Con una sonrisa culpable, Edward atravesó la habitación y la besó en la mejilla.

—Buenas noches, Isabella. Que duermas bien.

Ella se arriesgó a mirarlo, pero al ver la indiferencia que la expresión de él reflejaba, bajó la vista.

—Buenas noches.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Isabella se sentó despacio en el borde de la cama con las manos en el regazo. Sintió cómo el si lencio la envolvía y tomó aire profundamente, soltándolo muy despacio después. Quizá Edward tuviera razón. Tenían que acostumbrarse a vivir como antes... a vivir independientemente. Era lógico.

Isabella se puso una mano sobre el corazón. Se dijo que aquello era lo más correcto y que si hacía un esfuerzo, olvidaría pronto a Edward.

Pero tenía que convencer también a su corazón.

Capítulo XI

—¿Que quiere el divorcio de un día para otro? Me temo que eso no es posible, señor Cullen.

Isabella se sentó en la silla, tratando de ignorar el sentimiento de alivio que la inundaba.

Dejó salir el aire despacio y respiró profundamente. ¿Sería cierto? Había imaginado que, una vez que llegaran a Tijuana, el procedimiento se desarrollaría sin trabas y su corto matrimonio se convertiría en una estadística más.

Habían encontrado un montón de abogados especializados en separaciones en la guía de teléfonos. Todos ofrecían servicios rápidos y eficaces. Pero Edward había confiado en el abogado que les había recomendado el recepcionista del hotel. Por casualidad, su primo tenía una consulta a pocos metros de allí. El recepcionista había llamado y había concertado una cita para la mañana del día siguiente.

Isabella había pasado la noche muy inquieta. Los sonidos de Tijuana habían invadido sus sueños. Se estuvo preguntado cuántas parejas más se habrían casado en la víspera del milenio para arrepentirse sólo unos pocos días después.

Cuando se despertó, se quedó un rato tumbada, pendiente de los sonidos de la habitación contigua. Se había imaginado a Edward sobre la cama desnudo. El tratar de vencer el deseo de estar con él para poder retomar el momento de pasión que los había unido en Skull Creek la había dejado agotada. Isabella sabía que, si hacían el amor, no podrían negar la unión que se había formado entre ellos.

Se había levantado cuatro o cinco veces; incluso había llegado hasta la puerta, decidida a enfrentarse a él. Quería rodearlo con sus brazos, perderse en sus besos y caricias. Él no sería capaz de resistirse a ella. La llevaría a la cama y le quitaría la ropa hasta que no hubiera nada que los pudiera separar. Ella lo provocaría hasta que él no pudiera negarse por más tiempo y su pasión le hiciera perder el control.

Un suspiro salió de su garganta. Un sonido que la devolvió a la realidad.

—¿Que no es posible? —preguntó Edward, inclinándose sobre la mesa del señor Vázquez;—. No entiendo. Si es por dinero, puedo...

El abogado levantó las manos y sacudió la cabeza.

—No es por el dinero, señor, es la ley la que no lo permite. Aunque no se necesita el certificado de residencia, los papeles para un divorcio tardan cuatro meses en tramitarse.

—¿Cuatro meses? —Edward volvió a sentarse en su silla—. ¡Podríamos habernos quedado en Las Vegas y haber conseguido el divorcio en seis semanas!

El señor Vázquez asintió.

—Sí, es cierto. Desgraciadamente, es demasiado fácil casarse en Las Vegas, pero no es tan fácil divorciarse, si no se vive allí. Si están interesados en casarse de nuevo, tendrán que revisar las leyes de los Estados Unidos. No las conozco bien.

—Yo no estoy interesada en volverme casar —replicó Isabella con una sonrisa nerviosa—. Aunque no puedo decir lo mismo de mi marido. Él se ha comprometido con otra mujer, ¿sabe? Y está impaciente por volver con ella.

Edward se volvió y la miró con desaprobación.

—No creo que al señor Vázquez le interesen todos esos detalles, cariño.

Luis Vázquez sacudió la cabeza.

—En realidad sí, señor Cullen. Para solicitar el divorcio tendrán que alegar un motivo.

—¿Un motivo? —preguntó Edward, concentrándose de nuevo en el abogado—. No queremos estar casados por más tiempo. ¿No es eso suficiente motivo?

—¿Es que no se llevan bien? ¿Es un caso de diferencias irreconciliables?

—Es una forma de decirlo. Él es insoportable, testarudo y dictatorial. No me deja hacer nunca lo que quiero y siempre está dándome órdenes.

—Y ella es testaruda, desobediente e impertinente —replicó Edward—. Y no tiene ningún respeto por la institución matrimonial.

—Tú eres el que no tiene respeto —lo acusó Isabella, levantándose y colocando las manos en las caderas.

Edward se levantó a su vez y se puso frente a ella.

—¿Y eso qué se supone que quiere decir?

Ella colocó un dedo sobre el pecho de Edward para enfatizar sus palabras.

-Tú me pediste que me casara contigo y lo hice. Y ahora, unos días después, quieres el divorcio.

—Estaba borracho cuando te lo pedí. Y tampoco he visto que te molestara mucho cuando sugerí que nos divorciáramos. Tú estás tan impaciente como yo para se acabe todo esto.

—¡Pues a lo mejor no! —dijo Isabella, cruzándose de brazos y levantando la barbilla—. ¡Quizá no quiera divorciarme!

Claramente sorprendido, Edward la miró durante unos segundos. Isabella se puso derecha y luego se miró los pies. No había querido decir tal cosa. Aunque fuese verdad, se suponía que no tenía que decirlo en voz alta. Sus verdaderos sentimientos por Edward no era algo para discutir allí.

El señor Vázquez se aclaró la garganta.

—Me temo que si una de las partes se niega al divorcio, tendrán problemas para conseguirlo. Tendrán que pasar más tiempo en el juzgado —tomó algunos papeles—. Y ahora, ¿quieren continuar?

Edward tomó a Isabella de la mano, pero ella la retiró como si le quemara.

—¿Lo dices en serio? ¿No quieres divorciarte?

Lo cierto era que, cuanto más duraba su matrimonio, menos malo le parecía estar casada con Edward. Incluso los peores momentos estaban llenos de fuego y pasión. Le gustaba tanto discutir con él como besarlo. Nunca había tenido unos sentimientos tan fuertes por un hombre. Y en lo más profundo de su corazón, dudaba de que alguna vez volviera a sentirlos.

A Isabella se le escapó un suspiro tembloroso y trató de reprimir las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos.

—Yo... no quiero que nos divorciemos así.

—¿Aquí en México?

Ella negó con la cabeza.

—Isabella, si quieres algún tipo de acuerdo, podemos...

—¡No! —gritó, sintiendo una rabia que borró sus lágrimas—. ¿Es eso lo que piensas? ¿Que es toy tratando de conseguir dinero? —Edward le vantó la mano para tranquilizarla, pero ella la retiró de un manotazo—. ¿Cómo te atreves? Nunca te he hablado de dinero y, si me ofrecieras un millón de dólares, te lo tiraría a la cara.

—¿Un millón de dólares? —preguntó el señor Vázquez—. Oh, esto va a durar más de cuatro meses.

—No quiero ni un centavo de su dinero — insistió Isabella con la mandíbula tensa.

Edward se acercó y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos. Cuando sus miradas se encontraron, ella esperaba ver rabia y frustración, pero en lugar de ello encontró algo totalmente inesperado. Vio culpa y un brillo de esperanza. Y cariño verdadero.

—¿Entonces qué querías decir? —preguntó suavemente Edward.

Era su oportunidad. O en ese momento o nunca. Si creía que existía alguna posibilidad de que aquel matrimonio se salvara, tendría que hablar en ese momento. Dio un suspiro profundo, dispuesta a abrirle su corazón, pero conforme las palabras se iban uniendo en su mente, se iba dando cuenta de lo ridículo que era todo. De lo desesperada y patética que parecería.

Lo que había visto en los ojos de Edward no era amor. Si de verdad la amara, ¿por qué iba a ponerla en esa situación límite? ¿Por qué había pasado los últimos dos días pensando nada más que en llegar a México y poner fin cuanto antes a su matrimonio? Estaba viendo lo que quería ver, lo que sus fantasías necesitaban, no lo que la realidad le decía. Además, no podía seguir casada con Edward. Él quería una esposa que se comportara de acuerdo a un modelo ortodoxo. Una compañera apropiada, generosa y dulce, que encantara a sus compañeros de trabajo y mantuviera la casa ordenada. Por raro que pudiera parecer, ella estaba tentada de intentarlo y de convertirse en la mujer que encajara en el mundo de Edward. Eso sí, sabía que si lo intentaba, se convertiría en una mujer como su madre.

—¿Bella?

Alzó la vista y se tragó sus estúpidas esperanzas.

—Yo... me refería a que no quería divorciarme entre peleas y discusiones. Eso es todo — Isabella se dio la vuelta y recogió la chaqueta de la silla. Luego, miró al señor Vázquez—. Pero sí que quiero divorciarme. De verdad.

El señor Vázquez la miró con compasión.

—¿Puedo hacerle una sugerencia, señora Cullen?

—Por favor, hágala.

—Los dos viven en Chicago, ¿verdad?

—Sí.

—Si quieren un divorcio rápido o incluso una anulación, lo pueden obtener allí. Es posible que lo consigan en veinticuatro horas si no hay ningún obstáculo. Lo sé porque un primo mío, Roberto, vive en Chicago y se divorció rápidamente hace poco.

Edward tomó aire. El único problema era que la tendría que llevar a Chicago, siendo su esposa todavía, pero después de todo por lo que habían pasado, eso no tenía sin duda la menor importancia.

—¿Nos podemos divorciar allí en veinticuatro horas?

—¿Lo ves? —dijo Isabella—. Te dije que tenías que haber llamado a tu abogado. Nos habríamos ahorrado todos estos problemas y todo este tiempo.

Dicho lo cual, Isabella se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.

Edward la alcanzó antes de que saliera y la tomó del brazo.

—Isabella, espera.

Ella se volvió con una sonrisa de indiferencia.

—No te preocupes. Iremos a casa, nos divorciaremos y viviremos felices después.

—Eso no es lo que yo...

—Eso es exactamente lo que tú quieres. Nuestro matrimonio ha sido un error desde el comienzo. ¿Y qué importan dos días más? Pronto podrás volver con Ángela, libre y sin proble mas.

—Isabella, yo...

Ella le puso un dedo sobre los labios. Pero el mero roce hizo que el deseo la invadiera y se sintió débil y confusa.

—No hay más que decir. ¿Por qué no vuelves al hotel y llamas a tu abogado? Yo iré a dar un paseo. Necesito un poco de aire fresco.

El tomó su mano y, por un instante, Isabella pensó que iba a besarla. Ella se apartó a duras penas de él.

—No creo que debas ir sola a pasear. Si quieres dar un paseo, yo te acompañaré.

Isabella sacudió la cabeza y esbozó una débil sonrisa. Él nunca cambiaría, ni en un millón de años. Y si así fuera, ella echaría de menos su sentido protector.

—Vas a tener que dejar de pensar en mí como tu esposa.

La expresión de Edward se suavizó y se mordió el labio inferior mientras fruncía el ceño.

—Ya lo sé —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones—. Muy bien, adelante, date un paseo. Te veré en el hotel.

Isabella se volvió y se dirigió hacia la puerta, pensando en que pronto se alejaría de Edward para siempre. ¿Cómo sería el momento de la despedida final? ¿Sería capaz de olvidarlo o es taría su futuro lleno de recuerdos de lo que habían compartido y de lo que podía haber sido?

Agarró el pomo de la puerta con mano temblorosa, tentada de mirar atrás, pero en lugar de ello, se esforzó por reprimir sus sentimientos y pensó que lo hecho, hecho estaba. Edward y ella se habían casado y se iban a divorciar. Ambos seguirían con sus vidas como si no hubiera sucedido nada.

Y cuando volviera la vista hacia el pasado y recordara la noche del cambio de milenio, se reiría y le contaría a todos lo que había tenido que hacer para evitar que su mejor amiga se casara con el hombre equivocado.


Hoy estoy de un humor excelente, así que actualizando ando :) a que soy genial, y me encantan sus reviews.
Con respecto a el final de la historia, pronto; mas o meno capítulos, pero como digo estoy de un excelente humor y no tengo nada que hacer el día de hoy. Asi que si veo movimiento en la historia en lo que falta de mi día prometo que tendrán otro capítulo hoy mismo. Para que se alegren su día vaya. ;)

Y bueno me despido de ustedes gracias.

AraXO