Disclaimer: ¿Hay alguien que no sepa que Frozen es de Disney? Bueno, lo es. Yo sólo juego con sus personajes.
Gracias a Frozen Fan y NochedeInviernoFriki-13 por sus reviews en el capítulo pasado.
12.
—Vaya, vaya… Vean esto, muchachos, nuestro copito de nieve tiene garras.
A Elsa le dieron ganas de darle un puñetazo. O mejor aún, de convertirlo en una estatua de hielo. Estaba tan furiosa que sentía que podía congelar todo el pasillo en el que estaban, y más allá. Contrólalo, Elsa… No dejes que lo vean… Contrólalo…
Oh, pero era tan difícil.
Mientras su corazón llamaba a la calma, su mente estaba enfocada en un par de astutos y burlones ojos verdes. ¿Por qué tenían que ser tan bonitos? ¿Por qué debían perturbarla tanto? ¡Por Odín, sólo quería olvidarse de esos ojos para siempre!
—No soy el copito de nieve de nadie—masculló la rubia, con los dientes apretados por la ira. El hielo resonaba furioso contra sus oídos, queriendo salir por alguna parte de su cuerpo. Y al mismo tiempo, el agarre de los hombres que la tenían sujeta por los brazos, se afianzó.
Hans le tomó la barbilla.
—Pero si eres un copito de nieve, ¿no? Eso no lo niegas, ¿eh? Mi copo de nieve...
Elsa reunió las fuerzas suficientes, y le escupió en la cara.
Qué hermosa era Elsa cuando se enojaba.
Su fachada de hielo se caía como un castillo de naipes, y mostraba un interior fogoso y apasionado. Su verdadero yo, oculto bajo capas de miedo y desconfianza. Y oh, Hans quería tirar esas barreras de una buena vez. Quería ver a Elsa completamente desnuda, débil, indefensa a su merced.
Suya. Porque la había visto antes que nadie. Había visto tras la fachada de la reina de Arendelle, y le había gustado lo que veía. Había sido Hans el primero en no tenerle miedo, el primero en intentar hacer algo por ella, el que la había rescatado de ese obligado matrimonio. Tal vez Elsa se había convencido que el príncipe Gerard de las Islas del Norte sería un buen compañero, que podría aprender a tolerarlo, y quizás en un futuro lejano terminar enamorada de él. Pero Elsa se equivocaba. Porque ella no era libre. La rubia era de él, de Hans, y eso era algo indiscutible.
Se limpió la saliva de la mejilla con un ademán impaciente.
—Oh, Elsa eres tan infantil… — Miró sus hombres, que estupefactos (probablemente por el desplante de la rubia) aún aguardaban instrucciones. Les hizo un gesto, y los dos gorilas soltaron a la reina.
Elsa se tambaleó. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo débil que estaba. La adrenalina que le había recorrido cuando habían abierto la celda (la misma que la había impulsado a intentar escapar), la había abandonado. Ahora se reprochaba por haberle hecho caso a sus impulsos, ¡ella nunca había sido una atleta! A lo más que llegaba era a patinar sobre el hielo, y eso no era en absoluto una hazaña cuando tenía poderes de hielo. Jamás podría haber escapado de Hans, no en esas circunstancias.
Elsa sintió que el suelo estaba muy cerca, y cerró los ojos, resignada al impacto contra el piso de baldosas; pero alguien frenó su caída. Abrió los ojos y se encontró con el rostro satisfecho de Hans, demasiado satisfecho a decir verdad.
—Si querías que fuera un caballero… no había necesidad de fingir un desmayo, Elsa.
—Tú no eres ningún caballero. ¡Y puedes soltarme de una buena vez!
Hans esbozó una sonrisa torcida, una sonrisa que Elsa empezaba a temer.
—Si eso quieres—murmuró el pelirrojo. Y la soltó.
Elsa gritó al sentir el impacto del golpe en su trasero.
Allí debía estar su alteza. En el piso. A sus pies. Él arriba y ella abajo. Como era desde el principio de los tiempos. Elsa debía entender que aquí no mandaba ella, lo hacía él. Él era el titiritero, el domador de fieras, el guerrero invencible. Y ella sólo era su mujercita: débil, indefensa, cuyo único objetivo en la vida era adorarlo. Elsa debía entender eso, y si no lo hacía… bueno, él ya se encargaría.
—Te ves bien en el piso, Elsa.
Ella lo miraba con ganas de matarlo. Hans sabía que si no fuera por el gran corazón de Elsa, hace rato que él no existiría en este mundo. Aunque morir por causa de una Reina de las Nieves no parecía ser tan malo.
—¡Eres un canalla! ¡Un rufián de la peor especie!
Hans se cruzó de brazos.
—Qué hermosas palabras. ¿Sabe su madre que dices esas cosas? Ay, lo olvidaba—susurró con fingido pesar —, su madre ya no puede saber nada.
—Eres un…
Las lágrimas acudieron a los ojos de Elsa. Hans sonrió al ver esa humedad, e ignoró el peso en su corazón que decía que algo estaba mal en esa escena.
(La última vez que le habían importado las lágrimas de una mujer, había sido la noche en que su madre se despedía de este mundo).
Él se inclinó, y de un solo movimiento, levantó a Elsa. La rubia protestó, pero su boca se vio invadida por una lengua invasora. Hans no había podido aguantar mucho más. Desde que la había visto intentando escapar de sus hombres: el cabello sucio, el vestido hecho jirones y los ojos brillantes; Hans había querido besarla.
Elsa gimió dentro del beso al que era sometida. Qué placidez. Qué delicioso era abandonarse, dejarle el control a alguien más, desinhibirse, corresponder de vuelta esos besos devoradores que Hans le daba. ¿Por qué él? ¿Por qué no podía besarla alguien más? Hans era el villano de la historia. ¡Se suponía que las reinas besaban a los reyes, no a los villanos, no a los dragones que custodiaban la torre más alta del castillo!
Elsa intentó soltarse, pero era difícil. Hans la besaba como si no hubiera un mañana, y era casi imposible no corresponder sus besos. ¡Debía recordar que este atractivo pelirrojo había intentado matarla! ¡Había empuñado su arma contra ella! ¿Y ahora la besaba? ¡Por Odín, no!
De repente sintió que la boca de Hans la abandonaba. Abrió los ojos, y se sorprendió al ver al pelirrojo tirado en el piso. ¿Qué había pasado? No quería, realmente Elsa no quería, pero tenía que saber. Tenía que ver lo que le sucedía a Hans, así que se acercó a él, a Hans.
No estaba muerto, ¿verdad? Ella no quería más muertes, no más por favor…
Tuvo suerte, Hans no estaba muerto, sólo desvanecido. ¿Pero por qué? Hans gozaba de perfecta salud. Era fuerte, arrogante, egocéntrico… No pudo simplemente desmayarse así como así. Tenía… Tenía que haber alguna explicación lógica.
No tuvo que buscar mucho en su cabeza. Elsa sabía lo que había sucedido al pelirrojo antes de acercarse a él. Yo hice esto. Yo estuve a punto de matarlo, por besarme. La consciencia de lo que había hecho, la asaltó como un relámpago. Se levantó de inmediato, y corrió como alma llevada por Loki.
Ni siquiera le importaba hacia dónde se dirigía. Elsa sólo quería escapar.
Notas de la autora:
¿Qué les parece? ¿Le recomendamos terapia a nuestro Hans? ¿Y defensa personal para Elsa? Aunque tal vez sea mejor darle una brújula a la rubia, por si a las moscas. Muajajaja!
Déjenme saber lo que piensan sobre este nuevo capítulo.
¿Qué creen que pasará ahora?
