Projections- Prólogo - Tyelperin.
Disclaimer: Podría decir que Harry, Draco y todo el Potterverso me pertenecen pero en ese caso un elegante señor trajeado vendría a mi casa a presentarme una demanda de J. K Rowling por violación del copyright. Pesadillas y Alucinaciones I es un libro de relatos de Stephen King que compré con mi dinero del bocadillo y que, aunque no parezca adecuado para un fanfiction en formato comedia romántica, cumple bastante bien. Por otra parte, se acabaron los ChocoClack pero tengo en mi poder un montón de cucuruchos de chocolate y una caja de plástico llena de pintauñas de colores.
NdA – Se acabó. Ha sido casi un año de viaje en el que hemos ido dando tumbos por la pedregosa carretera del fanfiction. Quiero agradecer la fidelidad de los que habéis llegado hasta aquí conmigo y, sobre todo, que pusieseis fe en el capítulo anterior. A los recién llegados que han encontrado el fanfic ahora, mucho después de acabado o sólo un poco, os saludo y os agradezco igualmente que estéis aquí. No tengo nada que dar excepto eso, las gracias.
Los epílogos son algo que existe o para dejar atados hilos sueltos o para transmitir en el menor espacio posible el mayor número de emociones e ideas. Mis hilos ya estaban bien atados así que los que buscáis una revelación, un giro argumental, o porno salvaje y mal escrito vais a sentiros muy decepcionados y con vosotros me disculpo. Pero si venís a echar un vistazo a qué narices tengo que decir después del último capítulo y lo hacéis esperando cualquier cosa y nada en concreto, bienvenidos. Puedo ofreceros un bocadillo y dependiendo de si llueve o no unos churros con chocolate.
Esto no le importa a nadie pero mi vida sufrió un percance durante unos meses y me salí de la carretera. Cuando conseguí volver a coger el volante, había pasado tanto tiempo que no sabía si seguir o no y, de hacerlo, quién seguiría conmigo. Al parecer, la cosa no me salió del todo mal.
Si no os importa que os haga una recomendación, The Apple was Eve de The World/Inferno Friendship Societyes la guarnición que ofrezco para leer las poco más de 2.000 palabras que tenéis aquí abajo.
Me despido con un hasta luego, volveremos a vernos por aquí. Quién sabe si el destino hará que vuelva a escribir un long-fic o si saldrá algo más del Projections!verse. Desde luego los one-shots no pueden faltar, eso lo aseguro, de cualquier cosa y universo.
Quitaos los zapatos, he puesto moqueta. Los canapés están a la izquierda. No os cortéis con el vino. Invita la casa.
xXx
El tiempo tiene una curiosa forma de funcionar. Puede pasar de la forma más lenta, tortuosa y horrenda posible o puede deslizarse, fluir y flotar. Es un truco muy viejo del cosmos, engañarnos con el pasar del tiempo y hacernos creer que podemos manejarlo a nuestro antojo cuando su ritmo es invariable, constante e imposible de manipular.
Ha pasado un año desde que cruzó el umbral de la cabaña de Pembrokeshire, más o menos. Si alguien le pidiera que resumiera ese año en el menor número posible de palabras, no habría necesitado demasiadas: Caótico pero inolvidable, lleno de primeras veces y de pequeños y sutiles cambios que se unían para formar su vida en el presente.
Hoy, justo hoy, siendo las ocho de la mañana como bien le recuerda el despertador graznando en su oído, es la presentación del libro de Draco. Parece mentira, piensa mientras se levanta y se tambalea hacia el cuarto de baño, que el libro esté publicado. Es tan irreal que no puede quitarse la sensación de seguir dormido aunque el espejo le devuelva su reflejo y le recuerde que tiene que afeitarse, dormir más, dejar que le dé el sol y conseguir desarrollar la forma de transfigurar su sangre en café.
Sale del baño, bostezando y arrastrando los pies y se planta delante de su armario con una mueca. Desde dentro del armario su ropa le mira y parece que se esté disculpando por no ser lo suficientemente cara. Lo siento amigo, pero no somos elegantes y puedes irte a la mierda por mirarnos así. Ladea la cabeza. Al fondo del armario hay unos pantalones que parecen bastante formales y los sostiene entre los dedos con aire casi reverencial. Eso tiene que servir.
Al final, se arrastra con un vaso de cartón de una cafetería que encuentra por ahí hasta una librería en el centro de Londres con esos pantalones y una camisa blanca que, de hecho, es del propio Draco. Fuera de la librería, cruzado de brazos y apoyado en la pared, hay un hombre. Es alto, delgado, con un aire de autosuficiencia que podría hacer arder las losas bajo sus pies. Frunciendo el ceño y teniendo que esforzarse un poco, Harry reconoce a Draco y cree que alguien va a tener que recogerle la mandíbula del suelo.
Está demasiado acostumbrado a ver al Draco de diario. A ese Draco le importa una soberana mierda vestir bien o estar peinado. Hay días en los que le importa una mierda vestirse y, desde luego, de eso no va a quejarse. El hombre de la fachada de la librería sólo conserva del Draco de diario las mangas de la camisa, blanca y perfectamente…perfecta, subidas hasta los codos. Sobre la camisa, un chaleco gris oscuro dibuja la curva sutil de su cintura y enmarca sus hombros. El bajo de la camisa lo cubre un pantalón de traje negro y un cinturón oscuro marca sus caderas. El hombre de la fachada alza la cabeza, ojos ocultos tras unas discretas gafas de sol, y dibuja una sonrisa de medio lado empujándose lejos de la pared y se acerca a él con el pelo rubio peinado de forma casi descuidada hacia atrás, mechones cayendo hacia delante de todas maneras y haciéndolo todo mucho, mucho, mucho mejor. Harry traga saliva, le mira de arriba abajo una vez más y de alguna manera sus ojos se quedan prendados de las piernas largas, hasta el infinito, de Draco.
- Creo que le escribiré a la Ministra comentándole que has sido puntual – vuelve a la realidad atraído por la voz de Draco, que se baja las gafas sobre su apuntada nariz y le clava esos ojos grises que tiene con las cejas enarcadas –. Y, por si fuera poco, que has conseguido vestir apropiadamente. No sé qué hago aquí esperando celebrar mi propia fiesta cuando está claro que todo el evento debería ser cosa tuya.
Bufa, pero no puede evitar reír al ofrecer un brazo a Draco, que lo observa unos segundos con una sonrisa burlona y luego cuela su propio brazo en el hueco con un suspiro.
- Estás temblando, Draco – intenta no canturrear como un crío de cinco años. Un poco – Como un mocoso en su primer día en Hogwarts.
- Que te den, capullo – de todas formas, Draco acompaña el insulto con una risotada y le da algo así como un cabezazo en el hombro –. Dime cuántas veces has publicado un puto libro y entonces hablaremos.
Atraviesan el umbral en un cómodo y agradable silencio del que disfrutan unos segundos antes de que una sala llena de gente se llene también de aplausos, silbidos, flashes y el zumbido del rebobinado de la película en las cámaras. Draco se suelta, dándole un último apretón a su brazo con dedos temblorosos antes de subirse las gafas sobre la frente y sonreír a la multitud congregada ante él.
Observa desde atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa, a Draco firmando ejemplares y estrechando manos. El libro llevaba una semana a la venta y tiene prohibido, terminantemente prohibido, olerlo siquiera hasta que Draco le entregue una copia en mano. Ni siquiera le dejó acercarse al ejemplar de prueba y si le dejó recoger sus propias láminas de ilustraciones fue porque dentro estaba su paga. No le molesta porque prácticamente se lo sabe de memoria y, además, siente algo de curiosidad por lo que esté planeando. Después de todo, el libro ha sido publicado por una editorial muggle y eso no estaba contemplado en ningún sitio antes de que, simplemente, pasara.
El primer editor lo rechazó definitivamente poco antes de que estuviese acabado. El segundo no llegó ni a acabar el primer capítulo. El tercero devolvió el manuscrito con una nota no demasiado amable adjunta… y la lista seguía. El proceso se repitió hasta que un día Draco llegó a su apartamento hecho una furia, gritando y pataleando y lanzando los cojines contra las paredes. Y mandó a la más soberana y eminente mierda a las editoriales mágicas. Sólo publican libros de texto y gilipolleces, gritó desde la cocina mientras Harry rezaba todo lo que sabía para que se mantuviese alejado de las tazas, y están demasiado ocupados mirándose los ombligos como para reconocer algo bueno cuando lo tienen delante.
Así empezó la cruzada por la publicación en el mundo muggle. Ron habló con McGonagall, McGonagall comentó con Draco lo infantil de su comportamiento, Draco la mandó amablemente a paseo y McGonagall convenció a Astoria Greengrass de que sería una idea excelente dejar que el libro de Draco fuese leído por muggles. La tercera editorial aceptó y desde ese momento todo se convirtió en un extraño borrón en el que se mezclan gritos, alguna que otra celebración, Draco corriendo por todas partes corrigiendo textos y apilando tazas de café, noches en vela repasando bocetos y aspirando viruta de goma y, en definitiva, un montón de frenética y estresante actividad que paró en seco la semana antes de publicar el libro.
La gente que está ahí puede no haberlo leído aún. Algunos parecen haberlo hecho y estar extasiados. Una chica ha gritado de una forma que le ha taladrado los oídos, se ha abrazado a Draco y ha roto a llorar y darle las gracias. Desde su discreto punto de observación, ha visto cómo Draco dudaba unos segundos antes de darle unas incómodas y torpes palmaditas en la cabeza mascullando un "Gracias a ti" que suena un poco estrangulado.
Esas personas aprecian a Draco, aprecian su obra, aprecian el trabajo de años y el sudor y los litros y litros de café vertidos en cada letra.
Hay un momento en el que todo el mundo brinda con champán y Draco choca su copa con la suya, con una brillante sonrisa, y el universo se reduce a ese hombre, a ese momento, al tintineo de las copas de cristal al chocar y el brillo de sus ojos.
Sabe desde hace tiempo que está bien jodido en lo que a Draco se refiere y que es incapaz, completamente incapaz, de dejarle. Pero es en ese momento en el que esa realidad le abofetea en la cara. Y, francamente, no se ve capaz de hacer que le importe.
El cosmos juega otra de esas cartas suyas y hace que la gala de presentación pase muy rápido y que las dos del mediodía le pillen por sorpresa. Draco se despide de todos y agradece, uno por uno, el que estén allí. Es un gesto que hace no tanto tiempo habría dudado que ese hombre fuese capaz de hacer pero ahora parece tan natural que si no lo hubiese hecho se habría preguntado si algo iba mal.
Salen juntos y Draco tira de su brazo hasta un restaurante italiano que no es ni caro ni elegante, sólo agradable y familiar. Todo el mundo les conoce allí y les conducen a la mejor mesa. Draco se deja caer sobre la silla y suspira, quitándose las gafas del todo y dejándolas sobre la mesa. Los mechones rebeldes vuelven a caer hacia delante y Harry sonríe.
Hablan durante un rato. Sobre todo en general y sobre nada en concreto. Y entonces Draco se agacha y cuando vuelve a erguirse le tiende un ejemplar de su libro esbozando una media sonrisa.
Harry lo coge y pasa una mano sobre la cubierta. Las letras "Proyecciones" destacan en un tono rojo brillante sobre el fondo negro y traza con los dedos el relieve plateado de las palabras "Draco Malfoy".
- Ábrelo, imbécil – Draco bufa, tamborileando con los dedos sobre la mesa, y abre el libro con un cuidado casi absurdo –. Pasa un par de páginas.
Pasa un par de páginas y llega a una hoja casi completamente en blanco.
A Harry James Potter,
becario del café e ilustrador novel
Por estar ahí
Sin ti lo habría conseguido de sobra
pero no habría sido ni la mitad de divertido
Junto a las palabras mecanografiadas, la prima fea y borracha de la que es la letra estilizada y ordenada de Draco se enreda en la esquina del papel.
Gracias. Te quiero. Gilipollas.
Draco Malfoy.
Debajo, está garabateada su firma y la fecha. Harry mira las letras durante ni siquiera sabe cuánto tiempo con un nudo en la garganta.
No vas a llorar, se dice. No vas a llorar pero vas a levantarte, vas a coger a ese hombre de ahí y vas a sacarle todo el aire de los pulmones y por lo que más quieras, por tu propia vida, no vas a dejar que se vaya nunca.
Harry se levanta, rodea la mesa, tira del brazo de Draco y captura sus labios entre los suyos enredando un brazo en su cintura y los dedos en su pelo. Pasan cosas a su alrededor y esas cosas importan muy, muy poco.
Lo que importa, en ese momento y hasta que el puto mundo decida irse a tomar viento, es Draco devolviendo el beso con la misma intensidad y las palabras que ha leído grabadas a fuego en su mente.
Becario del café, ilustrador novel, gilipollas.
xXx
Martha asintió y con ademanes firmes pasó las hojas hasta llegar a la dedicatoria. Este libro está dedicado a mi madre, MARTHA ROSEWALL. Mamá, sin ti no lo habría conseguido. Bajo la dedicatoria impresa había unas palabras escritas con letra fina, inclinada y algo anticuada. Y es cierto. ¡Te quiero, mamá! Pete.
- ¡Vaya! ¿No es encantador? – comentó Darcy mientras se secaba los oscuros ojos con el dorso de la mano.
- Es más que encantador – repuso Martha mientras volvía a envolver el libro en el papel de seda –. Es cierto.
