Disclaimer: Santa Meyer los cría y ellos se juntan Yo sólo me encargo de liar las cosas y de las escenas XXXX (Que no siempre las hay)


Nota de autora uno: A quien le concierna, ¡Feliz día de acción de gracias!

Nota de autora dos: (Si alguien quiere saltarse todo el sermón, está en su derecho, pero las notas de autor siempre son bastante instructivas). He querido actualizar bastante antes, pero por las razones tecnicas (siempre dicen hablar del Diablo, directa o indirectamente, traen alguna señal que te pone los ovocitos de amigdalas), pero lo importante, que ya estoy aquí y tengo la buena noticia que ya he terminado un tercio de este fic. Ya falta menos para su final...xDDDD Quiero dar las gracias a esas personas que se han parado en leer y regalar sus cinco minutos en dejar su rrs.

He hablado que he creado un grupo en FB para hablar de este fic, para ver los adelantos, portadas y curiosidades varias. Para unirse, me podeis mandar un pm, un correo o buscarme por el FB como Bloodymaggie81. No os lo tomeis a mal si alguien me lo ha dicho por rrs y no la he hecho caso. Por ahi es mucho más dificil y además, mi cabeza se va a otra cosa mariposa, no lo hago porque no quiero que entreis; sencillamente, me olvido de esas cosas por los rrs...xDDD (Gracias por la comprensión)...Así que es mejor que me lo pidais por donde os estoy indicando.

Nota de autora tres: Esta semana es acción de gracias y dentro de poco vamos a entrar en navidad. Y me gustaría un pequeño regalo por vuestra parte, que creo que solo os quitará cinco minutos de vuestro tiempo, y dado el numero de followers y favorites que recibo, pues imposible no es, así que quiero un pequeño regalo con respecto a este fic. Faltan muy pocos rrs para los 300 (Sí, cuarenta no son NADA, todas podemos xDDDD) y me gustaría que desde ahora hasta el periodo navideño (Fijaos si hay días hasta enero), pudiesemos llegar a los 300. ¿Que voy a actualizar más deprisa o más despacio por eso? No, no va a influir demasiado, pero las cosas con ilusión son más faciles de realizar. ¿Hay regalo de navidad? Yo espero que sí. Yo tengo pensado algun regalo para vosotras, quizas no de este fic, pero, este año seguro que algo caerá. Pero las cosas reciprocas son lo más bonito que existen.

Espero que mi deseo navideño se cumpla. Yo os dejo con el capitulo.


Envy III


Eleazar no tuvo que preguntar nada a Bella cuando la vio volver de nuevo a la sala de juntas. Su rostro contrariado y su falta de aplomo, lo decía claramente. La pobre princesa tenía que someterse a la voluntad de su padre el rey y casarse con el villano.

Aun así, podría quedar un as en la manga.

Si tenía que casarse con ella sería bajo sus condiciones, y tal vez, Jacob al ver la última carta de la baraja, terminase por razonar y darse cuenta que no iba a llegar a ninguna parte.

Bella, intuyendo lo que pensaba su abogado, hizo un breve movimiento con la cabeza para darle su consentimiento.

Sacó los papeles y le entregó varias copias a Rosalie. Tanto ella como Charlie y Jacob se extrañaron.

—Creí que había hablado claramente con su cliente, señor Sanz—intentó ponerse firme. —Ya habíamos acordado que nos dejaríamos de juegos. ¿A qué viene esto?

Rosalie se sentía impotente. ¿Por qué no la dejaban hablar de una vez a ella? Se sentía cansada y aburrida de todo aquel embrollo y, lo único que quería era llegar a la casa y disfrutar todo lo que le quedaba de tiempo libre con Emmett.

De nuevo, Eleazar intervino por su cliente.

— ¿Es un requisito imprescindible para el futuro de la empresa que la señorita Swan se case con el señor Black?

—Absolutamente imprescindible. —De nuevo, Charlie volvió a adelantarse a una más que ofendida Rosalie.

—De acuerdo—admitió éste dirigiéndose a la señorita Hale para no ofenderla. —No habrá discusión sobre este asunto, pero si ha de celebrarse la boda, mi cliente quiere poner unas cláusulas para que acceda a ello.

Jacob resopló impaciente. Ya le habían humillado suficiente en el día de hoy y aún tenía que aguantar los caprichos de aquella estúpida. El control de la empresa se lo estaba ganando a pulso.

Le hubiese gustado dirigirse a Charlie y pedirle que acabase con toda esta bufonada, pero algo le decía que no estaba demasiado predispuesto a su favor como para interceder por él.

Eleazar, amablemente, le indicó a Rosalie que procediese a la lectura del primer documento. Animada, por los buenos modales de su compañero, se permitió una leve sonrisa, y más tranquila se paró en cada párrafo, arrugando el ceño por lo extraño de todo esto, hasta que terminó y miró al letrado y a Isabella Swan completamente confundida. ¿Qué clase de derecho era aquel?

—Corríjame si me equivoco, señor Sanz—titubeo—, pero el documento que me está demostrando es un seguro de vida. Su cliente se ha hecho un seguro de vida donde el beneficiario es…el señor Black.

Jacob ya no sabía que pensar. Primero, le amenazaba con denunciarle por agresión. Y ahora, de buenas a primeras, le beneficiaba con un seguro de vida. ¿Se trataba del mundo al revés?

—Efectivamente—confirmó Eleazar—, se trata de un seguro de vida. Pero, antes de que llegue a una conclusión errónea, esto no es un gesto de gratificación para el señor Black. Es un medio de protegerse. La vida de mi cliente está valorada en cincuenta millones de dólares. —Se dirigió a Jacob y le dijo sonriente: —Supongo, señor Black, que valorará más la vida de su futura esposa que el coste de un antivirus.

Por primera vez, oyó a Bella reírse y se permitió una enorme sonrisa. Después, al volver a dirigirse a Rosalie, volvió su seriedad habitual y continuó:

—Pero quiero que le quede bien claro al señor Black, que lo más cerca que va a estar de este dinero va a ser en este momento. El mismo día de la boda, mi cliente firmará el seguro y lo guardará en un lugar seguro. Si estando casada con el señor Black, a la señorita Swan le ocurriese algo terrible, este documento junto con la denuncia de agresión no presentada, saldrá de su escondite y llegará directamente a la oficina de homicidios de la policía. Un móvil perfecto el asesinato por dinero.

Asombrado, Jacob se preguntaba por qué no acababa con toda aquella farsa y se levantaba para salir de aquella sala y no volver a pisar este edificio.

— ¿Quién me dice que no estará planeando fingir su propia muerte para librarse de mí?—Inquirió algo inseguro. — ¿Y qué pasa si soy yo el que aparece asesinado? ¿Tendría derecho a un seguro de vida?

—Hijo—intervino Charlie tranquilo y frío—, aquí el único que ha demostrado no tener ningún escrúpulo has sido tú.

Después miró significativamente a su hija y a su abogado, deseando que éstos terminasen con aquel estúpido jueguecito. Él se comprometería a velar por la seguridad de Bella.

¿Qué más necesitaba?

Al parecer, ella no había terminado con su lista, ya que Eleazar le indicó a la letrada que leyese los otros papeles. Rosalie no pudo contener una sonrisa maliciosa mientras lo leía ante la expectación de Jacob.

—Bueno, ¿qué es lo que dice?—Le preguntó impaciente, una vez que ésta terminó de leerlo y lo dejó en la mesa.

—Si no lo he entendido mal, la señorita Swan quiere que se firme un contrato prematrimonial—le contestó sin disminuir un ápice su sonrisa.

Le entregó a Jacob el documento y lo empezó a leer atónito con los primeros requisitos de éste.

—…Ninguno de los contrayentes tendrán una aventura extramatrimonial. Esta condición se hará vigente en cuanto las dos partes firmen el contrato. Si alguna de las partes incumple este punto será expulsada de la compañía, así como el matrimonio se disolverá. Si la infidelidad ocurriese antes de la fecha de enlace, éste se anulará de inmediato, quedando el infractor fuera de la compañía...—leyó. —Estoy completamente conforme con esta clausula, pero creo que no soy yo quien tiene problemas con la lealtad.

Miró maliciosamente a Bella, por lo que ésta, después de inspirar profundamente, cogió el contrato, lo hojeó hasta llegar a la última página, y, desafiante, lo firmó. Después, esperó ver la reacción de Jacob ante las demás clausulas. Nerviosa, empezó a golpear el bolígrafo con el borde de la mesa mientras analizaba las expresiones horrorizadas de Jacob. Tal vez, su plan saliese bien.

"Por favor, Jacob", suplicó mentalmente, "por una vez, elige tu dignidad antes de tu ambición".

Y parecía que podría funcionar, ya que un furioso y humillado Jacob miró significativamente a Charlie y negó insistentemente.

—No puedo admitir esto. Sería humillarme demasiado. Si es así como debo casarme, lo siento no lo haré.

—Lo siento, señor Black. Mi cliente no se casará de otra manera—replicó Eleazar simulando el sentimiento de alivio que le producía las dudas de Jacob.

Pero Charlie no iba a renunciar a sus planes por lo que consideraba un capricho de su hija. Ella no se daba cuenta que la estaba intentando salvar de un destino mucho peor.

Quitó de las manos de Jacob el contrato y empezó a leerlo.

Tal vez el precontrato no sería tan mala idea para frenar un poco a Jacob y demostrarle quien era el que mandaba allí hasta que su destino se cumpliese.

Una vez leída hasta la última cláusula de la última hoja, se volvió hacia su futuro socio, y fríamente le dijo:

—En esta vida, hijo mío, debes aprender que para obtener lo que más quieres, tienes que renunciar a algo importante. Tú verás cuales son tus prioridades. Pero te aseguro, como que me llamo Charles Swan, que si no firmas este contrato y te casas con Isabella, te irás despidiendo de ser mi sucesor en la empresa.

Jacob, asustado, comprendió que Charlie, de alguna manera, estaba enterado de lo que había ocurrido con el antivirus. Eso y, sobre todo, el haber golpeado de tal manera a su prometida, habían hecho que Charlie quisiera castigarle. Intuyó que había perdido parte de su confianza y que estaba tratando con un hombre que no digería demasiado bien que no se hiciesen las cosas como le gustaban.

Sabiendo que estaba perdiendo la batalla, se dirigió a su abogada:

— ¿Usted cree que debería firmar?

Petulante ante la humillación de aquel estúpido, Rosalie Hale simuló una fría indiferencia en sus palabras.

—Señor Black, incluso a una Barbie que ha estudiado en la universidad de como…tirarme a Ken, le enseñan en primer curso que siempre se debe firmar un contrato que le es favorable. Y, por lo que sé, usted tiene mil millones de razones para firmar ese precontrato. ¿Acaso importa unas estúpidas clausulas frente a un brillante futuro?

Y ante la decepcionada mirada de Isabella Swan y su letrado, Jacob se tragó su orgullo y sus escrúpulos en pos de su ambición, y firmó aquel contrato casi cerrando los ojos.

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Edward sonrió burlón cuando su ayudante, malhumorada y con huellas de cansancio en su rostro, se dirigió a él. Soltó el maletín pesadamente y suspiró profundamente.

— ¡Joder, cuanta estupidez hay en el mundo! ¡Trabajar con esta clase de individuos saca lo peor de mí!

—No hace falta mucho para que eso ocurra, querida—replicó divertido. —Recuerda que nuestros clientes no son ejemplos éticos de ningún tipo. Esa clase de mortales son los que hacen que nuestro negocio prospere. Y dado lo obtusos que pueden llegar a ser, veo muy lejos la jubilación.

Rosalie puso los ojos en blanco mientras maldecía la obstinación de los humanos por mantener el poder.

—Supongo que no hará falta que te informe de cómo ha ido todo. —Edward asintió y la abogada continuó con su retahíla de maldiciones: —Tengo que admitir que el abogado y la chica Swan han estado bastante hábiles con el asunto del precontrato, pero creo que han subestimado la ambición de Jacob y la obstinación de Charlie.

Se rió ante lo sucedido.

— ¿De verdad merece la pena ese puesto y todo el dinero que gane si no puede echar un triste polvo en todo lo que dure el matrimonio? La señorita Swan ha dejado bien claro que la única forma de tener algo de Jacob dentro de ella, es por medio de la inseminación artificial. Le asquea que pueda volver a tocarla. Además, ha jurado que sólo estará casada mientras la vida de su propio padre perdure.

Su sonrisa se desvaneció y reflexionó sobre las consecuencias.

—Si Isabella Swan pide el divorcio, por muchos trucos sucios que Jacob se saque de la manga, algo de la empresa se llevará. Puede que la misma se desintegre por ello. He visto demasiadas consecuencias de los divorcios a lo largo de doscientos años.

Edward enarcó una ceja, dudoso, aunque sin perder la sonrisa de sus labios.

—No veo donde está el problema, querida. Cuando se divorcien, yo tendré el alma de Charlie. Ese era el trato.

Rosalie frunció el ceño, confusa.

—Señor, ¿qué hay de la letra pequeña del contrato?

Aquella pregunta provocó que Edward estallase en carcajadas. Una de las trabajadoras, que pasaba por allí para archivar los informes de su oficina, se parase para mirarle preocupada. Edward dejó de reírse y, con un gesto despreocupado, la indicó que se encontraba bien y ésta se fue después de comprobar que así era. Sin perder el buen humor, se volvió hacia su ayudante:

— ¡Oh, sí! Esa pequeña clausula que nadie parece leer. —Movió la cabeza. —Rose, querida, deberías conocerme mejor y saber que odio las bodas. He dejado que Charlie moviese su pieza; ahora me toca a mí.

Le dedicó una mirada de agradecimiento.

—Muchas gracias, querida. —Le dio una palmada en la espalda. — Has hecho un magnifico trabajo. Ahora tengo al señor Black donde quería. —Se frotó las manos. —Sé todos sus puntos débiles y, con un poco de teatralidad, mi plan saldrá a la perfección. Sólo me queda hacer que Isabella Swan se quede fuera de juego y listo.

Rosalie se extrañó ante la actitud de su señor respecto al tema de la mayor de los Swan.

No era la primera vez que éste se había interesado por una mortal, pero siempre había procurado seducirla para atraerla a sus redes. Lo más lógico es que se mantuviese dentro de la empresa para poder poseerla el resto de la eternidad. Sin embargo, su amo se negaba a utilizar los métodos tradicionales con ella. Se dio cuenta que era mejor no insinuar ni preguntar absolutamente nada del tema. Ella no era la idiota de Tanya para meterse en algo que no la importaba.

Cuando Edward, agradecido, le dio el día libre, se olvidó de aquel engorroso asunto para concentrarse en un relajante baño de espuma, Emmett y en lo que sería una noche ardiente.

Cogió el maletín, y con una sonrisa petulante, dio la espalda a su jefe, caminando hacia el ascensor.

Edward, antes de volver a casa y tener su entrenamiento de Kick boxing con Emmett, decidió resolver un engorroso problema para la empresa. Sabía que no era la persona a la que Charlie le gustaría ver en aquellos instantes, pero necesitaba su permiso exclusivo para proceder.

La ultima persona que salió de la sala de juntas, dejando solo a Charlie, fue Eleazar. Éste no se había amedrentado ante Charlie y le había asegurado que informaría a la señora Dwyer de todo lo ocurrido durante la reunión. Edward se imaginó la risa burlona de Charlie ante tan inocua amenaza. ¿Qué podría hacer su ex mujer para evitarlo?

Antes de entrar, captó la atención del letrado que parecía analizarlo en detalle; frunció el ceño y algo debió intuir de su verdadera naturaleza, ya que contuvo un suspiro y sus pupilas se dilataron cuando los ojos verdes de Edward se fijaron en él. Instintivamente, comprendía que no debía estar allí mucho más y se fue tan deprisa como su educación le permitía. No se había dado cuenta que Edward también le había estado sondeando y había comprendido que aquel hombre no se convertiría en un cliente potencial.

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Bree maldecía mentalmente a sus vecinos, que gritaban en un idioma que ella reconocía como ruso, mientras empezaba a preparar la medicación que el seguro de su madre permitía pagar.

Entre los ruidos entre las paredes, distinguió la tos de su madre y suspiró. Aun cuando su estadio aún había permitido esperanzas, los medios para conseguir un trasplante de medula se habían esfumado.

Al llegar estar tarde, su madre había intuido que algo había ocurrido. La muchacha había tenido que sacar fuerzas de flaqueza y sonreír no muy convincente, asegurándola que todo había ido muy bien.

Se había prometido que la Swan Company lo pagaría muy caro, aunque aún no había buscado a uno que le convenciese del todo. O quizás uno lo suficientemente audaz para enfrentarse a ese coloso.

Aun sin tenerlas todas consigo, procuró pensar en positivo. Aquella noche se ocuparía de su madre y a la mañana siguiente seguiría con su cruzada.

La primera vez que llamaron a la puerta, fueron unos leves golpes y creyó que había sido producto de su imaginación. Estaba demasiado ocupada preparando el zumo a su madre.

Sólo a la segunda vez, resopló para quitarse un mechón de pelo que le picaba en la frente. La policía ya había acudido más de una vez a su apartamento por causa de sus polémicos vecinos, y nunca habían sido demasiado cuando llamaban.

— ¡Lo que me faltaba para terminar el día!

Dio un par de enormes zancadas hasta la puerta en un mar de maldiciones y obscenidades.

— ¡Otra vez, no! ¡Mierda! Aquí no vendemos drogas, ni hacemos tratas de blancas, ni ningún padre cabrón está abusando de…

Se quedó petrificada al observar a la persona que estaba detrás de la puerta, sonriéndola, y con un porte elegante que no podía encajar en aquel barrio ni pintado en un muro. Lo había visto antes, estaba segura.

Hizo memoria durante unos segundos y su boca pasó de abierta a cerrada en una mueca desagradable en cuanto lo situó. Se trataba del hombre que había estado en el despacho de la señorita Swan antes de las pruebas del antivirus. Un nuevo jefe, según recordaba.

Él no se dio por aludido ante la expresión hostil de la muchacha y la saludó cortésmente:

—Señorita Tanner, como ve, no llevo una placa. Ya nos hemos visto antes, pero sería descortés no presentarme como es debido. Me llamo Edward Cullen.

Y le tendió la mano en actitud casi amistosa.

Sin embargo, Bree ni siquiera sonrió y rechazó el saludo. Eso no parecía hacer perder el ánimo del hombre que mantenía sus buenos modales.

—Supongo que habrá adivinado quien me ha enviado y a lo que he venido.

—Exacto—asintió Bree poniéndose más a la defensiva. —Y antes de que diga nada más, le puede informar al señor Swan que se puede meter su generosísimo chantaje por…

— ¡Ey!—La regañó Edward paternalmente. —No sea vulgar. Sé que esta zona no puedo esperarme esta cosa, pero…

Decidió dejarlo pasar, echó un vistazo a lo poco que Bree le dejaba ver del piso e hizo un gesto de desaprobación.

—Le pediría que me dejase entrar en su casa para poder discutir las condiciones, pero…será mejor que lo hagamos en un lugar donde me aseguré que salten las chinches.

La muchacha decidió ignorar los comentarios sobre su piso, y ver qué era lo que tramaba aquel hombre. No estaba segura si debía fiarse de él; Edward, adivinándolo, mostró una sonrisa indulgente, casi confiable, y, a pesar de sus reticencias, ésta salió de su área de seguridad y le siguió hasta la calle, donde se le indicó que montase en un elegante Aston Martin de color plateado. Se sentía como la protagonista de una película de mafiosos.

Se imaginó que ahora le ofrecería algo de beber o algún aperitivo para intentar distraerla de la cuestión fundamental, por lo que se quedó muda cuando Edward le mostró un documento sin dilataciones.

—Lamento la enfermedad de su madre. Pero, por lo que sabemos, aún está en la primera fase y se puede tratar con un 90% de posibilidades de curación.

—Es una estancia en el MD Anderson Cancer Center (1)…—leyó anonadada. —Sólo por una consulta, tienes que hipotecar la casa.

—En el caso de su madre, tiene todas las consultas y sesiones que hagan falta hasta su curación. Está pagado un tratamiento completo, inclusive con las dificultades que se puedan presentar a posteriori.

—De acuerdo, gastos pagados—murmuró Bree. Luego añadió: —Pero, para llevar a mi madre a Houston, voy a necesitar algo más que esto…

Como respuesta, Edward sacó un cheque de su chaqueta y se lo entregó. Bree lo desdobló y abrió los ojos, sorprendida.

—Calcule la cantidad que necesite para vivir un tiempo en Houston y, después, todo lo que le haga falta para completar sus estudios en las mejores escuelas universitarias —le apremió. — ¡Al cuerno! No haga cálculos y ponga el número de ceros que le apetezca. Para eso sirven los cheques en blanco.

Bree no se contuvo una carcajada histérica. Debía estar tomándola el pelo. Tuvo que asegurarse que le estaban hablando enserio.

Frunció los labios y empezó a desconfiar como si se tratase de una trampa.

—Eso significa que mi antivirus—Edward no le negó su autoría—, es realmente efectivo. Y que el cabrón que me robó el prototipo y la empresa van a ganar muchos más ceros de los que yo ponga en el cheque, ¿cierto? Solamente las patentes me harían estar en el grupo de Master of The Universe (2). Me siento como si les estuviese regalando algo que me hace falta y por lo que he luchado tanto tiempo.

Se dispuso a rechazar el cheque.

—Tendrá noticias de mi abogado—le amenazó.

Amenaza que Edward se tomó como una ligera broma. Bree comprobó que aún tenía el cheque entre sus dedos.

—Ningún abogado de esta ciudad, condado o estado querrá representarla para enfrentarse al escuadrón de la muerte del señor Swan—soltó Edward sin tapujos.—Y si lo hiciese, se trataría de alguien sin escrúpulos, que sabría a la perfección que tendría todas las de perder, y aceptaría el caso sólo para sacar los escasos centavos que le queden.

Decidió que ya era hora de zanjar el asunto, y empezó a tratar a la chica como a la criatura de quince años que realmente era.

—Como ya me han explicado, eres una chica muy madura para tu edad. Así que te voy a explicar un axioma vital, que no mucha gente comprende ni cuando llega adulto, pero estoy seguro que tú sí.

En esta vida, cuando te dan una oportunidad se abren dos opciones. Cada una de esas opciones se pueden convertir en un talento o en un pecado, según las oportunidades de salir airosa tengas. Te estás debatiendo entre la avaricia y la soberbia. Sólo que firmando este cheque en blanco, tu futuro puede vislumbrarse muy prometedor debido al gran talento que tienes. Sin embargo, si te dejas arrastrar por la soberbia, lo perderás todo, incluyendo esas cuatro paredes mugrientas a las que llamas casa. ¿Quieres oír como acabará tu madre?—negó categóricamente como si aquello le afectase personalmente. —Tú serás la única responsable de su muerte si decides enfrentarte a la Swan Company sin medir tus fuerzas, muchacha.

Se permitió una sonrisa de suficiencia al oír un jadeo ahogado procedente de una aterrada chica. Había visto un atisbo de aquel futuro desastroso y se había dado cuenta que se estaba rindiendo a la evidencia.

Estrujo el cheque entre sus dedos, dándose cuenta que aquello era real, por lo que no tardó demasiado en desdoblarlo de nuevo, y reticentemente alzó la palma para pedir un bolígrafo.

— ¡Menuda mierda!—Se lamentaba mientras ponía el número uno en el cheque y tanteaba cuantos ceros debería escribir. —Me siento como si estuviese pactando con el Diablo.

Edward reprimió una carcajada ante el comentario.

—Se sorprendería saber, señorita Tanner, que la gente vende demasiado barata su alma. No se sienta culpable, es lo mejor que ha podido hacer en este momento. Quizás, cuando tenga los años y la experiencia suficiente, puede dedicarse a hacer la puñeta a la empresa. El señor Swan estará en un lugar donde eso deje de tener sentido para él…

Bree se detuvo en el noveno cero para pensar en Isabella Swan. Una vez mitigada su ira, sintió cierta compasión por ella. También había sido una víctima de aquel complot.

— ¿Se refiere a cuando la señorita Swan sea la presidenta de la compañía?

Un temblor irracional la invadió cuando se dio cuenta del brillo malicioso que apareció en los ojos de aquel hombre. Sí, había hecho bien en aceptar el trato, ahora lo veía con nitidez.

—Le repito que no se sienta culpable por nada, ni siquiera por la señorita Swan. Ella no será la presidenta de la empresa; también tiene dos opciones que me encargaré de recordarle llegado el momento oportuno.

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La sonrisa de oreja a oreja que tenía Edward en su rostro al traspasar el hall, hizo que se le helase la sangre a Charlie. Incluso la copa de coñac que tenía en la mano, se le resbaló, derramando el líquido por la alfombra. No sabía si pensar que se estaba burlando de él como siempre. Aquello era algo que parecía tener tatuado en su rostro.

Continuó el silencio cuando éste se dirigió al mueble bar y cogió un botellín de agua. Después, para llamar la atención de Charlie, dio un par de palmadas para darle a entender que todo estaba hecho.

— ¿Ya?—Se sorprendió. Incluso, conociendo la gama de poderes sobrenaturales que su extraño cofundador poseía, le pareció extraño que todo se hubiese dilucidado tan pronto.

—Yo lo llamaría un trabajo limpio, metafóricamente hablando claro. —contestó después de un trago largo. —No fue difícil rebanarle el cuello y empezar a despedazarla. Lo único engorroso fue limpiar la sangre del tapizado. No debería llevar mi Aston Martin para este tipo de trabajos. —Arrugó los labios asqueado. —Por suerte, era pequeña y no se notará una bolsa de basura más en el río Hudson.

Charlie intentó asimilar aquel relato sin atragantarse con la saliva.

—Es una coña, ¿cierto?

Para crear más suspense, Edward se mantuvo callado observando a través de la botella bastante concentrado. Charlie decidió dejarlo estar.

—Me lo tomaré como un sí. No creo que seas tan retorcido para recurrir a eso—observó atentamente a cada movimiento de Edward, aunque éste se había quedado petrificado en la barra del bar como si fuese un bello decorado de ésta. —Bueno, sí eres un jodido retorcido, pero espero que no hayas hecho algo tan estúpido.

Aquella palabra tuvo el poder de hacer quebrar el estado de trance, sólo para que le mirase con aquella mirada que tanto odiaba y había aprendido a temer.

—No me gusta que me ofendan, Charlie—en aquel susurro se podía ver una amenaza velada. —Soy maligno; no estúpido. Me gustaría que se lo hicieses saber a tu querido hijo Jake antes de tener que limpiarle el culo con una buena inyección de dinero. Odio las estupideces.

—En eso estamos de acuerdo—coincidió Charlie. —En cuanto a Jacob, no te preocupes, me encargaré que aprenda bien la lección. Ya le he hecho saber que hay ciertos límites que no debe cruzar, pero puedo hacer que pase miedo toda su vida.

Edward elevó la ceja, interrogándole, más interesado de lo que pretendía. Charlie se animó a continuar.

—Jacob sólo conoce la punta del iceberg de lo peligroso que puede llegar a ser Aro Vulturis.

Sonrió amargamente al recordar un pasado donde él se tuvo que arrodillar para ser alguien en aquella ciudad, para después, ser él quien manejase la situación.

—Aro Vulturis, un caballero donde los haya. Uno de mis favoritos, sin faltarte al respeto, por supuesto. —dijo Edward. Cuando Charlie le miró sorprendido, le dijo alegremente: —Esto debería ser información reservada, así que confío en que seas prudente, pero, sí, Aro también es cliente mío.

Charlie movió la cabeza.

— ¿Por qué no me extraña?—Murmuró entre dientes.

Dejó estarlo pasar y como si casi fuese su amigo, empezó a confesarse, sintiendo como una parte de él, se liberaba.

—Conoces mis trapos sucios. Admito que he tenido que saltarme los límites legales para llegar a donde lo he hecho. Por lo tanto, no guardo rencor a Jacob por tratar con alguien como Aro. En realidad, necesito a alguien como él para que se ensucie las manos mientras mi hija da la mejor imagen de la empresa.

Por fin Edward empezó a darse cuenta del propósito de aquel enlace, en apariencia, completamente disparatado.

—Sin embargo, mi querido Charlie, ese plan tiene lagunas—le replicó. —Deberías darte cuenta que tu hija no es una inversión, ni un valor de la empresa. Lo malo de traficar con personas es que no puedes apartar los sentimientos de la ecuación.

Aquel apretó los puños e intentó insensibilizarse ante la culpabilidad. Tenía que mentalizarse que estaba apartando a Bella de algo mucho peor que Jacob.

—A Jacob puedo controlarle. Aro me debía un favor y me ha cedido a uno de sus guardaespaldas, Felix, para que el episodio de Bella no se vuelva a repetir. Si a mi hija le pasase algo, incluso después de…—se interrumpió ante la fatal evidencia hasta que se obligó a continuar—Felix cumplirá mis órdenes fielmente. Le he pagado lo suficientemente bien para que vivan de ese trabajo dos generaciones.

Edward se puso las manos en el corazón teatralmente.

— ¡Qué padre más abnegado! Seguro que Bella estará encantada de que contrates un asesino para eliminar a su esposo, en lugar de preguntarle a ella si desea casarse con él.

Cuando Charlie le miró desafiante, comprendió que había llegado el momento de dejar las bromas aparte.

—Me da igual que en este momento, ella me odie. Mi deber como padre es protegerla de algo mucho peor que Jacob. No conozco a tu huésped, o como quieras llamar a lo que hayas hecho con el chico, no tengo nada en su contra, pero no le quiero cerca de mi hija…Y en cuanto a ti,… no me fio de ti. No puedo controlarte y eso me produce pavor…

Ante aquella confesión tan reacia, Edward decidió respetar a Charlie y contuvo las palabras burlonas que estaban en la punta de su lengua.

Sí, era preferible que Bella estuviese casada con alguien a quien seguro iba a odiar, a estar con un hombre que probablemente la haría brillar de emoción con sólo mirarla.

Era mejor no discutir eso con Charlie, De todas formas, ya tenía una pequeña idea de cómo iba a manejar sus asuntos. Y era mejor que Charlie ignorase quien iba a realizar el próximo movimiento.

En su lugar, decidió que ya era hora de su clase de gimnasia y necesitaba despejarse antes de comenzar a poner en marcha sus propias estrategias.

Pero antes de dirigirse al gimnasio, dedicó una sonrisa casi amistosa a Charlie.

—Confiaba en que pudiésemos ser amigos. Para mí todo sería más…fácil. Pero, en un hombre como tú, es todo un honor que me temas.

Charlie levantó una copa en su honor mientras sonreía torvamente a su socio. Él también estaba aprendiendo como usar el sarcasmo.

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Llevaría una media hora en el gimnasio, entrenando unas llaves que le había estado enseñando Emmett, cuando se interrumpió abruptamente, y después de unos segundos, puso los ojos en blanco. Incluso alguien como él, tenía derecho a desconectar.

—Ahora sé cómo se siente Dios cuando le bombardean con ruegos y peticiones. Sólo que a él le encanta que le recreen el oído.

Emmett escuchó los improperios dirigidos hacia su señor y empezó a reírse entre dientes.

—Pero a él le dicen que le quieren. A nosotros sólo nos piropean los más frikies y los psicóticos.

Edward chocó el puño contra la palma de su mano.

—Es hora de ver como manejo los ejercicios que hemos practicado.

Jacob entró en el gimnasio dando un portazo y clavando sus ojos cargados de odio hacia Edward. Era como si le hubiese estado buscando.

Cerró los puños y empezó a respirar pesada y furiosamente bajo la mirada despreciativa de Edward.

— ¡Eres un maldito cabrón! No me explico cómo puedes seguir tan tranquilo después de todo lo que has hecho. ¡Esa zorra y tú me habéis humillado ante Charlie! ¿Eso era lo que habíais estado planeando?

—Buenas tardes a ti también, Jacob…perdón, señor Black—contestó Edward indiferente mientras dejaba caer su peso en la espalda y la pegaba a la pared.

No tuvo demasiado tiempo para acomodarse; Jacob se dirigió furioso hacia él, lanzándole los puños con tal rapidez que sólo acertó a esquivarle. Una segunda arremetida, consiguió cogerle del brazo, marcando sus dedos en los músculos.

—Jake—se puso serio—, no soy un abusón y no me gusta tener que dar una paliza a nadie que no esté preparado adecuadamente. Te faltan los guantes y los protectores.

Jacob se lo tomó como una provocación y le enseñó los dientes en señal de desprecio absoluto. Se desasió violentamente del agarre y esta vez probó con una patada baja que estuvo a punto de acertar en el estómago de su rival.

Al ver que no le quedaba otro remedio que defenderse, Edward le empujó con violencia para después pegarle un puñetazo por debajo del mentón, por lo que la cabeza de Jacob se echó para atrás, debido a la cinética del impacto. Un dolor punzante le recorrió la mandíbula y se la frotó, aun incrédulo ante la fuerza de su oponente. Le había subestimado dada la diferencia de tamaño y envergaduras entre ambos. Aquel bastardo estaba bien entrenado.

Con un gesto aburrido, Edward apoyó una de sus manos sobre la cintura.

—Como ves, no es lo mismo pegar a un hombre preparado que a una mujer indefensa—se burló de él.

El recuerdo de ver la cara amoratada de Bella a consecuencia de la paliza propinada por Jacob, le produjo una irracional ira hacia aquel individuo, y decidió que tenía que darle una lección.

Aprovechó que Jacob le volviese atacar para esquivarle, colocarse justo detrás de él, y agarrarle por las axilas hasta inmovilizarse. Por el hueco de las piernas, introdujo la suya, intercediendo entre sus pies, consiguiendo que, finalmente, acabase perdiendo el equilibrio y Edward le soltase para que se hiciese daño en la caída.

Aun sin haberse recuperado del impacto, Edward le propinó un pisotón en la boca del estómago, provocando que el grito de dolor se sofocase en un jadeo cortante por la ausencia de aire.

Satisfecho de verle humillado, y con los ojos brillando ante una venganza tan tosca e inminente, Edward se iba a preparar para propinarle otro golpe cuando alguien gritó desde la puerta que se estuviese quieto.

— ¡Edward, por favor!

El aludido se volvió hacia el lugar donde había sonado la voz y se encontró con una Bella aún magullada por la paliza que había recibido y bastante cansada. A su lado se encontraba Emmett, por lo cual con sorpresa y con ira, intentó recordar cuando había salido de la sala.

Éste se hizo el inocente fingiendo mirar el techo, mientras Bella se acercaba a poner orden en todo el caos.

— ¿Esto es el comportamiento que dos invitados deben tener en una casa ajena? Personalmente, me importa una mierda que os batáis en duelo y os voléis la tapa de los sesos, pero mientras yo viva en esta casa, no voy a permitir ninguna salida de tono…

Jacob, aún aturdido en el suelo, tuvo las fuerzas suficientes para emitir algo parecido a una risa sarcástica.

—Se atreve a decir la muy zorra sobre la imagen respetable... —Escupió en el suelo para asegurarse que el sabor ferroso de su boca no era sangre. —Tu chulo se estaba encargando de pegarme una paliza en tu nombre.

Protestó de dolor cuando recibió un puntapiés en la espalda. Bella dirigió una mirada fugaz a Edward y cuando captó su atención, Bella movió la cabeza para que lo dejase en paz.

Edward no le ayudó a incorporarse, pero se alejó lo suficiente para no estorbar a Jacob cuando éste empezaba a incorporarse.

Aún no se podía poner en pie, pero le bastó sentarse para fulminar a su futura esposa con una sonrisa cargada de la más absoluta amargura.

—No tengas tantas ínfulas, señora presidenta. En cuanto nos casemos, ya te enterarás quien manda. Porque te aseguro, querida, que las cosas van a cambiar mucho en el mismo momento en que pronuncies los votos nupciales.

—Aún no estás casado, Jake, y pueden pasar muchas cosas de aquí a agosto—le advirtió Edward.

Por una vez, Jacob controló su furia y se despachó a gusto contra la mujer que había aprendido a detestar por encima de todo. De alguna manera intuía que hiriéndola de alguna manera, se vengaría de aquel desgraciado de Cullen.

—Bells, ¿cómo te sientes al saber que nunca más podrás estar revolcándote en la cama de Cullen? Estoy seguro que eres consciente de que el contrato prematrimonial también va por ti. Por lo tanto, un solo beso con este bastardo, te arrebato la empresa y te echo de esta casa de una patada en tu respingón culito. ¡Qué triste que las historias de amor terminen así! ¡Pero era elegir entre tu socio y tu padre, a quien decepcionarías mucho si volvieses a tomar el camino erróneo!

Si buscaba provocarla, no había conseguido el efecto esperado. Bella se tragó toda su bilis amarga y con un indicio de fría ira, se limitó a mirarle como si estuviese tomando las medidas de su tumba. Había algo que hizo que Jacob enmudeciese y se lamentase de sus palabras. Algo que hacía que en el interior de Edward se removiese algo, generándole una sensación de malestar muy poco familiar en él.

Había sido un impulso lo que había hecho elegir el cuerpo del chico que la joven había empezado a querer. Posiblemente, si él no hubiese intervenido, Bella hubiese dejado atrás los grandiosos planes de su padre, y habría estado con la persona a la que realmente había entregado su corazón. Sana, salva y feliz.

Reflexionó unos instantes y se reprochó mentalmente que él debería estar por encima de todas las consideraciones y sentimientos humanos. Nada había cambiado desde hace eones. Él tenía su objetivo y una mortal no podía distraerse. Estaba por encima del bien y del mal.

—En este instante, os odio tanto a mi padre, a Edward Cullen y a ti, Jacob, que no me importaría que os fuerais al infierno—susurró Bella con toda la hiel que podía embadurnar en sus palabras.

Las mismas palabras que provocaron una risa ronca que le raspó la garganta.

— ¡No se preocupe, señorita Swan! De allí vengo, y allí iremos tarde o temprano.

Sí, él estaba por encima de todo bien y de todo mal. Entonces, ¿por qué ese irracional malestar al sentir todo el odio de aquella joven sobre cada poro de su cuerpo?

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James Whitdale podía proclamar con la boca llena de orgullo que el Sodom and Gomorrah había arraigado en el corazón de la gran manzana. Y no le importaba que fuese la zona podrida del corazón. Al igual que Charlie Swan—con quien le gustaba compararse—, él también había construido un imperio partiendo de cero. Sólo que él había usado un reclamo más universal: Los instintos humanos más bajos que pudiese existir.

Aunque, había hecho suyo el lema "El vicio debe ir acompañado de todo glamour". Y con su club lo había cumplido a raja tabla. Toda elite de la ciudad podía descargar sus más oscuros vicios sabiéndose a salvo de habladurías y sobre todo, con toda la elegancia con la que podía contar. Todo—incluyendo las drogas de diseño, hasta los cuidados cuerpos de sus trabajadores—debía tener la mejor calidad posible.

Pero no podía imaginar que le había sonreído la buena fortuna cuando, una noche de ajetreado trabajo, una hermosa mujer morena y acento español , que se había identificado como miss Avarice, le había ofrecido los servicios de su mejor bailarina; una bellísima y misteriosa rubia con un magnetismo casi sobrenatural, que se hacía llamar a sí misma Lust.

Una de las condiciones para trabajar en el Sodom and Gomorrah, era no conocer la identidad de nadie, por lo tanto su rostro siempre iba cubierto por una exquisita mascara blanca y negra, que no hacía más que acrecentar su gran atractivo.

Y como no iba ser la excepción, esa noche bailó como la primera vez que lo hiciese sobre el gran escenario, ensimismando a los clientes hasta hacerles olvidar a lo que habían venido sólo para verla a ella.

Siguiendo el ritmo lento de la canción, cada movimiento que hacía parecía estar concebido para hipnotizar a los presentes. Y aún el espectáculo terminase con su cuerpo completamente expuesto, a excepción de su rostro, no era algo que se considerase obsceno.

No todo el mundo estaba disfrutando de aquel espectáculo.

En las últimas filas, se encontraba sentada la antigua estrella del espectáculo, en parte herida en su ego por haber perdido su antiguo puesto.

No podía decir que le importase el dinero; James era un jefe muy generoso respecto a sus bailarines, y más cuando estaban dispuestos a realizar trabajos extras, pero ella no necesitaba su dinero. Lo que ganase con James era una ínfima parte de lo que iba a ser destinado por ser hija de uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Estaba realmente molesta por haber perdido el favor de los clientes de aquel club, y que apenas se acordasen de aquel cuerpo magníficamente esculpido, coronado en su por una espectacular masa de rizos cobrizos, que hasta hacía unos días despertaba las más pasiones más bajas. Aunque su presencia en aquel lugar tan impropio de alguien de su condición se debía a conseguir sus propósitos, una chispa en su interior se encendía cada vez que sentía sobre cada centímetro de su piel las miradas lujuriosas de toda aquella elite, que darían todo lo que fuese porque ella se hubiese dignado a regalarles una noche de placer, mientras se burlaba cruelmente de sus deseos incumplidos.

Pero en aquel instante, lo único que podía hacer era beber su copa de champagne mientras se mordía el labio de indignación viendo el triunfo de una rival de la que lo desconocía casi todo.

Ni siquiera tenía el consuelo de la presencia de Victoria, quien la hubiese estado acosando y chantajeando para robar un momento de placer entre sus brazos, y la hubiese estado susurrando en el oído lo hermosísima que era para ella.

Seguramente, estaría tirada en un callejón completamente colocada.

Cuando la bailarina se quitó el sostén dejando sus pechos al descubierto y la sala enmudecía, sintió que alguien se estaba acercando a ella, la abrazaba por la cintura y la estrechaba en su cuerpo. Notó unos labios que le acariciaban su cuello y sonrió ante el cosquilleo que se formaba en su estómago.

—Las pelirrojas son mis favoritas. Yo nunca te sustituiría por una más del montón, princesa.

—Laurent—susurró la joven algo menos disgustada. Sí, por lo menos estaba Laurent, la mano derecha de James.

La lengua de Laurent recorrió el largo cuerpo de la joven mientras ésta se estremecía por un placer más aparente que real. Pero estaba allí para hacer creer a todos los hombres que eran los únicos para ella. Además, se lo debía a Laurent. Después de todo, era lo menos indeseable de aquel lugar.

—Princesa—musitó con los labios en su pálida piel. — ¿Cuándo vas a decirme tu verdadero nombre y vas a quitarme la máscara para mí? Creo que ya debería existir confianza entre nosotros. Somos amigos, aunque si me dejases, yo sería algo más para ti.

Entre risas, la joven se dio la vuelta para observar al hombre y abrazar su cuello. Notó su erección en su vientre cuando apoyó sus senos desnudos en el pecho del hombre. Intentó contenerse y no dar a entender lo mucho que le desagradaba.

—Cariño—susurró sugerente, acariciando sus labios con el dedo índice—, la política del trabajo nos impide dar esta clase de información.

—Podíamos quedar un día fuera de éste, ¿no crees?

Como respuesta, ella acercó su rostro al suyo, y cuando Laurent se esperaba un beso sintió la lengua acariciando sus labios. Se disponía a profundizar más el contacto cuando ella se apartó de él y empezó a reírse, traviesa.

— ¿Has venido a verme por algo particular o sólo por puro placer?

Decepcionado, Laurent le dijo que James quería hablar con ella.

—Al parecer, ha encontrado lo que tú buscabas.

No recibió respuesta por su parte, pero, tras la máscara, vio que los ojos de la joven brillaban enigmáticos. No sabía que era lo que tenía entre manos con el gran jefe, pero parecía satisfecha.

—Pues no lo hagamos esperar.

Y se fue hacia las habitaciones privadas dejando en el gran hall a un desesperado Laurent. Empezaba a disiparse el ambiente.

Lust había terminado de bailar y todo parecía volver al caos de drogas, alcohol y lujuria.

Mientras caminaba por los pasillos elegantemente como si apenas rozase el suelo con sus tacones, observó por el rabillo del ojo al mismo príncipe, —hijo de uno de los grandes magnates del petróleo—, el mismo admirador que le había prometido una ciudad por una noche entre sus sabanas, empezaba a retozarse con uno de los camareros en uno de los divanes de cuero blanco, sin contenerse y no avergonzándose de estar a la vista de mucha gente. Se sabía que esa clase de secretos jamás saldrían de aquellas paredes, y, además, a ella le importaba muy poco aquel imbécil. Le hubiese encantado decirle que no necesitaba una ciudad cuando su padre podría comprar medio Manhattan para ella sola.

James, como casi todas las noches, estaba intimando con una de sus nuevas inquisiciones, cuando la joven llamó a su puerta y esperó a que se adecentase para recibirla.

Contuvo una mueca asqueada al fijarse en aquel hombrecillo. Tenía que ser cierto que el dinero hacía atractivas a las personas. James era uno de los hombres más feos que había visto, y ni siquiera tenía una salvaje atracción sexual que le hiciese ser un buen amante. Era bestial y salvaje sin el más mínimo tacto. La joven, en su fuero interno, tenía que dejar la mente en blanco y no regodearse en la repulsión que le producía para continuar con el trato que tenía con él. Tenía demasiado que ganar para empezar a tener remilgos con él.

Por lo que pudo permanecer impasible cuando éste la miró con cara de pocos amigos.

—Lo he encontrado. Pero sigo sin comprender por qué quieres tirar el dinero contratando a ese jodido degenerado. Y por supuesto, está el tema de Vicky. ¿Tres mil dólares para que vaya a una clínica de desintoxicación? Esa mujer es un caso perdido. Sería más útil que empezases a pagar lo que me debes, muñeca. Quiero abrir en Los Angeles una franquicia y, cada día que pasa sin ver un solo dólar, me planteo donde nos lleva nuestro trato.

Él podía estar impaciente pero no podía hacer otra cosa que amenazar. Si hacía algo para romper su frágil vinculo, tenía muchísimos millones que perder. Sabía que estaba en manos de aquella mujer, que apenas era una cría, y se sentía frustrado por ello.

Sabiéndolo, la joven le dedicó una sonrisa e ignoró las posibles amenazas.

— ¿Está aquí?—Le preguntó tranquilamente.

James asintió.

—Ni más ni menos que el famoso Destripador de New York. Soy único encontrando gangas entre los escombros de la sociedad. Vas a pagar seis mil dólares a un tío que estaría encantado de hacerte el trabajo gratis y chapucero.

Dio un par de palmadas, indicando que él no quería ensuciarse las manos con ese asunto.

—Tú sabrás. Eso, sí. Si le pilla la pasma y empieza a cantar involucrándote, de mí no sabes nada. Se encuentra en la sala del dolor.

La joven se disponía a ir hacia allí, cuando James la agarró por la muñeca y la entregó su bata de seda para que se cubriese.

— ¡Cuidado! Estás tratando con un psicópata de mucho cuidado. No necesita darle alas a su imaginación para actuar. Es muy capaz de violarte con una navaja y después rebanarte el cuello sin pestañear. No es que me importe lo que te pase, pero ni quiero perder los millones de dólares que me has prometido, ni quiero que la poli entre en mi local y encuentre un bonito cadáver.

— ¡Muy considerado, Jimmy!—Exclamó muy afectada, se puso la bata y se fue hacia la sala. —Te debo una.

El destripador de New york no era lo que se había esperado. Ella se imaginaba una réplica a James, y no un joven rubio, de fríos e inexpresivos ojos azules y guapo, aunque un poco nervioso por encontrarse en aquel lugar. De hecho, le era muy familiar pero no sabía ubicarle. Las aletas de la nariz se le dilataron por la presencia de la joven y, sólo lo que le hubiese contado James y las amenazas que hubiese pronunciado, le detuvo de levantarse y sacar la navaja para amenazarla y empezar la noche de terror que tenía planeada en su desquiciada mente.

Ella, como si quisiera ignorar aquel hecho, se sentó tranquilamente en una silla enfrente, cruzó las piernas y sacó una foto que tenía guardada en el bolso, la desdobló y la dejó encima de la mesa.

—El señor Whitdale ya te ha contado que te pagaré seis mil dólares si haces bien el trabajo—le dijo después de un incómodo silencio. —Incluso estoy dispuesta a pagarte más si lo haces cuanto antes. Aunque tengo entendido que eres un gran profesional en estos temas.

— ¿De qué se trata?—Inquirió el asesino con voz grave y ligeramente nervioso.

Sonriendo, la joven mostró a las tres personas que había en aquella foto. Un hombre. El más importante de New York. Charlie Swan, acompañado de sus dos hijas.

La joven le indicó a la joven de pelo castaño y le señaló el cuello como si quisiera cortárselo.

—A ella. Quiero que la encuentres, la violes de todas las maneras que se te ocurra y, al acabar, la rebanes el cuello.

Lo dijo con una voz tan fría e impersonal, como si estuviese pidiendo un café en el bar, que incluso un desalmado como Royce King se echó a temblar.

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(1) Centro medico de Houston (Texas) especialista en tratamientos del cáncer.

(2) Por la novela de Tom Wolfe, "La hoguera de las vanidades", un Master of The Universe, es una persona exitosa de Manhattan que pertenece a las elites. Los tiros no van por el famoso Christian Grey si estabais pensando en él.