11

Darién estaba pensando en muchas cosas.

Serena lo deseaba. Lo deseaba de verdad. Lo había acunado en su boca, había bebido su simiente. Y no parecía que las cicatrices le repugnaran, en absoluto. No, parecía que se había deleitado con él.

Darién todavía estaba impresionado. La Muerte, también. El demonio no había dejado de ronronear. Darién no esperaba que Serena lo tomara con los labios. Creía que iba a desaparecer de repente. Además, no esperaba que fuera virgen. Que aquella mujer llena de fuera, valiente y atractiva nunca hubiera estado con un hombre...

Él la había llamado prostituta, prácticamente, cuando en realidad, era tan pura como la nieve recién caída. Sentía una gran culpabilidad. Qué maldición tan terrible debía arrostrar, sobre todo una mujer independiente como Serena. Una diosa, nada menos, cuyo tormento no terminaría en setenta u ochenta años, sino que continuaría durante toda la eternidad.

Él sabía muy bien lo que era una condena eterna ¿Cómo podía Artemis ordenar la muerte de una mujer tan preciosa? ¿Cómo iba a poder matarla incluso aunque hubiera una amenaza cerniéndose sobre sus amigos?

Darién sabía que no podría hacerlo. Nunca había querido enamorarse nuevamente de una mujer, pero allí estaba. Todo podría haber sido perfecto, porque Serena era inmortal, como él; sin embargo, ella no quería entregarle su llave, fuera lo que fuera, y Artemis no levantaría la sentencia de muerte sin esa condición. Era una pesadilla.

Quizá no tuviera por qué serlo. Si él pudiera robarle la llave..., ella se enfadaría, pero a Darién no le importaba. Era mejor que se enfadara a que muriera.

¿Dónde tendría aquella llave? ¿Estaría guardada en una de sus muchas casas?

—Te toca a ti otra vez —le susurró Serena al oído.

Se elevó sobre él como una sirena sobre el océano, con el pelo rubio cayéndole por los hombros. Tenía la piel sonrosada de satisfacción, y los labios rojos e hinchados por sus besos.

Él nunca había visto nada tan bello, y de repente olvidó la llave y todo lo demás.

—No tienes por qué hacerlo —sin embargo, quería que lo hiciera.

Desesperadamente. Él había descuidado su cuerpo durante mucho tiempo, y el placer que experimentaba con ella era tan intenso... —. Ya te has ocupado de mí antes.

—Antes, tú lo has dicho. Además, ya estás preparado para la segunda vuelta y, por si fuera poco, a mí me gusta ocuparme de ti —dijo Serena con una sonrisa lenta, sensual —.Creo que nunca tendré suficiente.

—Creo que yo tampoco —respondió Darién, y le apartó un rizo de la mejilla —. Fui un estúpido al intentar apartarte de mí.

—Sí, estúpido. No te preocupes, te castigaré por ello. Te daré tu merecido con la lengua y nunca lo olvidarás —dijo Serena, y comenzó a derramar besos por sus mejillas y su cuello, recreándose en la cicatrices, lamiéndolas y mordisqueándolas.

Era una criatura asombrosa, fascinante. Debería haber huido de él, no sólo por su aspecto, no sólo porque estuviera poseído por un demonio, ni siquiera porque hubiera intentado asesinarla; sobre todo, por haberla insultado de una forma que no se merecía.

—Lo siento —dijo él mientras le hundía las manos en el pelo.

Al hacerlo, sintió el primer tirón de la Muerte. Oyó un rugido y parpadeó. El demonio se sentía arrastrado hacia las almas que lo necesitaban, y estaba furioso por tener que dejar aquella cama.

—Ya lo he dicho antes, pero creo que no podré nunca decirlo suficientes veces.

—¿Qué es lo que sientes? —preguntó Serena mientras pasaba la punta de su lengua caliente por el ombligo de Darién.

Él intentó resistirse, distraer al demonio.

—Fui muy duro y grosero contigo cuando sólo merecías amabilidad.

Su miembro se puso erecto, buscándola; él dobló las rodillas y clavó los talones en el colchón. Ella rodeó con los dedos la base de su pene, y él gimió. Dulce fuego.

En aquel momento, la Muerte volvió a tirar de él, en aquella ocasión con fuerza, con intensidad. Darién estuvo a punto de rugir, y el sonido se habría mezclado con los gruñidos frenéticos del demonio. «Nos moveremos rápidamente». Era la primera vez que Darién se veía obligado a empujar al demonio. «Quédate».

«Ella seguirá aquí cuando volvamos». «¡Aprisa!».

—Tengo que salir. No te muevas —dijo, y le dio un rápido beso a Serena en los labios

—. Por favor, no te marches.

Con aquello, él permitió que su cuerpo se convirtiera en niebla y se deslizó hacia el mundo de los espíritus. Llegó a una habitación pequeña en la que las paredes estaban cubiertas de sangre. Había dos cuerpos en el suelo, un hombre y una mujer. Gracias a su demonio, Darién supo al instante que el hombre había sospechado, equivocadamente, que su mujer era infiel, y la había matado de un disparo antes de suicidarse.

«Canalla», pensó Darién. Entonces se quedó inmóvil. Él había acusado a Serena de algo muy parecido. Con un gesto ceñudo, Darién arrancó el espíritu del cuerpo del hombre y se lo llevó al infierno. Después volvió y, con más suavidad, recogió el espíritu de la mujer, al que guio al cielo.

Apareció rápidamente junto a Serena, la rodeó con los brazos y de nuevo rodó por el colchón para colocársela encima.

—Mmm, eres tan fuerte... —susurró ella —. Tan decidido. ¿Por qué no puedo saciarme de ti?

Él la miró a los ojos durante un segundo, y se sintió como el hombre más guapo que hubiera pisado la Tierra. Había mucha pasión y mucha admiración en la mirada cristalina de Serena. Sensualmente, ella comenzó a deslizarse hacia abajo, por su cuerpo. Entonces inclinó la cabeza y abrió los labios carnosos sobre el miembro erecto una vez más. Bajó y lo tomó por completo, hasta el fondo de la garganta.

En aquella ocasión, Darién no sintió vergüenza ni culpabilidad; no le había exigido aquello, y podía estar seguro de que ella lo deseaba. Aquella noción hizo que su placer se multiplicara, que lo abrasara, que le atravesara el alma mientras arqueaba la espalda, buscando más y más de aquel calor húmedo.

Ella lo rozó con los dientes y le causó aún más ardor.

—Serena —jadeó, y se agarró a la sábana. Serena le acarició los testículos con una mano mientras con la otra le acariciaba el abdomen y el pecho. Su boca se movía arriba y abajo sin cesar, y pronto Darién estuvo retorciéndose, presa del placer.

Era más de lo que podía soportar. Él mismo, la Muerte, iba a morir cuando llegara al clímax en aquella ocasión.

En algún lugar de su mente percibió que la puerta del piso se abría y se cerraba, que alguien lanzaba una exclamación al ver los destrozos del salón.

La boca celestial de Serena dejó de moverse. Él casi soltó una maldición. Estaba jadeando, sudando. Dolorido. El demonio estaba protestando ferozmente de nuevo.

—Darién —dijo Serena. Tenía la respiración entrecortada.

Él luchó por controlar su cuerpo, su mente. Respiró profundamente.

—Darién —repitió ella, cuando la voz del hombre se hizo más fuerte.

—¿Qué demonios ha ocurrido? —preguntó Neflyte, y sonaron unos pasos que se acercaban.

—Derrota —dijo él —. No entres en mi habitación. Necesito un momento.

—Necesitamos un momento —añadió Serena.

Los pasos se detuvieron.

—Un minuto, y entraré —dijo Neflyte.

Darién intentó sentarse, pero sintió un metal frío en la muñeca. Con el ceño fruncido, miró hacia un lado. Serena lo había atado a la cama.

—Serena —dijo él —, ¿Es un juego?

—No.

Hubo una pausa tensa.

—Las cadenas no pueden sujetarme.

—Éstas sí —dijo Serena. Después se levantó rápidamente de la cama y se acercó al armario, de donde sacó una camisa y unos pantalones —. Lo siento, cariño, pero no hemos terminado de hablar, y no puedo dejar que te vayas hasta que lo hayamos hecho.

Él tiró de la cadena. Resonó, pero no se rompió. Darién sintió miedo. Intentó desaparecer, pero no lo consiguió. Entendió con claridad la razón por la que ella había ido a su habitación de Buda. Había ido a recoger las cadenas de los dioses.

—Suéltame ahora mismo.

Darién lo miró con tristeza.

—No tengo la llave.

—Está en mis pantalones. Aquellos —señaló el armario con la mano libre.

Ella los tomó.

— ¿Estos?

—Sí.

Entonces, sacó la pequeña llave de metal y la sostuvo en la palma de la mano.

Alrededor de la llave se formaron pequeñas nubes oscuras, que desaparecieron al segundo. La llave también. Serena se trotó las manos con satisfacción por el trabajo bien hecho.

—¡Serena! —gritó Darién —. ¿Qué has hecho?¿Dónde está la llave?

—¿Darién? —dijo Neflyte, preocupado.

—Todavía no —respondió él.

—No te preocupes —dijo Serena —. No estás indefenso. La llave que quiere Artemis es la Llave Absoluta, que puede abrirlo todo. Incluso esas cadenas.

—Demuéstramelo. Libérame.

—Lo siento, cariñito, pero necesitas un poco de tiempo para ti mismo, y yo soy lo suficientemente buena como para dártelo.

—¡Serena!

Darién estaba desnudo y muy excitado.

—Teníamos una tregua —dijo.

—Por eso estás encadenado, y no muerto.

Serena, completamente vestida con ropa de él se le acercó. La ropa le quedaba enorme, pero nunca había estado más bella.

Él se estiró hacia la diosa, queriendo agarrarla por la muñeca, pero ella se quitó de su alcance, riéndose.

—Te lo mereces, y lo sabes. Acepta el castigo como un buen chico.

—Serena...

Ella tomó la manta y se la echó por encima del regazo.

—Así. De ese modo puedes conservar el pudor.

—Serena...

—Líbrate de Derrota y volveré.

Dicho lo cual, desapareció.

Él dejó caer la cabeza en la almohada.

— ¡Maldición! —gritó.

Neflyte entró en la habitación de golpe, con dos dagas preparadas.

—Listo o no —dijo —, aquí estoy.

Entonces, miró a su alrededor, y vio la habitación destrozada; también las cadenas.

—¿Qué demonios ha ocurrido en la casa?

—Guarda las dagas —le dijo Darién —. Serena y yo tuvimos una pequeña pelea.

La preocupación se borró del rostro de Neflyte.

— ¿Y entonces decidisteis jugar un poco a la esclavitud sexual? Vaya —dijo, y se rio

—. No creía que te fueran esas cosas.

—Cállate y sal de aquí. Ella no volverá hasta que te marches.

—Demonios, no. No me marcho —dijo Neflyte , y se sentó al borde de la cama —. No voy a dejarte indefenso. Puede que hayan pasado siglos sin vernos, pero no voy a darte la espalda. Y no te hagas ideas raras. Yo no voy por ese camino.

Darién le dio una patada en el pecho y lo echó de la cama.

—Neflyte —dijo, y se cubrió la cara con la mano libre —. Por los dioses, esto es humillante. Por favor, márchate.

—No.

—No estoy indefenso. Ella no va a hacerme daño. Podría haberlo hecho ya si hubiera querido.

Una pausa. Un suspiro.

—Bien.

Neflyte se dirigió hacia la puerta de la habitación, pero antes de salir, se volvió y preguntó:

—Eh, ¿has visto a Jedite?

—No, ¿por qué?

—Se marchó hace un buen rato de compras, y no he vuelto a saber nada de él desde entonces.

—Probablemente estará con una mujer. O con dos. Yo no me preocuparía.

Conociéndolo, querrá tener todas sus fuerzas cuando se una a la búsqueda, y eso significa que aparecerá unos días después que nosotros. Ha necesitado más sexo de lo normal estos últimos días.

—Y parece que no es el único —dijo Neflyte —. Alan se enfadará si Jedite se marcha sin él. Supongo que los chicos tendrán que solucionarlo entre ellos. Yo tengo que tomar un avión para Sudáfrica. Estoy ansioso por empezar a buscar a la señorita Hidra.

— ¿Has llamado a Seiya?

—Sí. También está ansioso. Dice que no han tenido suerte en el Templo de los No

Mencionados, ni siquiera haciendo sacrificios de sangre, pero percibe que hay algo allí y no quiere marcharse.

—Bien.

Quizá, con suerte, alguien encontrara algo muy pronto.

—Ahora sal de aquí. Serena y yo tenemos que solucionar algo.

—Eres un tío con suerte. A mí también me gustaría solucionar algo con esa deliciosa magdalena.

Darién entrecerró los ojos.

—No hables así de ella.

Neflyte se quedó sorprendido, pero no mencionó más el tema.

—Me quedaré cerca hasta que sepa que estás libre. Nos vemos, Muerte. Que te diviertas.

Neflyte salió del dormitorio, después de la casa, y cerró de un portazo.

—Ahora estoy solo —dijo Darién.

No hubo respuesta.

—Serena.

Nada.

Esperó varios minutos más, y después volvió a llamarla; ella no respondió. ¿Acaso estaba jugando con él? ¿Lo estaba castigando?

¿O le ocurría algo?

De repente, una imagen terrible se formó en su mente, tan vivida que le hizo sudar.

Serena estaba en su apartamento de Suiza, y Artemis estaba frente a ella. Estaban manteniendo una acalorada discusión.

El demonio de Darién rugió, y Darién comenzó a sospechar que la imagen era real.

Sin embargo, no podía oír nada, y sintió pánico.

¿Habría decidido Artemis matar a Serena personalmente? Darién luchó desenfrenadamente con la cadena, pero no consiguió nada.

—¡Serena!


Disculpen la tardanza chicas pero es que se me atravesó mi cumple ^^ por eso no pude actualizar pero ya mañana retomo el hilo de actualizar diariamente esta emocionante historia