Espejismo

Enero fue una verdadera forma de empezar un año lleno de sorpresas y emociones como aquel, pues apenas sí era una preparación para la verdadera "bomba". No me creí preparado para la cantidad de cosas que viví en esos primeros meses y si me dieran a elegir hacerlo de nuevo dudaría mucho.

Mizuhara-sensei, la madre de Max, nos preguntó con cariño a todos qué hicimos durante las vacaciones, pude oír desde lo más simple hasta lo más ridículo o gracioso. Si me preguntan que dije pues, no fue gran cosa, por lo menos nada que aquí valga la pena mención y más si ya lo relaté.

No vimos temas ni, gracias al cielo según Takao y yo en mi fuero interno, ningún número. Salimos cuando la campana lo anunció, nos reunimos y saludamos los que no lo habíamos hecho y en ese momento me di cuenta por primera y real vez cuantos amigos podía decir que tenía. Los españoles Julia y Raúl se acercaron a mi a saludarme, Mao contó muy emocionada las cosas que compró gracias a las rebajas y descuentos por la festividad aunque no dejó de mal decir, sin utilizar un lenguaje demasiado fuerte, el frío tan insoportable que hacía, para darnos a mi y a Mathilda unas pulseras tejidas. Me entretuve saludando a todos y cuando la conversación se generalizó en el espectáculo de fuegos pirotécnicos realizados por la familia de Oliver en la mismísima Francia, me escabullí, subí las escaleras y abrí una puerta que, aunque pocas veces había abierto, ya conocía muy bien.

Allí estaban, tan magníficos, estoicos, imponentes, pálidos y misteriosos como siempre. No pude reprimir una sonrisa satisfecha, como si hubiera descubierto o encontrado algo asombroso... Aunque si se le preguntara a casi cualquier chica de la escuela contestarían que sí lo eran. ¿Pueden culparlas?

Los árticos ojos del pelirrojo, como en contadas ocasiones, parecieron adquirir una inusitada calidez, por un segundo medité si se alegraba de verme y la sola idea bastó para hinchar mi pecho, debía recordar evitar que influyeran tanto en mí. La seria expresión de Kai mutó en una discreta sonrisa y por una vez Bryan no hizo nada que mostrara desdén.

Nos miramos unos segundos en silencio, yo sin saber que decir, ellos siendo tal como son. De repente, en una reacción fuera de lo normal y sin razón empezamos a reír, primero entre dientes, luego bajito y después una verdadera risa, simple, nada estrepitosa pero risa al fin. Kai negó con la cabeza y se separó del pupitre donde estaba Yuriy, sacó de su mochila un almuerzo y miró a los otros. Estos se levantaron e hicieron lo mismo, caminaron hacia mí, les cedí el paso y caminamos en silencio hasta las escaleras que daban a la azotea. Como me lo esperaba estaba abierta. Pasamos para proceder a sentarnos en distintos, algo alejados, lugares.

Yo estaba más cerca de Kai, cada que lo veía recordaba su ronca pero profunda risa y la cabeza se me llenaba de enmarañados pensamientos que preferí dejar de lado.

-¿Alguna novedad? –preguntó Yuriy.

-Nada muy importante –contesté comiendo una bola de arroz.

-Eso significa que hay algo –apuntó acertadamente Bryan.

-Bueno –hice memoria-. Casi me aplasta y me perfora un árbol de navidad –Bryan estuvo a punto de atragantarse con su comida y Kai contuvo una sonrisa-. Sí, en casa de una amigo… fue lamentable… Qué más... Mi padre no se presentó este año para la navidad y mamá estuvo un tanto –ironicé-, inaguantable, digo, irritable.

Yuriy negó con la cabeza pinchando una hoja de lechuga con su tenedor para comerlo con un gran pedazo de carne.

-Y según me dijeron en el templo en año nuevo tendré muchas sorpresas y sustos este año, además de que en el amor seguiré como siempre –callé cerrando los ojos y asintiendo. Sentí sus miradas llenas de curiosidad sobre mí y me tardé a propósito en responder-. Nula. (N/A: ¡Ya quisieras que fuera nula!)

Solté una amarga y burlona carcajada, Bryan rascó su nuca mientras me veía con condescendencia, cosa rara en él, Yuriy se atragantó y Kai... Como primera vez del año y para no perder la costumbre de hacerme sentir incómodo, abochornado o sonrojado (a veces hasta las tres al mismo tiempo) miró burlona y seductoramente mis labios.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

El domingo por algún motivo me levanté a las siete, demasiado temprano para mi gusto. No pude volver a dormir y bostezando me levanté perezosamente. Permanecí sentado un rato en la cama, pensando en qué hacer, o mejor dicho tratando de pensar.

Cuando mi cuerpo por fin pareció funcionar, individualmente de mi mente, me levanté y fui al baño. Solté un grito cuando el agua fría tocó mi piel, cualquiera se hubiera reído de mí si me hubiera visto en un rinconcito con cara de espanto pegado a la pared. Una vez hube regulado la temperatura y estuve aseado, salí y sequé mi cabello. Me dejé la toalla sobre los hombros y me envolví en las caderas otra más grande para salir del cuarto de baño y entrar en mi habitación.

Miré por la ventana, apartando un poco las cortinas. El día estaba fresco, el cielo despejado y el ambiente calmo. Sonreí un poco mientras secaba mi cabello con una mano bajo la toalla, me pareció un día tan bonito que merecía la pena dar una vuelta como aquella primera semana de clases, lo pensé y decidí que podría convertirse en una tradición al empezar los años escolares, me agradó mucho la idea. Cuando me separé de la ventana dejando caer la cortina dispuesto a buscar ropa para usar, solté un quejido y llevé una mano a mi cabeza.

La toalla que rodeaba mi cuello terminó en el piso y tuve que sostenerme de la pared para no hacerle compañía. La vista en mi ojo izquierdo estaba nublada y creí que la cabeza estallaría de un momento a otro. Respiré con dificultad tratando de regular el dolor y recuperar el total control de mi cuerpo y mente, si es que en algún momento de esa mañana lo había tenido de verdad, la habitación daba vueltas y una terrible punzada de dolor atravesó mi ojo izquierdo.

Mi respiración tardó un poco más en volver a su estado natural que el dolor en irse y para cuando pude recuperar la visión por completo mi corazón latía con normalidad. Me senté en la cama tratando de entender algo de ese numerito, bastante extraño por lo demás. Luego de un rato sin obtener buenas conjeturas me vestí con algo cómodo y fresco pero que cubriera del mal tiempo; todavía había mucho frío.

Bajé las escaleras a la primera planta con la chamarra al hombro para desayunar. La dejé en el respaldar de la silla y fui a buscar algo para llenarme el estómago. Cuando ya estaba comiendo mi madre apareció por la puerta.

-Buenos días –la saludé.

-Buenos días, cariño –me respondió sonriente dirigiéndose a el refrigerador, me miró de refilón al pasar por mi lado-. ¿Vas a salir?

-Sí, me dieron ganas –debió haber sido el cabello mojado, la ropa y el desayuno lo que le dio la pista (N/A: Un poquito sarcástico, ¿ne? ñ.ñ)-. Hace buen tiempo.

-Tienes razón –coincidió mirando por la ventana-. ¿Terminaste? –preguntó al verme de pie.

-Hai –metí los platos en el fregadero y empecé a lavarlos en silencio-. Bueno, regresaré más tarde.

-¿A dónde irás?. ¿Tardarás mucho? –ese cuestionario empezaba a fastidiarme.

-No creo, espero estar aquí para el almuerzo –tomé la cazadora, me la puse y salí de la cocina-. Llevo el móvil conmigo. ¡Hasta luego!

La escuché despedirse antes de cerrar la puerta y meter las llaves en mi bolsillo. Di la espalda a mi casa con las manos en los bolsillos y empecé con la caminata. Luego de un par de cuadras deambulando sin rumbo me di una vuelta por el parque. Con una sonrisa comprobé que entre los árboles se erguían dos figuras envueltas en sedas que "danzaban" con perfecta precisión. Con un movimiento rápido y ligero por parte de ambos se detuvieron. Respiraron hondo una última vez y abrieron los ojos.

-¿Qué tal? –saludé levantando la mano.

-¡Mihaeru! –exclamó sorprendido Ray.

-Buenos días, ¿todo bien? –preguntó Mystel con su calma de siempre.

-Todo bien –me acerqué un poco-. Sabía que los encontraría aquí. Van terminando por lo que veo.

-Correcto. ¿Y tú qué haces por aquí? –preguntó el chino mientras el otro se cambiaba con la misma tranquilidad de la última vez.

-Daba un paseo... ¿Listo, Mystel? –asintió y con la mochila echada al hombro empezamos a caminar por el parque. Nos sentamos en un banco hablando otro rato más sobre cualquier cosa con total despreocupación, era de esas veces cuando olvidas a tu familia, la escuela y los problemas y te concentras en cualquier otra cosa.

-Ya se está haciendo tarde –mencionó Ray mirando la hora en su celular-. Vamos, Mystel, ¿vienes? –me preguntó parándose.

-No, seguiré andando por ahí un poco más –nos despedimos y ellos se fueron a, suponía yo, comprar las flores para Mao.

Sin saber a dónde ir realmente caminé sin pensar o preocuparme por nada. Las calles estaban un poco desoladas pero eso era agradable, el viento era limpio y el ambiente fresco, algunas nubes se congregaban en el azul del cielo y tuve la corazonada de que llovería. Lo descarté en seguida esperanzadamente.

Nagasaki es bien conocida por su historia de la religión cristiana por lo cual había varias iglesias en la ciudad. El interés por el misticismo y los temas relacionados era algo que no dejaba de reprochar mi madre. Siempre me habían llamado la atención las iglesias, desde que era un chico. Me detuve frente a una de la que salían unas cuantas personas en silencio o conversando en murmullos bajitos. Una ráfaga de viento helado sopló, metí las manos en los bolsillos de la chamarra, al no tener mangas el repentino frío calaba mi piel.

-Miha-kun! –gritó una voz helándome al instante. Imposible, era "su" voz-. Buenos días.

Se acercó bajando las escaleras mientras yo subía apenas dos. Sonrió de esa manera tan deslumbrante y le devolví el gesto. Vestía elegante mas no formal, unos pantalones color caqui, una camisa blanca con los dos primeros botones abiertos y mangas arremangadas, en su cuello descansaba un rosario de madera que contrastaba con su blanca piel.

-Buenos días, Brooklyn –contesté-. ¿Qué hay?

-Escuchaba la misa –contestó llegando a mi altura-. Vengo todos los domingos, ¿y tú?

-Dando un paseo, es que era un día tan bonito... –cerré los ojos con expresión cursi y se rió.

-Y tú dices que yo tengo ocurrencias –se burló, nos sonreímos alejándonos del edificio, la cruz en el techo proyectaba su sombra por donde caminábamos-. ¿Ya desayunaste?

-En casa, un par de bolas de arroz.

-¿A eso le llamas desayuno? –preguntó suspicaz-. Te vas a desmayar antes del almuerzo –reprendió jocosamente-. Ven, acompáñame, te invito a comer.

No me dejó opción así que lo seguí hasta un café. Estaba empezando a acostumbrarme a esa clase de ambientes. Era una fachada estilo europeo colonial, de dos pisos, con terraza y mesas con sombrillas al aire libre, unas enredaderas cubrían la pared principal otorgándole un toque pintoresco y clásico atractivo para cualquiera. Entramos, me recibió una atmósfera acogedora y cálida, el olor a café, hierbas para infusiones de té y pan recién horneado era embriagador. Había varias sillas de madera opaca con manteles de brocato y flores en jarrones pequeños.

-Buenos días, sensei –saludó mi amigo.

-Buenos días, Broo-kun –respondió un hombre ya entrado en años desde la barra al fondo, vestía como esos cantineros ingleses de las películas-. ¿Cómo estuvo el sermón?

-Muy ilustre –contestó acercándose-. Sensei, hoy vine con un amigo. Le presento a Minamoto Mihaeru.

-Dozo yoroshiku gozaimasu (Mucho gusto en conocerlo) –hice una discreta reverencia, el hombre asintió.

-Yo soy Yoshida Ginsaku, para servirte. Bienvenido al "Rincón ingles" -Le agradecí pero me interrumpió a mitad de la frase una vocecita chillona y nasal.

-¡Broo-san! –al segundo siguiente de voltearnos alguien abrazaba a Brooklyn por la cintura, la niña de cabellos azules y piel morena no era más alta que eso.

-¡Hola, Mingming! –la apartó con cierto esfuerzo y se agachó para abrazarla con más comodidad-. ¡Te ves muy bien hoy!

-Sí, es que mi abuelo me compró este vestido. Mira –se dio la vuelta mostrándonos su vestido rosa con encajes y un gran moño atrás-. ¿No es bonito?

-Mucho –le sonrió, pareció acordarse de algo-. Mingming, este es un buen amigo mío, se llama Mihaeru.

-Miha... Miha... –balbuceaba tratando de pronunciarlo.

-Miha está bien –me apresuré a decir, ya estaba acostumbrado a ese tipo de cosas-. Un placer conocerte.

-El placer es mío, Miha-san –dijo con una gran sonrisa-. ¿Sabes? Tengo siete años y seré una gran cantante, mi abuelo dice que tengo mucho po... potencial, eso. ¿A ti te gusta cantar? A mí sí, a veces canto para los recitales escolares o las fiestas de mis amigos. Cuando sea mayor tendré mi propia banda y seré muy famosa... –siguió hablando sumamente rápido mareándome cada vez más, los otros dos ya parecían estar acostumbrados pues solo sonreían y no se inmutaron-. ¿Vas a tomar café? Yo no puedo porque mi abuelo dice que soy muy joven todavía pero sí tomo té, ¿te gusta el té?. ¿Cuántos años tienes?. ¿Te gusta el café?

-Mingming –llamó el señor Ginsaku. Ella calló y se encogió de hombros temerosa-. Ve al jardín a jugar, nuestros amigos deben tener hambre y Venus y Crusher deben extrañarte.

-¡Venus! –exclamó llevándose las manos a las grandes mejillas-. Tienes razón, mejor me voy, o Crusher se molestará conmigo por dejar a Venus solita –salió corriendo y desapareció por la puerta que seguramente daba al jardín, pero se regresó asomando la cabeza-. Broo-san, hablaremos luego.

-Claro.

-Y, Miha-san, fue un gusto conocerte –con su vestidito hizo una pequeña reverencia estilo europea.

-Al contrario, el gusto fue mío –agité la mano despidiéndome, aun mareado.

-¡Adiós! –y su voz dejó de escucharse.

-Es... una niña... –empecé sin saber qué decir.

-Muy enérgica –completó Brooklyn divertido.

-Eh, sí, más o menos...

-Lo lamento, jóvenes –se disculpó su abuelo-. Es que cuando te ve, Broo-kun, siempre se emociona de más, aunque siempre está activa –intercambiamos miradas nerviosas y divertidas-. Síganme, supongo que en la mesa de siempre.

-Así es, por favor, sensei –contestó Brooklyn recuperando la compostura. El hombre asintió y nos guió hasta el segundo piso, era parecido al primero pero con unos grandes ventanales que daban a otra terraza bañada por el sol con varias plantas y flores en macetas, mesas y sillas de campo y una campanilla japonesa que se agitaba con el viento, quizás lo único japonés además del dueño en ese lugar.

-Ya les traigo el menú, pónganse cómodos –nos sentamos en una mesa cerca del barandal frente a frente. A los pocos minutos ya habíamos pedido y mientras esperábamos la comida Brooklyn me hablaba de cómo había conocido este lugar.

-Cuando salía de la iglesia solía deambular por ahí. Un día, me asaltó un hambre voraz (Para comulgar hay que hacer ayuna) y el primer lugar que vi fue este, aún no me acostumbraba a la comida japonesa, por eso no dude en entrar. Me gustó mucho el ambiente y más la comida. Decidí venir el Domingo siguiente, y el siguiente a ese, desde entonces, al terminar la misa vengo a desayunar aquí. Curiosamente, me encontré con un conocido al que veo de vez en cuando en la iglesia, Crusher, el hombre que nombró Mingming. Es el jardinero del establecimiento, las flores frescas que vez abajo y la clásica enredadera son obras suyas.

-Sokka...

-Disculpen la espera, jóvenes –interrumpió el señor Ginsaku, cargando con una charola. Dejó las cosas sobre la mesa, nos deseó buen apetito y se retiró al piso de abajo.

-Esta es mi mesa favorita, la vista es preciosa, el viento refrescante y hay un nido de aves por aquí.

-¿Un nido de aves? –repetí dejando de untarle mantequilla al buñuelo que tenía en la mano.

-Sí, es que me gustan mucho los pájaros y... creo que yo les gusto a ellos –sonrió oliendo su té negro, otra característica inglesa que no había perdido.

Comimos en silencio, degustando la comida con tranquilidad. Brooklyn tenía razón, la vista y la brisa eran bastante agradables. El beicon estaba delicioso, el café tenía un sabor tradicional inigualable, los huevos fritos no eran demasiado grasosos y el pan lo sentí blando. Un buen desayuno, a decir verdad.

-Brooklyn, vendremos aquí más seguido los dos juntos –declaré tomando de mi café.

-Cuando quieras, ya sabes a qué hora encontrarme y en dónde. Vengo aquí desde que llegué al Japón.

Asentí terminando con la última rebanada de tocino, dejé los cubiertos en el plato (que fueron incómodos de usar) y me recliné en el respaldar de la silla. Brooklyn también terminó y el dueño del lugar vino poco después a retirar los platos, como si lo hubiéramos llamado. Mi compañero pidió un pastel de fresas y me encargó un helado en copa de menta, acepte sólo porque me convenció.

Mientras el señor Ginsaku se retiraba, Brooklyn abandonó su asiento y se asomó por el balcón, hacia la parte trasera del lugar. Con la mano me indicó que me acercara. Dudoso y curioso a la vez, me levanté y llegué a su lado, bajé la vista, al jardín trasero.

Al impresionante jardín, mejor dicho. No era muy amplio, pero sí exuberante y colorido, con un par de sacos de tierra en un rincón, algunas palas y un cobertizo. Mingming jugaba cerca de unas petunias con un peluche en forma de... no sabría qué, parecía un ave, pero también un mamífero cualquiera. Al menos Tails sí parecía un zorro. Brooklyn la llamó y la pequeña saltó emocionada saludándonos desde abajo.

-Buenos días –dijo una voz gruesa. Saliendo al jardín, un hombre moreno y robusto, de no más de veintitantos (aunque me costara creerlo) nos saludó cordialmente. Su rostro, duro y severo, estaba tatuado de manera muy extraña, con varias líneas, o caracteres blancos, que hacían un fuerte contraste en comparación con su color de piel, sin embargo su mirada era dulce y amable.

Le devolvimos el saludo y Brooklyn me presentó. Él, de manera muy educada, me saludó y me dijo su nombre: Crusher, el jardinero del "Rincón Ingles". Mingming, inquietada, llamó mi atención y me mostró su peluche, llamado Venus. Dijo que era un ángel, pero no quedé nada convencido al respecto.

En ese momento el señor Ginsaku apareció en el balcón, nos despedimos y dejamos a Crusher con su trabajo y a Mingming con su "ángel" para sentarnos a la mesa y comer los postres que nos esperaban. La inmensa bola de helado azulada me decía "Cómeme, cómeme", ¿para qué hacerme el de rogar?

Por supuesto estuvo delicioso. Fue uno de los mejores desayunos que he tenido, me prometí que pasaría por allí más a menudo y que si podía viajar visitaría Inglaterra para sentir el verdadero habiente ingles. Sin embargo, por ahora me podía contentar (y muy bien) con esto.

-¿Te gusta la historia? –me preguntó sorpresivamente. Volteé a verlo.

-Pues... he oído que quien no aprende del pasado está condenado a vivir en él –respondí con soltura-. Y bueno, no niego que sea interesante y todo eso pero no es mi asignatura preferida ni soy ningún experto.

Sonrió mirando al horizonte. Por mi parte fruncí el ceño, recordando a Hitoshi.

-He de suponer que sabes todo sobre la Segunda Guerra mundial, quiero decir, al ser japonés y todo eso.

-Sí, sé algo. Vi Pearl Harbor, conozco las atrocidades que hizo Hitler... Si, sé algo –repetí.

-Las atrocidades... entonces Hitler fue un monstruo –le miré extrañado-. Bien, según lo que dicen los libros de historia y todas esas cosas Hitler estaba loco y fue el malo del cuento. Tenían razón, era demasiado radical.

-Bueno, eso te lo dice cualquiera –dije aún tratando de no perderme.

-Claro, incluso antes de que los americanos ganaran la guerra ya se les consideraba como buenos. Eso, como tú bien has dicho, te lo dice cualquiera. Ahora, qué pasa cuando la guerra no tiene ni buenos ni malos. Como en las cruzadas.

-No te sigo.

-¿Sabes sobre las cruzadas? –preguntó sin verme.

-Eh... no demasiado –respondí confuso-. Me han prestado varios libros, hasta el Código Da Vinci, es la Guerra entre musulmanes y cristianos por las tierras santas. Fueron nueve, creo –dudé un momento-. Y los Templarios fueron los que se ocuparon de librarlas a favor de la iglesia católica. Luego esta los traicionó y los eliminó, un Viernes trece. De ahí la superstición.

-Bastante bien –dijo sin parecer muy impresionado pero sí satisfecho-. Los cristianos, entre los que estaban los señores feudales y los Templarios, perdieron la guerra. Dime: ¿Quién es el malo? ¿Los cristianos o los musulmanes?

Por supuesto que no supe qué contestar, si respondía podía insultarlo a él y a sus creencias, y francamente nunca me había detenido a preguntarme algo como eso, así que no estaba preparado para contestarlo. Me dejó pensar unos momentos mientras tomaba su té. Fruncí los labios mirando la fresa de su pastel de crema al no hallar una respuesta.

-No sabes, ¿verdad? –contestó por mí. Al levantar la mirada lo vi sonreírme sin muchas ganas-. En los libros tampoco lo dice, ni en las películas. Ni siquiera Orlando Bloom pudo responder a eso en la película. ¿Quién es el malo, el que estaba en el error?

No hablé, no quería perderme de ninguna de sus palabras.

-¿Acaso son los musulmanes que, sin haber hecho nada malo, iban contra las leyes que imponía el Papa? O Talvez fueran los cristianos. Que solo por querer imponer sus creencias que veían como correctas y sus deseos de salvar las almas de esos "pecadores" fueron y arriesgaron la vida de muchos para al final resultar en una causa perdida. ¿Los que por defender sus ideales mataron o los qué por buena voluntad iniciaron la guerra?

Seguía sin hablar. No encontraba cómo organizar mis ideas ni darle una respuesta a sus preguntas, hasta ese momento era ajeno e indiferente a esas incógnitas. Permanecimos un rato más en silencio mientras él se comía su pastel y yo le miraba. El trino de un ave se escuchó a lo lejos, junto a las risitas de la pequeña Mingming en el primer piso.

-La historia la escribe los que ganan.

Asentí en un mudo acuerdo observando mis manos entrelazadas sobre la mesa.

-Desde siempre –prosiguió como si no se hubiera detenido, obteniendo automáticamente mi atención-, y me permito decirlo con el perdón de Dios, lo cristianos se han hecho los mártires. Casi todos, por no decir todos, los santos que salen en los calendarios y que menciona la Biblia murieron por proteger y resguardar sus ideales y creencias. Al principio fueron lo judíos, aunque no tengo nada contra ellos pues nada me han hecho, no la pasaron bien con el Holocausto. También cuando la religión llegó al Japón se inició otra sangrienta persecución contra los cristianos, ya fueran o no japoneses –se detuvo un momento a tomar un sorbo de su taza-. Nagasaki tiene mucho que decirnos sobre eso, y ya hoy en día coexiste el cristianismo junto con el budismo y las creencias Zen. Creo que por eso fue que vinimos a Nagasaki, el cristianismo aquí es más fuerte que en otras partes desde tiempos antiguos.

No pude evitar agradecer haber nacido aquí y me reprendí por pensarlo. Sacudí esas ideas de la mente y esperé que dijera algo más mientras comía el helado derretido a medias.

-¿Te das cuenta de cuántas guerras, vidas perdidas y derramamientos de sangre ha habido solo por decidir cuál Dios es real y cuál no? –preguntó con melancolía y pesar en la voz, pero no estuve muy seguro-. Yo creo en Dios, leo la Biblia y le rezo a Jesucristo y su a su madre, la virgen María. Eso me enseñaron desde chico y en ellos creo por elección propia.

Obviamente no tenía nada que decir. Haber sido criado en una ciudad con tanta historia religiosa como esta me permitía tener una mente abierta y evitar esa clase de prejuicios que aparte consideraba una pérdida de tiempo. Ya de por sí esa era mi naturaleza, Buda, Jesús y Mahoma prodigaban la paz. Quien quisiera seguir a uno y a otro no, ese era su problema, además mis padres me enseñaron que de política y religión evitara hablar o fuera imparcial e indiferente.

-El mundo y las personas son así, qué le vamos a hacer –dije al fin sacando y hundiendo la cucharita en la copa con helado-. Tú crees en el Espíritu Santo y yo en Emmadayo, tú le dices Dios y yo Kami-sama. Me crié con las leyendas de los kitsune y tú con las enseñanzas de Cristo. Las cosas son así, eso es lo que hace al mundo tan interesante. Hay tantas formas de pensar y tantos puntos de vista como estrellas en el cielo. Si a alguien no le gusta no entiendo porqué empezar con un enfrentamiento. Por eso es que evito esos temas, no niego que escucharte ha sido muy interesante, no vayas a malinterpretarlo, pero no le veo relevancia a decir quién tiene más razón entre Jesús o Mahoma. Míralo así, tú pides bendiciones a Cristo, algunos otros ayuda a Mahoma y aquí y en Oriente la iluminación a Buda. Al final buscamos lo mismo, ayuda y protección en seres mayores que nosotros.

Lo miré a regañadientes al no escucharlo decir nada, asustado de la reacción que mis palabras pudieran haber tenido en él. Para mi sorpresa y alivio sonreía tiernamente y me veía entretenido de lo lindo. No me creo un gran orador ni más inteligente que nadie así que todavía no podía comprender porque había gente que se quedaba embobada luego de oír alguno de mis extrañas conjeturas o locas filosofías. Me ruboricé y sonreí apenado y me dediqué a terminar mi comida.

-Dios sabe por qué hace las cosas –musitó-. Me llevé la billetera solo por si acaso y pensaba regresar directo a casa al salir de la iglesia. Pero me topé contigo y la estoy pasando fenomenal en vez de quedarme atrapado en mi cuarto sin nada que me apeteciera hacer.

-¿De... de verdad te agrada tanto mi compañía? –pregunté cohibido.

-Pero claro que sí, Miha-kun –me sonrió cerrando los ojos-. Esa forma de hablar y de pensar tuyas es muy interesante, eres amable, agradable, nunca dejas de sorprenderme, sabes escuchar y detenerte a pensar. Me pregunto si tus amigos sabrán lo afortunados que son de tenerte -¿me habré imaginado el tono apesadumbrado y triste de su voz?

-Gracias –dije de lo más incómodo rascándome la nuca pues no recordaba nunca que nadie se hubiera dirigido a mí con semejantes palabras-. ¡Diantre, Brooklyn! –estallé-. Sabes que no estoy acostumbrado a eso.

-Eh... –parpadeó un par de veces para luego sonreír abiertamente-. Pues habrá que corregirlo con práctica –y se soltó a reír. Terminé riendo con él-. Dime, Miha-kun. ¿Alguna vez has entrado a una iglesia?

-¿A una... iglesia? –asintió. La verdad, por más que las había visto desde fuera nunca me había atrevido a entrar a una. Pienso que fue la pena y la sensación que tanto detestaba de no encajar para nada en un lugar lo que me impidió poner alguna vez un pie dentro-. No, jamás.

-En ese caso –se levantó y me guiñó un ojo-, te la mostraré.

-Ah... –pagamos la cuenta y salimos de ahí. Crusher se despidió sin entrar al restauran lleno de tierra, Mingming saltó sobre nosotros, regalándonos un sonoro beso a cada uno y su abuelo, más elegante, nos tendió la mano. Salí con una sonrisa, y luego de un par de pasos sopesé la idea.

Yo aún no estaba del todo convencido. Llegamos a la misma iglesia en donde nos encontramos por la mañana. Por supuesto al entrar no quedaba casi nadie, solo un par de personas en los bancos orando o encendiendo velas. Estuve tentado en darme la vuelta y salir aprisa pero la sonrisa confiada de Brooklyn, el ambiente lleno de misticismo y mi innata curiosidad me hicieron resistir. Qué puedo decir, soy débil.

Brooklyn se persignó en la entrada y me pregunté si yo debería hacerlo también. Se volvió con una sonrisa tranquilizadora adivinando mis pensamientos.

-Tranquilo, no es necesario que lo hagas. Ven –nos acercamos a un vitral con una escena bíblica.

Me explicó el motivo de cada uno de los vitrales allí, las historias y la secuencia. Me habló de los santos que recordaba o había escuchado, los cuales estaban representados en algunos vitrales o estatuas magníficas y, al menos en mi opinión, intimidantes. Habló sobre la razón de la importancia de la cruz y los motivos de persignarse. También me contó un poco de la sagrada eucaristía que, si le entendí bien, era el momento en el que Cristo se hacía presente. Yo me quedé sorprendido pero traté de esconderlo, no quería que me viera como un ignorante ni que se notara lo fuera de contexto que estaba y me sentía en ese lugar.

Preguntó si no me molestaría que rezara un poco frente a mí, le respondí que no, por supuesto. Vi cómo se arrodilló en uno de los primeros bancos, juntaba las manos frente a su rostro y, justo después de mirarme con profundidad escasos segundos, cerraba los ojos. No tardó más de un par de minutos y cuando terminó, antes de parase, se persignó y besó sus dedos. Sonrió con calidez y con un ademán sugirió irnos, asentí y lo seguí de cerca.

No pude evitar mirar por sobre mi hombro hacia atrás, enfoqué el lugar en donde Brooklyn había rezado y por un instante creí ver a un niño pequeño de cabellos naranjas rezar, sollozando amargamente. Cuando volví a ver no había nadie. Subí la mirada y reparé en el Cristo crucificado sobre el altar, un escalofrío me recorrió la espalda evitando imaginarme cómo alguien le puede gustar ver semejante escena o cómo se sentiría eso.

Comparada con la luz brillante del exterior que llegaba desde la puerta y me lastimó los ojos al salir, la iglesia parecía sombría y hasta tétrica, no me gustaría pasar por aquí de noche, solo.

-¿Quieres que te muestre el cementerio? –ofreció como si de una propuesta para tomar helados se tratase.

-¡¿El qué?! –me alarmé. Rió por la expresión de mi rostro pero calló al notar algo.

-¿Ame ka? (Lluvia?) –extendió la palma de la mano abierta fuera del techo que nos cubría y efectivamente una gotita cayó sobre su piel-. Parece que no podremos irnos todavía.

-O visitar el cementerio –volvió a reírse-. Me alegra servirte de chiste.

-No te lo tomes así –dijo abanicando con la mano para quitarle importancia.

Me senté en las escaleras de la entrada viendo caer la lluvia y las calles con personas corriendo o abriendo (los que los tenían) sus paraguas. Brooklyn se recostó en la columna a mi derecha y contempló el vacío con mucha calma. Recordé sin querer cuando fuimos al parque y con esfuerzo lo aparté de mi mente.

Una sonrisa curvó involuntaria y sorpresivamente mis labios, escuché la discreta risita de Brooklyn.

-Te lo dije –dijo-. Te pones de buen humor cuando llueve.

-Parece que cada vez que nos vamos a caminar juntos pasa esto, ¿te has dado cuenta?

-Tienes razón, curioso –reconoció-. Pero es agradable, ¿no

-La lluvia lo es... Brooklyn –llamé vacilante.

-¿Sí?

-¿Te gustaría ir a mi casa? –bien, ya estaba dicho. Mi corazón aún palpitaba con fuerza cuando respondió.

-Claro, por qué no –sonreía, por supuesto sonreía.

Me levanté y emprendimos el camino de regreso. Fue silencioso, como si hubiéramos acordado no hablar entre nosotros o simplemente hubiera olvidado cómo abrir la boca, mover los labios y producir algún sonido. Porque al fin me daba cuenta de a dónde nos dirigíamos. No a mi casa, sino a una confrontación más directa entre nosotros y... ¡Con mi mamá! Mi estómago daba sacudidas de vez en cuando, si antes pensaba que era masoquista ahora sabía que era un completo lunático.

-¿Escuchaste lo que te dije? –su voz me sacó abruptamente de mis cavilaciones, lo miré unos segundos en silencio.

-No, lo siento...

-Te decía que ya pasamos tu casa –efectivamente iba a cruzar en la esquina de la cuadra donde, unos metros atrás, estaba mi hogar. Él señalaba hacia atrás con una ceja alzada, y mirándome como si mi estado mental le preocupara-. Estás raro.

-Ah, jaja. Lo siento, no me he dado cuenta –me excusé con la mano en la nuca. Suspiramos, él negando con la cabeza y yo sintiéndome avergonzado.

-Sa, ike (Bueno, vamos) –asentí y caminamos nuestros pasos de regreso.

Abrí la verja de la entrada, donde el pequeño jardín nos recibió con su brillo de rocío, a causa de la lluvia. El auto de mi madre estaba adentro, pero también lucía rastros de lluvia, lo que me hizo pensar que acababa de regresar de algún lado. Saqué las llaves y abrí la puerta, los nervios volvieron, pero tratando de guardar la calma respiré hondo y pasé.

-Tadaima! (¡Ya regresé!)

-Okaeri! (¡Bienvenido!) ¿Puedes venir a ayudarme? –dijo Rena desde la cocina, nos quitamos los zapatos, con un ademán le indiqué que me siguiera. Rena guardaba unas cosas en la alacena, varias bolsas del súper ocupaban espacio en la mesa y el desayunador-. Necesito que... ¡Oh, tenemos visitas!

-Konnichi wa. Atashi Brooklyn Masefield. Dozo yoroshiku (Es un placer) –educado como siempre.

-El placer es mío, soy Minamoto Rena, la madre de Mihaeru. Siéntete como en tu casa –ambos sonrieron, aunque él lo hizo de manera forzada.

-Mejor que no –susurró, sin percatarse de que lo escuché. Me guardé mis comentarios y fingí no haber oído nada, caminé hasta la mesa, revisando el contenido de las bolsas.

-¿Acabas de regresar?

-Sí, hace unos cinco minutos. Ayúdame con esto.

-Permítanme... –empezó Brooklyn. Negué con la cabeza-. Pero...

-No, cariño, ven conmigo. Mihaeru se encargará de esto, tú espera en la sala, por favor. ¿Te gusta el té? Hijo, las cosas que voy a usar para el almuerzo déjalas afuera.

Brooklyn fue a la estancia y mi madre lo siguió con una bandeja con té y galletas, mientras me encargaba recoger la cocina. A mi madre parecía habérsele antojado comprar para los próximos dos meses, había tanta comida que el piso quedó cubierto de las bolsas de plástico. Cuando tomé los artículos de higiene personal, que iban en el baño, tuve que subir al segundo piso y descubrí la terrorífica escena de Brooklyn y Rena tomando té mientras veían un álbum de fotografías. Si un loco con hacha esperaba arriba no me molestaría morir en sus manos en ese preciso momento. Aún dentro del baño podía oír sus risas. Rogaba que fuera la mala resolución en vez de "Mi lindo traserito". Ahogué un grito de espanto y me apresuré a terminar lo más rápido que pude, no podía permitir que vieran las fotos más vergonzosas que tenía: cuando me bañaban.

¡AH!

Bajé las escaleras al trote y despejé la cocina de cualquier artículo que no fueran los ingredientes para la comida, tomé un vaso con agua e irrumpí a la sala para interceptar el más mínimo peligro contra mi integridad. Ambos voltearon a verme mientras luchaba por normalizar la respiración, ya podía olvidarme de las galletas, pero de consolación las fotografías eran de mis cinco años, nada que fuera peligroso.

-¿Terminaste?

-S-sí, ya está –contesté, aún agitado.

-Muy bien –dirigió su atención a Brooklyn-. Los dejo para que se diviertan, si necesitaras algo no dudes en avisar. Bueno, con su permiso, chicos –tomó la bandeja y entró en la cocina. Caminé hacia el sillón más próximo y me dejé caer pesadamente.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, no te preocupes... Dime, ¿qué viste? –sonrió casi malignamente, con las mejillas arreboladas. MUY mala señal.

-Tu madre me mostró las fotografías de cuando eras bebé, eras tan lindo –. Idiota. Procuré una sonrisa que salió como un gesto hosco-. Vi las de tu primer viaje a la playa, tu primer día de clases –se me revolvió el estómago en ese instante-, pero la que más me gustó fue una en donde estabas dormido, creo que estaba aquí –tomó uno de los álbumes y buscó entre sus páginas, me enseñó la imagen-. Esta, te ves adorable.

-No digas eso.

-Qué sensible eres.

Me enderecé para ver mejor, en el retrato aparecía durmiendo, acurrucado entre muchas almohadas, abrazando a Tails y usando un pijama que me quedaba inmenso. Tendría como nueve años, el cabello despeinado caía suavemente sobre mi frente, tenía una expresión de paz tan grande que me costaba creer que era yo.

-Ese muñeco... me lo regaló Claude a los nueve años –murmuré. Mientras él escrutaba mi rostro, yo reparaba en un detalle que nunca había notado: podían verse surcos de lágrimas en mis mejillas, la nariz y los labios estaban sonrosados, había llorado, pero no recordaba la razón.

-¿Pasa algo malo? –preguntó poniendo una mano en mi hombro, preocupado por el ensimismamiento de mi mirada.

-Sí, digo no. Es solo que...

-¿Nostalgia? –preguntó con una sonrisa, otra de esas que me tranquilizaban, y cómo lo agradecí.

Yo... yo no puedo llorar. Y tal vez esa fue la última vez que lloré, esa vez retratada para la eternidad en esa fotografía. La volteé y descubrí la fecha, mis ojos se abrieron inmensamente al ver los números escritos, temblaba mi mano ligeramente, sentí miedo. Pero sobre todo, sentí un increíble remordimiento por haber vivido y por seguir vivo, luego uno mayor por pensar eso.

Para mi inmensa sorpresa, algo cálido y húmedo empezó a acumularse entre mis párpados, en mi ojo izquierdo. Por fin una gota cayó, rozando mis labios, al probar descubrí un sabor metálico, en debe de salado como deberían ser las lágrimas. Derramé otra, y luego otra. Lentamente llevé mi mano a mi mejilla, pasando mis dedos sobre la húmeda piel. Cuando abrí la mano frente a mi rostro, a unos centímetros de mi nariz, me aterré sin remedio.

Sangre, había sangre manchando mi piel, entre mis manos, y lo que era peor: Lloraba, lloraba sangre cuando no podía ni hacerlo como una persona normal. El terror que sentí hizo que mi cuerpo temblara, caminara hacia atrás y tropezara con el sillón, cayendo sobre sus mullidos cojines. Intenté hablar, pero unos balbuceos incoherentes fueron lo único que abandonó mis labios, rojos carmesí. Mi mandíbula temblorosa y desencajada, mis orbes vibrando, mis labios mudos, mis manos temblando.

-¡Miha-kun! –me llamó su voz. Parpadeé con fuerza y la claridad del día, que entraba por la ventana abierta frente a mí, me deslumbró unos momentos. Miré mi mano: limpia. Volví a pasarla por mis pómulos, pero al verlas seguían igual, ni un rastro de lágrimas convencionales siquiera. Había sido una alucinación, o algo muy por el estilo. Suspiré hondo, nervioso y agitado. Brooklyn posó su mano en mi hombro y la apreté con fuerza, rogándole con la mirada una explicación-. Miha-kun...

-¡Chicos, vengan a comer! –gritó la voz de mi madre desde la cocina. Ambos viramos la cabeza hacia la entrada de esta, luego nuestras miradas se cruzaron. Pude percatarme del sonrojo que invadía mi rostro sin razón aparente. Regresé mi vista a mi mano, asegurándome de nuevo que no había rastro de sangre-. ¡Chicos!

-¡Ya vamos! –contesté levantándome. Le miré y sonreí de lado, lo único que podía hacer en esos instantes. Fuimos a la cocina, conciente de los deseos que le carcomían por preguntarme la razón de mi sobresalto. Por suerte era discreto.

Rena terminaba de preparar una ensalada. Entre los dos "convencimos" a Brooklyn de que se sentara mientras yo ponía la mesa, con la mirada perdida. Estuve apunto de romper tres vasos y un plato, mi madre ya sospechaba que algo me preocupaba, pero tampoco hizo mención alguna sobre el tema.

La comida fue relativamente agradable, y no tan aterradora como creía. Resulta que se llevaron de maravilla, y si me hubieran dado la oportunidad, habría apostado a que más tarde empezaría con un sermón acerca de "por qué no puedes ser más estudioso", puesto que Brooklyn era el primero de la clase. Y sin duda, unas horas después empezó a sermonearme por tener amigos tan aplicados pero no tomar su ejemplo, eso era lo que más detestaba de traer amigos a casa. Y si me preguntaban por qué demonios lo invité no sabría, mejor dicho, no podría responder.

Comí pausadamente, sin fijarme mucho en qué me metía a la boca, no me interesaba demasiado. Estuve bastante ausente, el descubrimiento que acababa de hacer me dejó en un estado de impresión tal, que apenas toqué mi comida. Cavilando sobre nada en especial mientras miraba la lechuga, Rena se levantó y llevó los platos al fregadero. Antes de regresar a sentarse se detuvo junto al refrigerador.

-¿Quieren postre?

-¡Claro! –contestó cortésmente el pelirrojo.

-Por qué no... –murmuré sin prestarle mucha atención.

-Hice tu postre favorito... –dijo divertida en tono cantarín.

-¿Hiciste pastel de chocolate? –pregunté con ojos repentinamente brillantes. Les cayó en gracia y rieron, avergonzándome. Mi madre supongo que por recuerdos de mi infancia y él... Pues no sé, siempre está riendo.

Al terminar con el pastel de chocolate con maní me dirigí al fregadero. Amable como es él, esperó mientras terminaba, iniciando una amena charla acerca de lo dedicado que era Crusher con el jardín del restaurante y la amplia selección de flores que lo conformaban: gardenias, claveles, violetas, narcisos, margaritas, lirios, azucenas y una gran gama de colores de rosas. Brooklyn dijo que sus favoritas eran los claveles, le pregunté la razón.

-Por sus distintas formas y colores. Nunca sabes qué esperar.

-Muy tuyo –argumenté de manera elocuente, esparciendo jabón sobre un plato.

-¿Disculpa? –inquirió confundido.

-Etto... Tu forma de ser es... llamativa y por lo tanto te gustan las cosas que, en su simplicidad, lo sean. Como las flores. Una vez leí: Una flor es hermosa por su ínfimo tiempo de vida, o algo semejante. Las flores son plantas sencillas y simples de estudiar, pequeñas, frágiles, débiles... y sin embargo es la mejor opción para declarar tus sentimientos, pedir disculpas, felicitar y cosas por el estilo. A las chicas les gustan, a las madres también... En fin, a pesar de ser meras cositas, están presentes en todo momento.

Lavé otro poco, con expresión tranquila. Lo que dije no lo pensé, fue con mucha espontaneidad. Esperé sin preocupación, listo para lo que fuera. ¿Por qué? Pues, porque de él debo esperar cualquier reacción y respuesta.

-Reitero: Eres muy especial.

-No digas esas cosas –pedí sonrojado, cerrando los ojos.

Terminé con los platos y subimos a mi habitación, que recorrió con la vista muy interesado. Con su paso elegante y relajado se acercó al escritorio y ojeó uno de los libros que tenía apilados allí para leer. Tomamos asiento, él en la silla del escritorio y yo en la cama. Nos enfrascamos en una conversación acerca de libros de misterio, conspiraciones y thrillers. Evitamos a toda costa nombrar los de romance.

-Está atardeciendo –dijo distraídamente mirando por la ventana.

-¿A eso se le llama crepúsculo?

-Pues sí... Será mejor que me vaya. Luego se hará muy tarde.

Nos pusimos en pie.

-Tienes razón. Vamos.

Abajo se despidió de Rena, que de nuevo pareció encantada con sus modales y su sonrisa. Otro punto para Masefield. Al salir vi que el sol estaba por ocultarse. El cielo tenía una hermosa e impresionante gama de colores que iban desde un azul oscuro hasta rojo fuego. Las sombras se alargaban y unas pocas estrellas empezaban a aparecer lanzando ocasionales guiños desde lo alto.

-Cierra la boca o te vas a babear –le miré sonrojado. Rió suavemente, divertido.

-Lo siento...

-¿Te gusta el anochecer?

-Es muy bonito. Pero si te soy franco me gusta más el amanecer. Los colores suaves, el frío de la mañana, la claridad del cielo... Sonó muy cursi, ¿cierto?

-Eres un romántico, ¿qué se le va a hacer? –se encogió de hombros, bastante alegre-. Bueno, aquí nos despedimos. Nos vemos mañana en clases. Que duermas bien.

-Sí, ten cuidado al volver a casa –asintió y empezó a caminar, antes de que se alejara más le grité-: ¡Gracias por todo!

-¡No, a ti, Miha-kun! –se giró un poco, el susurro de su voz llegó claramente a mis oídos-: Fue el mejor domingo que recuerdo, gracias a ti. Adiós...

Desconozco si Rena percibió el sonrojo de mi rostro. Las cosas transcurrieron con normalidad el resto de la semana pero esa noche...

-Kai... ¿Por qué llora el ángel de las esmeraldas?

Kai parpadeó volviéndose a él. Varias plumas negras caían como nieve a su alrededor.

-Porque le teme a su propia oscuridad.

-Quiero... quiero ayudarlo, porque comprendo su dolor. Ambos lloramos –lágrimas de sangre caían por ambos rostros -. Sé lo que es matar, así que entiendo su miedo.

-Entonces soporta el dolor.

El dolor en mi ojo izquierdo era insoportable a la mañana siguiente. Brooklyn parecía tan tranquilo como siempre. Kai actuó como todo los días, irresistible, perfecto y callado. Estaba empezando a acostumbrarme de nuevo a la sangre.