[11/13/17]


El aroma de carne y vegetales se siente en el aire. Es el cumpleaños de Koushiro y las chicas planearon una fiesta sorpresa para él que al final se ha convertido en una barbacoa sorpresa. Todos han aportado y son solo sonrisas y carcajadas, hay música y suficiente comida y bebida para durar la larga noche y es todo lo que esperaban que fuera.

Ken se sienta opuesto a ella, sonríe suavemente mientras se concentra en no dejar caer la carta de su peligrosa posición sobre su frente. Cuando habla, sus labios se mueven de esta manera graciosa, inclinados justamente y tantas son las ganas de besarlo. El deseo muere tan pronto alcanza un vistazo de Miyako viéndolo ensimismada desde el otro lado de la fiesta y es reemplazado por algo que se rehúsa a reconocer como culpa. Cruzando el jardín, Yamato se inclina estudiosamente sobre la parrilla con Hikari a su lado y Mimi decididamente evita llamar su atención.

(Ha estado evitando muchas cosas, últimamente.)

Pasan las diez y la fiesta está acabando, con apenas unos cuantos invitados regados alrededor de conversaciones y juegos que lentamente alcanzan su fin. Mimi se sienta cómodamente en la única banca vacía y el vino que ha estado bebiendo burbujea placenteramente en su estómago. Ken duda un momento antes de acercarse, anunciando su presencia con un suave —¿Puedo? al que Mimi responde automáticamente.

—Sí, por supuesto.

Está algo ebria y es mucho menos cuidadosa cuando lo mira, tan enfocada en lo bonitos y azules que son sus ojos. Ken sabe que este tipo de atención lo ha metido en problemas con ella en el pasado, sabe lo peligrosamente fácil que sería caer de nuevo así que parte de él tiene miedo pero la otra se siente muy bien. No puede evitarlo, cuando está con ella. Su mirada descansa más allá, en Koushiro y Sora guardando lo que queda del pastel, en Taichi y Wallace luchando por lo último de la carne asada, pero luego sus ojos lo encuentran y esa sensación de impotencia vuelve, espontánea y verdadera.

—No lo tomes mal —se escucha a sí mismo decir—, pero te ves muy hermosa. Es decir, lo eres.

Está sonrojado pero Mimi ríe, puede sentir su aliento tibio y dulce.

—¿Por qué—, comienza, pasando sus delgados dedos por su cabello, suspirando—, por qué lo tomaría mal?

Sus miradas se encuentran y su sonrisa se asienta. Voltea hacia el otro lado, entonces, y él casi desea que no lo hubiese hecho, sabiendo que se arrepentirá mucho después.

—¿Quieres que te lleve a casa? —las palabras suenan huecas en sus oídos, falsas. Mimi sacude la cabeza y Ken quiere irse, pero no lo hace.

—Eres muy amable, Ken —finalmente le dice—. Te disculpaste, aceptaste la culpa por cosas que no ... Es decir, ni siquiera me dejaste enfrentarlas, ¿por qué harías eso?

Ken permanece en silencio y Mimi sabe que no le dará una respuesta. Es casi mejor que no lo haga, francamente, porque nunca es real hasta que alguno de ellos lo dice. Lo ha aprendido de la manera más difícil. Se mueve, entonces, yéndose sin otra palabra pero se detiene cuando él habla de nuevo, tan bajo que solo lo escucha porque lo ha estado esperando.

—No fue amabilidad —voltea hacia ella, perturbado. Sus ojos son muy oscuros—. Era todo menos eso, Mimi-san.

Y realmente debió irse en ese momento, debió dar la vuelta y debió ser más cuidados, no debió estar afuera con él; hay tantas cosas que Mimi debió hacer y muchas más que no. En vez de eso, se mueve con intención y cuando besa la esquina de su boca, está al borde de la perdición.

—Lo sé.

—Lo lamento —él murmura y una brisa sopla, enfriándola hasta los huesos. No lo hace menos cierto.

—Estoy tan acostumbrada a que la gente me perdone que ya no sé como disculparme. Pero, nunca quise lastimarte.

Incluso ahora, no es una disculpa real pero le sorprende de igual forma. Su mano se mueve sola, mueve gentilmente el cabello de su rostro y permanece por mucho tiempo en su mejilla, una caricia demasiado íntima que ninguno debió permitir. Desearía poder mentirle, pero lo único que dice es—

—Lo sé.

Este momento les pertenece a ambos, pero eso no evita que Miyako los observe del otro lado del patio.

.

.

—Hola Sor—no eres Sora.

Yamato alza su mirada, abandonando por un momento el catálogo que casualmente ojeaba.

—Miyako. Muy perspicaz como siempre.

—¿Dónde está ella, qué haces aquí?—demanda en un tono que solo encuentra medianamente grosero. En vez de ofenderse, simplemente apunta con el pulgar sobre su hombro a la puerta detrás de él.

—Arriba. No debería tardar, si quieres esperarla.

Parece considerarlo por un momento, caminando por la tienda sin poner mucha atención a los otros clientes. La familia de Sora ha estado en el negocio de las flores por generaciones y Sora a veces ayuda en la tienda cuando tiene el tiempo; Miyako se siente mal por ella, al menos ella tiene a sus hermanos para compartir la responsabilidad. Solo está aquí porque Hikari no está disponible y Sora es la segunda mejor opción, considerando...

Pero él está aquí ahora y Miyako ha sido conocida por tomar malas decisiones cuando se siente acorralada. Yamato está sentado tras el contador, su atención devota una vez más al catálogo de arreglos florales y es esto, quizás, lo que la obliga a hablar.

—Escucha, lo que dijiste el otro día, acerca de las flores...

Yamato levanta la mirada hacia arriba y luego alrededor, tan imperceptible que Miyako se regaña mentalmente y baja la voz.

Por supuesto.

—No era importante.

—Sí lo es —continua, implacable—. Creo que estás haciendo excusas, porque estás asustado.

—¿Disculpa?

—De Mimi. Yo ... creo que te asusta Mimi.

Ahora sí lo ha hecho.

—No voy a tener esta conversación contigo.

Hay un filo en su voz que nunca ha desafiado, jamás se atrevería a hacerlo y apreta la quijada al intentar no reclamarle. Estar callada no es algo natural para ella, así que él fija su mirada sobre ella hasta que se asegura que ese ímpetu se acabó. Miyako muerde el interior de su mejilla y antes de darse cuenta, las palabras han brotado de ella.

—No digo que no deberías estarlo. Solo digo que, tarde o temprano, uno de ustedes va a tener que seguir adelante. ¿Y qué pasará entonces? —Sus ojos pasan a un punto sobre su hombro y se sonroja—. Hola Sora, lamento molestar. Volveré en otro momento.

Gira sobre su talón y sin pensarlo dos veces, saluda sin gracia con el corazón trompeteando en su pecho y no deja de caminar hasta estar lejos, muy lejos en caso de que él decida salir a masticarla.

Merece más que esto, piensa, y en ese momento se da cuenta, todos lo merecen.

Aún en la floristería, Yamato está casi erizado al borde de su silla.

—Nos vemos —Sora dice, sin saber lo que ha transcurrido mientras mira a Miyako desaparecer por la puerta y hacia la ocupada calle—. Qué extraño.

Pone una mano en su hombro y Yamato, aún molesto, debe acallar el instinto de sacudirla. Gira su cuello ligeramente y su mano se mueve de inmediato a masajear el nudo en su nuca, logrando una débil sonrisa de su parte.

—¿No estás preguntando?

Sora arruga la nariz—. No somos esa clase de amigos.

Él ríe, suave y bajo. Aún tiene dificultades reconciliando el hecho de que puede confiar en ellos, también. Pero la verdad es que es exactamente la clase de amigos que son.

—Has visto como somos, los dos —duda antes de agregar—, juntos.

—Sí —Sora acepta con un mumuro. Sus manos son cálidas y deja ir una bien intencionada palmada en su espalda, trayéndolo de vuelta a casa—. Y no estás del todo aquí, cuando no lo están.

Camina a su alrededor sin esperar una respuesta que sabe que no le dará. En su lugar, le da unas instrucciones simples a la chica que están entrenando acerca de como cerrar la tienda y deja caer su bolso sobre el hombro, pasando una mano por las puntas de su cabello. Satisfecha, sonríe a Yamato, cuyos ojos permanecen en la página antes de cerrarla con un suspiro.

—Ahora vamos, no queremos hacer que Taichi espere mucho.


Notas: Actualizado hasta el último capítulo disponible en Crush. Ahora estoy oficialmente atrasada en ambos.