Capítulo 10

Mientras la noche avanzaba, sentía cómo ése sentimiento de pérdida y de increíble agobio sumía mi corazón, pesaba y se hundía cortándome en dos.

Revisé la pequeña cama de al lado y Clash dormía tan profundamente, una sonrisa se reflejaba en su rostro, así como tranquilidad.

No podía creer que una persona tan dulce y encantadora fuera una fuerte y ágil guerrera, e hiciera temblar hasta los huesos por sus reprimendas a Sir William. –Pronto averiguaría porqué-…

El sueño abandonó mi cuerpo y tuve las repetidas ganas de ir a visitar a Sir William. Sería muy extraño ya que una doncella no debía visitar a un caballero en sus aposentos; nuestra relación era tan distinta, tan distante de lo que las costumbres dictaban. Nuestros destinos se habían unido de la forma menos esperada, y se había desenvuelto bajo las condiciones más inusuales. Entonces, ¿qué sería lo correcto entre los dos? Ese sentimiento no abandonaba mi corazón hasta que sentí que debía salir y ver la luna, orar por mi pueblo, y pedirle a Dios que mi destino de alguna forma me colocara de nuevo en una posición en dónde pudiera ver florecer las tierras de mis padres.-

Salí de la habitación sin hacer ruidos, sin esperar nada. Pasé por la puerta de Sir William y no me atrevía a despertarlo. Al encontrarme en la cocina, comencé a preparar algo de té.

- ¿Tampoco podías dormir miladi?.- Escuché por detrás, casi soltando el pequeño cazo del sobresalto- ¡Sir William!- Dije en un hilo de voz.- No os asustéis miladi, yo tampoco puedo dormir, ¿le importaría compartir su té?- Me preguntó galantemente, mientras sus rizos caían sobre su rostro y sus profundos ojos azules resplandecían bajo el suave reflejo de las llamas. Era toda una visión, y me volvía a preguntar lo mismo: -¿Sir William sabría que era tan arrebatadoramente bien parecido?- Suspiré para mis adentros… -Creo que no.- Me dije.-

Sonreí- Le serviré un poco.- Le dije mientras vertía en un pocillo.-

Nos dirigimos a la estancia y pronto los perros guardines de Clash nos acompañaban, frente a la chimenea dónde Sir William avivaba el fuego. Los perros estaban bien entrenados, cuatro Deergound Escoceses o conocidos mejor como Galgos Escoceses. Eran hermosos, en sus tonalidades de grises, mientras tranquilamente descansaban junto al fuego pude ver la fascinación de Sir William por los animales, al igual que a Clash le encantaban.

-Ella, ¿han sido los ronquidos de Clash los que os han despertado?- Me preguntó sonriendo traviesamente.-

Sonreí mientras veía como las llamas jugaban en el fuego, haciendo proyectar pequeñas sombras a nuestro alrededor. Los rizos de Sir William se veían del color del fuego y sus ojos radiantes por la luz.-

-¡Oh! Por supuesto que no, Clash duerme como un pequeño niño. Ni siquiera hace ruido.- Le contesté francamente.- Es, -tartamudeé un poco- es la primera vez que pienso lo lejos que me encuentro de casa y lo mucho que mi pueblo necesita que yo regrese.- Nos encontrábamos en un sillón bastante agradable, cubierto de piel y al igual que todo lo que nos rodeaba, fuerte y de gran tamaño. Sir William se aproximó a mí y delicadamente me abrazó. Tal vez era tonto pensarlo, pero sentir su abrazo hizo que pequeña lágrima resbalara por mi mejilla, traté de retirarla sin que él lo notara; me había olvidado de su gran entrenamiento y sentí cómo fue atrapada por su pulgar.-

Me colocó en su regazo mientras me envolvía con su manta, el tiempo había empeorado, ahora sí nevaba pesadamente.- Ella, por favor no desesperes, haré lo posible para que regreses a casa.- Me dijo tiernamente mientras sentía sus brazos alrededor, aproximándome a su pecho, en un abrazo que decía mucho más que las palabras.- ¡Oh William! Estoy tan lejos, y ellos sufren hambre. Yo, no tengo como regresar sin que mi Tío me venda al primer postor; sin que mi matrimonio sea para bien de mi pueblo, o si quiera sea un matrimonio.- Le dije, con desesperación, no quería pronunciar mi peor temor. No era que me casaran con el primero que pagara por mí. No, ése no era mi mayor temor, mi mayor temor era que me mataran y Lord Devereaux se quedara con todo lo de mis padres, sentenciando casi a muerte a los habitantes de Pembleshire.-

-No llores más miladi.- Me dijo mientras acariciaba mi cabello.- Verás que pronto regresarás. Haré todo lo que esté en mí para ver que así sea.-Su tono de voz era suave, sincero, comprensivo.-

-William, sabes que no sólo es eso, Lord Devereaux, no me quiere de regreso.- Le dije francamente.-

-Puede ser Ella, esa es una posibilidad. Debemos estar seguros que a tu regreso no corras peligro, tomará algo de tiempo. Además, tú sabes que debemos encontrar al Barón Devereaux, no te impacientes mi pequeño ángel.- Lo había dicho en un tono tan hermoso, que en ése momento todo se desvaneció; mis preocupaciones, mis lágrimas.-

-William, perdóname, seré fuerte, por mí, por lo que fueron mis padres, por mi pueblo, y por ti también, no quiero que os preocupéis por mí milord.- Tomé una de sus manos y la besé, la atesoré entre las mías mientras escuchaba el palpitar de su corazón, el suave tronar de las las llamas acompañaba nuestro silencio. Después de estar algún tiempo así rompí el silencio.- ¿Milord?-

-Si.-

-¿Porqué no habéis podido conciliar el sueño?- Le pregunté mientras sentía como me acomodaba en su regazo y dejaba caer su cabeza hacia atrás. Pronto se reincorporó y tomó mis mejillas entre sus dedos, suspiró profundamente, mientras veía las sombras que se marcaban alrededor de sus ojos, su expresión era de cansancio, de agotamiento.- Existen noches cómo ésta miladi, en la que las batallas que he peleado vuelven a mí; se reviven en mis sueños. La guerra, las batallas, son, son…- No podía continuar, sus ojos estaban perdidos, clavados en el infinito.-

-Devastadoras.- Le dije mientras me incorporaba un poco y colocaba mi palma sobre su mejilla.-

-Sí, así es. No pude haberlo dicho mejor.- Admitió, mientras colocaba su nariz junto a la mía.- Mi pequeño ángel, extrañé vuestra compañía.- Me dijo con una pequeña sonrisa.-

-Milord, yo igual.- Confesé mientras sentía mi corazón palpitar desbocadamente. Su aliento era tan tibio, y agradable.- Creo que deberíamos regresar a la cama.- Sugerí casi en un suspiro lo único que no quería hacer era despegarme de él en ese momento.-

-Miladi, aquí estamos bien.- Me dijo mientras me acercaba más a él, su nariz frotaba la mía, y nuestros alientos se mezclaban en el corto espacio que nos separaba. Comenzó a besar mis mejillas y a recorrer mi cuello con la yema de sus dedos. La sensación era sublime, una ola de fuego recorrió mi rostro. Mis manos viajaron por el suyo, mientras buscaba tener sus suaves rizos entre mis dedos para acariciarlos.-

-William- le dije en un suspiro- Ha sido un día tremendamente largo. Debéis descansar milord. Antes del amanecer iré a visitaros y os ayudaré a terminar vuestro trabajo acumulado.- Le aseguré mientras respondía de la misma forma a las caricias que hacía su nariz sobre la mia.-

Tenía ambas manos sosteniendo mi cabeza, mientras delicadamente seguía moviendo su nariz contra la mía, -suspiró resignado.- Os esperaré todas las mañanas antes del amanecer.- Me dijo con una triste sonrisa.-

-Está bien.- Le contesté, con los ojos cerrados tratando de mantener su aroma en capturado en mi mente, mientras sentía como me llevaba en brazos hasta mi habitación.-

-Hasta mañana, milord.- Le di un pequeño beso en la mejilla, lo abracé y me refugié en la habitación de Clash.

-Descansa mi pequeño ángel.- Me dijo mientras desaparecía tras su puerta.-

En un abrir y cerrar de ojos estaba dentro de la habitación, durmiendo tranquila y profundamente.

...

La mañana había llegado y como lo había prometido, había ayudado a terminar a Sir William con todo ese trabajo atrasado. Era la víspera de Navidad, así que había que hacer muchas cosas, entre algunas otras preparar la cena.

Una vez que terminé los pendientes de Sir William, nos unimos a las labores del hogar para terminar cocinar la cena.

Nunca en mi vida me había divertido tanto. Los hermanos Cornwell eran muy agradables, además de bien parecidos, junto con Clash y Sir George me hicieron reír a carcajadas, sin contar todos los detalles que agregaba Sir William a los relatos.

Había sido una velada hermosa, llena de luz, llena de felicidad. Habíamos celebrado nuestro servicio religioso gracias a Sir George y Clash, sorprendentemente me dejó darme cuenta de su otra faz. Clash era una novicia.

Los Andrew eran una familia muy unida y alegre. Me encontré lo que tanto había soñado, pasar una Navidad como las que alguna vez disfruté con mis padres, con buena comida, buena compañía y un buen vino. La soledad y opresión en mi corazón, fue aliviada; todos habían sido muy buenos conmigo. No tenían porque serlo, pero así había sido.

A la mañana siguiente era Navidad, así que pudimos dormir hasta más tarde y las horas del día pasaron rápido entre juegos en la nieve y amena conversación.

Mis días en Dunben, fueron inolvidables. Parecieron una recompensa tras haber padecido por más de un mes, hambre, frío y persecución en las provincias olvidadas del Rey. En Dunben podía usar mis ropas de mujer, no había porque portar mis ropas de hombre, así que era un alivio, pues no tenía que ocultar mi verdadera identidad.

Poco a poco el nombre de Mór, se hizo más y más fácil de usar y de aceptar, hasta que me había acostumbrado enteramente a él.

Las semanas que pasamos en Dunben, no habían sido un completo desperdicio, al contrario. Bajo la directa supervisión de Clash y de Sir Archibald, había comenzado mi entrenamiento con las armas y fue ahí como conocí a los guerreros Andrew y a Clash, la implacable guerrera de tres espadas.

Para cuando debíamos regresar a Havenwoods, me sentía en un hogar. Algo extraño puesto que no guardábamos parentesco, sin embargo nos comportábamos como una gran familia.

Ni un solo día dejé de ir a visitar a Sir William antes del amanecer; y no pasó ni un solo día sin que él me no dejara descansar entre sus brazos, aunque fuera sólo por unos minutos. Mi corazón adolorido fue sanando, y dejando que los primeros destellos de felicidad brillaran en él.

Al volver a Havenwoods tenía conocimientos básicos sobre el manejo de las espadas y las artes marciales. Las objeciones que había tenido sobre las armas desaparecieron, los Andrew tenían razón, debía aprender a defenderme.

Mi siguiente prueba aguardaba; debía engañar al pelotón, debía pasar como un mozalbete, debía pasar como uno de ellos…

Debía convertirme en un varón…

Continuará…