronca junto a su oído-. Tranquiliza a los clientes.

Al lado de Rosalie había una camarera, vestida con un traje de piel con relucientes escamas plateadas en piernas y brazos. La mujer la rodeó y le olfateó el pelo.

Rosalie dio un paso atrás para separarse de ella. Aunque Jacob y Emmett no habían pedido todavía, la camarera les sirvió la bebida: un vino de color dorado para Emmett y una cerveza artesanal para Jacob.

-¿Aquí no exigen la mayoría de edad? -preguntó Rosalie, echando un vistazo a la sala. Toda la gente ataviada con traje bebía, aunque le pareció que algunos eran más jóvenes que ella.

El rastafari estaba con otros cuatro muchachos de rastas castaño claro. Compartían una jarra que parecía llena del mismo vino dorado que tomaba Emmett.

« ¿Una jarra de vino?», se extrañó Rosalie.

-Ahora ya vez por qué prefiero venir aquí -dijo Emmett- Jacob no puede relajarse igual en El Nido del Cuervo, y en ningún otro lugar tienen mi cosecha favorita. -Levantó su copa y dio un sorbo.

-Bienvenida al Rath, Rosalie. -Jacob se recostó en la silla y señaló la pista de baile, donde danzaban algunas personas de aspecto casi normal-. Más raro que ninguno de los sitios que verás jamás... si tienes suerte.

La música aumentó de volumen, y Emmett dio otro trago.

-Podrías relajarte más, Jacob -dijo-. Algunas chicas...

-Vete a bailar, Emmett -repuso el joven- Si no sabemos nada de Isabella en las dos próximas horas, tendremos que llevar a Rosalie al trabajo.

Emmett se puso en pie. Dejó la copa medio llena en la mesa e hizo un gesto hacia la pista.

-Baila conmigo, Rosalie.

Ella sintió un leve deseo de rechazarlo y, simultáneamente, un impulso por ir hacia el grupo de gente disfrazada que danzaba casi como loca. La música, el movimiento, la voz de Emmett... todo la atraía, tiraba de ella como si fuese una marioneta con demasiados hilos. Allí, en medio del tropel de cuerpos ondulantes y movedizos, encontraría placer. Un mar de deseo y risas flotaba en la pista de baile, y Rosalie quería nadar en él.

Para ganar un poco de tiempo que la ayudara a sosegarse, agarró la copa de Emmett, pero estaba vacía. Se quedó mirándola boquiabierta, y le dio vueltas sujetándola por el frágil pie.

-Nosotros no bebemos por rabia o miedo. -Emmett puso su mano sobre la de ella, de modo que ambos sostuvieron la copa.

No era rabia ni miedo lo que sentía Rosalie, sino anhelo. Pero eso no iba a decírselo. No podía.

La camarera se materializó detrás de ellos. En silencio, inclinó una pesada botella sobre la copa que Rosalie y Emmett sujetaban. A tan corta distancia, el vino parecía tan denso como la miel. Relucieron espirales de color iridiscente mientras se llenaba la copa. Era tentador, y su aroma era más dulce y delicioso que cualquier cosa que Rosalie conociera.

Sin soltar la mano de ella, Emmett se acercó la copa a los labios.

-¿Te gustaría compartir mi bebida, Rosalie? ¿Cómo amigos? ¿A modo de celebración? -La observó mientras bebía un sorbo.

-No, no le gustaría -terció Jacob, empujando su cerveza a través de la mesa -Si Rosalie quiere beber algo, será de mi vaso o de mi mano.

-Si quiere compartir mi vino, Jacob, es su elección -Emmett bajó la copa, sujetando todavía la mano de Rosalie.

La bebida, el baile, Emmett... eran demasiadas tentaciones para Rosalie. Y las deseaba todas. A pesar del extraño comportamiento de Emmett, deseaba caer en ese placer. Los miedos que la habían atenazado desde la violación estaban remitiendo últimamente. «La decisión de hacerme un tatuaje lo ha hecho posible: me ha liberado», pensó y se lamió los labios.

-¿Por qué no? -dijo.

Emmett alzó la copa hasta que el borde tocó los labios de Rosalie, tanto que su pintalabios dejó una marca en el cristal, pero no la inclinó, no vertió aquel vino de rara dulzura en su boca.

-Cierto, ¿Por qué no? -Jacob suspiró. -Piénsalo, Emmett. ¿De verdad quieres cargar con las consecuencias?

-Ahora mismo, no se me ocurre nada que quiera más, pero... –Separó la copa de los labios de Rosalie y la giró hasta que la marca de carmín quedó delante de su propia boca- Pero tú te mereces mucho más respeto, ¿Verdad, Rosalie?

Apuró la copa y la dejó en la mesa, aunque no soltó la mano de la muchacha.

A Rosalie le entraron ganas de huir. La mano de Emmett seguía aferrando la suya, pero su atención ya no era tan intensa. Su confianza en sí misma vaciló. Quizá Isabella tenía buenas razones para mantenerla alejada de la familia de Edward: Emmett alternaba entre fascinante e incomprensible.

Se humedeció los labios, repentinamente secos, sintiéndose rechazada.

-¿Sabes?- dijo tras liberar la mano -No sé a qué estás jugando, pero tu juego no me interesa.

-Tienes razón- Emmett bajó la vista -No pretendo... No quiero... Lo lamento. Últimamente no soy yo mismo.

-Da igual- Rosalie retrocedió, pero él la tomó suavemente de ambas manos, de modo que pudiera soltarse si quería.

-Baila conmigo- insistió -Si luego sigues disgustada, Jacob y yo te acompañaremos a casa.

Rosalie miró a Jacob. Estaban en un club que ella ni siquiera sabía que existiera, rodeados de personas con trajes estrafalarios y extraño comportamiento, y aun así parecía tranquilo. «Al contrario que yo.»

Jacob se tiró del aro que llevaba en el labio y lo giró hacia dentro, como hacía cuando estaba pensativo. Luego señaló la pista.

-Bailar es bueno- reflexionó -Pero no bebas nada que te ofrezca Emmett o cualquier otra persona, ¿Vale?

-¿Por qué?- Rosalie se obligó a hacer la pregunta, pese a su aversión a preguntar, a saber.

Emmett y Jacob no respondieron. La muchacha pensó en insistir, pero la música la atraía, la invitaba a dejarse ir, a olvidar sus dudas. Las luces azules que brillaban desde todos los rincones del local giraban en el suelo, y Rosalie quiso girar con ellas.

-Por favor, baila conmigo. -La expresión de Emmett era de necesidad, de deseo y complicidad.

Rosalie pensó que no valía la pena rechazar aquella mirada por una pregunta... o por una respuesta.

-Sí -contestó.

Y entonces Emmett la hizo girar entre sus brazos hacia la pista.

xoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxo

Pobre, pobre Emmett.

¿Qué creerán que hará después de esto, se dejará llevar por la tentación, o no caerá?

Déjenme un pequeño review para saber que piensan