¡Hola!
Como ya viene siendo habitual, me he tomado mi tiempo para actualizar, pero al fin he vuelto, porque como ya mencioné a quienes comentaron en el capítulo anterior, ahora escribo desde una aplicación en mi móvil y ya no dependo de un ordenador para poder continuar con la redacción de este fic.
Bueno, y después de las aclaraciones, quiero dar las gracias a todas aquellas personas que me han estado dando ánimos para que continúe. Si creéis que se podría mejorar algo de mi escritura o de la trama, por favor os lo pido, hacédmelo saber cuanto antes. Prometo que no me enfadaré ni romperé el ordenador, o aprenderé a hackear para vengarme, ja ja ja ja. No, ni mucho menos. Me gustaría que me dijerais en qué fallo para que los próximos capítulos sean todavía mejores. Porque sí es cierto que he notado una sensible disminución en el número de comentarios en el capítulo anterior y visitas al mismo, si bien un par de personas han decidido seguirme y poner mi historia en su lista de favoritos. A vosotros/as, comentéis o no, también os lo agradezco de todo corazón pues esto significa mucho para mí. Ser escritora y mangaka son dos sueños que espero algún día cumplir, por eso que me apoyéis en todo este proceso me hace muchísima ilusión.
Y sin más dilación os dejo con los resúmenes de los capítulos anteriores para que podáis seguir el hilo de la historia y si no consideráis que sea suficiente, volved al capítulo que no recordéis.
CAPÍTULO 1: Robin se da cuenta de lo que Zoro siente por Nami, pero no se da cuenta de los sentimientos que alberga por el espadachín.
CAPÍTULO 2: Zoro intenta confesar sus sentimientos a la navegante, pero Robin interrumpe el momento al anunciar que la nave se aproxima a una isla.
CAPÍTULO 3: Llegan a la isla y Robin y Nami están de compras cuando a lo lejos, la morena ve que Zoro se acerca a ellas. En ese momento, decide forzar un encuentro entre sus compañeros para que el espadachín pueda confesar lo que siente. Cuando al final se encuentran todos, ella decide desaparecer y dejarlos solos.
CAPÍTULO 4: Zoro y Nami comienzan a caminar para ver si logran encontrar a Robin. Sin embargo, el chico acaba en medio de un gran prado con su compañera a la que besa en los labios a modo de confesión. Ella no se lo toma muy y después de abofetearlo, se va. Robin, que escondida en la copa de un árbol lo ve todo, sale de su escondite y se acerca al espadachín para animarlo y curarle una herida que se ha le abierto en la mejilla. Cuando están a punto de volver al Merry, un hombre que empuña una escopeta los amenaza con el arma.
CAPÍTULO 5: Robin se pone muy nerviosa, pero intenta hacer entrar en razón al hombre armado. No obstante, este dispara a la mujer pero no llega a alcanzar su objetivo porque Zoro interviene sosteniendo a su compañera entre sus brazos muy cerca del suelo. A continuación, el espadachín inicia su ofensiva movido por la sed de venganza y acaba recibiendo un disparo en el hombro derecho.
CAPÍTULO 6: Ambos piratas huyen del hombre armado y logran despistarlo. Entonces, Robin intenta curar al espadachín, pero en vez de regresar inmediatamente a la nave, se quedan sentados bajo un árbol mientras Robin tararea una dulce canción. Cuando anochece vuelven al barco pero no cuentan la verdad a sus compañeros sobre todo lo sucedido, sino que ocultan que han estado toda la tarde juntos.
CAPÍTULO 7: Robin quiere que Zoro confíe en ella y le cuente qué le pasa con Nami, pero él lo único que hace es retraerse y mostrarse más silencioso. La arqueóloga se debate entre dejarlo que se recupere a su manera o ayudarlo y al final decide que el espadachín le importa demasiado como para dejarlo a su suerte, sobre todo, al averiguar que en SkyPiea sucedió algo con el espadachín que no logra recordar.
CAPÍTULO 8: La noche que le toca vigilancia en el puesto a Zoro, Robin sube para hablar con él con un poco más de intimidad y aunque al principio no lo parece, el chico logra abrir su corazón ante su compañera, que poco a poco se ve más cautivada por el joven. Ambos ven que sienten algo por el otro cuando sus labios casi se funden en un beso.
CAPÍTULO 9: Robin se despierta confusa en su cama porque la noche anterior se había dormido en el puesto de vigilancia. Cuando va a guardar su manta ve que esa no es la suya. A la hora de comer, se encuentra con Zoro, que también se ha levantado más tarde de la cuenta, pero intenta no demostrar ningún sentimiento y se vuelve a poner la máscara de serenidad y silencio que lleva siempre, pero Zoro sabe que esa no es la verdadera Robin de la que él se había enamorado unas pocas horas atrás.
CAPÍTULO 10: Ahora es Zoro el que sube al puesto a visitar a su compañera y aunque con palabras no pueden confesar lo que sienten, sus actos sí consiguen demostrarlo.
CAPÍTULO 11: Robin se atreve a acercarse a Zoro para mostrarle su amor apasionado, pero pronto se da cuenta de que toda la experiencia que le había hecho reconocer que lo que más deseaba era estar con el espadachín y compartir su amor con él era una especie de alucinación o algo obra de su imaginación. Sin embargo, al final decide que lo mejor es seguir los dictados de su corazón. (Este capítulo no sabía cómo resumirlo mejor, es tan abstracto, lemmon y psicológico al mismo tiempo que ha sido casi imposible de sintetizar.)
Y ahora ya sí que sí, os dejo con el capítulo 12: "Luna llena".
Dulces, cálidos, reconfortantes eran los ojos esmeralda del espadachín buceando en su alma, aparentemente vacía pero con muchos secretos guardados bajo llave. No podía apartar los ojos de él, de la seguridad que emanaban, de la verdad que guardaban, del amor eterno que le estaban prometiendo en la cocina de aquella nave. No sabía si podría seguirle ocultando por mucho tiempo toda la verdad que yacía bajo su velo de serenidad; si la muralla caía, todo su pasado tendría que ver la luz.
—¿Vamos a la mesa? —sugirió ella con una dulce sonrisa.
—Me sirvo el té y voy. ¿Quieres uno?
—Sí, por favor. Pero deja que me encargue yo.
Unas cuantas manos aparecieron de la nada sobre la encimera de la cocina y con precisión de cirujano sirvieron el té mientras los dos piratas iban juntos a tomar asiento.
—Gracias —dijo Zoro sonriente cuando una de las manos le pasó su taza.
—No hay de qué —respondió la mujer hundiéndose otra vez en los ojos de su compañero.
Sus manos, como la última noche que habían pasado juntos, se habían entrelazado instintivamente tras aquel contacto fortuito con el tarro del azúcar y todavía no se habían podido separar, permanecían allí unidas sobre la mesa mientras ambos piratas intercambiaban un largo silencio y una intensa mirada. Zoro se había sorprendido sobremanera cuando su compañera lo había tomado de la mano pero no consideraba que apartarse fuera lo mejor y se había quedado allí con ella, hipnotizado por su aura, sus ojos, su belleza, su olor a flores frescas y el sentimiento que aquella mujer despertaba en su corazón de piedra.
—Ojalá no fueses mi luna.
—¿Tu luna?
—Sí, como la luna llena, cuando creo que te entiendo, que puedo alcanzar tu alma como tú haces con la mía, desapareces delante de mis ojos, te pones tu máscara de indiferencia y te vas.
Una larga mirada se cruzó entre los dos. No eran necesarias las palabras para prever qué iba a pasar después. Robin dejó su infusión a un lado y se acercó a su compañero, buceó en sus esmeraldas para mostrarle toda la verdad que había en ella, abrir su corazón, la puerta a su yo más frágil e inocente, a la Robin vulnerable que solo el espadachín había visto. Zoro se sentía lleno, lleno de un sentimiento dulce y a la vez confuso: amor; sin embargo, por encima de todo, estaba lleno de palabras, dulces, enamoradas, más propias de Sanji que suyas pero que a fin de cuentas por fin comenzaban a expresar con acierto todo lo que había en su interior. Y con la mano que tenía libre acarició aquella sedosa cascada de carbón, la apartó con un movimiento elegante, suave, seguro y bajó por el brazo de su compañera trazando un camino ondulante con las yemas de sus dedos hasta que logró tomarle la otra mano. Tiempo suficiente para poner en orden todas las palabras que se aglutinaban en su garganta y querían salir a la vez.
—Robin..., yo..., tú —un susurro exasperado salió de los labios del espadachín—, lo siento, no sé por dónde empezar...
La arqueóloga separó una de sus manos de la de su compañero y le tocó suavemente la mejilla, inclinó un poco la cabeza y le sonrió con una de esas sonrisas luminosas que solo le nacían cuando iban dirigidas al joven de pelo verde. Solo con ver el brillo de aquellos ojos azules supo que no tenía nada que temer, que ella le estaba entregando su corazón sin pensárselo dos veces, tal y como el había hecho, sin ser consciente, algunos años atrás.
—Tú..., tu sonrisa es como el arco iris, tu risa, música celestial para mí, eres la mujer más bella e inteligente que nunca he conocido ni conoceré. Creo que eres la única persona que ve en mí algo más que un pirata sin alma. Desde que nos conocimos en aquel bar de mala muerte, nuestra relación ha sido muy extraña pero hace poco me he dado cuenta de una cosa: Robin, te quiero —un silencio siguió a estas palabras.
Ella estaba sorprendida por la elocuencia de su compañero y por todo lo que le estaba confesando sin un ápice de duda o inseguridad, y le dejó proseguir.
—Te quiero más que a nada en este mundo, ¿qué digo? En este universo y otros que puedan existir, pero hay algo que sigue quemándome por dentro...
—Dime —dijo ella estrechándole más fuerte la mano que todavía los unía.
—Robin, no sé si algún día me permitirás llegar a tu corazón.
—Bueno, aquí me tienes, nuestras manos todavía no se han separado y no te he lanzado mi té a la cara. Eso debe de significar algo.
—Sí, ya lo sé, pero ¿por cuánto tiempo durará? ¿Por cuánto tiempo seguirás siendo mi luna llena, la Robin a la que amo?
—Por ti, para siempre.
Y los labios de la mujer se aproximaron vacilantes a los del muchacho, que no podía creer lo que estaba pasando. No sabía cómo, pero había logrado decir en voz alta todo lo que sentía por aquellos labios que no podía evitar querer besar.
Él también se acercó a ella, su labio inferior acariciando el superior de ella mientras respiraba el mismo aire floral que la envolvía. Su respiración se aceleró poco a poco, podía sentir los latidos de su propio corazón martilleando en sus tímpanos y cuando tomó el suficiente aire, decidió fundirse al fin con la persona que amaba.
—¡Guau! ¿Interrumpo algo, tortolitos?
Nami, desde la puerta, los miraba asombrada y curiosa al mismo tiempo. Por una parte, Robin se había quedado de piedra, mirando hacia la puerta pero todavía inclinada ante el espadachín, casi encima de él. Mientras que por otra, Zoro estaba lanzando dardos envenenados por los ojos, dardos que iban a parar directamente al corazón de la mujer que estaba, desmaquillada y con el pelo alborotado, bajo el umbral de la puerta de la cocina.
—¿Qué haces aquí, Nami? —preguntó el peliverde con cierto desdén.
—¿Yo? Nada, solo venía a por un vaso de agua. Pero no sabía que algo se estaba cociendo en la cocina.
—Y, ¿por qué no tomas tu agua y te vas?
—Porque he encontrado algo mucho más jugoso de donde beber. Que vosotros dos estéis juntos me proporciona grandes beneficios, ¿no lo sabías, pequeñín? —anotó Nami como si le estuviera hablando a un niño pequeño.
—¿Beneficios?
—¡Ay, amigo mío, todavía te queda mucho por aprender! ¿O prefieres que Sanji, Luffy y los demás se enteren de esto? Supongo que querréis que os dejen cierto espacio e intimidad para... bueno, vuestros asuntos, y yo, mi querido camarada, te puedo proporcionar esa tranquilidad que buscas por un módico precio y además, como obsequio especial, símbolo de la amistad que nos une, te regalaré el libro escrito por una servidora Cómo satisfacer a una mujer: la diferencia entre una cita y una noche de ensueño. Te advierto de que no podrás encontrarlo en librerías.
—¡¿Qué?!
—Bueno, chico, tranquilo, no te pongas así, que todavía me quedan algunos ejemplares y además a Robin no le cobraré por un servicio que podréis disfrutar los dos —afirmó la pelirroja a la vez que le guiñaba un ojo a la pareja— es toda una ganga, no me lo niegues. Un dos por uno en toda regla.
—Ni lo sueñes. Mi deuda contigo ya es estratosférica, solo me faltaba eso. Anda y véndele el libro ese al cocinero cejas rizadas, seguro que ese pervertido te lo agradece más que yo.
—Pero venga, Zoro... Sabes que...
—¡Tierra a la vista! ¡Nami, veo una isla! ¡Corre, Nami, vuelve aquí!
—¿Una isla? —se preguntó la pelirroja a sí misma— ¡Voy!
—¿«Vuelve aquí»? ¿Significa eso que...?
—Eso parece —respondió Robin a su compañero.
Tras una última sonrisa, acercó a sus labios la mano del chico, que todavía estaba entrelazada con la suya y la besó suavemente mientras, de nuevo, le marcaba a fuego sus dos ojos azules en el corazón.
«¡Bésame!» quiso gritar ella cuando oyeron desde la cubierta a Nami que instaba a todos, ellos dos incluidos, a salir de los camarotes y ayudar a acercar la nave a la isla.
Y ambos salieron de la cocina como si allí dentro no hubiese sucedido nada. Y eso parecía creer también el resto de la tripulación, que, todavía deshaciéndose de los últimos restos del sueño, seguía como podía las instrucciones que la navegante dictaba desde el puesto de vigilancia. Así al poco rato lo que había sido una pequeña estrellita en el horizonte, acabó apareciendo ante sus pupilas como una isla despierta, fiestera, trasnochadora. Sin embargo, algunos de los tripulantes pronto descubrirían que, al menos de noche, no era una isla tan acogedora como parecía a primera vista.
Tras pasar uno de los faros de aquella isla, intentaron buscar un lugar escondido y apartado para anclar su nave, y lo encontraron en lo que parecía ser un antiguo puerto pesquero de aquella ciudad. Ninguna luz iluminaba aquella zona, las casas de antiguos pescadores estaban en ruinas y las calles, sin pavimentar, acumulaban todo tipo de desperdicios. El aroma que allí se respiraba no era el de un puerto sano, vivo, no: olía a pescado podrido, excrementos humanos y otras materias orgánicas en descomposición. Ni siquiera el olor de las olas, que lamían suavemente aquel pedacito de tierra, había podido mitigar el hedor que el abandono desprendía. Barcos pesqueros abandonados se hacinaban varados en las calles y otros, los que todavía podían flotar, seguían anclados en lo que tiempo atrás había sido su hogar.
El silencio era total allí. Ni pasos, ni vehículos, ni animales; solo los Sombrero de paja y el mar que los había traído.
—¡Hala! ¡Qué sitio tan chulo! ¡Vamos a investigar, chicos! —exclamó el capitán antes siquiera de poner un solo pie en tierra.
—Pues sí parece interesante —secundó la arqueóloga.
—¿Interesante, Robin? Yo tengo miedo... —exclamó el pequeño reno escondiéndose como un niño pequeño tras las piernas de la morena.
—Es mucho mejor que esté abandonada, así, al menos sabemos que en esta parte no hay marines que vengan a por Merry.
Sin embargo, aunque bien intencionadas, las palabras del espadachín no tranquilizaron en absoluto al doctor, que, gracias a sus sollozos, consiguió que Robin lo tomara entre sus brazos.
—Venga, peque, ya pasó. No tienes de qué preocuparte. Zoro nos protegerá —le decía suavemente la mujer al renito—, ¿a que sí, Zoro?
¿De verdad Robin se estaba dirigiendo a él delante de todos por su nombre? ¿De verdad se lo había dicho con esa voz tan sensual mientras lo desnudaba con una mirada? El pobre y confuso espadachín no sabía qué creer; estaba complacido, eso sin dudarlo, pero ese trato tan cercano en público, eso sí era más difícil de asimilar.
—Es verdad, Zoro es muy fuerte, seguro que los derrotaría en un abrir y cerrar de ojos.
—Y tú deberías ser más valiente, enano —se burló el peliverde mientras le pasaba un mano por la cabeza al doctor.
—¡Yo sí soy valiente! ¡Y no soy un niño!
—Pues venga, demuéstramelo.
Y en menos de lo que canta un gallo ya estaban el espadachín y el doctor persiguiéndose por toda la cubierta bajo la atenta mirada de la arqueóloga, que ni tan solo se molestaba en disimular el amor que sentía por sus dos compañeros. Mientras, Nami, disimulando como podía, miraba curiosa a su amiga; vale, que quisiera a Chopper lo entendía, ¿quién no se enamoraba de él solo con verlo? Pero Zoro, Zoro..., no sabía muy bien qué veía en él, bueno, en realidad sí lo sabía: su cuerpo esbelto, sus pectorales, sus abdominales que dibujaban una tableta de chocolate, sus brazos fuertes, sus ojos esmeralda, su piel curtida por el sol, su actitud desafiante, su aparente fogosidad... No podía negarlo, seguro que el espadachín debía de ser un gran compañero de cama. Si ella hubiera sentido aunque fuese una milésima parte del amor que parecía albergar Robin por el peliverde, probablemente estarían los dos jóvenes consumiendo su pasión en abrazos encendidos de mandarinas y acero, tal vez se pasarían las noches escondidos juntos en algún rincón de la nave para poder saciar su sed del otro. Sin embargo, nunca había sentido nada por él y por mínimo que fuera el sentimiento, solo le veía como a un buen amigo y confidente, casi como a un hermano, por eso se divertía tanto fastidiándole y riéndose de él con lo de la deuda con ella, aunque como jugara alguna mala pasada a ella o a Robin, se la cobraría con intereses, eso lo tenía muy claro.
—Naaaaamiiiii...
—¿Eh? Dime, Luffy.
—¿Vamos ya a investigar? Me aburrooo…
—Sí, sí, a ver ¿quién viene a buscar un motel o algún alojamiento en el que quedarnos algunos días mientras se carga la brújula y llenamos la despensa? —preguntó la pelirroja a sus compañeros, que seguían en cubierta.
—Yo... yo... creo que me quedo —comenzó Usopp con la voz temblorosa— para cuidar el Merry. Además... estoy un poco cansado.
—¡Yo también me quedo! —exclamó el reno desde los brazos del espadachín.
—Cobarde —le dijo este último.
—Venga, Zoro, deja que se quede si quiere, ya se unirá a nosotros por la mañana.
—¡Tú siempre defendiéndolo, Robin! ¿Cómo quieres que llegue a convertirse en un verdadero pirata si no paras de dar la cara por él?
—Sabes que el doctor es muy valiente y sabe defenderse solo. Déjalo en paz. Cuando haya que enfrentarse a algo estoy segura de que lo hará.
—Sí, claro, contigo siempre a su vera para que nadie se meta con él seguro que sí. Pues que sepas que algún día no estará ninguno de nosotros cerca para ayudarle y entonces, ¿qué?
—Pues si no recuerdo mal, tú eres el que saca la cara por todos nosotros y entonces, ¿qué? ¿No es lo mismo lo que tú haces que lo que estoy haciendo yo ahora? ¿O, es que nosotros no somos lo suficientemente valientes para ser piratas?
—¡No es lo mismo!
—¡Tú, alga cansina, deja de llevarle la contraria a Robin!
—¡Oye, tú no te metas donde no te llaman, cejitas!
—¡Bueno, a ver! —interrumpió Nami— Entonces en el barco se quedan Usopp, Chopper y... Sanji, quédate tú también y prepara algo para el desayuno. Cuando encontremos un buen alojamiento, volveremos al barco.
Y los otros cuatro compañeros desembarcaron en un santiamén. Tan solo llevaban sus abrigos y una discusión como único equipaje para la exploración de aquella tierra desconocida.
Y hasta aquí por hoy. Muchas gracias por leerme y hasta pronto.
Érika Peterson.
27/05/2013
