No hablamos en las dos horas que duró el largometraje. Tampoco es que hubiera nada que decir, tampoco teníamos confianza y nos conocíamos para tener un tema del que hablar o comentar. Y por supuesto estuve pensando qué le iba a decir a la acosadora. Por una parte me daba pena la chica, seguramente estaba tan enamorada de él que se había obsesionado. Pero claro está, que Skandar lo pasaba mal sabiendo que ella lo espiaba y le seguía los pasos. Y lo peor era lo de su hermano que aprovechándose de que eran mellizos se hacía pasar por él, y vete a saber qué era lo que le decía a la pobre niña.
En cuanto la película hubo terminado y las luces de la sala se encendieron de nuevo me levanté decidida para ir a hablar con la rubia acosadora. Skandar, que aún se acordaba de lo que le había dicho me siguió por detrás vigilando lo que hacía.

— Vigila lo que le digas. No quiero problemas—me dijo con tono de preocupación.
— Sí, sí. Sólo quiero saber por qué razón hace lo que hace.

Ella y su grupo de amigos habían salido antes que nosotros de la sala así que cuando salimos la busqué entre la gente. Sus amigos estaban bajando las escaleras pero no había rastro de ella. Quizá había ido al baño. Se lo dije al pecoso y me dirigí sola hasta la zona del servicio para mujeres. Nada más entrar me la encontré retocándose el maquillaje frente al espejo.

— Hola —dije para romper el silencio, estábamos sólo nosotras dos.

Miró por el espejo y sonrió para después girarse.

— ¿Conoces a Skandar?—le pregunté y después su expresión cambió.
— Sí, ¿por qué?

Seguramente estaba confundida. Si le seguía sabría toda su vida y cuál era su círculo de amistades. Y yo no entraba por ningún sitio.

— No, es sólo que él me ha hablado de ti. Y quería saber quién eras.
— ¿Él te habla de mí?— noté un brillo de felicidad en sus ojos.
— Bueno, sólo lo ha hecho una vez.
— ¿Eres parte de su familia?
— No. Sólo una buena amiga.
— Ya…—intuí lo que estaría pensando en ese momento—, encantada de hablar contigo pero me tengo que ir.

Su cara de felicidad se había desvanecido de su rostro al mismo tiempo que salía por la puerta y me dejaba a solas frente al espejo. Quizá lo de "una buena amiga" había sonado algo diferente de lo que yo pensaba. ¿Pensaría que estaba saliendo con él? Esperaba que no. No quería que me espiara o acosara.
Cuando salí, justo detrás de ella aunque esperé algunos segundos para que no se notara que había entrado sólo para hablar con ella, el chico de ojos marrones me esperaba medio escondido detrás de una columna.

— ¿Qué haces?— le pregunté entre risas al encontrármelo de ese modo.
— Esconderme de esa arpía. ¿Qué te ha dicho?
— Nada. Es decir, no he sacado nada nuevo. Pero espero que ahora no me siga la pista.
— ¿Por qué te tendría que seguir? —hizo una pausa y luego continuó—, ¿se puede saber qué le has dicho?
— Me ha preguntado de qué te conocía y le he dicho que era una amiga tuya.
— Amiga… ¿Pero con qué tono?
— No lo sé, normal.
— Seguro que se ha imaginado algo que no era. Me tiene controlado y sabe quiénes son mis amigos y a ti no te conocía hasta hace menos de un día.
— Bueno, pero si no sabe donde vivo…
— Pero es que lo va a descubrir. Eres mi vecina, ¿recuerdas?
— Es verdad, se me había pasado. Bueno, si ella te pregunta sobre mí le dices que no somos nada. Que soy tu vecina y ya está.
— Sí, cómo que me va a creer.
— Pues lo va a tener que hacer, porque yo no tengo ninguna intención de liarme contigo.
— ¿Por qué no?

Aquello me dejó tonta.

— ¿Por qué no qué?
— Que por qué no tienes intención de liarte conmigo.
— Porque no.
— ¿Por qué no?
— Porque no y punto.
— ¿Me puedes dar una razón de peso?
— Porque lo he prometido.
— ¿Has prometido que no te ibas a liar conmigo?
— Sí.
— ¿A quién se lo has prometido?
— A mí misma.
— ¿Eres de las que rompen promesas? —me guiñó el ojo.

Dios. Su hermano diciéndome que no intentara nada y él tirándome los tejos. Menudas amistades me acaba de hacer.

— A veces rompo promesas, pero esta no la voy a romper. Anda, tira que me quiero ir a casa —le dije arrastrándolo hacia las escaleras.
— Vale. Pero, ¿por qué no quieres? Es decir, estás soltera.
— Que esté soltera no quiere decir que me tire al primer tío que encuentre. Además ni te conozco.
— ¿Pero ni un beso me darías?
— No. Si quieres se lo pides a la rubia esa tan simpática que te sigue a todos lados.

Se calló al instante. No volvió a tocar el tema hasta que llegamos a casa. De camino me estuvo contando cómo empezó la historia de la chica acosadora. Por cierto, se llamaba Alissa. Se conocieron en el conservatorio de música, al principio le hablaba pero llegó un día en que ella quiso besarle así que dio por finalizada la relación de amigos que mantenían. Y entonces fue cuando su obsesión por Skandar empezó. Ahora intentaba que ella no le viera cuando iba al conservatorio pero a veces era irremediable, le esperaba a la salida. En resumen, Alissa no le dejaba ni respirar y él no podía hacer nada.
Y digo que no volvió a tocar el tema hasta que llegamos porque nada más bajar del autobús empezó otra vez a insinuar algo que sería imposible, o al menos eso intentaba yo: que no ocurriera.

— ¿Me vas a dar un beso de buenas noches?—insistió.
— Sí, pero en la mejilla.
— Muy bien. A mi hermano le besas y a mí no.
— Yo no le he besado, me ha besado él.
— Ajá, te he pillado. Así que os habéis besado…
— ¿Lo has preguntado para ver si te mentía? Que retorcido eres.
— Lo sé. Pero va, dame uno aunque sea corto.
— Que no.
— Por favor.
— No. Te aguantas.

Seguimos andando sin decir nada. Sabía que no iba a dejar el tema tan fácilmente. ¿Pero qué era lo que les pasaba conmigo? A los dos. Ni que no hubieran visto a una mujer en su vida y estuvieran necesitados. Al llegar se paró junto a la puerta de su casa y se cruzó de brazos.

— ¿Qué te pasa?—le pregunté buscando las llaves en el bolso.
— Ya sabes lo que me pasa.
— Lo siento, no lo sé—dije burlona y entré al jardín de mi casa.

Ni siquiera me giré para saber si seguía allí plantado, entré en casa y me encontré con mi hermana tumbada en el sofá mirando la televisión. Me saludó con la mano y siguió con lo suyo. Mi estómago me recordó que no había cenado nada, así que fui a la cocina y busqué algo que poder comer. Gracias a Dios que mi hermana se había acordado de mí. Había dejado media pizza en un cartón. Sin decirle nada me subí la comida y un vaso de agua a mi cuarto y cené encima de la cama mientras pensaba en lo que me había sucedido aquel día. Me había quejado demasiado con mis padres sobre el viaje pero ahora que lo pensaba tampoco iba a ser tan aburrido y fastidioso. Cuando hube terminado bajé otra vez con el cartón y el vaso vacío y me lavé los dientes. Tan sólo me apetecía meterme en la cama. Subí de nuevo y me quité el vestido con la luz apagada, mi vagancia era tal que ni me molesté a encender la luz.

Fui hacia el armario para dejar el vestido cuando noté que algo se movía detrás de mí. Me imaginé lo que podía ser. Guardé la ropa en el armario y cuando me giré supe que me lo había imaginado bien.

— ¿Se puede saber qué haces aquí? —susurré para que mi hermana no oyera nada.
— Vengo a por lo que es mío.
— Skandar, vete a tu casa. Además estoy en ropa interior, no tienes vergüenza alguna.
— Pero si no importa que estés así, a mí ya me gusta —dijo melosamente mientras se acercaba cada vez más a mí, hasta que mi espalda tocó el armario.

Colocó sus manos en mis caderas y inclinó la cabeza hacia delante.