Far away

Al llegar a la recepción de la boda en la mansión de campo, desde St. John the Unfinished- capricho mayúsculo de Tony más que de Pepper-, fue recibida por los saludos de muchos rostros conocidos que, por motivos diversos, no pudieron estar presentes en la ceremonia. De entre la multitud, Steve se adelantó con una sonrisa radiante, la tomó del brazo y la condujo con el resto de los Avengers, no sin antes elogiar, por segunda ocasión, su elegante vestido color marfil. Entre todos concordaron que el ego de Stark debía sobrepasar la distancia del Sol a la Tierra, pues, contra todo pronóstico, a ningún villano se le ocurrió cometer una fechoría, o al menos fue lo que le hicieron creer a la pareja de recién casados. La verdad no dicha fue que SHIELD desplegó hasta los agentes que no tenía con tal de que el día del Sr. y la Sra. Iron Man fuese perfecto (se lo debían).

La alegría era contagiosa. Natasha no se había percatado de lo mucho que siempre extrañaba a esos desadaptados con los que había salvado el mundo más de una vez. Al posar la mirada en Thor, pensó en Loki y se le hizo sumamente extraño que este no estuviese allí, sobre todo, por la compenetración existente entre él y los Stark. Cuando preguntó por el asgardiano, percibió la vacilación antes de que alguno de sus compañeros le respondiera. Pasando por alto tal actitud y cinco rondas de vodka de primera calidad luego, ya estaba lista para lanzarse a bailar. El Vals de las Flores, del Cascanueces, ballet favorito de Pepper, mezclado con algo de rock, marca Tony, ejecutado tan bellamente que parecía sacado de un cuento de hadas, dio paso a la segunda sorpresa del día: la banda canadiense Nickelback. Luego se enteraría por terceros de que el vocalista principal y Tony Stark tenían su historial de juergas compartidas.

Nat se emocionó, pero se entristeció con igual rapidez. Ese grupo era uno de los gustos que compartía con cierto personaje de ojos glaucos y sonrisa torcida. Varias canciones, a medida que eran tocadas, le hizo rememorar instantes, como una película, vividos junto a Loki, y se lamentó de la solución idiota que los obligó a alejarse durante tantos meses. Caminó, copa de champagne en mano, hasta situarse a pocos metros de escenario. Momentos después, Bruce, Rogers y Thor se situaron a su lado, cada uno con una sonrisa pícara que le despertó la curiosidad, curiosidad que fue saciada de inmediato y le hizo querer esconderse seis metros bajo tierra y colocar minas alrededor.

Su cara fue todo un poema cuando anunciaron que la siguiente interpretación estaba dedicada a la siempre difícil Natasha Romanoff y que contaría con la voz de Loki Laufeyson. Le vio llegar, salido tras bambalinas, tomar el micrófono, saludar a la audiecia enloquecida- superando los niveles de la cursilería marca Disney- por el gesto romántico y empezar a cantar.

Far away se desgranaba con el sonido invocador del asgardiano, quien la miraba con el alma desnuda, buscando desnudar la suya. La llamaba, para que de una buena vez aceptara que se habían metido en un lío de los gordos y que él, por su parte, no haría nada para detener el relato descabellado que protagonizaban como un par de chiquillos, en esta era, en este momento…

This time, this place,
misused, mistakes.
Too long, too late:
who was i to make you wait?

¿Quién me hará hacerte esperar?

Nadie, príncipe, se dijo a sí misma, la cabeza dándole vueltas. Cerró por un momento los ojos para perderse en la cadencia y la melodía; se sintió acariciada por cada frase que la electrificaba y alargó la mano para tocar con la punta de los dedos el cielo ofrecido por aquella mano que la buscaba.

Un agarre en su cintura la obligó a voltearse y enfrentar la línea de los labios ansiosos de su hechicero, curvados en la sonrisa que aprendió a querer desde la primera broma que planearon juntos. Nunca le importó menos estar rodeada de tanta gente, no ser la sombra en la que se metamorfoseaba cuando la muerte la hacía su emisaria; con la cabeza vacía, los pulmones perforados, el mareo que no llegaba pero que tampoco desaparecía. Natasha recorrió con una uña lacada, lentamente, el contorno de los ojos verdes. El continuo espacio-temporal desafió las leyes de la física y se detuvo, expandió, multiplicó, absorbió hasta la última partícula que no los contenía a ellos dos: comprendió que una mera ilusión perfecta se adueñaba del escenario, como una distracción que los aislaba del universo y les brindaba la soledad que se experimentaba al creerse las últimas criaturas en pie.

Derribarlo sobre el suelo, morderle la barbilla, el cuello, hasta hacerlo sangrar eran los pensamientos arremolinados que continuaban su travesía desde el cerebro hasta su entrepierna, más adentro, donde lo húmedo y ardiente esperaba la intrusión de un gran regalo. Sintiendo que el mundo se reducía al espacio que ocupaban, le cantó, antes de besarlo lentamente y experimentar el paso a paso de los minutos, extraviada en la doble vía de sus decisiones, las últimas palabras que sellaban un cuento mil veces repetido, pero nunca narrado con las mismas frases: Sigue respirando, porque no te dejaré nunca más. Creélo, sostenme y nunca me dejes ir.

El sitio explotó con los vítores al finalizar la representación, ajeno a la mayor prueba de valentía que se desarrollaba ante ellos. Los Avengers, incluyendo a Tony y Pepper, se saludaron disimuladamente por el éxito rotundo de la misión BlackFrost (y tomaron alguna que otra foto de ese acontecimiento tan trascendental, más difícil de sobrellevar que la invasión chitauri).