CAPÍTULO 12: Yügure
Por la mañana Naruto andaba bastante perdido. Le dolía horrores la cabeza y estaba seguro que había pasado algo la noche anterior, pero no lograba recordarlo.
- Hinata… ¿pasó algo a noche?
A Hinata se le disparó el ritmo cardíaco. Parecía que Naruto había olvidado lo que había ocurrido pero Hinata no. Justo cuando le iba a declarar sus sentimientos, su vestido se cayó al suelo y le enseñó casi todas sus vergüenzas a Naruto, incluidas unas braguitas con los dibujos de unos zorritos que su madre le había dicho que se pusiera para esa noche. Luego, Hinata le golpeó con la cabeza, por acto reflejo, y ambos se desmayaron.
- B-Bueno… verás… parece ser que nos atacaron y… y… y… nos desmayamos, ¡si, eso es! Luego Shiro-sensei nos trajo aquí… - respondió, totalmente roja.
- ¿Eh? ¿Qué yo qu…?
Antes de que pudiera terminar, Hana le pegó un pisotón a Shiro, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener el grito de dolor. Cuando la miro, esta le lanzo una mirada asesina advirtiéndole: "Si hablas, luego te enterarás".
- ¿Nos atacaron? ¡Maldita sea! ¡Baje la guardia! – Se quejó, tirando los palillos al suelo.
- B-Bueno… pero estamos bien, Naruto-kun…
- Tienes razón pero… de haber estado más atento… maldita sea…
Tras el desayuno, cada uno fue por su lado. Neji se marcho a entrenar con Hiashi, quien curiosamente tenía todo el cuerpo lleno de vendas, Kakashi se marchó con Sakura y TenTen a hacer unas compras, y Hinata, Hana, Shiro y Amelia fueron a dar un paseo. Por otra parte, Naruto desapareció y nadie sabía donde se había metido.
- ¿Se puede saber a que ha venido ese pisotón, Hana-sama?
- No es asunto tuyo – le respondió.
- ¿Eh? Pero si…
Hinata le tiro de la manga. Cuando la miro, estaba con las mejillas sonrojadas.
- Por favor, Shiro-sensei… s-si Naruto-kun le pregunta… dígale que paso eso, ¿vale?
Desde luego no se podía negar. Cuando Hinata le pedía algo, Shiro no podía evitar no cumplir su petición.
- Vale, esta bien.
Llegaron a la plaza, donde todo el mundo rodeaba la fuente, expectante ante el espectáculo.
- ¿Y eso? ¿Qué pasa ahí? – Preguntó Amelia.
- No lo sé – le respondió Shiro.
Pero pronto lo supieron. El grupo de gente de pronto los rodeo y explotaron, convirtiéndose en humo, creando una enorme cortina que no les dejaba ver.
- ¡Mierda! ¡Es un ataque!
- ¡Amelia, quédate con Hana-sama y Hinata! – Le ordenó Shiro quien salto fuera de la cortina de niebla.
Miro a su alrededor, pero no había nadie, hasta que oyó una voz.
- ¡Al fin nos vemos las caras frente a frente!
La voz provenía de la fuente. Al mirar allí, sobre esta, había un tipo de cabello rojo y pelo de punta.
- ¡N-No puede ser… t-tú eres…! – Se quedó Shiro expectante.
- Eso es, sabes muy bien quien soy.
- ¿Quién eres?
Aka tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no caerse de encima de la fuente, debido al corte que le daba que se hubiera olvidado de su nombre.
- ¡Desgraciado! ¡Lo haces aposta, ¿verdad?
- No, en serio, ¿quién eres tú?
- Desgraciado… - gruñó mientras apretaba su puño furioso - ¡Te juro que haré que no olvides nunca mi nombre! – Gritó mientras saltaba hacía él, pero de entre la cortina de humo salió una figura que le golpeó en el pecho con la palma de la mano y lo paró en seco.
Se trataba de Hana Hyuga, quien grácilmente y con la elegancia de una pantera, golpeó en el pecho a su enemigo.
- Voy a pararte el corazón – dijo.
- Oh, ¿en serio?
Antes de que pudiera darse cuenta, cientos de pequeñas púas salieron de su brazo, y Hana Hyuga cayó al suelo, llena de dolor, mientras se sujetaba con fuerza el brazo teñido de rojo por culpa de la cantidad de sangre que le había salido.
- ¡Mamá! – Gritó Hinata cuando salió de la cortina de humo y vio a su madre.
Junto con Amelia, se acercó hasta su madre, para intentar aplicarle los primeros auxilios.
Shiro se situó ante las chicas, interponiéndose entre ellas y el tío pelirrojo. No lo entendía. Estaba seguro de no haber perdido de vista a ese tipo, y sin embargo algo le había pasado al brazo de Hana ¿Cómo lo había hecho?
- Amelia, ¿cómo esta?
Amelia examinó todas y cada una de las pequeñas heridas del brazo de la madre de Hinata, y se quedo tan espantada que casi no sabía como explicarse.
- T-T-T-Tiene destrozadas todas las venas del brazo… - pudo decir.
- ¡¿Qué? – Exclamó Shiro, no creyéndose lo que estaba oyendo.
Hinata miró a su madre, quien tenía una enorme mueca de dolor en su rostro. Jamás la había visto así.
Shiro miro de nuevo a su enemigo ¿Cómo podía haberlo hecho? Si había recibiendo de lleno el Jüken de Hana Hyuga su corazón tenía que haberse parado de lleno con solo rozarle.
- ¿Sorprendido? No te preocupes, enseguida estarás como esa mujer… o mucho peor – rió.
- Deja de hacer el tonto, Aka – dijo una silueta que apareció a su lado de la nada.
Miruki apareció a su lado. Tenía las ropas destrozadas y la cara llena de pequeñas heridas. Que Shiro recordase, por lo que le habían contado Hinata y Amelia, Naruto no le golpeó tan fuerte, así que, ¿cómo podía tener esas heridas?
- Lo siento, quería divertirme. Además, pensé que te alegraría ver a esa mujer muerta.
- Cuando nos llevemos a esos dos podrás hacer lo que quieras.
- ¿Esos dos? – Pensó Shiro, sin saber a que se referían. Se suponía que solo querían a Hinata.
- Ocúpate de ese mientras me llevo a Hinata – le ordenó.
- Vale, vale. No hace falta que estés tan serio conmigo.
Shiro se preparó para pelear. Aunque estaba familiarizado con las técnicas del clan Hyuga no sabía que técnicas usaba el otro, por lo que estaba en problemas si tenía que proteger a las tres a la vez.
De la tierra salieron algo parecido a tentáculos de arena, que ataron a Shiro, Hana y Amelia.
- ¡¿Pero qué…? – Exclamó Amelia, viéndose atrapada.
Detrás de Aka y Miruki, apareció una tercera figura, escondido tras una capa negra solo podían ver dos brillantes puntos rojos.
- No hace falta derramar sangre inútilmente – dijo.
- Tienes razón, Akairo – le sonrió Miruki – Menos mal que se te ocurrió venir.
Shiro intentó escapar, pero los tentáculos le apretaban con fuerza, además, cuanto más apretaba, más débil se sentía.
- ¡Hinata, vete! – Le ordenó.
Hinata estaba temblando, al lado de su madre, que aunque no gritase se notaba que sentía un enorme dolor por culpa de esos látigos que le apretaban su brazo malherido.
- ¡Vete, Hinata! – Le repitió.
La joven volvió en si, y aunque no quería se intentó marchar, pero el ninja enmascarado le cortó el paso, apareciendo de la nada.
- Venga conmigo, Hinata-sama – le pidió con gentileza.
Retrocedió, asustada. No sabía que hacer. Los otros tres se iban acercando más y más. Cuando se giro, Miruki estaba ya tan solo a un par de pasos de ella.
- Vamos, Hinata-sama – le tendió la mano – Le prometo que estará bien.
Los tentáculos de tierra se rompieron y Miruki recibió una fuerte patada en la cara que lo tiro al suelo. Mientras tanto, a Death, la aparición de Hiashi Hyuga tras su hija le hizo retroceder de un salto.
Naruto agarró a Hinata y la llevó al lado de su madre, mientras que Neji atacaba a Miruki con el Jüken, pero este rodó hacía la derecha, lo esquivo, y luego hizo perder el equilibrio a Neji con una patada circular.
Neji cayó al suelo, pero se pudo reincorporar en cuestión de segundos, aunque Miruki ya le esperaba y le pegó una patada en el estómago que lo hundió en el suelo. Neji le agarró la pierna con una mano y se preparó para atacarle con sus dedos, pero Miruki actuó más rápido y le golpeó con el Jüken en la cabeza, dejándolo inconsciente.
- ¡Neji! – Gritó Hinata.
Aka y Akairo observaban la escena, tranquilos, hasta que Shiro les atacó, intentando derribarlos a los dos a la vez. Ambos esquivaron el golpe.
Hinata abrazó a su madre, que estaba siendo curada con Amelia, no parando de emitir pequeños sonidos de dolor.
- Mamá…
- N-No te preocupes, hija… esto no es nada…
Aunque Amelia no estaba de acuerdo. Estaba muy preocupada. Estaba curándole la parte de fuera, pero por dentro no podía parar la hemorragia por mucho que lo intentaba.
De reojo miro a Shiro que estaba intercambiando golpes con el encapuchado y el de pelo rojo, temiéndose lo peor si le alcanzaban.
Hiashi miraba al enmascarado, Death, intentando ver su cara con el Byakugan, sin éxito.
- Eres un Hyuga, ¿no es así?
- Y si lo fuese, ¿qué pasaría, Hiashi-sama? – Le preguntó.
- Exijo saber quien eres o, acaso, ¿eres Rikimaru? O… - le miro fijamente, pensando en que si fuese el caso, sería realmente una enorme fatalidad del destino haberse encontrado con él - ¿O eres Negiru?
- ¿Quién quieres que sea, Hiashi-sama? – Le preguntó.
La máscara no tenía agujeros para los ojos, así que no podía mirarlos, pero sentía como si se estuviera riendo de él.
Miruki se dirigió hacía Hinata, pero Naruto le salió al paso.
- Tú… tú has sido el que me ha golpeado en la cara, ¿no es así?
- ¡Eso es! ¡Así te devuelvo lo de ayer!
- ¿Eh? – Miruki no entendía a que se refería - ¿Lo de ayer?
- ¡Así es! ¡Cuándo nos atacasteis por sorpresa!
- ¿De qué estás hablando?
- ¡No lo niegues! ¡Cuándo estaba a solas con Hinata y me iba a decir ella algo a mí nos atacasteis a los dos, pero Shiro-sensei lo impidió!
Miruki no entendía nada. Hinata casi deseaba no haberle mentido a Naruto, porque la verdad es que estaba quedando bastante mal en esos momentos.
- No sé de que demonios me hablar, estúpido. Pero vas a pagar por lo de mi cara y por lo del otro día.
- ¡Aquí te espero! – Le retó.
Miruki se situó ante él en un visto y no visto, y se puso en posición para atacar, una posición que Naruto conocía muy bien de cuando peleo con Neji.
- ¡No me vas a pillar con eso!
El ninja saltó hacía atrás, para salir del círculo de adivinación, pero aún así Miruki se volvió a colocar ante él y comenzó a atacar.
- ¡Jukenho: Hakke Nihyaku Gojuroku Sho! (Arte del puño suave: 256 palmas de ocho trigramas)
- ¡¿Cómo? – Exclamó Hiashi, girándose sin poder creer lo que acaba de oír.
Las manos de Miruki parecía que hubiesen desaparecido, pero Naruto no dejaba de recibir golpes a una velocidad sorprendente. En pocos segundos, escupió una gran cantidad de sangre por la boca y cayó a tierra.
- ¡Naruto-kun! – Gritó Hinata.
Amelia y Hana tampoco podían creer lo que habían visto, y mucho menos Hiashi. Todos conocían la técnica, una técnica vetada que tan solo un par de miembros del clan Hyuga tenían derecho a utilizar.
- ¿Qué te ha parecido? Tiene potencial, ¿verdad?
- ¿Tú le has enseñado esa técnica?
- Así es.
- No puede ser… dentro del clan solo a la rama principal se nos permite conocerla… ¿Q-Quién eres tú?
- Ya deberías saberlo.
Hinata corrió hasta Naruto, pero Miruki le salió al paso y le golpeó en el estómago, haciéndola caer inconsciente. Pero antes de que cayese al suelo la agarró.
- Lo siento mucho, Hinata-sama.
A su lado apareció Yucho, que agarró el cuerpo inconsciente de Naruto.
- Buen trabajo, Miruki. Pero creo que te has pasado un poco.
- Si muere o no importa bien poco, ¿no es así?
- Si, eso es – le respondió - ¡Venga, vámonos! – Ordenó a sus hombres que los rodearon en cuestión de segundos.
- ¿Q-Quién demonios sois vosotros? – Preguntó Hana, levantándose.
- A partir de ahora podéis llamarnos los Yügure, y no os preocupéis, cuidaremos bien de la pequeña Hinata.
- ¡No permitiré que os llevéis a mi hija! – Exclamó corriendo contra ellos.
Aka, el ninja del pelo rojo, extendió la palma de la mano y del cuerpo de Hana aparecieron cientos de pequeñas puntas rojas, saliendo de su interior.
- ¡Puagh! – Escupió sangre a la vez que caía al suelo.
- ¡Hana! – Exclamó Hiashi, cogiendo a su mujer.
Amelia se acercó para curarla con urgencia. Mientras tanto, los Yügure estaban listos para marcharse, pero de sus manos desaparecieron Hinata y Naruto.
Todo había sido muy rápido, ni se habían percatado de que Shiro se había metido en su grupo y los había agarrado. Los dejo a ambos al lado de sus compañeros.
- Yagami Shiro… ¿es qué piensas enfrentarte tú solo a nosotros?
- Mi deber es proteger a Hinata Hyuga con todo lo que ello conlleva. Además habéis atacado a Hana-sama, y eso es un delito que no puedo dejaros pasar.
- ¿De verdad?
Aka y Akairo se prepararon para el combate, al igual que Shiro que estaba listo para enfrentarse a ellos. Pero además, Miruki Hyuga y Yucho se les sumaron.
- Veamos si puedes proteger a esa chiquilla – le retó Yucho.
Ninguno de ellos se fijo, pero los ojos se Shiro se tornaron rojos como la sangre, y, sin lugar a dudas, su mirada contenía una enorme determinación de que no iba a perder ese combate.
