Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter


La muerte no es la mayor pérdida en la vida, la mayor pérdida es lo que muere en nosotros mientras vivimos.

(Norman Cousins)


Ingredientes robados y Snitchs perdidas.

Pasó los dedos inquietos por la repisa, repiqueteando las uñas contra la madera y entrecerrando los ojos, intentando hallar una botellita de cristal en concreto entre las decenas que había repartidas por el armario sin ningún tipo de orden en particular y, cómo no, ni una sola etiqueta que identificara el contenido de los frascos.

Su abuelo no solía ser en absoluto tan desordenado, así que la falta de etiquetas sólo podía deberse a dos razones: o se sabía de memoria qué había dentro de cada botellita y ese caos tenía algún sentido para él —cosa por la que no apostaba, no por el orden al que sólo él podía verle sentido, eso era bastante habitual en su persona, si no más que nada porque las pociones no eran precisamente su fuerte—, o bien había arrancado expresamente las marcas identificativas por si a ella le daba por incurrir justamente en lo que estaba haciendo en ese momento: saquearle el armario de ingredientes poco frecuentes.

Arrugó la naricilla, en una mueca entre la diversión y el enfurruñamiento, por tal grave falta de confianza hacia su persona. No se podía decir que el Señor Roxton no la conociera hasta el punto de saber que tarde o temprano acabaría echando mano de su alijo de sustancias prohibidas en el mercado público, aunque tal vez su abuelo albergaría la esperanza de que ese día llegase algo más tarde.

Sonrió al reconocer las raíces de tentácula venenosa y, a un par de botes de distancia, encontró otro frasco lleno de un líquido parduzco en el que flotaba algo parecido a granitos dorados. Dudó durante un segundo, sin estar segura de lo que era, pero creía recordar haber visto a Terence usándolo y quejándose de que le quedaba muy poco, así que finalmente lo metió en la bandolera junto a los otros. La nueva remesa que pensaba llevarle le vendría bastante bien. Tuvo especial cuidado al cerrar el armario y caminar sujetando la mochila para evitar el tintineo del cristal chocando mientras salía, andando casi de puntillas.

—¿Te vas a alguna parte? —la sobresaltó su abuelo, justo cuando había conseguido llegar a la puerta del despacho-biblioteca.

Tracey inspiró hondo para calmar el redoble que hizo su corazón al oírle, maldiciendo el impulso que le había hecho soltar el pomo de la puerta como si éste le hubiese quemado por culpa del susto. Suspiró, tratando de contener la expresión tal y como Farley le había enseñado, actuando con normalidad a pesar de ser consciente de que si le hubiese pillado un par de minutos antes saliendo de su habitación privada podía darse por muerta.

—He quedado con un amigo del colegio para hacer el trabajo de Binns, ¿recuerdas? —aludió, conteniendo la necesidad que tenían sus manos de agarrar la bandolera e intentar ocultarla de la perspicaz vista de su abuelo. Esto de controlar los impulsos era jodidamente difícil.

—Oh, sí, algo recuerdo, pero pensé que habías dicho que era una amiga —indicó Kalen, avanzando hacia ella con las manos tras la espalda, remarcando bastante el femenino del término.

Tracey se relajó un tanto al ver que su propio abuelo también parecía estar tratando de controlar su lenguaje corporal, y la intención de aquello le pareció sumamente divertida.

—No, estoy segura de haber dicho que era un amigo, tampoco es que tenga tantas amigas como para confundirme —aseveró, sonriendo ante el fruncimiento instantáneo que tuvo el entrecejo de su abuelo—. Pero en fin, no es algo que tenga importancia, ¿verdad, abuelito?

—No, no, por supuesto que no. Los tiempos cambian y es normal que te relaciones tanto con compañeros como con compañeras de clase, claro que sí. Y dime, Tracey, ¿quién es ese amigo, le conozco? —inquirió, aclarándose la garganta para dotar a su tono de una completa y tranquila casualidad sin importancia.

—Uno de los Higgs —contestó la joven, mordiéndose los carrillos al ver cómo su abuelo desviaba la vista y movía rápidamente los ojos, como si estuviera haciendo un repaso mental de todo el árbol genealógico de la mentada familia.

Y a pesar de que Tracey pensó que aquello podría llevarle un buen rato —no por nada los Higgs eran una familia enorme, no por el número de descendientes de unos mismos padres si no por la cantidad de varones repartidos por sus ramas para mantener vigente el apellido—, Kalen hizo un ruidito suspicaz y acabó entrecerrando los ojos con recelo.

—Corrígeme si me equivoco, pero creo recordar que ninguno de ellos tiene un hijo de tu edad; no en el país, al menos —apuntilló, cruzándose de brazos finalmente y alzando el mentón, aumentando la sombra de suspicacia en los ojos grises.

—Cierto es, concretamente al Higgs que voy a visitar se llama Terence y va dos cursos por encima —asintió Tracey, arqueando las cejas sorprendida ante lo rápido que su abuelo había desistido de seguir manteniendo un tono moderado—. Le conociste en el evento para San Mungo del mes pasado…

—¿¡Dos cursos…!? Eso quiere decir que está en plena adolescencia, ¿no es cierto? ¿Has dicho Terence? No recuerdo ningún… ¡Oh, no! ¿El rubio desaliñado ese? ¿Qué se te ha perdido a ti en la casa de ese saco zarrapastroso repleto de hormonas indecentes? —acribilló el hombre, severo y desconfiado—. ¿Por qué no viene él aquí a verte, donde yo pueda mantenerle vigilado? ¿Pero qué me espero? Si ni siquiera sabe dar un buen apretón de manos…

Tracey soltó un suspiro de hartazgo, frotándose la frente con una de sus manos y recargándose pesadamente en el dintel, nunca entendería esa obsesión que tenía su abuelo por juzgar a una persona según cómo le apretara o dejara de apretar la mano. Al parecer su abuelo había calado a todos sus amigos mediante el susodicho apretón, y muy mal, por cierto, con decir que el que mejor le cayó fue Bole… Si su abuelo conociera una décima parte de cómo era en realidad ese pelirrojo vería que su foto estaba al lado de la definición de «saco zarrapastroso repleto de hormonas indecentes». Y el segundo que mejor le había caído fue Pucey, claro que ese desecho inmundo tuvo la suerte de darle la mano dos veces y así acabó alterando los resultados. ¿Qué clase de sistema era ese? Con el único con el que había acertado de verdad era Urquhart, y porque éste inspiraba respeto por cada poro de su metro noventa según su último —y esperaba que definitivo, por que si no a saber dónde acababa— estirón.

—¿A qué viene toda esa cantidad de prejuicios, Kalen Roxton? —Acusó, acortando el batiburrillo difamatorio de su abuelo—. Creía que tú eras un hombre abierto de mente, experimentado con el mundo y comprensivo ante los cambios que nos acontecen. ¿Dónde ha escondido a mi abuelo este retrógrado viejo gruñón que tengo delante? —Inquirió, llevándose una mano al pecho en una pantomima afectada, abriendo mucho los ojos por la incredulidad para darle más efecto—. Y Terence es castaño, no rubio —corrigió, alzando también el mentón con soberbia.

—No juegues conmigo, niña —le advirtió el mayor, apuntándola con un dedo reprobador—. Precisamente porque soy un hombre de mundo es que no me gusta ni un pelo que mi nieta se vaya a pasar la tarde sola con un adolescente que bien sé yo la de cosas que les pasan por su revuelta cabeza.

Tracey trató con todas sus fuerzas de mantenerse estoica, pero fue incapaz de impedir cierto calorcillo recorriéndole las mejillas, por lo que tuvo que sacudir la cabeza en un fingido gesto de decepción como artimaña para que el pelo —que por fin había conseguido rebajarle un par de tonos, aunque todavía brillara demasiado— le cubriera parte de la cara y así ocultar su sonrojo. Ella no había recorrido tanto mundo como su abuelo, pero esos dos años que había pasado ya en Slytherin le habían otorgado cierta idea de qué podía ser aquello que activaba el instinto protector del anciano. Y fue esa imagen mental lo que había provocado que se le acelerase el pulso y sintiera cómo se le encogía el estómago en un brote nervioso.

—No vamos a estar solos, sus padres están en casa, si eso te hace sentir mejor —concedió, en un desplante altanero para tapar el tembleque de voz y que no se notara tanto que pareciera estar recordándoselo a sí misma—. Pero que sepas que te estás haciendo mayor, sólo los viejos sueltan esa sarta de infamias contra los jóvenes, tú mismo me explicaste el porqué —reivindicó, inspirando hondo para retomar la compostura—. Y, la verdad, Kalen, el que uses tu propia experiencia para dudar de la honorabilidad del resto no es que te deje en muy buen lugar, precisamente —arguyó, como golpe de gracia, girando el pomo de la puerta y empujándola para adentrarse en el despacho con la espalda bien estirada.

—No, querida, si realmente dudase de la honorabilidad de esa serpiente ya me habría hecho un cinturón con sus escamas como medida preventiva. Asegúrate de que recibe el mensaje, me vendrían bien un par de botas nuevas de piel para este invierno —decretó, siguiéndola hasta la chimenea—. Y te quiero aquí para la hora de la cena, ¿me has oído, jovencita?

Tracey asintió, rodando los ojos, mientras cogía un puñado de polvos flu y se introducía en la chimenea. Formó una sonrisa pícara tras soltar el polvo y observó a su abuelo entre las llamas verdes; lo que se le había ocurrido definitivamente le provocaría un patatús, pero eso le pasaba por andar de viejo gruñón y mandamás. Bien sabía Kalen cuánto le fastidiaba que la tratasen como a una cría.

—Por cierto, abuelito, como parece que no te has dado cuenta aún te lo adelanto: yo también he entrado en la adolescencia, ya empiezo a notar todo ese baile de hormonas indecentes bullendo por mi interior. Que pases buena tarde —claudicó, lanzándole un beso con la misma mano con la que le despedía antes de nombrar la dirección de la casa de Terence y ser engullida por las llamas.

La expresión desencajada por el espanto de su abuelo fue lo que mantuvo en mente mientras apretaba con fuerza los ojos para no marearse, aferrándose a la gracia que le había hecho la contrariedad con la que le había dejado para que el viaje no le revolviera el estómago. Los medios de transporte mágicos siempre le sentaban fatal, de ahí que fuera tan reticente a viajar demasiado con su abuelo porque tarde o temprano él siempre hacía uso de la Aparición o los trasladadores para ahorrar tiempo. Los flu al menos tenían un pase, pero aparecerse la dejaba con nauseas durante horas.

Aterrizó en medio de una humareda de hollín, como ya sabía que pasaría, tropezándose con sus propios pies al salir deprisa y así poder coger una bocanada de aire fresco, palmeándose la ropa para librarse de las cenizas. Será todo lo rápido y preciso que quieran, pero viajar por las chimeneas era una guarrada.

—¡Quieta ahí, no dé un paso más! —comandó una voz con aquel inquietante chirrido inflexivo que tenían los elfos. Tracey se quedó literalmente inmóvil, balanceando un pie en el aire puesto que le había pillado a medio paso y tratando de guardar el equilibrio con las manos. Vale que aquel no era un recibimiento precisamente normal de un elfo para con los invitados, pero nunca se sabía qué clase de órdenes podían tener de sus amos—. Ha estado apunto de pisar la alfombra y ponerla perdida de hollín.

Tracey miró hacia abajo para ver la susodicha alfombra, retirando el pie hacia atrás de nuevo hasta el mármol del suelo. Sí, tenía pinta de ser bastante cara, pero también ocupaba casi todo el salón —enorme, de techo alto y decorado como si fuera la fiesta de la primavera de forma permanente—, así que no tenía ni idea de cómo iba a llegar si no al otro lado.

—Se supone que las alfombras están para pisarlas —masculló Tracey, mirando entonces al engalanado elfo con un mini frac que había corrido hasta ella. Era redondo y cabezón, como un pequeño barrilete, de orejas tan grandes como sus manos y ojillos regios, casi parecía más un duende que un elfo dado la eminencia que exhibía. Hasta le pareció oírle carraspear un «mira qué listilla» impertinente que terminó de confirmarle quién era—: Tú debes de ser Duque.

—Así es —asintió el elfo, pomposo, haciendo una levísima inclinación de cabeza en un amago de galantería, con una de las manos en la espalda—. ¿Y la joven es…?

—Davis, Tracey Davis, he venido a ver a Terence —se presentó, y fue entonces cuando el elfo le prestó atención de verdad, mirándola descaradamente de arriba abajo, con un movimiento de orejas bastante gracioso cuando terminó su inspección.

—Hum… —fue lo único que salió de su garganta mientras la seguía mirando, antes de chasquear los dedos dos veces y hacer que el polvo y hollín desaparecieran de su ropa—. Sígame, el señorito la está esperando en su buhardilla.

Tracey le sucedió por el salón, pudiendo pisar por fin la estúpida alfombra. Se llevó una mano a la cabeza al notar un peso extraño en ella después de que Duque eliminara los restos de su viaje por la chimenea y descubrió que el cabrito le había colocado una diadema en la cabeza, la misma que llevó al evento para San Mungo el mes pasado y que había dado por perdida.

A pesar de la falta de ventanas en aquel pasillo, éste no desprendía ningún aire lóbrego, más bien todo lo contrario: había lámparas de araña colocadas en todo el largo del techo y otras de pie para alumbrar mejor una impresionante colección de cuadros de paisajes y bodegones, en los que se entremezclaban retratos familiares, tanto en pintura como en fotografía. Pero no fue hasta que llegó a la cuarta puerta de la derecha que la sorpresa de Tracey no fue realmente auténtica:

Estaba semiabierta, pero aquello no fue obstáculo para que descubriera qué había en su interior puesto que podía verse un enorme espejo que cubría toda la pared izquierda y mostraba el resto de la habitación: de techo alto también y el suelo completamente cubierto de madera, con un impresionante piano de cola al fondo, un gabinete sin puertas repleto de discos de vinilo y coronado por un soberbio gramófono; más un par de barras horizontales apostadas en la pared contraria al espejo. Y, en medio de todo aquello, la espigada figura de la señora Higgs, interpretando mediante su cuerpo la melodía que Tracey reconoció como las Cuatro Estaciones de Vivaldi, la de invierno, más concretamente. La que había sido la favorita de su madre y ahora era la suya.

Sus pies se adelantaron casi sin ser consciente al marco de la puerta, como hipnotizada por la danza que también parecía tener absorbida a la madre de Terence, tanto así que no notó cómo la joven abría del todo la puerta pese a la protesta inicial de Duque. Tracey le chistó, dándole un manotazo para que dejara de intentar apartarla de la puerta y le dejara contemplar aquella exuberante belleza de movimientos fluyendo acorde a las notas de cuerda. Y el elfo debió de notar lo cautivada que estaba puesto que dejó de molestarla.

La primera y última vez que había visto a la señora Higgs —de forma distendida, sin prisas ni centenares de alumnos de por medio tratando de meterse todos a una en el tren del colegio— durante el evento para San Mungo la impresión más relevante que tuvo de ella fue que parecía la versión femenina y adulta de su hijo: mismo pelo castaño, aquel puente recto de nariz, la forma almendrada de ambos pares de ojos aunque en distinto color —ella castaños, Terence verdes, como su padre y casi todos los Higgs de sangre—. Pero sobre todo, aquel destello profundo en la mirada que compartían, como un velo que trataba de ocultar lo que había en su interior y parecía reflejar lo que transcurría a su alrededor como si no fuera más que la misma sátira repetida hasta sabérsela de memoria; más la idéntica curvatura perezosa que doblaba sus labios en una sonrisa permanente, como si retasen a todo el mundo a descubrir qué había al otro lado.

Sin embargo, en aquel momento, mientras la observaba estirarse y contonear el cuerpo al son de las notas, se dio cuenta de que le embargaba un sentimiento que la ponía aún más en comunión con su hijo: le resultaba tan fascinante que le sobrecogía el pecho. Y como con Terence, sentía el impulso de mantenerse todo lo alerta posible, embebiéndose de cada movimiento para ver si así podía robar algún que otro secreto. Inspiró hondo, siguiendo aquella danza, expectante, presintiendo que estaba apunto de llegar a algún movimiento maestro; se pegó más al dintel, aferrándolo con una de sus manos por la emoción, mordiéndose el labio y guardando el aliento al verla coger posición tras un par de giros sobre uno de sus pies, y, justo cuando parecía estar preparada para dar un salto y hacer un pirueta, se detuvo en seco.

Tracey jadeó, con los ojos totalmente abiertos por el chasco, notando una pequeña quemazón en la boca del estómago por el disgusto. Entrecerró los ojos, inclinándose más hacia delante para tratar de atisbar la expresión en la cara de la señora Higgs, pero fue incapaz de desentrañar nada puesto que le dio la espalda y, encima, el puñetero Duque había carraspeado para hacerlos notar. Se irguió en cuanto tuvo encima la mirada de ojos castaños y fue a darle un rencoroso patón en el tobillo a Duque, pero éste se había adelantado a la habitación para tenderle una toalla a su señora y hacer aparecer un vaso de agua.

—Soy Tracey Davis, la nieta de Kalen Roxton y compañera de Casa de Terence. Siento haberla espiado, no pretendía…

—Sabía perfectamente quién eras, nunca olvido una cara, querida —la interrumpió la mujer, volviendo a adquirir todas aquellas expresiones que la hacían tan parecida a su hijo—. No hace falta que te disculpes, es el efecto que hace tan mágica a la música, ¿no crees? Se apodera de todo cuanto somos y lo saca a la superficie. Y ya estaba al tanto de lo curiosa que tú puedes llegar a ser.

Tracey se mordió el labio, sin tener ni idea de si aquello era un halago o qué demonios, pero como la vio encogerse ligeramente de hombros antes de beberse el agua y echarse la toalla sobre los hombros se relajó, al menos no parecía habérselo tomado como una ofensa.

—Y dime, Tracey, ya que lo has visto, ¿qué te ha parecido? —inquirió, acercándose al gramófono para cambiar de vinilo.

—Bueno, no soy una experta pero… ha sido hipnotizante —contestó, tras un par de minutos en los que trató de encontrar un calificativo que encajara, y no debió errar el tiro porque al menos la hizo reír.

—Hipnotizante. Qué ambiguo y, aún así, halagador. ¿Es tu opinión más sincera? —cuestionó, ladeando la cabeza para mirarla directamente a los ojos.

—Sí…

—¿Pero…? —la alentó, tras elegir un disco y dárselo a Duque para que lo pusiera, acercándose hasta ella, despacio, sin romper el contacto visual e incentivándola a desgranar todo lo que había pasado por su cabeza.

Y ahí tenía otra semejanza: no sabía gracias a Merlín qué clase de magia extraña, pero con ella tampoco servían sus barreras. Al igual que con Terence, sentía esa necesidad de despojarse de trabas absurdas y vomitarle todo cuanto era. Y lo mejor de todo es que no había ninguna sensación de vulnerabilidad mientras lo hacía, de estar siendo expuesta, como si cualquier cosa que pudiera decirle o hacer fuera a ser recibido con los brazos abiertos, demostrándole que, en realidad, sólo ella era la única con la potestad de darles o no importancia. Sin otorgar a todo aquello la sensación de estar entrometiéndose, como si sólo fueran testigos mudos de lo que tenía que ser.

La señora Higgs se plantó delante de ella, con las manos tras la espalda, ladeando la cabeza en espera de que le respondiera, pero sin esgrimir ninguna clase de prisa porque lo hiciera.

—Se ha detenido —expuso al fin, dejando salir parte de su decepción—: Estaba tan en sintonía con la música, tan metida en esa danza y de pronto… puff, se acabó, todo ese encanto se ha hecho añicos y encima parece que no le importa. Que le da igual haberlo destrozado. Y eso es terrible. Si lo hubiera hecho porque así es como debía acabar me habría parecido perfecto, pero lo ha hecho tan sólo porque no le ha dado la gana darle un final decente y eso es una cobardía.

Tracey tragó saliva, carraspeando al terminar su crítica, desviando la vista de aquellos ojos marrones. Sin embargo, la señora Higgs enmarcó aún más aquella sonrisa enigmática y asintió con la cabeza.

—Tienes razón —concedió, soltando un suspiro resignado—, supongo que me he abotargado ante la idea de otorgarle un final. La gente tiende a pensar que empezar algo suele ser lo que más cuesta, temiendo no estar a la altura de las expectativas, de fallar a mitad del camino, pero en realidad son los finales lo que más miedo dan. Y Terence tenía razón respecto a ti, eres una criatura interesante.

—¿Terence le ha dicho eso? —cuestionó, esforzándose porque no le delatara la emoción de la voz.

—¿Por qué no se lo preguntas tú misma? Será divertido ver cómo me grita cuando te vayas —sugirió la mujer, guiñándole un ojo antes de darse media vuelta e indicar a Duque que retomase el camino hasta la buhardilla.

El elfo le lanzó una mirada extraña, desconfiada, cuando Tracey le deslumbró con una sonrisa con la que se le marcaban los hoyuelos. Y siguió a la criatura a saltitos entusiastas.

—Oye, Duque, ¿qué más suele decir Terence? —susurró, acercándose al elfo cuando empezaron a subir por unas escaleras.

—El señorito Terence dice muchas cosas cuando está en casa —evadió Duque, echándose hacia un lado.

—De mí, Duque, ¿qué dice de mí? Vamos, no le diré que me lo has dicho tú —insistió, melosa, volviendo a pegarse al elfo.

—La señorita no quiere saberlo. Y no se acerque tanto a Durque, por favor —le reprendió la criatura, girándose y haciendo gestos con una de sus manos para remarcar su espacio.

—La señorita sí quiere saberlo —contradijo la chica, haciéndose a un lado para no agobiarle y adquiriendo una expresión solemne—. Venga, Duque, sé que estás deseando soltarlo. Será nuestro secreto.

El elfo abrió la boca, cogiendo aire, haciendo el amago de ir a decir algo, pero la acabó cerrando y siguió su camino escaleras arriba.

—Si me lo cuentas prometo cumplirte un deseo, el que quieras, sólo tienes que pedirlo y te lo concederé. Soy muy buena consiguiendo lo que otros quieren —negoció la chica.

Duque se detuvo y, lentamente, se giró hacia ella, con las manos tras la espalda y aquella postura tan grandilocuente, volviendo a mirarla de arriba abajo.

—¿Y si lo que tengo que decir no le agrada? —Cuestionó, provocando que Tracey se paralizara en las escaleras—. ¿Seguirá cumpliendo mi deseo si no le gusta lo que oye?

—Una promesa es una promesa, y me enseñaron desde pequeña a no prometer nada que no pueda cumplir —aseveró Tracey, endureciendo el rostro y borrando el brillo risueño de la mirada.

—Usted lo ha querido: el señorito Terence dice que es cabezota, descarada, impaciente, maniática, una irritante listilla a veces y, por normal general, duda severamente de su salud mental —empezó a enumerar Duque, interrumpiéndose cuando Tracey explotó en una carcajada—. Por lo que veo con eso último no iba del todo errado, ¿se da cuenta la señorita que nada de eso es bueno?

—Eso depende del punto desde el que se mire, Duque, ¿eso es lo peor que ha dicho? —inquirió, mordiéndose ambos labios para contener la sonrisa, sin mucho éxito.

—También la ha llamado pequeña arpía manipuladora alguna que otra vez. Duque no termina de entenderlo, pero le ha oído confirmar a los señores que es usted toda una serpiente —siguió el elfo, sacudiendo la cabeza como si aquello fuera algo propio de humanos y por ello no debía ni hacer el esfuerzo de encontrarle sentido—. ¿Puedo preguntar por qué parece encantarle?

—¿Acaso no lo estás preguntando ya? —Indicó la joven, consiguiendo que las orejas del elfo se removieran y carraspeara, emprendiendo el rumbo escaleras arriba—. Siempre se me ha dado bien adaptarme a lo que otros quieren de mí —contestó, siguiendo al elfo—; es tremendamente fácil sonreír y ser afable con los demás, conseguir que bajen la guardia y así obtener lo que yo quiero de ellos. La mayoría de las personas suelen verme como una niña risueña, curiosa y adorable, caprichosa a veces pero inofensiva en general. Y es cierto que puedo serlo, puedo ser todo lo que ellos quieran que sea porque, en realidad, nunca he tenido claro cómo soy de verdad. Hasta ahora.

Aprovechándose de la altura que le daban los cinco escalones que había subido Duque por delante de Tracey, el elfo se la quedó mirando con un destello inexpugnable que la chica contestó encogiéndose de hombros. Y a pesar de lo desinteresado del gesto y de que, finalmente, Duque se dio media vuelta para seguir subiendo las escaleras, Tracey acabó mordiéndose una esquina del labio mientras la otra se estiraba y soltaba un liguero resoplido por la nariz. Al parecer necesitaba decir las cosas en voz alta para terminar de darse cuenta de ellas. No era que considerase malo todo lo que había dicho, dado que no era ninguna mentira, era un hecho intrínseco a su persona y un rasgo del que no tenía ningún interés por deshacerse; pero sí era cierto que, más allá de éste, había llegado a considerar que no existía nada más.

No es que no fuera consciente de esa lista de defectos, Millicent se los había enumerado muchas veces, y su abuelo, pero al final del día a éstos siempre les pesaban más las actitudes del otro lado de la balanza, la parte que ella rellenaba a complacencia de los demás y sus propios intereses. Ser consciente de que la descripción hecha por Terence fuese la real, aquella que no terminaba de controlar, la que salía a borbotones sin su consentimiento y se empecinaba en mantener reservada para sólo unos pocos —aunque no lo consiguiera siempre, aún estaba intentando aprender a hacerlo—, que fuese única y exclusivamente esa…

—Amo, su amiga está aquí.

La voz y los golpes que Duque dio a la puerta que tenían delante la bajó de su nube de pensamientos, y la forma en que el elfo tuvo de agitar las orejas y mirarla como si fuera la persona más extraña que había tenido nunca delante le hizo darse cuenta de la extensa sonrisa que le cruzaba la cara.

—Entra —concedió la voz de Terence desde el otro lado.

Duque le hizo una liguera inclinación después de abrirle la puerta, girándose para volver a bajar por las escaleras.

—Espera, ¿y tu deseo? —inquirió Tracey.

—Duque aún necesita pensárselo —contestó, sin detenerse y, mucho menos, ladearse a mirarla.

Tracey se encogió de hombros y entró a la habitación, quedándose, por segunda vez desde que entró a aquella casa, totalmente sorprendida por lo que encontró: era mucho más amplia de lo que pensó cuando supo que era una buhardilla, un cruce caótico pero extrañamente parejo entre la habitación de un adolescente cualquiera —desordenada, con la cama sin hacer y ropa amontonada frente a la silla del armario, un par de posters y bastantes fotos pegadas en la pared, su baúl y una mesa cercana a la cama con el material escolar desperdigado de cualquier forma; había libros en una de las estanterías, más fotos y un puñado de recuerdos y objetos distintos, como una brillante snitch encerrada en una urna de cristal y la escoba voladora apostada en un rincón del cuarto—, una herboristería y un cuarto de pociones —dada la cantidad de utensilios, frascos, jarras y tarros colocados, éstos sí, con cuidado por el resto de estanterías, armaritos y la otra gran mesa en la que Terence estaba sentado en ese momento—. De hecho, esto último evocó en Tracey el recuerdo de una ilustración sobre un estudio de alquimia que vio en uno de sus libros nuevos, salvo por la esquina exterior del cuarto que habían dejado como una enorme ventana desde la que se oteaba una panorámica bastante alucinante de los tejados de Oxford.

—Vaya —silbó, adentrándose en la habitación—. Definitivamente no era esto lo que tenía en mente, y no se merece que tú y tus colegas sigáis llamándolo "la cueva".

—No la llamamos La Cueva por sus características si no por su esencia —corrigió Terence, haciendo girar el taburete en el que estaba sentado para encararla—. Siéntete afortunada, Tracey, estás pisando el sacrosanto lugar donde se fabrican los más oscuros y anhelantes deseos de la población estudiantil de Hogwarts —indicó, con tono grandilocuente, cerrando los ojos y estirando ambos brazos en una pantomima de misticismo.

—Hablando de mierdas —atajó Tracey, ganándose una mala mirada de Terence y una mueca acompañada de un decepcionado chasquido de lengua, que desapareció en el momento en que Tracey hizo tintinear su bandolera—. Te escuché decir que te estabas quedando sin ingredientes —explicó, dejándola sobre la mesa.

Tracey volvió a notar como sus mejillas se apelotonaban por la sonrisa en cuanto Terence se lanzó a por la bandolera y soltaba ruiditos entusiastas a cada nuevo frasco que sacaba de ella, como un niño revolviendo en el saco de Santa Claus.

—Joder, Tracey, eres alucinante —exclamó, para regocijo de la pelirroja—, podría besarte ahora mismo —siguió, provocando que a Tracey se le cortara el aire de un tirón y se le apelotonara en la garganta, sobre todo cuando por fin posó los ojos verdes sobre ella—. Pero tengo aquí una explícita y detallada directriz de lo que podría pasarme si lo hiciera —resolvió, cogiendo un sobre que tenía sobre la mesa y mostrándoselo para que la chica pudiera reconocer la letra de su abuelo en el membrete.

—Estúpido Kalen —bisbiseó la pelirroja, haciendo un mohín enfurruñado.

—¿Por qué siempre acabo siendo yo quien recibe las amenazas de tu gente cuando hasta ahora soy quien mejor se ha portado contigo? —inquirió el castaño, ligeramente frustrado y apartando la carta, aunque con cierta delicadeza, como si temiera que el último de los Roxton fuera a enterarse y apareciera de pronto para hacerle pagar por su desplante.

—Porque si centrara su atención en Pucey no se limitarían a las amenazas. Y aunque eso sería de mi inmenso agrado y regocijo, temo que tú no lleves demasiado bien el quedarte sin tu alma gemela —rezongó la pelirroja, aumentando la mueca enfurruñada de su rostro y suspirando, como si esa muestra de consideración le supusiera un tremendo sacrificio.

Terence rodó los ojos y empezó a colocar con mimo los botecitos que Tracey le había traído en una de las repisas.

—Esa animadversión que gastáis entre vosotros dos me rompe los esquemas, ¿sabes? —indicó el castaño, tras guardarlos y volver a sentarse en la mesa para continuar con lo que estaba haciendo.

Tracey se acodó sobre la tabla para observarle trabajar, aunque no tuviese muy claro lo que hacía realmente: examinaba concienzudamente a contraluz pequeños bulbos de a saber qué plantas que sacaba del tarro que tenía sobre la mesa, para luego arrancarles las raíces y echarlas sobre la balanza, después pasaba a cortarles el tallo y exprimir la sabia dentro de una matraz de destilación, echando los restos del tallo en un mortero; finalmente, raspaba los restos de tierra que podrían tener los bulbos y los echaba en otro tarro lleno de algo líquido que arrugó la nariz de Tracey cuando lo destapó. A veces desechaba el bulbo por partes y otras lo tiraba entero a la papelera, aunque la pelirroja no terminara de ver qué conseguía que unos pasaran la criba y otros no.

—Tracey —la llamó, removiendo el matraz para que la sabia no creara poso—, si sigues sonriendo tanto se te va a partir la cara. Entiendo que observarme trabajar sea fascinante, no por nada trato de hacerlo lo menos posible, pero empiezas a ponerme un pelín nervioso —concluyó, estirando la comisura en una sonrisa burlona cuando la joven se envaró carraspeando.

—Imbécil —bisbiseó, repiqueteando las uñas contra la mesa al no saber qué hacer con las manos—. Pues si te pongo nervioso por algo será —rebatió, soberbia, manteniéndose con la espalda bien estirada—. Y no te atrevas a decir algo como "porque me da repelús" porque los dos sabemos que es mentira. Me he encontrado con tu madre abajo —informó, siendo su turno de esgrimir una sonrisilla traviesa.

Terence elevó los ojos verdes del tallo que estaba exprimiendo para mirarla por debajo del flequillo castaño, evaluando la expresión de la pelirroja, para acabar frunciendo la boca y chasqueando la lengua.

—Mi madre está loca, ¿no te lo había dicho antes? No hay que tomarse muy en serio lo que dice —desestimó, encogiéndose de hombros.

—Pues a mí me ha parecido muy coherente y lúcida.

—Eso es porque no la conoces…

—No, pero sí que te conozco a ti —le interrumpió, volviendo a echarse sobre la mesa y apoyar la cara entre sus manos, dejando la misma a un palmo de distancia de la de Terence y mirándolo directamente a los ojos, formando esa sonrisa con la que lucia los hoyuelos—. El que deteste a Pucey con todo el poder de mis entrañas te rompe los esquemas porque no entiendes cómo es posible que, siendo tú nuestro nexo, nos llevemos tan mal. Porque para esa cabecita calculadora que tienes la idea era que tendríamos que caernos bien por el mero hecho de que somos importantes para ti.

Terence parpadeó, despacio, irguiéndose a medida que inspiraba y ladeando la cabeza para apartarse el flequillo y mirarla entrecerrando los ojos tras expulsar el aire. El hoyuelo izquierdo de Tracey se borró al estirar más esa comisura, arqueando las cejas en una invitación a que desmontara su teoría. Terminó por borrar el otro hoyuelo cuando acabó por formar una sonrisa ladina en el momento en que la lengua de Terence asomó entre sus labios para retraer el inferior y mordérselo, desviando la vista.

Tracey se llevó las manos hacia delante, cubriéndose la mitad inferior del rostro, ante esa silenciosa y aún así tajante confirmación. No sabía en qué momento exacto había cruzado la línea, ni qué es lo que había hecho para lograrlo, pero ya podía dar por pasado el ser únicamente la mascota. El hecho de que a Terence le afectara el cómo se llevara o dejara de llevar con el bastardo de Pucey, el enclave más férreo e inamovible de su vida, era un síntoma inequívoco de que había logrado colarse en ella.

—A veces eres demasiado lista para tu propio bien —le recriminó, sacudiendo la cabeza y volviendo a su criba y despiece de bulbos.

La pelirroja hizo un mohín ante semejante reacción, chasqueando los labios con frustración al percibir el tono monocorde. ¿Cómo solía llamar su padre a eso? ¡Ah, sí! La técnica del cangrejo: dos pasos hacia delante y uno para atrás. Era desquiciante pero, joder, al menos no se lo había negado. Era una emoción curiosa aquella: esa mezcla de entusiasmo e impaciencia, de regocijo aliñado con los nervios y dispuesto a ser destrozado por el miedo. Porque ahora que sabía que estaba dentro le acongojaba hasta el infinito la posibilidad de volver a quedarse fuera y, aún peor, que ya no hubiese marcha atrás.

Desvió la vista por la habitación, inquieta, tratando de calmar esa comezón que le subía desde el estómago, y acabó por encontrar un objeto sumamente curioso: un estuche abandonado en el hueco entre la estantería y la pared, casi oculto por un par de cajas, que por la forma y tamaño parecía ser de un violín. Se encaminó hacia él, curiosa, y lo sacó con cuidado, sorprendiéndose ante el peso que le revelaba que no estaba vacío.

—¿Qué demonios…? —musitó, ante la sorpresa que le supuso encontrar el instrumento cuando lo abrió; realmente esperaba encontrarse cualquier otra cosa, como un pequeño cultivo de hongos o algo así. Pero no, ahí estaba el violín, con muescas de desgaste en el mástil que demostraban el haber sido usado con bastante frecuencia—. ¿Sabes tocarlo? —inquirió, llevándolo hasta la mesa.

Terence lo miró, de forma vaga, y se encogió de hombros con un leve asentimiento de cabeza, volviendo a sus estúpidos bulbos pese a la boca abierta que había dejado en Tracey.

—Ya has visto a mi madre, ¿no? Llamarla melómana es quedarse corto, si pudiera se casaría con la música. En vez de eso se casó con mi padre, y como en vez de partituras me tuvo a mí, intentó que yo las creara… —explicó, raspando un nuevo bulbo, como si lo que estaba diciendo no tuviera la más mínima importancia—. Como una cabra, ya te lo he dicho.

—¿Y qué va a ser lo siguiente, que eres el descendiente secreto de Merlín? —le increpó Tracey, palmeando la mesa por el arrebato, logrando sobresaltarle y que le lanzara una mirada de incomprensión. ¡Encima!

—Que yo sepa Merlín nunca tuvo hijos —corrigió, soltando una risita entre dientes por la ocurrencia y negando con la cabeza—. Tracey —suspiró, acodándose sobre la mesa—, ¿es este uno de tus ramalazos histéricos que por mucho que me esfuerce no voy a comprender? Ya sabes, como cuando te empeñaste en que una sirena te acosaba y…

—¡Y era verdad! —le interrumpió la pelirroja, ofendida—. Cada vez me despertaba en medio de la noche ahí estaba su cara de anfibio deforme mirándome desde la ventana, con esas asquerosas branquias soltando pervertidas burbujas de aire. Estoy segura de que la muy puerca también trataba de espiarme en la ducha —aseveró, arrugando la naricilla en una mueca de repulsa. Mas sacudió la cabeza y volvió a soltar un manotazo sobre la mesa—: Pero esa no es la cuestión, no estoy teniendo ningún brote histérico; ¿Pucey está al tanto de que tocas el violín? ¿Te ha oído tocarlo?

Terence asintió, echándose hacia atrás cuando vio esos ojos ambarinos entrecerrarse y soltaba un siseo funesto de entre los dientes. Sobresaltándose de nuevo cuando volvió a golpear la mesa, acompañando el golpe de un rugidito de frustración y revolviéndose el pelo con la otra mano. Con disimulo, el chico atajo hacia sí los tarros y la matraz, alejándolos de ella y su arrebato a-saber-a-cuento-de-qué, sólo por si acaso.

—No es justo, ¿sabes? —le espetó, removiéndose como una cría de dragón especialmente canija y virulenta—. ¿Cómo se supone que voy a competir con él si sigues ocultándome cosas? ¡Bastante tengo ya con toda la cantidad de años que me lleva de ventaja!

El muchacho se limitó a parpadear, siguiéndola con la mirada, estupefacto.

—¿Y por qué has dejado de hacerlo? ¿Eso también se lo has contado? —inquirió, con una mueca de hosquedad y tono agrio, adelantándose a la respuesta. A este paso nunca conseguiría tener la ventaja suficiente para poder librarse de Pucey.

Sin embargo, Terence volvió a desviar la vista, suspirando y arrascándose el cuello con la espátula que usaba para raspar los bulbos.

—No hay ningún porqué, simplemente lo dejé —contestó, esgrimiendo aquella sonrisa perezosa tan suya y encogiéndose otra vez de hombros.

Tracey se paró en mitad de su paseo al oírle, contrapuesta. Inspiró hondo y le miró de reojo, había vuelto a centrarse en raspar el bulbo que tenía en la otra mano, apartando el estuche aunque realmente no le molestara en su tarea. Sus ojos captaron el brillo de la snitch que tenía justo enfrente y se entrecerraron, notando como las piezas conectaban en su cabeza a una velocidad tan frenética que le robaba el aliento. Recordó cómo había hecho exactamente los mismos gestos cuando le preguntó sobre el tema del puesto de buscador el año pasado, como si le diera exactamente igual que Flint le hubiese sustituido a pesar de tener una buena excusa para no haberse presentado, que incluso podía pedir una repetición de éstas una vez que mejoró su ataque de asma. Sí, es cierto que se rebotó y discutió con Flint, y que ese cabreo le duró semanas… pero el caso es que aunque tenía en su mano apelar y conseguir que repitieran las pruebas, al final no hizo nada por cambiarlo. Se limitó a abandonar el equipo y volver a las gradas.

Y, a pesar de todo ese pasotismo, esa indiferencia, ahí estaba la snitch: custodiada en una urnita de cristal en un puesto relevante de la estantería, junto a varios marcos de fotos con sus amigos, incluida una en la que posaba junto a Adrian cerca de la última Copa de Quidditch que ganó Slytherin, ambos con el uniforme del equipo puesto.

—A ti también te aterran los finales —siseó, una vez que las piezas terminaron de encajarse en su sitio.

—¿Y ahora de qué estás hablando? —inquirió el chico, arrugando el ceño en una mueca de incomprensión.

—Del violín, del Quidditch… Dejas que las oportunidades se escapen simplemente porque te acojona ser tú quien les de el final que merecen, ¿qué digo final? ¡Ni siquiera les da la oportunidad de hacerse! Ves como pasan por delante, te encoges de hombros, sonríes y, ¿qué más da, no? Tampoco es que lleguen a importarte, ¿verdad? ¡Y una mierda! —le espetó, encarándole y señalándole la snitch en la repisa.

Terence pasó la vista de ella a la snitch y otra vez a ella, inspirando hondo al dejar sus chismes sobre la mesa antes de sacudirse las manos y suspirar, levantándose. Tracey lo observó meterse las manos en los bolsillos y rodear la mesa hasta plantarse a un par de pasos de distancia. Se quedó mirando la snitch durante un largo y silencioso instante, para después levantar la urnita y cogerla, sujetándola con los dedos hasta ponerla en el espacio entre ellos. Tracey frunció el ceño, inquieta y molesta por el resultado que le habían dado esas piezas, sintiendo cómo terminaba de cerrársele el estómago por el coraje cuando el castaño esgrimió una mueca de desinterés mientras miraba la brillante bolita amarilla, encogiéndose una vez más de hombros y…

—¿Qué cojones te pasa? —Le gritó, incrédula, cuando el chico acabó por soltarla y dejar que la pelotita empezara a zumbar por la habitación, dándose media vuelta con la intención de volver a la mesa—. ¡La ventana, Terence!

—Déjala irs… —empezó, monocorde, enmudeciendo en el instante en que se giró para ver a esa pequeña desquiciada precipitarse a sí misma hacia el ventanal—. ¡Tracey!

La pelirroja había conseguido subirse de un salto al poyete de la ventana, una de sus manos hacía el amago de agarrarse en el marco mientras la otra se estiraba hacia el vacío, tratando de seguir a la snitch. Sin embargo, los dedos de la mano izquierda no terminaron de aferrarse a la madera, consiguiendo que se tambaleara sobre las puntas de sus pies hacia delante. Terence logró engancharla de la camisa en el segundo exacto en el que estaba apunto de perder el equilibrio y precipitarse hacia la calle, tirando con fuerza de ella hasta caer sobre él y acabar los dos en el suelo.

—¿¡ES QUE HAS PERDIDO LA PUTA CABEZA!? ¡LOCA, MÁS QUE LOCA! ¿¡En qué demonios estabas pensando, maldita hija de Gorgona!? —Bramó, empujándola para incorporarse antes de empezar a sacudirla agarrándola de los brazos—. ¡Chalada, que eres una puta chalada! ¡Una mocosa estúpida y desquiciada sin dos putos dedos de frente! ¿A qué coño ha venido eso, eh, qué…? ¿Cómo demonios puede alguien…? ¡Idiota!

—Terence… Terence, ya —pidió Tracey, consiguiendo a duras penas ponerse de rodillas por culpa del traqueteo al que la seguía sometiendo el chico mientras continuaba con el griterío, logrando colar sus propios brazos hasta sus hombros y aferrarse a ellos entre los empujes del otro—. Ya está, Terence… ya pasó —jadeó, acoplándose concienzudamente sobre el castaño a pesar de su resistencia, manteniendo un brazo alrededor de sus hombros y abrazando la cabeza contra su pecho con el otro—. Ya.

—Desquiciada. Loca… —resolló, disminuyendo el tono de voz y empezando a jadear cuando la adrenalina se bajó de golpe, soltándole un manotazo con la cadera—. ¡Eres peor que un puto Grim!

—Shh… ya está —arrulló Tracey, acariciándole la cabeza y sentándose sobre su regazo, estrechándole con más fuerza al sentir cómo le temblaban las manos que aún intentaban apartarla.

—¿Cómo se te ha podido ocurrir…? —Terence inspiró hondo, tratando de retomar su ritmo respiratorio, soltando el aire de forma entrecortada y titubeante—. ¿Y si no llego a cogerte a tiempo?

Tracey suspiró, estremeciéndose y negando con la cabeza mientras se separaba un poco para meter las manos por debajo de sus brazos y rodearle el pecho, hundiendo la cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro del chico.

—Abrázame tú también —exigió, tras un instante de silencio en el que sólo resonaban sus respiraciones alteradas—, después de todo he sido yo quien ha estado apunto de morirse.

—Debería de tirarte yo mismo por la ventana. O escribirle a tu abuelo y decirle que en vez de preocuparse tanto por mis indecentes intenciones se dé cuenta de que tiene a una completa y absoluta desquiciada como nieta… ¡Has estado apunto de tirarte por la ventana, loca! La próxima vez que tengas arranques suicidas haz el favor de reservártelos para ti misma —comandó, con la voz algo enronquecida por el sobresalto que aún llevaba en el cuerpo y por tantos gritos.

—Vale pero abrázame ya —imperó la menor, con una vocecilla que dotaba a la frase de un curioso cruce entre súplica y orden, empujándole los brazos para subirlos hasta su espalda.

Terence soltó un hondo suspiro, cerrando los ojos y dejándose caer de espaldas hasta tumbarse en el suelo, arrastrándola en el movimiento y entrelazando los dedos sobre la espalda de la pelirroja.

—¿Qué clase de maldición ha caído sobre los Higgs para que nos veamos envueltos con semejantes colgadas? —inquirió, derrotado, como si hubiese perdido toda la fuerza de golpe.

Tracey se acomodó mejor sobre él, haciéndose casi una bolita, colocando la cabeza sobre el pecho de Terence y cerrando los ojos en cuanto encontró sus latidos, aún arrítmicos y rápidos. ¿Que en qué cojones estaba pensando para casi matarse por una estúpida snitch? ¡En nada! Estaba claro que si su cabeza hubiera tenido un pensamiento más coherente que intentar atrapar el dichoso moscorrofio dorado no habría hecho semejante estupidez. De hecho, en ese instante en el que por fin el susto empezada a dejar paso a la calma, se daba cuenta de lo inmensamente gilipollas que había sido: ¡tenía una puta varita! ¡Podía haber convocado a la estúpida bola de las narices! O al menos detenerla. Lo que aún no tenía claro era porqué había tenido esa necesidad de cogerla. O tal vez sí pero… era difícil de definir, sobre todo cuando no tenía demasiado claro qué demonios era.

Eso de adentrarse en la vida de alguien tenía más consecuencias de las que había pensado hasta ahora. Sin embargo, a pesar de no entenderlo, mientras estaba tumbada sobre Terence, escuchando sus latidos, sentía que era exactamente ahí donde quería estar.

—¿Vas a contarme ya por qué demonios has tratado de suicidarte por una estúpida snitch? No será que tienes un lado Gryffindor oculto que te impulsa a ser así de absurda de vez en cuando, ¿no? —inquirió el castaño, sin apenas moverse.

—¡Por supuesto que no! —respondió la chica, ofendida—. O tal vez sí, no lo sé. Ha sido muy estúpido.

—Sí que lo ha sido, sí —concordó Terence, deshaciendo el enlace de sus dedos y dejando caer los brazos—. Por cierto, llevas un rato aplastándome la vejiga y no creo que eso vaya a terminar bien.

—Tú sí que sabes cómo romper el encanto —se quejó Tracey, rodando para acabar tumbada en el suelo a su lado. Aún así, estiró uno de los brazos del chico para usarlo de almohada.

—Y eso lo dice la chica que ha estado apunto de tirarse por mi ventana…

—¡No trataba de lanzarme por la ventana, quería coger la puñetera snitch! —protestó la pelirroja, girándose otra vez hasta acodarse en el suelo y poder mirarle—. Y no habría tenido que hacerlo si tú no la hubieras dejado suelta. ¡Mira quién es el idiota! Al final te has quedado sin snitch y yo he estado apunto de morirme.

—¿Por qué le das tanta importancia a esa jodida pelota? —inquirió a su vez, incorporándose hasta quedar sentado, sacudiendo la cabeza por la incomprensión.

—¡Porque no quiero que te deshagas de las cosas tan fácilmente! No sin un motivo de más peso que el estúpido miedo. Porque si sigues así, si mantienes esa coraza de indiferencia llegará un momento en que realmente todo te dé igual, y vivir así apesta. Si algo no te importa de verdad, bien por ti, pero no te obligues a hacerlo con todo lo demás sólo porque tienes miedo. Es normal tener miedo, ¿crees que eres el único que lo tiene? —Increpó Tracey, volviendo a girarse para quedar bocarriba e incorporándose hasta quedarse apoyada en sus codos—. Porque te puedo asegurar que no es así, genio. Y es bastante patético que una niña de trece años tenga venir a decírtelo.

Terence soltó un bufido, pasándose la lengua por debajo del labio inferior ante la altanera pomposidad con la que había terminado el discursito. Negando con la cabeza casi boquiabierto por lo increíble que le parecía.

—Y supongo que nada de toda esa palabrería tiene en absoluto que ver con tu propio miedo —apuntilló, ladino—. Ya sabes, ese que te ha hecho estar apunto de despeñarte por mi ventana para que no pierda mi jodida snitch. Porque si me resulta tan fácil deshacerme de las cosas, ¿qué te asegura que no lo haga contigo algún día?

Tracey tragó saliva, mordiéndose los labios y bajando la vista. ¿Se trataba de eso? Tenía bastante sentido dicho así, muy propio de ella, sin duda. Después de todo, gran parte de lo que hacía que se sintiera tan apegada a él era su capacidad para leerla, aún antes de que ella descifrara el galimatías que solía ser su cabeza.

—Eres demasiado listo para tu propio bien —le emuló, haciendo una pantomima de desgana, tras un rato de silencio.

—Supongo que sí, si no habría dejado que te despeñaras —asintió el castaño, encogiéndose de hombros. La pelirroja gruñó, incorporándose hasta darle un puñetazo en el hombro—. ¡Au! ¿¡Cómo puedes tener tanta fuerza en esos pequeños puñitos!? —se quejó, frotándose la zona golpeada—. Creo que me va a salir un moratón.

—Y luego me llaman a mí melodramática...

—Menos coñas, es el mismo brazo sobre el que te has caído y empiezo a notarlo agarrotado —insistió, sobándose el hombro y tratando de moverlo en círculos, haciendo una mueca.

—Quítate la camiseta —exhortó la pelirroja, poniéndose en pie.

—Vaya, la sutileza no es definitivamente lo tuyo —empezó el castaño, recibiendo un manotazo en la nuca pero soltando una carcajada al levantar la vista y ver que la cara de Tracey hacía juego con su nuevo pelo.

Tracey inspiró hondo, soltando el aire de un golpe para remitir el calor que se le había subido a las mejillas, negando con la cabeza mientras rebuscaba por la estantería.

—Ten cuidado con mis pequeños, pelirroja —le advirtió Terence, al verla trastear entre sus viales y tarros—. ¿Sabes lo que haces?

—Te recuerdo, listillo de las narices, que yo también soy una bruja. Sé lo que hago —le acalló, recogiendo lo que necesitaba y depositándolo en la mesa, señalándole el taburete con un chasquido de dedos.

—Ya, eso mismo dijiste cuando le diste esa loción a Bole para su picazón y el tío acabó con la piel pigmentada de azul, por no contar con que su sarpullido se hizo más grande y asqueroso —le recordó el castaño, que aún así se sentó tras quitarse la camiseta.

—Como he dicho, sé perfectamente lo que hago —aseveró Tracey, arqueando las cejas y formando una amplia sonrisa de rencorosa satisfacción, mientras se echaba un puñado de hojas secas y pulverizadas en una mano, antes bañarlas con un líquido aceitoso y frotárselas, haciendo girar el taburete con el pie para que le diera la espalda—. ¿No te has dado cuenta como está mucho más suave conmigo desde entonces? Puede parecer idiota pero ese chico sabe cuándo no debe volver a tocarme las narices.

—¿Me recuerdas por qué debería dejarte hacer esto? Me gusta mi piel exactamente del color que es —apuntilló, tratando de girarse.

Tracey rodó los ojos, ignorándole, y empezó a repartir el mejunje por la zona del omoplato y el hombro derecho del chico, chistándole cada vez que se quejaba cuando apretaba con los dedos la parte que había recibido todo el impacto contra el suelo. No era la primera vez que le veía sin camiseta, pero sí que estaba lo bastante cerca como para ver que tenía pequeños lunares repartidos por la espalda, tentándole a olvidarse de lo que estaba haciendo para intentar unirlos y descubrir cuántas formas podría dibujar. Sacudió la cabeza, resoplando y alzando la vista hacia cualquier otra parte, tratando de pensar en algo que le ayudara a concentrarse.

—Tienes razón —musitó, tras un rato de silencio y ver que no acudía nada más a su cabeza.

—Siempre la tengo —asintió el castaño, tamborileando con los dedos índices sobre el filo de la mesa—, pero recuérdame sobre qué.

—Sobre que a veces eres un insoportable, cállate y déjame hablar —comandó, exasperada. Ambos se quedaron en silencio mientras Tracey volvía a mezclar un poco más del mejunje en sus manos, empezando a frotárselo otra vez—. Quiero que no seas indiferente a las cosas para que en un futuro no seas indiferente conmigo. Porque ahora que me has dejado entrar me da pánico quedarme fuera, que me dejes fuera. Pero aunque eso hace que el discurso sea algo hipócrita y egoísta, no deja de ser cierto. Tanto mi abuelo como mi padre me han repetido muchas veces que nada pesa más como las cosas que has dejado sin hacer, aquellas a las que les diste la espalda y con las que no puedes volver atrás. Así que cuando me comporto de esa forma impulsiva y caprichosa en realidad es porque no quiero llegar a tener ese tipo de remordimientos algún día. No quiero llegar a ese futuro y encontrarme pensando en todos los caminos que podría haber escogido, en todas las opciones que dejé a medias. Si dejo algo atrás será porque haya decidido que no era lo que quería o porque no me convenía, no porque tuviese miedo de afrontarlo. Y me gustaría que tú tampoco llegaras a tener ese tipo de remordimientos.

—Todavía no he cumplido ni los quince años, Tracey, ni siquiera sé qué son los remordimientos —atajó Terence, dejando de golpear la mesa y tratando de girarse para mirarla.

—Aún. Pero por algo no te habías deshecho de la snitch y el violín, ¿no es cierto? —arguyó la chica, sujetándole de los hombros para que no se girase—. Con ese moscorrofio alado ya no podemos hacer nada, salvo dejar que sea una lección para no dejar que las oportunidades se escapen. Y si no siempre puedo volver a intentar matarme para recordártelo…

—Si pretendía ser un chiste no tiene ni puta gracia —le riñó, tensándose.

—No era ningún chiste, Terence —aseveró, acercándose un poco más para colocar una de sus manos en su frente, mientras la otra se extendía sobre su adolorido omoplato—. Mientras me dejes estar aquí, intentaré que no te arrepientas por nada. Ahora cierra los ojos y respira hondo —comandó, antes de que pudiera decirle nada. Tracey cerró los ojos también para concentrarse, inspirando lentamente y esperando que lo que había leído en aquel viejo libro no le dejase tirada—: Sanatio. Sanare. Sana.

Sonrió al sentir el calorcillo recorrerle la palma de la mano y expandirse a través de la piel de Terence, provocándole un escalofrío.

—¿Cómo has…? Sabes que lo que acabas de conjugar no tiene ningún sentido, ¿verdad? —Indicó el castaño, descolocado por lo que acababa de sentir—. Y encima me has puesto la frente perdida de aceite.

—Como si mimblewimble sí que lo tuviera, mucha sangre limpia pero poco conocimiento de los orígenes, eso es lo que os pasa —rebatió la pelirroja, dándole una palmada en la espalda—. Ha funcionado, ¿no?

Terence frunció el ceño, haciendo girar su hombro, e hizo una mueca que Tracey interpretó como un sí.

—Hombre de poca fe —desestimó, con un soniquete de triunfo, usando la camiseta del chico para limpiarse las manos—. Al final resultará que soy más bruja que tú.

Terence profundizó la mueca, gruñendo algo que sonó como «mira qué listilla» que logró que la pelirroja soltara una carcajada. De tal dueño, tal elfo. O al revés, daba igual.

—En fin, espero que esto te enseñe a no dudar de mis habilidades… ni de mis promesas —recabó, señalándole el violín con la barbilla—. Y me voy ya, antes de que Kalen se piense que me has secuestrado —anunció, pasándose la bandolera por la cabeza.

Tracey abrió la puerta, quedándose parada en el marco cuando un pensamiento le cruzó como una flecha. Se mordió ambos labios, notando el redoble que hizo su corazón al rebotar contra sus costillas, antes de empezar a latir con mucha fuerza. Giró sobre sus talones, notando cómo las rodillas estuvieron apunto de disuadirle amenazándole con ser incapaces de andar. Inspiró sonoramente, mordiéndose los labios con más fuerza. ¿No había dicho que nada de arrepentimientos? Pues eso. Era una Davis y una Roxton, y ninguna de esas dos ramas faltaban a su palabra.

Se encaminó de nuevo hasta la mesa, donde Terence seguía sentado y trataba de limpiarse el aceite de la frente con la camiseta.

—¿No habías dicho que te tenías…? —empezó el castaño, al apartar la camiseta y topársela de frente, abriendo mucho los ojos cuando la pelirroja pegó su boca a la suya.

Tracey se apartó rápido, dejando que fuera un simple choque de labios y retrocedió tres pasos, irguiéndose mucho y retorciendo la correa de su bandolera con las manos.

—Todo lo que he dicho iba enserio, Terence. Nunca te arrepientas por nada. Ahora sí me voy.

Y a pesar de que intentó hacerlo con elegancia y dignidad, en cuanto se dio media vuelta y llegó a la puerta se lanzó corriendo escaleras abajo. Sin parar ni preocuparse porque tal y como iba fuera muy posible que acabara tropezándose y esta vez sí que se despeñara de verdad. Por suerte, consiguió bajar todas las escaleras sin matarse en el intento, deteniéndose sólo al llegar al pasillo de la planta baja y recargándose contra la pared, cubriéndose la cara con las manos y dejando salir un hilillo de voz al sentir cómo el aire se le agolpaba en la garganta junto a toda su sangre.

—¿Está bien la señorita? —cuestionó Duque, saliendo de una de las puertas del pasillo.

—Sí… No… ¿Qué he hecho, Duque, ¡qué he hecho!? —le increpó, abriendo los dedos y moviendo la cabeza para poder mirar a la criatura, sin apartarse de la pared porque ahora sí que no podía contar con que sus rodillas le sostuvieran.

—Duque no lo sabe, pero puede traerle un vaso de agua —sugirió, retrocediendo un poco al ver la expresión desencajada y de un rojo ardiente que tenía—. ¿Ha pasado algo con el señorito? Le he oído gritar antes…

—Pasa que estoy como una cabra, Duque, eso es lo que ha pasado. Una desquiciada y completa cabra. Como con la tontería sí que me arrepienta de esto voy a matar a esos dos que se hacen llamar mis tutores y guías. Ayúdame a llegar a la chimenea, no siento las rodillas —imploró, respirando hondo muchas veces para desatorar su garganta, extendiendo una mano.

El elfo se la cogió, dubitativo en un principio para después asentir y murmurar que «lo de la locura ya se lo dijo el amo». Ambos atravesaron el pasillo y el colorido salón, llegando hasta la chimenea, y el elfo le tendió el saquito con los polvos flu.

—Por cierto, ¿te has pensado ya lo de tu deseo? —inquirió la chica, tras coger los polvos.

Duque abrió la boca, pero sus ojos se entrecerraron y sus orejas se agitaron, alzando la cabeza hacia el techo. Tracey frunció el ceño, desconcertada, y miró hacia arriba también, por si acaso, pero no había nada en el techo. Sin embargo, cuando su respiración dejó de sonar tan fuerte en sus oídos, pudo percibir muy ligeramente un chirrido. Estuvo apunto de preguntarle a Duque qué demonios era aquello, hasta que el chirrido tomó una forma más melódica y acompasada.

—El amo está tocando otra vez —confirmó el elfo, volviendo sus ojos hacia ella, de nuevo con aquella mirada inescrutable mientras ladeaba la cabeza.

Tracey sonrió, notando como las rodillas dejaban de temblarle y, además, Duque le dedicaba una pequeña sonrisa a su vez.

—Te dije que soy buena consiguiendo lo que otros quieren —le recordó, lanzando los polvos a la chimenea.

—Duque no había dudado de ello —asintió la criatura, despidiéndola con una inclinación algo más pronunciada y un brillito en sus regios ojos—. Nos veremos pronto.

—Eso tampoco tienes que dudarlo —se rió Tracey, despidiéndose a su vez antes de decir la dirección de la casa de su abuelo.


Uff. UFF, ¿eh? Veintiséis paginitas, ¡veintiséis! La más larga y que más quebraderos de cabeza me ha dado hasta ahora. Al final no sé si he conseguido transmitir todo lo que quería con ella, puesto que se me ha ido innumerables veces de las manos y la he reescrito otras tantas veces más. Pero hela aquí, ¡por fin! Y no me atrevo a mirarla más porque sino no la subo nunca.

Tengo que hacer la mención especial a Queen Stardust, por haberle echado un ojo a la parte que más dudas me ha generado, espero que la experiencia con mis braseos no te hagan huir si trato de pedírtelo otra vez. Y, cómo no, a mi bephú (Eme Ocho), que sólo ha visto la primera parte porque quería que la de Terence fuera una sorpresa. En serio, tía, ¡es la última vez que hago esto! No tienes ni idea de cómo y cuánto he necesitado correr en tu auxilio. Pero ni puta idea de lo que he extrañado tu puffie paciencia. Así que, mema, más te vale que me adores mucho por el resultado. EA.

Por ultimo, un pequeño detalle: Duque. Me niego a pensar que todas las familias tratan a sus elfos como la mierda y les dejan ir por ahí con un saco mugriento. Es un elfo que viene de una familia de elfos que han servido a los Higgs durante generaciones, así que me lo he imaginado como la versión mágica de un mayordomo clásico en miniatura, muy orgulloso de eso mismo y apegado a sus amos; creo que el nombre, el comportamiento y aires de la criatura dejan bastante claro este punto. No es que los Higgs sean (todos) una familia de progres, es que creen a pies juntillas que la clase debe mostrarse empezando con la calidad del servicio.

Y creo que ya no me queda más que decir, ahora os toca a vosotros.