¡No me toques!
Su cuerpo poco a poco se debilitaba más y más mientras su corazón se rompía al ver como las personas que la rodeaban lentamente se alejaban de ella por aquella maldita enfermedad que ahora la mantenía tumbada en aquella maldita cama.
Todos los días eran lo mismo, levantarse para volver a tumbarse. Comer para después sentir nauseas, y ver para solo llorar.
Siempre pasaba lo mismo a pesar de que lo intentaba evitar. Cada maldito día su vista se clavaba en aquella foto, en la cual ella misma en sus días de instituto posaba burlonamente junto a aquel que fue su mejor amigo y su único amor.
Sonreía nostálgica al recordar el roce de su piel cuando aquel día entre sus gritos él le acarició la mejilla diciéndole que se tenía que marchar de Japón.
Se despidieron como dos simples amigos con la promesa de que se volverían a ver frente a aquella torre del reloj donde sus miradas se cruzaron por primera vez y donde ella sintió por primera vez lo que era el amor.
Promesas que fueron rotas. Habían pasado dos años desde aquello. Su mente le decía que él no volvería, que habría encontrado a una mujer con la que compartir su vida, pero su corazón por el contrario le juraba que él volvería como lo prometió.
En cierto modo quería que no volviera, ya que sabía que ella ya no podría ofrecerle todo lo que merecía. No podría acompañarlo en sus éxitos completamente, dado que ella estaba confinada a esa habitación. No quería que él fuera víctima de su desgracia, pero…No podía evitar ese deseo de verlo, de abrazarlo, besarlo y decirle todo lo que aquel día no pudo. Deseaba que él volviera y jamás se separara de ella, pero no todos los deseos se hacen realidad, ¿verdad?
Un chico caminaba con un rumbo fijo con una maleta azul marino en mano. Observaba todos los cambios de aquella hermosa ciudad ante los años, pero eso era lo que menos le importaba, lo que realmente quería ver era a aquella mujer que desde que tuvo uso de razón había sido su única prioridad. No podía esperar para ver a su amada Aoko.
Seguramente conociéndola lo recibiría a fregonazos por haber tardado tanto tiempo en volver, pero la situación fuera de aquel país había sido bastante mala y lo había obligado a no estar con ella. Pero ahora al fin estaba en Tokio y nada ni nadie haría que se alejase de nuevo de la chica con la que tenía planeado pasar el resto de su vida.
Lo único que se le hacía extraño era saber que Aoko ya no vivía con su padre según la información dada por su propia madre. Le advirtió que más le valía no hacerle daño y que ella ya no era la misma chica que él conoció.
Finalmente perdido en sus pensamientos llegó a la dirección que aquel papel que llevaba en sus manos indicaba. Vio el lugar observando que era un simple piso, donde al parecer solo vivían ancianos.
— Disculpe señora — dijo deteniendo a una mujer mayor de blanca cabellera y rostro amable — ¿Conoce a Aoko Nakamori?
— Claro que sí. Es mi vecina. A pesar de su enfermedad es la que más alegría da al edificio — habló dejando sorprendido al castaño. ¿Enfermedad? — ¿Es acaso usted Kaito?
— ¿Cómo lo sabe? — interrogó extrañado de que aquella mujer conociera su nombre.
— Aoko me ha contado alguna que otra vez las aventuras que tenían cuando aún eran unos niños, además de que he visto alguno de sus álbumes — respondió sonriendo — Sin duda se alegrará mucho de verlo, por favor acompáñeme, tengo una copia de su llave.
Kaito sin duda alguna siguió a aquella mujer con la cabeza dándole vueltas sobre lo que había dicho. ¿Aoko estaba enferma? ¿Acaso a eso se refería su madre cuando le dijo que no era la misma?
Estaba preocupado. Quería verla de una maldita vez y asegurarse de que estaba bien. Que a pesar de todo seguía sonriendo como le enseño a hacer en un pasado.
Mientras sus pensamientos daban vueltas finalmente llegaron al tercer piso, donde al parecer estaba Aoko.
Abrieron la puerta del ``A´´. A de Aoko. Menuda coincidencia…Sonrió al ver como su sentido de la ironía seguía intacto.
— Aoko — la llamó aquella mujer de ojos miel buscándola.
— Estoy en la ducha — respondió aquella voz que tanto había extrañado.
— Espera en el sofá, voy a verla — dijo aquella mujer mientras se dirigía al baño de aquel lugar.
Como le había indicado se sentó en el pequeño y azul sofá del lugar. Respiró hondamente preparándose para verla. Creyó que cuando llegara el momento podría hacerlo sin nervio alguno, pero no. No podía evitar estar nervioso ante que encontraría al verla. No había tenido el valor de preguntar que le sucedía, y seguía sin tenerlo. Tenía miedo a la respuesta. Miedo de que tuviera riesgo de muerte.
Una puerta se abrió y la vio salir. Se extrañó al ver que a pesar de ser verano ella vestía ropa larga que cubriera toda la piel posible, así como también notó un pequeño sarpullido en su mejilla.
Sus miradas se cruzaron de nuevo. La de él esperaba paciente alguna reacción de ella.
— Kai…— intentó decir ante el asombro que le provocó que él estuviera ahí.
— Yo os dejo para que estéis solos — habló la de blanca cabellera yéndose no sin antes guiñar un ojo a joven, que con un asentimiento agradeció el gesto.
— Aoko…Yo he vuelto, al fin — articuló acercándose a ella, pero cuando estuvo a punto de rozarla ella se apartó.
— ¡N-No me toques! ¡No me mires! — exclamó cubriéndose el rostro.
— Aoko tranquila — susurró Kaito acercándose lentamente a ella hasta que finalmente pudo abrazarla suavemente a pesar de que la muchacha se resistía — Tranquila Aoko, tranquila.
Después de unos minutos finalmente la castaña se dejó abrazar y correspondió a su abrazo. La ojiazul subió la cabeza y el joven acarició su mejilla y lentamente se acercó y depositó un beso en su nariz.
— Aoko…— musitó después de darle ese beso, descendiendo un poco más hasta rozar sus labios — Te he extrañado tanto.
— Kaito…— susurró sintiendo como el chico la besaba. Era como un sueño. Kaito volvía y la besaba.
— Te amo Aoko — declaró cuando se separó de sus labios — Llevo todo este tiempo deseando verte.
— Kaito…No, esto no…— no pudo seguir cuando se vio silenciada por los labios del muchacho que no dejaba de acariciar suavemente su mejilla — Yo…no…
— Silencio — pronunció abriendo sus ojos — Sé lo que te ocurre y no te librarás de mí.
— Pero…
— No hay peros que valgan Aoko — recitó volviendo a sus labios — Te amo y pienso estar contigo en esto.
— Kaito yo…También te amo — confesó sonriendo ruborizada sintiendo como el chico la abrazaba con fuerza, un abrazo para no dejarla marchar,
Estaría con ella, finalmente podría estar con él siempre. Él la amaba y eso era suficiente para ella, para luchar contra aquello. Era incurable sí, pero no mortal y podía llevar una vida normal con ello, todo siempre y cuando Kaito estuviera con ella.
