Convivencia Explosiva

—Capítulo 12—

¿Será un mito?


Parte 1

Intentaron besarse, pero sus labios no se encontraban por el vaivén de las penetraciones. Shintarō no estaba yendo despacio y Seijūrō disfrutó de ello. La miel en el sexo no era de su agrado, lo prefería de modo compacto, frío. El falo de Shintarō se ponía cada vez más duro y friccionaba sus paredes sobando con precisión en su punto G. En un momento, se tapó la boca con la mano para opacar sus gemidos y ladeó la cabeza para atrás al llegar al orgasmo, mientras que apretó la piel del dorso ajeno con la única mano que se sostenía. Shintarō aguantó unos segundos más y cerró el puño al sentir el placer quemar en su pelvis, estaba hecho. Seijūrō lo supo al sentir el esperma tibio chorrear por sus piernas.

El reloj marcaba las 06:30 a. m. Había logrado un coito en nueve minutos sin dejar de lado las caricias necesarias y los atolondrados besos. Shintarō salió y se acomodó sentándose de nuevo en la cama.

—Debí usar un profiláctico en serio —dijo Shintarō sacando una tira de esto de la mesita de noche. No tenía ni idea por qué los compraba si le olvidaba usarlos.

—Fue medianamente aséptico por el lubricante, pero te guardaré uno. Te haré recordarlo si llegara haber una segunda oportunidad entre nosotros.

Seijūrō suspiró y propuso compartir la ducha, eran hombres sensatos y sabían perfectamente separar lo importante de lo que era conveniente aplazar, como una segunda ronda. La clase de Shintarō empezaba a las 07:00 horas, el pelirrojo tendría la primera una hora más tarde.

Seijūrō terminó primero de bañarse, ya que Shintarō no rompía con su esquema para tomar una ducha, parecido a un ritual de buen aseo. El pelirrojo se peinó para atrás y se vistió con la misma ropa que el viernes, aunque limpia —inclusive el bóxer—. Admitía que era cómodo dormir desnudo, pero jamás haría eso en su problemática vivienda.

—¿Seguías aquí? —Kazuya le preguntó sorprendido al verlo salir del cuarto principal—. Vaya, te diste una buena tranca, amigo. Estrenaste el hígado.

—Tiene mérito y sentido ahora —le contestó—. ¿Recién vas a desayunar? —cuestionó.

—Sí, aunque aquí solo hay café y tostadas integrales —dijo mientras caminaban hacia la cocina—. Oh y ayer compré queso fresco también.

—Te ayudo a poner la mesa.

Mito o no, pero el sexo lo puso de buen humor. Entre ellos sirvieron el desayuno. Shintarō salió un cuarto para las siete y se sentó exactamente para tomar el café bien cargado con la esperanza de aguantar hasta las 21:50 p. m. sin cabecear por el cansancio acumulado. Comió apenas dos tostadas y se levantó cogiendo su mochila que había colgado en la silla. Estaba con la hora y a la doctora de Reumatología I no le gustaba para nada la impuntualidad como perfil de un médico bien formado.

—Vámonos —dijo mirando a Seijūrō y se despidió de Kazuya recordándole que ese día tendría también que limpiar él por lo del sábado.

—Yo limpio —contestó como pudo, se había metido a la boca un pedazo bastante grande de queso.

El corto trayecto a la universidad no duró más de diez minutos, Shintarō estacionó en los cupos libres de la facultad de medicina y suspiró al haber llegado a la hora. Salió del auto y sacó la bata blanca bien doblada, al laboratorio no se entraba sin ella.

—¿Hoy sales tarde? —Shintarō le preguntó, mientras confirmaba tener los libros ordenados por orden de materia. Se le notaba apurado.

—Sí —mintió—. Te espero aquí, ten un buen día, Shintarō.

—Toma. —Shintarō le entregó las llaves de su auto—. Si vas a esperar, será mejor que esperes aquí adentro en serio, hace mucho frío en la noche.

—Gracias.

Shintarō se fue, pero el que llegó fue el suplicio. Kotarō estaba con cara de pocos amigos, esperando una buena explicación por su ingratitud del día de ayer. No todos los días se hacía un Baby Shower, ni todos los días se compartía esa alegría del primer hijo con los que uno consideraba los mejores amigos. Seijūrō se disculpó de antemano por haberle fallado de esa forma y aceptó no tener justificación, pero no había sido su intención darle el plantón.


Parte 2

A mediodía Seijūrō recién tuvo la delicadeza de prender su móvil, había estado apagado por días para evitar molestias. El celular lo bombardeó con mensajes, sus convivientes estaban paranoicos por su desaparición de 52 horas o más. No aviso, no señales de vida. Inclusive Daiki le había mandado un texto preguntándole si se encontraba vivo o secuestrado en alguna parte de Japón para amenazar a uno de las familias más adineradas.

Kise Ryōta (57 mensajes sin leer)

—Akashicchi realmente estoy preocupado por ti, si no apareces en 72 horas llamaré a tu casa a avisar de tu desaparición.

Murasakibara Atsushi (17 mensajes sin leer)

—¿Aka-chin, sigues vivo~~?

Aomine Daiki (2 mensajes sin leer)

—Oye, Akashi, ya no te hagas el desaparecido. No es gracioso.

El último mensaje había sido ayer a las 23:00 horas. No pensó que les preocupara tanto que no llegase a dormir un par de días y tenía planeado no aparecerse una noche más, porque no tenía ni una pisca de nostalgia ni remordimiento; desde el principio, la convivencia con ellos había sido un verdadero tormento lleno de estrés acumulativo. Volvería en la noche, casi cerca de la hora de llegada de Atsushi. Deseaba quedarse más tiempo en el cómodo departamento de Shintarō, pero primero debía planear cómo se iba a ocupar de Kazuya. Tenía que haber una manera civilizada de botarlo sin afectarlo en medios económicos o morales; después de todo, Kazuya no le había hecho nada y le agradaba.


Parte 3

Seijūrō llegó al auto a las 19:00 p. m. con una lata de la bebida favorita de su amigo y un café Vienna para él. Entró en el asiento del copiloto, esperaría paciente. Adelantaría los informes pendientes que debía presentar a fin de ciclo. Colocó las bebidas en el sostenedor del carro y sacó el ordenador. Hace mucho que no hacía esa actividad tan sencilla, a veces extrañaba aquellos días en su Mitsubishi eclipse que su padre le había regalado a los 18 años. Había sido el peor golpe de su independencia, devolverle las llaves a su progenitor le había dolido mucho. No era un chico materialista, pero había banalidades a las que se había acostumbrado después de tantos años.

—Akashi —Shintarō dijo tocando la ventana. Seijūrō despegó la vista de la pantalla y abrió el pestillo de la puerta principal.

—¿Cómo te ha ido? —preguntó el pelirrojo y le señaló la bebida—. Es para ti.

—Gracias en serio —susurró. Shintarō se apoyó en el respaldar y suspiró, tenía un cerro de informes que realizar para el día de mañana—. Ha sido agotador en serio. ¿Quieres un aventón?

—Te lo agradecería, ¿conoces dónde vivo? —preguntó. Shintarō asintió, comentándole que ya había dejado a Kise varias veces—. Ya veo, Ryōta y tú se han vuelto cercanos.

—Lo dejaba cada que se aparecía en mi departamento a pedirme dinero y eso me recuerda a que me debe más de mil dólares, pero pedírselo es… perder tiempo.

—Ryōta habla usualmente de ti, ya veo por qué.

Shintarō lo dejó en la puerta de esa casa, en una urbanización medianamente segura, aún era extraño para él saber que su amigo había llegado hasta ese punto por independizarse de la familia Akashi. Abrió los pestillos de las puertas con un botón y le deseó mucha suerte, la necesitaría si no quería morir en esa convivencia tan irregular. Seijūrō guardó sus útiles y abrió mientras se despedía. Shintarō vaciló por varios segundos, pero se atrevió a robarle un beso que Seijūrō correspondió por dos motivos.

Seijūrō lo tomó del cuello y lo acercó a él siendo posesivo con quien le iba a pertenecer en cuestión de semanas. Esa fue su temporal despedida, ambos sabían que se verían en unos días ya sea por parte de uno o —quizás— de ambos. Por la ventana de la casa, Ryōta observaba altivo la escena. El rubio había reconocido por costumbre el sonido que hacía el carro de Shintarō. Bufó y se acercó a la sala avisándole al resto que el famoso Akashi Seijūrō al fin se había dignado a aparecer en esos humildes aposentos.

—Bienvenido, Aka-chin~~ —Atsushi le dijo con su usual tono infantil al verlo entrar, nadie más había pronunciado palabra—. ¿Cómo te fue en casa de Mido-chin~?

—Debería preguntarme cómo te enteraste, pero creo saber quién te dio el dato —respondió y miró hacia los nuevos rostros. Kazunari le sonrió a diferencia de Makoto, ambos estaban sentados cómodos en el sillón—. ¿Por qué hay tanta gente en la casa? —preguntó extrañado. No eran los únicos allí.

A sus amigos no les había bastado con adherir a Ryō a la tortuosa convivencia, sino que ahora veía a una multitud. Taiga, Tatsuya, Makoto, Kazunari y Tetsuya habían sido desalojados definitivamente del lugar que alquilaban al dueño del edificio ver a un escandaloso rubio pretender ser el remplazo de los otros dos problemáticos. No había tenido consideraciones y los habían desalojados como bolsas de basura, tal cual ellos hicieron con los azabaches.