Tranquilas, hoy no os doy demasiado el coñazo pre-capítulo. Too tired for this shit.
Os dije que las cosas bonitas estaban al caer :3 Muchos besitos a todas con lengua. Aquí está la canción, muy sugerente también: /watch?v=boPK_KcrqBU.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
12
Oh! Darling
Si me dejas, nunca conseguiré hacerlo solo. Créeme cuando te digo que nunca te haré daño.
Compuso un gesto de dolor torciendo los labios, en parte por el escozor que le provocaba intentar pasar las páginas del periódico y en la gran mayoría por lo que estaba leyendo. Enterarse de los últimos crímenes sin resolver de la ciudad en aquellas condiciones era el equivalente a un diabético al que le encantan los dulces leyendo el catálogo de una pastelería.
Hacía tres días que John había ido a rescatarlo a la casa de Jim Moriarty. Se lo llevaron enseguida al hospital y comprobaron sus heridas. Dos costillas fracturadas, deshidratación, contusiones y hematomas. Sin embargo, se pondría bien en unas ocho semanas. Mientras tanto, debía guardar reposo. Sherlock se negó fervientemente a ingresar en el hospital, odiaba el ambiente quieto y con olor a desinfectante. Por muy dolorido que tuviese el cuerpo, seguía siendo el mismo quejicoso de siempre. Y por ello, John tuvo que cuidar de Sherlock en casa a regañadientes.
Lestrade fue al día siguiente al 221B, cuando el moreno se encontró mejor. Fue acompañado de Donovan, la cual pareció pensar que la situación ya no era tan grave como para meterse con Sherlock. Lestrade le dijo que necesitaba su versión de los hechos para el informe del caso. Sherlock no quería hablar delante de Donovan y John por distintos motivos, pero tuvo que hacerlo, no sin mostrar un gruñido disconforme.
Le relató a Lestrade su estancia con Moriarty y Moran. Cómo planeó con ellos algunos asuntos para luego desbaratar sus planes. Aún así, no llegaron a confiar lo suficiente como para hablar de casos más importantes delante de él. Contó cómo luego le encerraron en esa habitación y le daban un poco de comida y un vaso de agua al día. Que Moran se ensañó con él por sus fallos a propósito. John escuchó desde principio a fin mirando a través de la ventana con los dientes apretados.
John llamó a la puerta abierta de su habitación y Sherlock le dio permiso para entrar con un cabeceo. Dobló el periódico y lo dejó girándose con dificultad encima de la mesilla. Se incorporó levemente arrugando la nariz y vio cómo el rubio entraba serio con una bandeja. Sherlock contempló el contenido. Un cuenco con sopa de fideos, un plato de pescado, pan, un vaso de agua, una servilleta y una nota. Demasiada comida para él. John colocó la bandeja con dos patas para apoyar en la cama encima de sus piernas y dio media vuelta sin decir nada. Sherlock cogió la nota y la leyó.
«Aún sigo enfadado contigo.»
El moreno dejó caer sus hombros y suspiró. John llevaba sin hablarle prácticamente desde que volvió. Casi no cruzaban las miradas y solo veía al rubio para que le diese la bandeja de comida, le ayudara a levantarse para ir al baño o para tomar su medicación.
Sherlock alzó la voz todo lo que pudo:
—John, ven.
No pensaba que fuera a funcionar, pero mantuvo su expresión neutra cuando John asomó la cabeza diez segundos después de que le llamara, con pinta de no estar precisamente de buen humor. Sherlock le hizo un gesto con la mano para que se acercase y John bufó, caminando hasta colocarse al lado de la cama con los brazos cruzados. El moreno señaló la bandeja.
—Dame de comer.
John arqueó una ceja, incrédulo.
—Estás bromeando, ¿verdad?
Era la frase más larga que había escuchado de John dirigida a él. Sherlock intentó no reírse, alzando la barbilla con los labios apretados en gesto altivo.
—Casi no puedo mover el brazo y me duele al realizar el más mínimo movimiento. Eres doctor, habrás hecho esto antes.
—Soy doctor, no enfermero, y mucho menos estúpido.
John rodó los ojos y giró sobre sí para irse. Sherlock alargó la mano para detenerlo agarrándole del brazo y siseó por el dolor, contrayendo el rostro. John ni siquiera se sintió culpable por eso.
—John, ya te dije el otro día que fue para mantenerte a salvo. No podía exponerte a Jim Moriarty tan fácilmente.
John se rió con amargura, cruzando los brazos.
—Oh, vamos, no se trata de peligro, sino de orgullo. Si no fuera por nosotros, tú ahora mismo no estarías vivo. Eso te lo aseguro.
Sherlock entrelazó sus manos y las apoyó en su regazo, firme y sereno, mirando al frente.
—Reconozco mi error al pensar que podría burlar a Moriarty tan fácilmente.
—¿Y?
—¿Y qué?—preguntó realmente confuso Sherlock, arrugando el entrecejo. John suspiró, cansado. Parecía años mayor a causa del estrés.
—No me lo puedo creer, sigues siendo un jodido imbécil. ¿Qué tal siento no haberte dicho nada del caso desde el principio? ¿O perdona por haberte engañado la noche del pabellón sin tener en cuenta lo mal que te podrías a llegar a sentir porque pensaba que eras un inútil? ¿O qué tal gracias por haberme rescatado de todas formas y perdóname por equivocarme tantas putas veces porque me creo un genio y en realidad soy un zopenco?
Sherlock se rió con un bufido cuando escuchó las palabras «equivocarme» y «zopenco».
—No voy a decir eso en absoluto.
John se tensó del todo, apretando los puños. Sherlock no comprendía qué había dicho mal aquella vez, ni tampoco John se había percatado de que el moreno en realidad solo se refería a la última parte de su discurso. John asintió una sola vez con la cabeza, concluyendo la discusión, y le dio la espalda, decepcionado.
—Adiós, Sherlock.
El detective levantó las cejas, contrariado. Quiso levantarse, pero recordó su situación. Chasqueó la lengua, fastidiado, y esperó a que John saliese de la habitación para soltar su retahíla.
—John, espera.—escuchó cómo los pasos se detenían fuera. Cogió aire.—Si no te dije nada del caso no es porque te considere un inútil o incapacitado. Se trataba de Moriarty, y no podía ni siquiera plantearme la idea de que te hiciese daño. Podrías haberte defendido bien, ya lo hiciste una vez, pero eres un idiota y estoy seguro de que te hubieses puesto frente a la bala que fuera dirigida a mí. ¿Te crees que iba a dejar que eso pasase? Puedo aguantar la idea de ser humillado, lastimado o apalizado por Moriarty y su esbirro, pero no que tú pases por lo mismo. Y si puedo evitarlo por supuesto que lo haré, no soy idiota.
Sherlock se calló un segundo. Veía la puerta abierta de su habitación, pero no a John. Golpeteó con los dedos de su mano encima de la sábana y resopló.
—¿De verdad me vas a hacer decir esto?—rodó los ojos, fastidiado.—Está bien... John, te necesito. Sin ti seguramente no sería capaz de subsistir ni un maldito día. Prometo no volver a mentirte... o al menos lo intentaré, pero por favor, no me odies.
Se quedó mirando la puerta de su habitación, expectante. Solo pudo respirar aliviado cuando medio minuto después John entró, aún con gesto enfadado y de orgullo, pero parecía más relajado. Vio cómo se humedecía los labios y Sherlock ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos. John le imitó. Parecía nervioso.
—La noche del pabellón... Me dijiste «Yo a ti también».—el rubio desvió la mirada.—¿A qué te referías exactamente con eso?
Esperó una respuesta que no llegó. Volvió a mirar a Sherlock, confuso, y la imagen casi le hizo reír. Sherlock miraba sus sábanas arrugándolas entre los puños cerrados, avergonzado. Observó cómo la nuez del moreno se tambaleaba de las veces que tragaba saliva.
—Eso ya lo sabes.
—No, ¿no lo recuerdas? Soy idiota, Sherlock, no me doy cuenta de la mitad de las cosas.
John disfrutaba con eso. Sonrió de medio lado. «Venganza», pensó. Sherlock ocultó sus ojos baso su flequillo y susurró algo inteligible con los dientes apretados. John alzó las cejas, inclinando la cabeza.
—¿Perdón? Más alto, no te escucho.
—Que te quiero, imbécil.—el detective levantó la cabeza, ruborizado pero desafiante, mordiéndose las mejillas por dentro.—Ya está, ¿satisfecho?
Las orejas de John ardieron y algo parecido a chocolate caliente se deslizó por su esófago. Respiró profundamente y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no esbozar una sonrisa boba. Carraspeó guardando la compostura y se acercó de nuevo a la cama, sentándose en el borde. Cogió una cuchara de la bandeja, la hundió en la sopa y la acercó a los labios de Sherlock.
—Vamos, abre la boca.
Sherlock clavó los ojos en los suyos mientras tomaba la cucharada que le tendía, tragando. John sonrió y se mojó los labios antes de inclinarse y darle un beso, una simple presión que Sherlock respondió sin rechistar. Cuando se separó, se sintió complacido al ver que el rubor no había desaparecido de las mejillas de su compañero.
—¿Puedo volver a dormir en tu cama esta noche?
John hundió de nuevo la cuchara en la sopa.
—No veo porque no. Pero que conste que sigo enfadado.
Sherlock se inclinó hacia delante para comer, aún mirando a John con un tinte distinto en los ojos.
—¿Y ya podemos ser pareja?
John se rió, ufano.
—Ya veremos.
