Vampiro regalado
Sakuno despertó como si hubiera dormido por años. El cuerpo entumecido y con unas ganas horrorosas de comer algo de chocolate. Sacó los pies de las ropas y buscó a su alrededor hasta dar con su ropa. Se vistió en un santiamén y salió al pasillo.
Su vampiro estaba de pie, junto a una puerta y la cabeza inclinada. Le tocó el hombro con suavidad y casi pareció que se sobresaltó.
—Has despertado.
—Eso creo. ¿Qué haces ahí de pie?
—De todas las preguntas que tienes. ¿Esa es la primera que quieres hacerme?
Sakuno lo sopesó.
—En realidad no. La primera sería: ¿Dónde puedo encontrar chocolate? Necesito con mucha urgencia.
Ryoma pareció sopesarlo.
—Tu cuerpo requiere de ingestas de los nutrientes que has desperdiciado. Lógico.
—Con una taza de chocolate o una tableta, estaré más que dispuesta a preguntarte las cosas —aseguró—. Hasta tendré mi boca ocupada y no te interrumpiré.
Como si aquello fuera imposible para una mujer, Ryoma hizo una mueca. Sakuno no le prestó mucha atención y agradeció que su estómago decidiera clamar por lo que su boca pedía.
El vampiro se volvió lentamente para darle la espalda.
—Acompáñame.
Sakuno lo siguió con curiosidad y hambre.
Ryoma no se detuvo hasta llegar al comedor donde estandartes colgaban con el blasón de la casa de su vampiro brillando. Se sentaron frente a la gran mesa que recorría el lugar y se lamió los labios a medida que diferentes postres se mostraban ante sus ojos.
—¿Puedo comer cuanto quiera?
—Puedes.
Alargó la mano y atrapó el más cercano. Un rosco cubierto de chocolate. Le dio el primer mordisco y tragó con gusto. El sabor del chocolate le llenó la boca y los sentidos al completo.
Cerró los ojos, extasiada, hasta que el sabor dulce fue aplacado por otro más metálico. Abrió los ojos, extrañada y miró el pastel entre sus dedos. Frunció los ojos, sorprendida y soltó el pastel mientras se llevaba una mano a la boca para escupir el bollo hecho una pasta.
Seguramente su madre la hubiera regañado por tal guarrada, pero no podía hacer cuenta de su educación en ese momento.
Apretó el bollo con un dedo y salió un reguero más del líquido que había llamado su atención. Levantó los ojos, aterrada, hacia el vampiro a su lado. Ryoma le sonreía, con los colmillos al aire y mirada siniestra. Una carcajada escapó de su garganta y le resultó horrorosa.
Se levantó, tirando la silla hacia atrás.
—¿De quién…?
Ryoma chasqueó los dedos y uno de los estandartes se apartó. Colgado en una cruz, el cuerpo de Tezuka caía inerte, con la sangre brotando ya seca de sus muñecas.
Sakuno gritó. Con todas sus fuerzas.
Pero al mismo tiempo que gritó un deseo extraño nació en sus entrañas.
El deseo de lamer la sangre y no dejar ni gota.
—
—¿Tiene otra pesadilla?
Ryoma levantó la cabeza hacia el macho humano. Vestido, aseado y con unas gafas nuevas parecía otro. Asintió con la cabeza mientras le veía atarse los gemelos.
—Son frecuentes. Es un efecto colateral de salvarle la vida.
El macho humano había reaccionado negativamente cuando descubrió que la había atado. Ryoma se había sorprendido con las reacciones que Sakuno estaba obteniendo desde que la había sacado del agua de purificación. Ningún otro ser había experimentado la misma situación y era algo nuevo.
Así que estaba sorprendido del mismo modo que los demás. Ni siquiera Shiraishi tenía conocimiento de una experiencia anterior. Tampoco ninguno de los vampiros antiguos y los textos no contenían ningún detalle que le ayudara a comprenderlo al cien por cien.
Tenía una idea, pero dudaba que pudiera ser cierta. Más Bien rogaba porque no fuera cierta.
Era un caso entre nada.
Solo viejos rumores. Ni siquiera lo suficientemente fuertes como para tenerlos en cuenta. Demasiado inseguros como para testificar una verdad.
A menos que…
Se incorporó y miró al macho.
—Quédate a su cuidado.
Éste asintió y no se inmutó ni cuando desapareció.
Lo había dejado salir de su dormitorio cuando vio que la hembra humana no reaccionaba a su llamado. Tenía hasta la mente bloqueada. Albergó el deseo de que Tezuka fuera capaz de despertarla, pero fue en vano. No obstante, el hombre no cesó de estar a su lado y solo se separó de ella para acicalarse o alimentarse.
Empezó a confiar en su presencia.
Se materializó en las catacumbas y presionó el viejo engranaje de una habitación oculta. El olor a humedad y muerte le llenó la nariz y cuando la puerta se cerró tras él sus ojos se graduaron al instante, dejando ver una habitación repleta de viejos manuscritos guardados en tarros, vitrinas y estanterías.
En un rincón de la sala, una sombra se inclinaba sobre algunos libros nuevos y unos dientes chirriaban con enfado.
—Este mundo se vuelve loco. Sí. Cada vez irá a peor. Sí. Esto terminará mal para nosotros. Sí. Suerte que ya nadie se acuerda de mí. Sí. Puedo salir, comer y volver. Sí.
Ryoma rodó los ojos y como un gato silencioso, avanzó. No fue hasta que estuvo encima de él que el anciano macho levantó los ojos y los abrió tanto que estuvieron a punto de salírsele de las cuencas. Sus dientes se mostraron, para su tristeza, apenas podían mostrar lo que había sido una boca perfecta y peligrosa. Le faltaba un canino. El peor de los problemas de un vampiro.
En un rincón, el aroma a sangre le llenó la nariz.
Había toneles de sangre. Un viejo vaso de barro descansaba sobre uno de ellos, volcado y con algunos restos de sangre.
—¡Oh, señor, oh! Es usted. Joven Nanjirou. Es un gusto verle de nuevo. Sí.
Ryoma ya se había acostumbrado a que le confundiera con su padre. Aquel viejo vampiro había sobrevivido siempre. Escondiéndose como una rata. Su madre había sido misericordiosa con él. Su padre no tanto. Le había arrancado uno de sus colmillos para evitar que fuera peligroso.
—Me he portado bien. Sí. ¿Cree que puedo conservar mi otro colmillo? Por favor, sí.
Ryoma se tomó su tiempo en responder.
—A cambio quiero algo.
—Pero… mi señor. Llevo años a su servicio investigando y aprendiendo…
—Ahora necesito una parte de tu conocimiento —expresó—. Y más te vale ser sincero y conciso. O tu colmillo volará de nuevo.
Y era una promesa que pensaba cumplir.
—
Se le cayó el alma a los pies.
Si Kaoru no la hubiera tenido sujeta por las caderas, probablemente habría caído de bruces al suelo mientras las lágrimas surcaban sus mejillas. No podía creer lo que tenía ante sus ojos. Tanta destrucción y tanto dolor en solo trocitos de escombros.
Alguien tiró de su chal y Kaidou siseó entre dientes para quitarse de encima al hombre. Ella misma retrocedió, asustada. Ahora sería capaz de quitarse de encima a un hombre humano fácilmente, sin necesidad de precisar de nadie. Pero estaba en tal estado de shock que no podía.
—¿Estás segura de que este es el lugar? Quizás te has equivocado en tus coordenadas y...
—No. Son estas. Ella vivía aquí.
Kaoru la ayudó a levantarse y ambos se adentraron en las ruinas en busca de alguna pista. A medida que avanzaban sentía que el corazón le dolía todavía más.
—Esto es como si el destino me devolviera la moneda.
—¿Qué quieres decir con eso?
Tomoka tomó aire antes de responder. Sentía la garganta arderle de la angustia.
—Yo fui quien os compró siempre. Quien os vendió como si fuerais ganado. Y ahora mira. Me he enamorado de uno, mi mejor amiga está en una encrucijada con otro y una muy querida amiga mía a la que le vendí un macho valioso, está posiblemente muerta. Pensé que sería un macho importante para ustedes. Que ayudaría en algo, pero mis pecados son demasiados al parecer.
Recordaba al macho a la perfección.
Alto, musculado, con la piel brillante de sudor y desnudo para su disfrute. Lo había comprado con la lujuria en el cuerpo y el dinero quemándole el bolsillo. Ajena a la verdad tras esa esclavitud o que ella misma tendría que huir de ella. Kaoru le había explicado qué ocurría con los seres como ella y desde luego, no servían para nada.
Más fuertes que un humano.
Más débiles que un vampiro.
Inútiles a ojos de los demás.
Ahora por más que se arrepintiera no serviría de nada.
—¿Por qué estás segura de que ese macho es importante?
—Según tengo entendido solo vendía de pura sangre y especiales. Además, cuando vi tu tatuaje sopesé que tendríais algo en común. En lo único que pensé fue en que erais del mismo clan de vampiros o algo así. Luego, cuando me hablaste de los Lord y demás, comprendí que no era un vampiro cualquiera. Si Ryoma necesita a sus vampiros, yo sabía dónde había uno. Y ahora… mira.
Señaló las ruinas con tristeza y se agachó para recoger un trozo de tela. Había pertenecido a uno de los vestidos de la joven que buscaba.
—Solo quedan estas cosas. Esto es un caos.
—Y tanto que lo es —murmuró el mismo vagabundo que había intentado robarle el chal—. Quemaron todo esto. Lo arrasaron. Hombres tan grandes como el que tienes a tu lado. Y sus ojos brillaban del mismo modo.
Tomoka suspiró.
—¿Nadie sobrevivió?
El vagabundo clavó la mirada en su chal de nuevo. Tomoka se lo quitó y se lo entregó. El hombre sonrió y un rápido giro se lo echó por encima de los hombros. Kaidou gruñó.
—Dos. Sobrevivieron dos. O eso me pareció. Uno tan alto como tu hombre aquí, moreno y unos ojos que brillaban aterradores, como si prometieran venganza. Cargaba en sus brazos a una chica. Estoy seguro.
—¿En qué dirección se fueron?
—A favor del viento.
Kaoru chasqueó la lengua y la miró.
—Lo hizo aposta. Para que no pudieran seguir su rastro. Creo que sé qué macho estaba con tu amiga.
—¿Lo dices en serio? —cuestionó emocionada.
Sin responder, él la tomó del brazo y la guio al coche. Dejándose llevar, rezó, al dios al que pudiera rezar.
—
La niebla no le permitía ver más allá del ventanal, pero no era necesario. Sabía que estaba en una torre, la más alta seguramente. Tampoco es que pensara en escaparse. No tendría si quiera oportunidad de hacerlo. Y no pensaba dejar atrás a Ryuzaki.
Esa mujer le había cuidado y protegido. Y ahora era su turno.
Se volvió para verla. Estaba pálida, lejos de su tono natural y de piel pajosa, como a ella le gustaba describirse. Había sido muy interesante educarla. Así como sopesar la oferta de matrimonio que el padre de ella había dejado al aire entre ellos.
Ahora sabía que no podría corresponderla. No por ella, si no por él mismo.
No podía sacarse de la cabeza ni del cuerpo a esa mujer. Vampiresa o no se le había metido completamente bajo la piel.
Ryoma Echizen era curioso. Quería a su vampira a su lado, sin importarle cuanto tuviera que sacrificar. Y lo admiraba por eso, pero había una parte de él que se negaba a comprenderlo. Y estaba seguro de que era una parte que hasta ahora no se había pronunciado en él como hombre.
Nanako, como se llamaba la vampiresa, había sacudido su mundo perfecto y serio. Se había labrado un futuro y creía que iba a ser recto y sin más problemas que enfermedades simples como constipados hasta su madurez y vejez. Moriría creyéndose lo de la vida plena y pura.
Ahora no las tenía todas consigo.
Descubrir que había otros seres conviviendo con ellos fue una brutal patada a su puerta de la vida hecha. Cuando encontró a Nanako tiempo atrás y la recogió, no pensó que iba a desmoronar todo su mundo. Solo era una chica desmayada en medio de la calle.
Hasta que le gruñó y mostró los dientes. En su vida había pensado que poseer colmillos podía ser tan peligroso y de temer.
Todavía podía recordar cómo se sintieron en su carne al clavarse en su brazo o la intimidad que había en el hecho de alimentarla. Hasta el punto en que sus cuerpos se necesitaron y no pensó más que en ella, en el placer y en lo bien que se sentía dentro de ella.
Cuando se separaron fue como si se llevara algo de él más que su sangre.
Y ahora, volvía a desearla como nunca.
Se inclinó sobre Sakuno para revisar su pulso y limpiarle el sudor. El vampiro aseguraba que lo que había hecho debería de salvarla, sin embargo, algo iba mal y cada vez peor.
No podía comprender qué, pero algo era.
Se inclinó más al escuchar un siseó.
Justo antes de sentir unos dientes cerrarse en su cuello.
Continuará...
