Capítulo 11

Árbol de profecías

Después de largos y extenuantes días de viaje a través de altas montañas, ríos tranquilos, y bosques rebosantes de vida, finalmente podían vislumbrar la capital. María se dejó envolver por la vista prístina y limpia de la capital. Desde la distancia las banderas con el emblema de Aeniriam ondean alto entre la torres en forma de aguja que ocupan los cielos azules. Sus majestuosas murallas levantadas con piedra volcánica reflejan poder y entereza. Enclavado muy cerca de la capital el puerto natural, las naves llegando y partiendo constantemente. Y un poco más allá se divisan las islas de las bestias sagradas.

Se deja cautivar por la algarabía de la gente, el bullicio de las calles que burbujean llenas de vida, comerciantes, niños jugando, visitantes, artesanos, pescadores. Cabalgan por el camino empedrado cuesta arriba hacia el castillo (que parece fusionar el poderío de la piedra y la belleza y encanto de los bosques en un cuadro sin igual), protegidos por la sombra de los árboles y el canto de los pájaros que conviven en armonía con la vida ajetreada de la ciudad.

La entrada les fue concedida tan pronto como llegaron.

Caminaron por los marmóreos pasillos siguiendo a su guía. Esperaron a que Kanae fuera anunciada al llegar a su destino. Cuando finalmente se les autorizó el paso, María se retiró la capa. Pixy apareció de nuevo en su hombro desde una voluta de neblina y sin dudarlo emprendió su vuelo hacia Ogata, Kanae un poco más atrás la siguió. Los ojos de María viajaron a través de todos los presentes en la habitación, deteniéndose por un breve periodo de tiempo en Kuon. Y sin mediar palabra, avanzó hacia la cama donde estaba Kyoko. Kuon se puso de pie de inmediato para impedir que se le acercara, pero fue detenido por la mano de Ogata en su hombro.

—No, Su Alteza.

—Finalmente nos encontramos, Aurë. Es tiempo que despiertes —fue la voz cantarina que todos los presentes en la habitación escucharon en sus mentes—. Sarenrae —un suave resplandor verde envolvió el cuerpo de Kyoko.

—Vigílala —pidió a Pixy que ahora estaba de regreso en su hombro—, no debe tardar en despertar.

La impaciencia pudo con Kuon.

—¿Quién eres y qué le has hecho? —demandó.

—Mi nombre es María y he estado esperando conocerte, Kuon de la casa Hizuri… A ti y a Aurë.

—Deja de hablar en mi mente y su nombre es Kyoko —exclamó exasperado.

—Me disculpo; pero me temo, Su Alteza, que eso no sería muy sabio.

—¿Qué quieres decir?

—Significa, Alteza —intervino Ogata, quien había reconocido la identidad de la recién llegada—, que su voz podría ser un tanto problemática, dada su naturaleza.

—¿Su naturaleza?

—Solo un cuarto de mi sangre es humana —replicó María en su mente. La materialización de mi voz causa profundos estados de euforia o terror en aquellos cuya sangre es completamente humana.

—María, es un druida, Su Alteza —intervino Kanae—, o al menos la mayor parte de ella.

—¿Una druida?

—Preservadores del equilibrio de la naturaleza y protectores de la vida. Guardianes del mundo, recorren el camino de la naturaleza adquiriendo conocimiento y sabiduría de los ancestros, sanando y cuidando al mundo y sus criaturas. Seres de magia.

—Pido vuestras disculpas, Milady —dijo Kuon dirigiéndose a María.

—No os preocupéis, Mi Señor, entiendo que los últimos días no han sido fáciles; pero esté seguro que ella va a estar bien —dijo mirando a Kyoko—. Solo ha estado caminando en el mundo de los sueños desde que salvasteis su vida.

—Yo no hice nada, si algo, fue ella la que salvó mi vida.

María sonrió.

—Es más acertado decir, que se salvaron el uno al otro.

Kuon la miró confuso.

—Seguramente están agotadas por el viaje —intervino Ogata.

—Sí, así es, Su Excelencia —respondió Kanae.

—Mi casa es su casa, señoras. Patrick, por favor organiza todo para nuestros huéspedes.

—Como ordene, Su Alteza.

—Gracias, Alteza.

Kanae hablaba calladamente con María, sentadas en la biblioteca del ala sur del palacio, mientras Ogata repasaba toda la información y acontecimientos preparándose para la reunión del consejo real cuando Pixy apareció en el hombro de María.

—Está despierta —susurró María en sus mentes.

—Deberíamos ir a verla, e informarle a los demás.

—No, dadles tiempo. Su Alteza está con ella.

...

Kuon jugueteó con la piedra azul en su mano, sus pensamientos en aquel día, en cómo Kyoko se había interpuesto entre él y su atacante y la impotencia lo corroe por no haber podido protegerla. Toma una de sus manos entre las suyas. No se ha separado de su lado desde que despertó, su proceso de recuperación lo ha dispensado de sus responsabilidades reales, aunque está bastante seguro que esto tiene más que ver con órdenes de su padre. Sus manos rozan los bordes rasposos de la piedra y una vez más la ve cambiar de color, aún no ha podido descifrar por qué. El suave movimiento de las sábanas capta su atención.

—¿Kyoko?

—Kuon —llama ella.

—Estás despierta —se abalanzó hacia ella en un abrazo olvidándose de formalidades y espacios personales—. No vuelvas a hacer algo así, no tienes permitido volver a hacer algo así, no puedes ser tan imprudente —dijo apretándola con fuerza contra su pecho.

Ella no dijo nada por un momento, pero sus sollozos no tardaron en oírse, sus lágrimas mojando su camisa. Él acarició con ternura sus cabellos y acercándose a su oído habló.

—Pero, gracias por salvar mi vida una vez más.

...

Con la buena nueva del despertar de Lady Kyoko, las visitas no se hicieron esperar. Los condes de Lory y Arfalla la sermonearon por su falta de sentido de auto-preservación, pero también entre bromas de doble sentido que hicieron al príncipe Kuon sonrojar, resaltaron su valentía. Su guardia personal, los hermanos Ishibashi, aún con algunas heridas visibles se disculparon profusamente por no poder protegerla lo que ella descartó con una sonrisa. Conocidos y amigos fueron y vinieron. Una de las visitas más emotivas, quizás fue la del Duque que a pesar de las palabras tranquilizadoras del maestre Ogata no había encontrado paz desde el día del ataque. Porque ella era su niña. Sin embargo, la visita que más sorprendió fue la de Su Majestad la reina.

—¿Pueden dejarnos a solas, por favor? —llamó Julienna.

Kyoko miró sus manos un poco nerviosa al encontrarse a solas con la reina.

—Mírame, mi dulce niña.

Kyoko subió la vista y su mirada se cruzó con la de Julienna. Con unos ojos verdes, vidriosos por las lágrimas no derramadas.

—¿Su Majestad? ¿Está bien?

—Sí, mi niña, disculpa, pero dime ¿por qué?

—¿Por qué? —preguntó con la duda dibujada en todo su rostro.

—Pudiste haber muerto —afirmó en voz baja y luego con un poco más de fuerza continuó—, ¿por qué salvaste a mi hijo?

Kyoko jugó con sus dedos.

—No quería verlo lastimado, mi pecho duele cuando lo pienso —mencionó señalando el lugar—, solo quería protegerlo.

Una bella sonrisa se dibujó en los labios de Julienna, quien se puso de pie e hizo una elegante reverencia (normalmente reservada para otros miembros de la realeza) a Kyoko.

—Gracias, Lady Kyoko. Las palabras jamás serán suficientes.

Kyoko enrojeció y no supo qué hacer, hasta que la mano afectuosa de Julienna apartó con cariño los cabellos de su frente y depositó un beso en ella. Un beso que la invadió de un sentimiento cálido y tranquilizador, parecido y a la vez tan diferente de los brazos amorosos de su padre cuando estaba asustada, las lágrimas que había estado conteniendo, porque ella era una niña fuerte como siempre le decía su padre, picaron en sus ojos y en el gesto de solo una niña, sus brazos se aferraron con fuerza al cuello de Julienna, llorando como si la vida se le fuera en ello. Julie al principio fue tomada por sorpresa pero no tardó en traer a la niña contra su pecho, acariciando su espalda tranquilizadoramente como hacía años lo había hecho con su hijo, mientras le cantaba al oído una canción de cuna de su tierra natal sobre un gran banquete de hadas en el bosque, hasta que su llanto se convirtió en sollozos que finalmente murieron al quedarse profundamente dormida.

La puerta crujió al ser abierta. Julie sonrió al recién llegado desde su posición en la cama con Kyoko pacíficamente dormida en su regazo.

—¿Está bien? —preguntó Kuu acercándose a su esposa.

—Sí.

—Eso es bueno… —dijo sonriendo y luego agregó más serio—. El consejo real está a punto de iniciar, debemos irnos.

Julie acomodó a Kyoko sobre las almohadas con cuidado y dándole un último beso, se dirigió a su esposo.

—Kyoko sin duda es una chica única y maravillosa, con un corazón invaluable. Kuon es realmente afortunado al tenerla a su lado.

Kuu no necesitaba ser un maestre o vidente para saber a lo que se refería su esposa.

Lady Kyoko, Marquesa de Azureia, un día sería reina.


El sol se ponía en el horizonte cuando María en compañía de Ogata y Kanae entraron en la habitación donde Kyoko hablaba alegremente con Kuon.

—¿María? —preguntó Kyoko con incredulidad cuando la vio y ella sonrió.

—Es bueno verte, Aurë —dijo caminando hacia la cama.

—¿Ustedes dos se conocen? —preguntó Kuon

—En su viaje a través del mundo de los sueños, Aurë visitó mi arboleda.

—Pensé que era un sueño.

—Lo fue y no lo fue… Los sueños han sido reducidos a la singularidad de la mente, pero el plano de los sueños es mucho más complejo que eso, son como millones de hilos en un telar, una conciencia colectiva, donde se entreteje el pasado, el presente y el futuro. Los deseos, los anhelos y los miedos. Y existen unos pocos con la habilidad de moverse entre los hilos y otros que son irremediablemente atraídos por el jalón inesperado de uno de ellos.

—Tú… ¿Tú me llamaste a tu arboleda?

—Caminar por el mundo de los sueños, es en extremo peligroso si no sabes cómo hacerlo, puedes quedar atrapado, cautivado por su belleza u horrorizado por sus terrores y nunca despertar. Solo te enseñé el camino para poder regresar.

—Gracias.

—¿Me permite la piedra, Su Alteza? —pidió María después de escuchar el relato de boca de los protagonistas.

—Coincido con usted, Maestre Ogata, estoy casi segura que se trata de una Zafarita, puedo sentir la esencia de Su Alteza y el sello mágico de Aurë, aunque solo hay manera de comprobarlo —dijo apuntándola con la otra mano—. Ver Dandra —la piedra brilló momentáneamente y color cambió a una bonita gama de ambarino, pero nada más sucedió. Los ojos de María se agrandaron con sorpresa.

—¿María?

El llamado de Kuon pareció sacarla de su trance momentáneo.

—Una zafarita, es. Una extraordinariamente poderosa.

—¿Podría alguien explicarnos que es la zafatita o como se llame?

—La zafarita—corrigió María amablemente a la exasperada Kanae— es un muy raro y hasta hoy desaparecido tipo de "piedras mágicas". El hechizo que acabo de lanzar debió haberla reducido a polvo, incluso las piedras más duras conocidas por los druidas hubiesen desaparecido sin rastro. Excepto una zafarita.

—¿Por qué?

—Las zafaritas canalizan y absorben magia. Los antiguos también las llamaban piedras protectoras. No hay registros exactos de cómo se crean. Solo se sabe que son una combinación solidificada de fragmentos de un alma y magia arcana. Uno de los grandes misterios de la magia —agregó mirando a Kyoko—. No tengo idea de cómo Aurë lo ha hecho, pero es mi creencia que Su Alteza tuvo que ver mucho en ello.

—¿Son siempre azules? —preguntó Kuon curioso—. ¿Por qué cambia de color?

—No, su color no es generalizado. Pueden ser de una amplia gama de colores. Tiene más que ver con la esencia del alma y la magia del invocador. El azul os representa a ti, Alteza. La responsabilidad, la fidelidad, la lealtad, la bondad, la tranquilidad, mientras el ambarino es la magia latente en la piedra, la esencia de la magia de su invocador, en este caso, enérgica, salvaje, amable, impulsiva y cálida. La razón exacta de por qué cambian de color es desconocida. Algunos lo asociaron al proceso de canalización y absorción de magia, pero mientras esto es verídico, los cambios no se limitan a esas ocasiones.

...

Con Kyoko dormida y los demás habiéndose retirado, solo quedaron Kuon y María en la habitación.

—¿Qué debería hacer con ella? —preguntó jugando con la piedra.

—Conservarla con usted, Su Alteza, después de todo es parte vuestra. Una prueba de la entereza de vuestro carácter y espíritu, de la convicción y el deseo de tu corazón. Un recordatorio de que juntos son más poderosos de lo que jamás serán solos. Llévela siempre con usted, le protegerá.

—Gracias.

—Antes que lo olvide, Su Alteza, había una leyenda entre la gente de mi pueblo que decía que si algún día regalas una zafarita que contenga un trozo de tu alma, es un símbolo de que con ella estás entregando el resto de tu alma y tu corazón. Una promesa de amor para toda la eternidad.


La copa se estrelló contra la pared más alejada del salón, dejó caer la nota que había traído el cuervo negro sobre el escritorio. Kuon seguía vivo, ya lo sabía. El condenado muchacho se rehusaba a morir. Sus delicados dedos golpetearon suavemente sobre el elegante escritorio. Y volvió a mirar la nota de reojo.

Mi estimada señora,

Para este momento ya debe ser de vuestro conocimiento que el muchacho sigue con vida, fueron circunstancias 'imprevistas' las que dificultaron la situación. Olvidó usted mencionar, mi señora, que el muchacho está bajo la protección de una joven bruja. Una bastante poderosa, si he de agregar.

Es de mi mejor interés desaparecer por un tiempo... Me he encargado personalmente de silenciar a todos y cada uno de los conocedores de vuestro plan, así que duerme en paz, mi estimada señora, nadie sabrá que de todos, sois vos la que con ferviente deseo reclamas la cabeza de tu… Del muchacho.

Los infructuosos ataques de la mencionada incursión, han causado un reforzamiento de las defensas alrededor del muchacho y un estado general de alerta. Sería en vuestro mejor interés no hacer nada precipitado, la paciencia es un arma poderosa y aunque es un árbol de raíces amargas, sus frutos son especialmente dulces. La mejor forma de cazar al león es mientras duerme.

No subestimes a la bruja y tampoco oses poner una mano sobre ella… No te gustarán las consecuencias.

La bruja es mía… Nunca lo olvides.

Hasta pronto, mi estimada señora.

Rei no Otoko de ahora en más solo Reino.

El maldito muchacho tenía razón, esperaría, esperaría su momento, no tenía problemas con dejarle a la bruja, no la conocía, no le interesaba. Caminó hacia el fuego con la carta en la mano. Vio cómo las llamas lamían con ansias el pergamino y cómo las letras se desfiguraban, reduciéndose a diminutas volutas de ceniza.

La puerta se abrió suavemente.

Estamos esperando por ti, querida.

Enseguida, cariño dijo con una sonrisa amable en los labios y reacomodándose un mechón suelto de cabello rubio, mientras tomaba la mano que su esposo le ofrecía.

Ella esperaría, esperaría y los vería llorar lágrimas de sangre.


María acarició el plumaje de Pixy. Todavía faltan dos más, pero aún tardarían un poco más en llegar. Sus destinos tardarían un poco más en entrelazarse. El sonido de las hojas la alertó del recién llegado.

—Es ella, ¿cierto?

—…

—Lady Kyoko es de quien se habla en el árbol de las profecías, por eso estás aquí.

—Eres un hombre sabio, Ogata, como lo fue tu padre.

—…

María miró el cielo.

—Kyoko está destinada a la grandeza, ella será el pilar de la lucha contra la oscuridad. Se levantará como una reina cuando los demonios vengan a destruir la paz y la belleza de la tierra.

—Lo sé, pero… La profecía Acacia…

María volvió a acariciar el plumaje de Pixy y terminó la frase de Ogata.

—La profecía Acacia predice que ella morirá protegiendo lo que más ama.

… …


NA. Y aquí termina la primera parte de esta historia. La siguiente actualización tarda un poco, para que decir mentiras. Gracias por sus comentarios siempre me hacen sonreír.