Misery Loves Company
«¿Te das cuenta de lo que has hecho?»
En unos pocos minutos, todo había cambiado. Era absurdo, incluso ridículo, si se paraba uno a pensarlo. Incluso cuando ganaban, siempre, de alguna manera, lograban salir vencidas.
«Lo has estropeado todo»
Cuando el portal se cerró, ninguno se movió. Blanca siguió mirando la esfera que ahora yacía en el suelo, rota. David extrajo la espada del tórax de Maléfica, su corazón ya había dejado de latir desde hacía varios segundos. Era hora de dejarla ir. Ruby estaba presionando sus manos en la herida del costado izquierdo de Mulan, ya estaban cubiertas de sangre y los ojos de la mujer tirada en el suelo estaban comenzando lentamente a cerrarse, estaba desvaneciéndose. Pasaron solo unos segundos. Blanca cayó de rodillas, comenzando a llorar, David corrió a su lado, y la abrazó. Ruby acarició la mejilla de Mulan, mirándola a los ojos por última vez. Solo habían pasado uno segundos desde que el portal se había cerrado. Y todo había cambiado para siempre.
Siguieron mirándose, ninguna de las dos sabía qué decir. Apenas continuaron respirando, intentando no hacer el más mínimo ruido. Por un instante, solo por un instante, Emma pensó que si se quedaba quieta, inmóvil, sin decir o hacer nada, no sucedería lo que estaba por pasar. Pero sabía que no estaba haciendo otras cosa sino retrasar lo inevitable y engañándose a sí misma.
Regina, en el otro lado, tenía tantas cosas que decir en aquel momento, que tampoco sabía por dónde comenzar. Fue la primera en bajar la mirada, intentando comprender qué era lo mejor que había que hacer. Estaba de nuevo sola. Lejos de casa, lejos de Henry. Incluso lejos de Emma, aunque era la única que estaba ahí, a su lado. Estaba más sola que nunca. Sintió sus propios muros volver a alzarse, listos para protegerla de cualquier cosa que saliera de la boca de la mujer que tenía delante. En fuera cual fuera el universo alternativo en el que estuvieran en aquel momento, una cosa era cierta: el corazón que Maléfica había usado para el hechizo era el suyo. Regina era inmune. El corazón no mentía, amaba a Henry como siempre había hecho, tanto como aún amaba a Emma. Así que, solo había un pequeñísimo problema. Si las suposiciones de Regina eran correctas y en aquel mundo el hechizo de los Corazones Impuros había tenido éxito, si todos odiaban a las personas que habían amado, entonces había solo dos cosas que podían suceder en ese momento, ambas terroríficas Si Emma la miraba con desprecio y resentimiento, una sola mirada la habría destruido de una vez por todas. Porque significaba que iba a pasar el resto de su vida enamorada de alguien que la odiaba. Había pasado con Henry y había sido desgarrador.
Pero había otra opción.
Y era aún más aterradora.
Porque Emma podría mirarla sin odio, sin resentimiento ni desprecio en los ojos. Y habría querido decir que, simplemente, nunca había estado enamorada de ella. Que no la odiaba porque nunca la había amado de verdad. Que Emma, como había prometido, estaba intentando salvarla y darle su final feliz que merecía. Habría sido muy de Emma, esa necesidad compulsiva de salvar siempre a quien necesitaba su ayuda.
Y eso sería peor que el odio. Sería un millón de veces más desgarrador. Porque habría significado que para Emma solo había sido un juego, solo una mentira. Que ella en realidad no sentía nada por Regina. Cualquier cosa que sucediera en ese momento, solo llevaría un impronunciable dolor a su corazón.
Y entonces tuvo la certeza.
Aquel mundo era el sitio más alejado posible de su felicidad y de su final feliz.
Maléfica había vencido.
Con reluctancia, alzó los ojos hacia Emma, mirándola atentamente, estudiando cada detalle de su expresión. Vio confusión, miedo, inseguridad.
«Lo siento» murmuró en voz baja, los ojos desorbitados, sin saber qué había hecho ni cómo remediarlo. Estaba claro que no tenía ni idea de qué la estaba acusando Regina.
No tenía ni idea.
Porque sentía exactamente lo que sentía hasta poco antes.
Emma no tenía idea.
«No» murmuró Regina, con el corazón despedazado, la voz rota, los ojos llenos de lágrimas «No» rogó con más decisión, llevándose las manos al rostro y retrocediendo.
«Regina»
«¿Cómo has podido?» gritó, sacudiendo la cabeza
«¿Es por qué estamos atrapadas en este mundo sin Henry?» preguntó Emma en un hilo de voz, su tono claramente perplejo «¿Estás enfadada conmigo por eso? ¿Por qué no me quedé con él?»
Regina sacudió la cabeza, comenzando a llorar.
Era tan extraño para Emma verla llorar. Regina no lloraba nunca, siempre se guardaba todo dentro, prefería afrontar sola el dolor. No era de las que estaban acostumbradas a compartir con los demás.
Así que Emma sabía que algo grave estaba pasando.
«Tú no me odias» murmuró finalmente.
Emma se quedó confusa. Movió la cabeza, dando un paso hacia ella.
«Por supuesto que no, Regina, ¡yo te amo!»
Regina retrocedió muchos pasos, manteniendo a Emma a una distancia de seguridad.
Tras unos instantes, se enjugó las lágrimas del rostro con rabia, inspirando a pleno pulmón con las vanas esperanzas de calmarse.
«Estamos en un mundo» comenzó a explicar con voz temblorosa «donde un hechizo hace que todos odien a las personas que aman de verdad»
Emma comenzó a entender por dónde iban las palabras, y no le gustaba para nada.
«Y tú, Emma, no me odias»
«Regina…»
«Así que nunca me has amado de verdad»
«Regina»
«Ahora es un poco tarde para que finjas que me odias, ahórratelo. Ya te lo he dicho, Emma. Mi final feliz no es alguien que quiera salvarme. Es alguien que quiera amarme»
«¡Y yo te amo!» le dijo Emma, acercándose velozmente y cogiéndole una mano antes de que Regina pudiera retroceder.
Ella intentó soltarse, tirando de la mano, pero antes de poder darse cuenta de lo que estaba pasando, se encontró envuelta en los ya familiares brazos de la mujer de la que estaba enamorada. Tras varios momentos de lucha, comprendió que la sheriff era más fuerte que ella y que ese no era el modo de huir.
«Suéltame»
«Nunca» Aquella sencilla palabra fue bastante para hacer aparecer las lágrimas en sus ojos «Regina, te amo. Te amo. Lo creas o no, esa es la verdad. Te amo como nunca he amado a otra persona en toda mi vida, y hemos tenido en total tres citas, de las cuales, una era un almuerzo, pero no importa. Porque tú eres mi familia, eres mi casa. No te perderé, no puedo perderte. He venido hasta aquí contigo, no puedo perderte ahora»
Regina siguió intentando librarse del agarre, pero los intentos se fueron haciendo cada vez más débiles, hasta que se quedó inmóvil entre sus brazos, los ojos cerrados con fuerza, negándose a creerla, pero negándose también a creer en sus propias insinuaciones.
«No sabemos ni siquiera si de verdad en este mundo está el hechizo o si Maléfica pensaba sencillamente que habrías venido sola. No sabemos si estamos en el mundo real, en el mundo de los cuentos, no sabemos nada aún. Te amo, Regina. Con todo mi corazón. Esta vez debes hacer un acto de fe y creerme»
Y Regina pensó en Emma curándola mientras la besaba, dos veces. Pensó en el momento en que su amor por ella le había permitido liberarse de Maléfica en la caverna. No podía no ser real, no podía no ser correspondido.
El amor, para Regina, era como un lazo, como un hilo. Si no hay nadie sosteniendo la otra punta, el hilo cae. El amor cae. Pero Regina amaba a Emma de una manera tan inmensa, la amaba con el corazón, pero también con los huesos, músculos y terminaciones nerviosas, la amaba en el mismo modo en que percibía la magia. La amaba dondequiera. Algo así, un lazo de ese tipo, no podía existir si no era correspondido.
Abrió lentamente los ojos, relajándose entre los brazos de Emma. Se alejó de ella despacio, lo mínimo indispensable para mirarla a los ojos
«¿Emma?»
Ella le sonrió débilmente
«Te amo de verdad» dijo por enésima vez «Pase lo que pase, nunca te olvides de que es la verdad»
«Lo siento» se excusó, soltándose del agarre de Emma solo para tirarle los brazos alrededor de su cuello y atraerla hacia ella «Yo también te amo. Lo siento»
Emma le devolvió inmediatamente el abrazo.
«Todo está en su lugar» acarició lentamente su espalda «Ahora todo está bien. Encontraremos una salida, lo prometo. Volveremos con Henry»
Sin dudar un segundo más, Emma la besó tiernamente en los labios, intentando hacerle comprender cuánto la amaba. Cuando se separaron, tras varios segundos, miraron finalmente el sitio donde estaban. No estaban en el Bosque Encantado, era bastante obvio. Ambas reconocieron inmediatamente el sitio en el que se encontraban en ese momento.
«Es el sitio exacto por donde hemos entrado en el portal» observó Emma
«Estamos en Storybrooke» concluyó Regina por ella
Pero no había nadie por las calles, no había un alma viva por ningún lado. Recorrieron la calle principal, pero todas las tiendas estaban cerradas. Tras una breve inspección, se dirigieron al único sitio en el que sabían que estarían seguras, al menos hasta que hubieran decidido qué hacer para intentar huir de lo que parecía ser una ciudad fantasma.
Se dirigieron al bosque y desde allí a la cripta de Regina. Estaban convencidas de que la encontrarían vacía, porque estaba hechizada para que nadie salvo Regina pudiera entrar, a menos que ella ya estuviera dentro.
«Debemos encontrar una salida» dijo Emma, apenas Regina apartó el féretro y comenzaron a descender
«Podría no existir ninguna» murmuró como respuesta «¿Qué haremos si nos quedamos atrapadas aquí para siempre?»
Emma no respondió. No sabía qué decir, ni si había una respuesta que dar a aquella pregunta. Estaba a punto de sugerir que intentarían comprender qué hacer en cada momento cuando Regina se detuvo bruscamente.
«¿Qué ocurre?» preguntó Emma
«Aquí hay alguien»
«¿Cómo lo sabes?»
«Lo sé y punto»
«Pero, ¿cómo es posible, Regina? Nadie puede entrar si tú no estás aquí»
«Entonces quizás estoy» respondió en un susurro «Mejor dicho, la versión de mí en este universo podría estar aquí»
Emma suspiró
«Un poco abarrotada como cripta»
Regina no replicó. Recorrió los últimos escalones lentamente, al llegar al fondo, elevó las manos en señal de rendición. Cuando también Emma hizo lo mismo, tomando ejemplo de ella, su suposición se reveló correcta. Escucharon la voz de un hombre provenir de detrás de ellas.
«No os giréis. ¿Quiénes sois?»
Regina bajó inmediatamente las manos
«No queremos hacer daño a nadie» respondió Emma con una calma casi innatural, dada la situación.
«Tu voz» dijo Regina «Yo te conozco»
«Nadie que esté bajo la maldición puede entrar aquí excepto yo»
Era una voz familiar, pero algo había extraño. Como si estuviera habituada a una versión de esa voz menos profunda, menos masculina, menos adulta.
«Henry»
Se giró, sin preocuparse de lo que el hombre había dicho poco antes. Retrocedió instintivamente apenas lo vio. Aquel no era su Henry.
Emma, en ese momento, se giró también, encontrándose cara a cara con un muchacho que debía tener alrededor de los veinte años, un rostro sombrío, la voz marcada por el sufrimiento. Tenía la expresión de alguien listo para arrancarse el corazón del pecho, reflexionó Regina.
Y aunque el muchacho fuera físicamente parecido a su Henry, tanto para hacerle pensar que era su versión adulta, no era su Henry.
Cuando le vio el rostro, algo en su expresión cambió. Sus trazos se relajaron, casi hasta el punto de dejar entrever al muchacho que habían dejado atrás.
«Mamás» susurró
Podía tener veinte, treinta o setenta años, Henry siempre sería un niño para ellas. Siempre sería su hijo. Así que cuando él se acercó a ellas velozmente, no pensaron en la maldición. No pensaban que pudiera ser peligroso o que les quisiera hacer daño. Non pensaron y punto. Porque era Henry. Cuando él se acercó, ambas se limitaron a abrir los brazos y acogerlo en un abrazo de grupo, apretándolo y acunándolo. Tras varios segundos, el muchacho se alejó bruscamente.
«No estáis sujetas a la maldición. Y no sois mis madres. No podéis serlo. Así que, ¿quiénes sois y por qué estáis aquí?»
«No solo estamos en una realidad alternativa. Estamos en el futuro» observó Regina, estudiando sus rasgos
«¿Realidad alternativa?» repitió él
«Sí» confirmó Emma «Venimos de otro mundo en que la maldición nunca fue lanzada, un mundo en el que hemos vencido a Maléfica. Un mundo en que tú tienes catorce años»
Henry se quedó un momento reflexionando.
«Habéis entrado en la cripta, a pesar del hechizo y yo no os odio, sino que os quiero mucho, por lo que no estáis mintiendo cuando decís que venís de una Storybrooke diferente, porque aquí todos han sido golpeados por la maldición y no podéis ser mis madres. Pero, ¿cómo es posible que estéis aquí?»
Le contaron brevemente la batalla con Maléfica, la trampa, la esfera, el vórtice. Cuando acabaron, Henry asintió, diciendo que tenía sentido.
«Ahora háblame del hechizo que hay sobre la cripta» le dijo Regina «¿Quién lo ha hecho?»
«Lo hice yo» respondió Henry con mucha naturalidad
«Imposible. Tú no tienes magia» lo contradijo Emma
Pero Regina sonrió.
«Tiene la tuya por genética, y ha tenido años para aprender. ¿Cuántos años en el futuro hemos avanzado?»
«Si vuestro Henry tiene de verdad catorce años, estáis cinco años en el futuro. Tengo diecinueve, comencé a tener magia a los diecisiete años. La maldición de Maléfica ya había sido lanzada desde hacía tres años y medio cuando me encerré aquí dentro. Salgo raramente. Fuera es peligroso»
«¿Y cómo sobreviviste antes de lograr hacer el hechizo de protección?» preguntó Emma, perpleja
«Tú me protegiste» le dijo «Bueno, no tú. Tu versión de este mundo»
«¿Y después qué pasó? Estoy…» tragó saliva, sin creerse la pregunta que iba a hacer «¿Estoy muerta?»
«No. Estás solo…» suspiró, moviendo la cabeza «Cuando la maldición fue lanzada, las únicas personas inmunes éramos tú, Gold y yo. Él había hecho un pacto con Maléfica, y tú y yo estábamos protegidos por el rastro del amor verdadero»
Emma arrugó la frente, asombrada
«Pero claro» dijo Regina «Tiene sentido. Si ha lanzado la maldición con mi magia apenas la obtuvo, había aún una considerable huella de mí en ella. Percibió el amor que existía entre vosotros dos y conmigo y os ha salvado»
«Exactamente» el muchacho asintió «Es así cómo se lo explicaste a mamá y así ella me lo explicó a mí»
«¿Y después qué ocurrió?»
Henry inspiró, no del todo preparado para aquella conversación.
«La magia perdió el rastro del amor» intervino Regina «Ya no había nada de mí»
Él asintió
«Mamá y yo comenzamos lentamente a odiarnos. Sin embargo, tuvimos algo de tiempo. Y apenas había descubierto que tenía magia cuando las cosas de repente empeoraron, escapé y me encerré aquí dentro»
«Para que ella no te hiciera daño» concluyó Emma
«Para no hacerle daño yo» la corrigió «Estaba cansada, débil, ya rendida a este destino. La magia negra estaba fresca, joven, fuerte. No la veo desde hace un año. Pienso que aún vive en la mansión de mamá. También está protegida por un hechizo parecido a este. Así que sé que está a salvo, pero sé que no puedo verla. Porque durante un tiempo fue la persona que más amé en el mundo. Y ahora, cada vez que la miro, la desprecio»
«Pero sabes que no es real»
«Al contrario. Parecía todo muy, muy real hasta hace un par de horas. Imagino que vosotras dos tenéis algo que ver»
Las dos se miraron. Regina fue la primera en sacar la conclusión.
«El beso»
Emma arrugó la frente, perpleja
«El beso del Amor Verdadero» sentenció «Pero no somos de este mundo, la maldición no tiene efectos sobre nosotras, así que no podemos romperla»
«No hemos roto la maldición. Las calles estaban vacías, las personas estaban aún encerradas en sus casas. Solo está Henry» explicó Regina «El rastro de Amor Verdadero. De alguna manera podremos ser útiles para reactivarla»
«Solo hay un modo de hacerlo» intervino el joven «Tenemos que ir a buscar a mi madre»
Ambas asintieron, listas para salir de la cripta.
Pero después una pregunta salió espontanea de la boca de Emma
«Hey, ¿pero tu versión de este mundo donde se encuentra?»
Tanto Regina como Henry se paralizaron ante la pregunta
«¿No es obvio, amor?» le preguntó, vacilante «Yo estoy muerta»
La sencillez y la complejidad de aquella frase casi le dieron ganas a Emma de reír hasta las lágrimas.
«¿Muerta?» repitió con una risa de incredulidad «¿Cómo estás tan segura?»
«Maléfica tenía mi magia, tenía mi corazón. Es un milagro que tú y Henry aún estéis vivos, presumo que muchos no han tenido el mismo privilegio»
Ambas se volvieron hacia Henry, que tragó saliva, cerrando los ojos e inspirando solo por un instante.
Reunió valor para mirarlas de nuevo.
«Habéis dicho que en vuestro mundo, cuando estabais a punto de saltar al portal, Mulan estaba a punto de morir»
Ambas asintieron.
«Aquí las cosas fueron diferentes. Muy diferentes»
Aquella frase hizo pensar en lo peor, pero no las preparó ni mínimamente para la historia que Henry estaba a punto de contarles.
«Solo conozco la versión de mi madre, así que no sé cómo fueron las cosas exactamente, pero sé que Maléfica logró, en cierto momento de la batalla, lanzar una de las flechas de Blanca Nieves contra ella, atravesándole el corazón»
Regina, instintivamente, pasó el brazo alrededor de los hombros de Emma, atrayéndola protectoramente hacia ella.
«David murió a su lado, ya que compartían el mismo corazón. Solo en ese momento hirió a Mulan de la manera que habéis descrito. Seguisteis luchando durante bastante tiempo hasta que ambas estabais exhaustas. Después de que Mulan muriera desangrada y de que las tres estuvierais al extremo de vuestras fuerzas, se acercó a Ruby»
Ambas se estremecieron. No podía ser.
«Extrajo su corazón»
Regina cerró los ojos, Emma movió la cabeza.
«Mamá hizo lo que había hecho la primera vez que Maléfica había amenazado a Ruby»
Aquello tomó por sorpresa a ambas.
«¿No mato a Ruby?»
Henry sacudió lentamente la cabeza
«Le reservó un destino peor. La dejó libre para volver a casa y odiar por el resto de sus días a las personas que amaba en ese momento, a cambio de vuestra rendición. Ambas ignorasteis sus ruegos de dejarla morir, y la salvasteis. Y no ha pasado desde entonces un solo día en que ella no os haya odiado por hacerlo. Sin embargo, irónicamente, su destino fue aún peor que ser puesta bajo el hechizo»
«Entonces nos rendimos. Así. Sencillamente» murmuró Emma, intentando comprender la situación
«No del todo» continuó Henry «Retirasteis el hechizo que la tenía atrapada y la sacasteis de allí con magia, y seguisteis luchando. Pero en ese momento estabais solas, la magia no tenía efecto, era absorbida por la esfera, ella podía de nuevo teletransportarse. Hicisteis todo lo posible y algo más»
«Pero no fue suficiente» intervino Regina
«Al final se apoderó de tu magia. Y obviamente de tu corazón. Lanzó el hechizo. Un montón de gente comenzó a morir, asesinada por sus propios seres queridos. Todos comenzaron a encerrarse en casa, negándose a salir»
«Y tú has tenido que asistir a eso. Lo siento tanto, Henry» dijo Regina
«Todos tuvimos que asistir a eso. Tú estabas devastada, mamá. Pensabas que era culpa tuya»
«Lo era. Lo es» se corrigió Regina «Es mi magia, mi corazón, mi rendición. Así que todo esto es culpa mía»
«No. Es culpa de Maléfica. Todo, cada vida, cada corazón, todo es culpa de ella, mamá. No puedes tomar por enésima vez la responsabilidad de algo que no has logrado evitar, no es justo. Esta vez más que nunca es culpa de ella»
Por varios segundos en la cripta reinó el silencio. Después la narración de Henry continuó.
«Durante un par de semanas nos hizo mirar. Quería que viéramos que había ganado. Tú lanzaste el hechizo de protección sobre la casa, para protegerme a mí y a Emma cuando decidió usar tu corazón, pero nunca tuvo la oportunidad»
«Claro que no» lo interrumpió Regina «Podía ordenarme haceros daño. Supongo que hay un número máximo de veces que puedo repetirme de no matar involuntariamente a las personas que amo» suspiró «Después, habré decidido marcharme y poneros a salvo»
Henry asintió
«No podías matarte. Maléfica no te lo dejaba hacer, ordenaba a tu corazón que no lo hiciera, que no te mataras. Quería que vieras. Quería que sufrieras»
«Pero yo no podía correr el riesgo»
«Sabía, como lo sabías también tú, que, antes o después, el rastro se habría agotado y Emma y yo comenzaríamos a odiarnos. No quería, en absoluto, perderse tu cara cuando la única persona inmune a la maldición fueras tú únicamente. Pero los tres llegamos al acuerdo de que ya habíais sufrido bastante para cien mil vidas. No queríamos que asistieses también a eso»
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas. Se negaba a creer, no podía ser.
«¿Lo hice yo?» su voz se había reducido a menos que un susurro «¿La maté yo porque ella no podía?»
Se sintió desfallecer solo de pensarlo.
Pensó en su mano dentro del pecho de Regina, rodeando su corazón. Pero ese era la cuestión, Regina no tenía su corazón en ese momento, así que lo había hecho de otro modo. Pensó en una espada, pero era un dolor innecesario. Pensó en una pistola. Veloz. Sin dolor. Y sintió el impulso de gritar, de decir que nunca lo habría hecho, aunque ya hubiera pasado y si no había sido ella, sentía igualmente la necesidad de gritar.
Henry sacudió la cabeza con fuerza
«Nunca lo habrías hecho»
Emma suspiro de alivio, sintiéndose de nuevo como si se conociera a sí misma.
«Mamá optó por la solución más de ella» explicó «Mucho más regia»
Sin añadir nada, las condujo hasta el fondo de la cripta, donde yacía un féretro de cristal hechizado para que el cuerpo que había dentro no se deteriora ni para que nadie que tuviera la intención de hacer mal a la mujer pudiera acercarse.
«La maldición del sueño eterno»
«Pero yo puedo romperla» observó Emma «Bueno, la otra yo»
Henry sacudió la cabeza
«Ayer la odiabas. La odiaba hasta yo. ¿Por qué deberías despertarla? Y además, mamá sigue sin tener su corazón. Es el mismo motivo por el que no habéis roto la maldición en el instante en que Maléfica la lanzó: el beso de Amor Verdadero no tiene efecto si ambas no tenéis vuestros corazones dentro del pecho. El único modo de despertarla es que mamá vuelva a amarla, que introduzca su corazón en su lugar, y que después la despierte con el beso del Amor Verdadero. Solo es una alternativa elegante a la muerte, porque ninguna de las cosas que he dicho es remotamente posible»
Regina le sonrió, moviendo la cabeza
«Si hemos reactivado el rastro, tu madre está de nuevo dándose cuenta de lo que de verdad siente por ella. Y si nos damos prisa, si llegamos a Maléfica antes de que la maldición vuelva a caer sobre ella y sobre ti, podemos vencerla y recuperar el corazón de tu madre»
Él la miró, perplejo
«Vosotras no estáis bajo el influjo de la maldición. Podríais iros, marcharos a vivir a Nueva York, o Boston, y ser felices para siempre. ¿Por qué queréis ayudarme?»
«En primer lugar, no importa qué mundo sea este, eres nuestro hijo y te ayudaremos siempre, Henry» comenzó Emma
«En segundo lugar, vencer a Maléfica y liberar a todos de la maldición es lo correcto y somos los buenos» continuó Regina
«Tercero, vencer a Maléfica y reactivar el portal que nos ha traído aquí y que está contenido ahora en la esfera de su bastón, podría devolvernos a casa con nuestro Henry. Así que haremos cualquier cosa para ayudaros»
«Y por último, verme a mí misma en ese féretro de cristal es algo inquietante, ¿qué tipo de persona sería si no ayudase a la versión de mí misma en una realidad alternativa a librarse de una maldición del sueño auto infligida?»
Henry suspiró pesadamente
«Sí. Realmente sois mis madres»
Salieron de la cripta, y echaron a caminar lo más discretamente posible por las calles de Storybrooke.
«Se fue muy pronto» murmuró Henry sin preaviso, mientras Emma, a algunos metros por delante, inspeccionaba la calle siguiente.
«¿Tu madre?»
El joven asintió
«Solo esperó unas semanas, en cambio la maldición no nos alcanzó durante años. Su amor era más fuerte de lo que ella pensaba»
«Todavía lo es» lo corrigió Regina «Sea lo que sea que hayamos hecho para reactivar ese rastro, no hubiera sido posible si ella no os amara todavía»
«Ya. Permaneció estable durante tres años antes de comenzar a debilitarse, después comenzó a vacilar y finalmente se desvaneció»
«Para estar bajo una maldición, ha durado muchísimo»
«Hubiera durado mucho más si se hubiese quedado con nosotros. Pero pensábamos que no había tiempo, pensábamos que nos íbamos a despertar un día y saltarnos al cuello. Y ella no soportaba ver la ciudad matándose de ese modo, sabiendo que era por culpa de su magia. No lograba comprender que aunque hubiese sido su magia, ella no era la culpable. A menudo he pensado que si se hubiese quedado con nosotros, con tres años de tiempo, habríamos logrado derrotar a Maléfica y recobrar su corazón sin problema»
«No lo sabía» susurró Regina
«Ahora lo sé. Pero por todo este tiempo el odio me ha cegado. Solo ahora comprendo el motivo por el que se fue tan pronto»
Regina lo miró mientras él analizaba la casa que tenía delante.
«Ella no pensaba que fuera fuerte. No pensaba que su amor valiera tanto, que nos hubiera dado bastante tiempo para conseguir derrotarla»
La voz de Emma los hizo sobresaltarse a ambos
«Tu madre ama de una forma arrolladora, muchacho. Ama más profundamente que cualquiera, siente más y lo siente con demasiada intensidad, por eso ha sido herida tantas veces. Por eso se ha desilusionado. Para una mujer que ama como ella, imagina qué significa renunciar al amor»
Regina suspiró
«Me transformó en un monstruo la primera vez. Probablemente tenía miedo de que sucedería de nuevo. No quería repetir nuestros errores desde el comienzo»
Henry asintió
«Ahora lo entiendo. Pero no es justo. Tres años sin ella nos ha transformado a mamá y a mí en unos verdaderos desastres. Cuando la maldición llegó, encontró una buena base de resentimiento sobre la que cimentar el odio»
«¿Piensas que es culpa mía?» murmuró Emma, sorprendida.
Él sacudió la cabeza
«Me he culpado a mí mismo, pensando que si hubieseis estado solas, quizás mamá habría combatido más tiempo. Y tú te culpaste a ti misma por no haber logrado derrotar a Maléfica sola. Ambos sabíamos que la única capaz de lograrlo era mamá, pero sin su corazón no podía hacer nada. Tú y yo no conseguimos recuperarlo. Y eso nos destruyó»
«Eso es» dijo Regina repentinamente, sonriendo «Eso es lo que vamos a hacer, recobrar el corazón, ir hacia Regina y despertarla. Pero tenemos que hacerlo deprisa, antes de que la huella del Amor Verdadero desaparezca de nuevo. Tenemos que despertarla y las cuatro juntas podemos lograr derrotarla de una vez por todas»
Henry asintió, seguido de Emma
«No será fácil. No tendremos ayuda»
«No, alguien en la ciudad nos ayudará» dijo Henry «La misma persona que me ha ayudado en este año y medio, la misma persona que he seguido odiando, pero a la que ahora debo agradecer. Pero antes de ir a verla, tenemos que encontrar a mi madre, asegurarnos de que no siga bajo el efecto de la maldición y convencerla de que venga con nosotros»
Ambas asintieron, después los tres emprendieron de nuevo la marcha hacia la casa de Mifflin Street.
«No entiendo para qué ha servido» murmuró Emma, mirando alrededor «Toda la ciudad está destruida, no tiene súbditos, solo hay muertos y cobardes, incluso los que habían decidido luchar desde hacía tiempo, ya se han rendido. Así que, ¿qué ha obtenido con esta maldición? No es su final feliz, no puede ser feliz en medio de esta ciudad arruinada»
«Creo que, en cierto sentido, por muy perverso y absurdo que sea, lo es»
«¿Pero cómo? ¿Por qué?» preguntó Emma, sacudiendo la cabeza con incredulidad «No tiene sentido, ¿por qué sería feliz con esto?»
Regina suspiró, moviendo la cabeza
«La infelicidad ama la compañía» susurró «Tampoco yo era feliz con mi maldición, pero al menos todos los demás eran infelices. Y eso bastó durante años»
«¿Y qué pasó entonces?»
«Me di cuenta de que no estaba llegando a ninguna parte, que estaba atrapada dentro de mi propia maldición. Cierto, podía dejar Storybrooke, podía recorrer el mundo sabiendo que nadie podría seguirme, ya que todos estaban atrapados allí, pero nunca fue lo que quise. Sabía que nunca me haría feliz. Este mundo, por muy fascinante que sea, no es el mío. No podía hacerme feliz. Quería más, quería dejar de sentirme vacía, quería dejar de no sentir» tragó saliva, suspirando «Quería dejar de no sentir nada»
«Henry. ¿Fue él, verdad? Quien te hizo sentir la felicidad de nuevo»
«Exacto. Durante diez años fuimos felices. Pero después descubrió que era adoptado, encontró aquel libro y comprendió que algo no iba bien en nuestra ciudad»
La mano de Emma voló hacia la de Regina, apretándola entre la suya.
«La vida me ha enseñado que la infelicidad, desgraciadamente, no se divide, se comparte. Yo lo sé, pero Maléfica aún debe aprenderlo por lo que parece. Darse cuenta de que hacer infelices a los demás no la hará nunca sentirse mejor. Porque la infelicidad compartida no es dividida, pero la felicidad compartida se redobla»
Regina la miró a los ojos con una sonrisa en sus labios. Emma se la devolvió inmediatamente.
«La infelicidad ama la compañía, pero es la felicidad la que te hace comprender de verdad qué significa no estar solo»
Emma había estado sola toda la vida, había crecido sola, había vivido sola. Pero ya no se sentía más sola desde que supo que era amada, por sus padres, por Henry, por Regina. Así que entendía perfectamente lo que la morena quería decir. Apretó más su mano, y se acercó para darle un ligero beso en los labios.
Cuando se separaron y se dieron la vuelta, Henry estaba quieto delante de ellas, con una mano en el corazón y la mirada baja.
«¿Qué pasa? ¿Algo va mal?» preguntó inmediatamente Emma.
Él alzó la mirada hacia ellas. La expresión en su rostro era más parecida a la de adolescente de catorce años que conocían que a la de poco minutos antes.
«He sentido algo» les dijo. Después sonrió «Como si me diera cuenta cada vez más de lo insensatos que han sido los pensamientos que he tenido en este año y medio odiando a todas las personas que ahora amo de nuevo»
Regina pensó en sus palabras con atención. Al final, sonrió.
«Pienso que tu mundo ya no está acostumbrado al amor» concluyó, desviando después la mirada hacia Emma «El amor es más valioso que nunca, debemos explotar este arco de tiempo, antes de que el odio venza de nuevo. Vamos, tenemos que encontrar a tu madre» dijo, mirando de nuevo a Henry y apoyando una mano sobre su hombro, mientras lo guiaba hacia la mansión, y seguía apretando la mano de Emma.
Mifflin Street estaba muy diferente a como la recordaban. No había farolas, una por aquí o por allá, la mayor parte de ellas ya estaban destruidas o casi; había coches abandonados en medio de la calle o sobre las aceras. Solo había una casa que parecía mantenerse aún en pie. Una casa que los tres conocían a la perfección. Al llegar a la puerta, pensaron qué hacer.
«Si entramos sin avisar, podría sospechar. Podría echársenos encima y atacarnos antes de darnos la ocasión de explicar» evaluó Emma
«Bah, decide tú» dijo Henry «No creo que nadie en el mundo la conozca mejor que tú, ¿no? Sois la misma persona después de todo»
«No exactamente. ¿Quién sabe que me pasará por la cabeza dentro de cinco años? Ya no estoy tan segura de conocerme tan bien»
Mientras estaban aún discutiendo sobre qué hacer, un extraño ruido los distrajo
«¿Qué acabas de hacer?» preguntó Emma, una expresión incrédula en el rostro
«Bueno, tesoro, he tocado al timbre» le dijo Regina, como si fuera la cosa más normal del mundo.
«Tú» Emma inclinó la cabeza, mirándola como si estuviera completamente loca «tú has tocado al timbre»
«Sí» respondió con naturalidad «¿Qué cosa tendríamos que hacer? Tú tiendes a ser algo paranoica cuando tu familia está en peligro y haces cosas imprudentes. Así que probablemente estarás en la segunda planta en este momento y estarás reflexionando para comprender quiénes somos. Pronto te darás cuenta de que en la puerta están la mujer que amas y otra tú. Nada de sorpresas, nada de movimientos precipitados. Esperaremos a que vengas a abrirnos y estés dispuesta a hablar con nosotros. Cosa que sucederá solo si la maldición no tiene aún efecto sobre la otra versión de ti. Entonces ahí tendremos también la respuesta que estamos buscando»
Emma y Henry la miraron sin decir nada, completamente desarmados ante ese razonamiento.
«Por lo que parece, hay alguien que te conoce mejor que tú misma» se corrigió Henry en un susurro.
Se giraron de nuevo hacia la puerta, esperando que alguien la abriese. Pasaron varios minutos, tantos que Emma estaba a punto de hacerle ver a Regina que su plan no había funcionado, cuando sucedió
La luz del porche se encendió, iluminándolos.
Lentamente, la puerta se abrió.
