N.A: Voy a dejar de seguir un esquema fijo para las narraciones. Este lo narrará Nico y el siguiente, creo que... Nico también. Os lo he dicho, a partir de aquí la cosa cambia.

Nico

Búsqueda

- ¿Qué es lo que has soñado exactamente?- le pregunté, mirándola a los ojos. Ella apartó la mirada.

- Solo que no iba a salir bien, Nico- contestó con la voz rota-. No lo recuerdo bien, solo eso. No será bueno.

- Entonces tú te quedas aquí- dije decidido. Ella levantó la vista de golpe, sus ojos refulgiendo en una tormenta silenciosa.

- Yo voy. te quedas aquí- puntualizó. Negué con la cabeza, quedándome muy claro que la cabezonería era una cualidad de Zeus.

- No quiero que te pase nada, ángel...

- ¡Y yo no quiero que te pase nada a ti!- interrumpió- Quiero ir a esa búsqueda.

- Yo también- contesté. En el fondo algo me decía que la cosa iría mal, pero no podía renunciar. Los perros del infierno eran terribles y no podía permitir que uno anduviese fuera de los dominios de mi padre sin vigilancia, uno nunca sabía qué iban a hacer. Eran peligrosos.

Sabía que Ángela tenía ganas de ir a esa búsqueda y, por la cara que tenía ahora, sabía también que se arrepentía de haberme contado lo del sueño. Pero no había nada que hacer: era su terquedad contra la mía... Y en eso estábamos igualados.

- ¡Entonces iremos los dos!- dijo, enfadada

- ¡Está bien!- grité, perdiendo la paciencia- ¡Pero no esperes que me separe de ti!

- ¡Y tú no esperes que deje de guardarte las espaldas!- me gritó a su vez

- ¡Bien!

- ¡Bien!

- ¡Me voy!

- ¡Vete!

- ¡Te quiero!

- ¡Yo más!

Me fui, dando un portazo a mis espaldas que probablemente hiciera temblar incluso a las estatua de Zeus. Me pregunté qué mierda acababa de pasar.

Me fui a entrenar al muro de escalada y cuando llegó la hora de la cena me dirigí al comedor. En cuanto entré lo primero que hice fue buscar a Ángela y cuando la divisé sentada en su mesa me dirigí hacia allí como si fuera lo más normal del mundo y me senté a su lado. Ella no levantó la vista de su plato y sentí que la garganta se me secaba.

- Ángel...- comencé.

- Voy a ir a esa búsqueda, Nico- dijo, me miró a los ojos y pude advertir que había estado llorando-. Pero no quiero que te pase nada a ti.

- Iré- dije, decidido-. Soy el campista con más posibilidades de poder con un perro del infierno en todo el campamento, además: si tú vas, yo iré para protegerte.

Ella se acercó y me abrazó, temblando, yo le pasé las manos por la cintura y la estreché contra mí. Sentía la mirada de varios campistas clavadas en nosotros, pero me dio igual, todo me daba igual cuando estaba con ella. Escuché a alguien carraspear a nuestro lado y nos separamos.

- Nico, te agradecería que te dejaras las muestras de afecto para otro momento.

- Caramba, Jason- dijo Percy a nuestras espalda-, resulta irónico que, saliendo con una hija de Afrodita, estés en contra de las muestras de afecto público.

- Estoy en contra cuando esas muestras de afecto van dirigidas hacia mi hermanita- replicó Jason.

- Empiezas a comportarte como una cazadora de Artemisa.

- ¡Por favor, Percy!- exclamó Thalia riendo- No nos insultes de esa forma.

Todos nos reímos, incluso Ángela.

- ¿Entonces todo bien?- le pregunté en voz baja mientras los demás seguían bromeando.

- Todo bien- contestó. Me besó y, como siempre me pasaba, sentí que dejaba de haber suelo a mis pies y ruido a nuestro alrededor para concentrarme solo en el movimiento de sus labios contra los míos y en el suave tacto del pequeño trozo de espalda que dejaba descubierto su camiseta y que a mi me volvía loco.

- Vale, esto ya pasa de castaño oscuro- dijo Jason-. Tú te vuelves a tu mesa, aliento de muerto- Me cogió por el cuello de la camiseta con firmeza pero sin hacerme daño (en el fondo se alegraba que fuera yo quien estuviera con Ángela y no cualquier otro chico de la cabaña de Apolo o Hermes) y me levantó a pulso. Yo me fui a mi mesa con una sonrisa en los labios y la mirada pícara de medio campamento posada en mí.

Cuando terminó la cena, Ángela y yo nos escabullimos por la parte trasera de las cabañas en el momento en el que todos los demás se levantaron para ir a la fogata. Nosotros no teníamos ganas de ir a asar malvaviscos cuando al día siguiente tendríamos que ir a una búsqueda que era muy probable que saliera mal. Nos fuimos al ruedo de arena y nos quedamos en silencio hasta que se escuchó la caracola que indicaba que teníamos que ir a dormir. Cuando me iba a levantar me di cuenta de que Ángela se había quedado dormida con la cabeza apoyada en mi pecho. Sonreí y la levanté en mis brazos sin moverla mucho, ella murmuró algo medio dormida y me pasó los brazos por el cuello. Cerré los ojos, me concentré y cuando los volví a abrir ya estaba delante de la puerta de la cabaña de Zeus, con sumo cuidado de no hacer ruido empujé la puerta y entré. Mis pasos resonaban contra en suelo de mármol y rogué a los dioses que ni Thalia ni Jason estuvieran en la cabaña. Con cuidado dejé a Ángela en la cama y me di la vuelta para marcharme cuando sentí que una mano se cerraba entorno a mis dedos. Me giré y vi los ojos de Ángela completamente abierto y despiertos.

- Creí que estabas dormida- murmuré, sentándome a su lado.

- Me gustaba que me llevaras en brazos- dijo, sonriendo. Yo me recosté en la cama a su lado, con el cuerpo en tensión por si aparecía alguno de sus hermanos y tenía que recurrir a una salida de emergencias.

- Debería irme ya- dije levantándome, ella protestó pero finalmente salí de la cabaña y conseguí llegar a la mía sin ser devorado por las arpías.

Me tumbé en la cama, pero no me atreví a cerrar los ojos por si soñaba con Minos de nuevo. Después de todos esos años las pesadillas me seguían asolando, cruzando imágenes en mi subconsciente y obligándome a recordar mis días en el laberinto y mi oscura estancia en el Tártaro. Pero nunca había tenido un sueño en el que Minos me hablara directamente. Y el que hubieran empezado ahora me asustaba. Finalmente acabé durmiéndome... y, por suerte, no soñé nada.

En cuanto el sol despuntó el alba, Ángela y yo nos reunimos en lo alto de la colina Mestiza. Allí nos esperaban nuestros amigos.

- Más te vale traer a Ángela a salvo, Nico- amenazó Thalia. Jason me dirigió una mirada que oscilaba entre el confío-en-ti y el como-le-pase-algo-te-mato. Nada que no se solucionase con una muerte dolorosa, vamos.

Nos despedimos de todos y nos alejamos por la colina cargando nuestros petates con néctar y ambrosía, si todo salía bien en tres días estaríamos de nuevo en el Campamento y Ángela y yo nos reiríamos por haber pensado que algo podía salir mal. Mientras dejábamos atrás el campamento miré una vez hacia la colina y pude ver allí a Leo, mirándonos con el rostro crispado por la preocupación. En ese momento me asaltó un sentimiento extraño, como si en el fondo ya supiera que algo no marchaba bien del todo. La risa de Minos retumbó en mi mente: Podría divertirme mucho con ella. ¿Cómo había sido tan estúpido como para dejarla venir? ¿Cómo había podido ser tan insensato? Ya estaba hecho, ya habíamos salido a la búsqueda y no había marcha atrás. La protegería de todo lo que hiciera falta.

Cuando llegamos a la carretera decidí que iríamos más rápido por un viaje sombra. No es que tenga nada en contra del transporte público ni nada de eso, solo que estaba el hecho de que éramos dos mestizos de los Tres Grandes que tenían que hacer un largo camino hasta un camping bastante alejado de nuestro territorio y rebosantes de olor a semidiós joven, tú me dirás. Además, no pensaba ir en tren o autobús hasta el estado de Connecticut. Si lo hacíamos a mi manera nos ahorraríamos varios encontronazos con los monstruos.

- Vamos allá- dije, cogí a mi novia de la mano y me concentré. Solo que cuando volví a abrir los ojos no me encontré con la verde y cálida vista del camping al que esperábamos poder llegar. En su lugar nos vimos delante de un letrero que rezaba algo como VENDOSBIEA TLOBETORA. Maldita disléxia.

- ¿Dónde estamos?- preguntó Ángela.

- Ni idea.

- Pues vamos a preguntar- dijo, y se encaminó hacia la entrada del pueblo, donde había un pequeño bar en el que varios cuarentones malgastaban su existencia ahogando sus penas y su soledad en alcohol.

- Buenos días- saludó muy educadamente Ángela-. ¿Saben cómo podemos llegar al camping Hidden Acres?

Un tipo gordo con el rostro sudoroso, sin apenas pelo en la cabeza, y un serio problema de hongos en los pies nos miró de arriba a abajo con una mirada de asco. Me miró como si yo fuera el último de sus problemas y no mereciera su atención, era raro: siempre me habían mirado con curiosidad o mi aspecto les intimidaba un poco (por lo de la tez pálida y la ropa negra) pero este tipejo solo se limitó a echarme un vistazo rápido sin inmutarse, bien, mejor si no nos daban problemas. Y no nos los dio... hasta que miró a Ángela. Cuando dejó de estudiarme a mí, posó su mirada en ángel y la recorrió de arriba a bajo con una media sonrisa... no quería saber qué clase de pensamientos cruzaban su mente.

- ¿Cómo podemos llegar a Hidden Acres?- preguntó Ángela con la voz temblorosa. Ese tipo la estaba incomodando.

- Yo podría llevarte, preciosa- soltó descaradamente el tipo.

- Oiga, no le hable así- le espeté al tipo. ¿Quién se creía que era? ¡Qué grosero!

- ¿Algún problema, chaval?- dijo antes de volverse hacia Ángela otra vez- Oye, reina, ¿por qué no vienes conmigo a la caravana? Yo te llevaré a un sitio mejor que ese aburrido camping... seguro que conmigo lo pasas mejor que con este niñato- añadió, señalándome con desprecio.

Ángela le soltó una sonora bofetada.

- Nunca- dijo ella con los ojos relampagueantes-, lo que se dice nunca, vuelva a llamarme reina ¿Me has oído, enorme bola de grasa?

Su apariencia era tranquila, pero yo percibí cómo temblaba de indignación y rabia. Nunca se me ocurrió pensar que mi ángel pudiera ser tan fiera. Me gusta. Me gusta MUCHO.

El tipo se quedó petrificado unos segundos, tratando de digerir lo que acababa de pasar: una chica de dieciséis años acaba de darle una bofetada. Sus compañeros de bebida se carcajeaban como hienas ante la escena. Entonces el tipo se levantó de su silla sorprendentemente rápido pese a su enorme culo

- ¡Ya es hora de que aprendas modales, niña insolente!- dijo mientras la cogía de la muñeca.

- ¡Suéltela!- grité, cerrando el puño y descargándolo fuertemente sobre su mandíbula. El tipo se balanceó hacia atrás, pero no soltó a Ángela.

- He-dicho-que-la-sueltes- dije mientras descargaba un puñetazo en su cara con cada palabra. Finalmente el tipo soltó a mi novia y se derrumbó sobre el asfalto, inconsciente y con el rostro ensangrentado. Sus compañeros de bebida ya no reían, en lugar de eso miraban en un silencio sepulcral al hombre al que yo acababa de dejar KO en el suelo. Yo casi esperé a que el tipo se convirtiera en algún monstruo y nos atacara, pero no pasó nada: era un simple mortal. En el fondo casi hubiera sido mejor que fuera un monstruo, así al menos sabría que su intención era atacarnos... pero el hecho de que fuera un mortal lo hacía peor: me hacía ver que sus intenciones no eran atacarnos, sino aprovecharse de Ángela. Lo cual era peor que tener que luchar contra un enorme monstruo.

- Vámonos- dije, cogiendo a Ángela con la mano que tenía limpia de sangre y llevándomela lejos de aquel tugurio y de la realidad de que los mortales también podían ser monstruos. Cuando llegamos de nuevo hasta el cartel que indicaba la entrada del pueblo nos sentamos en una roca apartada del camino.

- ¿Estás bien?- le pregunté mientras miraba que aquel desgraciado no le hubiera hecho daño.

- ¿Yo?- preguntó, incrédula- Eres tú el que se ha liado a puñetazo limpio con ese tanque de grasa.

Me reí. Ella sonrió, se acercó y me dio un suave beso en los labios, tan leve como una caricia de aire.

- Eres mi héroe- contestó en tono burlón. Entonces vio mi mano ensangrentada y frunció el ceño.

- No es mi sangre, ángel, tranquila- dije. Ángela me cogió la mano, sacó una botella de agua de su petate y la volcó sobre mi mano con cuidado. Cuando el agua se llevó toda la sangre pude ver que mi mano tenía numerosos arañazos que me había hecho mientras le destrozaba la cara al tipo y que yo no me había dado cuenta que me había hecho. Ella me pasó un pañuelo de papel un poco mojado con néctar y en seguida las heridas se cerraron hasta que no quedó nada de ellas. Después de eso nos quedamos un rato sentados en la roca, pensando qué podíamos hacer. Mi viaje sombra no había funcionado como yo esperaba, tal vez el camping estaba demasiado lejos del campamento como para poder ir de un tirón todo el trayecto. Al cabo de un rato Ángela habló:

- ¿Hacemos autostop?- preguntó. Yo la miré con los ojos como platos.

- ¡¿Después de lo que ha pasado con este tipo todavía confías en extraños?!- ella se encogió de hombros.

- Es la única manera- dijo.

- Ni hablar- tercié-, podemos hacer otro viaje sombra- pero mientras lo dije me di cuenta de que estaba demasiado cansado como para hacer otro viaje, después de transportarnos a una distancia tan grande me había quedado sin fuerzas para volver ha repetir.

- Vamos- insistió ella con cara de cachorrito-, ¿qué puede salir mal?

Una hora y media después nos estábamos bajando de la camioneta de un granjero delgado con el pelo rojizo y que llevaba un cerdo con el cinturón puesto en el asiento trasero y una mini granja de hormigas en el salpicadero.

- ¡Adiós, Eddie!- se despidió Ángela mientras nos alejábamos.

- ¡Adiós!- se despedía Eddie con su marcado acento sureño- ¡Que te vaya bien! ¡Y no lo olvides: las gallinas no llevan corbata, solo la llevan los gansos!

- ¡No lo olvidaré!

La camioneta arrancó con un rugido y se alejó por la carretera mientras sonaba música country a todo trapo. Cuando la música se extinguió y ya no se vio la camioneta de Eddie por el horizonte.

- Admite que Eddie es todo un sol- dijo Ángela.

- Vale, pero es raro.- ella se encogió de hombros, restándole importancia.

- No tanto- contestó.

- ¡Llevaba una cerdo con el cinturón puesto en asiento trasero! ¡Y una granja de hormigas! ¡Y dice que los gansos llevan corbata!

- No es raro- dijo-, es especial.

Decidí no darle más vueltas al asunto, lo único que conseguiría sería un dolor de cabeza. El sol ya se ponía por el horizonte y pronto sería de noche, decidimos que ya que estábamos allí darnos prisa en encontrar al perro del infierno y poder volver al campamento al día siguiente. Pero no hubo suerte y tuvimos que esperar al día siguiente para continuar la búsqueda. Habríamos alquilado una cabaña para dormir, pero apenas traíamos dinero y lo poco que teníamos lo debíamos guardar por si lo necesitábamos para volver al campamento. El camping estaba bien poblado de árboles y apenas había gente, así que nos acomodamos entre unos arbustos con los petates a modo de almohada y nos dormimos contemplando la noche tranquila y estrellada y sintiendo el cálido aire del verano de Connecticut.

En cuando amaneció nos pusimos a buscar al perro del infierno. Nos acercamos a una familia que almorzaba al aire libre y les preguntamos si habían sucedido cosas raras como accidentes o desapariciones en los alrededores, ellos nos dijeron que la zona este del camping se estaba perdiendo genta continuamente y luego aparecían completamente aterradas y con la ropa desgarrada. Eso nos bastó. Nos dirigimos a esa zona y nos encontramos con que el terreno allí estaba más descuidado que en el resto del camping. La hierba era más alta (nos llegaba casi por la cintura) y casi no había árboles, tan solo un cobertizo más grande de lo normal con las tablas de madera apenas manteniéndose en pie y que crujía al movimiento del viento.

- ¿Crees que está aquí?- preguntó Ángela, algo nerviosa. Asentí, podía sentirlo: el perro estaba en el cobertizo. Cogidos de la manos nos acercamos hasta estar delante de la puerta.

- Tú quédate aquí, podría ser...

- ¿Peligroso?- preguntó, con la ceja alzada- Creo que ha estas alturas ya sabes que no voy a hacerte caso en lo que a monstruos y búsquedas se refiere.

Suspiré, abatido, y entramos en el cobertizo. En cuanto cruzamos, la puerta se cerró con una brisa de aire y nos quedamos casi a oscuras, iluminando la estancia solo estaban los tenues rayos de luz que se colaban por las rejillas de las tablas de madera y el brillo plateado de la espada de Ángela.

- ¿Dónde está?- preguntó, avanzando unos pasos hasta el centro del cobertizo, yo avancé tras ella y me puse a su lado. En las paredes podía distinguir las silueta recortada de varios instrumentos de jardinería. Entonces lo escuchamos antes de verlo.

Un gruñido a nuestras espaldas nos hizo darnos la vuelta lentamente. Delante de nosotros estaba el motivo de aquella búsqueda.

- No... hagas... movimientos... bruscos- murmuré a Ángela. El perro mediría dos metros y nos miraba con sus ojos rojos brillantes y los enormes dientes reluciendo en la oscuridad, su pelaje negro casi se fundía con la oscuridad del cobertizo, transformándolo casi en una sombra.

- A la de tres- dije-. Una... dos...

Pero el perro fue más rápido. Se lanzó contra nosotros con los dientes por delante y apenas tuvimos tiempo para esquivarlo rodando sobre el suelo. Tan pronto como me puse en pie descargué un mandoble con mi espada contra el costado del animal, pero él se movió y apenas le hice un pequeño rasguño. Ángela lo atacó clavándole la espada en una pata, el perro se enfadó y trató de morderla, pero ella lo esquivó con facilidad. Yo salté sobre su lomo pero se movía demasiado como para poder hacer nada y acabé lanzado contra una pared, derribando todos los instrumentos de jardinería, el perro se lanzó contra mí, rasgándome la camiseta y hundiendo sus garras en mi piel. Gemí de dolor, intentando quitármelo de encima, pero pesaba demasiado. Entonces un rayo iluminó la oscuridad y el perro aulló de dolor antes de girarse y lanzarse a por Ángela, lleno de cólera, yo aproveché ese breve instante para coger mi espada.

- ¡Eh!- lo llamé, pero no me hizo caso, estaba demasiado ocupado con Ángela, quien de momento conseguía esquivar sus mordidas y golpes de patas. Entonces lo que pasó a continuación apenas lo vimos venir ninguno de nosotros dos: el perro se lanzó contra ella a tal velocidad que apenas lo vimos y la tumbó en el suelo, cerrando su boca entorno al vientre de Ángela. Ella gritó de dolor y yo me lancé contra el monstruo. Ahora era algo personal. Me subí a su lomo y empecé a clavarle la espada en la columna, él gimió y aulló y por fin soltó a Ángela, quien cayó en el suelo con un gemido de dolor y se puso penosamente en pie. Entonces el cuerpo de Ángela comenzó a brillar con un aura azul y otro rayo cruzó la oscuridad y fue a caer contra la cabeza del animal. Yo le clavé la espada una vez más en la columna al perro y, con un rugido de dolor y cólera, se empezó a derretir como si fuera un helado hecho de arena. Yo aterricé en el suelo y me puse en pie.

- ¡Eso ha sido increíble!- exclamé. Me giré para ver la expresión de Ángela y se me heló la sangre en las venas. Estaba tumbada en el suelo, sin moverse. A mi izquierda divisé el tenue brillo de luz que emitía la espada de Ángela y me precipité hacia ella para cogerla y que iluminara un poco la estancia. Grave error. En cuanto mis dedos se cerraron entorno a la empuñadura de la espada, una corriente me hizo zumbar el brazo y la mano empezó a quemarme: la espada estaba hecho solo para que la empuñara Ángela. Me dio igual, aguanté el dolor y me acerqué hasta donde estaba tendido el cuerpo de Ángela y lo iluminé con la espada. Me quedé sin respiración.

Por el suelo se extendía un charco de sangre que me manchaba los pantalones, en mis rodillas sentía la calidez de la sangre al atravesar la tela. La camiseta de Ángela estaba rasgada y había tanta sangre que era difícil decir si la herida había dañado algún órgano importante. Pero lo que sí se veía claro era que allá donde el perro había clavado sus colmillos no paraba de salir sangre a borbotones. Solté la espada y traté de taponar un poco la herida con mis manos pero no servía de nada, me limpié el sudor de la frente y lo único que conseguí fue mancharme la cara con la sangre de mi novia. Estaba empezando a entrar en pánico. No podía pasar esto, no así, no podía dejar que muriera. Si algo le pasaba jamás iba a perdonármelo, tendría que haberla protegido mejor. Tendría...

- Nico...- musitó Ángela.

- Shhh- dije-, tranquila, ángel, no hagas esfuerzos en hablar.

- Estoy... tranquila- musitó, sonriendo débilmente.

- Bien- dije, con lágrimas en los ojos. ¡Dioses! ¿Cómo habíamos llegado a esto?

- No te... inquietes, Nico. No es... momento... de inquietarse... Cuando... lo sea... te avisaré.

Pese a todo conseguí esbozar una muy débil sonrisa. Solo mi ángel era capaz de recitar una frase de Matar un ruiseñor en un momento como este.

- Vamos, te llevaré al campamento. Te pondrás bien, ya lo verás.

Ella levantó una mano con un gran esfuerzo y me acarició la mejilla, ahora mojada por las lágrimas.

- Te... quiero

Y cerró los ojos.

No. Los dioses no podían hacernos esto.

No.

No.

No.

Entonces sentí su muerte.

Sí. Los dioses sí podían hacernos esto.


Muy bien, no voy a escribir un mensaje muy largo en este momento porque temo que en cualquier momento llaméis a mi puerta clamando sangre con picos y antorchas. Por eso solo decir que gracias por vuestros reviews, que me han animando mucho a seguir con la historia y a no enloquecerme pensando ¿les gustará? Ahora se que sí, que os gusta, lo cual tranquiliza bastante.

Ejem, ya sé que eso último ha sonado a despedida... pero ¡ESTA HISTORIA NO HA TERMINADO! Es más, ya mismo me voy a poner con el siguiente capitulo. No me aguanto las ganas de seguir escribiendo!

Con cariño,

Yo