.

.

Adonde sople el viento.

Epílogo.

.

.

.

Allí estaban de nuevo, observando cómo todo volvía a suceder, cómo la aventura empezaba una vez más, aunque esta vez no eran ellos los protagonistas principales en este nuevo recorrido. Se trataban de sus hijos, aquellos pequeños que atendían al llamado de la homeostasis que en un pasado les llamó a ellos. Sentimientos encontrados que se intensificaban cada vez más dejaban el nido.

Sus padres, todos ellos, en compañía de sus Digimons veían cómo los infantes se embarcaban en este recorrido nuevo y excitante, no podían ignorar notarse en aquél reflejo que tanto se les hacía conocido. Era verse siendo arrastrados por aquella ola una vez más.

Pero la vida real, lejos de peleas y Digimons malvados no era tan aburrida. Ya no luchaban contra bestias con deseos de dominar ni destruir el mundo, sin embargo, tenían cosas que requerían de su atención, como el trabajo, los hijos, la vida de pareja y muchas cosas más que un padre y adulto responsable debe de acatar. Por supuesto, siempre y cuando sus hijos necesitasen de su ayuda estarían allí para ellos, no por nada Taichi se hubo convertido en embajador de la Tierra en el Digimundo, o Jou en médico, o Koushiro en investigador.

La despedida de aquellos niños fue la responsable del reencuentro de tres amigos que no se hubieron visto en años. No desde que Taichi se marchó sin despedirse de nadie a Estados Unidos.

—Si no es así, entonces no hubiese podido dar contigo, viejo.

—Ya sabes, gajes del oficio.

Se encontraban debajo de la sombra de un árbol, sobre una colina inclinada. Yamato con su sonrisa torcida y Taichi con aquellos ojos vivos que miraban fijamente. El músico con aquella manera tan natural de posar con una mano dentro del bolsillo y el ex deportista con el puño enjarrado sobre sus caderas y la otra mano suelta y relajada.

Se miraron desafiantes. Callados. Sonrientes. Había pasado mucho tiempo. Fue Yamato que extendió su mano primero.

Taichi la cogió con firmeza.

Y luego se abrazaron fraternalmente. Un saludo entre hermanos un poco más largo de lo que alguna vez se saludaron.

En medio del apretón, Yamato soltó un susurro que sorprendió a Taichi.

—Yo...

—No tienes que decir nada. Ya se veía venir.

—Lo siento, Yamato.

—Ya de eso mucho tiempo. Si hubieses estado aquí, habrías sido el primero en enterarte, pero supongo que eso ya lo sabías.

El viento silbó haciendo estremecer a los árboles. No se escuchó nada más en el próximo minuto.

—Hay muchas cosas que hablar. Ya luego nos tomamos una cerveza.

—Prometo no volver a escapar.

Yamato rio. «Por supuesto que no», y con ese pensamiento se despidió con la mano. Bajó por el sendero, de camino al estacionamiento con un único rumbo fijo.

Taichi regresó su vista hacia donde vio desaparecer a su hijo. La brisa fresca removía sus cortos, pero aun rebeldes marrones. Entre el brillo de los rayos del sol, a lo lejos, logró distinguir una sonrisa afable y ligera. Sora se notaba más adulta y aun así seguía pareciendo una niña, la misma niña que ha llevado por mucho tiempo guardada en el corazón. Le fue inevitable no sonreír con la boca pintando una melancolía.

Desvió su vista hacia su compañero. Agumon jugaba al lado de Piyomon y Palmon. Suspiró hondo y cogió el mismo camino que Yamato hubo tomado antes, pero en dirección opuesta, iba hacia la planicie en donde correteaba el Digimon.

—Es hora de irnos –informó.

—Está bien, Tai. ¡Adiós, chicas! —Agumon les lanzó un beso con la garra.

Taichi rio:

—¿Qué ha sido eso?

—Agumon tiene sus encantos, Tai.

—Oh, pero qué tonto eres.

La conversación siguió hasta toparse con el auto del hombre. Escuchó un grito y giró. Mimi y Miyako mecían su mano en el aire, despidiéndose del que fue su líder.

Tachikawa puso ambas manos alrededor de la su boca y vociferó:

—¡Recuerda que nos veremos el viernes!

Taichi asintió. Llevó una mano hasta su frente como si saludara a un soldado y no a la mujer que seguía insistiendo en llamar princesa.

—No ha cambiado en nada, ¿verdad?

Recocía esa voz adonde fuera que fuese. La misma sonrisa se transformó en una más grande. Giró su cuerpo y la vio:

—Puede que sea ese su don.

Sora rio:

—Pues, vaya que le va muy bien con su emblema —Hizo una pausa.

Taichi jugaba con las llaves entre sus manos. Sora estaba detrás de la puerta abierta de su auto, sus dedos tamboriteaba en el carruaje.

—Te he visto en la tele en roles muy importantes.

—También te he visto, los quimonos se te dan muy bien.

—Y pensar que una vez quise ser contadora. Menos mal que me fui por otras ramas, unas que no son del mismo árbol.

—No todas las veces nos equivocamos de decisión.

Agumon y Piyomon se regalaban miradas cómplices. Los huecos en las conversaciones de los dos no eran nada incomodas, sus silencios dejaba en claro muchos sentimientos, que mejor no puede ser descrito.

En esa última oración que flotaba todavía en el aire, el estómago de la mujer se revolvió. Le supo a bilis, le supo amargo. Aunque nada estuvo cargado de mala vibra.

—Ha sido lindo volver a verte, Tai.

—Lo mismo digo, Sora.

Volvió a reinar el silencio. Se miraron como si fuese la última vez que lo volverían a hacer. Ella se encogió de hombros con la sonrisa nerviosa adornando su faz y él le imitó, pero su sonrisa ladina era genuina.

Taichi nunca reía por compromiso ni nerviosismo.

Sora entró en el auto. Taichi abrió la puerta del suyo.

—¿No le dirás nada, Sora? —preguntó curiosa el Digimon rosa.

La aludida apretó fuerte el volante.

—Tai —Soltó Agumon. Había muchas preguntas detrás de ese nombre que no había sido dicho al azar.

Posiblemente, esa sería la oportunidad de hacerlo todo otra vez.

Sora encendió el motor. Taichi levantó el rostro y le miró a través del cristal del parabrisas.

Estaba seguro de que Yamato ya no sería un problema. Según sus propias palabras, era momento de dejar de lado las excusas y hacer lo que se dese hacer realmente.

Mordió su labio, apretó sus ojos y dejó salir de su boca aquél nombre que le sabía dulce:

—¡Sora!

Ella bajó la ventanilla de inmediato, como si estuviera esperando que le llamara, y le miró expectante, las ansias se reflejaban en el ligero tiritar en su mandíbula. Mordió su labio.

Taichi rio para sus adentros, bajó la cabeza para ocultar que le había descubierto. Le conocía, le seguía conociendo hasta el más leve sonrojo, hasta la más disimulada sonrisa, le conocía todas sus caras, sus muecas, sus temblores.

Le regresó la mirada:

—Qué tal si mañana vamos a por un café —Las dos hileras de dientes se mostraron debajo de aquella sonrisa marcada—, ¿te parece?

Cuando un ex pide a su antigua pareja ir a por un café o hablar, solo significa una cosa...

Ella asintió.

.

Sora estuvo cinco minutos antes de lo acordado, Taichi ya le esperaba en el Café.

Acompañados de un té verde y un café con leche con mucha espuma, hablaron de muchas temas, recordaron cosas del pasado, pasaron la pagina y los sentimientos ya latentes en ellos volvieron a ser dueños y fieles protagonistas de la historia que apenas comenzaba a escribirse. Después de aquella tarde, en aquél café, Taichi y Sora se volvieron inseparables. Vivieron juntos, se casaron, unieron sus familias y fueron felices lo más que pudieron, hubo peleas, pero siempre con reconciliaciones. Ya no inventaban excusas, ya no se veían a escondidas ni tenían miedos tontos. Aquél día decidieron que era hora de encontrarse en el mismo camino, de coincidir cronológicamente y amarse de una vez por todas, ya no a destiempo, ya no a deshoras, ni a distancias.

Algunas despedidas no lo son del todo, tratándose de esos dos, era inevitable una nueva oportunidad, si no era esa, sería otra, pero seria, porque Sora y Taichi eran inevitables, como la muerte o el sol.

.

Fin.

.

:') Y hasta aquí, mis queridos lectores, amigos, compañeros de fanfiction. Ha sido un honor para mí el haberlos tenido durante todo este tiempo recibiendo su cariño, buenos deseos e hipótesis en sus lindos reviews. Muchas gracias por todo. Más de un año desde que comenzó esta historia (se va a revisar) sí, más de un año y parece que fue ayer cuando escribí la primera escena, la primera de tres capítulos que terminaron siendo doce.

Especialmente gracias a FerD, JK, HC, gracias, porque me apoyaron desde el inicio.

Siento que debo explicarlo, aunque con ello acabe con lo que considero la "magia de interpretar lo que el autor pensó", pero bueno, aquí va: creí que como Sora y Yamato recién terminaron, que como Taichi sentía tanta culpa porque, siendo honestos, estaban haciendo las cosas mal, necesitaban un descanso el uno del otro. También quise mantener el epilogo original, así que por eso esto salió así. Ellos dos necesitaban: Madurar, conocerse, darse cuenta de los errores y vivir sus vidas por separado. Así que aquí está. ¡Tarán!

No sé qué más decir... :'S Supongo que con un gracias es suficiente.

Grazzie mile per tutto.

Ciao. :'D