Adrenalina
Skarp Sniv-Distrito 12
La noche anterior se repite una y otra vez en mis sueños. Las lágrimas bajan en cámara lenta por la mejilla de Evelyn y siento que es mi piel la que recorren, quemándola como si estuvieran hechas de ácido, dejando dolorosas quemaduras a su paso.
Cuando despierto he convertido la cama en un lío de sábanas que se han anudado alrededor de mis piernas y mi vientre, comprimiendo mis músculos como si se tratara de media docena de serpientes que intentan arrancar el aire de mis pulmones.
Me debato durante algunos segundos, tratando de deshacer el intrincado nudo a patadas y solo logrando empeorarlo. Mi pecho sube y baja en una sucesión de rápidas respiraciones que resultan dolorosas por la franja de tela que se envuelve alrededor de mi cuerpo.
Me obligo a mí mismo a ir más despacio. Inhalo por la nariz y exhalo por la boca en un intento de regular mi frecuencia cardiaca, que amenaza con matarme antes inclusive de entrar a la Arena. No es un buen momento para un ataque de pánico. No es un buen momento para dejar que Evelyn pueda conmigo.
Cuando estoy razonablemente seguro de que he logrado controlarme, me echo hacia adelante y sonrío satisfecho cuando veo como mis músculos reaccionan bien. Una vez sentado sobre el colchón consigo ver el estropicio que he hecho en medio de mis sueños. He desgarrado las sábanas y de alguna manera he conseguido que se conviertan en un laberinto sin sentido alrededor de mí: opresivo, despiadado…
Mis manos no tiemblan cuando comienzo a tirar de la tela, intentando arreglar el desastre. Al final me rindo y opto por terminar de desgarrar las sábanas para liberarme. Cuando al fin consigo soltar mis extremidades desenrollo con cuidado lo que ha quedado alrededor de mi torso y me levanto de la cama.
Cuando presiono el mando para abrir la persiana el cielo sigue de un color entre negro y azul allá afuera. Es pronto, demasiado pronto para estar levantado, pero un vistazo a la cama me convence de que no lograré conciliar el suelo. Unas pequeñas manchas rojas sobre la funda de la almohada llaman mi atención. Me llevo las manos a la cara y siento un escozor extraño. Recuerdo el sueño, las lágrimas de Evelyn recorriendo mi piel, quemándome. Me dirijo al baño, apoyo mis manos en el lavabo y veo mi rostro en el espejo. No hay ojeras, pero tengo dos marcas verticales que bajan paralelas por mi mejilla izquierda, desde mi pómulo hasta la barbilla. He debido hacérmelo mientras dormía.
-Primeras heridas de guerra y te las ha hecho tú mismo, Skarp. Será mejor que te controles. – le digo a mi reflejo mientras abro el tubo y mojo mi rostro con el agua helada.
Con un suspiro me despojo del pijama y empiezo a presionar botones para regular la ducha. Cuando me meto bajo la aspersión el agua caliente logra relajar los tensos músculos de mi espalda.
Curiosamente no me siento nervioso. Yo elegí esto y esta no es una historia de redención. Es una historia de venganza. No había incluido a Evelyn en mis planes, como sí había hecho con mi madre, mi hermana y mi padrastro, pero ahora ella también tendrá que pagarlo. No es justo que me haga sentir culpable con sus lágrimas. No es justo que me desconcentre ahora. No lo permitiré. En unas horas, cuando suene el gong, bajaré de ahí y comenzaré con mi plan. Lo siento por los chicos a quienes el azar puso en mi camino, pero para poder hacer lo que deseo ellos tendrán que morir.
Me aclaro el shampoo de la cabeza y disfruto, durante algunos minutos, de lo que será mi última ducha en unos cuantos días.
Cuando salgo, presiono un botón que lanza aire caliente que seca mi cuerpo en segundos. Envuelvo una toalla alrededor de mi cintura y me dirijo hacia mi cama, tal vez pueda echar una cabezada antes de que tenga que reunirme con Haymitch a las ocho.
El problema es que ya hay alguien en ella.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?- mi voz restalla como un látigo y hacia el final se convierte en un ladrido. Me gusta, le hace saber que no es bienvenida.
—Skarp- su voz tiembla, pero no hay lágrimas en sus ojos azules.- Estás aquí. No podía creerlo. Cuando te vi…No podía creer que te presentaras voluntario. – su mirada recorre mi cuerpo con avidez, como si realmente no pudiera creer que yo estuviera aquí. Y soy muy consciente de que lo único que cubre mi desnudez es la mullida toalla de algodón blanco.
—¿Cómo entraste?
—Conozco gente.- replica muy seria- No te preocupes, nadie sabe que estoy aquí.
—No deberías estar aquí. Lárgate.
Para mi sorpresa ella no baja la mirada. Su boca se cierra y veo como su mandíbula, delicada como el resto de ella, se endurece bajo su pálida piel.
—No lo haré. He venido aquí para que podamos hablar.
De mi garganta brota una risa ronca.
—¿Hablar? ¿Hablar de qué? Ya todo está claro entre nosotros.
—Tú no… ¿tú no te preguntas por qué me fui?
Me giro hacia la ventana, no soportando verla.
—Creo que fuiste muy clara en tu carta.
Esta vez no hay indecisión en su voz cuando pregunta
—¿Qué carta?
Es su tono y no sus palabras lo que me insta a girarme. Lejos de sonar avergonzada suena furiosa.
—La carta que me dejaste antes de irte. ¿Sabes? al menos debiste tener el valor de verme a la cara cuando me dijiste que era muy poca cosa para ti.
Su rostro pierde el poco color que le quedaba y aún con la escasa luz veo como sus ojos se abren. Ella trastabilla y se deja caer sobre la cama, como si de repente sus rodillas hubieran dejado de funcionar.
Ella empieza a negar con la cabeza y su boca se abre mientras aspira bocanadas de aire.
—Deja el teatro, Ev. Si tienes algo que decirme dilo y lárgate de una vez- mis palabras son duras. Intento ignorar la forma en que mi corazón parece estar trabajando horas extra en mi interior.
Ella me mira con los ojos entrecerrados, ignora mis palabras y se lleva una mano al bolsillo de dónde saca un delicado tubo plateado con una boquilla. Se lo lleva a la boca y presiona dos veces un botón en la parte superior. Luego tose tres veces y su respiración se normaliza.
Casi me había olvidado de su asma. Cuando vivíamos en el Doce el carbón en el aire hacía estragos en su salud. A veces tenía que pasarse días encerrada en su habitación porque era incapaz de respirar el aire tan contaminado. Ev siempre fue una persona frágil.
Pero esta chica que me mira con el ceño fruncido y los labios apretados no parece ser la misma Evelyn que conocí alguna vez.
—Explícate- ordena y su tono autoritario me recuerda quién es y lo que me hizo.
—Yo no tengo que explicarte nada. Tú fuiste quien se apareció en mi habitación en medio de la noche. No tengo nada que hablar contigo. Te lo diré por última vez: vete de aquí.
Ella se cruza de brazos y arruga obstinadamente la nariz.
—No me voy a ninguna parte hasta que me hables de esa carta.
Un gruñido brota de lo más profundo de mi garganta.
—¿A qué has venido, Evelyn? ¿A regodearte? ¿A volverme loco? ¿Quieres asegurarte de hacerme pedazos antes de que entre a la Arena a jugarme la vida?
—¡Por supuesto que no!- estalla ella y dos gruesas lágrimas bajan por sus mejillas. De inmediato recuerdo mi sueño y los arañazos en mi cara empiezan a arder. - ¿Por qué demonios te has ofrecido como voluntario? ¿Te has vuelto loco?
La risotada que sale de mí parece no pertenecerme en lo absoluto.
—¿Tú maldiciendo, Ev? ¡Ahora si lo he visto todo!
—Basta- dice con autoridad- Deja de fingir que no te importa. ¡Tú no eres así! Te conozco…
—Tú no sabes quién soy- le respondo y me sorprende la cantidad de emoción con que se impregna cada palabra.- Te fuiste antes de poder conocerme. Huiste con quien pudo darte una mejor vida. Es una lástima que no seas feliz, lo siento, pero tendrás que aprender a vivir con tus decisiones.
Ella se levanta de la cama y sus pequeñas manos se convierten en puños a ambos lados de su cuerpo.
—¿Mis decisiones? ¿Realmente crees eso? ¿Crees que me fui y te dejé porque quise? ¿Porque me resultó muy práctico?
—Eso es lo que sé.
—Si realmente crees eso entonces no eres el hombre que pensé. No eres el chico del que me enamoré.
Sus palabras me sientan como una pedrada. Pero no cedo ni un ápice.
—¿A qué estás jugando, Ev? ¿Te preocupa que pueda causarte problemas cuando gane? No te preocupes, cuando regrese como Vencedor me mantendré tan lejos de ti como sea posible.
No es tristeza lo que hay en su mirada mientras llora. Es ira. Puro enojo. Sus manos tiemblan y sus nudillos se mueven. Está resistiendo el impulso de golpearme, lo sé.
—Eres un estúpido, Skarp.
—Era- la corrijo-. Debí serlo para enamorarme de alguien como tú.
—No tiene caso hablar contigo- masculla finalmente mientras toma algo de la cama, cuando se lo echa encima veo que se trata de una capa oscura. El gesto es tan teatral que estoy a punto de echarme a reír. – Me iré ahora. Pero no sin antes decirte la verdad: no me fui porque quise. Me vendieron… mis padres- aclara al cabo de un segundo con la voz rota.- Y si he venido a verte hoy es porque estoy aterrorizada porque sé que él nunca te dejará ganar.
Esta vez soy yo quien se tambalea. Mis rodillas se debilitan y debo apoyar las manos sobre la cómoda para no caerme.
-¿De qué hablas? ¿Cómo que te vendieron? ¿Y quién no me dejará ganar?
Su gesto se suaviza y se acerca a mí como si quisiera consolarme. Su mano se extiende en el aire y no soy capaz de apartarme para evitar su toque. Las yemas de sus dedos apenas si rozan las marcas que mis uñas han dejado sobre la piel de mis mejillas, pero el contacto es suficiente para mandar un estremecimiento por mi espina dorsal reviviendo sentimientos que creía muertos y enterrados.
-Te lo contaré todo- promete ella-. Pero no tenemos mucho tiempo.
Aristta Pineas-Distrito 7
El sol tiñe el cielo de rosa cuando empieza a asomarse tras los altos edificios que veo a través de la ventana.
Ya me he duchado y estoy esperando a que aparezca Olive para que me de las últimas instrucciones antes de entrar a la Arena. A partir de ahora solo podrá comunicarse con nosotros a través de suposiciones nuestras y de los cortos mensajes que le permiten enviar junto a los paracaídas.
Aun así ella parece razonablemente confiada. Cree que Tre y yo seremos un buen equipo. Podemos hacerlo bien.
De todas maneras no puedo evitar sentirme nerviosa. En unas horas estaremos sobre los pedestales, comenzando a luchar por nuestras vidas.
Según Olive la Arena debe estar bastante lejos porque tendremos que estar en los aerodeslizadores a las 9 de la mañana, pero el lanzamiento a la Arena no está programado sino hasta las 2 de la tarde. Así que nos espera un largo camino.
Escucho el mecanismo de las puertas automáticas y me giro.
—Buenos días, Aristta- saluda Olive cuando entra. Trae puestas sus usuales ropas holgadas, en tonos tierra y el largo cabello castaño le cae suelto, formando ondas sobre su espalda. Las gafas hacen que sus ojos luzcan enormes.- ¿Pudiste dormir?
—Buenos días. – la saludo yo- Un poco. Estoy algo nerviosa.
—Es normal.- asiente ella- No todos los días debemos entrar a jugarnos la vida. Lo harás bien.- ella suelta un largo suspiro.- Por cierto, anoche olvidé felicitarte. Lo hiciste muy bien en la entrevista. Me tenías algo preocupada. Pensé que tu timidez podría contigo, pero lograste convertirlo en algo así como una charla íntima ¿no? Creo que el público se ha encariñado contigo. Y Tre luce muy fuerte. Estoy segura de que podrán hacerlo bien.
—Eso espero.- asiento yo.- No puedo decir que estoy confiada, pero al menos creo que podremos salir de la Cornucopia. Hablando de eso ¿qué crees que deberíamos hacer?
Ella se encoje de hombros.
—En una situación normal diría que deberían salir de ahí pitando. Quedarse a competir por armas o comida suele acabar con más muertes de la cuenta. Pero Cy y yo decidimos que ambos son lo suficientemente listos como para tomar sus propias decisiones una vez exploren la situación. Si creen que pueden salir de ahí con algo útil sin que se vean demasiado perjudicados, háganlo. Un par de hachas nunca caen mal, pero suelen ponerlas bien adentro de la Cornucopia. Las mochilas siempre son útiles, pero si consideran que los profesionales andan demasiado cerca lo mejor será huir de ahí.
—De acuerdo- asiento yo.
—Cy y yo cuidaremos de ustedes lo mejor que podamos.
—Te lo agradezco.
—También necesitaba hacerte una pregunta.- dice finalmente y su semblante se vuelve serio- No es algo agradable y créeme que lamento preguntártelo, pero me parece que es lo correcto. Verás: la mayor parte del flujo de dinero que estamos recibiendo va para ti. En un principio y tomando en cuenta lo fuerte que es su alianza no debería ser un problema enviar cosas que los beneficien a ambos, pero quiero saber que deseas que haga si acaso llegas a morir.
Siento como la sangre abandona mi rostro de golpe.
—Sé que quieres ganar. Yo también quiero que ganes. Pero necesito contemplar todos los posibles escenarios. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.- digo y mi voz suena curiosamente firme- Tienes razón, gracias… gracias por preguntar. Si muero…- debo hacer una pausa para respirar- si muero y Tre sigue con vida quiero que todo siga con él. Habla con nuestro patrocinador- le digo mientras pienso en Sálix- dile que has hablado conmigo y que eso es lo que yo querría. Si muero Tre tiene que ganar.
—De acuerdo- acepta ella.- Es hora de que vayas con Cúrcuma.
Primero me llevan a la azotea, donde me espera un aerodeslizador que envía un rayo paralizante que me pega a la escalera de mano. Una vez adentro se acerca un sujeto vestido de azul con una máscara quirúrgica. En la mano tiene una jeringa cuya aguja parece más bien un popote. Un estremecimiento me recorre el cuerpo. Esto no me gusta nada.
—Extiende el brazo- ordena y yo lo hago sin chistar.
—¿Qué es eso?
—Tu rastreador- dice mientras limpia mi brazo con un pedazo de algodón con olor a alcohol. La punta de la gigantesca jeringa se introduce en mi piel y siento un hormigueo cuando me inyecta lo que sea que resulte ser el rastreador.- Nos hará saber tu posición exacta en la Arena.
Me devuelven al tejado, donde nos recoge un segundo aerodeslizador y luego Cúrcuma me acompaña a desayunar. Me obligo a comer todo lo que mi estómago es capaz de tomar, porque una vez entremos en la Arena no sé qué tan segura tendremos Tre y yo la comida.
El viaje en el aerodeslizador se prolonga durante horas y horas. Olive tenía razón y la Arena se encuentra lejos.
Cuando por fin llegamos nos entregan un sobre con las instrucciones para llegar a la cámara en donde se realizan los preparativos. La llaman Sala de Lanzamiento, al menos en el Capitolio, los distritos la llamamos el Corral, como el lugar en que guardan a los animales antes de ir al matadero.
Cada pared, mueble y suplemento es completamente nuevo, nadie las ha usado antes que yo y nadie lo hará después. Cuando los Juegos acaban las Arenas se convierten en parques de atracciones. Esta habitación pasará a la posteridad como la habitación en que Aristta Pineas fue lanzada a una matanza pública.
Cúrcuma me envía a ducharme de nuevo y a lavarme los dientes. Mi estilista se encarga de recogerme el cabello en una apretada coleta y a revisar el estado de mis uñas. No las recorta porque decide que pueden terminar siendo un arma.
-En una pelea cuerpo a cuerpo me lo agradecerás-declara ella. Y entonces procede a vestirme con el uniforme que usaré en la Arena.- Yo no he tenido nada que ver con el diseño- aclara ella- pero parece uno bastante cómodo.
Se trata de un conjunto de blusa y pantalón de color café oscuro, las mangas son negras y se adhieren y se desprenden gracias a un sofisticado sistema de velcro inteligente.
—Supongo que habrá cambios de clima muy agresivos en la Arena.- dice ella.
El pantalón tiene un amplio cinturón que ella acomoda sobre mi cadera y dos bolsillos de color naranja a la altura de los muslos. El cuello está ribeteado por una banda naranja que desciende por el pecho y el vientre. Cuando ella lo revisa se da cuenta de que tiene una cremallera en la parte trasera del cuello de donde sale una especie de capucha cuyo forro es suave y cálido como un conejito. Ella frunce el ceño pero no dice nada.
Las botas son de un tejido duro pero flexible, de un negro brillante, tienen una cremallera a un lado y me llegan casi hasta la rodilla. Cuando acaba de ponerme la ropa ella me obliga a saltar, correr y agacharme alrededor de la habitación para asegurarse de que me quede perfectamente.
Lo hace. Fue hecho para mí y moverse con él es tan sencillo como lo era con el uniforme de entrenamiento.
—Solo falta la llamada- señala Cúrcuma con un suspiro.- ¿tienes hambre?
Niego con la cabeza. Ella igual me obliga a comerme un panecillo y a beberme un par de vasos de agua.
Cúrcuma me toma de la mano y me da un apretón.
—Yo hice esto para ti- dice mientras me entrega una pequeña figura de origami. Se trata de una mariposa. Está hecho de un hermoso papel multicolor que hace que las alas brillen cuando les da la luz. Ella introduce la figura en uno de mis bolsillos y me da una palmadita.- Lo harás bien. Buena suerte- es todo lo que dice y como no puedo decir nada aprieto su mano y me dispongo a esperar la llamada.
No tarda mucho, tal vez unos diez minutos. Cuando lo anuncian debo meterme en el tubo de lanzamiento, la placa de metal redonda marca el punto. Entro en el círculo y en cuanto lo hago los resistentes paneles de cristal descienden a mí alrededor, encerrándome en un ataúd de cristal.
—Tranquila- articula Cúrcuma al otro lado- Respira.
Apoyo las manos en el cristal y noto como mis dedos tiemblan. Me obligo a respirar con lentitud. Si sucumbo al pánico terminaré siendo un blanco fácil.
La voz robótica comienza con un cuenta atrás que dura treinta segundos. Intento acompasar mi respiración con los números que canta la voz automatizada. Cuando ha llegado a cinco mis manos han dejado de temblar. El conteo acaba y la plataforma empieza a ascender dentro del tubo.
Al principio solo veo oscuridad. Luego el techo sobre mí se abre y mi cuerpo asciende hasta quedar al aire libre.
Miro a ambos lados. A mi izquierda veo a la chica alta y menuda del Cinco. A la derecha tengo al chico del Nueve.
Miro hacia el frente y la escena me quita la respiración.
Zadlen Rome- Distrito 4
La voz de Claudius Templesmith resuena por todas partes a mí alrededor, como si rebotara entre las paredes de un auditorio en lugar de perderse en medio de la magnitud imposible de la Arena:
—Damas y caballeros, ¡que empiecen los Quincuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!
La adrenalina corre a rienda suelta por mi cuerpo. Esto es, esta es la culminación de años de preparación. Dentro de veintitrés muertes me coronaré como Vencedor.
Una proyección holográfica con un brillante número 59 aparece simultáneamente en cuatro pantallas, en los cuatro costados de la Cornucopia, a pesar de que desde mi posición solo puedo ver una de ellas. El número empieza a descender mientras una voz robótica va recitando los números: 58, 57, 56…
Estoy rodeado por dos rubias, las chica del Tres a mi izquierda, la del Seis a mi derecha. Ambas obtuvieron notas decentes, pero ninguna de las dos será un problema. Mi cuerpo se inclina hacia adelante, listo para echar a correr hacia la Cornucopia y sus armas en cuanto el conteo acabe y las minas se desactiven.
El cuerno dorado brilla bajo la luz del sol, los portales son amplios e inclusive desde esta distancia puedo percibir el brillo de las armas, listas y afiladas, llamándome. Podría matarlos con mis propias manos, pero entonces no habría sangre y sé que eso es lo que todos esperan ver. Por algo se llama Baño de Sangre.
La mayoría se encuentra en el interior de la Cornucopia, los tridentes y los arpones deben estar ahí también, pero sobre la grama veo mochilas de diferentes colores, pequeños paquetes del tamaño de un pañuelo, hogazas de pan, redes llenas de fruta…
No necesito nada de eso, los Profesionales nos quedaremos con la Cornucopia y liquidaremos a quien trate de evitarlo.
Observo los pedestales, buscando a los otros profesionales. Localizo a Ahren a un par de chicos de distancia, entre la chica del Once y Gianni. Gessa está frente a mí, casi en el otro extremo de la Cornucopia, sus manos están apretadas en puños y tiene el ceño fruncido. A Charlotte y Alexandrite no logro verlos, pero tampoco me preocupan. No vine a cuidar de nadie y si no logran apañárselas solos no merecen estar aquí.
El contador va por 30 y empiezo a desesperarme, quiero iniciar ya. Mientras más rápido me cobre mi primera víctima mejor. Crees me ha dicho que el primero es el más duro, luego matar se vuelve más natural, un mero instinto de supervivencia apoyado por años de entrenamiento.
Soy un cazador.
Estamos metidos en una especie de embudo, los pedestales están en la parte plana, separados por unos quince metros de la Cornucopia. Detrás de nosotros veo una elevación de terreno, no muy pronunciada pero que podría representar un importante obstáculo para aquellos cobardes que decidan escapar.
15, 14, 13…
Quiero que empiece. Flexiono las rodillas y sonrío cuando siento como la prótesis funciona a la perfección.
Un débil brillo a mi derecha llama mi atención. Se trata de un cuchillo, tan largo como mi antebrazo, cuya hoja se encuentra parcialmente enterrada junto a una de las mochilas más cercanas, está casi frente a Ahren, pero él parece no notarlo. Su mirada se pasea entre los demás tributos, buscando a alguien y parece levemente preocupado.
No logro entenderlo.
Pero cuando miro a Ahren me doy cuenta de otra cosa: no soy el único que mira con avidez el arma más cercana. Los ojos azules del chico del Diez, el que anoche no cerró la boca ni un segundo en su entrevista, también se clavan en el cuchillo.
Sonrío.
4, 3,2…
En el último segundo, justo cuando se desactivan las bombas, cambio mi trayectoria. Habíamos acordado encontrarnos los seis en la entrada de la Cornucopia y empezar desde ahí el barrido, pero no puedo resistirme al impulso. Me tocaba ir tras el chico del Doce, uno de los tres que había obtenido calificaciones altas. De todas formas en lugar de correr hacia el lugar pactado, me dirijo hacia la derecha, casi matando del susto a la rubia del Seis que se lanza al suelo y rueda con agilidad cuando paso corriendo a su lado.
Si lo quisiera podría ir tras ella, sería cuestión de posicionar mis manos alrededor de su delgado cuello y ejercer presión, pero no es ella mi objetivo.
Esquivo a la chica del Once, que corre con resolución a la Cornucopia, pisándole los talones a Ahren, que es más rápido de lo que pensé.
Me lanzo hacia adelante y apoyo una rodilla en el suelo justo en el momento en que el chico del Diez se echa hacia atrás, cuando Gianni pasa como una exhalación junto a él. Casi puedo saborear el pánico en sus ojos azules cuando me ve arrancar el cuchillo con facilidad de la tierra. Entonces el chico echa a correr en dirección contraria, en paralelo a la entrada más cercana a la Cornucopia. Siento deseos de reírme, porque su huida no hace más que acrecentar mis instintos de cazador. Le doy dos segundos de ventaja y lo sigo.
El chico le pone empeño, debo reconocérselo, corre zigzagueando mientras los otros tributos se desperdigan sobre la base que rodea la Cornucopia. Su postura se relaja un poco cuando ve que su compañera de distrito, una chica pálida y de cabello oscuro, que se acerca corriendo hacia nosotros. Él tiene inclusive el ánimo de agitar un brazo en el aire, como si estuviera en el parque.
—¡Bernesse!- lo escucho gritar un segundo antes de alcanzarlo. Mi mano encuentra con facilidad un punto en su pecho desde el cual sujetarlo y luego solo es cuestión de deslizar el afilado cuchillo por su garganta, cuyo tejido cede con facilidad como si fuera de mantequilla.
El movimiento es tan rápido que cuando el cuchillo describe un arco hacia adelante, el rostro pálido de la chica, con sus ojos casi negros muy abiertos debido al pánico, queda salpicado por rojas gotas de sangre.
Suelto al chico, que se escurre hacia el suelo como si fuera un muñeco de trapo y observo como la luz empieza a abandonar sus ojos azules.
La chica del Diez, Bernesse, sale corriendo como un cervatillo. Podría seguirla y liquidarla, pero recuerdo lo que dijo mi hermano sobre la primera muerte.
El momento en que cambias. El momento en que te das cuenta lo fácil que puede ser acabar con una vida, pero no de lo difícil que resultará después.
En lugar de correr tras ella, la dejo escapar, mientras veo como el chico a mis pies se esfuerza por respirar mientras su mirada se apaga por completo y la sangre hace burbujas en su cuello. Resulta una escena casi repulsiva, pero mantengo mis ojos en él hasta que exhala su último suspiro.
Está hecho. Me he cobrado la primera muerte.
Decido que Crees exageraba. Ha sido demasiado fácil. Seguirá siendo fácil.
Laure Arcadia- Distrito 5
Mientras el contador llega a cero siento como la sangre echa a correr en el interior de mis venas. El efecto es tan repentino que por un momento me siento mareada.
A mi derecha tengo a la chica del Siete, que si bien no luce confiada, se baja rápidamente de su pedestal y empieza a correr hacia la derecha en cuanto las minas se desactivan. La veo inclinarse hacia un lado en medio de su carrera y su mano se engancha en una mochila de un brillante color morado. Ella se cuelga la mochila del hombro y continúa corriendo, posiblemente buscando a su aliado.
De pronto me doy cuenta de que casi todos los pedestales están ahora vacíos. Unos espacios hacia mi izquierda veo al chico del Diez, que hasta hace unos segundos estaba en el pedestal junto a mí, echar a correr hacia la izquierda con la mirada fija en una mochila y un cuchillo. Mis ojos se abren cuando veo que el profesional monstruoso del Cuatro viene corriendo como un toro en dirección contraria, hacia él. Hacia mí.
Un miedo visceral se abre paso por mi garganta y siento ganas de ponerme de rodillas y vaciar el contenido de mi estómago.
Frente a mí la escena es un lío de chicos y chicas corriendo en todas direcciones, como un hormiguero alcanzado por una roca.
Raven. Tengo que encontrar a Raven.
Miro a la izquierda, a la derecha y luego hacia el frente. Encuentro un destello de cabello rubio, pero luego me doy cuenta de que se trata de la Kiara, que ha rodado por el suelo para evitar al profesional del Cuatro que pasa junto a ella sin prestarle atención. Mi mirada se encuentra con la del chico del Diez que corre, tratando de escapar del profesional del Cuatro, Zadlen. No sirve de nada, por supuesto, y justo cuando el chico está a punto de encontrarse con su aliada, el profesional lo toma del pecho y desliza un cuchillo por su garganta con una facilidad repulsiva.
La sangre salpica el rostro pálido como la luna de la chica y yo desvío la mirada, porque todo esto es demasiado horroroso. Las rodillas me tiemblan cuando finalmente bajo del pedestal.
El espacio abierto resulta opresivo. Por todas partes veo a chicos peleando unos con otros, tratando de hacerse con las mochilas y provisiones que se encuentran desperdigadas a lo largo del círculo que rodea la Cornucopia. El césped es de un verde tan brillante que me hiere los ojos.
Echo a correr hacia adelante, esquivando al chico del Tres que trota llamando a gritos a su aliado, Deberg. Veo un tubo que sobresale de uno de los bolsillos de su pantalón y una mochila que se balancea sobre su espalda. No me detengo para comprobar si logra encontrarlo. Continúo corriendo en diagonal a la Cornucopia, intentando sin éxito encontrar a Raven.
"¿En dónde estás?" pienso con desesperación mientras veo como los chicos del Siete y del Once ruedan por el suelo, luchando por una mochila especialmente abultada. Ninguno de los dos parece tener armas, pero son fuertes y sus puños deben causar mucho daño. No veo rastro de la chica del Siete y me pregunto vagamente si habrá muerto.
—¡Raven!- grito con toda la fuerza de mis pulmones, y de repente recuerdo una escena de mi infancia, cuando me entretuve en un almacén viendo las tartas decoradas y perdí a mi madre de vista. El mismo sentimiento de pérdida y abandono.- ¡Raven!
En medio de mi pánico debo haberla pasado por alto. Giro sobre mi misma intentando abarcar con la vista toda la magnitud de lo que me rodea y el espacio abierto vuelve a resultar completamente opresivo.
Siento como si me hubieran dado con un ladrillo en el pecho y mis manos se dirigen rápidamente hacia ese punto, mis dedos palpan desesperados mi clavícula y descienden buscando el daño, pero éste está solo en mi cabeza.
—Necesito… esconderme- digo con un gemido. Y entonces noto la sombra protectora que proyecta la Cornucopia sobre mi cabeza.
Algunos hábitos están demasiado arraigados para desaparecer y mi especialidad siempre ha sido esconderme. Inclusive cuando mi vida no estaba en riesgo. Aun así intento encontrar otra opción, pero…
Mis piernas se mueven por pura inercia. Me desplazo hacia adelante y debo esquivar a la chica pelirroja del Cuatro, que se lanza hacia adelante y derriba con facilidad a la otra aliada de Ayrtron, Bluedie. En la mano de la profesional veo un tridente, en la mano de la otra chica hay un cuchillo corto. A mi compañero de distrito no lo veo por ninguna parte, pero dudo que esté muerto.
Sigo corriendo hasta que logro meterme bajo la sombra de la Cornucopia. Siento el cambio de temperatura en el instante en que cruzo el umbral. Aquí el aire está más fresco, menos cargado. Huele a comida pero no a sangre.
Me acuclillo y me meto a gatas bajo uno de los anaqueles con armas, con el corazón latiendo a toda velocidad.
Raven…
Por favor que no me encuentren…
Veo como la profesional rubia del Uno se acerca hacia uno de los anaqueles a mi derecha. Tiene el ceño fruncido y un pequeño corte por encima de la ceja derecha. Diminuto, casi nada, pero está sangrando. Por entre las rendijas del metal la veo pasar las manos sobre las armas: son picos y recuerdo la demostración que hizo el primer día de entrenamiento.
Por favor que no me encuentre…
Su mano se cierra en torno a un mango de madera y ella tira hasta liberarlo del soporte. Se gira en el mismo momento en que escucho dos voces femeninas discutiendo dentro de la Cornucopia:
—¿Estás loca? No debimos venir aquí- gime la primera voz.
—Necesitamos sacar armas, solo aquí podemos conseguirlas- le dice la otra voz en susurros- Elige una mochila, Catrinna. Podemos conseguir comida y medicinas en la Arena, pero necesitamos algo para defendernos. ¡Date prisa! Iré por allá y nos encontraremos en la entrada en un minuto.
Escucho sus pasos cuando se acerca corriendo, asumo que la profesional del Uno está fuera de su campo de visión, porque se acerca hacia el anaquel tras el cual me escondo, y por lo tanto a la profesional, en lugar de alejarse. Su respiración ruidosa es como una bandera de neón en medio de la oscuridad.
Siento ganas de gritarle que corra. Que huya de ahí, pero si lo hago delataré mi posición. No le debo nada a esa chica. Puedo ver sus rizos oscuros escapándose de la coleta. Es la chica que se cayó del carrito en el desfile, la del Nueve.
Ella está forcejeando con un machete, tratando de sacarlo del soporte cuando aparece la profesional.
En su defensa puedo decir que no tiene la cobardía de atacarla por la espalda. La veo tirar a propósito un cilindro metálico que genera un gran estruendo contra el suelo para anunciarse y es entonces cuando la chica se gira. Ahora veo su espalda, cubierta de rizos. Su mano sostiene el machete, que se mantiene en ristre, paralelo a su cuerpo. Sus piernas tiemblan.
La profesional sujeta el pico con ambas manos. No sonríe, lo cual es extraño. Los profesionales suelen sonreír mucho durante el baño de sangre, pero esta mantiene el ceño fruncido cuando salta hacia adelante. No hay sonrisas en su rostro, pero tampoco piedad en su mirada. Sus manos se mantienen firmes cuando descarga el pico contra la chica, que no tiene el sentido común de levantar el arma para defenderse.
El borde afilado se clava en el pecho de la chica que se desploma sin gritar.
La profesional la observa solo por un segundo, antes de salir corriendo con el arma oscilando a su lado.
A gatas, como estoy, siento como mis manos se humedecen con algo cálido y viscoso.
—¡¿CATRINNA?!
Es su aliada, la chica del Doce que vuelve. Trae una mochila y una caja plástica bien sujeta entre las manos.
—¡NO!
El grito es desgarrador. La veo lanzarse hacia adelante, cubrir con sus manos el pecho de la chica tratando en vano de salvarla, porque a juzgar por la cantidad de sangre ya no hay nada que hacer. Aun así la escucho rasgar la tela, tratando de arreglarla. De repente recuerdo que ella pasó mucho tiempo metida en el puesto de primeros auxilios.
No servirá de nada. Ya debe estar muerta.
Veo su rostro cubierto de lágrimas a través de los pequeños agujeros redondos del anaquel. Hay una tristeza infinita en ella. Pero entonces su boca se endurece y ella se limpia el rostro, dejando un rastro de sangre a lo largo de su cara.
La veo empuñar el machete junto a su aliada caída y girar el cuello hacia la puerta.
—La mataré.
La escena es aterradora. La chica con el rostro cubierto de sangre y la mirada asesina en sus rasgos suaves. Está fuera de sí.
Me echo hacia atrás tratando de apartarme de ella.
Resulta ser un error, porque mi pie se resbala con el charco de sangre y me balanceo hacia adelante, empujando el anaquel que no se cae, pero que oscila revelando mi posición.
Me quedo ahí, tirada en el suelo, incapaz de moverme o de respirar. Cuento mentalmente hasta tres, esperando que la chica, que claramente está mentalmente perturbada, siga con su afán de cobrar venganza contra la profesional y no venga tras de mí.
Cierro los ojos y aguzo el oído. Con mis manos apoyadas planas contra el suelo pegajoso aun por la sangre. No ha venido por mí.
"Estoy a salvo, estoy a salvo."
Cuando suelto un suspiro aliviada y me atrevo a abrir los ojos me doy cuenta de que estoy equivocada.
No estoy a salvo. La mirada asesina en sus ojos, que me miran sin verme realmente, da cuenta de ello.
Cuando su mano se mueve empuñando el machete me doy cuenta de que no me está viendo en lo absoluto.
En su cabeza no me está matando a mí. Mata a la chica que mató a su amiga.
En medio de mi pánico juro que mi mirada se encuentra con los ojos azules de Raven, que me ven horrorizados. Pero ya no tiene caso. Su presencia no supone ninguna diferencia.
Levanto los ojos y encaro a mi verdugo. El filo del arma se clava en mi carne. Y siquiera siento cuando lo hace.
Raven Montgomery- Distrito 3
Cuando el profesional del Cuatro decide ir tras el chico del Diez y no en mi dirección, no puedo evitar soltar un suspiro de alivio.
Me han recogido la larga cabellera en dos coletas en la parte trasera de mi cabeza que se agitan mientras corro intentando evitar el apocalipsis que parece haberse desatado a mí alrededor.
Pulvya fue enfática en que me gustara o no tendría que meterme a la Cornucopia a sacar armas. Necesito mis shurikens. Necesito un cuchillo o al menos una caja con dardos que luego pueda envenenar.
Mi cuerpo se mueve como una máquina bien engrasada. Mis rodillas absorben el impacto al correr con facilidad mientras la distancia entre el cuerno dorado y yo se va acortando. Veo a la chica rubia del dos, cuyo cabello está recogido en una coleta alta, lanzando un cuchillo tras otro al chico del Ocho, que rueda a cómo puede tratando de esquivarlos. Por el rabillo del ojo noto como uno le da en el brazo, un poco por debajo del hombro.
Continúo corriendo. No puedo detenerme. Sin armas y a campo abierto soy presa fácil para cualquiera con un arma arrojadiza.
Me concentro en mi respiración y la ondulación de los músculos bajo mi piel. A Laure tendré que buscarla luego. No tuve tiempo para decirle que tendría que internarme en el Baño de Sangre con el fin de contar con las armas necesarias para protegernos a ambas. Tendrá que ser lista.
En mi camino hacia la Cornucopia encuentro al compañero de distrito de Laure, Ayrtron, en una pelea contra el chico del Nueve. El primero tiene un cuchillo y lo que parece ser una espada corta. El otro tiene una larguísima guadaña. No tengo ni idea de porque pelean, pero ninguno parece estar ganando.
A la chica del Ocho la veo luchando contra una profesional, la pelirroja que apareció en una revista. Aunque más que pelear la chica del Ocho está tratando de sobrevivir. Tiene un corte a la altura de la sien izquierda y otro en el antebrazo derecho. La pelirroja está en mejor forma, aunque me parece ver que tiene el labio partido. Tirados sobre la grama veo un cuchillo y un tridente. No logro encontrar a la rubia aliada de Ayrtron.
No puedo detenerme. Continúo corriendo y agradezco el nivel de comodidad que me aporta el uniforme. Es ligero y se amolda con facilidad a mis movimientos. Los zapatos tienen la tracción necesaria para poder impulsarme hacia adelante.
Cuando alcanzo el interior de la Cornucopia debo parpadear rápidamente para amoldarme a la penumbra.
Hay armas por todas partes. Apoyadas contra las paredes, dispuestas sobre los anaqueles, colocadas con cuidado sobre las mesas.
Tomo una daga, fina y delgada y la deslizo en el interior de una de mis botas. Meto en los bolsillos de mi pantalón un par de cuchillos y cargo con una mochila amarilla. No tengo tiempo para verificar que hay dentro de ella, pero no tengo ningún entrenamiento buscando alimentos, así que más me vale que haya algo de comer ahí adentro.
Continúo paseando la mirada con frenesí, intentando adivinar donde pueden haber colocado los malditos shurikens.
Escucho un ruido y el instinto me dice que debo agacharme. Es la chica del Uno, a mi izquierda y de espaldas a mí, que ha tirado un tubo metálico, posiblemente una cantimplora, al suelo. El barullo se cuela por mis poros y envía un estremecimiento a través de mi cuerpo. Continúo agachada, pegada al borde de la mesa mientras veo como la profesional clava su pico en el pecho de la chica del Nueve, cuya barbilla tiembla. La chica no hace ni un sonido. No grita, ni llora, ni se queja. Simplemente se queda ahí, muy quieta. Mientras la profesional sale de la Cornucopia y se apoya con gesto indolente en el marco mientras observa como los demás luchan.
Tengo que salir de aquí. Regresaré luego por los shurikens o Pulvya tendrá que enviármelos, pero no puedo quedarme y arriesgarme a que me asesinen.
—¡¿CATRINNA?!
El grito consigue sobresaltarme y es solo gracias a los gemidos de la chica que no consiguen escuchar el golpe que me doy en la frente contra la mesa. Froto con los dedos el área herida y me esfuerzo en deslizarme, silenciosa como un ratón, buscando una salida.
—La mataré- la escucho declarar en medio del silencio.
¿A la profesional? ¡Buena suerte con eso!
Escucho un golpe y el anaquel se balancea. La chica, que se había levantado y se estaba encaminando hacia la puerta vuelve sobre sus pasos, convencida de que la profesional del Uno se ha escondido tras el anaquel.
La curiosidad me puede y avanzo los dos pasos que evitaban que pudiera contemplar lo que sea que vaya a pasar.
Lo que no esperaba era encontrarme con los ojos de Laure, que está apoyada a cuatro patas sobre el suelo sobre un charco de sangre. No consigo sacar los cuchillos de mi bolsillo antes de que la mano de la otra chica descienda en el aire, cercenando con su arma la vida de mi única aliada.
El grito se atora en mi garganta y sale como un gorjeo, como si gritara bajo el agua. Solo soy capaz de girarme y echar a correr con la vista emborronada por las lágrimas.
Tal vez Laure era un incordio de vez en cuando, pero era mi aliada y era con todo lo que contaba aquí dentro. Estoy sola.
Siento el peso reconfortante de la mochila golpeando mis omoplatos y la frialdad de las hojas de los cuchillos presionando contra mis muslos.
Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí.
Echo a correr con todas mis fuerzas, saltando por encima del cuerpo de un chico que no logro identificar. Estoy completamente desorientada. Solo sé que estoy corriendo hacia los pedestales. Debo ir en la dirección contraria a la Cornucopia. Si ésta está al centro la Arena, entonces debe estar fuera de este embudo.
Suelto un jadeo cuando siendo como mis pies se encuentran con una pequeña pendiente en el terreno. Ahora debo esforzarme por subir, pero mi cuerpo está preparado para ello. Siento como el peso de la mochila me lleva hacia atrás y me empeño en inclinarme hacia adelante para seguir subiendo. No funciona y entonces entiendo con pánico que no es el peso y la gravedad lo que está tirando de mí hacia atrás.
Alguien está jalándome.
Me desplomo sobre la hierba, la mochila amortigua un poco la caída, pero igual siento como el aire sale despedido de mis pulmones. Años de práctica me obligan a rodar sobre mi costado, perdiendo la mochila y viendo como una daga se clava en el lugar en que un segundo atrás estuvo mi cabeza.
Me quedo acuclillada en el suelo y levanto la mirada para encontrarme con el más grande de los tres profesionales, el chico del Uno. Sus ojos oscuros están entrecerrados y su mandíbula apretada.
Se dirige hacia adelante y yo debo volver a rodar para evitar que la daga broncínea se clave en mi carne, de todas formas no soy lo suficientemente rápida y siento un ligero ardor cuando él realiza un pequeño corte en mi rostro.
Mis manos buscan desesperadas los bolsillos de mi pantalón, intentando sacar uno de los cuchillos. El vuelve a atacarme y yo debo dar un salto hacia atrás para esquivarlo.
Es grande, pero extrañamente ágil. No puedo permitir que me atrape. Quebrará mis huesos como si fueran palillos. Consigo esquivarlo dos veces más hasta que se harta y me golpea con el dorso de su mano, enviándome hacia atrás y dejándome ligeramente atontada. Vuelvo a estar de espaldas sobre la hierba.
Mi mano se mueve hacia mi costado y consigo tomar con los dedos el mango de uno de los cuchillos. Antes de que se incline sobre mí para matarme, consigo arrojárselo. No logro darle de lleno, pero el filo le hace un pequeño corte en el brazo que consigue desconcertarlo.
Él se lleva la mano a la herida sangrante y yo consigo enderezarme. El movimiento recupera su atención y él se centra en mí.
Va a matarme. Puedo verlo en sus ojos oscuros. Si tuviera mis shurikens podría defenderme. Si mi adversario no fuera tan descomunal también podría luchar usando mi cuerpo, pero no hay forma de que pueda mover a este gigante.
No parece verlo como matar a una persona. Es casi como si yo fuera alguna pequeña bestia y él un cazador. Él lanza la daga de su mano derecha hacia arriba, para volver a tomarla con un movimiento de muñeca. Detecto un movimiento detrás de él y entonces veo a Saimon, el chico del Seis, el que estuvo rondándome durante los entrenamientos, saltando hacia adelante con un largo objeto en sus manos.
En medio del frenesí no logro entender la imagen, pero un segundo más tarde el extremo del arma golpea al profesional en la cabeza.
Es un mazo. Le ha dado en la cabeza con un mazo de construcción.
La montaña se desploma en el suelo mientras Saimon se para a su lado. Su pecho sube y baja por el esfuerzo, pero su rostro está libre de emociones.
—¿Estás bien?- pregunta mientras me tiende una mano. La tomo sin dudar y él tira de mi hasta dejarme en pie. Golpeo al profesional con el pie y él no se mueve. Está muerto. Lo ha matado. Sin embargo no me fío. Mi mano busca el cuchillo que me queda y me arrodillo en el suelo. Clavo el cuchillo dos veces en su espalda, solo para cerciorarme de que no podrá levantarse para intentar matarnos de nuevo.
-¡Alex!- chilla una voz femenina en alguna parte. Caigo en cuenta de que seguimos en medio del campo de batalla, que se ha vaciado casi por completo.
El instinto vuelve a moverme. Me levanto y me giro hacia el chico, que me mira con ojos turbios. De su espalda cuelga otra mochila.
—Vamos- le digo a Saimon mientras mi mano sujeta con fuerza la suya. Busco mi mochila y me la cuelgo del hombro, sus dedos se cierran alrededor de los míos, sin asomo de dudas.
Ambos subimos la colina, tomados de la mano, sin mirar atrás.
Maeva Floros- Distrito 11
Si tuviera que elegir una palabra para describir lo que siento cuando el contador llega a cero sería "liberación". La adrenalina corre por mis venas vigorizándome, despertándome como si me estuvieran pasando una taza de café a través del torrente sanguíneo.
Hasta hace un segundo me sentía como un perro encadenado. Ahora es como si uno de los eslabones de la cadena se hubiera roto y yo pudiera darle rienda suelta a mi deseo de sangre.
Cuando salto para bajar del pedestal siento como los músculos bajo mi piel se mueven para absorber el impacto. La hierba está cubierta de rocío, una forma tramposa de hacer que el avance sea más difícil, pero las botas que me han dado se aferran a ella cuando doy la primera zancada y me impulsan hacia adelante cuando mi cuerpo lo hace. Es ropa para matar, sin duda alguna, cada tejido facilita el movimiento.
Empiezo a correr rumbo a la Cornucopia. Drift no estaba muy feliz cuando le dije que esa sería mi primera parada, pero acabó entendiendo mi necesidad de conseguir un arma. A Der le he enviado el mensaje con Drift de que se preocupe por conseguir provisiones. No sé cuál será la agenda de Skarp, pero al menos sé que no tengo que cuidarme de él. Es mi aliado y su deber será protegerme.
El profesional del Dos, uno de los chicos con las notas más altas, pasa corriendo a mi lado. Tiene una forma grácil y a la vez agresiva de correr. Como un felino grande. Aprieto los dientes y acelero el paso, pisándole los talones.
Me sorprende ver que no se dirige hacia la entrada de la Cornucopia frente a nosotros, sino que su trayectoria describe una curva y se dirige hacia la derecha.
Idiota. Lo ignoro y continúo hacia adelante. Adentro de la Cornucopia el aire es fresco. Localizo con rapidez el anaquel en que se alinean las espadas y frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que faltan dos. A juzgar por el espacio libre deben ser espadas bastante largas, aunque no son mandobles.
Las espadas bastardas de Skarp.
Ignoro el mordisco de furia que surge en mi estómago cuando caigo en cuenta que él ha sido más rápido que yo. Agito la cabeza para despejarme y elijo un mandoble. Es pesado, con la empuñadura de acero salpicada de lo que parecen ser piedras preciosas, aunque la verdad es que lo dudo mucho. El arma se siente bien en mi mano, pero le falta algo. La sangre de mis oponentes.
Drift me dijo que encontrara mi arma, una mochila con provisiones y si tanto deseaba matar, que eligiera una víctima débil. Sin embargo decido ignorar sus últimas dos instrucciones. Que Der se encargue de la mochila. Que los débiles maten a los débiles. Yo quiero mi nombre cubierto de gloria y no hay gloria en aplastar insectos. Lo que necesito es un oponente fuerte. Alguien que de pelea y que me mire con incredulidad cuando lo mate.
Yo quiero a un profesional.
Como respondiendo a mis plegarias escucho un estruendo metálico y me giro a tiempo para ver a la rubia del Uno matando a la chica del Nueve. Me pregunto si su mentora le dijo lo mismo que Drift me dijo a mí, que debía comenzar con alguien débil.
La rubia se aleja con sus movimientos gráciles, se dirige hacia la puerta en el extremo contrario de la nave en que estoy yo. En lugar de meterse a buscar más víctimas la veo recargar la espalda en la pared metálica, de cara a la Arena, de espaldas a mí.
Es casi demasiado fácil. Me mantengo pegada al muro, oculta entre las sombras, con la espada bien sujeta entre mis manos. A mi espalda escucho a alguien gritar un nombre, no me preocupa, continúo avanzando, con la mirada fija en la chica rubia que se ha cruzado de brazos mientras ve como pelean dos chicos, cuyos cuerpos ruedan por la grama en un revoltijo de extremidades sin armas.
Alcanzo a ver como los dos chicos del Siete empiezan a subir por la ladera, sin que nadie los detenga. La chica del Diez hace lo mismo un poco más allá. Huyen, como los cobardes que son.
No veo a Skarp por ninguna parte, tampoco he visto a Der. No me preocupa, puedo arreglármelas sola.
Empuño la espada y la levanto. Pienso en hacer algo teatral como aclararme la garganta o toser para anunciarle a la chica mi presencia. Al final decido que una muerte es una muerte. Si ella no puede luchar, mejor para mí, así saldré de aquí sin heridas. Su caída será la primera piedra en el camino a mi victoria.
Roto los hombros y sonrío cuando la larga espada asciende en el aire. Solo falta un poco. La chica ladea la cabeza y por un momento siento que me ha escuchado, pero mantiene la mirada fija al frente. Es tan pretenciosa que no cree que nadie pueda ir tras ella en este momento.
En el instante en que mi cuerpo descarga el golpe hacia adelante sucede lo imposible, la chica se mueve hacia un lado y cuando sus ojos se encuentran con los míos juraría que está sonriendo. La espada no llega a estrellarse contra el suelo, en su lugar hay un entrechocar metálico y ahora tengo ante mí al chico del Dos, que sostiene una larga lanza con sus manos.
La espada ha dado contra el mango de aluminio y por más que empujo soy incapaz de hacerlo retroceder.
Él en cambio tiene tiempo de mirar sobre su hombro, donde la rubia continúa apoyada contra la pared, esta vez viendo el interior de la Cornucopia. Ambos comparten lo que solo puede ser una mirada cómplice. Ella se despega de la pared y se va hacia afuera, dejándonos atrás.
—Es muy poco ético el atacar a alguien por la espalda, ¿sabes? Atacar a traición es el modo de hacerlo de los cobardes- dice él con una voz grave que resuena como el rugido de una pantera.
—¿Qué ha pasado con tu novia? ¿Por qué ha decidido largarse? ¿Acaso no quiere ver cómo te mato?- le respondo yo ignorando sus palabras.
Él no se echa a reír, pero parece como si quisiera hacerlo. Lanza una mirada furtiva hacia afuera, posiblemente hacia donde está la rubia. Agita la cabeza cuando me ve:
—Gessa no es mi novia- es todo lo que dice antes de mover sus brazos hacia arriba, haciendo que la lanza envíe hacia atrás mi espada. A regañadientes retrocedo un paso. Él se mueve hacia un lado y yo ajusto mi posición para estar igualados.
Siento una nueva descarga de adrenalina. Aprovecho el golpe de energía y me lanzo hacia adelante, con la espada bien sujeta y trato de alcanzar su vientre. Mi ataque no sirve de nada, él parece leer mi movimiento antes de que yo llegue a ejecutarlo, porque mi espada ni siquiera ha logrado acercarse a su cuerpo cuándo la lanza en su mano se vuelve a encontrar con el filo de la hoja en el aire.
Suelto un siseo entre dientes y reajusto mi posición una milésima de segundo antes de que la afilada punta de la lanza pase rozándome el brazo izquierdo. Siento un ramalazo de dolor desde el punto en que me ha cortado y noto como la tela se humedece con mi sangre. Ha sido apenas un roce, pero tengo la desagradable sensación de que ha fallado a propósito.
Siento como mi pecho sube y baja, pero él no me da tiempo de recuperarme antes de lanzar un nuevo ataque. Lo esquivo a cómo puedo y vuelvo a sentir una punzada de dolor, esta vez cerca de la pantorrilla izquierda.
Necesito atacar, conseguirá desgastarme si solo continúo defendiéndome. Tomo la espada con ambas manos y mis pies se mueven rápido cuando intento atacar su pierna. Si logro desestabilizarlo podré tumbarlo en el suelo y matarlo.
Cuando la espada se acerca a su cuerpo él salta con agilidad y acaba acuclillado sobre una caja de madera. No me detengo, vuelvo a mover la espada y trazo un semicírculo hacia arriba tratando de herirlo en cualquier parte. Él se deja caer hacia atrás y aterriza sobre sus pies.
Me fastidia ver que ni siquiera luce cansado. Su rostro está cubierto por una fina capa de sudor pero su pecho sube y baja con lentitud y regularidad.
Lo odio, decido en ese momento. Tengo que matarlo.
Un grito de chica llega amortiguado. No consigo entender lo que grita, es un nombre, pero no sabría decir el de quién. Mi adversario en cambio sí parece hacerlo y también reconoce a quien grita, porque se distrae por un segundo viendo hacia afuera.
Aprovecho para impulsarme hacia arriba y hacia adelante. Sonrío cuando veo como el filo de la espada se dirige rápido y certero hacia su pecho, listo para atravesar su corazón.
Con reflejos imposibles él consigue apartarse de la trayectoria y solo consigo hacerle un maldito rasguño en el brazo izquierdo.
—¿Qué no habíamos hablado de atacar por la espalda?- me reprende con severidad.
Un gruñido sale de mi garganta. Vuelvo a atacarlo con movimientos que resultan cada vez más torpes y empiezo a tomar consciencia de que la herida en mi pierna era más grave de lo que pensaba porque resulta difícil apoyarme con seguridad.
Él se limita a desviar mis ataques uno tras otro mientras me mira con condescendencia, como si yo fuera un niño haciendo un berrinche y él el adulto resignado. La rubia elige ese momento para entrar en la Cornucopia.
-¿Aún no acabas?
Él me envía hacia atrás con un certero golpe con el mango de su lanza. Trastabillo y debo poner una rodilla en el piso para estabilizarme. Me siento diminuta, frente a dos profesionales que ahora me superan en número.
—Creo que Alex está muerto. Y Charlotte está fuera de sí. Ya casi todos se han ido. Deja de estar jugando, acaba de una vez para que podamos evaluar los daños.
Él la mira con gravedad y finalmente asiente.
—Iré en un minuto.
La chica me dedica una mirada llena de altivez y se retira. Intento ponerme de pie, pero él niega con la cabeza y le da vuelta a la lanza.
—Tengo que hacerlo- dice con sencillez antes de arrojar el arma, y realmente parece como si no se sintiera a gusto con la idea de matarme.
Lo miro con incredulidad, con la misma mirada que esperaba ver en la cara del profesional cuando yo diera la estocada final, mientras el movimiento del arma en el aire parece ralentizarse. La pierna no me responde.
Cuando el arma se clava en mi vientre me doy cuenta de que no habría podido evitarlo de todas formas.
Y el tan esperando Baño de Sangre ha llegado a su fin.
Cinco caídos. Sé que es un número más bajo que el que se acostumbra en los Baños de Sangre, al menos en los de Katniss, pero claro, con ella no conocíamos a todos los tributos, así que traté de no ser demasiado cruel.
Tuve que darle muuuchas vueltas a la lista de muertos, debatiéndome entre si debía matar a personajes no tan fuertes o personajes no muy apoyados. Al final me decidí por matar solo a aquellos pobrecitos que habían quedado huérfanos, pero a partir de ahora no puedo garantizarle a nadie la permanencia de su hijo o hija en la historia, aunque obviamente el asunto de los reviews y comentarios en el blog sigue siendo vital para todos, tiene más probabilidades de durar un poquito más aquel niño o niña con padre o madre responsable.
Amo todos los tributos de mi historia y fue duro tener que empezar a matarlos, un par de muertes me dolieron más que las demás, pero con todas sufrí. Espero no haber traumatizado a nadie.
A quienes han llegado hasta aquí ¡gracias por leer! Espero que los siguientes capítulos sean fluídos. ¿Pueden creer que no se quien se morirá en el siguiente? Aunque sepan que varios de los chicos salieron heridos, ya veremos en el próximo capítulo.
Porque también soy madre de tributo y se que todos deseamos ver a nuestro hijo en cada capítulo, traté de incluirlos a todos en el baño, aunque solo fuera de pasada. El próximo capítulo tendrá seis POVs y espero poder incluir a todas las alianzas para que sepan que está pasando con ellas.
¿Quién está impaciente por conocer la Arena?
Vamos con las preguntillas:
A estas alturas ¿cómo imaginan que será la Arena? ¿Ideas? ¿Teorías? ¿Sugerencias? A quienes ya la conocen (G xq me ayudó a hacerla en ilustrador y Hikari porque la necesitaba para el próximo video) no se valen los spoilers.
¿Qué muerte los sorprendió más?
¿Qué reacción de los sobrevivientes están esperando ver?
Sobre el blog: hay un hermoso nuevo dibujo de Andy, hermanito de Ale Santamaría donde se incluye a todas las alianzas. Ya casi subo los uniformes (cortesía de G.) y los resultados finales de las apuestas. Hubo sorpresas muy interesantes en esta ocasión.
Subiré el acumulado final para que sepan con cuánto dinero cuenta su chico.
¡Buena suerte a todos!
E.
