¡Hola! Bueno, me he inspirado una barbaridad, así que por eso estoy aquí mucho antes de lo que tenía previsto. En este capítulo vienen dos cosas: a) explicación de cómo llegó Pansy a ser parte del Cuartel de Aurores; b) El cómo fue que murió la madre de Luna y qué es de ella. Ya se viene la mitad de la historia, y de allí para abajo comienzan situaciones… particulares.
Espero que no resulte muy largo, el pasado lo fue y no me agradó mucho que digamos.
Nottmiones o Dramiones? No les digo, lean y verán hahaha. Claras advertencias: el estar clasificado como T no es porque sí. Tiene sus razones, y desde aquí empiezan. Olé.
Saludos y gracias por sus reviews. Gracias a que han superado el número 3, agradezco personalmente: Jos Black, Hermosura Apocalíptica, Aecio y Smithback, ¡muchísimas gracias por sus comentarios!
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Ron Weasley abrió los ojos con dificultad. Una oscuridad absoluta lo rodeaba, de tal manera que daba lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados. Un dolor descomunal estaba cómodamente asentado en su nuca, y podía jurar que, al menos, uno de los huesos lo tenía roto, porque el dolor que sentía en el cuerpo, en general, era espantoso (aunque claro, le dolía más la nuca). Trató de definir con la vista algún objeto que le indicase dónde se encontraba, pero al parecer, sólo eran cuatro paredes que lo aprisionaban, un cubo de agua a lo lejos, y una molesta gotera que caía constantemente, trayendo a sus oídos uno de los sonidos más desesperantes de la historia humana: El chisporroteo incesante de una gotera.
Intentó moverse, pero las cuerdas que lo sujetaban lo hacían de tal manera que, de hacer amago de movimiento alguno, o se iba de boca y estallaba contra el piso, o se iba de lado y obtenía el mismo resultado. La silla en la que reposaba era la viva prueba de ello, porque se tambaleaba con inseguridad, gracias a su impertinente deseo de orientarse, siquiera un poco.
Respiró con profundidad, entonces, pues no era la primera vez que terminaba siendo rehén de algún imbécil mortífago que se creía superior al resto del mundo quién sabe porqué pendeja razón. No comprendían que, por más que luchasen, por más poderosos que fueran, terminarían derrotados, muchas veces por su agudeza y su ingenio en lo que de planificación y estrategia se trataba, bien por la fiereza de Harry, bien por los conocimientos casi divinos de Hermione, bien por el trabajo en equipo formidable que, como aurores, realizaban todos los días. El punto era qué, mirasen por donde mirasen, no tenían escapatoria. Ese pensamiento le hizo gracia. Siempre había algo que terminaba por joderlos, más allá de su propia miopía y de lo absolutamente irracional de su ideología.
Trató de ubicar algún punto de acceso (o de salida, lo mismo era), y de comprobar si había sonidos alrededor, un algo que le arrojase si estaba cerca de la población o si, por el contrario, estaba, otra vez, encerrado en un galpón que lo desesperaría hasta la locura. Un pequeño resquicio colgaba de una de las paredes, justo en el medio, bastante apropiado para evitar que muriese por falta de oxígeno. Vaya, un o unos mortífagos con toque (y cerebro), grata sensación la de saber que asfixiado, al menos, no moriría. Una comezón repentina le azotó el cráneo, y se preguntó qué demonios ocurría. Sacudió la cabeza, llevando con el movimiento ondas a su cabello, para ver si la sensación desaparecía. Sentía patas por todo el cuero cabelludo, era desagradable a su máxima expresión. Era cierto que en pocas horas había sudado una barbaridad, pero no lo suficiente para desarrollar bichos en la cabeza. Supuso que todo sería cuestión de sugestión, experta en engañar y dejar completamente aturdidos a la generalidad de los seres humanos.
Escuchó, débilmente, cómo un ejército de algo se le acercaba, o con curiosidad o con furia, no pudo discernir. Pudo captar cientos de vellos alrededor del cuerpo, y no pudo evitar erizarse. Su reacción inmediata fue cerrar los ojos y presionar los labios, en un férreo candado. Esos no eran sus vellos, por supuesto que no, y lo sabía tan tajantemente porque ellos no eran animados. Una idea espantosa se le cruzó por la cabeza, y rogó a Merlín que no fuese cierto lo que estaba pensando. Sudaba copiosamente, de nuevo, pero no por el calor. No necesitaba un espejo para saber que el poco color que le había brindado su genética se había ido a la mismísima mierda, y estaba más blanco que un pergamino.
Si eran arácnidos sus despreciables compañeros, y sobrevivía al pánico que con velocidad se albergaba en su pecho, al saberse indefenso, desarmado y completamente solo en el medio de la nada, los hijos de puta que lo habían puesto en esa condición tendrían que esconderse debajo de las piedras para que no los moliera, uno a uno, a golpes, y luego los hiciese comer a los detestables bichos.
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Flash Back
Estaba cómodamente sentada en uno de los peldaños de la escalera. Había un aire dulzón en el ambiente, le evocaba los días en lo que solían sentarse en la mesa destartalada de los Weasley, a comer y conversar como lo que eran, una familia. Probablemente el olor se colaba por las ventanas, que mantenía abiertas, permitiendo que una leve brisa jugueteara con sus cabellos, que bailaban libres, completamente ignorados por su dueña. Un interesantísimo libro de poesía era devorado con verdadera pasión por sus ojos. Era una forma bella y trágica de narrar la historia de una nación. Hombres y mujeres se habían inmolado por la supervivencia de sus vástagos. Se habían arrojado al mar, sin varitas, dispuestos todos a perecer por ellos, aunque de nada había servido. Sabía, a ciencia cierta, que sus mejillas estarían al menos algo arreboladas, y que debía parecer una enajenada, pasando hoja tras hoja, con un sencillo vaso de vodka que solía llenar de vez en cuando. Suspiró en un par de ocasiones, sólo imaginarse el vivir en un cuento de aquéllos.
Debía llevar una semana en esa misma posición (con las variantes necesarias, claro está). Se había declarado en absoluta huelga contra Harry y Ron, y la decisión había sido irse por un tiempo de Grimmauld Place. Ellos se habían opuesto, y la solución de Harry se le antojó, hasta cierto punto, racional. La conversación se había llevado a cabo el lunes, y a esas alturas, pasadas las 10 de la mañana del sábado, sentía que la conclusión había sido satisfactoria, al menos para dos de tres personas. O mejor dicho, de cuatro, dos habían salido felices. No era la proporción más idónea, pero la tercera poco tenía que ver. Ron la detestaba, Harry estaba de acuerdo con ella y Malfoy aún seguía allí, también odiándola. Los felices, en todo caso, eran Harry y ella.
- Necesitamos a alguien aquí, Hermione. ¿Qué pasa si todos somos liquidados en el campo de batalla? – comenzaba Harry la discusión el lunes, tratando de poner fronteras ante los desesperados sentimientos de su amiga, perfectamente legibles en sus ojos.
- Que todo se va a la mierda, eso – intervino Ron, sin poder estarse quieto. Le desesperaba el que ella no los entendiera, su terquedad.
- Estoy harta del encierro, y se los digo con la sinceridad en las manos. Ustedes mismos se sorprendían en Hogwarts de la Hermione guerrera, intrépida. Quizá no tan rápida como tu, Harry, ni tan brillante como tu, Ron, en lo que a estrategia se refiere – concedió, al ver que ambos se sulfuraban. Era la misma discusión de siempre – pero era útil, lo sé. Tengo muchos más conocimientos que antes, y gracias al entrenamiento básico que recibí, creo poder hacer otra cosa que no sea limpiar el camino de tristes e "inútiles" – la alusión iba directamente con Ron – procedimientos que impiden que su trabajo sea mejor o peor.
- No es que no sales nunca de aquí, si tenemos que ponerlas cosas desde alguna perspectiva – trató de aclarar el pelirrojo, tratando de no perder la cordura. Los ojos de ella se achicaron un poco, sintiendo que su poder de autocontrol se desbordaba. No bastaba con poder ir a comprar cosas, a hacer una que otra investigación en el Ministerio, y asistir en contadas ocasiones a los juzgamientos que se llevaban a cabo en el Wizengamot. Sólo una vez había fungido de testigo, y en dos ocasiones había conseguido sentencias condenatorias, pero nada más. Comenzaba a aburrirse una barbaridad, más cuando ahora todo se resumía a procedimientos sumarios en lo que, con suerte, participaban las víctimas que quedasen con vida, el mortífago, y uno que otro tercero que o defendía o atacaba.
- Lo hacemos porque te queremos, Hermione, y no deseamos que te expongas sin necesidad. Nosotros podemos, y sabemos, hacer el trabajo sucio – dijo Harry, mirándola fijamente.
- No soy de porcelana – refunfuñó ella, apartando la vista, ofendida. No era por miedo a su seguridad, sino porque entonces su campo de acción se vería reducido. No les permitía ser crueles, condición que habían desarrollado gracias al estado de guerra en el que vivían, sobretodo Ron. Hasta sádico se mostraba al momento de atrapar mortífagos, y ella terminaba limpiando su trabajo sucio. Era una condición de lo más humillante el sólo fungir de escoba y pala para ellos.
- Pero eres nuestra amiga y es importante contar con que al menos uno de nosotros tres sigue con la cabeza fría y el trasero a salvo – explicó Harry. Eso detonó la molestia de la castaña.
- ¡Y yo sí tengo que estar contando las horas o esperando a los putos patronus para saber que están bien! Por Merlín Harry, ¡¿te estás escuchando? ¡Te digo que quiero salir porque me siento como una rata de laboratorio y lo que haces es responderme que lo que te preocupa es mi seguridad! ¡Joder! – gritó - ¡yo me preocupo tanto o más por ustedes porque sé que si les pasa algo, y yo no estuve allí para evitarlo, no lo soportaría el resto de mi vida! – no creía que aquello fuese tan difícil de comprender. Harry la miraba, dividido como siempre, entre lo que sabía que era su deber como amigo y su deber como auror, como director de ellos. Hermione no era un auror, y debía entenderlo. Pero por otro lado, siempre había luchado a su lado, hombro con hombro, soportando los mismos polvos, rayos, maldiciones, lluvias, barros y demás, junto a él. Ron, desde su abrupto rompimiento, prefería no estar mucho tiempo con ella, porque se enfurecía y su orgullo hacía tropezar sus amagos de reconciliación. Y ahora la tenía frente a él, exponiéndole por millonésima vez que quería estar con ellos, sus amigos de siempre, sus hermanos de vida. Tenía los ojos acuosos, algo bastante común desde un tiempo para acá, pero su mirada destilaba determinación. Algo le decía que, de no ponerle un fin monocorde con ambas posiciones, podría complicarse aún más la situación, y de eso no necesitaba.
Habían derrotado a Voldemort, cierto era, pero las cosas seguían igual de revueltas, o aún peor, pues la sensación de desasosiego que parecía desaparecer por instantes se duplicaba. Dolor por las víctimas, por los malditos, por los perdidos y por los traidores. Era ese un monstruo mucho más poderoso a combatir. Más puede un hombre asustado que un hombre seguro de sí mismo bajo condiciones extremas, y eso era lo que ocurría con los seguidores de Tom Riddle. Se hacían a la idea de que su muerte, su efectiva y decisiva muerte, era una falacia y que en cualquier momento aparecería para brindarles todo el poder, la gloria, y el mundo libre de sangre podrida que les había ofrecido. Eso los hacía esquizofrénicos, impredecibles, psicópatas y, lo peor, poderosos. Muy poderosos. Un poder que trastabillaba junto con la cordura de aquellos, y que no le daba un minuto de descanso.
Ya había perdido a Ginny por esa situación, no quería perder a Hermione, porque entonces sí que no tendría pilares a los qué hacerse en períodos de flaqueo y de inseguridad. Dio un ligero masaje al tabique de la nariz, retirando por unos centímetros los lentes. Aún con más de veinte años encima (que se sentían como cincuenta, por lo menos), se negaba a perfeccionar su vista con magia. Le recordaba lo débil que podía llegar a ser; lo obligaba a estar en alerta permanente, como decía el fenecido Ojoloco. Se postró con pesadez en el lavaplatos, lleno de cachivaches que Kreacher no se daba el abasto de limpiar, tumbando unos cuantos al suelo. El sonido desesperó aún más a Ron, que contra todo pronóstico se mantenía en silencio, a pesar de estar rojo como su cabello y tener los puños cerrados. No comprendía a Hermione. Sólo querían verla a salvo, eso no era tan difícil de vislumbrar. Ya querría él poderse quedar una semana entera sólo leyendo, haciendo uno que otro trabajo inútil, y listo. No estar corriendo todo el santo tiempo para salvar su culo y el resto de los culos de la comunidad mágica. Era una situación enfermiza, inaguantable, pero más que nada, perenne. No había forma de entrar en una recesión de la guerra, en un pseudo estado de paz que les permitiera descansar un día siquiera.
Ella debía estar agradecida, y orgullosa de ellos dos. Se habían convertido en un par de hombres de bien, aunque con uno que otro defecto, y uno muy particular, un "defecto" común a la población: odio hacia los mortífagos. No podía culparlos por evitar, a toda costa, que sus manos se llenasen de sangre. Sólo en una oportunidad había tenido que darle muerte a un mortífago, y su mente se fue a un estado de crisis tal que estuvo internada dos días en San Mungo, aunque aseguraba estar bien. No había sido fácil verla así, y no estaba dispuesto a volver a pasar por ello, contra la voluntad de la castaña. La amaba, la adoraba, y precisamente por eso es que prefería que se sintiera cautiva, presa, a exponerla a esos siniestros peligros que siempre andaban tras de ellos, los que luchaban por el bien. No le importaba sentir que en verdad nacía odio en ella hacia él, sobretodo por su descuido en la relación que tenía años de haber nacido y que, hoy por hoy, sólo se tambaleaba en una cuerda floja. El amor está hecho para amar, no para cambiar a las personas, y él no cambiaría su forma de protegerla, ni ella cambiaría lo mucho que detestaba ser tratada como una minusválida. Su cerebro, el más oxigenado que hubiese conocido, tenía debilidades que la ponían en riesgo en el campo de batalla. Los veía como humanos capaz de redimirse, a los mortífagos, cuando lo cierto era que, los que seguían luchando, los que habían decidido no esconderse, eran magos verdaderamente oscuros y psicópatas, dispuestos a dar muerte a cualquier persona o cosa que mostrara franca o leve oposición a sus determinaciones, nada les importaba. Muchos de ellos se ocultaban sobre sus máscaras de marfil, blancas, impasibles, cobardes. Cobardes malnacidos, eso eran, no era tan complejo llegar a esa conclusión.
- Yo no puedo permitirte luchar, Hermione – comenzó Harry, y al ver que los ojos de su amiga se salían de sus órbitas, alzó las manos en forma cansina, advirtiéndole que no había terminado. Lo mismo iba para Ron, cuyo amago de sonrisa al ver que Harry parecía querer ir más allá de la típica resolución que tomaba: no dejarla luchar – Pero entiendo que quieras ir con nosotros, yo también me asfixiaría en caso de que tu, Ron, o cualquiera de los míos quedase expuesto al peligro, y no hubiese estado yo para salvarlos o al menos morir en el intento – accedió. Sus palabras le dieron un sincero respiro a Hermione y arrugaron la frente del pelirrojo.
- No puede venir con nosotros – sentenció Ron, dejando bien claro cuál era su posición al respecto. Hermione bufó, y lo miró con rabia.
- Cállate – fue todo lo que dijo, incapaz de decir otra cosa que no fuese directamente ofensiva hacia su amigo de toda la vida, su primer amor y, por los vientos que soplaban, también su primera decepción amorosa.
- Por Morgana, Hermione, ¡que eres terca como una mula! – vociferó entonces Ron, y Harry, al ver la intención asesina que se posaba en los ojos de la castaña, se puso en el medio de ambos, intercediendo, como siempre.
- En esta ocasión le doy la razón, Ron – le dijo, lanzándole una clara advertencia con su tono de voz. Ese increíble poder de liderazgo del ojiverde silenciaba cualquier tipo de pataleo sin motivación, y Ron no tenía otra oposición distinta a que ella corría peligro. Ese precisamente era el argumento de Hermione en su contra, y Harry no podía luchar contra eso – pero tienes que comprenderme tu también, Herms. No eres auror, eres…
- … ya, Jefa de Oficina de la división de que aplica y revisa el cumplimiento de la Ley Mágica, sí, pero te recuerdo que casi he dimitido por estar metida aquí. Y cuando estoy allá, lo único que deseo es volver, pues el ambiente está tan cargado de tensión que muchos de nosotros preferimos trabajar en casa. Ya sabes, ustedes hacen el trabajo divertido y nosotros nos encargamos de que siga siendo así, sin que sean juzgados por el Wizengamot – recitó ella, torciendo los ojos – no me hace falta una titulación como aurora para saber defenderme en batalla, eso lo sabes perfectamente. No soy una tarada con un palito que sólo sabe hablar bonito y tiene una muy buena oratoria y redacción, sé cómo usar mi varita y contra quién, cosa en la que ustedes se exceden a menudo, si he de decirlo – puyó, realmente molesta. ¿Qué demonios significaba eso de que no era auror? Era una aplastante realidad, ciertamente, pero ella no tenía previsto que tanta guerra se extendiese más allá de la muerte de Voldemort, mucho menos cuando tantos de sus partidarios no eran más de un cubo de cucarachas que se matan entre sí para ver quién logra llegar al tope, llevándose lo que fuese por el medio. Harry se acercó a ella, tratando de calmarse y de tranquilizarla.
- Nuestro comportamiento no es el mejor, lo acepto – concedió. Ron se sentía de más en esa conversación. ¿Qué coño pretendía Harry, que ella fuese con ellos, se arriesgase, y muriera? La razón por la que no se retiraba era para impedir que una decisión de esas magnitudes saliera de su boca por las pataletas de Hermione. Era como permitir que Ginny se fuera a investigar con ellos, totalmente inadmisible, aunque en su caso no había mucho que podía hacer porque ella sí que era una auror y bien que hacía lo que se le daba la santa gana, más con Dean Thomas de su lado.
- Entonces estás de acuerdo en que vaya con ustedes – concluyó Hermione, poniéndose en jarras. Lo menos que quería era confrontar con Harry, pero si tenía que hacerlo para lograr lo que quería, lo haría.
- No, no lo estoy, pero sí en que nos acompañes en las misiones menos peligrosas – dijo, tomándola por los hombros – debes entender. Eres demasiado valiosa para mí, para Ron, para todos nosotros. Eres una especie de figurilla de cristal, Hermione, sólo que un potencial intelectual que envidio de buena manera en muchas ocasiones. Sé perfectamente las ventajas que traería el que de buenas a primeras soltases los libros y vinieses con nosotros, pero ahora tengo masa gris, conozco las consecuencias espantosas que podría traer esto, mucho más después del incidente que pasó en aquella casa de muggles, y no estoy dispuesto a correr ese riesgo. No puedes pedirme que no prefiera saberte sana, aún sacrificando las cosas positivas que nos brindaría tu presencia en la batalla, no cuando tengo tanto tiempo viendo cómo los míos se van, dejándome impotente porque no puedo hacer nada – le confesó, aturdiéndola. Lo que menos quería era sacar a relucir las pérdidas de su mejor amigo, sólo deseaba estar con ellos, como en los viejos tiempos, y así se lo hizo saber.
- No tengo dos años Harry, y no sería la primera vez que iría con ustedes. En esa ocasión no pasó nada, hice lo que tenía que hacer, y listo.
- ¡Tuvieron que recluirte porque estabas en estado de shock! ¿Qué hacemos si vuelve a pasar y no hay nadie que pueda cuidar de ti? Harry y yo en contadísimas ocasiones podemos protegernos el uno al otro, y lamento decir que no todos los aurores están tan bien preparados como nosotros, en verdad lo lamento. Seamus es muy bueno, y también lo es McMillan, pero no siempre están allí. Muchas veces nos cogen solos o con alguien más, se llaman ataques sorpresa, y no quiero imaginarme el que te atrapen y te hagan las monstruosidades que sé son capaces de hacer, ¡tienes que sentar cabeza! – se explicaba Ron, caminando de un lado al otro. Si se quedaba quieto, estallaría de pura rabia.
- De allí que sólo pueda venir con nosotros en ataques planeados aquí, con ambos. Y si accedes a seguir viviendo aquí, por supuesto – dijo Harry, tratando de llegar a un término medio. No le gustaba la idea, pero comprendía a Hermione, al diablo, vaya que la comprendía. Y le daría un poco de respiro tenerla con él, extrañaba su sagacidad, sus expresiones, mientras batallaban. Su presencia lo tranquilizaba, aunque sentía que tenía que activar un octavo sentido, sólo para protegerla. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Esa mujer era muy importante para él, muchísimo.
Para Hermione, por su parte, no era una solución agradable, pero era… aceptable. Aunque el quedarse significase el tener que despedir por sí misma a Malfoy. Vaya que lo correría, se podía largar a hacer lo que le placiera.
- Una cosa más, si es así – dijo ella, devolviéndole la sonrisa a Harry. Él le soltó los hombros y le dio un abrazo reconfortante. No quería terminar peleado con ella, era su mejor amiga, por Merlín.
- No sé qué mas puedes querer – vomitó Ron, saliendo como un bólido de la cocina. Su reacción hirió a Hermione, más al escuchar el portazo que había dado al salir. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas, pero no, no lloraría, no otra vez, por él.
- Olvídalo. Cuando se le pase, verás que todo será como antes – aseguró Harry, dirigiéndose a la cocina – ¿café? – ofreció, con una sonrisa boba en el rostro - ¿Qué es eso que quieres? Mañana podemos ir al Callejón Diagon a hacer ciertas compras, el pequeño Teddy sigue haciendo desastres en la casa de tus padres y quiero traérmelo una temporada para acá – le confesó, con los ojos llenos de alegría. La noticia conmovió a Hermione. Harry, como su padrino, había decidido que lo mejor para él era crecer en un ambiente que no estuviese tan cargado de odio, por lo que los padres de Hermione lo habían "adoptado" por un tiempo prudente. Vivían en la casa de playa de ellos, y el niño era feliz. Lo visitaba con cierta frecuencia, no tanto como deseaba, pero sí lo suficiente para que no olvidase su rostro. Si bien las cosas seguían jodidas, Teddy ya tenía casi cuatro años (con la energía de uno de diez y la terquedad de toda la comunidad mágica), así que era tiempo de que viviese con su padrino. No era lo bastante grande como para no encontrarse en peligro, pero sí lo suficiente como para comenzar a comprender las cosas. Hacía demasiadas preguntas ese pequeño, y la señora Granger, feliz por el pequeño, había aceptado la decisión, sólo que la condición había sido llevarlo de viaje a Egipto. La idea lo escandalizó por unos minutos, pero con poner al tanto a Charlie, fue más que suficiente, así se haya molestado por tener que hacer de canguro de humanos y de dragones bebés a la vez.
- Malfoy quiere irse, y yo sinceramente no me siento con más fuerzas para retenerlo aquí. Está bastante mejor, y si hay algo más por hacer, pues que vaya a San Mungo. Ya terminé de redactar el escrito que exime a ti y a Ron de toda culpa, pero te advierto Harry, no vuelvo a hacerlo. Se comportaron como unas bestias al dejarlo en ese estado – le recriminó, pero él no se inmutó. No toda la culpa era de ellos. Sirvió el líquido caliente en un par de tazas. Había optado por hacerlo en forma muggle (le hacía gracia pensar así), por lo que el aroma se había regado por toda la cocina y más habitaciones de la casa. Ella aceptó la que le ofreció, blanca, sin tantos adornos, una sencilla enredadera alrededor del borde, en trazos dorados. Sí, tenía buen gusto.
- Fuimos en parte nosotros, en parte sus propios compañeros. Acepto que lo rematamos, sí, pero es que hablamos de Draco Malfoy, Hermione. De hecho, fue más escándalo que otra cosa. Una maldición que lanzó uno de sus compañeros le dio a él, y bueno, al tener la máscara puesta, nos defendimos cuando se puso en pie. Luego se quitó la máscara y vimos que era el niño rubio – Se sentó en la mesa, cosa que ya había hecho Hermione – no sé qué clase de acuerdo enfermizo consiguió su familia con el Ministerio, eso de que esté de chivo expiatorio, como Snape en su momento, nunca me convenció.
- Yo firmé el trato Harry. Alegaron que estuvieron bajo la Imperius todo el tiempo. Modificaron recuerdos, lo sé, pero al final se concedió la libertad a Draco sólo si cooperaba con nombres y entregaba todos los objetos oscuros que tenía en su casa. Narcissa nunca había llorado tanto, pero lo hicieron, y no le bastó con eso. Fue más allá y propuso hacer espionaje, no podíamos negarnos. Por cobardía lo hizo, es cierto, pero es peor que nada y aún así, en su primera misión, lo que haces es caerle a golpes, mugglemente hablando, por supuesto – le dijo, saboreando el café. No estaba nada mal, para ser hecho por Harry. Vivir en relativa soledad lo había hecho madurar, y lo había enseñado a cocinar. El pensamiento le arrancó una sonrisa.
- Después de eso no dudo que se retracte y vuelva a las filas del mal, en verdad – le respondió, dejando la taza en la mesa – no estoy seguro, no sabe nada que pueda delatarnos, ni sabe llegar hasta aquí, pero aún así…
- Sé perfectamente lo que me conviene, Potter, deja de preocuparte. Lo que te conviene a ti, por el contrario, es salir, porque Weasley se va a desmayar como una niña. Trae a Pansy entre los brazos, y viene en unas condiciones más o menos similares a las que me trajeron aquí. Estás condenado a recibir a enemigos en tu casa, por lo que veo – dijo Draco, con una voz seca, interrumpiendo la conversación de los leones. Bastante contrariado por tener que elegir entre arrancarle a la comadreja a Pansy de los brazos y avisarle al resto de los presentes de que ocurría, se había devuelto, abierto con prontitud la puerta de la cocina y escuchado lo último (no le interesaba conocer de qué asuntos hablaban esos dos) y la implicación de las palabras de Potter le hirvieron la sangre. Sabía al dedillo qué podía hacer y qué no. Qué posición le tocaba jugar y, más aún, que tenía que ser mucho mejor que Snape para no poner su trasero en un mayor peligro al que ya corría. Era una situación clara y no iba a arriesgar lo poco que le quedaba a su familia (en dignidad, el dinero no se les acabaría ni por que cuatro hecatombes se cernieran a la vez en toda Inglaterra) por darse el lujo de cometer errores. Con suerte, saldría con la camisa blanca de todo aquello. No quedaba la organización de antes, muchos eran viscerales. Sólo tenía que enterarse de los ataques planeados, avisar al cabrón de Potter, y hasta allí llegaba su trabajo. Fin de la historia. Luego recuperaría aquél collar que tan útil le había sido en alguna oportunidad, más tomando en consideración el que costaba muchísimo y se veía genial en el despacho de la Mansión Malfoy.
- ¿¡Parkinson? – chilló Hermione, saltando de la silla como resorte. En lo que llegó a la puerta, tuvo que taparse la boca. Ron entraba, con la ropa estropeada, manchada en sangre, y una Pansy Parkinson pálida hasta la muerte en sus brazos – ¡Ron! – Gritó, al ver que él le pasaba por el lado, pitado hacia las escaleras. Se le pegó como una garrapata, y más atrás iban Malfoy y Harry, siguiéndola.
- Llegó hace unos segundos. Se apareció frente a mí justo cuando iba a tratar de olvidar la estupidez que acabas de cometer – le ladró, dejándola en seco por unos milisegundos, sobretodo por el golpe que le había propinado con uno de los hombros, puede que sin intención, al pasar frente a ella con Parkinson en los brazos. Llegaron al primer piso, y aprovecharon la habitación de huéspedes. Era imperioso llamar a Luna, y de eso se encargó Harry, quien se devolvió sacando la varita y conjurando su patronus con una velocidad alarmante.
- Voy por algunas pociones para ver qué podemos hacer – anunció, devolviéndose. Miró significativamente a Hermione, pero ella se sentó junto a Parkinson, en la silla que estaba ubicada al lado izquierdo de la cabecera de la cama, adherida a la pared, con una pequeña ventana que le brindaba algo de frescura al lugar. La hora hacía que el frío se colase por las rendijas, pero a ninguno de los cuatro le importaba.
- No se te ocurra ponerle una mano encima, Granger. Puede matarme si sabe que la tocaste – le advirtió Draco, advertencia que literalmente se pasó por el forro Hermione. Tenía conocimientos sobre la curación mágica y, más aún, conocía las ventajas de los remedios muggles.
- ¿Te dijo porqué había venido exactamente hasta acá? Es una mortífaga, así que aterrizar frente al cuartel general no me parece lo más adecuado, no importa que no sepa cómo entrar – preguntó y dijo Hermione a Ron, al tiempo que aplicaba un episkey a la nariz pálida de la serpiente. Era vital retirar las posibles obstrucciones que tuviese en las vías respiratorias, y el tabique fuera de lugar era una de ellas. Estaba escuetamente vestida. Sus ropas estaban absolutamente rasgadas. Ron se había quitado la túnica para cubrirla, pero al momento de acostarla, tuvo que retirarla, para poder examinar el estado de sus heridas. Draco Malfoy lo miró, fúrico.
- Te puedes largar, Weasley. El espectáculo de ver a una mujer distinta a Granger en cueros, te lo reservas, Pansy no está a la orden – le dijo. Ante la insinuación, bien cómodo se habría sentido Ron de igualar la nariz de aquella desagradable serpiente a la condición de la nariz de la otra, pero ante la concentración que parecía tener Hermione, pasando la varita por las heridas más superficiales de Parkinson, decidió imitarla, e ignorar a Malfoy - ¿No me oíste? – espetó, perdiendo la paciencia.
- Si tanto te perturba ver el cuerpo de una mujer, Malfoy, ese no es mi problema. Puedes salir de la habitación, no le haremos nada a tu amiguita, no hasta saber qué la trajo hasta aquí – le contestó, pacientemente. La magia de Hermione tenía el cuerpo de Pansy brillante, aunque la sangre seguía goteando y manchando las sábanas de la cama. Sólo llevaba lo que parecía ser el pijama, completamente destruido. Su pecho se dejaba entrever, pero nada más. La magnitud de las heridas aumentaba de abajo hacia arriba, y esa zona estaba especialmente lastimada. Su cabello, desordenado, parecía una cascada negra que la cubría por zonas. El espectáculo le recordó a una Banshee, sólo que mucho más atractiva. En lo que ese pensamiento atravesó su mente, se dijo que tenía que estar muy cabreado con Hermione como para pensar que Pansy Parkinson era atractiva, independientemente de que, de hecho, lo fuese o no.
- Alguien se ensañó con ella – dijo Hermione, contrariada. Alguien de su bando no haría semejante barbaridad – Accio pijama – ordenó a la varita, y a los segundos una de sus pijamas, blanca, de algodón, pasó a toda velocidad por la puerta que Harry acababa de abrir, despeinándolo. Llevaba unas cuantas botellitas en la mano, de distintas formas, tamaños y colores. No sabía absolutamente nada de sanación, eso se lo dejaría a Hermione.
- Eso creo – asintió Ron, también contrariado. ¿Quién tendría ganas de dejar a Pansy Parkinson hecha trizas? Muchos, era cierto. Era una mortífaga muy cruel, si bien no había records de asesinatos en su lista. Era una de las expertas en la maldición Imperius, y en borrar memorias. Su trabajo, aparentemente inocente, era bajo. Familias muggles habían quedado divididas sólo por su varita. Muchas veces había obligado a magos decentes a hacer y decir cosas que no querían. Arpía, sí, pero arpía y todo, no merecía haber quedado en esas condiciones.
- Necesito retirarle la camisa – anunció, como si se tratase de levantar una mole de quinientos kilos. En sus más remotas pesadillas aparecía Ron despotricando contra ella, la pérdida frente al bando oscuro, la soledad. No una Pansy Parkinson desvalida que estaba más muerta que viva.
- No hay problema – respondió Harry, más que acostumbrado a ese tipo de situaciones. En muchas ocasiones él mismo hacía ese trabajo, torpemente, en la batalla, sin importar si se trataba de mujeres o de hombres. Sin embargo, los ojos de Draco refulgieron advertencia – Malfoy, el que hayas convivido toda tu vida con seres con nada de respeto por la vida humana, y mucho menos por el cuerpo de una persona, no significa que el resto de la población sea así. Tienes dos opciones, o lo haces tu mismo o dejas que alguno de nosotros lo haga, fácil.
- ¿Dónde está Lovegood? – inquirió. Sólo confiaba en esa mujer, era especialmente cálida y no le provocaba instintos asesinos su sola presencia. Hermione rodó los ojos, sin dar crédito a sus oídos. El pelirrubio captó el gesto, pero antes de emitir algún tipo de comentario, la puerta volvió a ceder, dejando la imagen de Luna frente a todos ellos. Iba con un vestido azul claro, ceñido al cuerpo, y bastante ajetreada, por lo que podía verse.
- ¿Estabas ocupada? – preguntó Ron, divertido. Genial, la habían capturado en una noche de copas. Ella intentó peinar su cabello, y, con las mejillas coloradas, negó.
- Estoy bien, estoy bien – aseguró, contando a las personas conscientes en la habitación – necesito que se salgan, vine a hacer mi trabajo. Hola Draco, ¿cómo estás? – quiso saber. La pregunta le cayó bastante pesada a Hermione, quien se retiraba del puesto para cedérselo a ella. ¿Qué carajo hacía sólo saludando a Malfoy? Claro, la razón de su fugaz arrebato se debía a que todos eran sus amigos, y él no. Menos cuando la miraba de una forma distinta al resto de las veces. Sí, estaba decente en esa ocasión, con el vestido azul con perlas diminutas sacando brillos de las curvaturas de su cuerpo, el cabello elegantemente recogido (con mechones rebeldes que intentaba acomodar con las manos) y sin las gafas gigantescas y horribles que llevaba en Hogwarts, pero eso era todo. Además, su mejor amiga, o la que se suponía que la era, estaba convaleciente, y la defendía a capa y espada (o al menos su cuerpo) hacía segundos atrás, grandísimo cabrón. Tan intensa fue la sensación que pensó que se ahogaría, por lo que optó por salir pirada de la habitación, antes que cualquiera de los tres jóvenes adultos que la sucedían.
- ¡Ron! – llamó, pero el pelirrojo pasó junto a ella como si de una estatua se tratase. Joder, ¡estaba exagerando! No había pedido asesinar a nadie, sólo tener una participación más activa en lo que quedaba de la batalla. No podía estarse quieta por tanto tiempo. Vamos, había sido su novio o era su novio, o no sabía ya qué rayos eran, pero no tenían dos días conociéndose. Estaba dramatizando demasiado, aún para ser Ron Weasley.
- Déjalo – respondió Harry, acercándosele y pasando uno de sus brazos por los hombros de ella. Depositó un suave beso en su frente, en forma amistosa, y le guiñó un ojo – me voy a buscar a Teddy. Quiero viajar en tren, así que me tardaré un tiempo. ¿Vienes conmigo? Por los momentos están Ginny y Neville haciendo la ronda, y Bones está ocupada con ciertos detalles al sur. No hay nada que requiera de mi especial atención el día de hoy, así que podemos conversar – le dijo. Ella sonrió, negando con la cabeza.
- Estoy muerta, pero tienes que prometerme que en lo que llegues a casa de mis padres me avisarás. Los busco y nos venimos, y tenemos esa conversación agradable – le propuso, a lo que él estuvo de acuerdo. La estrechó un poco contra su cuerpo, y luego se separó, bajando las escaleras. Al llegar a la mitad de ellas, giró el cuerpo en dirección hacia Hermione, quién veía la puerta por la que Ron había salido hacía poco. Lucía cansada, pero más que eso, triste. La trenza con la que ataba su cabello amenazaba con soltarse, y se le antojó bonita en esa posición. ¿Qué rayos estás pensando Harry Potter?, ¡estamos hablando de Hermione!, se recriminó.
- En lo que sepas algo de Parkinson, me llamas – pidió, alzando la mano, despidiéndose – nos vemos en unas horas.
- Hecho – cedió, respondiéndole de la misma manera. Suspiró un par de veces en lo que Harry salió del sitio que, de una u otra manera, se había convertido en su hogar. Escuchó pasos tras de sí, pero no se daría la molestia de ver porqué carajos Malfoy se le acercaba. Todo lo contrario, se dio media vuelta y se dirigió hacia la escalera que daba al segundo piso, dispuesta a encerrarse en su habitación hasta que Luna tuviese noticias de Parkinson, después de todo, el rubio parecía disfrutar más de la compañía de la Ravenclaw de la suya, cosa que no me debería importar, para ser sinceros, se reprochó, suspirando de nuevo. Rendida ante lo que sentía en ese minuto, un cúmulo de frustraciones respecto a todo, aún con su pequeña victoria, se le antojaba echarse a leer hasta que los ojos le explotaran. Fue plenamente consciente de que la serpiente quería molestarla con alguno de sus comentarios sin sentido, así que metió prisa a sus pasos, perdiéndolo de vista. Sería patético si me persigue, en verdad, se dijo a sí misma, convencida de que necesitaba o leer o dormir, porque ya desvariaba. Draco Malfoy persiguiéndola, ¡por supuesto! Bufó, y se perdió de vista.
Fin del Flash Black
Una presión en el pecho amenazaba espantosamente con hacerla desvanecer, de un momento a otro. Hermione tomó la mano de Theodore, buscando apoyo. Sentía una baja de tensión que le arrancaba las fuerzas del cuerpo, y el estar apareciéndose no ayudaba para nada. Agradecía a Merlín que el encargado de aparecerlos hubiese sido Theo, porque de haber sido por ella se habrían escindido a mitad del camino.
Aterrizaron en lo que parecía un concurrido callejón, muy similar al Callejón Diagon, sólo que más espacioso y con muchas más tiendas de ropas de magos, libros de magia, una especie de tienda de teteras que hablaban y demás. De no ser por el temblor que sentía en las rodillas, habría inspeccionado el lugar. Una necesidad enorme de sentarse era lo que sentía.
- ¿Qué pasa? – le preguntó el castaño, aferrándola con fuerza. Detestaba esa debilidad que parecía consumirla. Maldita maldición, susurró más para él que para ella, pero fue completamente audible para ambos
- Exactamente – le dijo ella, sin querer aventurarse a dar conclusiones. Se había sentido de la misma manera en la ocasión que dejó a Malfoy en la casa de sus padres, de playa. Su consciencia se había esfumado y había despertado a los días en San Mungo, con una especie de agujero negro en el cuello, y no tenía deseos de repetir la experiencia, aún cuando la imagen de un Malfoy bastante cabreado se dibujaba con perturbadora claridad. No estaba en peligro, o eso aparentaba y, aún así, la sensación que tenía en el pecho no se iba – no me dejes dormirme, es una orden – le exigió a Theo, quien la acompañó hasta una cafetería cercana. Era pequeña, y pensó por unos segundos que podría causarle claustrofobia a la castaña, pero ella parecía más bien ocupada luchando consigo misma.
- No lo haré esta vez, lo prometo – le aseguró, corriendo una silla para permitirle sentarse – pero tienes que decirme qué ves para poderte ayudar – completó, sentándose a su lado. No la soltaría por nada del mundo. Un hombre se les acercó a tomar su pedido, pero él lo despachó. Un par de vasos con agua aparecieron en la mesa, atendiendo a las necesidades de ambos. Genial, una cafetería que tenía mesoneros de adorno. Tomó uno de los vasos con agua y se los ofreció a Hermione, quien comenzaba a sudar febrilmente – tómate algo o te me mueres aquí mismo – le pidió él, tratando de acunarla en su pecho. Ella se negó a ambas cosas, con el ceño fruncido y los labios apretados en una furiosa línea.
- Si me tomo algo, vomito, y si me ladeo, vomito. Dame unos segundos – le dijo, y se desmayó.
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- Genial, sencillamente genial – se reprochó a sí misma, plenamente consciente de que del otro lado del mundo estaría Theodore sacudiendo su cuerpo inerte, en vías de perder todo color humano. Cerró los puños, sin comprender cómo era posible que perdiese el control de sus acciones. Maldición de mierda, renegó, acercándose a Malfoy, o quien parecía ser él, porque la estancia estaba en completa oscuridad, salvo por un resquicio de la puerta que los separaba de alguna habitación o del mismísimo exterior - ¿podrías explicarme qué demonios ocurrió? ¡Vi perfectamente cómo tú y Ron eran atacados por mortífagos! Por una preciosa coincidencia del destino Theo me trajo hasta acá, y ahora resulta que no estás con Ron y sí estás maniatado, de paso – se exasperó, al llegar hasta él. Estaba atado de pies y manos a una silla pequeña, con su metro ochenta de alto apretado en una incómoda posición. Se le acercó, asustada. No le había respondido, eso sólo podía significar que estaba inconsciente, tal cual su cuerpo en aquella cafetería.
- Malfoy, ayúdame – le dijo, poniéndose frente a él. Respiraba con dificultad, aunque a la vista estaba perfectamente sano, concluyó, esforzando un poco la vista. Agudizó el oído, intentando captar sonidos del exterior, y le pareció escuchar a alguien maldecir, pero estaba bastante lejano el sonido. Bien podía ser Ron como un verdulero peleando contra alguien. Fastidiada por no poder utilizar la magia en esa ocasión (lo supo en lo que intentó desatar a Malfoy con un hechizo no verbal y no lo logró), tocó un par de veces al rubio, intentando inmutarlo con su presencia. Nada ocurrió.
- ¡Malfoy! – gritó, absolutamente segura de que nadie podía escucharla o verla. Así había ocurrido la vez anterior, y no había motivos para dejar de suponerlo. Él abrió los ojos con pesadez ante su grito. Lucía abatido, y ver arrugas en los ojos de Draco Malfoy de puro sentimiento, y unos ojos grises clarísimos que lo hacían lucir completamente minusválido, no era el ideal de Hermione. Sabía de su debilidad ante ese tipo de situaciones, por eso había huido de él, y de sí misma – No me sirve que no me digas qué ocurre. ¿Dónde está Ron y cómo llegaste aquí? – quiso saber, dando un par de pasos en retroceso. Bien, estaba despierto, con los ojos abiertos, no había necesidad de tanta proximidad a él. Le dio la espalda, simulando buscar cómo escapar de ese sitio sin magia. Al instante cayó en la cuenta. ¿Cómo saldrían de allí sin magia? Un esbozo de desesperación la abatió, pero al escuchar la voz del rubio, quedó helada.
- Está viva – susurró, con la voz quebrada. Era la segunda vez que lo escuchaba emplear ese tono de voz. La primera había sido en otra ocasión que no quería recordar en esa oportunidad. Todo su cuerpo se erizó, tratando de procesar la noticia. Si se refería a lo que creía que se refería… no, no podía ser.
- ¿Cómo? – devolvió, deteniendo su caminar. Podría jurar que había percibido un sollozo, pero no. Draco Malfoy no lloraba.
- ¡Con un demonio Granger, que Luna está viva! – Estalló, sacudiéndose furiosamente – esos bastardos la sumieron en un duermevela que estoy seguro es causado por un filtro de los muertos en vida, cagadamente preparado, si debo decirlo – explicó, pero sus palabras no tenían sentido para Hermione.
- Eso es imposible, Malfoy. Tú mismo creíste que la habían asesinado, de allí esa persecución enferma de sus posibles asesinos – rebatió, sin atreverse a acercase a él. No podía estar viva, Luna no podía estar viva, porque ello significaría… ¿qué significaría? ¿Qué no se había atrevido a buscarla, contando sólo con la palabra de un ex mortífago? No podía culparla Luna, no había señales de su cuerpo ni de su vida, y su rastro mágico se había desvanecido de tal forma que sólo quedaba un leve trazo de lo que solía ser. Harry y Ron la habían buscado hasta por debajo de las piedras, le contaron en su momento, y ella misma no dudaba de los sanguinarios que quedaban rondado por el mundo mágico, como bulldogs en busca de una presa fácil. Era la esposa de Draco Malfoy, odiaban a Draco Malfoy, no había que ser un genio como para llegar a una conclusión apresurada, en caso tal de que lo fuese.
- No lo es, Granger. Si te tomas un momento para enfocar tu mirada, lo verás con tus propios ojos – le explicó, esquivándola. No demostraría su debilidad frente a Hermione Granger. Qué bienvenida sería la máscara fría, blanca, que usó en algún momento, sólo para esta ocasión. El desespero que sentía ante la presencia de Luna, en sus narices, flotando como una reina encima de una tumba de cristal, perdiéndose en el tiempo y en el espacio por la acción de bastardos que lo querían a él, y el no poder hacer nada, lo estaban superando. No era una persona dada a dejarse desbordar por los sentimientos, ni mucho menos, pero se trataba de Luna Lovegood. Hermione entrecerró los ojos, confundida. ¿De qué hablaba ese hombre? Afinó la mirada, completamente segura de que desvariaba, o de que quería calentarle la cabeza, pero tuvo que taparse la boca con ambas manos para evitar que un grito de sorpresa aturdiera los tímpanos de ambos.
Luna Lovegood, bruja de veintitrés años, rubia originalmente, de estatura media, delgada, ravenclaw, soñadora y atrozmente sincera, estaba suspendida graciosamente frente a ellos, separada por lo que parecía ser una fina pared de vidrio. Emitía destellos rojizos, bastante claro a decir verdad. Si se acercaba, moriría, tan sencillo como eso. No necesitaba ser experta en la magia oscura como para poner ese tipo de defensas. Bastaba con una maldición anti-intrusos, conocida por ella especialmente porque había aprendido, a las malas, cómo combatirla. Era una soberana ironía que supiese contrarrestarla y que no pudiese hacerlo por no tener la varita. Perfecto Ron, de qué me sirve ser bruja ahorita, pensó con sorna. Luna flotaba, aparentemente dormida, con un vestido blanco que parecía de novia. ¿De novia? ¿Qué hacía Luna vestida de novia? La duda la atravesó como una flecha certeza, y dirigió su mirada hacia Draco Malfoy, cuya cabeza permanecía caída.
- Es el vestido que usó en nuestra boda. Llevo horas preguntándome porqué demonios lo lleva puesto. No sé bajo qué supuesto podría usarlo al momento de ser raptada, Granger, y si, te contesto es porque la pregunta brilla sobre tu cabeza, eres demasiado transparente – soltó, respondiendo la pregunta de la leona. Ella ni se molestó en bufar, dado que era cierto.
- Algo anda mal, no se supone que su cabello esté… así – comentó, detallando lo blanco del cabello de la Ravenclaw. Eso, lo amoratado de su piel, y el que estuviera con los ojos semi abiertos la había aterrado. Algo había fallado con el filtro de los muertos - ¿estás seguro de que es esa poción y no otra? – le preguntó, dando un par de pasos hasta el vidrio, quedando a unos pocos centímetros de su campo de acción. De no ser por esos detalles, Luna podría parecer dormida. Una sensación de ahogo la cubrió, pues la tristeza y la desilusión frente a sí misma la abatían como olas rompiendo en un peñasco. ¡Qué cabrona y egoísta era! Ella, Hermione Granger, hasta ahora se daba cuenta de ello. El corazón se le desbordaría del pecho de remordimiento, pero después, no en ese instante, en el que la voz de Malfoy resonaba peligrosamente cerca de ella, tan cercana y lejana que resultaba asfixiante.
- Lo estoy. Y también estoy seguro de que fallaron, pues su marca mágica está tan débil que todos jurábamos que estaba muerta, incluyéndome. Y como no puedo ser el elegante caballero que la despierte con poción Wiggenweld, la pusieron frente a mí para que la vea morir. ¡Bastardos! – vociferó, con la derrota tatuada en la piel. Maniatado como estaba, sólo podía tragarse la ira que sentía, mucho más cuando sabía la identidad de los dos que lo habían apresado. Le importaba un huevo dónde estaba Weasley. Sabía que, si no lo mataban como el malnacido que era (a él), por provocar que una persona completamente inocente muriese por su causa, los que morirían, dolorosa y lentamente, serían Mulciber y Callahan, y ellos no eran tan imbéciles como para no llegar a la misma conclusión.
- Tiene que haber una forma de sacarla de ese sueño provocado, y de revertir la poción – negó Hermione, decidida a hacer lo que fuese necesario para devolver a Luna a la vida, aún si ello significaba… momento, ¿qué significaba? No podía ser tan tarada como para seguir sintiendo lo que fuese que sintió por Malfoy, contra lo que había luchado y seguiría luchando porque sencillamente no tenía futuro. Ella, Luna Lovegood, y nadie más, merecía estar al lado de Malfoy. Ella sacó a relucir su lado no tan oscuro y lo hizo sonreír. Tenía que forjar eso a fuego en su mente, para poder seguir hacia delante. Sin embargo, unas lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas. No comprendía porqué la vida tenía que ser tan puñeteramente injusta. Ella no sentía simpatía alguna con Luna, no después de lo que había pasado hacía un año. La rubia no era culpable y lo sabía, la culpable había sido ella por dejarse engañar por sí misma, pero no veía el porqué tenía que enfrentarse con eso a cada paso que daba, era un fantasma que estaba decidido a no dejarla en paz, y el hecho de que eso colidiera con la situación en la que se encontraba su antigua compañera de estudios, le chocaba en lo más profundo. Ella se suponía buena, correcta, pero sobre las todas las cosas, justa, y en ese instante sabía a ciencia cierta que debía encontrar una solución para la dorada, si bien eso arrastraba como consecuencia volver a pelear contra sí misma, y volver a huir de sus hechos. Era un peso que había creído olvidado, y que se afincaba en sus extremidades.
- No la hay Granger, de haberla ya lo habría intentado. Al menos no es posible sin magia – refutó Malfoy, deteniéndose en el rostro de Hermione. Vaya mujer. Estaba a dos pasos de él, y la sentía terriblemente distante (como debía ser, si era un poco franco consigo mismo). Luna, medio muerta entre los dos; él, frustrado por no poder hacer nada por ella y, aún así, Draco Malfoy se preocupaba por las lágrimas que se deslizaban por las mejillas de la castaña, esa que sabía que derramaba, esas que tantos dolores de cabeza le daban y le seguirían dando, de eso no le cabía la menor duda. Al escuchar cómo se deslizaba, pegada a la pared, hasta quedar sentada en el suelo, quiso decir algo más, pero no se le ocurría nada. ¿Qué podía decir? "Sálvame el culo y de paso rescata a Luna de esa poción que la está matando, deja de lado el que técnicamente estás maldecida por lo que sea sientas por mí y que sufriste por defenderme, que perdiste una amiga, una relación, y de paso te ganaste la repulsión de tu mejor amigo el santo de los héroes afligidos Potter", ¡ja! por supuesto. No sonaba como él y no sería deshonesto con ella, lo había prometido antes y no veía motivo para romper esa promesa, por más que un órgano de su cuerpo lo insultase a diestra y siniestra por no dejar llevarse por lo que latía dentro de él.
- Ella no se merece esto, en verdad que no – se flageló entonces Hermione, abrazando sus rodillas. Tenía que haber alguna manera de salir de todo aquello. Encerró su rostro entre sus manos, pensando. Algo tenía que ocurrírsele, era un cerebro privilegiado y haría uso de eso, no podía darse el lujo de bloquear todo el conocimiento que poseía.
- Ni ella ni tú, Granger, si hablamos de justicia – acordó Draco, con voz de circunstancias. El único responsable, por jugar al doble espía, era él, pero aquellos cobardes preferían jugar con la vida de un inocente, como siempre. No es que no disfrutase un poco del sufrimiento humano, como Slytherin y ex mortífago que era, no podía negarlo, pero hasta él tenía sus límites y Luna Lovegood no le había hecho nada al mundo. Quizá su madre sí, por ocultar obcecadamente objetos que eran de interés del Lord y de las filas, pero esa mujer estaba bien enterrada, gracias. Qué jodida manía de que alguien tenía que pagar, siempre. Y si era un tercero que podía dañar a los implicados, pues tanto mejor.
- No me vengas a hablar de justicia ahorita, Malfoy, en verdad – le dijo Hermione, tratando de concentrarse. Con Luna flotando del otro lado del jodido cristal y los repentinos dejos de culpabilidad de Malfoy, resultaba una tarea casi titánica - no tiene ningún sentido darse golpes de pecho ahora, tenemos que encontrar alguna manera de salir de aquí y llevarnos a Luna para ver qué pueden hacer por ella en San Mungo – continuó, intentando dejar de lado la creciente preocupación que sentía por su propio cuerpo, por Ron, por todos. Harry no podría ayudarla en ese momento, ella solita tendría que ver cómo resolvía. Pues bien, tenía que empezar por lo más obvio: liberar a Malfoy – ¿Antes de atarte aplicaron alguna maldición a las cuerdas? – interrogó, alzando la vista hacia él, quien no había apartado sus ojos de ella en los últimos minutos – No voy a ser tan imbécil como para intentar soltarte y caer medio muerta por una maldición de tus ex amiguitos – puyó, esperando por una respuesta.
- No lo sé, cuando llegaste estaba inconsciente y así llegué. Ni sé cuándo fue que nos separaron a mí y a Weasley, por si también te interesa en qué paró tu amiguito – le devolvió, con el tono impregnado en ironía. Hermione tenía unas buenas ganas de darle un puñetazo en la nariz, pero se recordó a sí misma que ya no estaba en tercero de Hogwarts, ni podía darse el lujo de knockear a Malfoy, no allí.
- Por supuesto que me interesa – reprochó ella, poniéndose en pie – voy a intentar soltar las cuerdas – le avisó. Realmente no tenía ninguna finalidad práctica el liberarlo, pero no podía verlo atado como un animal.
- No tienes porqué avisarme, no voy a hacerte nada, técnicamente no puedo porque lo que está aquí es tu marca mágica, no la real Hermione Granger, esa debe estar… bueno, tu sabrás donde está – respondió, sin mover un músculo al sentirla cerca de ella y con una ligera sospecha de con quién podría estar el cuerpo de esa mujer. Se prohibió pensar en esa posibilidad, o perdería todo el autocontrol que estaba aplicando.
Hermione, al escuchar su nombre completo en los labios de aquella serpiente, no pudo evitar dar un respingo. Era bastante halado de los cabellos el que la llamara así. Ella toda la vida sería Granger y él toda la vida sería Malfoy, así que toda modificación en esa regla la trastocaba.
- Ay por favor Granger no dije nada malo – advirtió él, al apreciar cómo saltaba. Rodó los ojos, fastidiado de lo idiota que podía ser Granger. Venga, sólo la había llamado por su nombre, ¿qué no toda la población mágica le decía así?
- Cállate – espetó ella, controlando los temblores que se escapaban de su cuerpo por la descarga eléctrica que la recorría al pasar la yema de sus dedos – bien podría dejarte así mientras le busco alguna razón lógica a todo esto que ocurre – le ladró, percibiendo cómo un creciente calorcillo se hacía mayor. Miró hacia su cuello, de donde provenía, y una maldición de tamaño proverbial se escapó de sus labios. Alguien del antiguo Ejército de Dumbledore, hoy día todos integrantes de la Orden del Fénix, estaba mandando un mensaje a todos los que la conformaban.
- ¿Qué pasó Granger, de cuándo tan vulgar? – le preguntó Malfoy, frunciendo el ceño. No ayudaba para nada a su autocontrol el que Hermione Granger oliese tan recondenadamente bien. Recordaba su olor típico, floral, pero no era necesario que se lo restregara en cara, aunque pensándolo fríamente, probablemente no tendría idea de que desprendía ese aroma.
- Intentan comunicarme algo por la monedita aquella que usábamos en Hogwarts – dijo escuetamente, frustrada. El calor podía sentirlo, pero no podía enterarse de nada porque físicamente no tenía acceso a la moneda – ¡me cago en esta puta maldición! – gritó, exasperada, dejando de lado el cuidado casi pericial que tenía en desatar a Malfoy. De dos jalones soltó los pocos nudos que quedaban en sus tobillos.
- ¿Dónde estás? – quiso saber él, estando completamente seguro de que odiaría la respuesta.
- Con Theo – le respondió, afirmándole la sospecha, Theodore Nott, Nott, Nott, Nott. Fácilmente lo extraería de la vida de Hermione sólo con no tener que pensar en él, con ella. Era un hipócrita redomado, se preocupaba por Luna y, a la vez, quería muerto al único que había recibido a Hermione sin reproches, sin señalamientos y sin miedos.
- ¿Y se supone que él es el brillante ser que te está cuidando mientras estás encerrada en los rincones de tu mente y a la vez intentando salvar mi trasero y de paso rescatar a Luna? – preguntó, dándose unos suaves masajes en las muñecas, muy maltratadas. Las marcas de las cuerdas habían amoratado los bordes. Es que los mataría, sí, pero con todo el placer del mundo. Pensó en ponerse en pie enseguida, pero supuso que sería una muy mala idea. Tenía las piernas acalambradas y un leve mareo que de seguro lo hacía acabar de culo en el suelo.
- Sí, y ya páralo. Él encontrará la manera de hacerme volver en mí, y eventualmente, si no lo consigue, lo haré, así que tenemos que ver cómo salimos de aquí y cómo sacamos a Luna de allí – le indicó, señalando con una mano hacia la rubia platinada.
- ¿De dónde te salió tanta fe ciega en él? Si mal no recuerdo, es tan serpiente como yo, y también recuerdo que esa fue una de las razones por las cuales…
- No te lo voy a repetir Malfoy, córtalo – lo interrumpió - Ya pasó bastante tiempo como para que nos pongamos a rememorar cosas que no debieron pasar y otras tantas que de tan acertadas que son, no pueden ser borradas del mundo mágico sin causar una catástrofe – le exigió, alejándose de él. Se aproximó hasta la rendija que les brindaba un poco de aire fresco, buscando enfocar sus sentidos. ¿Dónde rayos se encontraban?
- Si, pero yo no fui el que huyo con el rabo entre las piernas, aterrado frente a lo que me haces sentir, o hacías, si prefieres que lo coloque en ese plano – discutió él, cabreado. Estaba harto de que siempre huyera. Entendía perfectamente que era pasado, y a lo pasado pisado, pero cuando no concluía asuntos, no podía evitar enfermarse de tanto pensar el "quizá si". Se levantó, dispuesto a encararla, y a ver con claridad qué pasaba por su rostro. Él, Draco Malfoy, se preciaba a sí mismo de aprovechar ocasiones, y esta era una que no perdería por nada, aún con el debido respeto hacia Luna (tampoco es que se tiraría a su antigua compañera allí mismo).
- Córtala ya Malfoy, de verdad, eso no iba para ningún lado y no hacemos nada discutiéndolo en este preciso momento – contrarió ella, crispándose. ¿Alguna forma que no incluyese magia? Eso horrorizaría al rubio, pero si Theo había sido capaz de comprender cómo encender un DVD, cambiar películas e incluso apagarlo, podía conseguir que el príncipe de Slytherin hiciera algo sin la varita. ¿Trepar como un animal? La rendija era demasiado pequeña. No pudo evitar evocar el recuerdo de Draco Malfoy hecho todo un hurón botador. Una imagen repentina de él saltando hasta reventar el techo a punta de brincos provocó que soltara una risotada.
- Estás loca – le dijo él, inseguro ya de que esa Hermione de plasma fuese la Hermione Granger que él conocía. Sin embargo, eso no era lo importante, ya después buscaría cuáles eran los efectos secundarios de Obscuro en una hija de muggles – Granger, ¿porqué te fuiste? – disparó, acercándosele lo suficiente como para encerrarla entre sus dos brazos, apoyando las manos de la pared. Su cabello, un poco más corto de lo que solía ser, cayó desenfrenado por su frente, ocultando sus ojos por trozos. Unos pocos pasos más, y se perdería la notoriedad de ambos cuerpos y con facilidad podrían ser confundidos con uno solo.
La cercanía de aquél hombre siempre la erizaba y la dejaba hecha un despojo de nervios. ¿Qué quería? Lo habían conversado, fugazmente, quizá con muchos vacíos de por medio, pero era un tema ya transitado que no sabía porqué se empeñaba en traer a colación. Ella se sentía una cobarde cuando lo tenía así, frente a ella, exigiendo respuestas que ya le había dado, con su cuerpo, con su rostro, con sus ojos, con sus gestos.
- Aléjate, por favor – le pidió, negando. Intentó pegarse aún más a la pared y dejar de pensar en todas las cosas, pocas como fueron, que habían vivido. No había una explicación lógica para aquel enfermizo sentimiento, por descontado, sólo suyo. Un par de insultadas, varias noches haciéndose compañía, y una que otra conversación coherente. Más nada. No roces corporales, ni tentaciones de las cuales arrepentirse. Era exasperante que no lo superara, más cuando las decisiones habían sido tomadas. Ella se largó, con "el rabo entre las piernas", y para ser francos, él no la buscó. Se casó con Luna, se fueron a vivir a la Mansión Malfoy, y hasta allí corría el río.
- No, no lo haré esta vez - dijo él, con la voz ronca. De pronto, sentía que se le sacaba la garganta. Vio claramente cómo ella rodaba su rostro, para ocultarlo en su cabello, brindándole un nuevo ángulo de su cuello. ¿Sabría lo que hacía? Probablemente no. Ese camino se le antojaba apetecible a los gritos, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzarse en picado en su cuello y devorarlo. Era Granger, por Merlín, poco conocedora de lo arrebatadoramente atractiva que se le antojaba justo ahora. Cerró los ojos, rogando a los dioses que una maldición imperdonable no conocida no le cayera en ese mismísimo instante, por hijo de puta. Su esposa medio muerta y él persiguiendo respuestas que probablemente fuesen tan o más pesadas que las conocía.
- ¿Puedes explicarme qué sentido tiene volver a hacer un año? Me fui Malfoy, eso es todo. No tiene faces ocultas, no tiene un trasfondo que puedas erradicar. Lo hice, y listo. Mis motivos los conoces perfectamente – respondió, rindiéndose parcialmente. La respiración del rubio le daba en el cuello, y eso la estaba desquiciando. Era una mezcla de menta con olor a hombre, típica de él. No tenía pizca de colonia, esa tenue que a veces se colocaba. Qué idiota era, estaba recordando el que los dos usaban poco perfume, sólo para momentos especiales. Sigue así, anda, y terminas haciéndole compañía a Lockhart, en loca vas a parar, se reprochó. Él dio un par de pasos hacia ella, cortos. Era un rematado imbécil por lo que iba a hacer.
- Mi mente, sí… – acordó, tomando una de las manos de la mujer entre las suyas. Ella se quedó petrificada con el gesto, y perdió el aire en lo que Draco Malfoy colocó su mano derecha en su pectoral izquierdo. Allí, indómito, irrefrenable, latía un corazón que creía congelado. Más que latir, parecía querer partirle el pecho a su dueño, cuyo rostro era impasible. Dejó que su palma rodara unos pocos milímetros, en una caricia discreta que ambos agradecieron –… pero él no. Así que vas a tener que darle una explicación lo suficientemente cargada de claridad como para que me deje continuar, y aceptar la decisión que tomaste. Y discúlpame – dijo, saltando de su mano izquierda hasta su ceja izquierda, apresando la primera con su propia mano derecha. Emulando el camino que alguna vez Theodore Nott había trazado por allí, acarició con delicadeza la cicatriz que él mismo le había causado, sabiéndose poseedor de una exactamente igual. Con sus dedos posó delicados círculos en la mano con la que sostenía su corazón, tratando de hacerle ver que, a pesar de todo, él también estaba confundido.
- No lo hagas, por favor – suplicó, negada ante la posibilidad de enfrentar su mirada con la del príncipe de las serpientes. ¡Por Merlín! ¡Allí estaba Luna! No era posible que le importase tan poco. Unos brazos que reconocería hasta en el infierno la atrajeron hacia sí, en un acto que destilaba desesperación por los cuatro costados. Su cabeza daba en el hombro de Malfoy, y era bastante sardónico el que calzara perfecto, como si él fuese un candado y ella la llave maestra para desnudar cada una de sus caras, y viceversa. Haciendo acoplo de la poquísima dignidad que le quedaba, le devolvió el abrazo unos segundos, y acto seguido, acariciando uno de sus brazos, completamente erizado, lo alejó de ella, aún sin mirarlo - No hay nada qué considerar. Lo pasado pisado Malfoy, no es posible que hayas perdido tu frialdad y tu objetividad de un plumazo. Ahora, saquemos a Luna de… - una puntada en el estómago hizo que perdiera la voz de ipso facto. Su cuerpo se retrajo, repentinamente dolorido. ¿Cómo podía sentir dolor? Ella no estaba dentro de su cuerpo, aunque prevalecía la conexión con él. Sólo Malfoy podía sentirla, y sólo con él percibía dentro de aquella maldición. Un dolor espantoso atravesó su pecho, y unas ganas de vomitar pudieron más que su control. Tosió un par de veces, aún en brazos del rubio, y lo empujó dos segundos antes de vomitar. Un chorro de sangre salió de su boca, quemándole el esófago vía el exterior.
- ¿Granger?... – escuchó Hermione a Malfoy, antes de emitir un chillido digno de una Banshee. ¿Qué demonios le ocurría a su cuerpo?.
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¡Qué animalada! No, no, qué va. ¡Me fui por 16 páginas! No corté el capítulo porque no veía por donde, pero me temo que los capítulos se apoderan de mí y hacen lo que les da la gana.
Espero que les guste, porque ya estoy montando el siguiente.
Saludos.
Hatshe W.
