Ariana Mendoza beteo y corrigió este capitulo, aplausos para ella. Yo, sin embargo, solo lo escribí :)
Nueve veces rechazada.
..
De pronto todo ha cambiado.
Epov
Me desperté cuando Bella clavó horrorosamente su codo entre mis costillas.
Estuve a punto de gritar como una nenita, porque fue doloroso como la mierda; sentía que lo había clavado hasta el fondo, perforando mi hígado y algún otro órgano importante. Pero no grité, claro, porque estaba metido en su cuarto y seguramente eso la despertaría a ella, a Tanya y a sus padres. Y, por supuesto, el señor Denali me secaría por la ventana con una patada en el trasero por estar en el cuarto equivocado, ya que, bueno, era el novio de su hija, no tenía nada que estar haciendo en el cuarto de Bella, eso sería muy sospechoso. Y sencillamente porque estaba en su casa, de madrugada.
Como sea, el punto es que no grité, solo mordí mi labio y traté de quitar el puntiagudo codo de Isabella de entre mis costillas. Ella se removió un poco cuando lo hice y dijo mi nombre en sueños un par de veces, al tiempo que se daba la vuelta y se acomodaba boca abajo. Sonreí con suficiencia, porque estaba muy seguro de que soñaba conmigo.
Y entonces, como el pervertido que soy, no me pude resistir a levantar las sábanas y observar su trasero. Mmmm, bonito trasero.
Llevé mis dedos a mi cabello y lo revolví un poco, y me obligué a desviar la mirada después de un rato, concentrando mi vista en su ventana, contemplando los leves rayos de sol que coloreaban las nubes. Eran naranjas y morados ahora.
Mierda, estaba amaneciendo.
Quizás eran las cinco de la mañana, o quizá las cinco y media...
Mierda, la escuela.
Mamá estaría preocupada y lo más probable era que no hubiera podido dormir anoche pensando en cosas horribles que me podrían haber pasado… O quizá ni se había dado cuenta de que había salido.
Rápidamente recordé, muy a mi pesar, que papá había tenido turno hasta medianoche y seguramente había visto que mi auto no estaba. ¡Carajo! Mamá tuvo que haber movilizado a la policía, los bomberos, hospitales y hasta la policía montada de Canadá para encontrarme.
Tomé mi celular: dieciocho llamadas perdidas. Cinco eran de Tanya, cuatro de mi padre, dos de Emmett y el resto de mamá. ¡Mierda! Me levanté como un resorte y busqué mis zapatos, tratando de darme prisa mientras intentaba pensar en alguna excusa para decirle a mis padres.
Me quedé dormido en la biblioteca.
Hmm, no.
Mi auto se averió en la autopista y mi teléfono estaba descargado.
Tampoco.
En realidad, mamá, solo me quedé dormido en la cama de una chica estupenda después de ver la película más estúpidamente cursi.
Obviamente eso nadie me lo creería.
En realidad Carlisle no iba a creer nada de lo que le dijera y me daría de nuevo el mismo discurso sobre los preservativos y la paternidad en la adolescencia. Me hablaría sobre responsabilidades y sobre respetar las reglas de él y mamá mientras viviera con ellos. Seguramente yo les gritaría algo, lastimaría a mamá con mis palabras, ella se pondría a llorar y papá me gritaría también, exigiendo respeto para ella, y yo saldría nuevamente por la puerta bastante enojado.
Levanté la vista cuando una luz iluminó toda la habitación: era la computadora de Bella. Al principio me desconcertó un poco, porque no lo había notado antes, pero luego solo despertó mi curiosidad.
Su computadora. Sus secretos. Muchas personas guardaban secretos jodidamente jugosos en sus computadoras... ¿No era esa la principal razón por la que el Gobierno de los Estados Unidos nos tenía interceptados a todos por allí? Las computadoras eran como cajas fuertes.
La contemplé hasta que la luz se apagó, dejando de nuevo el cuarto de Isabella en total oscuridad.
Sabía que no debía, que no era de mi puta incumbencia, pero su computadora estaba ahí, gritándome que me acercara a husmear en ella.
Tal vez podría echarle un pequeño vistazo, solo leer sus conversaciones y saber de sus amigas en Seattle. Rosalie había dicho algo sobre un orfanato, y yo quería averiguar más sobre eso.
Recordé también que Bella había mencionado algo sobre que sus padres murieron cuando era muy pequeña, pero yo quería saber más acerca de ella. ¿Con quién había vivido todos estos años? ¿Tenía hermanos? ¿Alguna herencia jugosa? ¡Algo tendría que encontrar sobre ella! Sabía que no tenía nada que ver con la apuesta, pero yo era un maldito gato curioso. Quería saber todo sobre Isabella.
Ella nunca me lo diría, de todas formas, por lo tanto, yo tendría que sacar la información de alguna manera.
Miré a través de mi hombro para cerciorarme de que Bella seguía tiernamente dormida y roncando. Lo estaba, sí, era ahora o nunca.
Me acerqué más al aparato y moví el mouse para asegurarme de que de verdad estaba encendido. La pantalla se iluminó de nuevo y, consigo, toda la habitación. Me sorprendí al darme cuenta de que no tenía contraseña.
La miré otra vez a ella porque, extrañamente, estaba sintiendo su mirada sobre mi espalda, vigilándome. Me tranquilicé un poco cuando me di cuenta de que efectivamente seguía dormida.
Reflexioné por unos segundos si debía leer los mensajes. No, por supuesto que no debía, estaba mal. Si Bella leyera mis mensajes la mataría por ser una maldita chismosa. Y probablemente ella me mataría también al darse cuenta de las cosas que hablaba en mis mensajes.
Como sea, eso no me importó; lo hice porque quería ganar, y para ganar tenía que estar muchos pasos por delante de Bella.
Y de mis compañeros.
Hice clic sobre la ventana que parpadeaba con el número cuatro. Por un momento la pantalla se volvió blanca, y luego solo encontré mi rostro al otro lado de esta. Fruncí el ceño y a través de la pantalla me vi realizar el gesto. ¡Una cámara! Alcé la mirada para verla encendida, apuntándome con un pequeño foco rojo, como si fuera una maldita arma. De inmediato llevé mi mano hacia ella y todo en la computadora se volvió negro.
¿Qué putas...?
Quedé en shock por un segundo, tratando de averiguar de qué mierda se trataba el asunto de la cámara.
Siempre conectada, decía en letras negras en lo que parecía ser una clase de blog.
¿Su blog?
Seguí viendo la página web y encontré una foto de Bella en la parte superior de esta, y un par de pensamientos, al parecer suyos, escritos allí.
Un dibujo de un rostro se robó por completo mi atención. Era preciso y perfecto. Era yo. ¿Lo había hecho ella? El señor Denali había dicho que a Bella le gustaba dibujar, y una vez Mike había mencionado que estaba tomando las clases de arte en la escuela.
Ella nunca había mencionado algo sobre aquello, de que le gustara dibujar o de que tenía una clase de blog secreto.
Tampoco era como que Bella hablara mucho conmigo —ni con ninguna otra persona—sobre sus intereses o sus pasatiempos favoritos. Era una chica llena de enigmas.
Bajé un poco más el mouse por la páginay encontré otro dibujo: el de una mujer sin rostro. Un dibujo que, a mi parecer, era bastante aterrador.
También había un dibujo de Jacob Black, uno de Tanya y otro de nosotros, Bella y yo, el día que la besé.
Bien, necesitaba una puta explicación de esto.
Tomé un papel y escribí la dirección URL de la página, antes de cerrarla y apagar la computadora, prometiéndome investigar más a fondo toda esa mierda.
..
Vi a Isabella más tarde esa mañana, antes de entrar a mi primera clase. Ella estaba ocupada guardando cosas en su casillero, mientras yo fingía estar hablando con Emmett, Rosalie y Alice sobre algo que no tenía importancia. Había descubierto que el casillero de Alice estaba en el mismo pasillo que el de Isabella (a pocos metros, a decir verdad), por lo que había decidido quedarme un rato más a escuchar de lo que mis amigos estaban hablando.
Bella estaba metiendo unos libros en su mochila cuando pilló mi mirada sobre ella.
—Hola —le dije solo moviendo mis labios, a la vez que le sonreía con complicidad por lo que había pasado anoche en su habitación.
—Hola —respondió también de la misma forma, sonriéndome y llevando un mechón de su cabello detrás de su oreja mientras se sonrojaba.
Se veía hermosa. Esta mañana había recogido su cabello en una coleta bastante floja y me empezaba a dar la impresión de que estaba llevando la falda del uniforme un poco más corta también. Y quería besarla… ¡Dios, sí, quería besarla! Solo tenía que acercarme un poco, hablarle por alguna razón estúpida, luego tomar su rostro entre mis manos y besarla en la boca.
Ella al parecer se dio cuenta de lo que quería hacer porque, inocentemente, mordió sus labios.
—¿Me estás escuchando, Edward?
Bella negó con la cabeza, aún con su hermosa sonrisa, al tiempo que se giraba de nuevo hacia su casillero.
—¡Edward! —Alice me dio un manotazo en el hombro.
—¡¿Qué?! —le grité, irritado y levemente enojado por su manotazo y su jodida introducción sin invitación a la burbuja que había creado entre Bella y yo.
—¿Escuchaste al menos lo que acabo de preguntarte —espetó Rosalie, frunciendo el ceño—, o sigues babeando por Isabella?
No estaba babeando por Isabella… ¿O sí?
—¿Qué? —dije, ahora confundido, y fulminé con la mirada a Emmett, quien no podía dejar de reír como un marica—. Yo no estaba babeando.
—Deberíamos traerte una cubeta, amigo, estás inundando todo el lugar.
Llevé inconscientemente mi mano a mi boca, cerciorándome de que no era cierto. No podía ser tan obvio.
—Ella debe de gustarte en serio. —Suspiró Alice—. No te he visto así desde...
—¡Nunca! —aseguró Rosalie—. Ni siquiera con Tanya.
Fruncí el ceño.
—No es cierto.
—Me pregunto si eso es bueno… —murmuró la rubia mientras se cruzaba de brazos—. Ya sabes, el hecho de que te guste Isabella, la prima de tu exnovia...
—Novia —la corregí—. Sigue siendo mi novia. Mierda, Rosalie, entiendo que odies a Tanya, pero tampoco es como para que exageres sobre eso de que me gusta Isabella solo porque descubrí que es una persona genial.
—Yo soy una persona genial y no babeas por mí —comentó Emmett, como si todo en la vida fuera un puto chiste.
Marica.
Él conocía la verdadera y jodida razón del por qué había formado esta amistad con Isabella. No podía estar diciendo cosas como que ella me gustaba. Porque no era cierto, ¿o sí lo era?
—No soy marica, Emmett, e incluso si lo fuera, no serías mi tipo.
Él se echó a reír y empezó a mover sus pectorales a través de la camiseta.
—Nene, soy el tipo de todas y todos.
Le mostré el dedo medio.
—Pues —comenzó Alice—, yo apuesto cinco dólares a que sí te gusta.
La morena sacó de su bolso un billete con la cara de Abraham Lincoln.
—Yo apuesto diez —dijo Rosalie, sacando un billete mientras me sonreía, como la perra que era.
—Pues yo apuesto veinte. —Emmett también sacó un billete.
Maldito traicionero de mierda.
No necesitaba más apuestas en mi vida entera.
—¡Es genial! —comenté, con el tono más irónico que pude encontrar mientras arrancaba los billetes de sus manos y reía—. No saben cuánta felicidad me da que se queden sin almuerzo.
Alice me fulminó con la mirada.
—Quizá sea divertido para ti ahora, Edward, pero puedo apostar otro billete a que en un futuro no lo será.
No entendía de qué estaba hablando. Su mierda empezaba a darme jaqueca.
—No es divertido, Alice, solo es... —Llevé mi dedo a mi sien, exasperado, tratando de encontrarle sentido a lo que decía—... es estúpido lo que dices, ¿sí? No tiene sentido. ¿Cómo puedes estar tan segura de eso si solo la conozco hace un par de semanas?
La morena me sonrió tan ampliamente que parecía el gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas.
—Porque veo el futuro, ¿lo recuerdas? —susurró.
—Ajá, ¡y yo leo la mente! —bufé y rodé los ojos—. No seas payasa.
—¡No es una payasada, Edward! —Alice me dio otro manotazo.
—¿Sabes qué? No tengo tiempo para esto. —Me giré para ir a mi casillero, no podía soportar más esta mierda.
—Pero a ella sí le gustas.
Me detuve. Mierda. Creo que me puse un poco tenso.
—¿Cómo lo sabes? —murmuré sobre mi hombro.
Rose suspiró.
—Porque soy una chica, Edward.
Me giré de nuevo para observarla. De pies a cabeza. Rosalie tenía grandes senos y un gran trasero, y curvas bastante notables; ella era todo un sueño para un hombre, para cualquier hombre en esta escuela, de hecho, y si no fuera porque era la novia de mi mejor amigo y una perra maldita, quizá me atraería como mujer.
—¿Me lo juras? No me había dado cuenta.
Vi cómo Emmett la tomaba de la cintura.
¿El maldito estaba de su lado o del mío?
—No quiero que la lastimes. —Me advirtió, levantando su mentón y dando un paso adelante—. Si no te gusta, déjala en paz.
Solté un jadeo, porque no me esperaba esa mierda.
Apreté mis puños.
—¿Por qué me estás diciendo esto, precisamente tú, de entre todas las personas de la escuela? ¿Por qué tú, Rose? Si mal no recuerdo, la hiciste llorar en la cafetería.
—¿Ella te lo contó?
—No.
—Bien, ese es un asunto entre ella y yo, y Jesucristo.
—¡Deja las mierdas, Rose! ¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Qué es lo que sabes?
—No es mi secreto para contar. Ustedes son amigos, descúbrelo tú solo. —Rosalie miró por encima de su hombro a Bella, quien ahora hablaba animdamente con Mike Newton—. Mike también está colado por ella.
Bufé.
—Solo quiere meterse en sus pantalones.
Newton tomó un mechòn de cabello de Isabella y lo coloco detrás de su oreja. Noté cómo ella se sonrojaba.
—Y obviamente tú no —ironizó la rubia, rodando los ojos..
¿Qué?
Miré rápidamente hacia Emmett, quien parecía haberse tensado también y negaba con su cabeza mientras me observaba.
—Yo tengo novia —contesté secamente.
Me pareció ver que los ojos azules de Rosalie se oscurecían, y mi piel se puso de gallina mientras me sonreía.
—Lo sé.
—¡Basta con esto, Rosalie! No me gusta Bella. Solo es mi amiga, deja de meterte en esta mierda.
Rosalie comenzó a reír, y al voltear a ver a Alice, está se le unió. Emmett se le quedó mirando, tan atónito como yo.
—Oh, es una lástima, Edward. En ese caso, no vas a necesitar que te lo digamos, porque solo son amigos, ¿no?
—¿Decirme qué? —cuestioné, cruzándome de brazos y apretando mis manos en puños.
—Bueno, si hubieras estado escuchando un poco de lo que estábamos hablando hace un momento, lo sabrías ahora —comentó Alice súper emocionada—. No lo sabes, ¿verdad?
—¡¿Saber qué?!
Empezaba a perder la paciencia.
—¿Sabes qué día es hoy?
—Sí... —Arqueé una ceja—. Viernes trece de mala suerte, ¿por qué?
Rose y Alice volvieron a intercambiar miradas de forma cómplice, con la sonrisa más gigante que podría verles jamás. ¿Qué mierda estaba pasando?
—Nosotras no creemos en la suerte, porque Jesucristo y Dios…
—¡Al punto, Alice! —La corté, bastante impaciente ahora.
—Que es el cumpleaños de Isabella. Hoy.
No podía ser cierto. Ella me lo habría dicho…
¡Joder! Me había quedado dormido en su casa, habíamos visto la puta película más cursi del mundo, la había besado un par de veces e incluso le había regalado una pulsera única, solo para ella, y nunca me había dicho que era su cumpleaños hoy.
Traté de hacer memoria para ver si lo había mencionado antes y yo solo lo había ignorado. Pero no. Mierda. Nunca había dicho nada.
Me sentía fuera de guardia, yo ni siquiera había traído algo para ella. ¡Dios! Ni siquiera sabía sobre eso.
¡Diablos!
—¿Cómo lo sabes?
—Hice tu tarea. —Rose me sonrió diabólicamente.
Seguía sin entender.
Alice suspiró, cansada.
—Investigamos un poco, Edward —explicó—. Leímos su historial y allí estaba. Hoy es su cumpleaños.
—¿Quien más lo sabe?
La pregunta tomó con la guardia baja a Alice. Rosalie era la reina del maldito hielo, así que no pude interpretar su reacción.
—Supongo que Tanya. Después de todo, es su prima. ¿No lo mencionó nunca?
—Creo que odia a Bella, ¿por qué iba a contármelo?
—Ella odia a quien sea que se acerque a ti. Incluso debe odiarme a mí, que soy la novia de Emmett.
Miré a Bella, quien seguía hablando con Newton. El idiota no parecía tampoco tener ninguna idea de que hoy era el cumpleaños de la hermosa chica con la que estaba hablando. A la que le estaba robando sonrisas y sonrojos.
De repente, Bella clavó su mirada en mí, y al segundo siguiente sentí a alguien abrazarme por detrás.
—¿Qué están haciendo?
¡Oh! Vaya sorpresa. Era Tanya.
Mi novia puso su mentón sobre mi hombro y me dio un beso en la mejilla. Vi cómo Bella agachaba la cabeza.
Y entonces, la campana de inicio de clases sonó.
—Hablábamos del último capítulo de Game Of Thrones —mintió Emmett. Rosalie le dio un golpe en el brazo, supongo que por haber mentido.
—¿Vamos a clase? —instó Tanya, dándome su bolso y entrelazando sus dedos con los de mi mano derecha.
Le sonreí.
—Claro.
—De hecho, Edward, ¿puedo hablar contigo un segundo? —pidió Emmett, mirando seriamente a Rosalie y luego a Tanya—. A solas.
Asentí. Rosalie entornó los ojos, alternando su mirada entre Emmett y yo.
—Nos vemos en el cambio de clases, ¿ok? —le dije a Tanya, regresándole sus cosas.
—Claro, adiós. —Ella me dio un beso en los labios y luego se giró hacia Alice y Rosalie—. ¿Nos vamos?
Esperamos a que las chicas estuvieran relativamente lejos para que no pudieran escuchar. También vi cómo Bella se marchaba, con Mike Newton colgado de su hombro.
—No le dije nada, lo juro. —Se defendió Emmett—. No sé de dónde ha sacado esa mierda.
Lo señalé con el dedo, bastare molesto.
—Mantenla alejada de esto. Llévala más seguido a la iglesia o de compras, o cualquier mierda. No me gusta que esté revoloteando cerca de esto, Emmett. Lo echará todo a perder si lo descubre.
—Lo sé, lo sé. —Mi amigo concordó, llevándose una mano a la frente—. Por un momento pensé que había visto la cinta.
Tragué con dificultad.
—¿Dónde la tienes?
—No te preocupes —me aseguró—, la tengo en un cajón bajo llave. Tú solo apresúrate o Newton se te va a adelantar.
Suspiré.
—Estoy tan cerca, Emmett, lo juro. Solo tengo que... hacer que me deje entrar.
—Solo no te enamores, ¿está bien? Te joderá todo si pasa.
Le sonreí.
—No me pasará.
La campana volvió a sonar.
—Termina con esto, ya.
Mi amigo se giró y caminó por el pasillo al igual que yo.
A la hora del almuerzo, me senté como de costumbre en la mesa con los chicos. James aventó su bandeja sobre la mesa cuando llegó. Alguien no estaba de muy buen humor hoy.
—¡Los escucho! —instó, llevando un banderín a su boca mientras miraba a mis compañeros.
Mike newton sonrió de oreja a oreja cuando supo a qué se refería James.
—Bueno, yo la llevé esta mañana a su clase y hablamos un poco.
Rodé los ojos.
—Yo me senté a su lado en Cálculo —comentó Tyler, sonriendo también—, y me prestó su lápiz.
Emmett se echó a reír, a la vez que golpeaba la cabeza de Tyler y lo felicitaba por su inocente intento.
James posó su mirada en mí y me apuntó con su banderín.
—¿Qué hay de ti? Escuché que al fin terminaron su proyecto de mierda.
Me encogí de hombros.
—Es cierto.
Emmett volvió a reír.
—No seas modesto, Eddie, bien que te vimos el otro día dándole besitos a Swan.
Por un momento pude notar cómo la mandíbula de Newton se tensaba considerablemente.
Mi amigo se acercó a mí, tomando mi cabeza con sus manos y apretando sus labios para intentar darme un beso en la mejilla. Obviamente intenté alejarme, porque no era un puto marica. Pude escuchar a mis compañeros reír mientras yo le pedía a Emmett que parara su mierda fastidiosa.
—¡Mira, Tanya, mi novio me está siendo infiel con el tuyo! —exclamó Rose con un toque de humor en su voz, mientras entraba a la cafetería y se acercaba a la mesa.
¿Rose estaba riendo? La llegada de Jesucristo de verdad estaba cerca.
—Edward me resulta irresistible, nena, te lo dije —bromeó él mientras la tomaba de la mano y la sentaba a su lado para darle un beso en la mejilla.
Tanya se sentó sobre mis piernas y cruzó sus brazos sobre mi cuello, besándome luego en los labios. Pude oler su perfume jodidamente irritante. Ella había dicho que era algo hecho por su grupo juvenil favorito de mierda: One Direction.
No era nada agradable comparado con el aroma de Isabella, que olía a fresas.
—Hola —me dijo, acariciando mi cabello—. ¿Debería ponerme celosa de Emmett?
—En realidad, justo le había explicado esta mañana que no es mi tipo. Está obsesionado conmigo.
Emmett me mostró el dedo medio esta vez, mientras todos reíamos.
Alice le dio un manotazo.
Mike Newton tomó su bandeja y se retiró rápidamente y en silencio de la mesa; todos supimos por qué lo había hecho, pero aún así giré la cabeza para comprobarlo: fingiendo caballerosidad, Mike le abrió la puerta de la cafetería a Bella.
—Cualquiera diría que tiene un radar para ella —bromeó James, algo irritado.
—Ni siquiera es tan bonita —se quejó Jessica Stanley, la mejor amiga de Tanya, y a quien inconscientemente empezaba a sospechar que le gustaba Mike.
Observé cómo Isabella le sonría dulcemente mientras él la escoltaba hacia la fila para tomar su almuerzo.
—Sí es bonita —replicó Alice—. ¿Tú qué opinas, Edward?
—Que sí es bonita.
Bella giró su cabeza en nuestra dirección y cuando me vio dejó de sonreír, y en vez de eso solo me regaló una mueca extraña. Imaginé que era porque tenía a mi novia sobre mis piernas, con su horrible olor a One Direction.
Tanya tomó mi mentón con sus dedos, tomándome por completo con la guardia baja, obligándome a girar la cabeza y arremetiendo contra mis labios. Forzó su lengua a entrar en mi boca y, luego de eso, solo me miró con furia.
—Ya regreso —me dijo.
Tanya les dirigió una mirada a sus amigas y estas inmediatamente se levantaron y caminaron junto a ella, escoltándola hasta donde se encontraba Isabella hablando cálidamente, otra vez, con Mike Newton.
Lo siguiente sucedió en tan solo unos segundos, que ni tiempo me dio de reaccionar.
—¿Qué mierda está haciendo? —inquirió Rosalie, maldiciendo por primera vez en su vida, creo.
Tanya apartó a Mike del lado de Isabella y la tomó a ella por el brazo, salvajemente. No pude escuchar lo que le dijo debido al ruido de la cafetería.
—Creo que va a…
¡No!
Mi novia vació el contenido de un vaso —que había tomado de una mesa cercana— sobre Isabella.
De inmediato la cafetería se vio sumergida en un silencio muy incómodo.
Bella se miró a si misma bañada en Coca-Cola, y la escuché jadear dolorosamente. Sin quererlo, recordé su primer día de clases cuando le hicimos la estúpida broma en el aparcamiento de la escuela.
Bueno, al menos esta vez no eran huevos.
—Qué bonita te ves hoy, Bella —le dijo mi novia con una sonrisa, el sarcasmo y el enfado muy notable en su voz.
Bella dejó caer su cabeza, usando su bello y largo cabello marrón como escudo.
Bello, largo y mojado.
—No la hagas sonrojar, Tanya. —Se rio Jessica Stanley.
—Oh, ¿vas a llorar? —Se burló de ella.
No, no en su cumpleaños.
Mike se acercó a Bella y la tomó con cuidado del brazo, diciéndole algo que —de nuevo— no logré escuchar.
—¡Edward, detén a tu psicópata novia! —me pidió Alice, agarrándome del brazo también y enterrando sus uñas en mi carne.
Pero no me levanté de mi asiento, ni caminé hacia ella para defenderla. Yo no hice nada. No pude. Simplemente no podía asimilar lo que estaba pasando.
Vi a Bella negar con la cabeza lentamente, respondiendo a la pregunta de Tanya, quien levantó su mentón y la amenazó, apuntándola con su dedo. Ella se quedó quieta, pero supuse que por dentro estaba temblando, tratando de aguantar. De nueva cuenta, Mike la tomó del brazo, le dijo un par de cosas a Tanya y sacó a Bella de allí.
Me levanté solo cuando vi a Tanya caminar hacia mí, casi saltando de la alegría y con una maldita sonrisa arrogante en su rostro, como si fuera una niña que acababa de recibir algo que había deseado hacía mucho tiempo. ¿No se daba cuenta de lo que acababa de hacer? ¿No asimilaba la magnitud de sus actos? ¡La había humillado! ¡Frente a toda la maldita escuela!
—¿Por qué hiciste eso? —le espeté, aún estupefacto por su jodida actitud, cuando estuvo frente a mí.
¿Estaba loca, acaso? ¿Ella siquiera era consciente de sus actos? ¡Maldita sea! ¿Dónde estaban los maestros cuando necesitabas a uno?
Tanya puso sus manos en mi pecho, y lentamente las subió hasta mi rostro.
—La acabo de poner bonita. Para ti. —Ella rio como una maldita loca—. ¿Te gustó?
Quité sus manos de encima de mí con brusquedad, como si su toque estuviera quemándome.
—¿Estas siquiera escuchándote?
La sonrisa de ella desapareció de inmediato, y entonces observó a nuestros amigos, quienes estaban tan impactados por lo que acababa de hacer como yo.
—¿Y? —replicó, enojada—. ¡Ríete, fue una broma!
—¿Una broma? —Apreté mis puños—. ¿Esa maldita locura te parece una jodida broma?
Creo que a este punto ya estaba gritando.
Tanya me miró a los ojos por unos segundos, tratando de encontrar algo de burla o diversión en ellos. Traté de mantenerme impasible y demostrarle que en vez de eso, solo estaba encabronado como la mierda.
—¿Edward…? —Ella buscó mi mano para tratar de calmarme un poco.
La aparté otra vez con brusquedad.
—¿Por qué hiciste eso? —inquirí, furioso.
La rubia frunció el ceño.
—No puedes enojarte conmigo por una broma que hasta fue divertida.
—¿Divertida? —repetí lentamente, aún asombrado de su descaro—. Acabas de humillarla frente a toda la escuela… ¿Has pensado cómo la hará sentir eso?
Encogió sus hombros, sin darle demasiada importancia.
—No me importa, ¡y a ti tampoco debería importarte!
La tomé de los brazos, no pudiendo controlar mi enfado. Yo solo quería… si tan solo pudiera… ¡Maldita sea! Quería hacerle tanto daño como el que ella le había hecho a Bella. Pero no era un maldito golpeador de mujeres. En vez de abofetearla, yo solo la sacudí violentamente.
—¡Basta! Me estás lastimando. —Se quejó ella, pero yo solo no podía dejar de hacerlo.
Sentí la mano de Emmett sobre mi hombro.
—Basta, amigo, estás haciéndole daño.
Pero en lugar de soltarla, la sacudí con más fuerza.
—¡Dime por qué!
—¿Por qué crees tú? —me espetó.
—No lo sé, Tanya, no tengo idea de por qué mierda harías una locura como esa con tu prima. Me da la impresión de que no estás bien de la cabeza. —La acusé, empujándola un poco. Sus amigas se acercaron a ella inmediatamente, para evitar que cayera o algo—. Estás loca, y tus malditos celos me tienen harto.
—¡Te dije que si seguías hablándole me verías realmente enojada!
—¡Ni siquiera le he hablado! —repliqué, mintiendo para defenderme.
—¡Pero la estabas viendo! —recriminó.
Fruncí el ceño. Ella no podía estar hablando en serio.
—Entonces, ¿si miro a Alice también le arrojarás una maldita bebida encima?
La rubia dejó escapar una lágrima, notablemente desesperada.
—Es diferente, Edward. A Alice no la miras comoa Isabella. —Tanya dio un paso hacia mí—. No quiero perderte, no quiero que ella te aleje de mi lado, Edward. Me asusta —susurró.
Estaba completamente loca.
Di un paso atrás y negué rotundamente con la cabeza.
—Demasiado tarde, Tanya —sentencié.
Su semblante se llenó de temor y sus ojos se oscurecieron.
—¿Qué dices? No entiendo.
—Que se acabó.
Su reacción fue abrazarme con todas sus fuerzas.
—No puedes dejarme. ¡No puedes! ¡No por ella, maldita sea! ¡Es mi maldita prima!
Traté de quitarme sus brazos de encima, pero entonces ella empezó a besar mi pecho desesperadamente, una y otra vez. ¡Alguien quíteme de encima a esta loca! Miré a Emmett, pidiendo su ayuda; él y James la agarraron de la cintura para separarla de mí.
—Vamos, Tan, estás haciendo el ridículo. —Escuché decir a Jessica en un susurro mientras ella ayudaba también a mis amigos—. Podrán hablar luego. Vamos, suéltalo.
—¡Te amo! No puedes dejarme. ¿Te imaginas la cara de mis padres cuando tenga que decirles esto? Mamá se va a poner muy triste, mis padres dejarán de hablarse con los tuyos. ¡Edward!
Sabía lo que intentaba: ella estaba tratando de chantajearme sentimentalmente.
—No creo que sus negocios tengan algo que ver con lo nuestro —le aseguré, tratando de mantener la compostura—. Vamos, Tanya, suéltame ya.
Ella suspiró pesadamente y, después de unos segundos de silencio por su parte, muy lentamente me soltó, dando un paso atrás y levantando su mentón. Tragué con nerviosismo al ver su expresión furiosa mientras llevaba su mano a sus ojos y enjugaba sus lágrimas.
—Te vas a arrepentir de esto, ¿sabes? —me advirtió, sonriendo maquiavélicamente. Se acercó una vez más a mí y se empinó hasta llegar a la altura de mi oreja—. Te lo juro —susurró, dándome un último beso en la mejilla.
Un beso que me supo a muerte.
Tanya tomó sus cosas de la mesa y cogió a sus amigas de la mano, luego se volvió para gritar a todos los mirones de la cafetería que se ocuparan de sus malditos asuntos, y entonces desapareció por la puerta.
—¿Qué te dijo? —me preguntó Alice minutos después, bastante sorprendida y preocupada.
Negué con la cabeza, aún incapaz de asimilar sus palabras. ¿En serio acababa de amenazame?
—No lo sé.
—Está loca —concluyó James, tomando otro banderín y llevándoselo a la boca, mientras Alice me obligaba a sentarme de nuevo.
Sí, estaba loca.
.
.
.
No volví a ver a Isabella durante el resto del día en la escuela, ni siquiera en nuestra hora de Historia, y mucho menos cuando pudimos irnos a casa. Sin embargo, cuando llegué a mi habitación tomé el papel donde había escrito la dirección URL de su blog y sí que pude volver a verla allí.
¡Estaba conectada!
Tenía su cuaderno entre sus piernas mientras movía violentamente un lápiz sobre él. Estaba furiosa y triste, e incluso podía jurar que estaba llorando. Me pregunté qué estaría dibujando.
¿A Tanya?
¿A mí?
¿A Mike Newton?
Me sentía como un maldito voyeur, viéndola ahí, detrás de un monitor. ¿Por qué Bella siquiera lo permitía? ¿Cuántos acosadores la estarían viendo ahora al igual que yo? ¿Permitía que la vieran incluso en las mañanas cuando salía del baño o cuando se cambiaba la ropa para ir a la cama? ¡Era una locura y era muy extraño! ¿Quién querría grabarse todo el día, incluso cuando no está en casa? Eso llegaba a parecerme algo enfermo.
No entendía sus motivos, como tampoco entendía sus escritos, ni su música depresiva, ni sus dibujos, ni sus secretos. ¿Qué era lo que la obligaba a hacer esto?
Observé cómo Bella levantaba la cabeza y por unos minutos se quedaba viendo la pantalla de su computadora. Como si supiera que alguien la estaba viendo. Como si supiera que yo la estaba viendo.
Su mirada estaba perdida y se le notaba un poco triste. Era muy notable que había estado llorando. Ella me sonrió, o sonrió para la cámara. Yo también sonreí.
Hoy era su cumpleaños, Alice me lo había dicho. Ella no debía estar llorando hoy.
Decidí que tendría que hacer algo. Bella quizás estaría pensando en este momento que yo había formado parte de la locura de Tanya, que yo estuve de acuerdo con humillarla otra vez; debía estar odiándome ahora… Ella no me había permitido disculparme esta tarde porque había huido temprano. De mí. De todos.
Tenía que hacer algo.
Mamá estaba en la cocina cuando bajé las escaleras en busca de su ayuda. Ella dejó de picar unas verduras cuando me vio entrar.
—¿Podrías hacerme un pastel? —solté de golpe, esperando contar con ella en esto.
Ella frunció el ceño, luciendo confundida.
—¿Un pastel? —Se limpió las manos en su delantal—. ¿Justo ahora?
—¿Puedes hacerlo?
Por supuesto que podía hacerlo, mamá amaba la repostería y cualquier cosa que incluyera dulces, chocolate y esas mierdas.
Miró su reloj y luego me miró a mí de nuevo, con el ceño más fruncido ahora.
—Es muy tarde para hacer un pastel, Edward. Estoy haciendo la cena ahora —replicó, y continuó con lo que estaba haciendo
Sabía que estaba muy enojada conmigo aún por lo de anoche, pero en serio necesitaba un pastel.
Me quedé observándola trabajar por un momento, y comprendí que no podía solo llegar y pedir algo como si fuera el puto rey del mundo.
Asentí, resignado.
—Bien, gracias. Lo compraré.
Justo cuando iba a pasar el umbral de la puerta, ella habló.
—Espera. —Escuché cómo mamá suspiraba. Sonreí y me di la vuelta—. Creo que tengo huevos suficientes para un pastel… ¿De chocolate está bien?
¿A Bella le gustaba el chocolate? Esperaba que sí.
—Sí.
—¿Grande o pequeño?
—Da igual, tomaré solo una rebanada —admití y mamá asintió, mientras buscaba en los cajones la batidora y esas cosas—. ¿Qué pasará con la cena? —le pregunté con una sonrisa, fingiendo interés.
Ella no le dio importancia.
—Oh, ya sabes, al parecer esta noche mi hijo quiere comer pastel.
Me senté sobre uno de los bancos de la cocina.
—En realidad, mamá, el pastel no es para mí.
—Oh, en ese caso, siempre podemos pedir pizza.
Sonreí. Amaba a mamá tanto como amaba la pizza.
—De acuerdo, amo la pizza.
—Lo sé. —La escuché reír mientras se daba la vuelta y sacaba algunos ingredientes para el pastel y guardaba los de la cena—. ¿Para quién es el pastel? Soy consciente de que el cumpleaños de Tanya ya pasó.
—Exacto, no es para Tanya.
—Oh. En ese caso, es para… ¿Rosalie? ¿Alice? O quizás es para, ¿Emmett? Sé que le encanta el chocolate.
—Sabes que él ama cualquier clase de pastel. —Bufé—. Pero no, no es para ninguno de ellos. En realidad no es para alguien que tú conozcas.
—En ese caso exijo saber para quién es, ya que soy yo quien va a hacerlo.
No estaba muy seguro si contárselo. Pero mamá me insistió —casi me acosó— con la mirada para que se lo dijera.
Creo que me ruboricé.
—Es para Isabella, la chica que vive ahora con los Denali. No sé si la recuerdas. La conociste el otro día en el partido con los de La Push.
Ella asintió en comprensión.
—Ah, sí, la chica de cabello castaño y ojos café que andaba con Jacob aquel día.
—No anda con Jacob —refunfuñé.
Mamá empezó a quebrar los huevos y a revolverlos con la mantequilla. Me ofrecí a ayudarla, pero me aconsejó que mejor ni lo intentara; claramente sabía que era un puto desastre en la cocina.
—¿Y son muy amigos? —preguntó con cautela.
—Hmm, no diría eso… —Le resté importancia—. Es una chica con muchos… secretos.
Mamá ladeó su cabeza.
—Todas las mujeres tenemos secretos.
—¡Pero ella no quiere contármelos!
Mamá rio.
—Edward, tienes que darle tiempo como para que confíe lo suficiente en ti, cielo —me aconsejó mamá con dulzura, al tiempo que batía la masa—. ¿Y qué opina Tanya sobre esa amistad?
—Terminamos —aclaré, sin entrar en detalles.
—Oh. —Mamá lucía sorprendida—. No lo sabía, ¿Estas bien?
—Es muy reciente, de hecho. —Me levanté y fui hacia la nevera para buscar una soda—. Pero la verdad es que me siento mejor que nunca —confesé.
Mamá dejó de hacer lo que estaba haciendo y caminó hacia donde yo estaba, colocó suavemente ambas manos sobre mis mejillas y las acarició son sus dedos.
—Me alegra mucho, mi amor.
Amaba a mamá. Era la mujer más hermosa que había visto en la vida. Sus ojos esmeraldas estaban brillantes todo el tiempo. Me gustaba pensar que me parecía a ella aunque fuera solo un poco.
—No estás enojada conmigo por lo de anoche, ¿verdad? De pronto me había invadido la culpa por haberla preocupado.
—Claro que no, cariño —dijo dulcemente, ladeando su cabeza—. Pero tienes que prometerme que no vas a volver a hacerlo —ordenó.
Le sonreí.
—Lo prometo.
Ella tomó mis mejillas y las apretó fuertemente. Yo me quejé de dolor; odiaba con todas mis fuerzas cuando hacía eso.
—También quiero que me prometas que vas a cuidarte cuando… estés… haciendo esas cosas.
Rápidamente logré zafarme de su agarre, sonrojado.
—¡Mierda, mamá! No estaba haciendo esas cosas.
La escuché reír y luego regresar a la preparación del pastel. Mamá se puso a rallar el chocolate.
—¿Sabes? Me gustabas más cuando tenías ocho años, tu papa y yo éramos tu única prioridad y te gustaba fingir ser Spider-Man.
¡Hora de irme!
Bufé y puse mis ojos en blanco. Ella disfrutaba molestarme con vergonzosas anécdotas infantiles.
—¡Ordenaré la pizza! —informé, y me giré para salir de la cocina.
—¡El pastel estará en una hora! —gritó mamá a mis espaldas, mientras reía sonoramente.
Madres…
Subí a mi habitación a esperar.
.
.
.
Esta vez solo tuve que lanzar dos piedras para lograr que Isabella abriera su ventana. La vi sonreír cuando se dio cuenta de que solo se trataba de mí.
No estaba enojada conmigo, después de todo.
—¡Tiene que ser de nuevo una broma! —murmuró, al tiempo que yo ponía sobre mi espalda la mochila y empezaba, por segunda noche consecutiva, a escalar el mismo tonto árbol. Bella me ayudó a entrar por su ventana.
Solté todo el aire de mis pulmones, bastante satisfecho conmigo mismo, mientras sacudía la suciedad de mis rodillas.
—¡Tienes que empezar a dejar tu ventana abierta para mí! —demandé.
Bella arqueó una ceja.
—¿Tengo que?
—Sí —respondí, como si fuera algo muy obvio—. No puedo seguir tirando piedras a tu ventana, Bella. Alguien podría oírnos.
Ella rodó los ojos y caminó hacia su cama, sentándose en ella.
—Bien. ¿Qué haces aquí?
Sin poder evitarlo, miré por el rabillo del ojo hacia su computadora: su camarita web se veía encendida.
—¿No es muy obvio? —respondí, centrando de nuevo mi atención en ella. Bella se encogió de hombros, fingiendo ingenuidad. Me le acerqué, sonriéndole y tomándole del rostro con ambas manos. Le di un beso en los labios—: Eres mi novia, vine a besarte toda la noche.
Coloqué de nuevo mis labios sobre los suyos y la besé lentamente, cerrando los ojos y abriendo mi boca para intentar meter mi lengua en la suya. Llevé una mano a su cintura, intentando llevar la situación un poco más lejos. Empezaba a aburrirme de las cosas castas y que no me llevaban a ninguna parte.
Levanté un poco su camiseta y metí mi mano debajo de ella, tocando su bonita piel, suave y blanca. Bella, por su parte, puso una mano en mi cabello y lo jaló un poco.
¿Había mencionado antes que me ponía mucho que me tocaran el cabello mientras besaba a alguien? Apreté su cintura y la acerqué aún más a mí.
Rápidamente subí mi mano hasta llegar a uno de sus senos. No lo toqué en seguida porque no estaba muy seguro de si se enfadaría o no conmigo por atreverme a tanto, pero que me dejara subir hasta esa parte era una buena señal.
Una maldita buena señal.
Podía ser viernes trece de mala suerte, pero al parecer Jason Voorhees se había olvidado de mí esta noche. Mi puta buena suerte era increíble.
Solo me faltaba un poco y podría tocarlo.
Solo un poquito más.
Pero entonces escuché a Bella hacer un extraño sonidito y luego jaló mi cabeza hacia atrás, obligándome a separarme de ella.
¡Puta mierda!
—E… Edward —tartamudeó y noté que estaba temblando.
Quité mis manos de encima de ella y respiré hondo, recobrando mi compostura y ordenando a mi pene ponerse en una posición un poco más educada.
—Sí, sí, lo siento —me disculpé.
Ella empezó a morderse las uñas.
—Yo no quise…
—Está bien. —La corté—. La verdad es que no vine a besarte. ¡Bueno sí! Pero también vine por otra cosa.
Me quité la mochila de la espalda y saqué el primer objeto: una rosa robada del florero de mamá. Estaba un poco machucada y maltratada por haber viajado en un bolso lleno de libros y otras cosas inservibles, pero sabía que Bella no le prestaría atención a ello.
Se la entregué.
—Lo siento, no esperaba que se pusiera fea en el camino.
Ella me sonrió de medio lado, aceptando la flor. La acercó a su nariz y cerró los ojos mientras la olía.
—Está bien. Es hermosa.
Pero la verdad era que quería disculparme por otra cosa. Así que, a pesar de la oscuridad, traté de mirarla a los ojos.
Me tomé mi tiempo. Quería sonar sincero.
—Lamento todo eso —me disculpé con ella, como si hubiera sido mi puta culpa—. No sabía nada, lo juro.
Ella sabía perfectamente a qué me refería.
—Lo sé, Edward —susurró, tomó mis manos y me miró directamente a los ojos—. Te creo.
Yo le sonreí con tristeza porque, a juzgar por las bolsas debajo de sus ojos, ella había estado llorando y eso no me gustaba para nada.
—Eres hermosa, Bella, incluso con Coca-Cola en el cabello —aseguré con dulzura, estirando mi brazo para tocarle el cabello. La sentí sonrojarse.
—Gracias —musitó con la voz un poco entrecortada.
—Lamento en serio no haberte defendido, yo solo estaba… —Traté de encontrar las palabras adecuadas.
—Sorprendido —terminó ella por mí.
—Sí. —Me lamenté.
Negué con la cabeza para mí por un momento, y saqué de mi bolso la siguiente cosa que tenía para ella.
—Te traje algo más —exclamé, bastante emocionado ahora mientras del contenedor de plástico sacaba su rebanada de pastel de chocolate—. Espero que te guste el chocolate.
Saqué también un encendedor y una vela con un signo de interrogación, porque no estaba muy seguro de su edad. Puse la velita sobre el pastel y proseguí a encenderla.
—¿Qué haces?
—Sé que es tu cumpleaños...
Ella se echó hacia atrás.
—¿Qué dices? ¿Cómo lo supiste? Yo nunca se lo he dicho a nadie... —Detecté cierto pánico en su voz, y noté desconcertado la distancia prudente que había puesto entre nosotros—. ¿De dónde has sacado esa información?
La miré confundido. ¿Por qué se estaba comportando de ese modo?
Traté de no darle muchas vueltas al asunto y decirle la verdad.
—Lo leí en tus archivos.
Bueno, en realidad lo había leído Rosalie. Le estaba mintiendo, pero no era tan grave.
—¿En mis archivos? —Jadeó sorprendida, y algo indignada—. ¿Qué más leíste en ellos?
Me pareció ver que estaba temblando. Me acerqué a ella para tranquilizarla un poco.
—¡Bella! Solo cálmate, ¿sí? Los leí porque quería saber más de ti, pero no había mucho, lo juro… —confesé muy bajito, tratando de no hacer mucho ruido—. Solo había cosas que ya sabía... como tu nombre y que vivías en Seattle.
—¿Nada más? —insistió, aún muy nerviosa.
Levanté su mentón para obligarla a verme a los ojos.
—Nada más. Tus secretos están a salvo conmigo. Puedes confiar en mí, no le diré nunca a nadie que te llamas Isabella Swan y que naciste un trece de septiembre en Seattle.
Ella suspiró aliviada, dejando escapar una sonrisita incómoda.
—¿Me crees? —proseguí, tratando de hacerla confiar en mí.
Bella asintió rápidamente con la cabeza. La besé en los labios.
—Bien, porque traje este pastel para que apagues la velita, pidas un deseo y lo comamos entre los dos —expliqué.
Encendí la velita, y casi en un susurro le canté el «Feliz cumpleaños». A ella no le tomó mucho tiempo pensar su deseo. La besé en los labios una vez más.
Después de comernos el delicioso pastel de mamá, nos acostamos en su diminuta cama, con ella sobre mi pecho.
—Ha sido un desastre todo el día en su habitación —comentó ella después de un rato, refiriéndose a Tanya.
—¿Te ha dicho algo?
—Me culpó de todas sus desdichas.
Reí.
—Es muy típico de ella.
—¿Rompiste con ella por mí? —Quiso saber.
En parte podríamos decir que sí, pero la verdad era que me tenía hasta los cojones con sus celos de mierda.
—Sí, sí lo hice. Tenías razón, no podía tener dos novias; y a la única que quiero en este momento es a ti. Pero es prudente que lo mantengamos en secreto por unas semanas, hasta que ella se calme.
—Por mí está bien. Gracias de nuevo por el pastel. Ha sido especial.
—De nada, Bella.
Guardamos silencio por unos minutos. La luz de su cámara web no me dejaba pensar en otra cosa. Apuntaba hacia nosotros. Me pregunté cuántas personas nos veían en ese precioso momento…
¿Cuál era la necesidad que empujaba a Bella a hacer aquello?
Ella se removió un poco a mi lado, yo bajé mi cabeza para verla a la cara. Sus ojos estaban expectantes, y aún seguían siendo un misterio para mí.
Abrió un par de veces su boca, tratando de decirme algo, pero simplemente no le salían las palabras. No quise presionarla.
—¿Puedo pedirte un favor? —musitó muy bajito, casi con miedo.
—Dime.
Esperé.
—Nunca he hecho estas cosas. Yo no sé si… —gimió, incómoda—. No sé si lo haré bien.
Fruncí el ceño y acaricié su brazo de arriba abajo.
—Lo harás bien. Yo te enseñaré.
—Tanya es tan bonita…
La interrumpí, apartando un mechón de cabello de su rostro.
—Ya te dije que tú también lo eres.
Ella cerró los ojos y se tomó su tiempo… ¿A qué quería llegar?
—Te quiero, Edward —declaró, sonando putamente muy sincera esta vez—. Gracias por ser mi héroe.
No me tensé, ni me puse nervioso, para mi sorpresa.
—Yo también te quiero —contesté, sonriéndole—. Y para mí es un placer ser tu héroe.
Y era real.
Bellatrix Hale, Yolabertay, Elizabeth, mirdg,nuncaestardee, Daniluu, MagicalAgent, etzelita, Alysonne, Evasis, marbu, , zulmaruizdiaz1993, Lupita calvo, FABS BLACK CULLEN, jewelfish19, Nataly -HIJA DE DIOS, musegirl17, BK'Cullen, Frances Katherine, JCullen Swan, mkarime, Mai Cullen Grey, MissCullenPattz, sorgalimmartinez, ANTAREZ, danielaMc1, Karem, Gatita Cullen, Guest,Wickedlllyrie, Maryluna, MeliGuzman, janalez, auradelalba, marymaryjane.
¡GRACIAS POR SUS COMETARIOS!
¡Cumpli un año con esta historia! yeeey, celebremoslo con un RR O/*
gracias por leer este capitulo. Las invito a dejarme un mensajito, a seguirme en twitter y en Ask (LanadelPan) y tambien a chequear el blog de Bella por si quieren conocerla (LINKS EN MI BIO) Sin mas, me despido.
Quienes me dejen un mensajito, prometo responderlo con un adelanto :)
Gracias a mi hermosa Beta por corregir los errores de este capitulo, Ariana Mendoza, eres genial.
Gracias a todas las que comentaron.
17/08/14
