XXX 12º 24 de septiembre

La mañana siguiente a su cumpleaños las cosas transcurrían con tranquilidad, Jimena había regresado de su ejercicio diario y ella salía a comprar el pan. Jamás conseguiría salir a correr, y menos tan temprano, se decía todas las mañana cuando la mujer regresaba.

Demasiado tranquila pensó Eva, al ver a Rosa aparecer a la vuelta de la esquina de su casa. Seguro que viene a preguntar por la hora a la que nos acostamos y el qué estaríamos haciendo pensó la mujer, conociendo a la gran Rosa Ruano:

-Buenos días – saludó Eva al llegar a la altura de Rosa, que disimulaba estar esperando por ella - ¿Qué haces aquí tan temprano?

-Hola Eva, yo nada – mintió Rosa – Lo que me sorprende es que estés despierta tan temprano, después de la juerga que os corristeis ayer.

-Una que es madrugadora.

-Y no te digo ya Jimena, que no pierde la costumbre de salir a correr día tras día – añadió Rosa, tratando de conseguir algún detalle sobre la noche anterior – y tan temprano.

-Ya ves, cada una que hace lo que puede – Eva comenzó a alejarse, cuando Rosa le detuvo – ¿Sí, Rosa?

-Tengo yo la curiosidad, de saber a que venía tanta alegría anoche. Porque vamos, ni que estuvieseis …

-Estábamos celebrando mi cumpleaños Rosa, tampoco hicimos tanto escándalo como para que nos oyeras – Eva trataba de marcharse cuanto antes.

-Es que yo tengo un oído muy fino, Eva, muy, pero que muy fino.

-Ya, y ojos como los búhos ¿no? – murmuró Eva.

-¿Perdona?

-Nada Rosa, mira que tengo prisa que me esperan para desayunar, si me disculpas me voy a casa.

-Vale, mujer, vete. Pero pensé que querías dar la bienvenida a los nuevos vecinos – soltó Rosa, sabiendo que atraería la atención de la mujer.

-¿Nuevos vecinos?

-Si, te acuerdas del matrimonio que se iba a mudar durante las vacaciones, pues resulta que no lo hicieron, porque se murió la mujer. Pero al parecer el marido al final se ha decidido a venirse, porque ya lo tenían todo preparado. Además, los niños tendrán que empezar el colegio porque ya llevan dos semanas de retraso – Eva escuchó a Rosa, tratando de no coger aquellos fragmentos de la historia que eran personales, y que a saber cómo se habría enterado.

-Bueno, Rosa, me parece un poco temprano para que vengan. De todas formas yo tengo que irme a desayunar, no es cuestión de que lleguen los nuevos vecinos y me crujan las entrañas. Que imagen daríamos, pensarían que no es un buen pueblo.

-Claro, que no mujer, vete, vete – apremió Rosa – Que tienen que ver que somos gente decente.

Eva se marchó contenta, pues la mejor forma de escaparse de Rosa, si no te dejaba marchar, era amenazarla con que quedaría como indecente, para que prácticamente te echase a patadas. Eva sonreía pensando en Rosa que se quedaría en la acera, esperando a esos nuevos vecinos, dispuesta a contar, a todo el que pasaba, los datos que tenía de ellos y las fiestas que según ella, las dos mujeres se montaban por las noches.