Capítulo 12

Dos días más tarde, Elsa recibió una carta del director de la casa de acogida para niños, en la que le agradecía las entradas para el mismo partido al que había ido con Anna. La carta estaba firmada, con diversos grados de dominio de la escritura y en colores variados, por los veinte niños que habían asistido al juego. Sonriente, abrió una sencilla caja de madera que tenía en el escritorio, rebosante de cartas similares. Antes de guardar la última, se fijó en una firma en particular.

La letra era tan diminuta que apenas podía leerse el nombre. No sabía nada de análisis grafológico ni de los niños, pero le dio la impresión de que la autora era una niña pequeña y atemorizada. Se la imaginó con la mirada vacía, exactamente como una niñita con la que había soñado algunas veces.

Hacía años que no soñaba con ella, aunque recordaba muy bien aquel sueño. Tenía quince años, iba en los asientos traseros de un coche que había ido a recogerla al aeropuerto por Navidad. La llevaban a reunirse con su padre y su hermana, para pasar las vacaciones esquiando en las Rocosas, pero, al igual que en Navidades anteriores, seguramente su padre no se quedaría con ellas.

Fuera hacía un frío tremendo, pero ella estaba muy a gusto porque la limusina tenía calefacción. El cristal de las ventanillas era prácticamente negro, pero se veía el mundo exterior. Entonces vio una escena que no olvidaría en la vida. La limusina se había detenido en un semáforo, y se fijó en una mujer, que se acurrucaba en un portal con un niña en el regazo. Las dos se abrigaban con una manta andrajosa, procurando darse calor. La niñita, que no tendría más de cuatro años, levantó la cabeza y pareció mirarla directamente. La expresión abatida de sus ojos hablaba de aflicción y desesperanza, no de emoción por la llegada de la Navidad. Entonces el semáforo se puso verde y la limusina se alejó.

No se le olvidó la mirada de aquella niña, y pasó la mayor parte de las vacaciones buscando a la madre y a la hija con la única intención de hacer sonreír a la pequeña. Aquella niña no tenía prácticamente nada, pero tenía a su madre. Elsa, por su parte, tenía cuanto podía comprarse con dinero, pero había perdido a su madre hacía tiempo y lo único que quería de verdad era estar con su padre. Se acordó de una fiesta en la que, para empezar a conocerse, cada cual contaba lo peor que había hecho en su vida. Ella mintió. ¿Cómo iba a contar a tantos desconocidos que lo peor que había hecho era permitir que el chófer dejara atrás a aquella niña y a su madre?

Todos los días intentaba compensar aquella acción donando cientos de miles de dólares para contribuir a poner un rayo de esperanza en la vida de un niño infeliz. Se le escapó una lágrima y se la limpió con rabia de la mejilla, maldiciendo las emociones que tan cerca estaban todavía de la superficie, a pesar del tiempo transcurrido. Dejó la caja de madera en su sitio e hizo girar la silla al oír abrirse la puerta; pero se encontró cara a cara con quien no quería ver así, nada más empezar la semana. Aunque no le sorprendió que se presentara en su despacho.

—¿Por qué me parece que no traes buenas noticias?

—Elsa… —No podía soportar que Jack le hablase en aquel tono. La hacía sentirse una niña malcriada—. Quieren hablar contigo. —No tuvo necesidad de decir que se refería al FBI. Tras unas cuantas llamadas, había podido hablar con el agente encargado del caso. Poca información le proporcionó, aparte de decirle que querían hablar con ella.

La sola idea le hizo rechinar los dientes. ¿Por qué ella, una inocente ciudadana, tenía que dar cuentas de sí misma a unos federales que se habían pasado por el forro olímpicamente el derecho individual a la intimidad? Eran ellos los que tendrían que presentarse allí a darle explicaciones.

—Tienes que tomar cartas en el asunto. Si no lo haces a tu manera, lo harán ellos a la suya, y eso no te gustaría nada, Elsa, créeme.

—Sabes tan bien como yo —dijo, dando un puñetazo en la mesa—, que los ricos siempre se libran de esta mierda de engorros a base de dinero. ¿No puedes interponer un recurso, o algo? ¡Que me acusen de algo concreto o que desaparezcan de mi vida!

—No es tan fácil —dijo Jack, a punto de perder la paciencia—. Tenemos que saber por qué están husmeando en tus cosas. Si cooperas ahora, al menos sabremos por dónde van los tiros.

—No puede ser nada personal. — Vivía la vida como quería, no como los demás esperaban, pero no hacía nada ilegal y, además, cuanto más tiempo llevaba al timón de Winter McKenzie, menos vida personal tenía—. Ya sé que no soy muy convencional, pero tendrán mejores cosas que hacer que fastidiarme a mí porque… —No terminó la frase—. Seguimos sin saber de qué va todo esto.

—Tampoco es seguro que sea a ti a quien investigan —le recordó Jack—. Es sólo una posibilidad. De todos modos, ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Formas parte de la clase dominante, te guste o no. Tendrías que agradecer el haber llegado hasta aquí sin haberte enfrentado a mayores obstáculos. —Como no le respondió, recurrió a todos los argumentos posibles—. Me sorprende, Elsa. Huir de las situaciones no es propio de ti.

Tenía razón. Nunca había rehuido un enfrentamiento. Podía atajar los chismes maliciosos y encubiertos de la prensa… Su publicista había dado los pasos necesarios para que su versión también llegara a la imprenta: la rica directora general acosada por una buscafortunas que se inventaba historias sobre su relación.

Por suerte, un par de periodistas de la prensa sensacionalista habían cumplido con su deber respecto a Jessica y habían descubierto que había sido una bailarina exótica durante seis meses, en el pasado. Aquel detalle, unido a un matrimonio con un hombre treinta años mayor que ella y que había anunciado su intención de divorciarse, hizo callar a la prensa. Hasta el momento, la versión que creían era la de Elsa. Uno de esos periódicos había publicado incluso un perfil de ella como filántropa en un artículo en el que se comentaba que, como tantas personas ricas, era blanco de oportunistas. El control de daños funcionaba muy bien. Lo que no querían ver era un titular que dijera: «El FBI investiga a una directora general».

—De acuerdo —dijo— cooperaré.

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Anna le abrió la puerta a Elsa. Llevaba unos vaqueros descoloridos, que le hacían las piernas más largas, una camisa azul de batista y botas. «¡Dios, está guapísima! Mantén la calma, Anna.»

—Hola. Siento no haberte llamado antes. ¿Te apetece salir a cenar? —le dijo animadamente.

Antes de llamar a la puerta, había pasado media hora en el coche, al final de la calle de Anna. Sabía que tenía que haber llamado previamente, pero la había perturbado mucho la reunión con el FBI, aquella misma mañana, y tenía una necesidad inaplazable de verla. El interrogatorio había durado horas y, a instancias de Jack, se acogió a la Quinta Enmienda varias veces. Al final de la sesión, Jack y ella no tenían nada concreto, pero el enfoque del interrogatorio les proporcionó algunas claves. El FBI quería acceder a toda la información de la cartera de clientes de Winter McKenzie. Los agentes se negaron a dar nombres concretos y a identificar industrias concretas a las que querían investigar. A pesar de todo, entre las preguntas, Elsa detectó cierto interés por las empresas extranjeras. También se interesaron mucho por su viaje fuera del continente y, por supuesto, preguntaron por sus contactos en Oriente Medio.

Elsa les dijo que tendría en cuenta la solicitud de acceso a los archivos confidenciales. Necesitaba un poco más de tiempo para investigar la cartera de clientes y los tratos que estuvieran en marcha.

—¿A cenar? Me encantaría —dijo Anna. Había tenido tanto trabajo en los últimos días que se había saltado algunas comidas, y lo cierto es que estaba hambrienta. La invitación sorpresa de Elsa no podía ser más oportuna—. Pasa. —Abrió la puerta de par en par y echó una mirada al reloj de pared. Tenía que hablar con la oficina antes de salir—. ¿Quieres servirte algo de beber mientras me cambio?

—Sí, gracias.

Elsa pasó al vestíbulo y Anna tuvo un breve e inquietante recuerdo del beso que se habían dado allí mismo hacía unas semanas. Empezaron a temblarle las piernas y los ojos se le fueron tras los labios que le habían encendido la piel de pasión. Como pudo, cerró la puerta.

—Hay cerveza en la nevera. ¿Por qué no sales a la terraza?

—Ponte algo informal —le dijo Elsa al dirigirse hacia las escaleras.

—Mejor todavía —la oyó replicar con entusiasmo, y se le aceleró el pulso un poco más.

Tras la emoción inicial que le produjo ver a Elsa otra vez, Anna se calmó un poco, aunque su pulso seguía estando acelerado. No sabía lo que pasaría esa noche, pero estaba ansiosa por descubrirlo.

Elsa observó que Anna se ruborizaba. Casi saboreaba su piel y oía sus quedos gemidos de placer. Se moría por tocar aquella piel suave, pero no cedió al deseo.

—¿Te preparo algo a ti también?

—Sí. Me apetece una cerveza. Ahora subo a la terraza.

Elsa fue a la cocina y llenó un par de vasos, recreándose en la hogareña y satisfactoria sensación de compartir con otra persona aquel momento del final de la jornada. La terraza de Anna daba al mar y Elsa recibió inmediatamente la brisa fresca y salada al salir con los vasos. A la luz del ocaso, casi no se distinguían ya las olas que erizaban el agua a lo largo de la playa. Aspiró el aire limpio y empezó a relajarse. Todavía no sabía a ciencia cierta por qué había ido, pero se alegraba de que Anna hubiera aceptado la invitación. Se apoyó en la barandilla y se perdió en el suave sonido del océano.

En un momento determinado, tuvo la sensación de que la miraban, pero no oyó llegar a Anna hasta que la tuvo a su lado, vestida de manera informal, con unos cómodos pantalones de color caqui y una camiseta azul de manga corta, que le acentuaba las pintitas de los ojos. «¡Mierda, tengo que tener mucho cuidado!»

—Éste es mi refugio —dijo Anna, mirando al horizonte—. En cuanto pongo un pie aquí fuera, empiezo a descomprimirme. Cuando me parece que se me están subiendo los humos a la cabeza, miro el agua y todo vuelve a cobrar sus debidas proporciones. Mirando al mar, me siento como un puntito ínfimo en el universo. —Elsa soltó una risita—. ¿Qué?

—Lo que has dicho me sorprende.

—¿Por qué?

—Pues… —Elsa se apresuró a buscar las palabras justas—, supongo que será un estereotipo, y me disculpo de antemano por si te ofendo, pero casi todos los abogados que conozco son bastante arrogantes y jamás se considerarían a sí mismos un puntito ínfimo en el universo.

Anna sopesó la observación de Elsa mientras tomaba un sorbito de cerveza.

—Tienes razón —dijo—. Es un estereotipo bastante acertado. Pero yo no me defino como abogada. — Esperaba que no se lo tomase como una actitud tan defensiva como podía parecer. Sabía que el lado sórdido de su profesión era el que daba lugar a los chistes de abogados, pero ella no era así y jamás lo sería.

—¿Cómo te defines? —preguntó Elsa, deseando escuchar la respuesta.

—Pues —empezó Anna, tras pensarlo un poco—, en primer lugar, me definiría como mujer. —Estaba orgullosa de serlo y siempre había cultivado la ecuanimidad y la correcta expresión.

«Sí, mujer lo eres, sin la menor duda.»

—¿Y después?

—Después, como hija y luego, como amiga.

—¿Y qué lugar ocupa la abogada? — A Elsa le parecía que lo interesante de aquella conversación era que le permitía saber más cosas sobre la elegante mujer que estaba a su lado, con tanta desenvoltura.

—La profesión está más abajo, en la lista de lo que soy. Es un trabajo, es lo que hago, no lo que soy, verdaderamente. —Nunca había verbalizado aquella idea, pero de pronto la vio clara—. ¿Y qué me dices de Elsa Winter? ¿Cómo te defines tú?

Elsa se alteró en cuanto el interrogatorio se centró en ella. En realidad, ya no sabía cómo responder a aquella pregunta.

—Lo que mejor me define en estos momentos es el hambre. ¿Nos vamos?

—Estoy preparada —dijo Anna, pero no se le escapó la evasiva de Elsa.

—¿Te apetece dar un paseo por la orilla? —preguntó Elsa cuando volvieron a casa de Anna, unas horas más tarde. Había pasado una velada muy agradable y no estaba preparada para que se terminara.

—Me encantaría. Me hace falta bajar un poco la cena.

Había comido muchísimo, incluso una desaconsejable porción de tarta de queso, y estaba llenísima. Un poco de ejercicio le vendría bien, y le gustaba la paz de la playa. Caminaba en silencio al lado de Elsa, recordando otro paseo parecido que habían dado juntas la noche del ballet. Sólo el suave murmullo de las olas que morían en la arena con la marea alta rompía el silencio.

—Los quince días que he pasado en la India, con más de mil millones de habitantes, me han enseñado a valorar este lugar aún más —comentó en voz baja, rompiendo el silencio—. Y gracias, Elsa, ha sido una velada maravillosa. —Lo que en realidad le parecía maravilloso era haberla pasado con ella, aunque hubieran hecho cualquier otra cosa.

—Me alegro de que te lo hayas pasado bien. Yo también. —A lo largo de la noche, Elsa lo había pensado muchas veces. Anna le parecía encantadora, ingeniosa y muy versada en política, sociedad y artes. Cuando las luces del patio de Anna empezaron a verse, se dio cuenta de que nunca había estado tanto tiempo en compañía de una mujer hermosa sin sentir la necesidad de hablar, salvo en la cama.

La experiencia era nueva para ella, y ligeramente incómoda, pero, antes de que pudiera darle más vueltas, Anna la miró y le preguntó:

—¿Qué tal la entrevista?

—Me gustaría decir que ha sido muy reveladora, pero no es cierto.

Anna quería hacerle más preguntas; sabía que había tenido una entrevista con el FBI. Pero Elsa se inquietó palpablemente, de modo que cambió de tema.

—Elsa, quisiera pedirte un favor, pero no quiero que te sientas obligada. —Una forma poco prometedora de iniciar una conversación, pero quería hablar con claridad.

El leve gesto de preocupación de Elsa desapareció, como si se alegrara de hablar de otra cosa.

—De acuerdo. No me siento obligada. ¿De qué se trata?

—Soy mentora de una adolescente, y una de las cosas que hago es ponerla en contacto con mujeres que han triunfado, para que se forme una idea de lo que puede conseguir en la vida si continúa estudiando y evita los problemas.

—¿De veras? —«¿Es que esta mujer siempre me tiene que sorprender?»— ¿Cuánto hace que eres su mentora?

—Unos tres años, ya. Nala tiene ocho hermanos y vive en los hogares públicos de la Calle Tres con Lancaster.

Elsa conocía la zona. Había hecho donaciones anónimas a los niños de la escuela de ese barrio muchas veces.

—Tiene un gran potencial y sólo hace seis meses que ha empezado a darse cuenta de ello. —El recuerdo del momento en que Nala empezó a comprender lo que valía la hizo sonreír.

—¿Cuántos años tiene? —Elsa tomó nota de la luz que irradiaban los ojos de Anna al hablar de la niña.

—Quince para treinta y tres. —Las dos se rieron.

—¿En qué puedo ayudarte?

Anna respiró hondo. Al margen de lo que hubiera entre ellas dos, o de lo que no hubiera, Elsa sería un excelente modelo para Nala.

—Me gustaría que te conociera. No tienes que prepararte nada.

—Será un placer —dijo Elsa sin dudarlo.

—Si pudieras dedicarle una hora para hablar con ella y responder a sus preguntas…

—Dalo por hecho.

La respuesta pareció caer en oídos sordos; Anna siguió hablando en tono de vendedora.

—Sólo tienes que hablarle de los retos a los que te enfrentas por ser una mujer que dirige una empresa y de lo importante que es no perder de vista las metas. Bueno, esas cosas, ya sabes. — Casi no se había parado a respirar.

—Anna —dijo Elsa con calma—, te he dicho que será un placer.

—¿En serio? —No esperaba que Elsa se aviniera tan fácilmente, pero, al mismo tiempo, no le sorprendía.

—Claro que sí. Adoro a los niños y estoy más que dispuesta a ayudar a quien sea para que no cometa los mismos errores que yo. —Elsa miró el calendario—. ¿Cuándo?

—Este sábado, si no es precipitado. —Esperaba que no tuviera ningún compromiso ese día. Nala y ella se veían una vez cada quince días, pero la niña necesitaba apoyo y ánimo cuanto antes, ahora que estaba en el buen camino.

—No, está bien.

—Perfecto —dijo Anna, después de acordar que el encuentro sería a partir de las diez y media—. ¿Sería mucho pedir que quedáramos en tu despacho? —Estaba segura de que el lugar impresionaría a la jovencita y no quería escatimar medios para ayudarla, incluida la oportunidad de mostrarle todo lo que comportaba un cargo tan alto.

—De acuerdo. No es en horario laboral, de modo que no habrá nadie en el edificio. ¿Tengo que hacer algo en concreto?

—No, sólo ser tú misma. Creo que bastará para impresionarla convenientemente. «Como a mí.»

—Creo que eso sí sabré hacerlo. Procuraré no mostrarme demasiado extravagante ni atrevida.

—Gracias, Elsa, te lo agradezco.

—Es un placer —respondió Elsa en voz baja y ronca.

A Anna le gustaba aquel tono y le gustaba oírla hablar así. Quería perderse en la sensación envolvente de aquella voz.

Elsa se preguntó si le habría costado mucho pedirle el favor. Cuanto más conocía a Anna, más le intrigaba el carácter que se iba perfilando. Tuvo que reconocer que volver a verla había sido un acierto total. Después de pasar un rato con ella, empezó a comprender que le faltaba compañerismo en la vida, sin la presión de los negocios o el sexo, sin más objetivo que pasar un rato con una persona importante para ella.

—Te acompaño a la puerta —dijo, al acercarse a casa de Anna.

—No es necesario.

—Mi padre me educó muy bien. Se removería en su tumba y me perseguiría si permitiera que una mujer tan guapa llegara sola a la puerta de su casa. —Al subir los peldaños hasta la puerta, le puso la mano en la espalda, a la altura de la cintura.

A Anna le daba vueltas la cabeza cuando abrió la cerradura. «¿Esto ha sido salir juntas? ¿Qué hacemos ahora? ¿Va a besarme?» Tras unos breves instantes, se hizo evidente que Elsa tampoco tenía respuesta a aquellas preguntas.

—Gracias de nuevo por este rato tan agradable, Elsa. Buenas noches.

A Elsa le sorprendió y, al mismo tiempo, le alivió que Anna cerrase la puerta. Tenía un conflicto entre el cuerpo y la mente: no sabía lo que quería hacer, ahí de pie, en el porche de Anna. No sabía si darle las buenas noches simplemente o besarla hasta perder el sentido. Anna no le había dado ninguna pista sobre lo que prefería, pero Elsa tenía la sensación de que no la rechazaría, si tomaba la iniciativa. Pero, antes de que una de las opciones venciese a la otra, Anna tomó una decisión y le deseó buenas noches. Elsa recordó vívidamente las palabras de Anna: «No daré un paso más hacia ti». De camino al coche, comprendió que lo había dicho de verdad, con todas las consecuencias.

—Gastón, ya te lo he dicho, no quiero que entres en mi despacho si no estoy yo. —Su cuñado estaba sentado en su sitio, con los pies encima de la mesa.

Le habría borrado la cara de petulante de un guantazo allí mismo, pero se contuvo. Bella iba a tener que fastidiarse, porque ella ya no podía más con él.

—Buenas tardes tenga usted, Elsa —dijo, sin moverse.

Elsa rodeó la mesa y, de un golpe, le apartó los pies de la pulida superficie de madera de cerezo. El ímpetu de la acción lo obligó a levantarse inmediatamente, y, pavoneándose, se fue a la silla de enfrente. A Elsa siempre le parecía que se movía como un pavo real, todo ahuecado.

—¿Qué quieres?

—¿Ni una frasecita intrascendente, El? ¿Nada de qué tal estás Gastón, o qué tal Bella y los niños? Ay, ay, ay. Sé que tienes mejores modales que todo eso.

No soportaba que la llamase El, y menos todavía que le recordase que era el marido de su hermana. Puso cara de aburrimiento total y no le contestó.

—He pasado por aquí para decirte que ya tengo preparado el material mercadotécnico preliminar del proyecto Gallien.

El proyecto Gallien era una propuesta de inversión de muchos millones de dólares, que Gastón le había presentado sin éxito hacía unas cuantas semanas. Mientras escuchaba la propuesta, había detectado más codicia de lo habitual en los ojos de su cuñado. Por lo visto, Gastón no había oído lo que no quería oír.

—Ya te he dicho que Winter no va a recomendar el proyecto Gallien a nadie.

—Elsa, esto podría dar millones, a nuestros clientes y a nosotros. Puede ser justo lo que necesitamos. «Quieres decir millones para ti.» —Ya tenemos lo que necesitamos. Lo hemos construido sobre valores como la honradez y la integridad. No voy a recomendar ninguna operación que no cumpla nuestros requisitos.

—No lo entiendo. —Gastón intentaba mantener la calma, pero ella lo conocía muy bien—. Leíste el prospecto, viste los números. Es dinero líquido en el banco.

—Gastón —no tenía tiempo para sus sandeces ni el menor interés en apaciguarlo—, la respuesta es no.

—Elsa —replicó con una fea expresión—, cometes un error. Gallien está creciendo y la junta te pedirá explicaciones sobre por qué te abstuviste de entrar ahí.

No quiso morder el anzuelo. No iba a permitir que la insinuación de ir con el cuento a la junta condicionara su decisiones. Sabía muy bien que aquello no era un buen negocio.

—¿Alguna otra cosa, Gastón? Tengo mucho que hacer.

Gastón salió dando un portazo. Una fracción de segundo después, Morgana abrió la puerta y entró.

—Ha venido Jessica

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Deilys leon: jajajaja es bueno para Elsa ya que nunca ha tenido nada igual. Te vas a sorprender cuando sepas.

Deilys len: como!?? mmm la leiste de otro lado verdad?

Cuídense mucho y nos veremos.

Que La Fuerza Los Acompañe...