…
-Así que… -murmuró una voz tenue, siniestra. Un hombre maduro estaba de pie delante de otro que se mecía nerviosamente los cabellos castaños con los dedos. –Rebelión.
El hombre más joven repuso con nerviosismo:
-Hay que evitar que ése germen se propague. Sólo… sólo hay que descubrir quiénes son los conspiradores y detenerlos antes de que… lleven a cabo su plan. No necesitamos más, Francia no ha hecho ningún movimiento.
-Aún no, pero lo hará. Jura que lo hará. Ahora mismo su emperador avanza hacia el este, dispuesto a conquistar Rusia… no podemos correr el riesgo y lo sabes bien.
-¿Y qué puedo hacer? –replicó. -¿Volver a casa, detener a Francia? Lo siento, es difícil… son muchas cosas que me preocupan y especialmente mi… hija… Ella es mi prioridad ahora.
-Sí… la Nueva España… qué colonia, qué colonia. –suspiró el mayor. –Una buena chiquilla, bella como una flor recién nacida, y sólo eso, ¿entiendes? Sólo un villorrio compuesto de campesinos ignorantes y castas que pelean entre ellas y a las que nuestra justicia les impone su férrea autoridad sin errar jamás. No me gusta oír hablar de rebelión, pero si no tenemos más pruebas que las palabras de un hombre de tan poco rango, me temo que es tu deber ir y liberar tu hogar. Deja a la chiquilla a mi cuidado, no le pasará nada, os lo aseguro.
-Nada… -el del cabello castaño alzó sus ojos, pletóricos de angustia. El virrey, pues no era otro que él, hablaba con la misma voz calmada que Pedro de Alvarado, el hombre que le significó la máxima desilusión y el peor de los sufrimientos trescientos años atrás. Y María… era cierto que últimamente actuaba de modo extraño, más distante que de costumbre pero no la culpaba, era apenas una jovencita nerviosa, como todas las colonias que crecen y cobran importancia, no tenía porqué angustiarse… ¿O sí? –Señor virrey, quisiera por favor pedirle que no…
-No se hable más, muchacho, partiréis en la mañana a vuestra tierra y lucharéis contra Francia, y no discutamos más. ¿Habéis entendido? –sentenció.
-…Ah… Sí, señor. –Antonio se puso de pie, tambaleándose ligeramente, y echó a andar a la puerta donde se detuvo para mirar al gobernante y preguntar: -¿Puedo, al menos, despedirme de mi hija?
-Hmm… Sí, está bien, pero que esa despedida vuestra no os retrase en el viaje. Perded cuidado, señor, os prometo que no habrá más chismorreos inútiles ni peligros.
El español asintió y salió, volviendo a pie hasta su magnífica casa. Esos últimos días corrieron rumores espantosos de los que él no se dio cuenta, tan inmerso estaba en sus preocupaciones por las victorias de Napoleón y las carcajadas burlonas de Francis que podía escuchar hasta la costa; pero eso no era todo, se trataban ahora de cosas graves, muy graves, y había gente importante involucrada, vaya incluso había oficiales en medio del embrollo. ¿Y qué pasaba si era verdad y, cuando menos lo esperaba, se daba media vuelta y descubría que la rebelión se había llevado a cabo y perdía todo poder sobre su colonia adorada?
-No pienses en eso. –se regañó mientras cruzaba el jardín a zancadas y entraba, entregándole con un gesto de abatimiento su chaqueta a una criada. –Mi linda Nueva España no haría tal cosa…
Una rápida silueta cruzó por el pasillo contiguo, y pudo reconocer aún a distancia aquélla figura vestida de verde agua, y se lanzó a su alcance logrando sujetarla de un brazo.
-¡Aaah! –gritó la figura dándose la vuelta, y rápidamente sonrió con timidez. –Padre… me asustaste, creí que llegarías más tarde.
Antonio le devolvió la sonrisa; María se acomodaba con su mano libre los cabellos, atados a la nuca con un prendedor y enroscados del modo que se acostumbraba en ésas fechas.
-¿Y tú, niña bonita? Parece que también acabas de llegar. –le reprochó con delicadeza, mirando el largo de la falda manchado de tierra.
-¡Oh! Sí, padre, salí a comprar clavos de olor para la comida. –se excusó, inclinando su cabeza respetuosamente. El español rió.
-Mi niña, para eso están las criadas, no tenías que salir tú.
-Pero ya sabes que me gusta. –repuso. Antonio se rindió y depositó un beso en la frente pálida de la novohispana, sin sentir apenas el escalofrío que recorrió el cuerpo de la menor.
-Como digas, mi princesa, pero me gustaría… ah, que te acompañara alguien cuando sales, me sentiría más seguro si fuera así.
-Lo tendré en cuenta para la próxima, padre. Ahora, con permiso, creo que me he olvidado de Chiquito en mi recámara. –la joven se soltó de Antonio y echó a andar con la misma prisa nerviosa hacia las escaleras. El español no pudo evitar sentir inquietud, no le gustaba eso de que María ya casi no hablara con él y se excusara para pasársela en su recámara o en el jardín; no estaba abandonando sus deberes caseros, por supuesto, de hecho los atendía con mucho entusiasmo, pero aún así…
-Sólo estoy imaginando cosas. –refunfuñó aburridamente, marchando hacia su estudio donde tendría que enfrentarse, otra vez, a las cartas de quejas de sus superiores. Ya se despediría en la cena de su colonia.
Cayó la noche y los dos estaban sentados a la mesa, disfrutando de la rica comida que María había preparado con ayuda de la cocinera, y Antonio no dejaba de elogiar su buena mano.
-Ah, mi niña, felicidades, es la cena más rica que he tenido. –le dijo mientras la joven sonreía.
-Claro, es para una noche especial, ¿no es así?
-¿Y porqué es especial, princesa?
Hubo una sombra de duda que cruzó los ojos de María, pero casi al instante se disipó y, sonriendo, dijo simplemente:
-Bueno, ya cumplimos trescientos años de vivir juntos, y eso es para mí algo muy especial.
-Ah, es verdad… -suspiró Antonio, dejando de lado su tenedor y su cuchillo y frotándose las sienes. –Nueva España, tengo algo importante que decirte… Verás… han sucedido algunas cosas en mi casa, cositas sin importancia, por supuesto, pero que, ah, requieren de mi atención personal. No quisiera dejarte sola pero… será necesario, por unos días, quizá… unas pocas semanas…
María parpadeó y sonrió, con las manos temblorosas.
-Entiendo, padre… Debo quedarme aquí entonces, ¿no?
-Así es, mi pequeña. Pero… prométeme no poner en aprietos al virrey, ¿quieres? –le suplicó con voz débil. –Se angustiaría mucho, y yo también, si algo te pasara. Ya conoces las reglas, ¿no?
-Oh, padre… -la joven rió. –Ya no soy una niña, sé lo que debo hacer.
-Sí… me alegro. –Antonio le sonreía, pero por sus ojos pasaba una nube de duda. Tenía que sacar el tema por la fuerza, aunque no quería porque hablarlo lo hacía aún más real, y sin embargo, si no lo hacía, podría correr riesgos terribles… muchos de los cuales no quería ni imaginar. –Nueva España, hay algo que necesito contarte y espero que me entiendas. Es algo muy delicado así que presta atención.
María bajó de poco en poco su copa de vino.
-Bien… te escucho.
-Verás… Tu superior me contó de un chisme muy ridículo, sobre gente tonta e ignorante que pensaba, no sé, algo sobre rebelión y cosas así… contra la Corona española. –en ese momento, los ojos de Antonio se ensombrecieron, y aunque él no lo notó María sí, y sintió un doloroso nudo en la garganta. –Pero claro, tú no sabías nada de esto, ¿o sí?
La joven respiró profundo, enroscando sus manos debajo de la mesa, y luego con voz tenue e inocente replicó:
-Padre, escucho muchas cosas cuando salgo, pero jamás había oído una imbecilidad así. ¿Porqué querrían de todos modos pelear contra la Corona?
Eso bastó para que el español sonriera satisfecho.
-Es gente que no entiende de razones de Estado, mi amor, así que… espero que las ignores, no quiero que tengas tu cabecita ocupada en tonterías como ésas, ¿bien?
-Bien, padre, te lo prometo.
-Ésa es mi niña. –pesadamente, Antonio se levantó y besó amorosamente la frente de la novohispana. –Ahora, debemos ir a dormir porque mañana me espera un largo viaje.
-Sí, tienes razón. –concluyó María, poniéndose de pie y echándole los brazos al cuello; Antonio se desconcertó, llevaban casi dos años de no abrazarse. –Nimejtlasojtla, tajtli…
-Aaah… María, ésa lengua de nuevo… -gruñó, pero no estaba molesto.
-Lo siento, solo dije que te amo. –replicó sonriendo con inocencia. Antonio volvió a besarla con suavidad.
-También yo, mi niña. –con éstas palabras, los dos se despidieron. María, apenas verse lejos de la mirada del mayor, se llevó una mano al pecho nerviosa.
-Dios mío… -musitó.
El barco de Antonio zarpó muy temprano, y mientras tanto, María no cesaba de pasearse de arriba abajo, mordiéndose los puños; cuando anocheció, se apresuró a escabullirse como sólo ella sabía hacerlo (usando el árbol que, de niña, fuera una escalera de emergencia al jardín de sus memorias) y echar a andar, bien cubierta con una capa, lo más lejos posible del alegre suburbio donde se encontraba su finca y la del virrey, y sobre todo, lejos de cualquier mirada peligrosa. Cuando alcanzó el límite de la ciudad, miró a su alrededor, fijando sus ojos temerosamente en las estrellas y luego emitió un silbido bajo. Casi al instante, apareció un niño enclenque y vestido con ropas de algodón, que llevaba junto a él un corcel hermoso de piel rojiza.
-¿No te vio nadie? –le preguntó con un susurro.
-No, señora, el patrón pensó que saqué al cuaco a tomar agua, con el calor que hace…
-Buen nene. –tomó las riendas del caballo, subió a éste y rápidamente echó a andar por un oscuro camino desprovisto de toda iluminación, cada vez más lejos de la ciudad.
Pero su carrera solitaria no duró mucho, porque escuchó a otro lado un caballo que cabalgaba a toda prisa a su costado; temerosa, espoleó a su montura, y descubrió que el otro jinete le seguía peligrosamente de cerca. Viró bruscamente, pero vio que ya no la seguía, sino que iba como flecha hacia el mismo camino que ella tomaba. Desconcertada, le siguió y cuando ambos caballos estuvieron al mismo ritmo de carrera, preguntó con un susurro grave:
-¿Quién va y porqué corre a éstas horas hacia Querétaro?
-¿Señora? –reconoció la voz y vio que en el otro caballo, disfrazada igual que ella, cabalgaba una mujer que la miró con sorpresa.
-¡Doña Josefa! –la impresión hizo que por poco cayera del caballo. -¿Qué pasa? ¿Porqué la prisa?
-Lo mismo le pregunto, señora, ¿a dónde piensa ir tan rápido?
-Hacia la reunión. Mi pa… El virrey, perdón, ya desconfía. Alguien le ha avisado de los rumores.
-Oh no, es peor que eso, mi señora, ya lo saben, y van hacia allá a detener la conspiración, pero le han perdido la pista y se dirigen a Querétaro. Nosotras debemos ir a otro lado.
-¿Cuál?
-Dolores.
María asintió secamente y volvió a golpear los costados de su caballo. Sentía un vértigo terrible de imaginar que, a sus espaldas, venían los oficiales españoles listos para cortarles de tajo la labor de liberación que por tanto tiempo los había tenido ocupados, y que a ella le habían costado horas de miedo, de hambre y de sueño.
Llegaron hasta la iglesia de Dolores, silenciosa y oscura a ésas horas, y ya afuera les esperaban los otros conspiradores. Ninguno de ellos tenía idea de quién era María realmente, pero los dos oficiales traidores, Ignacio y Juan, siempre alegarían, después de conocerla, que había algo de "raro" en la jovencita rebelde, una especie de fuerza sobrenatural que podía, literalmente, sacudir las sierras de la colonia y agitar las aguas del Golfo, e incluso ahora, no dejaban de mirarla con sospecha.
-Doña Josefa… señora María… -saludó el más joven de los dos mientras ambas mujeres descendían de sus corceles. -¿Porqué la prisa?
-La conspiración ha sido descubierta. –respondió Josefa.
-¡El ejército de mi padre viene hacia acá! –se lamentó María.
-Entonces ya no hay tiempo… se terminó todo. –musitó Juan.
-No… eso no es posible… Además ellos van hacia Querétaro, cuando descubran que no estamos ya ahí… -comenzó María.
-Pero mi señora, ¿qué tanto pueden tardarse en dar con nosotros de nuevo? Además… -añadió con cierta nota de rencor en la voz. –Su amigo británico nunca vino a nosotros.
-Lo sé… -la voz de la joven tembló, estaba dolida también por eso. Arthur le había jurado que la ayudaría, y ahora que lo necesitaba, ¿dónde estaba? -¿Qué haremos, señores, dejarnos derrotar así como así, o pelear contra el enemigo y lograr la libertad?
Las puertas de la iglesia se abrieron, y un cura de aspecto afable les dijo con señas que entraran. María, todavía con el corazón en un puño, los siguió. Temía que pasara lo peor, que los descubrieran a todos, que no lograran su rebelión… y luego, tener que enfrentarse sola otra vez al iracundo España, al que ya veía en su mente con el mismo odio y crueldad que aquélla noche que la azotó hasta la inconsciencia.
Entonces, la mano del cura tomó la suya y echó a andar con ella mientras decía apresuradamente:
-No hay más tiempo, es hora de comenzar antes que sea demasiado tarde, ¿lo entiende? ¿Comprende los riesgos?
-Sí, señor Hidalgo, los entiendo muy bien. –replicó con voz grave y decidida. Subían unas escaleras que conducían irremediablemente al campanario.
-Sólo quiero saber una última cosa, respecto a su interés de participar en ésta rebelión. ¿Porqué?
-Porque, contrario a los deseos de… algunos… -y aquí la joven miró con cierto desafío al cura. –yo deseo mi libertad, y la libertad de mi pue… de ésta pobre gente que merece decidir su destino.
-Bien, es todo.
Dicho esto, los dos subieron hasta el campanario, y mientras el cura hacía repiquetear las campanas, María vio cómo a sus pies se arremolinaban nerviosamente los pobladores, con sus rostros humildes y soñolientos, pero sorprendidos de oír a ésas horas de la madrugada los llamados de la iglesia. Entonces, las campanas se silenciaron, y el cura salió a darles la cara gritando, con todo su fervor, anunciando el despertar de la nueva nación libre que habría de luchar para quitarse el yugo español; por un momento, María retrocedió, angustiada por la violencia de las palabras de aquél hombre, pero cuando oyó el rugido del pueblo apoyando incondicionalmente el plan, el valor volvió, sintiendo como una descarga eléctrica que golpeó su corazón, y se asomó para ver a la multitud que coreaba orgullosa:
-¡Viva México!
Un viento misterioso, cargado de un aroma que creyó haber olido antes, casi trescientos años atrás, la golpeó en el rostro y la llenó de valor, y con la misma fuerza de las muchas voces a sus pies gritó:
-¡Y que muera el imperio español! ¡LIBERTAD!
El coro humano se volvió más poderoso, y escuchó su nombre repetido una, dos, diez, veinte veces, y toda sombra de duda desapareció de su semblante. Estaba lista, lista para la que sería la primera batalla de su vida.
Lo que sucedió después de aquélla mañana, fue tan rápido e impresionante que nunca se borraría de la memoria colectiva. Los levantamientos se dieron, todos a una, peligrosamente cerca de la capital; el virrey, primero con aire aburrido y luego con inmensa rabia, envió al Ejército Realista contra los rebeldes, pero ni eso logró sofocar la guerra. Poco a poco el anhelo de libertad contagió a los pueblos y ciudades, y los criollos, las castas y los naturales se unieron a las luchas a pesar del enorme riesgo que conllevaba. Y siempre delante de éste alegre y bélico grupo marchaba en su caballo de color imposible una mujer, vestida con el mismo uniforme que los dos oficiales que la acompañaban y cargando un machete en su bandolera, y era siempre la primera en lanzarse contra los enemigos y la última en retirarse, cuando ya no veía más necesidad de combatir. El cura, quizá, no se dio cuenta nunca de quién era realmente la aguerrida muchacha, pero Ignacio y Juan sí que lo averiguaron cuando notaban que, a su paso, los rostros de los miserables se tornaban diferentes, más valerosos y seguros de sí mismos, y porque ellos mismos sentían ésos efectos. A partir de ahí, entre susurros, le llamaban por su nombre real.
-Debo admitir –le dijo Juan un día que descansaban, antes de reunirse con otro cura que se acababa de unir a la rebelión. –que jamás imaginé que usted fuera real.
-Pos lo soy, como lo ves, Juan. –replicó sonriente, ocupada en vendarse una herida en la pierna. -¿Hay algo de malo en ello?
-Imaginaba que… quizá… sería de nuestro mismo género, es un poco curioso ver a una mujer metida en asuntos de guerra, pero debo admitir que es una gran luchadora.
-Gracias, pero eso se lo debo a mi nantli… -María dirigió una mirada soñadora a su alrededor. –Ella era la mujer más poderosa de este lado del mundo, a pesar de que era pequeña y había sufrido mucho.
-¿Su madre? ¿Quién?
-Imperio Azteca, claro.
-¡Ah, con que ella también era mujer! –la cara del general la hizo echarse a reír.
Luego de eso, las cosas cambiaron de tono. Cada vez, la insurrección era más que obvia, y hubo escenarios de guerra como jamás se habían soñado; pero antes de que terminara el año siguiente, y mientras María cabalgaba con aire victorioso junto a su improvisado ejército, escuchó un bramido del otro lado de un extenso campo y se detuvo. Una nube de tierra se alzaba en el horizonte, y vio a toda una caballería que ondeaba orgullosamente el estandarte del imperio. Cuando ya quedaban apenas unos diez metros antes de colisionar, escuchó un rugido que ordenó:
-¡Deteneos!
María sintió que se le iba el alma a los pies cuando pudo reconocer al general que, delante de los españoles, agitaba su alabarda y exclamaba con tanto furor. Lo peor vino segundos después, cuando el mismo hombre dirigió su mirada hacia la jovencita, y su magnificencia terrible se desvaneció en un gesto de horror mientras sus labios musitaban nada más:
-¿María…?
La aludida se quedó congelada, sin saber qué hacer; pero el español, reponiéndose a toda prisa de la impresión, señaló al grupo con la alabarda y exclamó fríamente:
-¡Atacad!
-¡No! –musitó María, espoleando a su caballo y saliendo al encuentro de los realistas. Fue una batalla breve, horrorosa, y que llevó a María a lo que menos deseaba: enfrentarse cara a cara con Antonio.
-¡Señora México! –escuchó a lo lejos la advertencia de Ignacio y qué a tiempo porque al darse vuelta vio la alabarda descender sobre ella, dándole apenas tiempo de detenerla con su machete. Los ojos del español refulgían de ira, e imaginó que era del mismo modo en que él miró a su madre cuando combatieron en la Noche Triste.
Montados cada uno en su caballo, se atacaban con mucha fiereza, levantando a su alrededor chispas y polvo, hasta que de pronto, la alabarda chocó una vez más contra el machete con tanta fuerza que María perdió el equilibrio y cayó de su corcel; Antonio saltó al suelo y se dirigió hacia ella, levantando una vez más su arma con aire asesino.
-¿Me harás lo mismo, entonces? –le dijo ella, apuntándole directamente al pecho con su machete. -¿Me matarás como hiciste con mi madre? ¡Anda, contéstame!
La alabarda descendió, pero en vez de sentir su filo, María recibió un fuerte golpe en la cabeza con el extremo del mango.
-¡Estúpida niña! –escupió con desprecio Antonio. -¿De verdad crees que eres tan fuerte como para hacer esto? ¿De veras lo crees? ¡Qué ingenua, es por esto que no debí dejarte sola, eres patética… eres débil!
-¡NO! –María se abalanzó sobre él, pero erró y dio de lleno contra el piso. Antes de poderse incorporar sintió una bota pisándola en la espalda y dejándola inmóvil.
-Ahora abre bien los ojos, María, y ve lo que le pasa a los idiotas alborotadores…
Pudo verlo, claro que pudo. En medio del polvo y del sol, pudo ver cómo sus dos oficiales eran llevados a rastras, detenidos por el ejército de su padre; y más allá, pudo ver cómo el mismo destino le venía al cura, y a muchas de las nobles personas que dieron todo por ayudarla. Sus labios temblaron visiblemente, y la desesperanza se apoderó de su corazón.
-Se acabó, María… -susurró a su oído Antonio, inclinándose sobre ella. –Se acabó…
Una punzada de dolor, como nunca que hubiera sentido antes, le recorrió el cuello. Momentos más tarde, un segundo golpe la dejó inconsciente sobre el suelo.
Notas históricas: La famosa conspiración, iniciada primero en Querétaro, fue denunciada primero por José Mariano Galván, pero cuando el capitán Joaquín Arias (quien formaba parte de los conspiradores) informó más tarde de dichas reuniones, se llevó a cabo un arresto de varios rebeldes. En Dolores, alertados por Josefa Ortiz (quien por cierto, no fue la que les dio el mensaje directo, sino Aldama… le cambié aquí para hacerlo más dramático n.n lo siento) los cabecillas se reunieron y el 16 de septiembre de 1810… bueno, ya nos sabemos la historia.
La razón de que María haya mirado feo a Hidalgo es porque ella sabe bien que hay una razón diferente por la cual él apoya el movimiento independentista, y son motivos personales que no son muy de su agrado. La mención a Arthur es porque Inglaterra había formulado un segundo plan de Independencia donde otorgaría armas y ejército a los rebeldes, pero como Napoleón avanzaba ya hacia Gran Bretaña y su prioridad era evitar que Francia los invadiera, el plan nunca se concluyó. También hay que recordar que antes de 1813, los cabecillas originales fueron fusilados por el Ejército Realista, dejando casi en pausa el movimiento de Independencia.
Ahora, los comentarios!
Guest: Pues ahí vamos con la muy, muy dolorosa emancipación.
Wind und Serebro: Antonio y sus fantasías pseudo incestuosas… bueno, no lo culparía nadie XD
GhostPen94: Ya sabes que sí te ayudo n.n lamento oír lo del libro Dx pero bueno, son cosas que a veces uno ve por error.
Cain: xD se la iba a joder en términos franceses y terminó jodiéndosela en términos inquisidores. Pobre Mari Anímate y escribe!
TheAnimangaGirl: Y ahora se pondrá peor, muajajajaja :D
Guest #2: Aún hay mucho hilo que cortar respecto a Azteca y España, pero para este fic el mestizaje sólo lo representé con la crianza de Toño, para otro quizá sea mucho más sanguíneo el parentesco.
TeffyUzumaki: Y he aquí la rebelión! Bueno es que Nueva España era cosa que todos los imperios de la época se querían apiñar xD era demasiado oro y plata como para ignorarlo, digo yo. Hmm… ¿Grecia o Noruega? Tendría que investigar, casi no sé nada de las relaciones de México con ellos.
Guest #3: Trauma permanente el del tomatoso XD celos paternales y celos de hombre.
Flannya: Ya estoy trabajando en tu fic, por cierto xD es que España es como… sabe, no lo veo como pareja sentimental de México, pero sí, estuvo medio intenso.
Daniela: Todos sintieron como una piedrota por el ligero (ajá) UKMex pero c'est la vie xD saludos!
NymeriaDyrewolf: LOL siempre que hablo de USMex el 95% de los lectores dicen "puaj" xD Antonio tiene después de todo su lado creepy O_o pero sí, se ha pasado y le ha costado caro.
Guest #4: Procuraré hacer uno n.n aunque sea en oneshot porque tenía una idea demasiado bizarra y al final no la pude hacer.
Por cierto, el ganador casi casi por mayoría fue el GerMex que ya lo pueden consultar, se llama Trémulo Paraíso y tiene una temática… digamos… fuerte o_o pero cómica (echadle la culpa al librito francés que me prestaron ¬¬) ¡Sigan comentando y los dejo en suspenso!
