Negro y celeste, celeste y negro. Desconectados, incapaces de vislumbrarse. No pueden, no quieren mirarse.

No deben.

Las cosas suceden por un motivo.

Todo es por algo.

Ambos colores, el de la luz y el de la oscuridad, lo tienen en claro.

Hay algo que siempre he querido decirte.

Un color intenta mirar a otro.

Titubean, mas no.

No deben; lo saben, lo sienten.

Es tarde.

Lo sé.

Los colores se alejan. Es en vano hacer lo mismo que vienen haciendo desde hace tanto, pararse uno junto al otro, sin contacto ocular, sin posibilidad de desnudez en las almas que llenan los cuerpos, sus cuerpos.

Manchados.

Es tarde, lo saben.

Es demasiado tarde.


TRIÁNGULO


Capítulo XI

"Ausencia, parte I"

xxx


DOMINGO


¿Qué hacer? La tentación carcomía su ansiedad. Era obligatorio, pues si no lo hacía no lograría cerrar los ojos cuando el cielo nocturno, decorado por la luna que tanto simbolizaba para alguien como ellos, le anunciara lo irremediable de la vida: debes dormir, debes despertar cuando yo me vaya, en ese momento donde debas volverte una tuerca más, y girar, y perderte en la infinitud de tuercas que mi contraparte, el sol, engaña cada día con su luz de mentiras.

Tumbada en su cama, el techo único testigo de los bramidos indescifrables de sus pupilas, no sabía qué hacer. Se prohibió molestarlo; no debía hacerlo. Él dijo que llamaría, se recordó a sí misma, que la buscaría en cuanto la muchedumbre dejara adormecer el escándalo. Y no lo había hecho, no aún. Estaba por estallar.

¿Y si lo había olvidado? ¿Y si ya no sentía interés?

Tomó el libro entre sus manos, lo estudió como el objeto que era, aparentando que éste no tenía ningún tipo de significado. Lo tenía. Lo sabía, lo anhelaba.

Abrió el libro.

Había huido del sol, de las tuercas que giraban, idénticas, las unas contra las otras, entregadas a un contacto vacío y perverso. Se alejó de ellas por medio de las letras, por las palabras que le daban significado al objeto, ese valor simbólico intangible, perceptible por medio de los sentidos. Jamás había leído tan rápido un libro, por lo menos no por placer. Ese libro la había hundido en una utopía de paredes azules, un nuevo cielo, pero con la capacidad de crear un calor verdadero entorno a ella.

Ese cielo que la alumbraba, incluso, en ese momento.

Sonrió; de nuevo miraba el azul. Detenida en la página 134, miraba fijamente, superada por la necesidad incomprensible, por el paroxismo que la llenaba cada vez que sus pupilas se conectaban con las otras, con las de quien la observaba a través del libro.

Una necesidad aún imposible de comprender, empujada hacia el abismo por la puntada que cada vez se repetía con mayor frecuencia en su pecho.

Ver los ojos, ser rodeada por el calor de los ojos.

—¡Suficiente!

Decidida, sin soltar el libro que le brindaba calor, tomó su celular de la mesita de luz postrada junto a su cama. Escribió un mensaje de texto y, apremiada por la ínfima posibilidad de arrepentimiento que contenía en lo más hondo de su ser, apretó el botón. Lo envió.

¡Hola, Trunks! Espero te encuentres bien. Ya han pasado dos semanas desde lo de la revista. ¿Cuándo podríamos pelear? ¡Ansío esa batalla! Espero tu respuesta. ¡Saludos!

Devolvió el móvil a su sitio. Luego, al fin, el azul hipnótico que le exigía atisbarlo hasta el cansancio de los párpados. Leyó lo que decía en la página 135, junto a la fotografía del hombre al que acababa de enviar el mensaje.

Disfruto como nadie mi fin como artista: buscar el alma de lo que fotografío. Jamás me sentí tan cerca de la meta.

Y, debajo de la foto:

Trunks Brief, invierno del 790.

Él estaba recostado de boca abajo, o eso parecía. Su rostro levantado hacia la cámara, su cabeza y cuerpo bajo sábanas blancas. Los brazos cruzados bajo el cuello. Inclinado hacia la izquierda, lucía serio. A pesar de mostrarse así, más bien parecía emocionado.

Los ojos azules, perfectos.

Apagó la luz del velador, dejó el libro, cerrado, bajo su cama. Era hora de dejarse llevar por la oscuridad, acatar las órdenes de la luna; dormir, hacerlo para despertar en cuanto el sol, el falso, apareciera.


Déjame escucharte, saber que te provoco genuino placer, mi demonio. Déjame demostrarte la demencia de este amor que sólo yo siento.

Quiero matarte, arrancarte los ojos, como siempre, como nunca. Quiero que me mates, mi demonio.

Mátame.

Escribir, escribirle a Trunks. Ambos conceptos, en ella, eran idénticos. Su idea era tan simple como polémica: hacer algunos relatos para la próxima vez que se vieran. Quería leerle a Trunks, segura de que él realmente lo disfrutaría. Le había encantado escucharla, se lo había confesado una y otra vez durante la noche del sábado, acurrucado a ella en la cama.

Es maravilloso que un sentimiento tan fuerte te lleve a expresarte así, tan apasionadamente. Fue perfecto, Marron.

Sonrió satisfecha. Quería sorprenderlo con más demencia, sabiendo que, si bien jamás lograría enamorarlo, por lo menos le daría un instante alejado de las responsabilidades de la vida. Alejarlo, alejarse ella por medio de él; navegar los mares azules de la desesperación.

Juntos...

¿Seguiría pintando a esas altas horas de la noche, tan loco como ella de expresarse? ¿Qué estaría pintando? Le había dicho que sería algo que nunca había hecho. Y se lo mostraría, lo mejor de todo. Ansiaba verlo y saber más y más sobre ese lado oculto del hombre al que amaba obstinadamente. Conocer por completo al verdadero Trunks, al que se expresaba, al que sentía al mundo exactamente igual que ella.

Sin más, prosiguió en el cuaderno:

Ver más allá de lo posible, descubrirte en lo más íntimo de tu ser. Quiero llegar allí, mi demonio. Verte, tocarte y sentirte de la manera más completa. Quiero estar allí, contigo; quiero desesperarme hasta la locura, el pico más torcido de la demencia.

Quiero tus ojos, mi demonio; quiero la perfección de tus ojos sobre mí.

Para siempre.


LUNES


—Los surrealistas se valieron de una herramienta como la escritura automática para desarrollar obras. Pensaban que, mediante este proceso despojado de consciencia, sin participación de la razón, podían demostrar, sin censura, la realidad del inconsciente. Exponentes son poetas como... —siguió, sin parar, hasta terminar su concepto. Quedaban 20 minutos de clase; de nuevo había calculado mal al explayarse sobre el tema del día. Sin más por decir, inquirió—. ¿Alguna duda?

El silencio.

Borró el pizarrón. Al terminar, escribió el título de un poema.

—Léanlo, lo encontrarán en el Módulo de la Unidad 4, en la página 102. Después, pueden charlar en voz baja, hasta el final de la clase. Lo comentaremos la próxima.

Se sentó en su silla, frente al escritorio y a sus alumnos, y abrió el libro que había empezado esa misma mañana en el autobús camino a la escuela. Una muchachita de 15 años vive una pasión prohibida con un hombre de 26, más allá de la sociedad, la familia y la moral.

Se distrajo demasiado rápido, sin embargo. El cielo, más azul que nunca al mediodía, podía atisbarse a través del imponente ventanal del aula.

Azul, perfección.

El timbre sonó segundos después. Se retiró del aula cuando guardó sus pertenencias en su cartera. Fue hacia la cafetería de la esquina, fuera del establecimiento, y Alisha, sonriendo pícaramente, la esperaba en la esquina más alejada a la barra, junto a la ventana. Llegó a ella, tomó asiento y suspiró. Estaba más cansada de lo normal.

—¿Día largo? —indagó su amiga, siempre provocándola—. Qué difícil debe ser volver a la realidad, ¿no? Digo, debes haber estado en las nubes todo el maldito fin de semana... —Se detuvo al ver cómo se acercaba el camarero. Tomó el pedido de Marron, un té y una tostada de queso, y desapareció velozmente. Sin más miramientos, prosiguió—. Ay, Marron... ¡Mira tus ojos! Esa es la mirada de una mujer bien atendida.

—Alisha, por favor... —El acostumbrado tono carmesí llenó sus mejillas—. Prometiste que si te contaba ya no dirías cosas así...

¡Y cuánto se arrepentía! Al día siguiente de la entrevista de Trunks en el programa de Donna Star, cuando Alisha lo había visto en la puerta de su edificio, Marron había tenido que contarle todo a la profesora de matemáticas. Claro que había sido muy prudente al hacerlo: mi padre era luchador, amigo de Yamcha, el jugador de Béisbol que salía con Bulma Brief en su adolescencia. Fueron amigos desde muy jóvenes y aún siguen en contacto; todos ellos son muy unidos. No había dicho ni una palabra más al respecto, muy a pesar de la albina, que se cansó de indagar, de intentar escarbar un poco más. Todo fue en vano.

—Tuviste sexo desenfrenado con mi Trunks Brief —susurró ella entonces, fulminándola con sus ojos grises—. Nunca podré perdonarte esto, Jinzo.

La rubia se tapó el rostro por causa de la vergüenza; bajo sus manos, sin embargo, se permitió esbozar una sencilla sonrisa.

Te llamo en estos días.

Y los ojos del último instante de mutua contemplación se habían mostrado tan distintos a los anteriores. El amor rebalsaba a Marron; la esperanza era una con el sol que brillaba en el cielo, en medio de la perfección del azul.

El cielo, el azul y la esperanza eran uno solo.

—Dime algo, Marron. ¡Por favor! ¡Dime algo pequeñito, una sola cosa! ¡Quiero saber! —Alisha atravesó la mesa con parte de su torso y tomó a la profesora de literatura de las muñecas. Susurró entre dientes—. ¡Dime cómo lo hace! Dime si jadea, a qué ritmo se mueve, si te dice alguna barbaridad del tipo sí, perra, sí o si no te dice absolutamente nada. Dime si te mira... —La mujer hablaba tan impetuosamente, en un hilo de voz tan fino y a una velocidad tan vehemente, que la voz terminó por abandonarla hacia el final. Tomó aire, exagerando sus ademanes, y continuó—. ¡Porfi, Marron! ¡Porfi! Dime algo, lo que sea... ¡Dime algo! ¡No aguanto la curiosidad! Es mío, mi Trunks Brief...

Marron se destapó el rostro. Sonrojada, así como también sonriente, no profirió ni una palabra, por lo menos no con su voz.

«Lo hace como ningún otro, desatado, apasionado a un nivel imposible de describir. Tiene el don. Es un amante excepcional. Presta gran atención a quien se desespera junto a él. Aprende de mí, memoriza los rincones de mi cuerpo donde puede afectarme más. Gozamos, lo hacemos porque él sabe exactamente cómo lograrlo».

«Jadea, sí. Es un poco más efusivo que la mayoría de los hombres, aunque esa pizca de honestidad no llega a convertirlo en un hombre que, efectivamente, resulta ruidoso mientras tiene sexo. Empieza silencioso, avanza, respira a través de sus dientes, siempre apretados, conteniendo, quizá, la fuerza que, por su sangre, es innata en él. Abre la boca, deja escapar algún gruñido meramente gutural, masculino. Al final, en el último instante, cuando lo insoportable anula su razón, gime una sola vez. Ese sonido es el más erótico de la historia».

—¿Y? ¿No me vas a decir nada? ¡Qué mala eres, Marron!

«Se mueve con experiencia. Sabe lo que hace, en qué momento variar el ritmo de sus caderas. Detenerse, marcharse, apurarse; es natural, llevado por el instinto, pero por un instante pareciera que tiene todo fríamente calculado. Sabe mucho más que yo, que no cuento con una gran experiencia, si bien creo tener alguna. O creía, porque él me supera con creces. Me humilla con su sabiduría».

«No dice nada, o sí dice, dice poco. Pregunta cosas cada muy tanto, algunas veces sí y otras no. Murmura mi nombre alguna que otra vez, pide, demanda. Quiere todo de mí...».

—Me mira, sí. Me mira fijamente, sin parpadear.

Alisha enmudeció.

«Me mira, me humilla, me confunde con sus ojos. Son esos ojos quienes me dan placer. Son planetas inmensos, son galaxias infinitas...».

—Estás hasta la médula por él, Marron. ¡Te brillan los ojos! Me enterneces. —Alisha le sonrió honestamente, sin dobles sentidos—. ¿Se lo has dicho?

Negó con la cabeza. Aún, pese a ello, sonreía.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Sólo soy su amante.

«Me lo dice con sus ojos».

Pero era mejor ser eso a no ser nada.

—Marron...

—Es mejor ser su compañera en la cama que ser una anónima en su mundo, Alisha. Es triste, lo sé, pero es así...

—No deberías conformarte con tan poco. ¡Ten un poco de orgullo, mujer!

La esperanza de la última mirada del domingo la abandonó.

—No puedo. No frente a él...

No frente a la persona que la despojaba de su cuerpo, su alma y su corazón tan sólo mirarla fijamente en medio de lo insoportable. Al hombre que la poseía por deseo; el que escuchaba atentamente, como si de una palabra santa se tratara, sus demencias hechas relatos.

No frente a Trunks Brief.


MARTES


—Pan, ¡mierda! —bramó Bra—. ¡¿Qué te pasa?! Si estás de mal humor lo lamento, pero no derroches tu furia sobre mí, ¿eh? ¡Soy más malhumorada que tú! No en vano soy hija de mi padre.

«Ni me nombres a tu padre».

No ahora, continuó pidiendo en pensamientos.

Mas no, reflexionó después. El rencor hacia el príncipe de los saiyan ya no la ponía incómoda. Había prescripto al fin. Pese a la burla de los ojos negros del más severo ceño, la negativa de entrenarla, el rechazo lo suficientemente poderoso como para barrer su orgullo de un simple movimiento, Pan no sentía frustración, no por él.

El problema era Trunks.

No se atrevía a preguntarle a Bra. Indagar abriría ante su amiga la posibilidad de interminables preguntas que no sentía deseos de responder. El calor todavía la abrumaba. ¿Qué significaba? En su inocencia, injustificada por su edad y justificada por la experiencia prácticamente nula que tenía con los hombres, el calor era un desconocido.

Hacía dos días que le había mandado el mensaje de texto; hacía dos días que aguardaba por una respuesta.

Y nada.

Lo había olvidado, era obvio. ¿Podía culparlo? No. Trunks era, ante todo, un hombre ocupado. Trabajaba mucho, tenía problemas inherentes a cualquier persona, y era, ni más ni menos, Trunks Brief, el empresario más exitoso de la última década, viudo de una mujer tan eterna como Isabelle Cort.

No podía culparlo. ¿Qué era, después de todo, ella para él? La amiga de su hermana menor, la sobrina de su mejor amigo; una Son.

Una híbrida, así como él.

No tenía conexión con ella. Lo había olvidado, sí, porque ella no era para él más que alguien lejano, como una prima, a quien no le debía nada.

Entonces, ¿por qué había gastado energías en buscarla, hablarle y abrazarla?

¿Por qué se había preocupado por ella?

¿Por qué se había producido, entre ellos, tan cálida empatía?

—Bueno, veo que no vas a responderme. —Bra refunfuñó a su lado—. En un rato empieza mi clase. Te veo a la salida.

—Ok.

Una vez sola, acariciada por la sombra que el árbol del parque frente a la universidad producía, sacó su móvil de la mochila. Lo miró fijamente.

—¿Por qué prometes algo si no vas a cumplirlo?


MIÉRCOLES


La librería, cuna de la paz. Perderse entre mesas, anaqueles, encerrada entre paredes abarrotadas, siempre había sido el placer. Caminaba en silencio, buscando sin buscar. Títulos conocidos, muchos por haberlos leído, otros por saberlos existentes y algunos, cada vez más, por desprecio, detenían de tanto en tanto su andar. Los quería a todos, pero no quería a ninguno. Sólo quería una cosa.

Una persona.

Aún no sabía nada de Trunks, mas no se sentía preocupada por ello. Aún faltaba para la noche del viernes acostumbrada, momento donde los pares en la desesperación podían permitirse lo más crudo de la demencia, juntos, alejados del mundo, acompañados en la perversión.

Compró un libro de poesía de un autor del surrealismo, más por vicio que por haber meditado la adquisición, y al salir, y al caminar por las calles del Distrito 2, tan abarrotadas de gente como la librería de libros, frenó en una tienda de ropa. Liquidación por cierre. Un vestido rosa brillaba en la vitrina, le susurraba deseos al oído. Entró, se lo probó; le quedaba pintado. Lo sacó a cuotas, pues era un poco más caro de lo que podía gastar. Fue hacia su casa en autobús, sus ojos fijos en los ojos de las personas que atravesaban las calles, ignorantes del atrevimiento de su curiosidad. Al llegar, con el atardecer en su punto clave adornando mágicamente el cielo, se quitó la ropa. Frenó ante el espejo de su cuarto, situado tras la puerta. Su ropa interior blanca, sencilla tanto arriba como abajo, le daba ese maldito aire angelical. No soportaba esa mentira; sin embargo, continuó observándose. Se percató, repentinamente, de que se veía más bella que de costumbre. Lucía sensual; se sentía sensual.

El reflejo decía obviedades: se estaba convirtiendo en una Marron nueva, una que destilaba el significado que Trunks, su amante, le daba con cada noche, tarde y mañana de pasión. Era una mujer sensual porque él la hacía sensual. Era bella porque los ojos azules la habían hecho suya repetidas veces.

Era perfecta porque él, la perfección hecha hombre, le hacía serlo.

Se sonrió, algo que jamás había hecho ante su imagen en el espejo. No tenía nada que envidiarle a su madre.

Era perfecta, Trunks la hacía perfecta con cara roce íntimo de sus ojos azules sobre ella, toda ella.


JUEVES


—Hija —llamó Gohan, apostado en el umbral de la puerta de su estudio—, ¿puedo hablar contigo?

Pan tragó saliva.

Fue hacia el estudio, ingresó, y más tuvo para sorprenderse cuando su padre cerró la puerta. En silencio, la muchacha atisbó la biblioteca llenada a través de los años. Como siempre cuando de ese lugar se trataba, se sintió pequeña frente a tan imponente símbolo de conocimiento.

—Hace días que no te veo entrenar. ¿Sucede algo? —inquirió Gohan al fin.

«¿Soy tan obvia?».

Por supuesto, se dijo. Para ella, exteriorizar todo lo que le pasaba era tan natural que no podía detenerlo, no cuando lo que le pasaba ocupaba absolutamente todo su cerebro.

Cuatro días desde el bendito mensaje de texto; ni una ínfima respuesta. Ni una palabra; el silencio más incómodo.

—No me pasa nada —musitó.

Gohan se acercó a ella con pasos cortos, lentos, apacibles, calmados al igual que sus ojos. Se detuvo frente a ella. Después de escrutarla largamente. Apoyó las manos en los hombros de su hija.

—Sé que te frustras, pero debes tener paciencia. —Sonrisa cálida, una que sólo su padre era capaz de esbozar con tanta perfección.

Pan desvió la mirada; la centró en el escritorio de madera de pino laqueada plagado de papeles, libros, una laptop y demás cosas relacionadas a alguien como Gohan.

—Ya no se estén preocupando por mí —pidió no de muy buena forma. Al darse cuenta de la severidad de su tono, aclaró la garganta para proseguir con detallada calma—. Estaré bien, papá. Es sólo que quería darme unos días de descanso para entrenar más duro la semana que viene.

—¡Es cierto! —Su padre rió—. Planeabas pelear con Trunks, ¿verdad?

Su mirada, esta vez, escapó hacia la biblioteca. Estudió el lomo del libro más gordo. ¿Qué decía? No alcanzaba a ver bien.

Perder el tiempo así, con semejante nimiedad, era mejor que responder esa pregunta.

—¿Pan? —Gohan la buscó, sin éxito, con la mirada.

—Sí, en algún momento... pelearemos. —Empezó a alejarse paso a paso.

Una vez a un metro de su padre, se aproximó al libro que había estudiado a distancia. Era un diccionario.

—¿En algún momento, dices? Ya pasaron varios días desde lo del escándalo. ¿Quieres que hable con él?

—¡NO! —respondió a la velocidad de la luz. No se movió ni un ápice de su sitio—. Ha-hablé con él el domingo, me dijo que podíamos entrenar unas semanas más para luego... eh... pelear —mintió.

—Bueno, está bien que entrenen con tiempo. Será una gran batalla.

—Sí, lo será.

«No lo será jamás».

Pues él se había olvidado de la promesa. La había hecho en vano, tanto que Pan, ahora, no lo soportaba. Deseaba esa batalla como nada en el mundo. ¿Qué hacer? ¿Cómo llenar ese vacío? Ya se había ilusionado demasiado como para poder simplemente olvidarlo.

—Me voy a estudiar, papi.

Debido a la mención que funcionaba como palabra mágica en su padre, éste no tardó en despedirla. Estudia, mi amor, le dijo. Esa siempre era la prioridad. Mas no lo era para Pan, quien al llegar a su cuarto, al recorrerlo con las pupilas desganadamente, tomó entre sus manos lo único que le merecía algún tipo de interés. Retornó al libro de Isabelle Cort, a las hermosas fotografías; a aquel ser inaccesible, ese que no le contestaba aún el inocente mensaje de texto enviado cuatro días atrás, mostrándose accesible ante quien fuera su mujer.

Los ojos, accesibles; la perfección.

«Solamente quería volver a verte...».

Para buscar lo que escondía tras la inaccesibilidad en cuanto sus orbes negros y los azules imposibles del hermano de su amiga hicieran contacto.

Quería mirarlo a los ojos.

Quería que él la mirara como miraba a Isabelle Cort.


VIERNES


No era algo inconsciente: miraba el móvil siempre que tenía oportunidad, a propósito. Estaba demasiado nerviosa como para dejar de atisbarlo, para olvidarlo al fondo de su cartera. Trunks no daba señales de vida.

Te llamo en estos días.

¿Estaría ocupado? Quizá, intentó convencerse. No lo logró. No podía abandonar el pensamiento, la idea, el anhelo. Quería noticias de su demonio.

Última vez en mirar el móvil: nada.

Se puso de pie, rodeó con pasos inseguros el escritorio y se detuvo frente a sus alumnos.

—Buen, cuéntenme qué les pareció el poema de la clase anterior. —Su voz temblaba. No le importó que algún alumno pudiera notarlo.

Nada le importaba.

—A mí me dio miedo, era como demasiado... ¡no sé! Demasiado exagerado —comentó una muchacha situada hacia el fondo del aula. Todos se rieron de ella.

Otros opinaron, pero muy escuetamente. Marron no se esforzaba por animarlos a participar más. Se aburría mientras explicaba la metáfora que iba más allá de las palabras, potenciada por el nulo interés de quienes ni siquiera la miraban mientras hablaba. Ellos estaban tan poco interesados como ella en el intercambio obligado de palabras.

¿Estaría ocupado?

¿Estaría bien?

«Eso espero...».


—¡Llegué! —anunció cerrando la puerta.

Al fin en Paoz.

Caminó pesadamente hacia la sala, donde su abuela tejía, su abuelo bostezaba y su madre hablaba trivialidades con Oob, todos en los sofás entorno a la mesa ratona cuyo centro era ocupado por flores del jardín. Eran, en esta ocasión, unos jazmines. Chichi siempre los renovaba. Oob, al verla, se puso de pie.

—Buenas tardes, Pan —saludó amablemente. Pese al tono respetuoso, Pan supo instantáneamente que la sonrisa que él le dedicaba especialmente era una fachada: estaba visiblemente afectado. Por algo, por alguien; por ella misma—. Voy a entrenar. Te dejo mi lugar; siéntate con tu mamá.

Sin que ella pudiera objetar, le pasó por al lado, sus ojos arrastrándose por el suelo. Al final de sus palabras, la sonrisa fue insostenible.

Algo recorrió el interior de la joven Son. Se sorprendió al sentirse tan culpable. ¿A quién quería engañar? Sabía sobremanera que no se estaba comportando correctamente con él. Estaba echando sobre Oob un rencor que, a decir verdad, sí iba parcialmente dirigido a él, por lo menos en parte. Era un rencor por el que él no tenía ninguna responsabilidad. Ella era culpable, por inmadura, por temerle a lo que significaba hacerle frente a la situación. Si nunca le hubiera permitido besarla, si le hubiera dicho desde el vamos que ella no sentía lo mismo, todo hubiera sido más sencillo. Y allí estaba, tomando decisiones equivocadas de nuevo. No fue tras él como la tensión lo pedía; se quedó charlando con su madre, intentando a través de aquello olvidar, posponer, huir del cara a cara que Oob merecía. Porque él no era malo; al contrario.

Ella era mala.

Eso pensaba de sí misma.

Las horas pasaron y llegó la hora de la cena. Oob no apareció, aduciendo, según su abuelo, quien había ido a buscarlo, que iba a entrenar un poco más y que no sentía apetito. Después de la comida, su cuarto, el techo de los secretos donde enterraba siempre su mirada oscura.

Se sintió una porquería, más aún cuando recordó el mensaje de texto, el pedido, la respuesta que nunca había llegado.

Si él hubiera respondido, por lo menos tendría una excusa para entrenar; una efímera excusa para sonreír.

Entrenar duro, pelear con él...

Verlo.

Pero no había caso. No había ni un motivo para sonreír.


La cama, de repente, era tan inmensa como el amor que le subyugaba las venas. La cama era tan fría que temblar era menester.

Algo faltaba, alguien faltaba.

No iba a pegar un ojo en toda la noche, simplemente lo supo, fue evidente. Marron apretó los párpados, contuvo un llanto que, vehemente, intentaba salir de ella.

—Trunks...


SÁBADO


Cortó el móvil y lo lanzó sobre el escritorio. Era Bra. Le había dicho que por qué no salían a tomar algo, oferta que Pan, decidida, declinó. No sentía ánimos de hacer nada. No quería ir a ninguna parte. Prefería permanecer allí, en Paoz, aburrida como estaba, sin obligarse a socializar. Tampoco pensaba en entrenar, mucho menos en usar internet.

Dio un rápido vistazo a su habitación, perdida. ¿Qué podía hacer?

«Mirar la luna...».

Sí, era una idea fabulosa.

Tomó un abrigo y, antes de salir, observó el reloj con forma de dragón que su padre le había regalado cuando era niña debido a su parecido a Shenlong; eran las 11 de la noche. ¿Tan tarde la había llamado Bra? ¡Menos mal que no había aceptado! La princesita amaba desvelarse, algo que Pan, aplicada a los horarios por lo estricto de sus entrenamientos, aborrecía.

Salió de su cuarto y besó a sus padres, quienes estaban a punto de acostarse, cosa que sus abuelos ya habían hecho. Se alejó, al fin, de su casa. Con pasos lentos, tan calmos como la esencia del bosque y la noche, tan contrarios a lo acelerado de su pecho, avanzó por el espacio. Entre las ramas de los árboles que intentaban censurar al cielo, vislumbró la luna. Hermosa, destacando por sobre todo y todos en el universo que apreciaba a su alrededor, la luna la hizo sonreír. Trepó de un salto al árbol acostumbrado, se sentó en la rama más gruesa, se entregó a la contemplación del satélite infestado de significado. Amaba la luna; ésta era capaz de hacerle olvidar cuanto sentimiento de congoja pudiera tener en el corazón.

Sin embargo, hubo una cosa que, con la luna frente a ella inclusive, se hizo inexorablemente presente.

Se sonrojó.

Esa luna, tan pura, tan llena de significado para una guerrera como ella. La luna, accesible a partir de una sola mirada, tan entregada a quien se entregaba a ella.

—Trunks...

Se sorprendió al suspirar justamente ese nombre. ¿Por qué lo recordaba en tan desafortunado momento? ¿Por qué le permitía invadir su mente en el preciado instante de intimidad que compartía con la luna?

¿Por qué él?

¿Por qué Trunks?

Veo a Pan como una prima, como una sobrina o hermana; no como una mujer.

—Una segunda hermana para él... —susurró luego de repasar en su mente las palabras que él había proferido en la entrevista de Donna Star.

¿Pero por qué le dolía? La puntada en su pecho le hacía saber que le molestaba que las cosas fueran de esa manera.

Todos los problemas tienen solución. Todos menos uno.

Eso era.

Sonrió pese a sentir cómo una oleada de tristeza la cubría por completo. Desde que había escuchado esa frase, evidentemente referida a la muerte de Isabelle, que sentía pena por él. Y no, no era sólo pena: era empatía, pura; era desear que él pudiera salir adelante. Era lo mismo que había rezado frente a la tumba de la fotógrafa en el cuarto aniversario de su muerte. Haz que Trunks sea el de antes. Sino tendrá frío para siempre.

Era desearle eso al hombre inaccesible que se había expuesto ante los medios para hacer que la gente se olvidara de ella. El hombre noble que volvía inaccesible su tristeza, que la vivía solo, sin nadie alrededor.

El hombre muerto de frío, petrificado, frente al ataúd de quien fuera su mujer.

Siempre que veía a Trunks, sin importar el momento ni el contexto, ella lo veía ahí, con los ojos vaciados, hecho una estatua de hielo ante la eternidad de Isabelle.

Quería ayudarlo, sabiendo que desear algo tan absurdo carecía de sentido. Quería abrazarlo, acompañarlo.

Quería darle calor a la persona más fría que había conocido en su vida.

Era eso, sí. Era eso, no otra cosa.

Quería darle calor.

Quería que él se lo diera a ella.


Aprietas mi cuello. Siento cómo mi rostro empieza a adormecerse por tu fuerza. El placer me invade; la muerte también.

Pero no.

Despierto, fría, sola. Despierto y no hay señales de ti, mi demonio.

¿Dónde estás?

¿Por qué me dejas así? Prefiero morir en tus brazos que vivir condenada, vacía, alejada de ti...

Marron cerró la netbook, fastidiada. Las lágrimas se agolparon al borde de sus ojos. Lloró con aplastante convicción, sin reprimirse, incluso sin un ápice de culpa. La vista se le nublaba por causa de las lágrimas.

Se había aburrido de ella.

Ya no volvería a llamarla.

Ya no volvería a invitarla a la utopía.

Lo sabía.


DOMINGO


—Marron... —Krilin limpió su boca con una servilleta. La depositó sobre la mesa, en el mismo lugar donde, antes, descansaba. Llenó los ojos de su hija con los suyos—. ¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.

—Estoy bien, papi, en serio —respondió la mujer, desviando la mirada hacia cualquier otra parte. Si su padre la miraba fijamente en momento de tristeza, por lo general terminaba llorando; era mejor evitarle ese disgusto—. Tuve mucho trabajo, los niños están un poco intratables, eso es todo. —Su padre siguió indagando. ¿Tienes problemas con el director? ¿Hubo algún conflicto entre los niños? ¿No deberías trabajar un poco menos? Su cabeza se encargó de responder. No, no y no.

—Se te ve agotada, más delgada. ¡No puedo verte así, me preocupo mucho! Ya sé que te estoy molestando con tanta pregunta, hija, pero no puedo verte mal. —Quizá por los nervios, rió levemente, apenado.

Qué dulce era su padre, con esa mirada que, a pesar de los 63 años que portaba en el cuerpo, denotaba una inocencia innata. Su padre era el ser más dulce que hubiera conocido en su vida. Qué poco digna, de repente y como siempre, se sintió de tanto hombre.

—Déjala, Krilin. —Su madre palmeó la espalda de éste—. Marron te lo diría. Si algo ocurriera, ya lo sabrías. —Fría en apariencia, atisbó a Marron, quien no creyó necesario esquivarla. Su madre jamás había podido leerle la mirada; ella no representaba un peligro para la reserva que anhelaba mantener—. Ya es hora de marcharnos, ¿vamos a lo de Bulma?

—¡S-sí! —Krilin giró hacia su mujer y le sonrió—. Creo que hoy también irá Yamcha. ¡Vamos! —Y volvió a su hija, que al notar que su padre la miraba entregó los ojos al plato con un trozo de carne a la mitad y una ensalada prácticamente ignorada—. ¿Quieres venir, hija? ¡A Bra le dará gusto verte!

«No es momento».

Se negó. Krilin, persistente como pocos, le insistió.

—No, papi... Prefiero ir a casa y dormir un rato.

—¡Oh, vamos! Te distraerás un poco, lo prometo. Yamcha sabe hacerte reír. ¡Quiero verte reír! Estás muy caída hoy...

Ya no pudo esquivarle los ojos. Quiso llorar, se contuvo con fuerzas desconocidas. Su padre sabía cómo convencerla, sin importar sobre qué disparate lo hiciera.

—De acuerdo...

Se arrepintió en el preciso instante en que terminó de proferir las palabras condenatorias.

Ya en el auto de sus padres, sentada sola en la parte de atrás, se entregó a la ventana, a la gente que caminaba por el centro de la capital, a los autos que hacían sonar sus bocinas obstinadamente, intentando apurarse un poco más, siempre un poco más. Abrió un poco la ventana, ahogada.

Trunks no la había llamado, no la había invitado a desesperarse junto a él. No había habido pares desesperados, dementes en las sombras, labios contra párpados. No había habido nada. Las venas hervían; necesitaba su droga.

—Hija, ¿estás bien? —inquirió su padre nuevamente. Su madre, por su parte, se limitó a observarla por el espejo retrovisor.

—Sí, me falta un poco el aire, eso es todo.

—¿Y eso por qué? —preguntó 18, visiblemente extrañada.

—A veces... me pasa.

Imploraba por su droga. Apretó los puños en sus rodillas, segura de que ningún espejo podría delatar su acción. Ya no lo soportaba más.

¿Dónde estaba? ¿Por qué no la llamaba? ¿Por qué no cumplía su promesa?

Te llamo en estos días.

Cuánta crueldad en palabras tan llenas de significado. Cuánta crueldad.


—¡Oh, Pan! Ya llegaste. —Bulma, luego de aparecer en el umbral de la puerta de la cocina, se acercó a la nieta de su buen amigo Gokuh con la única intención de abrazarla. La rodeó con sus brazos, expresando el cariño que siempre, debido a la cercanía que tenía con su hija, sin contar el hecho de que fuera una Son, le había tenido—. ¿Almorzaste?

—Sí, Bulma. Mi abuela me llenó de comida...

—¡Esa Chichi! Qué preguntas hago. Bueno, espero te quedes hasta tarde, en un rato vienen Krilin, 18 y Yamcha.

—¿En serio? —La joven no ocultó su emoción.

—¡Sí! Yamcha anda por la ciudad, así que invité a Krilin y 18 para que pudiéramos verlo. Invité a tu abuelo, pero sabes cómo es...

—Reunión de viejos, aburrido —exclamó Bra, sentada sobre la mesada de la cocina, sus piernas cruzadas y su gesto indiferente.

—Bájate, niña. —Bulma la fulminó con la mirada.

—¡Ah, mamá! Perdóname por no sentir apego hacia los insectos —musitó Bra, obedeciendo a regañadientes a su progenitora.

—¡Igualita a tu padre! Caso perdido...

—Bra, vamos a tu habitación... ¡Bulma, avísanos cuando vengan! Me gustaría saludarlos.

La mujer asintió. Justo cuando lo hizo, el timbre sonó.

—Ve a abrirles, hija. ¡Y los tratas bien! A ver si se te van los malos modales de Vegeta... ¡Hace un día entero que no lo veo! Sigue ahí, en la cámara de gravedad. Menos mal que por lo menos no te gusta entrenar, ¡sino...!

—¡Bah! Ahí voy. —La joven se alejó de su madre y su amiga, quienes la siguieron hasta la puerta. La observaron a distancia—. ¿Quién es? —Alguien respondió al otro lado. Bra refunfuñó, carraspeó y abrió—. Ho... ¡MARRON! —Se abalanzó sobre la rubia, feliz—. ¡Qué bueno que viniste! ¡Me alegra tanto!

—Ho-hola, Bra... —susurró Marron, sin saber cómo reaccionar—. ¿Cómo estás...? Eh...

—¡Marron, qué sorpresa! —exclamó Bulma luego de saludar a su amigo de la infancia y su mujer. Se acercó a la hija de éstos con una sonrisa y la abrazó—. No sabía que venías.

—Disculpa si soy molestia...

—¡Ay, tonta! —Bulma palmeó tan fuerte en la espalda a la hija de Krilin que ésta, sin esperar el golpe, terminó algunos pasos más adelante—. ¡Nunca eres molestia! Si sabes que me encanta verte. Eres la versión menos antipática de tu madre.

—Lo mismo digo respecto a Trunks y Vegeta y a Bra y tú, Bulma —afirmó 18, indiferente, cruzada de brazos como era su costumbre.

—¡¿Qué dijiste?!

—Pues que tu hija, si bien es bastante antipática también, por lo menos no lo es tanto como tú.

—¡Si soy una mujer encantadora! No como otras...

—¡Por lo menos no soy falsa! Como...

—¡¿Cómo quién, a ver?! ¡¿Cómo quién?!

Bra tomó a Marron con una mano y a Pan con la otra. Las arrastró por la sala, pasando de lado a las enardecidas mujeres y a un Krilin tan apenado como atemorizado por la furia desatada entre ambas.

—Vamos a mi habitación —susurró a quienes asía lejos de allí.

Una vez en el pasillo, en dirección al destino mencionado por la princesita, Marron y Pan se percataron de la presencia de la otra. Sin dejar de caminar, tironeadas por Bra, se observaron. Apenas atinaron a sonreír levemente, ambas apenadas.

—Hola, Marron...

—Hola, Pan...

Llegaron a la habitación, entraron y Bra las soltó para cerrar la puerta. Invitó a Marron a sentarse en su inmensa cama de cobijas fucsias ubicada en medio de la habitación. La rubia obedeció mecánicamente y se sentó en la punta, hecha un manojo de nervios imperceptible para su anfitriona, mas no para Pan, quien se sentó a su lado. Iba a hablarle cuando Bra, con su potente voz a cuestas, llamó la atención de ambas:

—¡Ah, Marron! ¿Sabes? Mañana salgo con un chico, se llama Dave, es un muchacho muy guapo, pelirrojo y de ojos color café... ¡Me encanta! Pero es un poco lento. ¡Intento provocarlo pero es inútil! A lo mejor me das una mano eligiendo atuendo para mañana... ¿Qué tal?

—Bueno —farfulló sin entender del todo cómo había llegado a esa situación.

—¡Ahora vengo! —La princesita abrió la puerta que conducía a su inmenso guardarropa, que según cálculos de Marron debía ser más grande que su departamento entero, y desapareció.

Silencio. Ni Pan ni Marron habló. ¿Qué podían decir? Era como la vez del centro comercial: respetaban la timidez de la otra, sin ser capaces y sin desear perturbarla con preguntas formales y comentarios triviales de la vida. Marron, sin embargo, giró levemente hacia la híbrida, quien tenía la mirada perdida en sus zapatos, justo como ella antes de atisbarla. Se veía nerviosa. Pan la contempló de soslayo y se topó, inesperadamente, con los ojos celestes fijos en ella.

Confundidas, ambas rieron.

—¿Te encuentras bien? Te noto un poco nerviosa —comentó Marron.

—Pensaba lo mismo de ti.

Se revolvieron en sus asientos a la vez, provocando temblor en el colchón. Volvieron a reír.

—Estoy un poco histérica, eso es todo —comentó Pan, sus mejillas hermosamente rosadas.

—Me siento de forma parecida —afirmó Marron. Ahora, ambas miraban el suelo.

Silencio, de nuevo. Bra apareció con un vestido strapless tan fucsia como la colcha de su cama, largo y suelto hasta las rodillas, apretado en el torso.

—¿Qué tal me veo?

—Te queda precioso —dijo Marron, sonriente, más relajada de lo que se creía capaz de estar.

—Es lindo —agregó Pan con cierta indiferencia.

—Ay, Pan... ¡A ti no te creo! Ni me estás mirando.

—Lo siento, no me gusta ningún tipo de vestido.

—Lo sé. ¡Menos mal que Marron apareció! —Bra rió brevemente—. Bueno, estoy entre este y el negro, a ver... ¡Me cambio en un minuto!

Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Pan y Marron, negro y dorado, volvieron a estar a solas. Permanecieron en silencio hasta que la princesita retornó unos minutos después. Lucía un vestido corto, estilo babydoll, negro y con detalles de encaje en los bordes y las mangas.

—Muy zorra —dijo sin pelos en la lengua Pan.

—¡Eh! ¡¿Cómo me dices algo así?!

—El otro, a pesar del color fuerte, es mucho más delicado —opinó la rubia, su forma de hablar más medida que la de la guerrera.

Las híbridas enmudecieron ante sus palabras. Tan fina, tan medida en su vocabulario. Marron era una dama.

Bra fue hacia el espejo del tocador que estaba situado justo delante de su cama. Se miró por minutos enteros, hasta ser capaz de proferir algo:

—Sí, es un poco... ¿Cómo decirlo?

—Zorra. —Pan se mordía las uñas, más lejana a las presentes que nunca.

—Demonios... —Bra continuó apreciándose a través del reflejo—. Este tendré que guardarlo para alguna noche especial. Tú sabes, Pan... ¡Ah, no! Tú no sabes lo que es una noche especial...

—¡¿Cuándo mierda piensas dejar de burlarte de mí por ser virgen?!

Marron se sorprendió, fijando la vista en la joven Son. Si no se equivocaba, Pan tenía 20 años. A esa edad, en la sociedad en la que vivían, ser virgen no era algo que pudiera denominarse como común. Claro que ella la había perdido aún más tarde, pero...

—¡A ver cuándo le haces caso al pobre Oob! Ya no debe aguantar el deseo de tomarte contra un árbol de Paoz...

—¡BRA! No me nombres a Oob... ¡NO ME LO NOMBRES!

Silencio, y en esta oportunidad fue por demás incómodo. Pan estaba superada por la histeria.

—Eh, no es para tanto... —Bra, entendiendo que su amiga hablaba muy en serio, intentó bajar los humos con una voz más conciliadora que la que solía usar—. Sólo bromeaba...

—No bromees si no sabes. —Pan se cruzó de brazos y respiró fuerte, a lo mejor intentando contenerse de algo.

—Oh, oh... —Bra se encogió de hombros—. No me has contado... ¡Cuenta! —Giró hacia Marron—. Obviamente, tú eres de confianza —le dijo. Volvió a su amiga y allí se quedó—. Cuenta, Pan... ¿Qué pasó?

—No quiero hablar de eso. No es por ti, Marron, te lo juro. No quiero hablar del tema, eso es todo.

Marron levantó su mano y acarició el cabello de Pan. Al sentir la caricia, la saiyan dio un respingo; no tardó en calmarse y sonreír.

—No te preocupes —pidió la rubia—. No te pongas nerviosa, todo está bien.

—G-gracias...

Se sonrieron nuevamente, sin sospechar que en sus cabezas había un mismo nombre brillando. Ambas pensaban en esa persona: era él el motivo de los nervios y la irritación, de los silencios prolongados. Él era todos los motivos a la vez. Y el nombre, de repente, fue pronunciado por Bra:

—Bueno... Cambiemos de tema. ¡Pan! ¿Recuerdas que iba a contarte algo en la cocina? —La de cabello negro asintió, relajándose levemente. El rostro de la princesita se ensombreció antes de que prosiguiera—. Estoy un poco preocupada por Trunks, ¿saben? A ver si me aconsejan, porque ya no sé qué hacer.

Dos de los tres corazones, entonces, se paralizaron. Se miraron casi sabiendo que la otra estaba igual de perturbada, aunque era imposible que lo supieran, ni siquiera que lo intuyeran. Se miraron la una a la otra y vieron, Marron en los negros y Pan en los celestes, un reflejo del propio nerviosismo. De alguna manera, la empatía fluyó alrededor de sus cuerpos.

—¿Tr-Trunks? —farfulló Pan—. ¿Por qué estás preocupada?

Marron alejó sus ojos de ella, también de Bra: los puso en el otro punto de la habitación, donde ninguna de las adolescentes pudiera notarlos.

—Hace días que está raro. En realidad, siempre está raro, pero ahora es más notorio. —Bra se sentó entre ambas y frunció el ceño: estaba realmente preocupada, se le notaba a la legua—. Mamá habló con él el viernes, después de que no se dignara a atenderle el teléfono en toda la semana. Le dijo que ella y yo podíamos acompañarlo a la sesión de fotos que tenía ayer para una revista de Z Medios, pero él se negó, o eso me dijo mamá. Al parecer, Susu, la que era amiga de Isabelle, estuvo en su departamento toda la semana. Trunks estuvo llegando tarde y saliendo temprano del trabajo, no cumplió los horarios que suele cumplir. ¡El lunes ni siquiera apareció en la oficina! Todo esto es por algo, no por cualquier cosa...

Marron estrujó sus rodillas y Pan apretó los puños. Para ambas, de un instante al otro, todo pareció tener sentido.

—¿Por qué es, Bra? —inquirió en un hilo de voz Marron, su tono símbolo de algo indescifrable. Pan, al escucharla, sintió su piel helar. Fue una voz siniestra, hija de una situación retorcida.

—Debe estar deprimido. Cuando está así, sólo llama a Susu; creo que ni a Goten llama. Debe estar en época de extrañar a Isa.

Marron se puso de pie abruptamente. Se alejó de ambas, sus pasos en apariencia calmados, atropellados si se los apreciaba en mayor detalle. Se detuvo frente a la biblioteca, de espaldas a ellas.

—¿Extrañarla...? —inquirió la rubia con el mismo tono sepulcral de antes.

Las híbridas se miraron la una a la otra. ¿Qué le ocurría a Marron? Bra olvidó rápido el asunto; Pan, en cambio, le prestó más atención que nunca.

—Trunks, desde que Isa murió, pasa por etapas —explicó la hermana de quien hablaban—, es como un círculo vicioso... Hay épocas donde no la nombra, épocas donde parece ni siquiera recordarla, épocas donde parece enfadado con ella, vaya a saber uno por qué. Y en las épocas donde no contesta los llamados, escapa a las responsabilidades y ni a pelear con mi padre viene, es en la época donde está deprimido. Debe estar mal; lo triste es que no se deja acompañar por nadie, sólo por Susu y quizá por Goten. Ni mis padres ni yo somos compañía grata para él en momentos así.

La princesita frunció el ceño una vez más. Pan, aunque sin dejar de observar a Marron, rodeó los hombros de su mejor amiga.

—Tranquila... —susurró.

Bra rió.

—Ya sé, pero no es fácil... Me cansa verlo así; ya pasó demasiado tiempo. Desearía que él, en algún momento... —Antes de poder terminar la frase, su móvil sonó. Una canción de Miss Mimi invadió los oídos de las presentes.

No hay reproche, no hay dolor

Cuando te tengo a mi lado, sólo importa el calor

Marron cerró con fuerza sus ojos.

«Esa maldita canción...».

La de Onix, la del primer beso, la de los pares en la desesperación unidos en pos de la locura y el sexo. La canción de Touji y Alice, de los dos extraños que resultaron no serlo.

Resguardados del universo

Sin temor a lo externo

No hay más por hacer

Hay mucho por sentir

¿La canción de los dos extraños que no volverían a unirse? Los dos dementes que ya no volverían a anularse el uno al otro.

Los pares, separados.

Más fuerza en sus párpados. Tapó su boca con una de sus manos, ignorando que Pan, pese a que no podía ver su rostro desde la posición donde se encontraba, sí notaba el temblor de su cuerpo. Marron temblaba, y Pan no entendía absolutamente nada.

Bra atendió el móvil, poniendo fin a la tortura y los interrogantes.

—¿Goten? —balbuceó sorprendida—. ¡Ho... hola! No sabía que eras tú, no tenía tu número registrado. ¡¿Cuándo lo cambiaste?! —Se sonrojó—. ¿Eh? Sí, aquí estoy, ¿sientes mi ki? —Risas—. ¿Eh? ¿Hablar conmigo? ¿Pares también? ¿Qué sucede? No, no estoy sola, estoy con Pan y Marron. —Un silencio. Extrañadísima, giró hacia Pan, quien con su rostro le hizo un gesto de duda. ¿Para qué iba a llamar a Bra su tío? La hija de Vegeta, con la mano que no sujetaba el aparato, pidió paciencia. Escuchaba atentamente a su interlocutor mientras giraba por toda la habitación—. ¿Quieres...? Bueno, de acuerdo. ¿En diez minutos? Perfecto. Los espero en la puerta, sí, así esquivamos a mi madre. ¡Ok! —Y colgó.

—¡¿Qué fue eso?! —inquirió Pan saltando de la cama—. ¡¿Era mi tío?! ¡Cuenta!

Bra rió por lo absurdo de la situación.

—Dijo que Pares y él quieren hablar conmigo, que en diez minutos estarán aquí. Es extraño. ¡No me dio ni una pista! ¿Para qué será? —Lanzó el móvil sobre el colchón—. Voy a la puerta. Quédense aquí, veré qué sucede.

—Bueno... —Pan volteó hacia Marron, quien parecía una estatua más que un ser vivo. Estaba petrificada frente a la biblioteca, de espaldas. Volvió a su amiga—. ¿Quieres que te acompañe?

—Quédate con ella. —Bra señaló a la hija de Krilin—. Marron, ¿estás bien?

—Sí —farfulló después de respirar hondo.

—En un rato vuelvo.

Una vez Bra abandonó la habitación, Pan caminó lentamente hacia Marron.

—¿Segura que...? —preguntó dubitativa, sin lograr adivinar con qué tono debía dirigirse a quien aún parecía una estatua.

Marron finalmente se mostró ante ella. Giró rápidamente y forzó una sonrisa. Pan no se la creyó.

—Estoy bien.

Pan atinó a sonreírle. De pronto, un déjà vu cruzó ante sus ojos. La sonrisa se borró.

¿Te gustaban sus fotos, verdad?

«Marron lloraba desconsoladamente en el velatorio de Isabelle».

¿Acaso se sensibilizaba al escuchar hablar de ella? ¿Sería su admiradora, como siempre había pensado?

¿O por qué? ¿Por qué el llanto en el velatorio? ¿Por qué tanto nerviosismo ahora?

—¿Sabes...? —Pan avanzó hacia Marron y se detuvo a su lado. Observó la biblioteca—, hace unos días leí un libro de Isabelle. —Fue hacia su mochila, tirada en el suelo junto a la puerta, y volvió a la blonda. Sacó el libro mencionado y se lo enseñó—. ¿Lo has leído? Me gustó mucho... —Sonrisa final, acompañada por un leve rubor.

¿Por qué se sonrojaba?

Marron forzó una nueva sonrisa.

—Lo leí, sí. Lo leí cuando salió. Tengo todos los libros de Isabelle.

Pan se impresionó.

—¡Vaya! Qué bueno. Me encantan sus comentarios. Claro que no tanto como sus fotos, pero decía cosas muy lindas... —Dudó en seguir, mas se dejó llevar por las palabras—. Ya sabes, las cosas que decía sobre Trunks son demasiado dulces...

El rojo se propagó más por su rostro. Marron, al parecer, se vio contagiada: también se sonrojó. La rubia caminó por el cuarto y retornó a la punta de la cama; Pan la siguió y se sentó a su lado. Con el libro en mano aún, la más joven buscó una foto específica. Al encontrarla, se la enseñó a la hija del mejor amigo de su abuelo.

—Esta es mi favorita —comentó llena de energía, muy a pesar del rubor—. Es impresionante.

—También es... mi favorita.

—¿Eh?

Se miraron la una a la otra, confundidas con y sin motivo. Marron atisbó la foto un momento, alejó sus pupilas de ésta y le sonrió encantadoramente a la guerrera. Se veía hermosa.

—Sus ojos. Dicen demasiadas cosas. —Reanudó la contemplación de la fotografía—. Ella captaba perfectamente la mirada de Trunks. —Entornó los párpados; se veía triste—. Esta foto es perfecta.

«Por él, no por ella... Sólo por él».

Era una foto de la sesión de Z News. Increíblemente para ambas, aunque no sospecharan que la otra opinaba idénticamente, no se trataba de la foto más conocida de la sesión. Era muy simple: Trunks estaba sentado en el suelo, con la pared pintarrajeada y gastada de fondo. Estaba despeinado en demasía, el delineado de los ojos más corrido que nunca, el traje extremadamente arrugado. Transmitía algo demasiado extraño viniendo de él, el empresario tan poderoso, el saiyan tan talentoso de sangre real: se veía sumamente indefenso. Transmitía algo tan delicado que casi lucía andrógino, mucho más joven de lo que era en ese momento. Era una mirada de niño, no de hombre. No era la foto en sí, en su conjunto, lo impresionante; eran sus ojos, los azules que resaltaban más que el resto de los colores. Todo se veía en escala de grises al lado de ese brillo tan particular. Era un niño, era una ilusión, un sueño.

Era transparente.

—La foto pasó muy inadvertida al lado de otras, donde él transmite más... sensualidad. —Marron rió tímidamente—. Aquí no se ve sensual.

—Está tan aniñado, me parece muy tierno —agregó Pan.

—Sí, es muy tierno en verdad.

Miraron la foto por un minuto entero, cada una ensimismada en sus pensamientos, ajena a la otra. Marron buscaba un instante donde él la hubiera mirado así, sin éxito; Pan reafirmaba las palabras de Bulma: él era inaccesible, pero en esa foto era más accesible que nunca. Era la foto más pura, los ojos más puros, que había visto en su vida.

—Pureza, eso es. —Pan sonrió—. Se ve puro.

—No como ahora...

—¿Marron...? —Pan abandonó la foto y llenó sus ojos con el rostro de la rubia.

Ésta ni se inmutó: continuó estudiando la imagen. La emoción empezó a desbordarla.

—Ahora no tiene esos ojos...

«Sólo los ha tenido para ella».

Y por eso odiaba a Isabelle Cort.

Alejó la vista de la foto con un movimiento abrupto de su cabeza.

«Jamás será capaz de mirar así a otra mujer...».

Suspiró con desgano, olvidando incluso que Pan estaba junto a ella.

«Jamás me mirará así...».

—¿Marron...?

Y la puerta se abrió abruptamente.

—¡Sobrinita! —Pares se abalanzó sobre Pan, quien logró meter el libro en la mochila antes de que lo hiciera. La ahogó en un abrazo más que efusivo—. ¡¿Cómo estás?! ¡Qué linda mi sobrina! ¡Ah! Qué linda, ¡qué linda!

—Ho-hola, tía Pares... —farfulló la joven bajo la pareja de su tío, quien la estrujaba contra la cama—. ¡No puedo... respirar!

—¡Ah! Lo siento, es que me encanta mi sobrinita bonita, toda linda y tierna y... —Pares se levantó. Permaneció frente a la cama, la sonrisa de su rostro perpetua—. ¿Cómo estás? Hace mucho que no vienes a casa. ¡Espero vengas prontito, eh! Compraré muchas, muchas pizzas.

La joven rió por lo bajo. Esa mujer estaba totalmente mal de la cabeza. Más de un tornillo estaba suelto en ese cerebro. Aunque había que admitirlo: era una excelente persona. Buena era una palabra que la definía totalmente.

—Pronto, pronto... —respondió sin aire.

Pares se alejó y recibió un beso de su tío.

—¡Marron! ¿Cómo te va? —Luego, Pares se acercó a saludar a la rubia, quien lucía igual de confundida que Pan—. Ay, no... ¡Ponte de pie y enséñame ese vestido! —Cuando la hija de Krilin obedeció al pedido, la prometida de Goten entrelazó los dedos de sus manos, emocionada. Un vestido color arena suelto. Sus curvas se marcaban por el cinturón que apretaba su cintura—. ¡DIVINO! Te queda espectacular.

—¡Pares, basta! Marron es muy tímida. —Goten palmeó la espalda de su pareja. Cuando ésta le permitió el paso, saludó a la rubia—. ¿Cómo te va? —inquirió después de besarla en la mejilla.

—Bien. —susurró, sonando aún menos convencida de lo que pensó que sonaría—. Creo que será mejor marcharme, para que ustedes puedan hablar tranquilos —habló atropelladamente.

Las palabras fueron una especie de señal para Pan. Marron seguía igual de angustiada que en los últimos instantes de privacidad que habían tenido, mas al parecer luchaba por disimular.

¿Qué ocurría? No lograba entenderlo por más que se esforzaba.

—¡No! —Goten apretó sus hombros con cariño. Sonrió radiantemente—. ¡No es necesario que te marches! No es molestia. Además, ya que estás aquí, podemos hacerte parte también.

—¡Sí! —agregó Pares, detrás del híbrido—. ¡Marron también vendrá!

—¿Qué...? —La rubia se vio abrumada por el sinsentido. Las palabras quedaron atragantadas; no pudo proferir nada más.

—Goten, ¿pueden explicarnos qué sucede? —pidió Bra cruzada de brazos, irritada por lo misterioso de la visita—. ¿De qué hablan?

—Bueno... —El joven Son rascó su cabeza, como siempre. Dejó que la hermana de su amigo se sentara en la cama, junto a Marron y Pan, para empezar. Pares permaneció a su lado—. Verás, Bra: Pares y yo tenemos ganas de hacer una reunión en nuestro departamento la semana que viene. Pensé en invitarlas a ti y a Pan, también a Oob. Marron, por supuesto que tú también vienes.

Pan y Marron enmudecieron. Bra, extrañada, no demoró el pedido de explicaciones:

—¿Y a qué se debe? Digo, no es que seamos tan unidos como para que nos invites así como así. —No endulzó sus palabras ni tampoco el tono con el cual las dijo: dejó muy en claro, al hablar, que no entendía por qué él estaba allí, frente a ella, haciéndole una invitación tan traída de los pelos.

Goten asintió. Se puso serio de un instante al otro, justo como requería la situación.

—Es por Trunks, Bra —dijo—. Lo hago por Trunks.

La princesita derribó la antipatía; sus ojos se vieron opacados por la incertidumbre.

—Justo estaba contándoles a Pan y a Marron que Trunks estuvo muy raro esta semana..., más que de costumbre. —Se encogió de hombros—. ¿Lo viste?

—Ayer. También durante la semana.

—Yo lo vi ayer —agregó Pares. Pasara lo que pasase, su sonrisa no la abandonaba—. Queremos verlo bien, por eso se nos ocurrió hablar contigo, Bra.

—Sí. —Goten dio varios pasos por la habitación, pensativo—. No puedo decir que esté deprimido. Quizá lo estuvo, pero no lo sé... Estuvo con Susu desde el domingo, ella sigue con él ahora mismo; yo lo vi recién el miércoles.

—¿Y cómo estaba el miércoles? ¿Y ayer? —El tono de Bra fluctuó mientras hablaba—. ¿No estaba deprimido, dices?

—Estaba furioso. Entró en esa meseta suya... Está enfadado con Isabelle.

—¿Otra vez?

—Sí.

De pronto, en el ambiente se notó lo evidente: esa conversación era de dos. Los demás sobraban.

—Sé que no tengo por qué estar hablando de esto contigo. Si Trunks se entera me mata, pero no puedo evitarlo: hay que hacer algo, hay que lograr que salga de ese círculo vicioso... No puede seguir así, ya no soporto verlo así.

Bra, pese a lo triste que resultaban las palabras de Goten, sonrió.

—Es lo mismo que pienso yo —afirmó.

—Así que con Pares pensamos en hacer una reunión, algo distendido y positivo, alejado de recuerdos. A Trunks le encanta reunirse con nosotros en la punta de la mesa en reuniones con nuestros padres. La pasa bien; lo sabes. Se le nota cuando no está a gusto, y pienso que no es así en reuniones de familia. Quizá, verse en otro ambiente con esa gente le resulte cómodo, lo ayude a distenderse. —Goten suspiró desganado. Estaba tan preocupado por Bra, incluso más. ¿O era su carácter tan sincero y afectivo, tan de los Son, lo que daba esa impresión?—. No sé, Bra... Trunks es cerrado, es muy solitario. Hace semanas que no lo veía: no tengo idea de si estos últimos fines de semana estuvo solo, con alguien... ¡No lo sé! No habla de nada con ninguna persona, no se sincera, no te explica lo que le pasa. No quiere hablar con nadie.

—No quiere que lo ayuden —reflexionó Bra.

—Exacto. —Goten suspiró una vez más, rascó su cabeza, siguió dando vueltas por la habitación, inquieto—. Que vea otros rostros, unos de confianza, puede serle de ayuda. No hay otro lugar en el mundo donde encontrarlos que en nuestra familia.

«¿Con alguien como yo? Imposible... No querrá venir si se entera de que yo voy... Será mejor no aparecer por ahí».

Porque Marron bien sabía la verdad: ella no podía serle de ayuda, no por medio de la relación enfermiza que llevaban adelante. Triste, pero real: ni todo su amor condensado en sus pupilas podría alimentar a Trunks de tranquilidad. Los ojos de su demonio necesitaban otra cosa.

Algo totalmente diferente.

Suspiró, sabiendo que nadie debía estar mirándola en ese instante. Mas no: Pan no le quitaba los ojos de encima.

¿Por qué Marron seguía temblando? ¿Por qué apretaba con fuerza sus párpados? ¿Por qué estrujaba la falda de su vestido con sus manos?

—Trunks es así, Goten. Siempre fue así. —Bra se puso de pie y detuvo el andar agitado del mejor amigo de su hermano al detenerse justo delante de él.

Se miraron a los ojos.

—Pero cuando Isa murió, se potenció. Antes, por lo menos me contaba algunas cosas; ahora... No sé. Lo último que me dijo, que no puedo decírtelo porque sería hablar demasiado de más, fue muy poco. No creo que nada de lo que haga por salir adelante le sea de ayuda.

—¿Está saliendo con alguien?

Goten parpadeó repetidas veces. Se tapó la cara con las manos.

—Ay, soy tan obvio... ¡Soy tan obvio! Por eso Trunks no me cuenta nada. Soy la persona más desconfiable del universo.

Marron, para sorpresa de Pan, quien de la impresión dio un respingo en su asiento, abrió abruptamente los ojos. Estaban eyectados, en shock.

—¿Acerté? —inquirió Bra, un poco más relajada que en anteriores intervenciones. Se permitió reír un momento dada la reacción de Goten.

—Algo así, pero no me hagas hablar. ¡Basta! Ya hablé mucho... —Rascó efusivamente su cabeza—. Me comentó algo sobre una chica, pero no dio detalles. Parecía contento.

«Basta».

—P-permiso, ya vuelvo. —Marron se levantó tan abruptamente como antes había abierto los ojos. Se alejó de todos sin que ninguno pudiera ni decir ni hacer algo por evitarlo.

Pan observó la puerta por la que la rubia acababa de marcharse hacía un instante. No pensó demasiado en qué hacer: fue tras ella. Todo en Marron era sospechoso. ¿Por qué cada frase proferida parecía un puñal directo a su cuerpo? Tembló profusamente durante toda la charla, incluso desde antes de ésta. Y, ahora, se marchaba así, con las facciones incapaces de disimular un segundo más. Claro que debía seguirla. No parecía estar bien, como había asegurado estarlo en el momento a solas que habían compartido antes. No estaba bien, así como ella tampoco lo estaba. No estaban bien, ninguna de las dos.

Y lo que ni una ni otra sabía, era que todo malestar se originaba en el mismo punto: en los universos azules anhelados. Trunks no llamaba, no respondía, no aparecía.

Trunks no las miraba como sí miraba a la cámara en las fotos de Isabelle.

A ninguna de las dos.

Pan, una vez fuera del cuarto, se detuvo en medio del pasillo. ¿Hacia dónde había ido la rubia? Cerró los ojos, intentando en vano sentir el ki suave de la mujer. ¿Dónde estaba? Caminó sin rumbo, hacia la izquierda del cuarto. Cada paso estaba cargado de confusión. Presentía algo, un algo triste, verdaderamente preocupante.

Necesitaba encontrarla. No sabía por qué, pero así era.

Unos minutos después, Marron salió de una de las tantas puertas, la del baño. Al ver a la joven, se paralizó. No tardó en asomar una sonrisa tan mal fingida como las anteriores.

—Pan, ¿necesitabas pasar? Lo siento, yo..., estoy un poco mareada, creo que me iré a mi departamento.

La híbrida no dejó de observarla con intriga. Marron, al ver que ese gesto duro no cambiaba, abandonó del todo la sonrisa. Se supo descubierta, traspasada por la mirada nocturna de la muchachita.

—Algo te pasa —aseguró ésta—. Disculpa, no soy nadie para preguntártelo. También, pienso que es molesto cuando alguien te pregunta tantas veces si estás bien, pero... —Entrecerró los ojos—. No lo sé, me llama la atención. Siento que debo preguntarte, que necesitas que lo haga.

La blonda se encogió de hombros. La honestidad brilló frente a Pan. Su rostro, triste, dijo la verdad sin vergüenza.

—Eres joven —farfulló la rubia—. Sé que ya no eres una niña —sonrió levemente—; sin embargo, pienso que abrumarte con mis problemas de mujer de 28 años no tiene sentido. ¿No crees? Es aburrido escucharme, Pan. —Los ojos al suelo, la sonrisa que reemplazaba el inexorable deseo de llorar ampliada—. No te preocupes por mí, te aseguro que no vale la pena.

—Marron...

Pan sintió cómo se le encogía el corazón. De repente, esa mujer destilaba una inmensa angustia. Estaba desbordada por algo, por alguien. No sabía si era una persona o un sentimiento, pero sí se sentía capaz de asegurar lo que parecía obvio: Marron no la estaba pasando bien.

El algo, el alguien, la persona o el sentimiento, la superaba.

—Nos vemos, linda. Gracias por preocuparte por mí, en serio. —Marron besó a Pan en la mejilla, quien al sentir el contacto se sonrojó.

Cuando se quiso dar cuenta, la hija del amigo de su abuelo había desaparecido.

Permaneció de pie en medio del pasillo, sin mirar ni a un lado ni al otro. ¿Qué había sido eso? Sacudió la cabeza intentando restarle importancia; no podía. Si bien Marron era un ser particular, así como ella sabía que lo era en lo que al trato entre las personas respecta, su comportamiento le había parecido por demás llamativo. Se le notaba demasiado el desborde de la angustia latente.

¿Qué era? Eso era lo más misterioso de todo.

¿Qué tenía que ver Isabelle Cort?

¿Y Trunks?

Suspiró. Una idea llenó su mente. Decidida pese a no notar cuánto lo estaba, sintiéndose más bien manipulada por alguna especie de impulso irracional, se dirigió a la cocina. Al llegar, Krilin y 18 no podían disimular una evidente preocupación. Bulma, al verla, le comentó que Marron acababa de irse, aduciendo que no se sentía bien.

—Se la notaba un poco nerviosa —agregó después de invitarle un café que rechazó amablemente.

—Estaba mareada, eso era —mintió. Al escucharla Krilin y 18 parecieron ponerse de acuerdo, pues ambos fruncieron el ceño al mismo tiempo.

—¿Pasó algo entre Bra, ella y tú? —inquirió 18. Su tono distó de ser amable.

—No, en serio —exclamó mirando directo al suelo. 18, desde niña, la intimidaba.

—Bueno, bueno... —Krilin y su sonrisa barrieron todo lo tenso de la situación—. ¿Y qué tal tu abuelo, Pan? ¡Ese Gokuh! Hace mucho que no viene a visitarnos.

Pan rió exageradamente, como siempre hacía ante la mención de su abuelo.

—Bien, él está bien. —Su gesto se endureció abruptamente—. Eh, yo...

«Debo hacerlo».

Krilin la observó con curiosidad.

—¿Qué sucede?

—Eh... —Bajo la mesa, sus manos se volvieron puños furiosos—. Olvidé... eh... —Se odió a sí misma: improvisar una mentira no era algo que se le diera bien—. Olvidé preguntarle algo sobre un libro a Marron, una novela, que... que me quería... eh... ¡comprar! Sí, quería comprarme un libro y pensé en preguntarle si éste es tan bueno como dicen.

—¿Qué libro? No sabía que te gustaban las novelas —comentó una sorprendida Bulma.

—Es... es un libro sobre... —Cerró los ojos, apretó más los puños—, sobre un mago que... eh... —Suplicó que algo viniera a su mente, lo que fuera. Una luz la iluminó—. ¡Un libro sobre un mago que es criado por gente sin poderes y que después descubre que es mago y que hay otros como él! ¡Entonces estudia en una súper escuela para convertirse en un súper mago y destruir al asesino de sus padres! ¡O algo así! Eso tengo entendido.

«Merezco morir».

Tuvo que taparse la cara producto de la vergüenza.

Krilin rió como un loco.

—¡Qué trama tan parecida a la vida de tu abuelo! Cambia lo de mago por saiyan y es lo mismo. Aunque bueno, Gokuh no quería vengar a nadie sino pelear con sujetos poderosos, pero se entiende. —Más risas.

Rió junto a él. Bulma y 18, cada una fiel a su estilo, también.

—Bueno, quería preguntárselo y no hice a tiempo. ¿Ustedes podrían, eh...? ¿Podrían pasarme su teléfono?

—¡Claro, linda! —Krilin sacó el móvil de su bolsillo y tocó algunos botones de éste—. ¿Te lo digo?

La muchachita imitó a quien fuera uno de los humanos más fuertes de la historia: sacó su móvil y fue directo a la opción para guardar un nuevo contacto.

—¡Te lo agradezco, Krilin! ¡Muchas gracias!

«Así podré hablar con ella».

Porque, por algún motivo, no deseaba quedarse de brazos cruzados. No podía.

No debía.


Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Nomás hacerlo, se desmoronó en el suelo. Sujetó sus rodillas con sus brazos; el temblor no cesaba.

Lo había perdido.

Trunks amaba a Isabelle, no la olvidaba, no podía sacarla de su vida. Trunks se alejaba de todo y todos, evadía, se negaba a quienes lo rodeaban en pos de una soledad que le permitiera estar cerca del recuerdo de su mujer.

Trunks sólo era su amante; no podía luchar contra ello.

Se retorcían de placer sobre la cama, gozaban hasta lo imposible, juntos, unidos, enlazados de la forma más cruda en que dos cuerpos podían hacerlo; sin embargo, no había atisbo de salvación.

Estaban condenados.

Entregados.

Estaban dementes; no tenían salvación.

Ni por separado ni juntos, como parte de lo mismo.

Por eso él no llamaba, ahora lo entendía: Trunks finalmente se había dado cuenta de que no podía olvidar a alguien como Isabelle Cort en brazos de un ser tan imperfecto, sucio y obsesionado como ella.

Lloró desgarradoramente.

Ningún futuro se avistaba frente a sus ojos, sólo la nada, lo inaccesible, el demonio en el infierno de lo que sienten; ella en la nulidad de la muerte. Un corazón incapaz de sentir, extirpado del cuerpo que lo contenía hasta la aparición del asesino, del demonio de perfectos ojos azules.


LUNES


Al despertar para ir a la universidad y apagar el soporífero sonido que hacía su móvil, supo que estaba resignada. No podía mentirse a sí misma: ya no esperaba ese mensaje; había entendido, al fin, que eso no sucedería.

Él no respondería.

Bajo el agua de la ducha, pensó en él. ¿Estaría triste? ¿Deprimido? ¿Cómo estaría? No podía dejar de indagarle al aire tales cuestiones. En la reunión improvisada del día anterior, su tío había puesto día y hora para la sencilla fiesta que organizaría en su departamento: el sábado a las 11 de la noche. ¿Trunks realmente iría? ¿Servirían de algo las intenciones de Goten y Bra? Para colmo, le habían encomendado algo sumamente complicado, algo que ella intentó evitar con excusas plagadas de infantiles contradicciones: avisarle a Oob de la fiesta. Tendría que, para ello, hacer lo que venía evitando con torpeza: hablar con él, seriamente, al fin.

Y no quería.

Ya seca, mientras se vestía con unos jeans gastados, una musculosa negra y unos borceguís que había olvidado lustrar la noche anterior, intentó imaginarse frente a Oob; no pudo. ¿Cómo se suponía que debía hablarle? Tenía cinco días para hacerlo; no era tan difícil.

¿O sí?

«Sí».

Encima de la musculosa, se acomodó una camisa leñadora inmensa. Se puso una pañoleta sobre su cabello a medio secar y finalmente estuvo lista.

No se sentía con ánimos de nada.


—¡Marron! ¿Qué pasó? —inquirió Alisha, interceptándola en medio del pasillo de la escuela. Le dio un beso en la mejilla y no fue hasta que lo hizo que notó el rostro explícitamente triste que su amiga portaba—. ¡Hermosa! Qué mal te veo...

Marron no se detuvo; caminó más rápido.

—Estoy un poco mareada.

—¿Estás en los días?

La rubia se encogió de hombros. Finalmente tuvo que detenerse.

—Sí —se limitó a responder.

—¿Es sólo eso? —Alisha no daba señales de una pronta resignación.

—Otro día hablamos de eso, lo prometo. No quiero... —Sus palabras quedaron en suspenso: un mareo real la acechó, por lo cual tuvo que sostenerse de su amiga. Su estómago le hizo saber cuánta hambre tenía.

—Son las CUATRO de la tarde y no comiste. —Como Marron no desmintió sus dichos, su semblante se volvió severo—. Niña, has estado comiendo muy mal. ¿Piensas que no lo noto, que no te presto atención? A mí no me engañas. —La tomó de la mano—. Si estás deprimida por culpa del hijo de la amiga de tu padre, lo entiendo; mas, si dejas de comer, la próxima vez que lo vea lo voy a matar. ¡Ya no te deseará si te conviertes en un esqueleto! ¡Así que no acepto quejas! ¡Nos vamos a la cafetería! Te compraré la hamburguesa más gorda del universo.

El agarre fue tan fuerte que Marron no pudo objetar. Se dejó, sin más, llevar.

Ella tenía la razón, por supuesto. Pero, ¿cómo recordar lo básico? Si lo fundamental no estaba en ninguna parte.


MARTES


«Luego de la cena», se repitió por enésima vez. No hubo manera, sin embargo. Al terminar de cenar, ayudó a su madre y abuela a levantar la mesa y, una vez no hubo más por hacer, salió disparada a su cuarto. No logró, una vez más, hablar con Oob.

Se sentó en la cama y tomó su móvil. Tampoco había llamado a Marron. Se prometió que lo haría al día siguiente o, a más tardar, el jueves.

«Va a pensar que soy una desubicada».

Y lo era, no tenía dudas de ello.


MIÉRCOLES


Observó el vestido, que a pesar de todo seguía colgado de una percha en la puerta de su armario. El vestido rosa que tan caro le había salido, inerte, inservible. No habría ocasión de usarlo; el impulso, todo había sido para nada.

Lo lamentó: el vestido era precioso. Le recordaba al de su fiesta de 15 años. ¿Lo habría comprado por eso? Quizá, se dijo.

Aunque no podía asegurarlo.

Quería usarlo para él, para que se lo quitara, para que hiciera lo que quisiera con éste.

Ya no habría oportunidad.

Cerró los ojos.

Era mejor no pensar en ello, intentar comer un poco y distraerse. Ya no quería estar triste.

Tenía que detener esa oleada de angustia. Pensar en qué sería de ella si no lo hacía le daba demasiado miedo.


Respiró lo más profundo que pudo. Debía hacerlo. Desgraciadamente, había aceptado, algo que no debería haber hecho, mas era tarde para arrepentimientos y cargos de conciencia.

Únicamente quedaba ser valiente.

Al terminar el desayuno y ver cómo Oob se iba a entrenar solo, a la espera de Gokuh, quien aún no había terminado de devorar su inmensa ración, supo que era el momento justo. Tomó su mochila, saludó a su familia y, al salir de la casa para ir a la universidad, siguió al moreno a través de su ki. No estaba lejos. Se movió con aplastante velocidad. Pronto estuvo frente a él, quien al atisbarla no sólo se sonrojó, sino que además fue incapaz de disimular la impresión. Al notar el semblante del guerrero, Pan optó por la cara de póker peor personificada de la historia.

—¿Pan...? —farfulló Oob—. ¿Qué...?

—El sábado —empezó la joven, seca en la intención, inestable en lo real—, mi tío hará una fiesta. Me pidió que te invitara. No me acuerdo su dirección, pero... —Hizo una pausa. Había hablado tan atropelladamente que pronto se quedó sin aliento—, puedes, eh... pedírsela a mi abuela. Es a las 11 de la noche, un poco tarde, lo sé; sabes cómo es mi tío. Estará... —susurró y carraspeó—, él estará feliz por tu presencia. —Suspiró—. Listo, solamente quería decirte eso.

Se dio vuelta y levantó vuelo. Cuando se disponía a salir disparada hacia la Capital del Oeste, Oob la tomó de la mano. La giró hacia él, la atrajo contra su pecho y la besó corta pero sentidamente en los labios.

—Gracias por avisarme. —La sonrisa fue tan avasallante que Pan, con la culpa cernida sobre su cabeza, no pudo soportarlo.

Se separó de él intentando ser lo menos brusca posible. Y voló, al fin, a gran velocidad.

No había dicho lo más importante, otra vez. Había sido cobarde.

Ya se había vuelto una despreciable costumbre.


JUEVES


—Bien, muy bien... ¡Termina la ensalada, eh! —ordenó Alisha al otro lado de la mesa—. Angelito, da gusto verte así. Te ves más saludable que el otro día, aunque en mi opinión no te haría mal subir uno o dos kilos. No mucho, tú sabes, hay que cuidar la figura... ¡Pero no te quedaría nada mal un poco de color en el rostro! Te verías aún más hermosa.

Marron devolvió débilmente la sonrisa que su amiga acababa de regalarle. Terminó la comida y conversó con ella unos momentos, hasta que la albina, con una timidez insólita, dijo:

—Mañana iremos a una fiesta con la bibliotecaria. ¿Por qué no vienes?

Marron se negó con la cabeza.

—Lo siento.

—Ay, Marron... ¿Esperarás a ver si él...? —Marron volvió a negar. Un tanto ofuscada por el ánimo que la rubia exhibía, liberó el poderoso pensamiento a través de su voz—. Lo único que te pido, que te suplico, es que tengas orgullo. Si él te lastima y después vuelve como si nada, no te merece.

Sin estar dispuesta a escuchar el sermón que no podía estar más en lo correcto, la hija de Krilin sacó unos billetes de su cartera y se los entregó a la profesora de matemáticas.

—Esto es más complejo de lo que crees, amiga.

—Aún así —interpeló Alisha, más segura de sí que nunca—, ten orgullo. No lo olvides.

Se dieron un corto abrazo de despedida y Marron pudo finalmente retirarse de la escuela, agradecida de que su turno del día terminara tan temprano gracias a unas excursiones que habían afectado a los cursos de que tocaban esa jornada. Caminó lo más rápido que pudo. Mientras lo hacía, un pensamiento:

«Nadie podría entenderlo».

Porque los relatos, los pedidos de humillación y, sobretodo, los apasionados besos en los párpados no eran inocentes. La relación, si es que podía llamarla de tal manera, era el lazo de dos dementes, perversos que disfrutaban de la desnudez del otro; eran la misma clase de imperfección. Eran crudos, y él, tan abrumador que todo significado mutaba en algo más maravilloso al rozarlo, le daba sus defectos a ella, se perfeccionaba a través de ella. Era el ser más perfecto.

Incluso casi dos semanas después de no aparecer más frente a ella.

A sus ojos, por más podrido que pudiera estar por dentro, Trunks Brief seguía siendo el dueño absoluto de la perfección.

Por más que no la llamara sino cuando el deseo del calor ajeno lo traspasaba. Por más que la usara para, a través de ella, recordar a Isabelle.

A sus ojos, él siempre sería perfecto.


Bostezó. No tardó en tomar una decisión irresponsable: se saltearía el resto de sus clases del día. No tenía ni una maldita gana de estudiar.

¿Por qué obligarse? Se lo preguntó, mas no se lo respondió. Guardó la respuesta, esa que le decía que no valía la pena obligarse a hacer algo que no le gustaba, en el fondo de su corazón. Prefería permanecer allí, en el parque situado frente a la universidad, bajo el mismo árbol donde Trunks la había sorprendido antes de que estallara el escándalo.

Tonta... Sigues llorando, ¿por qué? ¿Qué es lo que sucede? Entiendo que soy pesado, que no me incumbe, pero...

Suplicó silencio a sus recuerdos.

Escuchó música unos diez minutos; se aburrió demasiado rápido. Estaba demasiado distraída. ¿Qué le pasaba? Algo no la dejaba relajarse, una sensación que iba más allá de la conversación pospuesta con Oob, que el mensaje de texto que no había recibido respuesta alguna...

Recordó la fiesta de su tío; Oob estaría allí, Trunks también. Se sentiría incómoda cada segundo.

Y Marron... ¿Marron iba a ir?

«Nunca dijo que sí».

Se vio rodeada de paz, sólo rodeada; por dentro, la incertidumbre. Era menester llamarla.

Se frenó justo antes de apretar el botón verde de su móvil.

«¿Y si está en clase?».

No tenía nada que perder.

Sonrió. En ocasiones así, arriesgarse valía la pena.


Caminaba sin rumbo por las calles de la capital donde vivía, absorta en sus pensamientos y, al mismo tiempo, más lejos de éstos que nunca. Todo lo que atisbaba estaba vacío: la gente, los espacios, los recovecos de tan inmensa metrópoli. Todo estaba vacío, nada tenía que ver con ella.

Y su móvil vibró dentro de su cartera.

Por supuesto no se ilusionó, pese al rincón de su mente que le ordenó hacerlo. Sabía que no podía ser él. Los amantes, se dijo, llaman por la noche, se hacen escuchar en los momentos donde el cielo está oscuro, en los instantes donde la totalidad del mundo, el cielo, la tierra, la oscuridad y el silencio, confabulados, invitan a lo más carnal del placer.

No, no era él.

¿Quién era? No tenía el número registrado en sus contactos. Se detuvo entre la muchedumbre, ajena a todo y todos, y contestó extrañada.

—¿Hola?

—¡M-Marron! ¿Cómo te va?

—¿...Pan?

—Sí... eh.. ¡soy yo! —Risas—. Perdóname por ser tan atrevida. Sé que estoy loca pero quería saber cómo te encontrabas.

Parpadeó repetidas veces. No sabía qué decir. Al reaccionar, esbozó una pequeña sonrisa.

«Eres tan buena, niña...».

—Siento mucho si te dejé preocupada —dijo—. No es necesario que gastes energías en esto, Pan. Tengo algunos problemas personales que, espero, encuentren solución pronto. Esa es la historia.

—Es que te vi tan angustiada... —Pan hizo una pausa que duró un par de segundos—. Parecía algo serio, ¿sabes? Parecía demasiado serio... Por eso, le pedí tu teléfono a tu papá el domingo. ¡Y hasta hoy no me animé a llamar! Es que soy un poco atolondrada y... —Más risas, unas juveniles risas traspasaron el aparato—. No quise quedarme con la duda.

La sonrisa de Marron se amplió.

—Agradezco muchísimo tu preocupación, en serio.

—¿Sabes? —continuó Pan, su voz extrañamente apresurada—, yo soy un poco solitaria. Bra es mi única amiga; no me relaciono con personas fuera de los Guerreros Z porque me cuesta confiar en quienes son ajenos a nosotros. Siempre tuve la misma impresión de ti; errada o no, es lo que siempre he creído. Cuando te vi tan mal, me nació esto, darte mi oído si es que lo necesitas. ¡Digo! No por chismosa; esto va más allá de algo así... ¡Es como que...! Eh... ¡Es como que me preocupó que no tuvieras a alguien con quien charlar...! O algo así... Lo siento, no soy buena para explicarme.

Más risas, y la sonrisa de Marron se desvaneció. Sus ojos, mientras continuaba petrificada en medio de la vereda de la atestada capital, se llenaron de lágrimas.

Era curioso: Pan, al parecer, era más observadora de lo que ella siempre había creído, más de lo que aparentaba ser. Daba, efectivamente, ese aire atolondrado tan propio de gente como Gokuh o Goten, por lo cual le sorprendió sobremanera escucharle decir esas palabras, complicadas para ella al juzgar por cómo había tartamudeado ante cada una, pero sentidas.

Siempre había creído, además, lo mismo que Pan acababa de decir: era solitaria, como ella, como Trunks...

De alguna manera, todos daban ese aire solitario, incluso Goten y su dulzura para con las personas, incluso Bra y su poder de avasallar al mundo con su personalidad. Quizá, por haber crecido rodeados de gente poderosa, esa que había salvado una y otra vez a la Tierra de los más crueles enemigos, alimentados hasta la sobredosis con las hazañas contadas cual cuentos de hadas, los hacía ser así. La última generación de los Guerreros Z, empezada por Trunks, seguida por Goten, ella, Oob, Pan y finalmente Bra, había crecido envuelta en paz, por la cual tanto habían luchado sus padres.

Pero tanto esfuerzo no había sido gratis.

—¿Marron, me escuchas?

—Sí. Aguarda un momento, por favor. Estoy cruzando una avenida y no te oigo bien entre tanta gente.

Una gente que ignoraba el porqué de sus vidas envueltas en el maravilloso velo de la paz. Ellos seis no lo ignoraban. Saber algo que nadie más sabía los desconectaba fatalmente del mundo. Cruzar en cada esquina gente que jamás había susurrado gracias eternas a sus verdaderos héroes, esos que tantas veces habían sacrificado todo, incluso sus vidas, en pos de un mañana así de hermoso, era vivir inmersos en una mentira demasiado injusta como para ser soportada. Estaban sumidos en una abstracta soledad, envueltos por ésta y no por la paz, muy a pesar de los esfuerzos de sus padres, maestros y amigos de toda la vida.

No tenían nada en común con nadie, o sí; a diferencia de ella y de Oob, Trunks, Goten, Bra y Pan eran híbridos, portaban la poderosa sangre saiyan. Guerreros potenciales, nacidos para las batallas, los cuatro. Oob, si bien no era saiyan, encajaba en lo último gracias a ser la reencarnación del demonio más poderoso de la historia. Ella no; era la rara entre los raros, la que no había heredado nada de sus padres, la que no tenía el talento que los demás llevaban en las venas y en el alma.

Era tan humana, tan corriente, que pasaba desapercibida. Era una sombra entre cinco carismáticos guerreros, carecía del significado que todos ellos tenían.

—Pan... —profirió en un hilo de voz—. Me gustaría mucho... hablar contigo.

—¡Claro! ¡Dime cuándo y dónde!

—Ahora, ¿es posible?

—¡Sí!

Le dio su dirección.

—Seguramente llegarás antes que yo. Aguárdame, por favor.

—¡Perfecto!

Y cortaron.

Caminó hasta la parada de autobús y se apostó tras las cinco personas que habían llegado antes que ella. Una sensación misteriosa la invadió.

¿Era Pan un oído indicado para escuchar sus demencias?

«Ella está más cerca de mí que de toda esta gente. Todos están vacíos, todos ellos están vacíos».

Pan no lo estaba.

Alisha, a fuerza de la insistencia, se había ganado su confianza, pero Marron, por más cerca de ella que se sintiera, seguía estando sola.

Era solitaria, la solitaria hija de Krilin, uno de los humanos más fuertes, y de 18, una androide que, en otra realidad, había matado a quien ahora era su marido.

La que tan infeliz había hecho a ese otro Trunks, el héroe de las historias que su padre le contaba de niña...

Era Marron, la sin significado rodeada de tanto saiyan y tanto poder. Era Marron, la que era rara para los de afuera y los de adentro.

Y Pan era un poco, tan sólo un poco, como ella.

Así que valía la pena desahogarse, confiar, fingir que era una igual ante ella.

Valía la pena liberar, delirar, reflexionar.

Olvidarlo a él.


Llegó. Le costó ubicarse mientras volaba hacia allí; pese a ello, logró hacerlo. Descendió en un callejón, caminó un par de manzanas y finalmente se encontró frente al sencillo edificio donde la rubia vivía. Esperó cruzada de brazos, los audífonos tapando sus oídos, contra una pared. Una gorra la convertía en una anónima ante quienes pudieran ver en ella a la nieta del gran Mr. Satán.

Una, dos, tres canciones. Punk, pop, hip-hop; no prestó ninguna atención. Rock alternativo, r&b, metal, new wave. En su reproductor de música había todo menos coherencia. Miss Mimi, cantó:

No hay nada por hacer, larala, larala...

Olvidó cantar el resto.

Rock alternativo, de nuevo. ¡Adoraba esa canción! Cantó lo poco que recordaba de la letra; nunca había sido buena para memorizar.

Yo, yo, yo... ¡Tú, tú, tú! —¿Era así?—. La, la, la, la, la, laralalalalá-a-a-a-a...

La letra era tan triste, transmitía emociones tan fuertes. Y cuando el coro se disponía a empezar, elevado por la música de la estridente y sentida guitarra, la sintió. Era el ki más dulce de todos.

Abrió los ojos, la vio: era Marron, esperando para cruzar la calle, en la vereda de enfrente. Se atisbaron. Ambas sonrieron. Con el coro de la canción llenando sus oídos, la escena obtuvo el toque mágico: todo era emoción.

Al fin, luego de que la rubia cruzara la calle, estuvieron frente a frente. Pan se quitó los audífonos y la abrazó.

—¡Qué gusto verte! —bramó exageradamente sonriente.

Se soltaron. Marron sonrió, apenada, una y otra vez. Nunca iba a entender ese cariño absurdo y adorable que Pan y Bra le profesaban. La invitó, sin más, a pasar a su departamento. En el transcurso, la más joven no paró de hacer ademanes cargados de respeto. Reía una y otra vez, visiblemente nerviosa. Entraron en el 3ro A y Pan observó el espacio, maravillada.

—¡Qué lindo! Todo es naranja... ¡Es mi color favorito! Me recuerda a mi abuelo.

—Y a mí me recuerda a mi papá.

—¡Es cierto! —Pan caminó lentamente, intentando ver todo, no perderse nada. Estaba frenética—. ¡Ellos usaban naranja! ¡Ambos! Y el señor Roshi los entrenaba...

Ambas se mostraron emocionadas.

—Sí, lo sé.

De pronto, Pan se detuvo frente a la pared, al lado de la biblioteca. Era el cuadro, ese cuadro.

El torso desnudo de la mujer imperfecta.

Marron notó cómo Pan se sonrojaba. También se sonrojó.

Quiero todo de ti...

«Trunks...».

Sacudió la cabeza, exagerando sus movimientos.

—¿Marron? —Pan notó su movimiento.

Se miraron a los ojos una vez más. Marron vio en las pupilas negras de Pan un espejo: le reflejó la angustia latente, también la empatía. Los Son eran así, su padre siempre lo había dicho: gente distinta al resto, llenos de valores pasados de moda, hijos de la naturaleza y la bondad infinita de Gokuh y Chichi. Pan, así como Gohan y Goten, tenía eso mismo: la empatía a flor de piel.

—Tomemos algo caliente, hace un poco de frío —profirió la rubia, dejando atrás lo fijo de las miradas—. Te prepararé un rico café.

—¿Quieres que te ayude?

—Claro.

Minutos después, ya estaban en la sala, sentadas en el sofá naranja que tanto le había gustado a la muchachita. Se produjo un silencio: bebieron sus infusiones sin proferir palabra alguna.

—Marron, oye... —Pan rompió el silencio. Terminó su café justo después de hablar—. ¿Qué es ese problema personal que mencionaste por teléfono? —Dejó la taza vacía sobre la mesa ratona—. No es necesario que des detalles... ¡Digo! No te obligo ni nada. Tú cuenta lo que desees. Yo... yo te escucho.

Marron terminó el té, dejó la taza junto a la de Pan y suspiró.

—¿Has estado enamorada? —inquirió.

Pan se sonrojó.

—No...

—Yo lo estoy.

—¿Eh?

Marron sonrió al ver la confusión latente en el rostro de la hija de Gohan.

—Puede parecerte tonto, infantil, en una adulta como yo. A pesar de ello, pienso que la edad no tiene nada que ver cuando de ciertas cosas se trata. No hablo, con lo último, específicamente de amor; hablo de aquello que tiene el poder de ser importante, esencial, para cada uno.

—Tú estás...

—Enamorada, sí. Y si me ves triste, si sientes que estoy angustiada, es porque mi amor por ese hombre no es un amor sano.

Pan se quedó sin palabras. ¿Qué decir ante tanto sentimiento? Marron transmitía un calor sin igual, lleno de un amor que rebalsaba el espacio y sus alrededores.

Rebalsaba, especialmente, sus tan celestes ojos.

—¿Y por qué no lo es?

Marron, contradiciendo a la tristeza, sonrió una vez más.

—Podrán decir que es muy triste que mi amor por ese hombre sea tan oscuro, esté tan desprovisto de razón y tan lleno de instintos arraigados a la más retorcida subjetividad. Es triste, efectivamente. Sin embargo... —Hizo una leve pausa. En su garganta, un nudo tan complejo como lo que describía le arrebataba la voz—, pienso que el amor no siempre es lo que te explican desde la más tierna infancia. El amor nada se relaciona con cuentos de hadas, con los bestsellers rosas, con las comedias comerciales del cine o con las letras de las canciones más cursis... El amor no se trata de encontrar la media naranja y volverse uno; es más complejo, muchísimo más complejo, que eso. La metáfora de las dos mitades es tan simple, tan idealista, que no hace justicia a la naturaleza compleja de un sentimiento tan poderoso. —Carraspeó, buscó aire, decidió no detenerse: debía continuar—. La gente, la gran mayoría de las veces, sufre por amor, no lo goza, no lo disfruta. El amor hace feliz a la gente, pero sólo a una poca cantidad de gente, no a toda. No todos tenemos la capacidad de ser felices a través del amor... La felicidad, para gente como él o como yo, va de la mano de algo mucho más dañino.

Pan no abría más los ojos porque era físicamente imposible.

«Y yo pensando que mis tonterías con Oob eran serias... ¡No lo son! Kami, no al lado de estas palabras tan crudas...».

Porque eso era lo que Marron exponía: crudeza en su máxima expresión.

—Al parecer, Marron, él no te hace bien.

No había posibilidades para la híbrida: no tenía nada más inteligente para decir que ese comentario aniñado y desprovisto de experiencia.

Marron, alejada de la dulzura que siempre destilaba, ensombrecida su mirada y sus facciones, adulta como Pan jamás la había visto, esbozó la sonrisa más irónica que tenía. La resignación la abrazó posesivamente.

—Ni él me hace bien ni yo le hago bien a él.

—¿Están juntos?

La rubia abandonó la ironía.

—No lo sé. —Pan la observó extrañada, pero Marron no se detuvo; continuó con su desahogo—. No se trata de estar o no estar juntos; esto es, más bien, la lucha por no sentirnos solos, por acompañarnos en nuestra desesperación. Estamos condenados a esto, a una unión sin inocencia, carente del concepto de amor que tan arraigado tenemos desde la infancia. Él no puede amarme; yo no puedo contener el amor que le tengo: él me rebalsa, me supera, me anula. Cuando me mira a los ojos, todo alrededor pierde significado, incluso, irónicamente, mis sentimientos. Mi mundo se llena de él, me hace parte de él. Me absorbe, me asfixia...

—Marron...

Pan se sintió, literalmente, una hormiga. ¿Qué era ese mundo que Marron describía? Ese sitio no era normal; era un lugar sombrío, serio, adulto. Era un lugar que ella, definitivamente, no conocía. ¿Cómo podía serle de ayuda a una mujer tan lejana, tal inalcanzable? Percibió en Marron lo mismo que en Trunks: ella era inaccesible. Ese sitio que detallaba con tal vehemencia era el hogar de aquello a lo que Marron prohibía el acceso.

—Sufrimos por amor porque buscamos ese amor idealista, no el verdadero. Buscamos algo que no tenemos en nuestro interior, porque no somos seres puros; la vida, las personas, el entorno nos mancha y nos arrebata toda posibilidad de pulcritud. Estamos manchados por la demencia que tanta mentira provoca. Todos estamos dementes; ninguna persona puede jactarse de ser completamente normal. —Se agitó, se detuvo, prosiguió. Temblaba profusamente—. No puedo tener un amor idealista con ese hombre porque ni él ni yo estamos capacitados para llevar adelante una relación así. Y estoy triste porque... —Una lágrima rodó por su mejilla— lo he entendido, Pan. —La epifanía brilló ante ella—. Deseo tener un amor idealista con él, pero no puedo; él tampoco puede. Saber que por más cerca que me sienta de él jamás seremos capaces de amarnos el uno al otro me destroza. Ahora, sólo me queda asumirlo... —Limpió la lágrima, sonrió, a sí misma y a su invitada. Tomó la mano de la muchachita, se dejó contagiar por el calor que de ésta emanaba—. Gracias, Pan. Gracias por preocuparte, por escucharme... Significa mucho para mí.

Pan sonrió ampliamente.

—Gracias a ti por no pensar que estoy loca por insistir tanto en buscarte.

Marron rió.

—Ambas estamos locas. —Al escucharla, Pan acompañó la risa—. Somos hijas de guerreros poderosos que nos criaron en un ambiente anormal para el resto de las personas. Es por eso que, a pesar de no tener el talento que tienen ustedes, de alguna forma me gusta sentir aunque sea un ápice de parentesco entre ustedes y yo.

—Somos parte de lo mismo —reflexionó Pan—. Por eso, espero vengas el sábado... ¡Será tan divertido!

Y la sonrisa abandonó a la rubia.

—No puedo...

—¿Por qué? ¿Ya tenías un compromiso?

—Es que...

Él, el tema de conversación en sí mismo, estaría ahí. Estarían juntos, pero no juntos, uno al lado del otro, sin ser capaces de mirarse, sin atisbo del fuego que, unidos, generaban en las pieles y las pupilas. Sería una mentira fingir ser lo que habían sido todas sus vidas: dos desconocidos que jamás se habían besado los párpados el uno al otro en medio del momento más insoportable del placer.

—¡No acepto una negativa! —Pan se puso de pie, llena de energía—. ¡Vamos! Así como mi tío organizó todo para animar a Trunks, pienso que esto también te animará a ti. ¡Además...! —Se sonrojó—. Eh... ¡Me darás ánimos para ir! No es que no quiera, pero Oob irá y...

—¿Oob? —Marron se impresionó tanto que su rostro, por un instante, se vio hermosamente aniñado.

—Eh... ¡Ay, hablé de más! Ya parezco mi tío. —Pan, casi como si lo hubiera hecho a propósito, rascó su nuca, gesto inconfundible de todos los miembros de su familia cuando de una metida de pata se trataba—. Oob me... quiere... —Enterró los ojos en el suelo—. Lo que pasa es que no siento lo mismo por él...

—Y tú escuchando mis historias retorcidas. —Marron, enternecida por la inocencia de Pan, la invitó a volver a sentarse junto a ella. Cuando la muchachita lo hizo, la rubia prosiguió—. Díselo, Pan. No soy nadie para meterme, pero sí sé lo que se siente, a la edad que tienes, lo que significa sentir algo que no es compartido por quien genera eso en ti. Ponte en lugar de Oob; entiende que él, siendo tan buen muchacho como es, no merece nada más que la honestidad más grande que puedas darle.

—Tienes razón... —se limitó a decir Pan.

—Díselo. Tómate tu tiempo, pero no en demasía: antes sea, mejor para ambos. No se condenen a sufrir así... Son muy jóvenes, ambos.

—Gracias, Marron.

Se abrazaron brevemente, conformes con la charla, emocionadas por causa de la otra. Pan se despidió unos pocos minutos después. Quedaron en verse el sábado: Pan prometió que Bra y ella pasarían a buscarla a las 10:30 de la noche. Marron agradeció el gesto.

No querían ir, ninguna de las dos, pero debían hacerlo.

¿Por qué era, para las personas, algo tan natural aquello de evadir lo más importante? No debían evadir, no a él, no a lo que él les generaba.

No tenía caso.

Marron, una vez sola, puso un poco de música. Escribió, llevada por el amor, por lo obsesivo de ese amor, por el afán irracional de rozar, así como sus labios lo hacían con los párpados, la totalidad de Trunks.

¿Y si imaginamos que esta demencia no es parte de nosotros? ¿Y si fingimos ser quienes no somos, mi demonio? ¿Y si interpretamos ángeles sobre estas sábanas de fuego? Seamos ángeles, mi demonio. Intentemos ser ángeles, volar por los cielos claros que pertenecen al sol que tantas mentiras, sabemos, dice a través de su luz; intentemos amarnos como sólo unos seres tan puros como ellos podrían hacerlo.

Ámame, mi demonio. Hoy quiero que seas mi ángel, y que me ames, y que yo pueda amarte a ti...

Así que toma este cuerpo, evade la tentación de arrancar mis alas. Hazme el amor, mi demonio, mi ángel, mi inalcanzable perfección...

—Hazme el amor, Trunks... —susurró mientras escribía sin detenerse ni por un instante, llevada por el deseo de lo imposible, por un amor cercano al que Pan pensaba que era real: un amor dulce, limpio...

Puro.

Lo opuesto a ellos.


VIERNES


Apagaron los veladores, se acurrucaron bajo sus sábanas, cerraron sus ojos. Ignoraban que a cientos de kilómetros, la otra hacía exactamente lo mismo: pensar en él, imaginar los ojos más allá del muro de inaccesibilidad. ¿Cómo sería ser miradas como él miraba a Isabelle a través de la cámara? ¿Cómo sería ver todo, absolutamente todo, de Trunks?

¿Cómo sería?

«Me haría parte de ese todo», se dijo Marron.

Porque esa totalidad la obsesionaba. La totalidad de Trunks, esa que rozaba cada vez que sus labios, deseosos, se apretaban contra los párpados que ocultaban del mundo el azul, era lo que movilizaba todas y cada una de sus acciones. Escribir, imaginar, sentir, desear. Todo era provocado por Trunks, por la totalidad, por todo lo que ella sentía que le daba y que él, incapaz, no le daba a ella.

«No sé si lo soportaría», se dijo Pan.

¿Cómo sería ser mirada por un hombre que tanto había inspirado a una artista tan talentosa como Isabelle? ¿Qué era capaz de generar en ella al punto de incitarla a sacar esas fotos tan cargadas de vulnerabilidad y sentimientos, frustraciones subjetivas provenientes del rincón más oscuro del alma encerrada en ese cuerpo? ¿Qué provocaba Trunks en Isabelle?

¿Acaso Marron tenía razón? ¿Acaso el amor era crudo y no idealista?

¿Acaso ella podría sentirlo en tal magnitud alguna vez?

¿Y qué tenía que ver esa reflexión con Trunks?

La puntada se repitió en su pecho. La respuesta estaba demasiado cerca de su corazón, mas se negaba a rozarla con sus dedos.

No quería. Le daba miedo hacerlo.

Miedo, naturalmente. ¡Era miedo! Miedo a lo desconocido, a ese mancharse por causa del otro que Marron había explicado. ¿Ella quería mancharse? No.

Por más poder que tuviera en su sangre híbrida, la subjetividad de ese sentir tan poderoso le daba terror.

Marron, por su parte, se sintió entregada. Ya no temía; estaba más allá del bien y el mal por causa de él. Condenada a un amor que no cabía ni en su cuerpo ni en su alma.

Ambas, finalmente, pudieron dormir. Una temerosa por causa de lo desconocido; otra por causa de la obsesión que le subyugaba las venas.

Dormir, al fin.

Y no pensar más en él, y no reflexionar más.

Al otro día, lo verían. Ya no habría más conjeturas posibles, no frente a los ojos que servían de poción de la verdad: ante el azul de la perfección, la realidad brotaba de cada corazón.

Lo sabrían, todo, al día siguiente.


SÁBADO


El timbre sonó. Marron, antes de apagar las luces y abandonar su hogar, se miró al espejo por última vez. El vestido rosa brillaba. Un cinturón negro de cuero era el único accesorio que llevaba. Su cabello, suelto y al natural, salvaje por su volumen y extensión, cubría por completo su espalda. Los zapatos de tacón alto, del mismo color que su piel, estilizaban su figura, le daban ese aire angelical que todos juraban era innato en ella. No era perfecta como su madre, ni siquiera con el delineado suave en sus párpados superiores y el rímel que hacía eternas a sus pestañas, un maquillaje inspirado totalmente en su querida amiga Alisha. No era 18, la mujer mortíferamente perfecta; era Marron.

¿Y qué podía hacerse? Eso que le devolvía el espejo era todo su ser, era lo que tenía, era lo que la constituía por fuera.

Sonrió con aires de resignación.

Adiós luces. Cerró la puerta con las tres cerraduras que ésta tenía. Bajó, llegó a la puerta del edificio y allí pudo sonreír: Pan, ataviada con unos pantalones chupines negros, una pañoleta del mismo color, unas botas de cuero que le llegaban a las rodillas y una blusa naranja inmensa, tapada por un saco de lana y una bufanda, sin olvidar sus guantes sin dedos característicos como detalle final, la recibió.

Cuando la rubia salió, ambas se abrazaron.

—Estás preciosa —aseguró la muchachita.

—Tú también.

Fueron hacia el aero-coche carísimo, de color fucsia, que Bra tenía estacionado en la vereda, y entraron en la parte de atrás.

—¡No me dejen sola adelante! —Se quejó la princesita—. Marron, te ves fabulosa.

—G-gracias...

El viaje transcurrió de forma peculiar, signado por todo lo que caracterizaba a Bra: gritos, malas palabras, comentarios pervertidos sobre algún actor; Miss Mimi llenaba los oídos de las tres con su música a todo volumen en el estéreo. Pan y Marron, ambas tímidas al lado de un ser como la menor de los Brief, reían, cada una a su manera.

Llegaron al departamento de Goten y Pares, quienes las recibieron con sonrisas y buena energía. La sala transmitía un calor sumamente ameno, con una decoración sencilla y elegante al mismo tiempo, a través de la predominación de tonos dorados tanto en las luces como en varios de los muebles. Era más grande de lo que Marron, por su parte, había imaginado. Un equipo de música inmenso, ubicado en medio del modular que estaba contra la pared más próxima al balcón, hacía sonar música alegre.

—¿Qué es eso? —inquirió Marron, un tanto perdida.

—Punk clásico —contestó Pan—. Mi tío ama a este grupo, es su favorito. Me lo hizo escuchar toda mi vida... —Al final de sus dichos rió.

Según dijo Goten antes de alejarse de ellas, Oob había avisado que se atrasaría una hora y Trunks, el gran motivo para organizar esa fiesta, acababa de decirle que llegaría en algunos minutos. Pan y Marron, al escuchar lo último, sintieron a los nervios escalar por sus cuerpos. Goten y Bra, finalmente, se separaron del resto; hablaban cerca del balcón. Ambos lucían tan serios que ni Pan ni Marron quisieron acercárseles. No parecía prudente hacerlo. ¿Hablarían de Trunks? Era lo más probable.

Se produjo un silencio entre ellas, quebrantado rápidamente por Pan:

—¿Cómo sigues después de lo del otro día, Marron? —inquirió disimuladamente, en voz baja.

—Muy bien, gracias —respondió la rubia—. ¿Y tú, Pan? ¿Ya hablaste con...?

Pan negó con la cabeza, mostrándose levemente incómoda. No era por Marron; era por saber que no había seguido el consejo que ella le había dado.

—No he hablado con él —dijo. Por supuesto hablaba de Oob.

Marron acarició brevemente su brazo, un gesto dedicado a transmitirle algo de ánimo.

—Tómatelo con calma, Pan. En cuanto veas que es buen momento para... —El timbre atragantó lo que seguía de la frase.

Se miraron la una a la otra.

—¡Trunks! —se escuchó bramar a Pares desde la cocina—. ¿Abrió la puerta? ¿Sí? ¡Bueno! Aquí te espero.

Negro y celeste, celeste y negro. Los ojos, así como los corazones, se detuvieron. Pan, de espaldas al pasillo que conducía a la puerta, giró su rostro hacia éste. Marron, mejor ubicada, no movió ni un ápice sus pupilas.

La puerta se abrió.

—¡Hola, mi amor! —lo saludó Pares—. ¡Qué hermoso estás!

Allí estaba, él, el de la llamada que jamás había llegado, el del mensaje de texto nunca respondido. La perfección.

De soberbio negro, excepto por la camisa blanca, permaneció de pie en el umbral del pasillo, sus manos en los bolsillos, como siempre cuando de él se trataba. Susu, a su lado, se aferraba con fuerza a su brazo.

Los corazones reaccionaron abruptamente. ¿Seguía sonando la música? ¿Seguían hablando trivialidades entorno a ellas? Lo único que oían eran dos golpeteos vehementes. Era el amor, el sabido y el que aún no había sido asumido, que bramaba sentires al tercer corazón, el del hombre, el del saiyan, el de la inaccesibilidad.

—Buenas noches —saludó a los presentes, su voz apacible; Susu con la sonrisa cada vez más ampliada.

Trunks hizo viajar sus pupilas por la sala, eso percibieron tanto Marron como Pan. Se topó con ellas y la boca, hasta entonces inmutable en su seriedad, sonrió.

Una mirada fija, dirigida a ambas.

Las mejillas de una y de otra mutaron a un tono carmesí. Esa mirada penetrante, cual presagio, las hizo temblar. Él, solamente él, tenía ese poder: temblaban, las dos, por causa de los ojos azules.

¿Qué significaba ese presagio?

¿Y la sonrisa?

Todo, todos; el significado del entorno se perdió en aquel abstracto mar de la desesperación.

Y los ojos las mancharon.

Estaban marcadas.

Las dos.


Nota final del Capítulo XI

... ¡Trunks! ¡Al fin! XD

Este capítulo estuvo lleno de referencias tontas. XD

A ver, les cuento:

El libro que Marron estaba leyendo en una escena (?): era una referencia a "El amante", el mayor éxito de Marguerite Duras. De la autora leí ese y "Los ojos azules pelo negro"; ambos me encantaron. Particularmente me gustó muchísimo el último, aunque "El amante" es sumamente intenso. Son libros rarísimos, no puedo describirlos con propiedad. La autora escribe de una manera que no le vi a nadie más, por lo cual, aparentemente, tiene muchos seguidores y detractores. Una autora sumamente particular, muy criticada y muy elogiada. La verdad que la recomiendo. Tusquets tiene varios libros de ella editados en español. =)

Sobre el surrealismo y la escritura automática: hace cosa de diez días compartí un poema surrealista hecho con esta técnica en mi Facebook, era "A la misteriosa" de Robert Desnos. Me encantó esto de la escritura automática; no conocía el concepto. Estaba buscando qué hacerle decir a Marron y me topé con el manifiesto surrealista, de donde saqué lo necesario para escribir ese párrafo. No quise explicarlo igual, así que puede que lo que escribí acá haya sido un poco confuso. Disculpen por eso, lo hice lo mejor que pude. XD

La canción que tarareaba Pan: escuchar Placebo es algo que no hice por unos tres años. Los dejé tan de lado que jamás había escuchado "Battle for the sun", su último disco (del 2009). Me lo bajé hace unos días y me voló la cabeza. ¡Sin el tema que le da nombre al disco no habría podido escribir esto! Lo escuché unas 3245843957439578 veces, no miento (?). Lo escuché tanto, me apasioné tanto gracias a su melodía, a lo emocionalmente sublime que es, que hay partes que se escribieron solas. Llegué a un nivel de locura que desde "Doble vida" no sentía en tal magnitud. Fue hermoso escucharlos y escribir, como en los viejos tiempos...

Así que nada, quise darles una pequeña participación. XD

Escúchenla si pueden, escuchen la canción "Battle for the sun". ¡ES PERFECTA! ='D

El grupo punk que le gusta a Goten: nuestro querido Son (?) tiene cara de ramonero. XDDDDD Lo pensé toda la vida y lo voy a sostener hasta el fin de los tiempos (!), así que definitivamente me refería a una de las bandas que más amo en el universo, los injustamente infravalorados y talentosísimos Ramones. ='D

Pido perdón desde ya: el próximo capítulo, que en mi opinión es uno de los más fundamentales de la historia, va a demorarse un poco. Espero tenerlo listo para principios de noviembre. Quiero dedicarme, hasta entonces, a "Pecados en la Sangre". Falta un capítulo y ansío terminarlo, creo que ya es hora, así que prefiero poner mis energías ahí. También, quiero demorar el capítulo de Tri porque voy a tener que leer un poco (ya lo vengo haciendo, pero hay cosas que aún no sé muy bien cómo hacer para narrarlas), informarme sobre algunos detalles técnicos que desconozco. n.n

La idea es sacarme todo lo demás de encima (?) y dedicarme solamente a "Triángulo". Es lo que necesito, lo que me muero por lograr. Acá tengo mi corazoncito hoy en día, así que pienso que puedo sacar lo mejor de mí y de la historia y sus personajes si le dedico "tiempo completo" (en lo que a escritura se refiere, por lo menos XD).

El próximo capítulo, la parte II, va a estar totalmente dedicada a Trunks, así que lo extrañaron (?), la próxima toca sobredosis. XD

Quiero dedicarles este capítulo a JazminM y a Greida. A la primera la conocí personalmente el mes pasado (junto a MickyMe n.n) y fue una muy linda tarde. ¡Fue muy loco! Y la pasé re bien. Y con Greida venimos teniendo unas geniales (y kilométricas XD) charlas por Skype. ¡Gracias por la buena onda, a las dos! Mil gracias. =D

Y gracias por la gran cantidad de reviews que llegaron al capítulo anterior, a los que se sumaron hace poco... ¡Me encanta leerlos! Muchas gracias por sus palabras, a todos los que leen... n.n

Y eso. ¡Nos leemos! ;D


Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation