Después de tanto tiempo me sabe mal seguir con el fic, pero lo habéis pedido tantas veces que espero me perdonéis y os apetezca continuarlo. Aquí tenéis un nuevo capítulo de una historia que empecé con muchas ganas y que por fin ha vuelto a inspirarme. Espero que os guste.
PD: estoy pensando en pasarla a M (sexo y un poquitín más de oscuridad en el caso). Si dejáis review, decidme que opináis. Un saludo y como siempre GRACIAS POR LEER.
Capítulo 12
-Supongo que no me ha citado aquí para invitarme a una hamburguesa.
Kate se sentó en la mesa dejando su café recién comprado en el McDonald's. La detective Shaw cogió un macaron rosa y negó.
-Martha no deja al señor Castle venir a estos sitios, dice que es un insulto para una cocinera francesa.
-Ya veo. Así que esta conversación es secreta, ¿no?
-Por supuesto, a no ser que quiera que su jefe sepa que lo ha desobedecido y las cosas acaben mal.
-La escucho.
-Le seré franca, no tengo ni la menor idea de cómo seguir con esta investigación. No tengo nada, estoy en un punto muerto. Sinceramente, creo que llevo en ese punto desde que todo esto empezó.
-Y quiere mi ayuda.
-Dos mujeres listas son mejor que una, ya se lo dije. Y malgastar su talento jugando a ser niñera me parece un crimen.
-En realidad soy guardaespaldas –masculló.
-Por supuesto –respondió con dulzura. Kate entrecerró los ojos pero decidió dejarlo pasar. –Bien, ¿cuento con su ayuda?
-Sabe que sí, ¿qué idea tiene?
-Esperaba que se le ocurriera algo.
-Quizás podría empezar por contarme cómo empezó todo esto.
-Todo empezó cuando el señor Castle decidió que sería buena idea terminar su saga matando al protagonista. Un personaje bastante querido por el público.
-Lo sé, el amigo que me encontró este trabajo me lo comentó.
-Diez días después de la publicación del libro aparecieron las primeras notas con amenazas. Al principio al señor Castle no le preocuparon, estaba acostumbrado a recibir mensajes de perturbados.
-Supongo que son gajes del oficio –asintió Kate.
-Pero entonces llegó este:
Le tendió una estampa arrugada protegida por una funda de plástico. Alguien muy enojado debió haberla sujetado en su puño hasta convertirla en una bola. Kate supuso que Richard Castle era ese alguien y no era de extrañar. Era la estampa de una santa. Una mujer joven que aparecía con un plato en la mano en el que estaban sus ojos. Una cruz enorme trazada a bolígrafo cubría la estampa, tachando la imagen de la santa.
-Santa Lucía –observó -. Era ciega, igual que Alexis.
-No exactamente. Santa Lucía no era ciega pero según la tradición cristiana le sacaron los ojos antes de asesinarla por negarse a renunciar a Dios. Parece ser que incluso sin los ojos fue capaz de ver.
-Encantadora historia –murmuró.
-El caso es que Richard Castle es muy celoso de su intimidad y nunca ha hablado con los medios sobre la ceguera de Alexis. El que mandó esto sabía dónde atacar y como.
-Bueno, Alexis va al colegio, al médico, a misa… cualquiera puede haberla visto.
-De cerca, no a través de la prensa o de la televisión.
-Me sorprende que cuando ocurrió el accidente no apareciera nada en las noticias. Richard Castle es un hombre famoso.
-Hubo hasta un reportaje –suspiró -. Pero sólo hablaban de su esposa, no dijeron nada de la niña. El portavoz de la familia advirtió que si salía cualquier tipo de información sobre la pequeña acabarían en los tribunales.
-Entiendo.
-Siguiendo con los anónimos, todo podría haberse quedado ahí pero la cosa fue más allá.
Jordan le entregó esta vez un trozo de papel, también arrugado:
Toi mon amour, mon ami
Quand je rêve c'est de toi
Mon amour, mon ami
Quand je chante c'est pour toi
Mon amour, mon ami
Je ne peux vivre sans toi
Mon amour, mon ami
Et je ne sais pas pourquoi
-Esto es…
-La canción favorita de Alexis –confirmó la detective.
-Dios mío. Esto es mucho peor de lo que creía.
-Supongo que entiende ahora por qué no quiero que se aleje de mi hija ni un segundo.
Ambas se volvieron, sobresaltadas. Richard les dedicó una mirada desapasionada y se sentó a su mesa, junto a Kate.
-Creí haber sido claro sobre esto –dijo, mirándola a los ojos. Kate no habría llegado a ser una de las mejores inspectoras de policía de Nueva York sin llegar a conocer las expresiones de la gente. Aquel hombre podía aparentar estar calmado, pero desde luego no era así. La rabia hervía en su interior. Ella respiró hondo.
-La detective Shaw está en un punto muerto. Tengo experiencia investigando. Entiendo su punto de vista, pero piense que si a ella se le ha pasado algo, cualquier cosa, yo podría verlo. A veces, tras darle mil vueltas a un asunto, dejamos de ver cosas que están ahí.
Richard no respondió a eso, sólo siguió mirándola fijamente. Shaw carraspeó.
-Señor Castle, sabe que tenemos razón. Kate puede ayudarme. Creo que todos estamos de acuerdo en que debemos descubrir al responsable de todo esto antes de que decida que dejar anónimos ya no es suficiente. Antes de que… pase a la acción.
-Dígame una cosa –él habló al fin -. ¿Quién cuidará de mi hija cuando ese cabrón pase a la acción?
-Yo –respondió Kate con firmeza -. No he descuidado a la niña, en ningún momento.
-Ahora no está con ella –señaló.
-Está en su piso, a salvo. Y en cuanto termine esta reunión, una reunión que usted está demorando, por cierto, volveré allí.
-Bien. Díganos que piensa.
Kate pareció sorprendida. Había esperado que él discutiera, que se enojara mucho más. Se encogió de hombros y tras dar un sorbo a su café, ya frío, tomó el anónimo con la canción.
-El primer anónimo era sólo un aviso para indicar que conoce a su hija y que sabe que está ciega. Era una forma de avisarle de que está al acecho. Pero este… este es mucho más personal. No sólo sabe que Alexis está ciega, algo que podría saber sólo con verla pasear por la calle. La conoce. Conoce sus gustos y sabe con qué canción duerme. No hablamos de un fan idiota que se aburre. Es peligroso. Muy peligroso.
-Ya le he dicho que merecía la pena.
Shaw sonrió. Pero Richard no parecía para nada impresionado.
-Perdone que no la halague, pero no ha dicho nada que no supiéramos.
-¿No esperará que resuelva este caso en cinco minutos?
-Para usted es un simple caso, pero es la vida de mi hija la que está en juego.
Kate volvió a tomar aire, pacientemente. Entendía a aquel hombre. No la menospreciaba ni quería atacarla. Era sólo un padre asustado.
-Rick –Él parpadeó. Era la primera vez que la oía llamarlo por su diminutivo. –Te prometo que Alexis estará bien. Atraparemos a ese cabrón.
(Piso de Richard Castle)
-No hablaremos de este tema en la casa –le había advertido Richard a Kate en el coche de camino al piso. Los dos estaban serios. Aunque habían pasado una hora intercambiando teorías con la detective Shaw y examinando con más atención los anónimos, no habían llegado a ninguna conclusión. Ambos se sentían cansados e irritados.
-¿Kate? ¿Papá?
Alexis se apresuró a esconder el bollo de canela que tenía en las manos. Martha le había prohibido comer nada antes de la cena. El rostro agotado de Richard se dulcificó ante el gesto nervioso de su hija. Kate a su lado apretó los labios, tratando de no reír. Ambos podían ver las manos sucias de la niña y notar el penetrante olor de la canela. Richard se sentó a su lado y cogió una toallita de la mesa, limpiándole las manos.
-Estoy casi seguro de que Martha te ha prohibido coger bollos antes de cenar.
La niña puso cara de culpabilidad. –Es que olían tan bien y estaban recién hechos…
-No siempre podemos tener lo que queremos, cariño –le dijo con suavidad -. Este fin de semana no comerás ninguna chuchería y ahora irás a pedirle perdón a Martha.
-Sí, papá. Me gusta tu nuevo perfume, Kate –añadió al pasar por su lado. Kate la miró sorprendida antes de negar con la cabeza. Empezaban a hacerle gracias aquellos gestos tan característicos de la pequeña. Luego miró a su jefe, que le indicó que se sentara junto a él en el sofá.
-¿Es mi turno para la regañina? –preguntó.
-Aún no me ha contado por qué la echaron del cuerpo.
Aquello la descolocó. Kate se frotó las manos y negó con la cabeza. –No es asunto suyo.
-Necesito saber si tiene algún problema con cumplir las normas.
La ex-policía se rio, con amargura: -No, no tengo ningún problema con eso.
-¿Entonces?
-Sólo diré que no afecta en nada a mi trabajo como guardaespaldas. Pasé por unos días… difíciles y la cagué en la comisaría, nada más. No tiene que preocuparse.
-Vuelve a llamarme de usted –observó.
-Usted nunca ha dejado de hacerlo –le recordó.
-Supongo que tienes razón –sonrió. Kate no pudo evitar mirarlo fijamente. No se había percatado antes, pero su jefe tenía una sonrisa increíble. Un momento, ¿por qué se estaba fijando en la sonrisa del jefe? Quizás tutearlo no era una buena idea. Se levantó, azorada.
-Iré a ver cómo está Alexis y me daré una ducha antes de cenar.
-Disfruta. –Ella abrió la boca para responder pero la cerró y simplemente se fue.
Richard la vio subir y se sorprendió a si mismo fijándose en el trasero de Kate. Se apresuró a levantarse y se dirigió a su despacho, sirviéndose un trago. Estaba de mal humor y ha sido sentarme junto a ella y… Qué coño me está pasando. Se sentó en su escritorio y tomó la foto de su mujer. Acarició su rostro, triste. También te miraba el culo a ti cuando subías la escalera, Mer.
-Es bueno saberlo, monsieur.
Richard escupió el whisky y se volvió hacia Martha, que parecía divertida. -¿A quién le ha mirado el culo?
-¿Cómo dice?
-Ha dicho "también". No sería a Katherine ¿verdad?
-Martha, vaya a servir la cena –dijo, con paciencia.
-Obviamente no se trata de mí –dijo, pensativa -. Sí, claro que se trata de Katherine. No me sorprende, es una mujer très belle.
-Martha –dijo, agotado.
-Está bien, monsieur, lo dejaré estar. Sólo recuerde que no puede vivir para siempre abrazado a esa fotografía.
Richard suspiró y se dejó caer en su sillón. Escuchó risas desde el salón. Se levantó y se apoyó contra el marco de la puerta. Kate trataba de decir algo en francés, fallando estrepitosamente. Alexis se reía a carcajadas. Martha los llamó a los tres, la comida estaba lista.
-¿Pescado? –Alexis arrugó la nariz.
-Pescado a la plancha, para compensar los bollos.
-Si renuncio a los bollos para siempre jamás ¿podremos dejar de comer pescado?
-Si tú renuncias a los bollos para siempre jamás, yo voy al mercado en tanga.
-¡Martha!
Kate se echó a reír, tomando su copa de vino y la botella. Richard la frenó.
-Deja –se ofreció, sirviéndole él mismo. Martha los miró con satisfacción. Su jefe puso los ojos en blanco. Kate probó el vino, evitando a Martha.
-¿Por qué os habéis quedado callados?
-Por nada –replicó Richard -. Come.
-¿Martha? –Alexis insistió.
-Verás, tu padre…
-Quiere que dejes de hacer preguntas y comas. Come –repitió él, mirando ceñudo a la señora. Kate tomó otro sorbo de vin… Espera, ¿cuándo se había bebido toda la copa?
-Tranquila, chère, yo empecé así y ahora no fallo a mis cinco copas diarias.
-Martha, no convierta a Kate en una alcohólica. Alexis, come.
-¿Kate es una alcohólica?
-No, por el amor de Dios, ¡quieres hacerme caso y empezar a co…
Richard no terminó la frase pues se vio interrumpido por el timbre. Martha fue a abrir, dejando en la mesa a una niña preguntona con la palabra en la boca, una mujer que no sabía dónde meterse y un padre agotado. Este último miraba su copa de vino deseando convertirla en whisky cuando su chófer se acercó a él, serio.
-¿Qué ocurre?
-Será mejor que hablemos en su despacho. Los tres –respondió Ryan, señalando a la niña y mirando a la guardaespaldas. Richard tuvo un mal presentimiento y tras advertirle a Alexis que se quedara allí siguió al otro hombre. Kate los acompañó, temiéndose lo peor.
-¿Qué ha pasado?
-He encontrado esto en el asiento trasero del coche.
Ryan le entregó un sobre. –Lo he cogido con guantes, por si tenía huellas.
-¿Qué contiene?
-Kate… mejor siéntese.
-¿Qué? Trae eso.
Kate tomó el sobre y dejó caer su contenido sobre el escritorio. La habitación quedó en completo silencio.
En la mesa de madera dos estampas anunciaban que algo terrible podría ocurrir. Una era la de Santa Lucía. La otra representaba a otra mujer, esta vez acompañada de una palma, una espada y una rueda.
-Santa Catalina –susurró.
