He vuelto, después de milenios y esperando de nueva cuenta no tardar mucho en actualizar, y agradeciendo a todos los que aún siguen esta historia, la cual está a punto de concluir.
Disclaimer: Cazadores de Sombras y sus personajes no me pertenecen, todo es obra de Cassandra Clare. Esta obra es ficticia, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Era esperanza
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Había un zumbido molesto flotando por el lugar, seguramente provenía de los focos en el techo, o de alguna habitación cercana, los primeros minutos había sido molesto pero después empezó a convertirse en algo normal, casi como si siempre hubiera estado ahí. Por sobre ese zumbido llegó un quejido, seco y corto, que se repitió unos segundos después, esta vez más alto y necesitado.
Alec se levantó de la silla y casi corrió hasta la cama de su hermano. Max estaba entreabriendo la boca, los quejidos saliendo de su boca y disminuyendo su tono.
— ¿Qué pasa? —preguntó Alec, con una aprensión en el pecho, no había un doctor cerca por si algo iba mal.
—Comida —gimió Max con esfuerzo.
Alec asintió con la cabeza y se giró hacia la mesita al lado de la cama, en ésta reposaba la comida que las enfermeras habían llevado hace unas horas, tomó el plato con papilla y una cuchara para después inclinarse hacia el menor. En las últimas semanas Max había tenido bastantes avances, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y le resultaba difícil hilar palabras a la vez que sus movimientos eran lentos, pero su apetito había vuelto y cada día intercambiaba varias palabras con sus padres y sus hermanos, era un avance enorme aunque no fueran más de diez palabras por día.
—Más —murmuró Max después de la primera cucharada.
Alexander asintió, limpiando los restos de papilla con la cuchara y dándole de nuevo de comer. Max comía lentamente, haciendo un desastre la mayor parte de las veces pero intentándolo de cualquier forma. Un par de cucharadas después Max dejó la boca cerrada y su vista se perdió en la silla que su hermano mayor había estado ocupando.
— ¿No quieres más? —preguntó Alec, esperando un rato antes de dejar la papilla en la bandeja y acercándose para limpiar la boca de su hermano.
Max seguía con la mirada perdida, pero era algo que hacía desde que había despertado. Los doctores les habían explicado que sería algo normal, que el cuerpo de su hermano tendría que volver a acostumbrarse a trabajar en lugar de solamente permanecer dormido, tenía que recuperar todas las habilidades que había ido desarrollando a lo largo de los años y que tal vez se le habían olvidado debido a su estado, pero era un proceso lento, pasarían años antes de que Max pudiera estar completamente recuperado.
Perderse en su cabeza mientras miraba al infinito era algo que hacía por intervalos de un par de segundos, al principio podía llegar a dar miedo pero al final era algo que Max daba por terminado después de unos segundos, sus ojos volvían a enfocar e intentaba volver a la plática que había dejado inconclusa. Esta vez su hermano volvió la vista hacia él unos minutos después.
— ¿Necesitas otra cosa? —preguntó lentamente.
Su hermano movió la cabeza de izquierda a derecha tres veces, tan lento que costaba creer que era una negación. Cuando la mirada del menor estuvo de nuevo sobre los ojos del mayor había una sensación de desconcierto y al siguiente segundo Max se había ido de nuevo. Su mirada perdida sobre el rostro de Alec, el cual esperó, levantando la mano y acariciándole un par de mechones de su cabello.
—Alec —murmuró su hermano con la voz quebrada, había salido de sus pensamientos más rápido que las últimas veces—. Te quiero.
Alec sintió su garganta cerrarse y su estomago encogerse al escucharlo, con todo el esfuerzo que Max debió haber utilizado para decir eso. Por suerte la madre de ambos entró en ese momento, si no hubiera sido por eso Alec se hubiera echado a llorar.
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Su padre no era el tipo de persona que dejaba que sus sentimientos lo dominaran, en realidad era bastante difícil lograr saber que era lo que tenía en mente o si algo realmente lograba afectarlo, a Isabelle eso nunca la había afectado porque sabía que su padre daba pequeñas muestras de que las cosas le importaban o le afectaban. Lo sabía gracias a los toques que dejaba en las cabezas de sus hijos cada que tenía que alejarse de casa por un tiempo extenso, cuando los dejaba comer golosinas incluso si su madre se los había prohibido, cuando fingía que no se daba cuenta de las veces que llegaban después de su toque de queda, incluso cuando les daba una palmada en la espalda.
Eran cosas pequeñas, a veces imperceptibles para la mayoría, pero ahí estaban, existían y se volvían recurrentes con cada uno de ellos. Isabelle sabía que a veces esos gestos pequeños se concentraban aún más en ella, porque su madre siempre había mostrado una obvia preferencia hacia sus hijos, pero nada de eso le molestaba, no le molestaban las preferencias de su padre o de su madre, o la forma en que su padre mostrara su amor a sus hijos.
Podría parecer cerrado pero su padre era igual que los demás, sentía y no podía evitarlo. Fue por eso que no le sorprendió ni un poco verlo llorando en la sala de su casa. El aspecto cansado que había tenido las últimas semanas cambió, en la sala de su casa no estaba un hombre cansado, solamente había un hombre desgarbado sollozando, con las manos cubriéndole el rostro, ahogando cualquier gemido que se le pudiera escapar, era sólo un hombre dejando que todo el peso que cargaba en su espalda le venciera, aunque fuera solamente por unos minutos.
Isabelle sabía que su padre necesitaba eso, por lo cual subió un par de peldaños de las escaleras lentamente, cuidándose de no ser escuchada, esperó por un par de minutos, escuchando los sollozos de su padre por un rato, decidiéndose a bajar solamente cuando escuchó que el llanto se desvanecía. Provocó un sonido agudo, deslizando el tacón de su bota contra la madera de las escaleras, se quitó la chaqueta que llevaba puesta y empezó a bajar la escalera ruidosamente, fingiendo ir ocupada poniéndose la chaqueta.
—Ten cuidado, Isabelle.
La voz de su padre vino desde la sala, sonaba fuerte y segura y cuando Izzy volteó a verlo solamente pudo atraparlo poniéndose un abrigo. Se veía de nuevo compuesto, cuando se giró para salir de la sala y dirigirse a la puerta lo único que su rostro revelaba eran unas ojeras inmensas que no hacían más que darle un aspecto casi atemorizante.
—Yo siempre tengo cuidado —exclamó Izzy, con la voz aguda por soltarlo tan rápido sin siquiera pensarlo.
Lo único que buscaba era que su padre volteara a verla, lo cual logro casi sin esfuerzo. Los ojos de su padre la miraron por un rato, examinando si había algo mal, pero al no encontrarlo solamente asintió y se dio la vuelta para abrir la puerta de la casa. Isabelle creyó ver una sonrisa en el rostro de su padre, algo casi imposible de asegurar. Corrió para salir antes que él, afuera hacía frío y el sol estaba ocultándose lentamente, la puerta hizo un crujido detrás de ella mientras era cerrada.
—Ve al carro —dijo su padre.
Izzy se acercó al carro negro frente a la puerta de su casa, subiendo al asiento del copiloto sin ningún problema. La calle se encontraba prácticamente desierta, había una pareja de perros callejeros olisqueando una bolsa de basura abandonada al lado de un árbol, la mirada de Isabelle se mantuvo quieta sobre ellos, esperando el momento en que ambos animales decidieran llevarse la bolsa o dejarla atrás.
A su lado la puerta del piloto se abrió, su mirada se despegó de los perros para lograr captar como su padre entraba al auto y se aseguraba de ponerse el cinturón de seguridad y revisar su celular antes de encender el motor. Al no encontrar algo nuevo en su padre decidió volver la vista al entretenimiento de antes pero una nueva adición a la imagen de la calle la distrajo, había dos mujeres mayores del otro lado de la calle, estaban hablando entre ellas mientras miraban con lastima hacía el auto.
Las manos de Isabelle se convirtieron en puños al mismo tiempo que el auto empezaba a moverse, sus ojos se mantuvieron fijos en las mujeres en la calle, por un momento deseando con todas sus fuerzas que algo terrible les ocurriera, solamente para que experimentaran lo horrible que era recibir ese tipo de miradas llenas de lástima. No tenían el derecho de mirarlos así.
Tuvo náuseas por casi todo el tiempo que duró el viaje, la cabeza dándole vueltas cada que pasaba un minuto más compañía con su padre en ese ambiente cerrado y silencioso. Para cuando llegaron al hospital las náuseas se habían ido, siendo remplazadas por el entumecimiento de su cuerpo y el frío en la punta de sus dedos. Bajó del auto en cuanto éste estuvo aparcado correctamente, esperando por su padre y echando andar en cuanto lo vio salir del vehículo. Tenía tantas ganas de ir a ver a su hermano que le daba igual dejar a su padre rezagado.
Caminó a paso lento, esperando hasta que la figura de su padre estuviera a su lado para empezar a caminar más rápido. Los dedos de su mano izquierda retorciéndose cada que daba un nuevo paso, era su forma de controlar los nervios. Adentro del hospital el olor a desinfectante era abrumador, pero no lo suficiente para hacer que los ánimos de Izzy bajaran, siguió caminando más rápido de lo que su padre lo hacía, llegando al elevador en el momento exacto para poder evitar que las puertas se cerraran.
Sacó la mano al ver que las puertas se abrían para ella y se deslizó dentro del cubículo de metal buscando con la mirada el botón que correspondía al piso donde se encontraba su hermano, el cual tenía una luz roja a su lado. Su padre llegó a su lado sólo unos segundos después, pasando la mirada de ella hacía los otros ocupantes del elevador, los cuales Isabelle había pasado por alto hasta ese momento.
—Señor Lightwood —saludó el doctor.
Isabelle había visto a Malcolm Fade contadas veces, en especial porque era su hermano el que se la pasaba en el hospital, ella solamente esperaba noticias en casa y de vez en cuando se le permitía acompañar a su padre.
—Doctor —exclamó su padre a su lado.
Izzy le dio una larga mirada al doctor, concentrándose en su rostro y su semblante al intercambiar un par de palabras con su padre, sin embargo su atención se vio atraída por la persona al lado de Malcolm. La chica, con cabello recogido en un chongo apretado, con vestido azul y que miraba a Isabelle con amabilidad, la misma amabilidad que le regaló el día que decidió beberse el bar entero y enfrentar, o al menos maldecir en persona, a Magnus Bane.
Antes de que cualquier palabra saliera de su boca un pitido emanó de las bocinas del elevador y las puertas se abrieron. Su padre le dio un toque en el hombro lo que la hizo reaccionar y seguirlo fuera del elevador, dio una mirada hacia atrás para descubrir que Malcolm y Catarina los seguían.
—Ahora mismo iba a ver a su hijo —exclamó Malcolm, dirigiéndose completamente al padre de Isabelle.
— ¿Cree encontrar algo positivo?
—Eso planeo descubrir.
La charla entre ambos hombres quedó relegada para Isabelle después de eso, volvió a mirar a Catarina, la cual le regaló una sonrisa pequeña, dando un cabeceo hacía el lado contrario mientras comenzaba a girarse.
—Papá —exclamó Isabelle en seguida—. En un momento te alcanzo.
Robert miró a su hija con detenimiento, tomándose unos segundos antes de asentir ligeramente. Ambos tomaron caminos separados en ese momento, Isabelle se apresuró a seguir a Catarina, la cual parecía cómoda con recorrer los pasillos del hospital.
— ¿Trabajas aquí? —comenzó Izzy, sin tratar siquiera de esperar a que Catarina hablara.
—No, pero conozco el lugar.
Catarina tenía un andar ligero, sonriendo a las personas que pasaban a su lado, era como ver a alguien en su ambiente natural, segura de sí misma y de lo que podía hacer sin necesidad de levantar sospecha alguna, como si realmente perteneciera a ese lugar.
— ¿Cómo está tu hermano?
—Está mejorando, pero asumo que eso lo sabías —contestó Izzy, ganándose una mirada curiosa de parte de Catarina—. Estabas con el doctor y se veían amigables entre ustedes.
La sonrisa de Catarina era como la de un niño que sabe algo pero no tiene deseos de contárselo a alguien.
—Malcolm y yo no hablamos todo el tiempo de sus casos.
Isabelle no le creía, pero terminó asintiendo con la cabeza.
Entraron a un pasillo casi solitario, donde había batas amontonadas sobre una camilla vieja, Catarina siguió andando hasta llegar a una máquina expendedora, Izzy no tenía claro como volver y no quería irse en ese momento por lo que siguió a la otra, deteniéndose ambas frente a la máquina.
—No te he agradecido por esa vez en el club —dijo Izzy, miraba el reflejo de Catarina en el vidrio de la máquina, pero ésta parecía demasiado concentrada en mirar un jugo de moras.
—Me agradeciste varias veces.
Catarina sacó un par de monedas del bolsillo en su vestido, las introdujo en la máquina, oprimió un par de botones y un jugo sabor mandarina comenzó a moverse hasta caer en el cajón para que pudiera ser recogido.
—No paraste de agradecer después de que terminaste de llorar, supongo que no lo recuerdas muy bien —declaró Catarina mientras sacaba el jugo de la expendedora y lo abría para darle un trago.
Las memorias de esa noche, en que el alcohol entró a su sistema como nunca lo había hecho, aún estaban borrosas. Izzy siempre se había enorgullecido de saber controlar su consumo de alcohol, nunca demasiado como para no saber en dónde podría acabar, pero esa noche simplemente se le había ido de las manos. El dolor era algo que no podía hablar con alguien, encapsulado en su interior para no dejar que los demás notaran lo débil que podía ser en esa situación.
Pero su hermano menor estaba muriendo en una cama de hospital y la culpa era directamente suya, si no hubiera preferido a un chico por esa noche los eventos no habrían terminado de esa forma, así que cuando tuvo el alcohol en sus manos vio una escapatoria. La forma perfecta para aliviar la culpa y tener el suficiente valor para afrontar las consecuencias. Aunque de lo poco que recordaba lo único que había logrado fue hacer un espectáculo patético de rabia hacia Magnus Bane.
—No tenías que ayudarme, quiero decir, ataqué a tu amigo.
Una risa ligera y suave provino de Catarina, la cual alzó una mano en un movimiento fluido y despreocupado.
—Las personas siempre están tratando de atacar a Magnus por alguna razón —empezó Catarina, volviendo a caminar por donde habían llegado, recargándose en la vieja camilla—. Tú lucías como si necesitaras más ayuda de lo que Magnus pudo haber requerido.
— ¿Es costumbre de él provocar a las personas? —exclamó Isabelle, sintiendo el veneno resbalar por su lengua mientras hablaba.
Catarina se encogió de hombros.
—Desde hace algún tiempo no hace más que provocar problemas, mi tonto y descuidado amigo.
Isabelle asintió con la cabeza, sintiéndose un poco desubicada pero concentrándose en no mostrarlo mientras igualaba la postura de la otra, apoyándose en la camilla.
—Pero es una buena persona y siempre trata de arreglarlo —exclamó Catarina.
— ¿A qué te refieres?
Los ojos de ambas se encontraron, Catarina tenía una mirada dura si era necesario, el tipo de mirada que te haría agachar la cabeza, pero Isabelle tenía demasiada experiencia en eso como para dejarse vencer.
—Magnus realmente trató de ayudar a tu hermano.
Isabelle enarcó los ojos, tomándose un segundo para hablar.
— ¿Cuál de los dos?
Catarina le sonrió, como si estuviera orgullosa de su forma tan rápida para captar las cosas. Dejó de mirarla para negar con la cabeza, dando un trago largo a su bebida.
—No soy el tipo de persona que ventila los secretos de otros —dijo Catarina, tan segura de sí misma que no pareció dudar cuando se alejó de la camilla—. Espero que tu hermano se recupere rápidamente, fue un placer hablar contigo.
Izzy casi saltó para atrapar el brazo de su contraria, tomándole con poca fuerza, como si estuviera rogando que no se fuera.
—Necesito saberlo, si Magnus ayudó a Max —su voz descendió al nombrar a su hermano, como si doliera—. No puedo odiar a alguien que le ha dado ayuda a mi hermano.
Hubo un silencio sofocante, Catarina se alejó del toque de Isabelle pero no se fue, parecía debatirse, moviendo su mirada de su acompañante a la salida del pasillo. Por un momento Izzy pensó que realmente no obtendría nada.
—Magnus no es un mal sujeto, solamente es demasiado testarudo y desconfiado. No es tan egoísta como todos piensan que es —la voz de Catarina era suave, como si ya hubiera explicado eso millones de veces. Miró con curiosidad a Isabelle antes de continuar—. ¿Sabes lo difícil que es traer a un doctor como Malcolm a este lugar? Se necesitan de muchos contactos y una muy buena razón, las transferencias a hospitales no son tan fáciles como parecen.
Izzy lo comprendió pero se mantuvo callada, con las ideas atascadas en su cabeza. Catarina le sonrió mientras hacia un ademán con la mano a modo de despedida.
No era como si pudiera cambiar todas sus ideas de forma tan golpeada y esperar una respuesta inmediata, para cuando se dio cuenta que se había mantenido callada demasiado tiempo, Catarina ya estaba a punto de salir de ese pasillo cuando Isabelle le gritó.
— ¡Catarina! —su voz se elevó tanto que sonó demasiado aguda. Tragó saliva dolorosamente antes de volver a hablar—. Dile a Magnus que se lo agradezco mucho, por favor.
Catarina tenía el cuerpo ligeramente torcido, solamente sus hombros y su cabeza se habían vuelto hacia Isabelle, se mantuvo quieta, soltando una risa suave cuando estuvo dispuesta a responder.
—No puedo decirle eso, sabría que conté su secreto y dejaría de hablarme por meses —dijo Catarina, con su voz como si fuera un bálsamo—. Y realmente ya ha sido demasiado drama por este año.
Isabelle soltó una risa estrangulada, Catarina volvió a enderezarse, dio vuelta en el pasillo y se perdió. Le tomó más de unos minutos a Izzy controlarse de nuevo, sin importarle realmente mostrarse riendo mientras sentía sus ojos humedecerse, porque era un pasillo solitario y tenía tantas ganas de simplemente dejarse ir. Había cierto alivio extendiéndose en su pecho y era tan reconfortante que no quería suprimirlo, quería sentirse invadida.
Para cuando decidió volver a la habitación con su familia su madre estaba afuera platicando con su padre y ella decidió pasarse de largo. En el cuarto Alec estaba junto a Max, acariciándole el cabello con suavidad como si temiera lastimarlo, Max le sonreía a su hermano mayor, una sonrisa chueca y ligera pero era más de lo que podían pedir, después de semanas viendo su rostro inexpresivo esa sonrisa era como un regalo adelantado de navidad.
Se colocó al lado de su hermano y Alec no tardó más que un momento en rodearla con su brazo libre, atrayéndola a su cuerpo y dejándole un beso en la cabeza, justo en el nacimiento de su cabello. En ese momento, con sus hermanos a su lado, ambos despiertos y sanos, Isabelle tenía todo lo que podía pedir, no le hacía falta nada más.
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Por primera vez desde que había estado frecuentando el lugar la música le resultaba tan molesta que estaba dispuesto a irse en seguida. Revisó su celular de nuevo, algo que casi nunca hacía si estaba en el antro, siempre estaba demasiado ocupado tratando de encontrar alguien que valiera la pena para empezar a coquetear, pero esta vez incluso la pantalla de su teléfono celular era una mejor distracción.
El vaso en su mano izquierda se sentía húmedo y frío, las yemas de sus dedos se paseaban con lentitud por el vidrio, limpiando las gotas de humedad que eran provocadas por los hielos dentro del vaso, los cuales estaban a punto de desaparecer. Su whisky se había diluido por completo con el agua, apenas le había dado un par de tragos, incluso el hecho de tener que mover la mano y llevar el vaso a su boca le provocaba pereza, una pereza extrema que no conseguía quitarse, y lo había intentado, desde hace ya tiempo que no podía simplemente animarse.
Soltó un suspiro, tan largo que parecía que lo había contenido por días, miró alrededor, había una chica tres asientos apartada de él, lo miraba con detenimiento, como si estuviera pensando en que momento sería mejor acercarse. Debía haber algo realmente malo en él si ni siquiera eso le animaba a despabilarse y decidir hacer algo. Sus dedos volvieron a acariciar la superficie de vidrio, rechinando por la humedad, con el sonido siendo opacado por la música.
Iba a llevarse el vaso a los labios para acabarse el whisky y poder irse del lugar, pero la boquilla de una botella se acercó a su vaso, llenándolo de licor sin que él lo hubiera pedido. Alzó la cabeza, mirando al intruso, sonriendo en cuanto lo reconoció, lo cual no le tomó más que unos segundos.
—Raphael, querido —dijo con voz melosa, no lo suficientemente alto como para se escuchara correctamente por sobre la música pero el rostro de Raphael se volvió una mueca de disgusto, lo que le aseguraba que lo había escuchado—. Eres mi salvador.
Raphael se encogió de hombros, bajando la botella y acomodándola en algún lugar detrás de la barra, lejos del alcance de algún cliente.
—Espantas a los clientes —gruñó Raphael, tomándose la molestia de verlo directamente a los ojos.
—Eso es un insulto totalmente innecesario —bufó Magnus en respuesta.
Raphael rodó los ojos, mirando hacia otro lado y chasqueando la lengua.
—Tienes esta actitud de chico dolido que hace que todos se alejen de ti.
Magnus lo sabía, no había necesidad de que alguien más se lo dijera. Sabía que su aspecto y actitud habían bajado de nivel, aunque no era como si lo estuviera haciendo a propósito.
—Debe de ser por la temporada, siempre me da gripa por esta época y me baja los ánimos.
Raphael bufó, algo que hacia constantemente cuando Magnus se encontraba cerca, y Magnus encontraba una extraña satisfacción en hacerlo enojar.
—A veces me pregunto…
— ¿Si algún día los gatos van a conquistar a la raza humana? —interrumpió Magnus, fingiendo estar realmente interesado en la pregunta.
Raphael volvió a bufar, mirándolo como si acabara de matar toda la paciencia en su ser, pero no toda su paciencia estaba muerta, siendo eso una sorpresa para Magnus. Su vaso estaba tan húmedo que al llevarlo a su boca casi se le resbala de los dedos.
—Deberías ir en busca del niño —dijo Raphael, como quien acaba de decir que el cielo está nublado—. Así tal vez dejes de lucir tan demacrado.
El alcohol se atoró en la garganta de Magnus, provocándole toser agresivamente, golpeándose el pecho con fuerza para evitar morir. En ese momento Raphael consideró que había hecho suficiente, dio media vuelta y se apresuró a atender a un par de chicas con vestidos azules que pedían a gritos una bebida.
La garganta de Magnus ardía, sentía el alcohol molesto en su nariz y le costaba respirar, al menos por un momento. Miró el vaso casi lleno de whisky, tal vez si lo miraba con la suficiente intensidad iba a encontrar la solución a todos sus problemas, lamentablemente eso no pasó, por más intenso que mirara el vaso éste no le daba respuestas. Así que cambió de táctica, miró directamente a Raphael, el cual parecía ignorarlo tan fácil como revolvía licores y los servía en vasos de cristal.
No desistió de su propósito, su mirada siguió con insistencia la figura del menor, sin despegarla ni un solo segundo. Después de unos minutos al fin pareció dar frutos, Raphael volvió a mirarlo, con el ceño fruncido y el rostro desfigurado en una mueca de extremo disgusto, se acercó de nuevo solamente después de atender a otro par de clientes.
—Hablo en serio, ahuyentas a la clientela.
Magnus rodó los ojos, tomando un trago pequeño de su licor.
— ¿Porqué dijiste eso? —preguntó, tratando de que sonara como si no le importara en lo más mínimo.
— ¿Qué?
A veces Magnus podía mirar a Raphael de la misma forma que éste siempre lo miraba, como si no estuviera seguro de si su cerebro había sido succionado con una pajilla.
— ¿Lo del chico? —preguntó Raphael con duda. Magnus asintió—. Porque es algo totalmente obvio.
Estaba seguro de que su rostro era algo digno de una fotografía. En especial por la forma en que Raphael soltó una risa, Raphael soltaba risas con Magnus solamente cuando se burlaba de él o cuando le sorprendía tremendamente lo idiota que podía ser.
Pero ese día en especial Magnus no estaba de humor, tal vez no había estado de humor toda la semana, pero ese día era diferente, podía tomar su vaso y estrellarlo contra la cabeza más cercana, y su moreno amigo estaba muy cerca.
—Explícate —ordenó Magnus.
Raphael negó con la cabeza, sonriendo de lado y tamborileando sus dedos sobre la barra.
—Hace semanas que no te veo irte acompañado —comenzó el menor, recargando sus manos en la barra para inclinarse hacia Magnus—, generalmente vienes, pides una bebida que nunca pagas, encuentras una víctima y te vas. Nunca tardas más de una hora y siempre te vas acompañado.
Magnus se sintió ligeramente ofendido de esa explicación, como si su ser fuera algo tan fácil de describir que no hacía falta más que un par de oraciones.
—No han sido semanas.
— ¿Esa es la respuesta más creativa que se te ha ocurrido? –se burló Raphael.
El ceño de Magnus se frunció tan fuerte que podía sentir sus cejas tocándose.
—He tenido mucho trabajo —se excusó Magnus, sonando como un niño mimado al que le habían pisoteado el orgullo.
—Te he visto aquí por mucho tiempo, sé que vienes más seguido cuando tienes exceso de algo, Ragnor me lo ha contado también.
—Ese traidor —murmuró Magnus entre dientes.
Raphael se impulsó hacia atrás, llevando sus manos a los bolsillos delanteros de su pantalón.
—Tienes una forma de actuar, nunca te he visto cambiar hasta ahora, debe de haberte pasado algo lo suficientemente importante como para hacerte cambiar tus costumbres.
La mirada de Magnus se perdió en su bebida, sus manos rodeando el vaso y sus uñas golpeando el cristal repetidamente, en un ritmo lento que iba conforme con sus pensamientos.
—Hasta donde sé lo único que te ha hecho salir de tus límites últimamente ha sido ese chico de ojos azules, y puedo suponer que te ha pegado tan fuerte que cambiaste totalmente. Esas chicas al extremo de la barra llevan toda la noche mirándote como si un mendigo mirara un millón de dólares y tú ni siquiera las has notado, eso no pasaba antes.
Magnus ni siquiera se molestó en levantar la mirada y verificar si lo que decía era cierto. Se tomó un largo momento, rumiando las palabras de Raphael en su cabeza, tratando de encontrar algo con lo que poder descartarlas. No encontró nada, su cabeza punzaba cada que trataba de pensar en algo útil.
Para cuando alzó la cabeza lo único que lo sorprendió fue ver que Raphael seguía parado frente a él, como si le importara saber si estaba bien. Como si no acabara de destruirlo un poco con sus palabras.
—Podría decirse que sabes de lo que hablas.
Raphael le regaló un bufido y una mirada de molestia.
—Estoy aquí por la paga, no porque no tenga estudios —exclamó Raphael con tono molesto.
Seguramente estaba ofendido por el hecho de que Magnus diera a pensar que era un bueno para nada que había conseguido ese trabajo por falta de educación.
—Lamento lo que te pasó —exclamó Magnus, sintiéndose un poco idiota por decirlo de esa forma en ese lugar—. Con Ragnor.
El cuerpo de Raphael dio un respingo tan fuerte que incluso Magnus lo notó, el chico parecía dispuesto a escupirle, romperle una botella en la cara y después irse sin importarle nada, por lo cual Magnus tuve que apresurarse a explicarse, si es que quería mantener su rostro intacto.
—A veces Ragnor puede ser lento e hiriente sin realmente tener el deseo de serlo, lamento que las cosas terminaran mal entre ustedes, pero deberías darle una oportunidad de remediar las cosas.
Raphael lo miró con detenimiento, Magnus le sostuvo la mirada, orando en su cabeza porque no le estrellara algo de vidrio en el rostro. Se miraron por un buen rato, el menor rodó los ojos y soltó un suspiro de cansancio.
—Arregla las cosas o no vengas a dar lástima, odio que la gente me pida ayuda para llamar tu atención.
Dicho eso Raphael dio media vuelta y se dirigió a hacer su trabajo. Magnus sabía que eso era todo lo que podía hacer, Raphael no era el tipo de persona que hablara de sus sentimientos o que reaccionara bien al ser presionado para hablar de lo que le disgustaba.
Se tomó todo el whisky en su vaso de un solo trago y sin pensarlo más se levantó de su lugar, dio media vuelta sin mirar a nadie y se dirigió a la salida del lugar. Después de todo, hace mucho que no tenía humor para llevarse a alguien a casa.
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Hace un buen rato que sus padres se habían ido, platicando entre ellos sobre el estado de Max y la forma en que lo cuidarían una vez que lo dieran de alta. El doctor había recomendado tenerlo por un rato más en observación, al menos hasta que estuviera más estable, pero sus padres habían insistido en llevarlo a casa, contratar una enfermera y todo el material médico que fuera necesario. Al final habían accedido a tenerlo en el hospital por dos semanas más.
A veces se preguntaba si con eso las cosas al fin podrían estabilizarse, si una vez que Max estuviera en casa todo podría volver a la normalidad, como si realmente nunca hubiera existido el accidente o los problemas por los que habían pasado.
Isabelle estaba dándole de comer gelatina a Max, con una cuchara diminuta mientras le contaba sobre la última película que había visto en televisión. Max respondía cada vez más rápido a las acciones de las personas a su alrededor, pero seguía siendo difícil para él mantener la atención, moverse y sostener cosas, hasta el momento era como un bebé volviendo a aprender todo.
—Y al final el chico decide que es mejor dejar a la chica ir, porque la ama lo suficiente para que sea feliz con alguien más —relató Izzy lentamente, siendo paciente con Max.
Su hermanito arrugó la nariz y miró con pesadez a su hermana. Max siempre había odiado las películas románticas que Isabelle veía, y seguramente no era divertido escucharla hablar de una mientras era alimentado.
Alexander se dirigió al extremo vacío de la cama de Max, se acercó para despeinar con cariño el cabello del menor. Max le sonrió desastrosamente, seguro estaba feliz de que hubiera llegado para rescatarlo de la horrible tortura que Izzy estaba ejecutando.
— ¿Isabelle está molestándote?
Max tardó un momento en reconocer la pregunta, pero terminó asintiendo tres veces. Izzy soltó un gemido de indignación y alejó la gelatina, llevándola a su pecho como si estuviera teniendo un rehén.
— ¡Eso no es cierto, yo lo estaba alimentando y entreteniendo!
Alec sonrió, acariciando aún el cabello de su hermano. Isabelle fingió un bufido y seguir indignada pero continuó alimentando a Max, dándole pequeñas cucharadas de la gelatina. Max sonreía mientras comía, tal vez realmente no le molestaba lo que Isabelle estaba contando. Seguramente su hermano estaba feliz de poder verlos, de tenerlo cerca cuidándolo en cuanto pudieran, o al menos así lo pensaba Alec.
Izzy también sonreía mientras lo alimentaba, el simple hecho de estar ahí, con su hermano menor consciente era suficiente para hacerla sonreír, no buscaba nada más que eso.
Su madre entró unos minutos después, cuando la gelatina ya se había acabado y Max empezaba a dormirse. Pasó al lado de Izzy, tocándole la espalda con delicadeza y después se concentró en su hijo menor, acariciándole el cabello con ternura y excesiva delicadeza, empezó a tararear una canción de cuna, y para cuando su padre entró a la habitación Max estaba completamente dormido.
Maryse y Robert se dirigieron una mirada fugaz, después se ignoraron, Robert tomó la silla que Isabelle acababa de dejar libre y la llevó al rincón de la habitación, después tomó asiento y observó sin expresión la forma en que su esposa dormía a su hijo. Alec cabeceó discretamente en dirección a la puerta y después salió sin decir una palabra, Izzy lo siguió sin tratar de ser discreta, prefería vagar por cualquier lado que estar en esa habitación con tanta tensión entre sus padres.
Alec estaba recargado en una pared a unos metros de la habitación de Max, cuando Izzy llegó a su lado él empezó a andar.
— ¿Crees que las cosas se solucionen? —preguntó Izzy, tratando de no sonar enojada.
—Ni siquiera sé si algo está mal entre ellos —contestó Alec, evadiendo la mirada Isabelle antes de continuar—. O si están tan mal que tengan que solucionar algo.
A veces, para Izzy, las respuestas que su hermano daba eran totalmente inservibles, aportaba más si se quedaba en silencio.
Caminaron uno al lado del otro, realmente sin saber a dónde ir, simplemente sabiendo que no querían regresar a la habitación en un buen rato, no hasta que la tensión se alejara casi por completo. Dieron vueltas por varios pasillos, pasaron por un par de maquinas dispensadoras de comida sin siquiera detenerse, hasta llegar a la sala de espera, casi a la salida del hospital, tomaron asiento y se quedaron quietos y callados.
—Al menos podremos volver a la normalidad en unos días —exclamó Isabelle.
Alec soltó una risa estrangulada, parecido al sonido que un auto descompuesto haría, mirando a su hermana con un poco de asombro.
— ¿En serio lo crees? ¿Qué Max volverá a casa y todo podrá volver a funcionar como lo hacía hace meses?
— ¿Tú no lo crees?
La última pregunta hecha por su hermana lo obligó a bajar la cabeza, encorvándose mientras se tallaba el rostro con ambas manos. No es que creyera que jamás podrían volver a ser la familia que solían ser, él quería que las cosas volvieran a su lugar, que su madre volviera a mirarlo y dirigirle la mirada como antes lo hacía, que su padre dejara de dudar de él cada que hablaba con una persona desconocida, quería con desesperación volver a los tiempos en que lo más difícil para él era pasar el examen de anatomía que tenía todos los jueves, pero algo así jamás podría pasar.
—No sé si se puede volver a lo que éramos antes —murmuró Alec, tratando de no mirar a su hermana para que no notara la decepción en su rostro.
— ¿Tú quieres volver a como eras antes?
Podía notar el significado escondido en la pregunta de Isabelle, todo en esa frase delataba el verdadero cuestionamiento, realmente no sabía si quería ser ese tipo de persona que tenía que esconder lo que verdaderamente era.
—No he cambiado —contestó con un poco de duda en su voz, en realidad no era como si fuera mentira—. Sigo siendo el mismo de siempre.
Cuando volteó a ver a su hermana ella estaba sonriendo ligeramente. Sintió los dedos de Izzy en su cabello, tratando de despeinarlo más de lo que ya estaba, lo cual era prácticamente imposible.
En realidad no había cambiado en esos días, seguía siendo el mismo de siempre a excepción de haberse abierto sobre su sexualidad, no era como si no hubiera reflexionado sobre la pregunta que su hermana acababa de hacer. Él no había cambiado en nada, pero tal vez era necesario que ocultara un par de cosas de nuevo, lo había hecho antes y podría hacerlo ahora, si eso significaba que la normalidad podría volver a su casa.
La cabeza de Isabelle tocó su hombro, sacándolo de sus pensamientos lentamente. Había varias personas en la sala de espera, la mayoría parecía estar en tranquilidad, a excepción de una mujer de edad avanzada, sujetando un vaso de plástico con tanta fuerza que parecía que se rompería.
—Todo va a estar bien, Alec —exclamó Isabelle en voz calmada. De cierta forma parecía estar diciéndolo para creérselo ella misma.
La verdad era que su vida podría volver a cambiar en cualquier momento, pero no iba a decirle eso a Isabelle, no quería que dejara de tener esas pocas esperanzas que aún albergaba. Asintió con la cabeza y gruñó una afirmación en voz baja, era una mentira pequeña comparada con todas las mentiras que tendría que volver a decir de ahora en adelante.
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Su departamento estaba casi completamente a obscuras cuando entró y prefirió dejarlo así. Tiró las llaves hacia el mueble junto a la puerta, las escuchó tintinear contra la madera y después volver a sonar cuando tocaron el suelo, ni siquiera así prendió la luz, decidió ir directo a la sala en medio de la obscuridad. Escuchó crujidos viniendo de su habitación, yendo de un lado a otro antes de escucharlos cerca de él, vio una tenue sombra y después sintió un peso pequeño en sus piernas.
Presidente Miau soltó un largo maullido y se acurrucó en el regazo de su dueño, echando la cabeza hacia su brazo para conseguir un par de mimos. Magnus terminó cediendo luego de un tiempo, acercando sus largos dedos a la cabeza del felino y empezando a acariciarle bajo la barbilla.
Se escuchaban un par de ruidos provenientes de la calle, seguro no había cerrado completamente el ventanal de su habitación antes de irse ese día. Podía ir y cerrar adecuadamente el ventanal, prender la luz y preparar algo para cenar, su estomago gruñía pidiendo un poco de alimento, pero su cuerpo no se movía, prefería mantenerse en esa posición y dejar que la noche pasara con su gato en su regazo.
— ¿Debería hacer algo por ahora? —Murmuró Magnus, insistiendo con los dedos en la barbilla de Presidente Miau—. Maúlla dos veces si crees que debería moverme.
Presidente Miau no se movía, el único sonido que produjo fue el suave ronroneo producto de las atenciones por parte de su dueño. Magnus lo tomó como una respuesta a medias. No encendió la luz o se levantó para cerrar la ventana en su habitación, tampoco hizo caso al ruido gracioso producto de su estómago, en su lugar levantó la cadera con cuidado de no molestar a su gato y extrajo su teléfono celular de los bolsillos del pantalón.
La luz del teléfono le lastimó por unos segundos, su vista ya acostumbrada a la obscuridad resintió la intensidad de la luz, pero no le tomó más que un momento poder volver a ver la pantalla sin dolor alguno. Paseó con pereza entre sus aplicaciones hasta dar con los contactos guardados, siguió paseando sus dedos lentamente, deteniéndose solamente cuando encontró el contacto deseado. Oprimió el nombre una vez y después se llevó el teléfono a la oreja. Un pitido sonó cuatro veces antes de que respondieran del otro lado de la línea, Magnus tomó aire y después habló tan rápido como pudo para ser el primero en decir algo.
—Debes de casarte con Raphael —exclamó como si fuera lo más obvio del universo.
Del otro lado de la línea Ragnor se mantuvo callado, esperando un momento antes de hablar.
— ¿Por qué? —preguntó Ragnor, pareciendo realmente interesado en saber las razones.
No habían hablado desde la noche en que Magnus se sintió tan herido que decidió echarlo de su casa, ni una sola palabra, mensaje o llamada. Y aún así estaban hablando como si nunca hubiera pasado nada entre ellos, como si las heridas provocadas no fueran lo suficientemente profundas. Era por ese tipo de razones que Magnus apreciaba con toda su alma que Ragnor fuera su amigo.
—El chico es un verdadero genio —inquirió Magnus.
—Está haciendo una maestría, tiene que serlo para hacer eso a su edad.
Magnus trató de pensarlo seriamente por un buen rato pero tenía tantas ganas de hablar con su mejor amigo que no pensaba por mucho tiempo.
—No me refiero a su nivel académico, pero de cualquier forma deberías de casarte con él. Podríamos organizar desde ahora una linda boda para abril en Venecia.
La llamada se mantuvo en silencio después de eso, cuando Ragnor volvió a hablar lo hizo con voz pesada.
—No me gusta Venecia.
—Siempre podemos cambiar el lugar, Francia también tiene sus épocas agradables —Magnus se quedó callado un momento, escuchando un bufido de parte de su amigo—, pero juro que si no te casas voy a matarte.
—No creo poder siquiera acercarme a él en este momento —exclamó Ragnor—. Lamento arruinar tus planes de casamentero.
Presidente Miau se removió en su regazo, buscando las caricias que en algún momento había dejado de recibir.
—Si no lo haces vas a arrepentirte.
Ragnor gruñó algo pero Magnus no dejó que continuara, se apresuró a hablar antes de que las palabras se perdieran en su cabeza.
—Él de alguna forma sigue queriéndote, no sé porqué pero es algo que hace, y tú lo quieres, si no lo quisieras no estarías pensando en él, no habrías cambiado tu forma de ser o estarías deprimido sin una explicación clara. Lo quieres, y si no haces algo ahora vas a arrepentirte por el resto de tu vida —al acabar de hablar se tomó una profunda inhalación, no recordaba haber soltado tanto aire.
Del otro lado su mejor amigo se quedó callado, un momento después se escuchó un suspiro.
—Aún no es tarde para ti.
—No estamos hablando de mí —rebatió Magnus casi molesto.
—A mi parecer si lo estamos, no tienes que mortificarte toda tu vida por los fracasos que tuviste antes, si él es algo que quieres tienes que ir por ello.
Magnus dejó caer su cabeza, apoyándola contra el respaldo del sofá. Sus dedos se deslizaron por el pelaje de su gato, Presidente Miau lo encontró lo suficientemente molesto como para maullar y dar un salto fuera de su regazo.
—No lo quiero —pero esas palabras ni siquiera el mismo las creía—, no quiero tenerlo.
—No quieres…
—Ya es demasiado tarde —interrumpió Magnus, sentía la garganta increíblemente seca en ese momento—. He hecho demasiado en mi contra.
—Y aun con todo eso él sigue apareciendo.
Ragnor tenía un punto, uno tan fuerte que podía cambiar su vida así que decidió ignorarlo, Era lo que hacía que su vida funcionara, cambiar las cosas que no podían traer nada bueno.
—Raphael te quiere —murmuró Magnus, su garganta seca provocando que su voz se hiciera delgada—. No veo razón para huir de eso.
—No es algo que yo quiera —gruñó Ragnor.
— ¿Entonces porqué tratarlo como si lo quisieras y al siguiente momento rechazarlo con tanto asco? Entre los dos yo soy al que siempre llaman idiota, pero parece que tratas de robarme el titulo.
Por ese momento el silencio de Ragnor se extendió por tanto tiempo que Magnus creyó que la llamada se había cortado por accidente, pero cuando lo checaba en su pantalla la llamada seguía apareciendo en curso.
—No trataba de involucrarme de esa forma, simplemente sucedió, aunque no es algo que yo quiera, es… —la voz de Ragnor se cortó, como si estuviera a punto de decir una mala palabra pero recordando que no podía decirla—. No soy como tú.
— ¿Marica? —la palabra en su boca quemaba, y los recuerdos de escucharla de parte de su mejor amigo aún dolían.
—No es eso lo que pienso de ti.
—Es lo que dijiste.
—Estaba enojado —Magnus decidió quedarse callado después de eso, esperando una explicación que sabía que merecía—. Me educaron para pensar de una sola forma, que hay sólo una forma correcta de llevar las cosas, no creo que tu forma de vivir sea errónea pero aun me cuesta creer que es correcta.
De parte de Ragnor eso era una disculpa, una mucho mejor que la de cualquier otra persona.
—Podrías arriesgarte, es mejor darle una oportunidad a algo que podría hacerte feliz en lugar de rechazarlo porque eso fue lo que te enseñaron.
—No soy como tú, Magnus.
Esta vez, esa frase sonó más como un cumplido que como un insulto.
—No tienes que ser como yo, si lo fueras estoy seguro de que Raphael jamás te habría besado.
Ragnor soltó una risa larga, Magnus sentía un nudo en su garganta, con tantas emociones concentradas ahí que podían estallar en cualquier momento. Era agradable, después de las semanas que había pasado, volver a tener a una de las personas que amaba.
—Tampoco es tarde para ti, Magnus. Puedes hacer que funcione si así lo quieres.
Magnus soltó un suspiro, uno largo y tranquilo, manteniendo las emociones en su garganta, sabiendo que ya estaban a punto de explotar.
—Siempre ha sido tarde para mí.
No hubo una contestación del otro lado de la línea, Magnus prefería que la llamada se hubiera cortado por error, de esa forma Ragnor no tendría que lidiar con escuchar el llanto silencioso de su amigo.
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Cinco veces tuvo que tocar la puerta antes de que alguien al fin abriera. Del otro lado apareció su hermano, con una colcha enorme bajo un brazo, mirándola como si no fuera normal verla ese día ahí, en la casa en la que ambos vivían.
— ¿Qué haces aquí?
—Esperando a que por algún milagro me dejes entrar a la casa —dijo mientras empujaba a su hermano hacia un lado para poder pasar.
Tenía las manos lo suficientemente ocupadas con cosas medicas que no podían tocar el piso sucio, y había estado tanto tiempo esperando que la puerta se abriera que los brazos empezaban a hormiguearle.
Escuchó la puerta cerrarse y los pasos de su hermano detrás, mientras que ella estaba prácticamente corriendo hacia la habitación de su hermano, rogando por poder llegar antes de que sus brazos estuvieran tan cansados que no tendría otra opción más que dejar todo en el suelo.
— ¿Porqué corres? —se quejó Alec detrás de ella.
Izzy prefirió no contestarle, cuando llegó a la habitación de su hermanito dejó las cosas sobre la cama y después se volteó para darle un golpe a su hermano mayor en el hombro.
Estaban limpiando el cuarto de Max, haciendo un trabajo tan exhaustivo como sus padres lo habían pedido. Habían limpiado hasta la más remota parte de la habitación con desinfectante, sus padres habían comprado suplementos médicos como para atender a un pueblo entero, además de mantas y cobijas nuevas totalmente libres de bacterias. Ahora el cuarto de Max desprendía un olor a desinfectante y medicinas, justo como en el hospital.
—Sigo creyendo que están exagerando al comprar tantas cosas.
Alec estaba acomodando las cosas que Izzy había traído, dándoles un orden aleatorio para después empezar a poner la colcha en la cama.
—Solamente están preocupados, no hay nada de malo con eso.
Isabelle rodó los ojos y se dejó caer sobre la cama tan pronto como esta estuvo hecha.
—Su preocupación llega a ser preocupante —Alec no encontró la gracia en el comentario—. De cualquier forma, deberíamos salir después de que Max se reponga por completo.
—Dudo que podamos llevarlo a un lugar luego de lo que pasó.
—No, me refiero a salir solamente entre nosotros, tú y yo —Isabelle sonrió feliz luego de eso, pero Alec sólo la miró con duda.
— ¿A dónde?
—A algún bar, podemos invitar a Jace si es que tiene tiempo para alejarse de su novia, y con suerte podríamos encontrarte un lindo chico.
—Yo no salgó con chicos —declaró Alec, muy seguro mientras recogía el plástico en el que venía envuelta la colcha y decidía salir del cuarto.
Izzy se levantó tan rápido de la cama que su espalda dolió por un momento, pero eso no le impidió seguir a su hermano e interceptarlo antes de que comenzara a bajar las escaleras.
— ¿Qué trataste de decir con eso?
Su hermano suspiró, mirándola con un poco de culpa, se mordió los labios antes de contestar.
—Después de todo lo que pasó no creo que salir con chicos sea bueno.
De alguna forma Alec logró evadir a Isabelle, teniendo el suficiente espacio para pasar hacia las escaleras y bajarlas tan rápido como podía, pero su hermana no se daba por vencida tan fácil.
— ¿Entonces piensas darte por vencido para siempre por culpa de Magnus? ¿Solamente porque un chico te dejó? Esa es la excusa más patética que he escuchado, y créeme que he escuchado muchas…
— ¡No es eso! —Alec se detuvo antes de terminar de bajar las escaleras, volteando hacia su hermana—. ¿No te das cuenta de todo lo que ha pasado? No es sólo lo que ha pasado con Magnus, todo se ha ido a la mierda desde que decidí ser gay, así que no va a pasar, no más.
Dicho eso Alexander decidió saltar los últimos tres escalones para poder dar por terminada la conversación, pero Izzy se apresuró, saltó y lo tomó con tanta fuerza por el brazo que casi le hizo tirar las bolsas de plástico.
— ¿Decidir ser gay? Alec, eso no es algo que puedes devolver como un par de zapatos que no te quedaron.
—Yo lo estoy haciendo.
Isabelle bufó, conteniendo las ganas de darle un golpe a su hermano.
—No puedes, ¿te dijeron algo? No puedes hacerles caso a nuestros padres en esto, puede que aún no lo acepten pero no tienes que vivir tu vida negando lo que sientes y quieres.
Alec miró a su hermana, con una mezcla de ternura y desesperación, quería que dejara de tratar de hacerlo cambiar de opinión, ya sabía que eso era lo correcto y cualquier cosa que le dijera no lo haría cambiar. Prefería mantener todo lo que sentía oculto de nuevo, antes de que alguien más sufriera un accidente por su culpa, por haber provocado tantas cosas en su casa.
—Sólo déjalo, sabes que nada salió bien desde que dije que soy gay —el resto de las palabras se quedaron atoradas en su garganta, doliendo antes de decirlas—. Viste lo que pasó con Magnus, sólo fue una persona egoísta que no me provocó más que errores, no necesito eso, no quiero que Max vuelva a sufrir por mi culpa.
En ese momento Isabelle se sintió como si estuviera mirando a un extraño, alguien que era todo menos su hermano.
—Tú no provocaste el accidente de Max —murmuró, sintiendo que la culpa volvía a subir por su estómago hasta su garganta—. Y Magnus… no es tan malo.
—Ambos sabemos que esas son mentiras —soltó un suspiro antes de continuar—. Me aseguré de alejar a Magnus y los problemas que trae consigo, así como me aseguraré ahora de alejar cualquier problema que ponga en riesgo a la gente que amo.
Dio por terminada la conversación, sonriéndole con un poco de sencillez a ella, dando media vuelta y volviendo a retomar su camino para guardar las cosas entre sus manos.
—Magnus ha estado tratando de ayudar —exclamó Isabelle, mirando el suelo para controlar la culpa al decir un secreto que no se supone que Alec debería saber—. Ayudó a Max, por él es que Max sobrevivió.
Alec se tomó un momento antes de voltear a ver a su hermana, el aspecto de su rostro daba casi a entender que acababa de ver a un fantasma.
— ¿Qué?
—Él consiguió a Malcolm Fade, es gracias a él que Max está despierto. Sé que piensas que es la peor persona del mundo pero realmente intentó ayudar y eso cuenta mucho.
En algún momento dejó de escuchar lo que su hermana decía, su mirada se perdió en el suelo y su garganta se cerró. Después de tantas semanas de dirigir su odio hacia Magnus ahora se sentía sucio al descubrir lo que había hecho para ayudar a su hermano. Estaba tan seguro de que sólo había traído desgracias, que su vida estaría mejor si reiniciaba todo desde antes de conocer a Magnus, era un golpe tan fuerte que incluso podía sentir sus pulmones vaciarse de aire.
Había estado tan equivocado, tan cegado por hacerle caso a las palabras que su padre le había dicho y con tanto miedo de volver a ser herido. Se había negado la oportunidad de ser el mismo, tratando de encontrar repugnante la idea de desear a otro hombre, y aun así terminando por caer en lo mismo, una y otra vez volviendo al inicio.
Una y otra vez sin poder negar lo enamorado que estaba de Magnus Bane.
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Ahí está, no pude revisarlo exhaustivamente así que si ven un error tremendo no duden en hacerlo notar.
Dudas, aclaraciones o simples felicitaciones son bien recibidas, espero sigan leyendo aunque tarde milenios.
(he tratado de responder los review pero fanfiction parece odiar mis ganas y no me deja responder cada uno personalmente, espero poder responder todos pronto)
¡Muchas gracias por leer!
