DISCLAIMER: Esta historia pertenece a Elenya_CS del foro de Crepusculo-es, y los personajes que aparecen son en su mayoría propiedad de Stephenie Meyer. Yo solo me dedico a haceros llegar esta fantastica historia.
Capitulo 10: ¿Despedida?
El resto de la semana la pasamos sin más incidentes. Edward volvía a mostrarse igual de atento, aunque recuperó su desquiciante ánimo de meterse conmigo de pasada; cuando se metía en mi coche, siempre decía lo mismo:
- La Chatarra necesita jubilarse.
Y tras decirlo demasiadas veces seguidas, pues terminaba con una buena palmada en el brazo o una buena colleja. Si no alcanzaba mi objetivo, cuando salía del coche iba tras él, para poder cumplir mi venganza. Esos casos eran un show. Angela, Alice y Rose reían cuando montábamos ese tipo de espectáculos, que a él le encantaban y yo aborrecía por completo. En varias ocasiones me hubiese enfadado lo suficiente para no hablarle, pero al sonreírme de esa manera que siempre me quitaba el aliento, hacía que mi enfado disminuyese hasta el punto de quedar hecho cenizas.
Tanya no volvió a juntarse con nuestro grupo. Tampoco la hubiésemos dejado. Por mi parte, me sentía fatal. Tanya había sido mi mejor amiga en los últimos tres años, y su traición me había afectado mucho. A veces lloraba por las noches, recordando los buenos momentos que vivimos junto a Angela en algunas ocasiones. Momentos que ahora quedaban demasiado lejos.
Edward notaba cuando esto había pasado. A pesar de que yo me lavaba bien los ojos antes de bajar, siempre notaba que había llorado y me daba un fuerte abrazo, que yo correspondía agradecida. El primer día que esto pasó, me preguntó el motivo, y cuando se lo dije, tan solo me sonrió y me dio un beso en la frente, que me hizo estremecer de pies a cabeza.
- Llora todo lo que quieras –me susurró al oído- no tengas vergüenza por ello.
Algunas lágrimas más escaparon de mis ojos, y él dejó que le estropeara un poco el jersey con ellas. Después, para animarme, empezó a meterse conmigo y con mi precioso Chevrolet, de manera que al final terminé riéndome y olvidando mis penas con respecto a Tanya.
La relación entre Edward y yo, aunque a veces me mostrara esos gestos de afecto, se parecía más a la de dos buenos amigos que a lo que yo creía que éramos…más que amigos, pero no llegábamos a salir. ¿Íbamos a superar algún día esa barrera o nos quedaríamos ahí estancados? No es que no confiase en su palabra, pero temía que si continuásemos así, mis sentimientos hacía él cambiasen…
Aquello estaba pensando el sábado por la tarde, camino a La Push. Siempre iba a la reserva los sábados, y aún me quedaban seis días para pasar junto a Edward, y echaba de menos a mi mejor amigo. Jacob me recibió en su casa, con una gran sonrisa. Me envolvió en sus fuertes brazos, dándome un abrazo de oso.
- ¡Jake…me ahogas!
- Lo siento –dijo, riendo.
Pasé y saludé a Billy, que aunque primero me dedicó una mirada un tanto furibunda, me sonrió. Ignoré tal mirada y le di un beso en la mejilla.
- ¡Vamos al garaje! –exclamó Jake, con entusiasmo.
Asentí y cogiéndome de la mano, me guió hasta uno de nuestros lugares favoritos.
Me senté en el asiento del copiloto de su coche, con las piernas fuera de él y con las manos sujetándome la barbilla, mientras observaba a mi amigo terminar de arreglar una moto bastante vieja. Sonreí, al recordar como llamaba Edward a mi coche. Chatarra. Esa moto no se quedaba atrás.
- Espero que mi padre no te haya molestado –dijo de pronto Jake, sacándome de mis pensamientos.
- ¿Por qué?
- También me he fijado en como te miraba –suspiró mientras levantaba su vista hacia mi y añadió- lo siento.
- No te disculpes…es culpa mía al fin y al cabo.
- No es culpa tuya que te hayas enamorado de otro. Los sentimientos no se pueden controlar.
Le sonreí, agradecida.
- Gracias –quise levantarme para darle un abrazo, pero no lo tendría muy fácil, ya que él estaba agachado al lado de la moto, rodeado de herramientas.
Mejor le daba el abrazo después. Por como me miraba él, y por como me había mirado su padre, sabía que Jake lo estaba pasando mal. Pero, ¿qué podía hacer yo al respecto?
- ¿Cuándo se va? –preguntó de pronto.
- El viernes –suspiré.
- ¿Y cuando te vas allí?
- Nos lo dirán el jueves.
Se levantó, de improvisto, con una sonrisa torcida en el rostro. No era para nada alegre.
- Te voy a echar de menos cuando te vayas.
- ¡Si solo es un mes!
Torció el gesto y cerró los ojos, respirando hondo.
- Pero para mí es mucho.
Deduje que ese era aun buen momento para darle mi abrazo. Y no me equivoqué.
- Te llamaré siempre que pueda.
- Eso espero –rió contra mi pelo.
Estuvimos un buen rato así, abrazados, sin decir nada más. Pero como siempre, se tenía que sacar aquel tema tan delicado.
- ¿Habéis hecho las paces, entonces?
- Más o menos –intenté que el tema terminase ahí, pero Jake no se dio por vencido.
Tuve que explicarle la situación en la que nos encontrábamos Edward y yo, y mis dudas acerca de él. Vi una especie de remordimiento en sus ojos, cuando volví a mencionar que todo era por el estúpido beso de Tanya. Sin embargo, fue algo tan rápido, momentáneo, que creía haberlo imaginado.
Aquella noche mis padres habían salido a cenar con unos viejos amigos.
Pero yo no me quedaba sola con Edward en casa; mis amigas habían decidido venir a dormir a casa, para hacer una fiesta de pijamas. A Edward pareció molestarlo bastante aquello, pero dijo que tan pronto como terminásemos de ver la película que teníamos planeada para después de cenar, se encerraría en su habitación hasta el día siguiente, huyendo de la pedicura y de las sesiones de maquillaje a la que iba a someternos Alice.
Cuando llegué a casa mis padres estaban terminándose de arreglar. Edward estaba en su habitación y solo escuchó que estaba subiendo las escaleras salió a mi encuentro.
- Me ha llamado Rose.
- ¿Qué quería? –pregunté, esperanzada de que hubiesen decidido posponer la fiesta de pijamas.
- Decir que vendrán un poco más tarde. Se han ido a Port Angeles ha comprar algunos regalos.
- ¿Con Angela? –asintió- Tenía entendido que había quedado con Ben…
- Y lo ha hecho. Mis queridas hermana y cuñada se les han unido, aprovechando que ellos iban a Port Angeles.
No pude evitar reírme. Eso era algo típico de Rose y Alice.
- ¡Nos vamos! –anunció en ese momento mi madre, saliendo de su habitación.
Mi padre, desde el salón, profirió un pequeño grito de alegría. Renée le gritó algo muy poco bonito, y después me abrazó y le dio un beso en la mejilla a Edward. Aquello me hizo gracia. Mi madre ya le trataba igual que a un hijo.
- ¡No hagáis nada indebido, niños! –gritó, bajando por las escaleras.
Una vez se fueron, dejé el bolso en mi habitación y allí me estuve un buen rato leyendo, hasta que me di cuenta de la hora y bajé a la cocina, para preparar la cena. No noté que Edward me seguía, por lo que di un respingo cuando noté su respiración detrás de mí. Él rió entre dientes y yo le miré, entrecerrando los ojos.
- ¡No tiene gracia!
- ¡Ya lo creo que sí, niña asustadiza! Apuesto a que no puedes soportar las películas de terror.
- ¡Déjame en paz! –le espeté, haciéndome la ofendida.
Pasó un brazo por la cintura y me hizo girarme hacía él. Tenía su sonrisa traviesa en sus labios y eso me hizo adivinar que no tenía buenas intenciones.
- No me digas que te deje en paz, porque sabes que no lo voy a hacer.
Rió una vez más entre dientes y fue acercando su rostro al mío.
- Ed…
El timbre de la puerta sonó, y me sobresalté de nuevo. Edward resopló y apoyó su frente sobre la mía.
- Lo siento –se separó de mí alejándose un par de pasos, rápidamente- no debería haberlo hecho…
El timbre insistió, y escuchamos la voz de Alice al otro lado de la puerta que gritaba:
- ¡Bella, ábrenos o Rose derriba la puerta! ¡Y no nos hacemos cargo de los gastos que eso pueda ocasionar!
Corrí hacía la puerta, sin duda alguna de que Alice y Rosalie cumplirían su amenaza. Me encontré a mis tres amigas con una gran sonrisa, sobretodo el duendecillo que estaba al centro de Angela y Rose.
- ¿No estarías haciendo cosas poco respetables con mi hermano?
- ¡Alice, no seas malpensada!
Su sonrisa se hizo más pronunciada cuando vio que me había ruborizado. Me pregunté que habría pasado si el timbre no hubiese sonado.
- ¡Hola, chicas! –saludó Edward detrás de mí.
Alice pasó volando por mi lado para encarar a su hermano, mientras reía triunfante.
- ¿Sabes quién me ha llamado?
- ¿Otra vez? –dijo Edward, con tono cansado.
- ¡Sí! ¡Jazz me ha vuelto a llamar hoy! ¿no es genial?
- A mí también me ha llamado.
- Pero no te habrá dicho lo mismo que a mí.
Rosalie, Angela y yo nos miramos y decidimos ir a la cocina, a terminar de preparar la cena.
- En verdad, lo más importante que Jasper le ha dicho que no se olvide de traerle un regalo –nos confesó Rosalie, en un susurro.
Tanto Angela como yo reímos. La historia de amor de Alice era muy divertida, ya que siempre que su enamorado le llamaba ella iba corriendo a restregárselo a Edward, que le decía que no tenía posibilidades con él.
Después de cenar y de hablar sobre los regalos que habían comprado, decidimos lavar los platos para empezar a ver la película. Las chicas se apresuraron a ir a prepararlo todo al salón, mientras yo me quedaba lavando los platos. Edward se unió a mí, con una sonrisa.
- Puedo yo sola, no te preocupes.
- Quiero ayudarte –dijo, dando por zanjada la discusión.
Suspiré y continué con mi labor. Estuvimos unos minutos callados, hasta que me susurró:
- Bella, de verdad siento lo de antes…
- No pasa nada. Dijiste que los roces estaban permitidos.
Rió, asintiendo. Yo le devolví la sonrisa, algo ruborizada.
Terminamos de lavar los platos y fuimos al encuentro de las chicas, que se habían acomodado en almohadones y cojines en el suelo y habían dejado el sofá libre.
Me senté en él despreocupadamente, hasta que vi que Edward se sentaba a mi lado, y es que no había más sitio. Fue entonces cuando percibí las miradas de mis amigas en nosotros, con una maliciosa sonrisa. ¡Habían planeado todo aquello para que Edward y yo tuviésemos el sofá para nosotros solos! No sabía si darles con un cojín o lanzarme sobre ellas y llenarlas de besos por dejarnos así.
Empezó la película que Edward había elegido de la colección de mi padre. Y entonces me di cuenta de mi error al dejar hacer…¡era una película de terror! Dirigí mi vista hacia él, intentando matarle con una sola mirada. Edward solo rió y se acercó a mi oído para murmurar:
- ¿Podrás aguantarla, niña asustadiza?
Asentí como un robot. Su risa aumentó y le ignoré, intentando concentrarme en la horrorosa película.
Nunca me sentí tan segura de mi misma, ni tan orgullosa. Estábamos a media película de The Ring y aún no había gritado ni nada por el estilo. Estaba orgullosa de mi misma, y eso debió de notarse en mi expresión, ya que Edward me miró de reojo, riendo.
- ¿Y tú de que te ríes? -inquirí, en un susurro.
- ¿Has visto ya esta película?
- ¡Claro que no!
- Bien –se limitó a decir, aún aguantando la risa.
Iba a preguntarle que quería decir con eso, pero Alice nos mandó callar. Estuve concentrada en la película, y fue al final, cuando supe a que refería Edward. Cuando se encendió la televisión y apareció la niña, contuve el aliento, pero ya cuando salió de la televisión y empezó a gatear, proferí un grito y me escondí detrás del brazo de Edward, con los ojos bien cerrados. Escuché su risa, para luego susurrarme al oído:
- ¿Ya sabes de que me reía?
- ¡Cállate!
- Tranquila Bella, ya han cambiado de escena –me susurró, acariciándome el cabello con delicadeza.
- ¿De verdad? –pregunté en un balbuceo.
- Sí.
Abrí los ojos y miré lentamente hacia la pantalla.
Yo lo mataba.
La niña estaba en primer plano, aunque ya levantada. Grité aún más fuerte, lanzándome encima de Edward sin pensar siquiera lo que estaba haciendo.
- ¡Te odio! –le grité, pegándole con furia.
Ahora esa noche –y las siguientes también- tendría pesadillas por su culpa.
- Tu aceptaste ver la peli, monada.
Continué pegándole mientras él reía. Cuando se me pasó mi ataque de rabia y pánico, me percaté de la situación; estaba echada encima de Edward, enterrando mi rostro en su pecho. Levanté la mirada hacia sus ojos, que me miraban intensamente. Me estremecí, y él sonrió, acercando sus labios a mi oído:
- ¿Tienes frío?
Negué enérgicamente con la cabeza e intenté levantarme, pero me sujetó fuertemente por la cintura. Me ruboricé y volví a mirarle, suplicándole con la mirada que me dejase ir. Si mis amigas nos pillaban así, casi podía afirmar que me moriría de vergüenza.
- ¡Edward, suéltame! –le exigí en un susurro.
- ¿No estás a gusto?
- ¡Shh! –escuché decir otra vez a Alice, que no despegaba la mirada de la pantalla, al igual que Rose. Angela, por su parte, estaba con el rostro enterrado entre los cojines.
La película terminó, y yo respiré tranquila y aliviada sobre el pecho de Edward, que cuando Alice se levantó para encender las luces, me soltó con una sonrisa. Le saqué la lengua como una niña pequeña y él rió. Después se levantó y dándonos las buenas noches, subió a su habitación. No se me pasó desapercibido el guiño que me dedicó, antes de desaparecer escaleras arriba.
Mis amigas y yo recogimos los cojines y almohadas y subimos a mi habitación, donde los volvimos a colocar por todo el suelo delante de mi cama. Comentamos primero la película, mientras Alice nos hablaba de cómo ahora tenía que llamarnos alguien al teléfono.
Así estábamos cuando mi móvil sonó.
Las cuatro nos miramos, con el horror pintado en nuestras caras. Con lentitud, me acerqué a mi móvil y vi que era número privado. Respiré hondo y lo cogí, ante las atentas miradas de mis amigas, que estaban claramente asustadas, al igual que yo. Puse el altavoz y dije un tímido hola, para que me respondiesen en un susurro:
- Quedan siete días...
Grité y dejé mi móvil como si tuviera la peste. Mis amigas se taparon el rostro con las mantas y cojines, mientras yo miraba confundida el móvil. Aquella voz no era de niña.
Escuché una risita al otro lado de la línea, que reconocí al instante. Colgué y salí de la habitación a grandes zancadas hasta la habitación de Edward, que abrí sin pedir permiso. Lo encontré carcajeándose en su cama, con el móvil en la mano.
- ¡Te parecerá gracioso! –le grité, enfadada por el miedo que me había hecho pasar.
- No he dicho ninguna mentira –me dijo, una vez paró de reír.
- ¿Qué?
Se levantó y se acercó a mí, sonriendo tristemente.
- Quedan siete días para que regrese a Phoenix…-se miró el reloj y añadió- bueno, ahora ya seis.
Ante esto me quedé totalmente petrificada. ¿Seis? No pude evitar abrazarle fuertemente, con los ojos bien cerrados, para no llorar. Él me devolvió el abrazo, y así estuvimos hasta que escuchamos que Rosalie y Alice me llamaban. Me despedí de él, dándole de nuevo las buenas noches y un beso en la mejilla, para luego salir corriendo hacia mi habitación.
Los siguientes días pasaron confusos.
No quería que se fueran, sobretodo Edward. Le iba a echar mucho de menos, e intentaba pasar todo el tiempo posible a su lado. Mis amigas me aconsejaban que no le dejara marchar sin decirle antes lo que en verdad sentía por él. ¿Y qué era lo que sentía por él? Las últimas semanas habían sido tan y tan confusas, que en aquellos momentos mi cabeza era un hervidero, y no sabía que contestar a aquella pregunta con claridad.
Estábamos ya a jueves. El día antes de que se fueran. De que él se fuera.
Nos encontrábamos en el gimnasio, escuchando la charla de los profesores sobre que los que se iban tendrían que acoger a las mismas personas que les habían acogido a ellos durante el siguiente mes de abril. Abrí los ojos de par en par y miré a Edward, que estaba sentado a mi lado. Nuestras miradas se cruzaron, al entender aquello. Íbamos a estar un mes sin vernos. No comentamos nada del tema. Aún estaba haciéndome la idea de despedirme de él.
Aquella tarde decidimos ir a Port Angeles, a hacer la última excursión por las tiendas de allí, y así Rose, Alice y Edward podrían comprar los regalos que les faltaban. Cuando llegamos, las chicas propusieron ir enseguida ir a la tienda de ropa, pero Edward me pidió que le acompañase a una librería. Acepté, y le seguí.
- Tengo que hablar contigo antes de irme -dijo parándose de pronto y girándose para encararme, de forma que casi choqué contra él.
Mi corazón se detuvo ante esas palabras y su expresión. Una media sonrisa cruzó su rostro y cogiéndome la mano, me guió hasta un pequeño parque, en el que me hizo sentarme en un viejo banco.
- Bella, me gustaría saber si…puedo esperarte.
- ¿Cómo? –pregunté algo desconcertada.
Él rió entre dientes y apretó mi mano suavemente, antes de volver a sonreírme de esa manera que me dejaba sin respiración.
- Quiero saber si…aún sientes lo mismo por mí que hace dos semanas. En estos últimos días…te he encontrado algo distante conmigo –me miró a los ojos, por primera vez desde que le conocía con timidez, y añadió- ¿fue por lo que te propuse? Porque…
Le puse un dedo en los labios, con una mirada alentadora posada en sus ojos verdes, que reflejaban temor por mi respuesta.
- Edward, yo te quiero –su rostro se iluminó con un amplia sonrisa, pero yo aún no había terminado de hablar- pero no sé…no tengo claro…¡estoy tan confundida!
Enterré el rostro entre mis manos, ahogando las lágrimas. Mis siempre traicioneras lágrimas. Noté como me abrazaba y me atraía a su pecho, con un suspiro.
- Ven mañana a despedirnos. Nos tenemos que ir con tren, yo te esperaré. Si no vienes, entenderé que tú respuesta ha sido negativa.
Asentí, aún sin poder mirarle a los ojos. ¿Cómo iba a hacerlo? La estación estaba en Seattle, y ellos iban hacia allí con autobús. Tendría que salir bastante temprano para conseguir llegar a tiempo, además de que tendría que perderme un día entero de instituto. El último día junto a Edward, Alice y Rosalie fue estupendo.
Fuimos de compras, riéndonos y bromeando, mientras recordábamos aquel último mes con grandes sonrisas y alguna que otra lágrima cuando tuve que despedirme de Alice y Rose cuando llegamos a Forks.
- ¿No podré despedirte aquí? –le pregunté a Edward, mientras subíamos las escaleras.
- No, yo salgo antes hacia el instituto.
- ¡Pero irás a pie!
- No, tú padre me llevará. Es muy temprano, no quiero molestarte.
Asentí, girándome para ir a mi habitación, pero me cogió por la muñeca, volviéndome hacia él.
- Mi tren sale a las tres de la tarde –dibujó una sonrisa torcida, para nada alegre, y prosiguió- pero lo he estado pensado, y creo que será mejor que no vengas.
- ¿Qué? –pregunté, incrédula por sus palabras- ¡Edward pensaba ir!
- Bella…-me miró directamente a los ojos, con dolor pintado en ellos- tu sitio está aquí. Luego nos volveremos a ver en Phoenix…pero, ¿realmente estás dispuesta a dejar esto? Eras tan feliz antes de que yo llegase que…
- ¡No digas tonterías! –me abracé a él, como si así evitase que dejara de sentir lo que él sentía- Edward, fuiste tú el que te reíste ante las palabras de no poder mantener una relación a distancia, ¿recuerdas?
- Pero tú no estás del todo segura…-me acarició una mejilla, haciéndome levantar el rostro hacia él y luego besándome la frente.
Iba a añadir algo más, pero pareció pensárselo mejor y entró en su habitación, dejándome allí plantada. Insistí en hablar con él, llamando a su puerta, pero se resistió. Al fin, me di por vencida.
- ¿Qué hacía? ¿Le hacía caso y me quedaba en Forks? ¿O iba a verle a la estación? Con estas dudas me dormí.
En algún momento, soñé que los cálidos labios de Edward se posaban encima de los míos…pero solo fue un sueño. Lo supe cuando desperté, al escuchar un sonido irritante, que resultó ser el timbre de la puerta.
Miré mi reloj y me quedé de piedra. Eran las siete y media de la mañana. Corrí hacia la habitación de Edward, pero él ya se había ido, sin despedirse siquiera de mí. Notaba como las lágrimas caían sin parar por mi rostro, y solo el timbre de la puerta me sacó de aquel trance. Corrí y abrí la puerta, secándome las lágrimas con la manga del pijama. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme allí a Jacob.
- ¡Jake! ¿Qué haces aquí?
- Se ha ido ya, ¿verdad?
Asentí, aún llorando. Él me abrazó, y cuando conseguí calmarme un poco, se separó de mí, para mirarme a los ojos.
- Vístete, deprisa.
- ¿Por qué?
- Hazme caso.
Asentí y corrí escaleras arriba. De camino me encontré a mi madre, terminada de levantar. Le expliqué que abajo estaba Jake, y quedó tan extrañada como yo. Me vestí rápidamente con lo primero que encontré y bajé de nuevo. Jake estaba hablando seriamente con mi madre, que asentía.
- ¿Me vas a explicar que haces aquí?
- Claro, vengo a llevarte a Seattle.
- ¿Cómo?
- Venga, Bella cariño, no hay tiempo –me apuró mi madre.
No entendía nada. Solo que en pocos segundos estaba dentro del coche de Jake, camino a Seattle.
- Con tú coche no llegaríamos a tiempo –me explicó, con una sonrisa.
Con la Chatarra, recordé como llamaba Edward a mi coche.
- Tú le quieres Bella. Debí haberlo aceptado.
- ¿Qué?
Suspiró y empezó a explicarme algo que nunca se me hubiese ocurrido. Él y Tanya planearon lo ocurrido la noche de la fiesta, para separarnos a mi y a Edward. No pude evitar enfadarme, pero Jake me explicó que se arrepentía, y que por ello había venido a buscarme para llevarme a Seattle. Había llamado a Tanya para preguntarle el plan que tenían los de intercambio.
- Jake…
- Solo espero que me perdones algún día, Bells.
Y claro que lo hice. Al fin y al cabo, ahora me estaba llevando a encontrarme con Edward. Llegamos a Seattle a las dos y media, y para mi desgracia, había un gran atasco.
- No llegaremos a tiempo…-murmuraba.
- Claro que sí –intentó tranquilizarme Jake.
Para cuando llegamos a la estación, ya eran las tres menos cinco. Corrí entre la multitud de gente, después de bajarme del coche, con la esperanza de ver una cabeza cobriza entre la multitud…pero cuando llegué al andén correspondiente, mi mundo se vino abajo.
El tren estaba saliendo a toda prisa.
No había llegado a tiempo.
Y fue en aquel instante, cuando me di cuenta de que había perdido al único hombre al que de verdad había amado en toda mi vida. Más que a nadie en el mundo. El único que de verdad había echo palpitar mi corazón con su sonrisa, y hacer que me estremeciese con un solo beso. Me dejé caer de rodillas sobre el suelo, llorando amargamente. ¿Por qué no había podido decírselo el día anterior, cuando me abrazó? ¿Por qué había sido tan estúpida?
Ahora, aunque le llamase, ya no habría solución…¿o sí? Pensé en mi intercambio, el que me correspondía a mí.
- ¡Bells! –escuché a Jake gritar a mi espalda.
Me giré, limpiándome las lágrimas.
- Siento que no hayas llegado a tiempo, cielo –me dijo, con gesto abatido.
- No te preocupes. Solucionaré esto.
- ¿Cómo?
- Le haré ver que le amo.
- Pero él ya se ha…
- Ido, sí. Pero le veré dentro de un mes. Voy a luchar. No dejaré que la distancia sea un impedimento para nosotros.
Jacob sonrió y me dio un abrazo, alentándome y apoyándome en mi decisión. Y solo sonreí, aunque mis ojos aún estaban llenos de lágrimas. Entonces, mi móvil vibró. Lo miré y vi que había recibido un mensaje de Edward, que abrí al instante:
No nos hemos despedido, pero no importa,
con un hasta luego me basta.
Al fin y al cabo, en un mes volveré a verte.
Te quiero.
Al leerlo, una gran sonrisa ocupó mi rostro.
- ¿Bella? –preguntó mi mejor amigo a mi lado.
- Lo conseguiré –respondí, releyendo el mensaje.
Jake me cogió la mano, y me guió entre la multitud, para regresar a Forks.
holaaa! :)
no la tomeis con el pobre Jake xDDDDD aqui la mala de la historia es Tanya...o no? 8)
bueno, termino la primera parte del intercambio, pero no os preocupeis, que enseguida llega la segunda jejejejeje
muchisimas gracias por los reviews *___* bienvenidas las nuevas y gracias tambien a todos los favoritos y alertas x3
me alegro de que la historia guste =)
Ah! He subido una historia nueva, no aun no es de mi autoria! xD el link esta en mi perfil, y se llama Amnesica ^^
Y otra cosilla, para las que leisteis For the first time: la secuela esta en marcha, es mas, Elenya esta subiendola en un foro (que no es el de Crepusculo, aviso) si alguien quiere leerla, porque yo aun tardare en subirla aqui, pues que me envie un MP y yo le doy la direccion ;)
me despido hasta el proximo capi ^^
un beso!!
