Capítulo 12. Culpas
.
El cielo se teñía de negro, mientras la familia Ardley se encontraba en el hospital Saint Joanna, inquietos, sollozando, por la mujer que todos creían casi inmortal, y que habían visto desfallecer frente a sus ojos.
- Albert, Archie… llamó Candice al salir de la sala de examen junto al Médico.
- ¡Candy! ¿Cómo está mi tía? Preguntó el rubio con urgencia.
- Albert, tranquilízate, dijo la joven tomando su mano suavemente.
- Señor Ardley, soy el Doctor Thomas, interrumpió el médico. La señora Ardley, se encuentra estable, tuvo un pre-infarto, pero afortunadamente y gracias a la señorita Candice llegó a tiempo. Se quedará en el hospital un par de días en observación y luego podrá volver a su hogar.
- ¿Estará bien? ¿No habrá problemas?, inquirió con apuro.
- Sólo necesitará descansar y tener cuidados básicos, no es recomendable que pase por emociones fuertes. Afortunadamente su edad ayuda, es una mujer fuerte con mucho por vivir, sentenció.
Todos miraron incrédulos ante la afirmación del médico. Y Candy sonrió como si escondiera un secreto. ¿Es que acaso la tía abuela no era tan anciana como todos pensaban?
- Por ahora podrán entrar de a uno a verla, no más de cinco minutos, necesita descansar.
- Si doctor, muchas gracias, dijo Albert un poco más tranquilo, pero desconcertado como todos los demás, hecho que para Candice y George fue más que evidente.
Candy guió a Albert, Archie, Annie e incluso a la misma señorita Elliot a visitar a la señora Elroy. Por alguna razón sentía que debía estar con ella, darle unas palabras de aliento y decirle que las Elroy son fuertes y eso no era más que un pequeño tropiezo, pero cuando llegó su turno, los medicamentos habían terminado por hacer su efecto y había caído profundamente dormida.
- Albert, creo que será mejor que me retire, si no les molesta mañana vendré a ver cómo está la señora Ardley, dijo la mujer.
- Elroy, te lo agradezco, pero no tienes por qué hacerlo.
- Lo sé, pero me preocupa y quiero saber cómo se encuentra. Además cuando esté recuperada me gustaría visitarla para conversar sobre Escocia, dijo con entusiasmo.
Albert sonrió - Muchas gracias Elroy, dijo tomándole ambas manos con gentileza y genuino agradecimiento. Estoy seguro de que a ella le gustará mucho compartir contigo algunos recuerdos de Escocia, es una tierra que ama con su vida.
La mujer asintió sonriente - Bueno, es hora de retirarme.
- Permítame llevarla a su hotel, interrumpió George.
- ¡Oh! Si no es mucha la molestia, dijo con un leve sonrojo.
George sonrió. - Le aseguro que no es ninguna molestia, dijo ofreciéndole su brazo para escoltarla.
- William, Archie, Señoritas, con su permiso, dijo para retirarse. - William, luego volveré a la mansión, nos vemos allá.
Albert asintió, observando con deleite al igual que los demás, aquella reacción en George, era la primera vez que podía ver en su mirada un brillo especial, similar al que había podido apreciar cada vez que recordaban a su querida Rosemary.
- Albert, creo que es mejor que se vayan a descansar, podrán visitar a la tía abuela mañana, dijo Candy sacándolo de sus pensamientos.
- ¿A qué se refería el médico con que la edad de la tía era una ayuda? Preguntó Archie de pronto.
Candy rió divertida.
- ¿Qué edad creen que tiene la tía abuela?
- Seguro más de 100, dijo Archie, mirando con inocencia ante su suposición.
- ¡Archie! No seas así, es tu tía abuela, le retó Annie
Albert estaba pensativo, nunca se había puesto a analizar la edad de su tía, sabía que era menor que su padre pero para él, y sus recuerdos más recientes, siempre la vio como una abuela, aunque sacando las cuentas, no podía serlo tanto, su padre en ese momento no tendría más de 60 años.
- La tía abuela tiene 55 años, dijo Candy de pronto.
- ¿Qué? ¡No puede ser posible!, exclamó Archie incrédulo.
- Esa es su edad, si no me creen pueden preguntarle a ella mañana, dijo sonriente para luego murmurar… Debió sufrir mucho.
Albert tomó su mano y la apretó con suavidad. Ellos sabían que había sufrido por amor, pero no imaginaban que la había afectado tanto como para llegar a verse tantos años mayor. Era como si su energía se hubiese perdido y ella se hubiese entregado a un destino sin luz ni alegrías. Como si se hubiese decidido a vivir sin una razón real para luchar. Derrotada.
- Si, algo debió sucederle que la hizo darse por vencida, dijo Annie con tristeza.
Los demás asintieron.
- Candy, ¿por qué no vienes con nosotros a la mansión?, preguntó Albert
- No puedo.
- ¿Por qué?, preguntó contrariado. - La tía no estará, mañana podemos volver a visitarla todos juntos.
- Porque me quedaré aquí con ella, ya hablé con el doctor y está de acuerdo. Seré su enfermera, sonrió.
.v.v.v.v.v.v.v.v.v.v.
- Señorita Elliot, lamento todo lo sucedido hoy, dijo George apenado.
- George, llámeme Elroy, sonrió coqueta. Y no tiene de qué preocuparse, lamento lo que le pasó a la señora Elroy, se nota es una persona que ha sufrido mucho en su vida, dijo con tristeza.
- ¿Cómo sabe eso? Preguntó desconcertado.
- Se puede ver en su mirada, respondió con honestidad. Al igual que puedo ver que usted también sufrió, pero ha sabido sobrellevarlo, sonrió.
George se quedó observándola por un segundo. - Usted es diferente a todas las mujeres que he conocido, le dijo honesto. -Quiero decir, no es que conozca a muchas mujeres, añadió nervioso, causando una risita en la mujer. - Lo que quiero decir es, que usted es una dama observadora, segura, inteligente, honesta y se presenta ante los demás como tal, no solemos ver mujeres con tales características en éste mundo, la mayoría prefiere no meterse en materias de negocios y solo se dedican a buscar a un hombre con quien asentarse, y vivir aparentando para esta sociedad.
Elroy sonrió tímida. - Tiene razón, vivir aparentando no es algo que quiera, mi padre me enseñó a trabajar duro para conseguir lo que tenemos, a mirar a todos por igual y también me enseñó que la sociedad nos puede jugar malas pasadas, y aunque a veces pueda ser más fácil, prefiero vivir siendo fiel a mí y a mis orígenes. Aunque, eso no quiere decir que eventualmente no me dedique a buscar un hombre con quien asentarme, añadió con cierta coquetería. Nada me gustaría más que encontrar a un hombre con quien despertar día a día, amarnos, acompañarnos, con quien formar una familia y poder vivir plenamente, dijo con ensoñación.
George la observaba cautivado.
Elroy suspiró. - Supongo que me dejé llevar, dijo divertida.
- Refrescante, es usted una mujer verdaderamente refrescante, asintió con deleite en su mirada. - ¿Paso por usted mañana? Preguntó dubitativo. - La puedo llevar al hospital a ver a la señora Ardley y luego podemos ir a las oficinas a afinar detalles de la nueva alianza, propuso.
- Quizás… podríamos ir desayunar primero, dijo con timidez.
George la miró sorprendido, pero con calidez recibió aquella propuesta.
- Nada me gustaría más, afirmó.
.v.v.v.v.v.v.v.v.v.
En el cuarto, que era prácticamente igual al que Candice bien conocía en el hospital St. Joseph, observaba por la ventana, rememorando aquella primera vez en la que tenía que trabajar como una real enfermera. Los recuerdos de ese momento causaron en ella una pequeña risa y unas cuantas lágrimas.
- ¿De qué te ríes Candice? ¿Qué no sabes la hora que es?, interrumpió una voz severa y familiar.
- ¡Tía Abuela! Dijo Candy con alegría al verla mejor.
- Candice no es necesario tanto alboroto, dijo la dama.
- Lo siento tía abuela, dijo guiñando un ojo y sacando la lengua, como si hubiese hecho una travesura. - Me alegra tanto verla mejor, dijo con una gran sonrisa.
La dama no pudo evitar sonreír ligeramente, podía notar la sinceridad en Candice. Si había algo de lo que jamás podría discutir, era eso, Candice con su mirada no podía ocultar sus sentimientos, aunque en tiempos no tan lejanos, ella se empeñara en creer todas las cosas que Eliza le hablaba acerca de Candy, de lo manipuladora y mentirosa que era, en el fondo sabía que no era así, Candice era sincera como pocas personas podían serlo.
- ¿De qué te reías? Preguntó de nuevo la dama, intentando no verse conmovida por la reacción de Candice.
- Pues, estaba recordando la primera vez que tuve que atender a un paciente en una habitación como ésta, suspiró. - Cuando estaba estudiando para ser enfermera, mi compañera, se quejaba constantemente de él. La verdad es que siempre se quejaban de los pacientes de estas habitaciones, usted sabe, la gente con dinero puede tener muy poca delicadeza y modales cuando se lo proponen, dijo con seriedad sin darse cuenta de sus palabras.
Elroy la observó con cuidado.
- Ups, lo siento tía abuela, no me refería a… dijo finalmente agachando su cabeza.
- Sé perfectamente a lo que te referías Candice, sin embargo, no puedo decir que estés equivocada, dijo con voz suave. - Ahora continúa Candice.
Candy la miró sorprendida, no podía creer que la tía abuela quisiera escuchar su historia. ¿Estaban conversando?, aun atónita. Solo atinó a continuar su relato, cuando escuchó a la dama insistir. - ¿Quién era ese paciente Candice?.
- Lo siento, sonrió. - Cuando escuché a las otras enfermeras hablar de que éste paciente era un anciano, millonario que poseía muchas casas y negocios en la zona, y que además vivía en una gran mansión cerca del lago, lo primero que cruzó por mi cabeza fue el "Tío abuelo", rió.
Mi corazón se aceleró, y solo podía pensar en que quizás sería él. Pensar que por fin podría conocer al misterioso hombre, que me abrió las puertas de su hogar y a su familia, y que dio tanto por mí. Quería agradecerle tanto.
Cuando escuché que pedía que lo llamaran "Sir William". Estaba segura, era él, no había dudas, y sin pensarlo, me ofrecí para cuidarlo aunque recién comenzaba la escuela. Al principio el doctor que lo cuidaba no quería, era un paciente delicado, tenía problemas del corazón y llevaba tiempo en el hospital, sin mostrar signos de recuperación. Además, era cascarrabias y espantaba a todas las enfermeras.
El primer día que tuve que cuidarlo, ¡casi le provoco un infarto!, exclamó.
- No dudo que tuvieses ese efecto Candice, dijo la dama con cierta diversión.
Candy hizo nuevamente ese gesto que la culpaba de sus travesuras.
- Apenas lo vi, le dije lo agradecida que estaba de todo, no podía contener mis lágrimas, pero él me miraba como si estuviera loca, de hecho, me dijo que era una psicótica, rió. - Le dije, tío abuelo William, ¿no me reconoce?, soy Candice White Ardley, soy su hija adoptiva. ¿Sabe que me respondió?. Candy intentó imitar su voz, "Sólo escuchar el apellido de Ardley me provoca nauseas", pero no fue hasta que me regañó por llamarlo tío abuelo William, y me dijo que lo llamara Sir William o Sir MacGregor, que caí en la cuenta, rió una vez más.
- Ese William MacGregor, nunca entenderé porqué nos odiaba tanto.
- ¿Lo conocía? Preguntó Candice sorprendida.
- Sí, y era un verdadero fastidio, respondió la dama.
Candy sonrió. - Si lo era, dijo con sus ojos cristalizados.
- Los días pasaron y parecía que él disfrutaba haciendo de mi vida un infierno. Cada día parecía estar peor, hasta que los médicos dijeron que no había mucho que hacer, pero Sir William continuaba llamando a Mina, pensé que sería su mujer o su hija, y decidí ir a buscarla, no podía dejar que él se fuera sin poder ver a la mujer por quien sollozaba en los sueños.
Elroy la miraba absorta, analizando cada gesto en ella.
- Cuando llegué a su casa, me encontré con la sorpresa de que Mina, era su perra. ¿Puede creerlo?, y bueno, contra todas las reglas del hospital, llevé a Mina a la habitación de su amo. ¡Su recuperación fue casi instantánea! Su energía parecía renovada, comenzó a salir al jardín, conversábamos largamente, me pidió disculpas por lo sucedido cuando recién nos conocimos, y me dijo que solo conocía al tío abuelo por rumores… pero me aseguró que debía ser una muy buena persona, si me había adoptado… sonrió.
Es increíble lo que esa perra hizo, él decía que Mina era mejor que muchas de las personas que él conocía, y la trataba como si fuese su hija, quizás para muchos sea extraño ese vínculo con un animal, pero, él la amaba, y eso le dio fuerzas para estar mejor… incluso prometió llevarme con él y Mina a pescar… dijo con su voz a punto de quebrarse.
- ¿Qué sucedió?
- Sir William falleció. En uno de nuestros paseos, simplemente se sintió cansado, cerró sus ojos y se dejó ir… fue mi primer paciente y mi primera pérdida, dijo dejando caer una lágrima. - De verdad llegué a quererlo como a un abuelo, dijo.
- Lo siento, dijo con pesar. ¿Y Mina? Preguntó la dama con curiosidad.
Candy sonrió. - Mina vive en el hogar de Pony. No podía dejarla sola, sabía lo cercana que era a su amo, y decidí llevarla al hogar, allí los niños cuidarían de ella y no se sentiría sola.
La dama asintió. - La soledad es una cruel compañía.
- Nadie merece estar solo, todos necesitamos a alguien a nuestro lado, dijo tomando suavemente la mano de Elroy.
Ella sonrió suavemente.
.v.v.v.v.v.v.v.v.v.v.
Un nuevo día llegó asombrosamente rápido, en la mansión Ardley, todos se preparaban para ir al hospital a visitar a la tía abuela.
George había hablado con Albert en la noche sobre sus planes para esa mañana, y aunque con desagrado le había encomendado avisar a los Leagan de la situación de su tía, Albert no podía estar más gustoso de lo que seguiría en el camino de George. Si bien ellos eran cercanos, y su relación pasaba de ser casi como la de un padre y un hijo, a ser una relación de hermanos, George era sumamente reservado, y jamás hablaba con él sobre temas amorosos, al menos no sobre temas que lo afectaran directamente. Albert solo sabía de una mujer en el corazón de George, su hermana Rosemary, y sabía bien cuanto había sufrido por ella, a pesar de que nunca confesó sus sentimientos.
Nada lo podía alegrar más, que ver al hombre en que confiaba ciegamente y lo apoyó por tantos años, tener la ilusión del amor en su vida. Y esperaba con toda la fe del mundo, que esta vez si se pudiera concretar para George aquello. Aquel hombre merecía ser feliz, merecía amar y ser amado por una mujer extraordinaria, merecía una familia propia y poder emprender su propio camino.
- Archie, Annie, ¿están listos? Preguntó Albert en voz alta desde la sala.
Ambos jóvenes llegaron al lugar riendo y dándose miradas cómplices.
-Vamos ya, quiero saber de la tía abuela y ver a Candy, dijo con apuro.
Al llegar al hospital, los tres jóvenes se dirigieron rápidamente al ala de cuidados intensivos, allí se encontraron con el doctor Thomas, que acababa de terminar su ronda.
- Señor Ardley, buenos días.
- Doctor Thomas, dijo dándole la mano. ¿Cómo se encuentra mi tía?
- La señora Elroy está muy bien, Candice hizo un excelente trabajo como enfermera, si sigue así, posiblemente mañana la demos de alta. Su presión y pulso se han mantenido estables y se le ve de muy buen ánimo. Como les dije ayer, es una mujer muy fuerte. Si quieren, pueden pasar a verla, aunque es preferible que al igual que ayer, pasen de a uno, ella necesita descansar y debemos evitar al menos por ahora que se agite de manera innecesaria, respondió el médico.
Albert asintió agradecido.
- ¡Adelante! Exclamó Candy al escuchar los suaves golpes en la puerta.
- Candy, saludó Albert abrazándola y besando su frente.
La rubia respondió al abrazo y dio un suspiro, amaba sentirlo entre sus brazos y lo extrañaba tanto, desde que habían confesado su amor, estar separados podía ser una verdadera tortura.
- Albert, susurró. - Ven pasa, la tía abuela te estaba esperando, dijo sonriente.
- William, me alegro que vinieras, lamento arruinar la cena, dijo apenada.
- Pero qué dices tía. Me alegro verte bien, dijo abrazándola suavemente. - Nos tenías asustados, pensamos que te perderíamos, dijo intentando contener la pena.
- Oh William, dijo correspondiendo al abrazo. - Lamento tanto todo lo que ha pasado, dijo con sinceridad.
Él sonrió, se sentía feliz de ver a su tía bien, el susto que había pasado lo había consumido, si bien, el día anterior el médico les había dicho que ella estaría bien, la preocupación por quien fuera para él una segunda madre fue mayor, apenas y pudo conciliar el sueño, y de algún modo se sentía culpable, quizás si no le hubiese obligado a estar en esa cena con él y con Candy, si no hubiese puesto la presión de su presencia ante ella, tan pronto, tan cercano a lo que había acontecido en Lakewood, ella no estaría en el hospital.
- Lo sé tía, yo también, lamento todo esto que ha pasado. Si yo no te hubiese obligado a estar en la cena, si yo no te hubiese pedido… quizás… si te hubiese permitido alejarte de nosotros…
- William, no sigas, por favor. Sé lo que sientes... no es tu culpa, nada de lo que pasó anoche fue por ti o por Candice, simplemente sucedió, nadie tuvo la culpa…
Al ver la escena Candy, entendió la preocupación de Albert, ni por un segundo lo había pensado y ahora era algo que la perseguiría. ¿Habría tenido ella culpa de lo que le sucedió a la tía? No tenía sentido del todo, si así hubiese sido, habría habido indicios de su malestar en cuanto la vio o el día anterior en Lakewood. Sin embargo, no había sido así, la cena había transcurrido tranquilamente, al menos hasta que la señorita Elroy hablaba de su padre. Pero ¿por qué eso causaría en la señora Ardley tal reacción? No, nada calzaba, según sabía no había historia previa de alguna afección cardiaca, y ahora la idea de que ella fuese de algún modo causante de ello, la afectaba. Pero no era el momento de ver culpas, había que enfocarse en la tía abuela y su recuperación, y para ella no era bueno ver a su sobrino así, culpándose.
- Albert… llamó Candy con suavidad al tiempo que apoyaba su delicada mano en la espalda de él. - ¿Por qué no vamos por un café?, te ves cansado y la tía abuela también necesita descansar, dejemos que Archie la vea mientras, dijo con suavidad.
- Si está bien, respondió comprendiendo su intención. No era el momento de cuestionar nada, ahora más que nunca su tía debía estar tranquila.
Albert dirigió una mirada de disculpa a su tía, y besó su cabello plateado con delicadeza.
La dama asintió con ternura y luego miró a Candy, agradecida por la intervención. Ahora era ella la que se sentía mal por causar aquella congoja en William. No había sido la causa, ni él, ni Candice, pero no podía decirle, no podía reconocer que la impresión de escuchar aquel nombre una vez más, la había hecho casi desvanecer de dolor y tristeza.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, e intentó con todas sus fuerzas contenerlas al sentir la puerta abrirse y escuchar a Archie acercarse. Con rapidez, secó sus lágrimas y saludó a su sobrino, que aparentemente no se había dado cuenta de nada.
- ¡Tía abuela! Exclamó Archie, abrazándola como de costumbre.
- Archie, susurró respondiéndole al abrazo.
- Nos tenías muy preocupados tía, pero sabía que eres un hueso duro de roer, eres fuerte como una roca, sonrió entusiasta.
La dama rió suavemente.
- En serio tía, nos tenías preocupados. ¡No vuelvas a asustarnos así nunca más! le dijo con una mirada de súplica y una caricia tierna en sus manos.
- Te lo prometo, dijo la señora, sujetando la mano de Archie entre las suyas.
Ambos se quedaron un momento en silencio, mientras la dama acariciaba el cabello de su sobrino tal y como solía hacerlo cuando pequeño.
.v.v.v.v.v.v.v.v.v.
En la pequeña cafetería del hospital, Candy y Albert se encontraban sentados sin decir palabra, bebiendo una taza de café. Ensimismados, la adrenalina del día anterior había pasado y ahora les había llegado el momento de los cuestionamientos. ¿Es que nunca dejarían de cuestionarse todo? ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado para ellos? ¿Por qué no se puede ser feliz y ya? Pensaban.
- Crees… ¿crees que lo que le sucedió a la tía abuela fue por mi presencia?, preguntó Candy rompiendo el silencio que había entre ellos.
- No lo sé, respondió sincero. Creo que todo ha sido demasiado para ella, tanta presión, las discusiones, sus recuerdos. Quizás la presioné demasiado ayer y no resistió, dijo cubriendo sus ojos con las palmas de sus manos, confundido por todo.
Candy asintió, sin despegar la mirada de su café, insegura de todo. Era demasiado abrumador.
- Es todo tan confuso, la tía pudo haber muerto, y ahora, pensar que pude tener que ver con ello, no lo sé, nada tiene sentido, estaba bien, y de pronto… no lo sé, suspiró acongojada.
Ambos jóvenes continuaron en la mesa, por un rato más, en silencio. Albert acariciaba con ternura la mano de Candy, y ella se aferraba a la de él, buscando respuesta a sus pensamientos, buscando un apoyo. Los minutos avanzaron eternamente, hasta que Archie y Annie rompieron aquella burbuja.
- ¿Qué hacen? Los estábamos buscando, interrumpió Archie.
- Estábamos tomando un café, respondió Candy.
Archie arqueó una ceja. - No me parece que en estos 40 minutos hayan bebido más de dos sorbos, respondió indicando las tazas casi llenas.
- Vamos, la tía está muy bien, no tienen de qué preocuparse, seguramente mañana estará con nosotros de vuelta en la mansión y todo volverá a ser como siempre, dijo el castaño. Aunque… me dio la impresión de que la tía cambió, no sé si lo notaron, pero su voz era suave y no miraba como si estuviese a punto de reprocharnos algo.
- Si tienes razón, anoche conversamos un poco, ella despertó y me pidió contarle sobre aquella vez en que confundí a mi paciente con el tío abuelo William, dijo Candy sonrojándose.
- ¿La tía te pidió que le contaras sobre ti? Preguntó Archie incrédulo. - Vaya, eso sí que es un cambio. Quizás todo lo que sucedió no sea tan malo después de todo, quizás se dio cuenta que pudo haber muerto, y ha decidido enmendar su vida.
Albert sonrió con ironía. - Dices eso como si la tía fuese un monstruo Archie.
- A veces puede serlo.
- ¡Archie! Exclamó Annie llamando su atención.
- La tía abuela ha pasado por cosas que nosotros desconocemos, ella no es una mala persona, solo ha tenido una vida difícil y ha tenido que luchar por nosotros a costa de su propia felicidad, estar a la cabeza de una familia como la nuestra no es fácil Archie. No lo es, y la tía ha estado en ese lugar por tantos años, siempre buscando lo mejor para todos, aunque para nosotros sea casi imposible de entender sus razones. Sé que nada lo hace con mala intención, dijo Albert.
Todos se quedaron pensativos, la verdad es que nadie la conocía, ella no se abría con nadie, solo sabían que podía ser la mujer más severa, pero los quería como si fuesen sus hijos y la querían también por ello, aunque los conflictos eran casi a diario.
Quizás George tenía razón, pensaba Albert, no se puede amar a alguien y esperar no sufrir en el proceso, y seguro eso se podía aplicar a todo tipo de amor. No es fácil amar.
La hora de volver a sus rutinas llegaba, y con ello la despedida de Albert y Candy, al menos hasta la tarde, cuando volvieran a ver la dama. Ella se quedaría en el hospital, Candy era una profesional y sobre todo una mujer con un gran corazón, y si de ella dependiera el bienestar de la tía abuela, no se movería ni un segundo de su lado para asegurarse de ello.
George y la señorita Elroy, llegaban al hospital. Con agilidad, ambos caminaron por los largos pasillos para dirigirse al ala correcta donde se encontraba la matriarca.
Las risas entre ambos y sus miradas, eran evidentes para todos quienes los veían caminar juntos del brazo. Parecían una pareja, y verlos así sorprendió a todos en el lugar.
- George, Elroy, buen día, veo que han tenido un buen momento, dijo Albert sonriente, provocando un sutil sonrojo en el hombre.
- Buen día, William, Archie, señoritas, dijo George recuperando su solemnidad habitual.
- ¡Buen día! Exclamó. - Ha sido una mañana muy placentera, George es un hombre muy divertido, afirmó. - William ¿Cómo está la señora Ardley?, quisiera verla si se puede.
Albert asintió. - Ella está bien, si sigue así posiblemente mañana pueda volver con nosotros, pero por ahora tiene que descansar. Nosotros estábamos por irnos, pero volveremos en la tarde.
- Si gusta señorita Elroy, puedo ver si la tía abuela está despierta y la acompaño a verla, dijo la rubia.
Elroy asintió.
- Bueno pequeña, te veré en la tarde, dijo besando su frente. George, Elroy, nos vemos en la oficina, hasta más tarde, dijo retirándoseescoltado por su sobrino y Annie.
.v.v.v.v.v.v.v.v.v.v.v.
- ¿Tía abuela? Llamó Candy con suavidad.
- ¿Candice?
- ¿Cómo se siente? Preguntó, mientras se acercaba a ella a registrar su pulso.
- Bien Candice, gracias, respondió
- Tía Abuela, la señorita Elliot vino a visitarla, anoche estuvo aquí, pero usted se había quedado dormida, ¿le digo que pase?, preguntó, pero la expresión de sorpresa y dolor que se cruzó por el rostro de la dama fue evidente.
- ¿Sucede algo?, preguntó Candy con temor al ver su expresión.
Era imposible para Candy no notarlo, ¿acaso se conocían?, si era así, ¿de dónde? Ahora todo se volvía más evidente y a la vez confuso. Sin duda, aquella mujer compartía con la matriarca algo más que su peculiar nombre. Pero porqué esa reacción, por qué el dolor en su rostro. Ahora estaba segura de que ella no era la causante de su afección, si no que había otros fantasmas en su vida, y la señorita Elroy algo tenía que ver.
Al comprender todo esto, Candy por fin reaccionó. - Tía abuela no se preocupe, le diré a la señorita Elliot que está durmiendo y no puede recibirla. Seguro lo entenderá, dijo intentando infundir algo de tranquilidad en la señora.
- Candice…, dijo la dama con voz apagada. -…No lo hagas, es hora de enfrentar el pasado, suspiró… por favor, hazla pasar, dijo con suavidad y firmeza.
.
.
.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.
.
.
¡Hola! chicas/os, espero que hayan tenido muy felices fiestas, me hubiese encantado poder ponerme al día antes pero me ha sido imposible, afortunadamente mis manitos están algo mejor y he podido escribir, pero junto a esto, también he tenido que ponerme al día con las tareas de mi día a día. Pero si todo sigue bien, ya la próxima semana les dejo actualización de "Ante mis ojos" y "Perdida en Lakewood"
Les agradezco una vez mas e infinitamente su tiempo, sus lecturas, reviews, mensajes, favoriteos, follows y demases. Este capítulo, lo considero como un capítulo de transición, el próximo comenzarán nuevas revelaciones que nos guiarán hacia el final de esta historia.
Como siempre las invito, a leer mis otras historias cortitas.
- Si tú eres feliz (Patty y Stear)
- Redención (Susana Marlow)
- Nuestro destino (Candy y Albert, historia sólo para mayores y golosillas :$ )
... y de paso, les agradezco también por los reviews dejados en esos one shots :)
Un abrazo, y hasta muy pronto.
Dulce Ardley
