Disclaimers: Los personajes, el mundo, los objetos, monstruos y cualquier otro ser o elemento del Final Fantasy no me pertenecen.

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Aclaraciones: Hola a todos, aquí tenéis un regalito doble para año nuevo (^^) Mi deseo era colgarlo el día 1 o lo más tarde posible en Reyes, pero, como quería poner todo lo de Deling de una vez (lo he hecho en un capítulo doble), me resultó imposible acabarlo a tiempo. Espero que lo disfrutéis leyendo tanto como lo he hecho yo escribiéndolo.

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¡Feliz 2010! Aunque sea con retraso...

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Capítulo 12: Operación Filete de Anchoa. Parte I

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Nuestros protagonistas ya podían ver la ciudad de Deling recortarse a lo lejos sobre un cielo sorprendentemente crepuscular para ser la hora en la que el sol estaba en el cenit.

«En poco más de media hora llegaremos a nuestro destino y podremos centrarnos en la misión», deseaba Squall.

La noche había sido muy larga, especialmente para el joven líder, que no había pegado ojo y aún sentía las piernas dormidas a pesar de hacer más de cuatro horas que habían reemprendido la marcha. Pero, claro, como no había querido despertar a Rinoa —que plácidamente había ido acomodándose sobre él hasta casi usarlo de colchón—, había aguantado estoicamente sentado con las piernas flexionadas en postura de yoga pero con las manos en la espalda de la chica. Cuántas veces tuvo que reprimirse para no bajarlas un poco, y cuánto esfuerzo le costó... Menos mal que Zell se mantuvo despierto de guardia a su lado, no dejándolo sólo ni un segundo y compartiendo el café; lo que le había ayudado a mantener las manos quietas y no aprovecharse de la inocente chica que, confiada, dormía la borrachera sobre él...

«Sigh... —lamentaba el SeeD—, he perdido la única posibilidad, que seguramente tendré en la vida, de tocar el culo de Rinoa... Sigh... Y seguro que esta noche ha sido y será la más tórrida de mi vida, porque dudo mucho que vuelva a tener tan cerca una chica tan borracha como para tirarse a dormir a mis brazos... Sigh... ¡Pero mejor, porque yo no quiero para nada tocar el culo de Rinoa! —exclamó mentalmente y se quedo en blanco ante la gran mentira que acababa de pensar—. Bueno, tampoco hay que exagerar... —se dijo—. Lo que quiero decir, es decir, lo que pienso, es que no quiero para nada que Rinoa se tiré en mis brazos porque luego me abandonaría, como hacen siempre todos, para tirarse en los brazos del primer rubio pervertido que se le cruzase», concluyó recordando a Seifer. Squall aún no había podido perdonarle a Rinoa que lo dejase plantado en la pista de baile, con la mala excusa de que tenía una cita con el director, cuando seguramente lo había hecho para buscar a su "novio", del que había afirmado con rotundidad y lágrimas de dolor en los ojos: ¡Yo lo amaba! Y luego iba diciendo que quería hablar con él para romper el compromiso... ¡Pues no había visto que lo hiciese cuando se encontraron en la emisora! Y que no había tenido tiempo era una excusa barata, se decía el líder mientras caminaba en silencio.

Lo seguían los otros en fila, muy cansados; las chicas habían dormido un par de horas y ellos no habían pegado ojo.

Irvine se salió de la fila, se colocó al lado del pensativo SeeD y le dijo muy bajo:

—Ey, Squall, no le cuentes a Selphie lo de la rata… —El cowboy se quitó un pelo de la boca, un bello recuerdo de Pestecilla Penetrante.

—No te preocupes, no le hablaré de tu zoofilia, de cómo sobabas a la rata peluda y de cómo estuviste a punto de tirártela...

—No es eso —alegó el vaquero—, yo creía que era Selphie.

—¿En serio? —ironizó Squall—. ¿Y cuándo te diste cuenta de tu error? ¿Cuando la besaste apasionadamente y te clavaste sus incisivos? ¿O cuando le tocaste el culo y notaste algo raro, digamos, algo largo y delgado llamado cola que las ratas tienen y las chicas no?

—No seas borde. Lo que me ha pasado a mí le puede pasar a cualquiera.

—A mí, no.

—Claro, claro, por eso, si en lugar de ser Rinoa la que tenías en brazos hubiese sido una rata pero tú, al no ver nada, hubieses deducido que era noche cerrada y que era la mujer de tus sueños la que estaba contigo, no hubieses intentado tirártela...

—¡Por supuesto que no! ¡Yo nunca intentaría aprovecharme de que Rinoa estaba borracha para meterle mano!

—Es verdad... Se me olvidaba que aún eres virgen...

—¡¿Y qué?

—Pues que esta noche podría haber sido tu gran oportunidad.

—Como la tuya con Selphie... Ah, no, espera, preferiste tirarle los trastos a la rata.

—No me lo recuerdes... Menos mal que vino aquella rata macho muy cabreada y me mordió cuando ya iba a entrar a saco —afirmó, mirándose la marca de la mano.

El asunto de Irvine y Pestecilla Penetrante no había ido a más porque alguna de las ratas había alertado al padre de Pestecilla, que dormitaba bajo el puente, y éste había llegado a tiempo de impedir que su hijita perdiese la honra con aquel humano tan desaprensivo y aprovechado. Por supuesto, hecho un basilisco había premiado al pervertido con unos cuantos arañazos y mordiscos. Y la cosa no llegó a más por las súplicas de su hija y por la intervención de Zell, que le había echado un tranquilizante por encima al iracundo padre. Después, el karateca había tenido que darle una panacea al cowboy para que se recuperase del estado rabia que le había provocado el padre de Pestecilla.

—¡Dentro de poco estaremos en Deling, la ciudad de Laguna! —exclamó felizmente Selphie, la única que no parecía cansada—. ¡Daos prisa, que parecéis tortugas! —Echó a correr y se puso la primera de la fila.

—Nos damos toda la prisa que podemos —replicó Zell, intentando no arrastrar los pies.

—¡Yo estoy muy cansada y debo reservar todas las fuerzas para la misión! —dijo Quistis.

—Deling... —musitó Rinoa por lo bajo. La chica no había hablado desde que reemprendieron la marcha, lo que no había extrañado a los otros porque lo habían achacado al cansancio, algo bien lejos de la realidad.

Los dos grupos de combate eran los mismos del día anterior porque ni tan siquiera habían tenido ganas de calentarse la cabeza formando nuevos. Y, cuando algún monstruo aparecía con ganas de bronca, se habían limitado a apretar simultáneamente R2+L2 y huir del combate. Había que guardar las pocas fuerzas que les quedaba para la misión... Resumiendo: la resaca era monumental.

Llegaron a la entrada de la ciudad y Selphie, que seguía en cabeza y era seguida por todos, fue la primera en entrar. Nada más poner un pie en Deling se encontraron en una gran ciudad donde era de noche cerrada.

—¡Cómo mola! —exclamó Selphie—. ¡A pesar de que son las doce y media de medio día y de que en la pantalla anterior era de día, aquí ya es de noche! ¡A ver que lo compruebe otra vez!

—¡Guau, guau, guau! —estuvo de acuerdo Charco.

La chica salió de la ciudad y, efectivamente, aunque el cielo más que al de las doce correspondía al del atardecer, era de día, eso no podía negarlo nadie.

—¡¿Veis? ¡De día! —exclamó la incombustible muchacha y entró de nuevo arrastrándolos con ella—. ¡De noche! —Salió otra vez y todos detrás—. ¡De día! ¡De noche! ¡De día! ¡De noche! —repetía entrando y saliendo de Deling—. ¡Qué divertido! ¡Mamemimomú! ¡De día! ¡De noche! ¡Jajajajajaja!

—¡Guau, guau, guau!

—¡Selphie, ¿quieres dejar de jugar de una puñetera vez? —exigió Squall.

—¡Vale, jefe!

—¡Y no me llames jefe tú también!

—Muñeca, veo que mis palabras calan muy hondo en ti —entró al ataque el vaquero, ignorando la protesta del líder.

—Jijijiji —rió ella, ignorando también a Squall.

—Será mejor que busquemos la casa de ese general Calway —decidió Squall, ignorándolos a su vez, no merecía la pena enfadarse.

La ciudad realmente era muy grande y parecía un laberinto. Y como, aparentemente, sólo Irvine había estado antes en alguna que otra excursión de estudiantes, guiados por profesores, decidieron dejarlo hacer de guía. Pero, claro, en sus anteriores visitas el vaquero había estado más pendiente de sus compañeras que de trazar un mapa de por donde habían pasado. Por lo que, tras coger el autobús y hacer siete trasbordos, se encontraron de nuevo en la salida de la ciudad; o, lo que es lo mismo, por donde habían entrado. Allí discutían junto a un garaje en el que, a precio de oro, se podía alquilar un coche sin gasolina. La gasolina había que pagarla aparte.

—¡Menos mal que el autobús es gratis! —protestaba Squall.

—Déjame intentarlo de nuevo, jefe, esta vez seguro que no fallo.

—¡Eso dijiste las tres anteriores veces!

—Yo quiero coger otra vez el autobús que tiene el trayecto circular por la parte más externa de la ciudad —dijo Selphie.

—Por la D-30 —puntualizó Rinoa.

—Por la D-30 —siguió Selphie—. Pero esta vez ni nos bajamos delante de esa estación de trenes tan chula y tan grande...

—La estación de trenes de Deling... —especificó Rinoa.

—Eso —continuó Selphie—. No quiero bajarme ahí ni quiero bajarme delante de ese gran palacio...

—La Residencia Presidencial —musitó Rinoa.

—La Residencia Presidencial o como se llame —siguió la chica—, desde la que hemos podido contemplar con detalle ese monumento tan grande...

—El Arco de Triunfo... —aclaró Rinoa.

—Ese Arco de Triunfo que había en medio de la gran avenida situada frente a las puertas del palacio. ¡Yo quiero seguir dando vueltas en el autobús!

—Selphie, no estamos de excursión —cortó Squall—. Debemos encontrar cuanto antes la casa de ese tal Calway.

—... —no especificó nada Rinoa.

—Squall, macho, podríamos preguntar por ahí —volvió a insistir Zell.

—Os recuerdo que estamos en misión secreta y que...

—¡¿Alguien sabe dónde vive el general Calway? —berreó Quistis, harta de patear, hacia los transeúntes antes de que Squall pudiese finalizar la frase.

—¡Quistis!

Un grupo de soldados de Galbadia que había por allí los oyó y se acercaron estudiándolos suspicazmente.

—¿Para qué queréis saberlo? —inquirió el de mayor rango.

—Bueno... es que... —Squall buscó una excusa convincente mientras maldecía interiormente—. Verás...

—¿Qué pasa? ¿Acaso estás inventando una excusa? —inquirió el individuo cada vez más mosqueado.

Squall acarició la culata de su sable pistola, como no ocurriese un milagro, de un momento a otro iba a tener que utilizarlo...

—Disculpa a mi amigo —intervino Irvine—, es que es un poco tímido. Verás, nosotros tres —señaló a Squall, Zell y a sí mismo— somos tres chulos profesionales que hemos traído a estas tres bellas jovencitas —señaló a las chicas— para una fiesta privada del general Calway. El hombre quiere darse una fiestecilla al cuerpo. Ya me entiendes, jajajaja, un ménage a cuatro. ¡Jajajajaja!

—Sí, claro, ¡jajajajaja! —rió el soldado jefe.

—Ya sabes cómo son estos peces gordos —siguió Irvine—. ¡Jajajajaja!

—Y que lo digas, ¡jajajajajaja! —convinieron todos los soldados.

—Y tiene buen gusto —señaló el de más graduación—. Cuando termine el General, ¿cuánto me costaría pasar un rato con la morena?

—Tú quieres tragarte la culata de mi sable pistola —espetó Squall con tono gélido, dando un paso hacia aquel tipo uniformado.

—¡Grrrrr! ¡Guau, guau, guau! ¡Grrrrr! —amenazó Charco.

—¡Jajajajaja! —rió Irvine y se interpuso entre los dos—. No le hagas caso a mi amigo y a su perro, son muy susceptibles. Y olvídate de la morena, cada minuto con ella vale tu sueldo de un año.

—Fiiiuuuu —silbó el soldado.

—Bueno, ¿nos dices el camino?

—Por supuesto, todo por servir a nuestros superiores. ¡Jajajaja!

—Claro, ¡jajajajaja! —le siguió el juego Irvine.

El soldado sacó un mapa de la ciudad.

—Estamos exactamente aquí. —Marcó una x en el mapa—. Tenéis que ir aquí por aquí. —Hizo un círculo donde se hallaba la casa del General y unió la x y el círculo con una línea—. Podéis quedaros el mapa.

—¡Muchas gracias!

Con aquel mapa no tuvieron ninguna dificultad en encontrar la casa que estaba en la zona residencial de Deling.

La entrada estaba custodiada por dos soldados de guardia y daba acceso a un camino decorado a ambos lados con setos y bellos árboles al final del cual se erguía una preciosa y lujosa mansión, la residencia del general Calway.

Squall ya se las prometía muy felices; pero los soldados se negaron a dejarlos pasar. Y en eso estaban...

—Lo siento mucho —dijo uno de los guardas por enésima vez—, pero no puedo dejaros pasar si antes no arriesgáis vuestra vida en una misión suicida. Son las normas para tener audiencia con el General.

—Tan retorcido como siempre —murmuró Rinoa por lo bajo.

—¿Qué dices? —le preguntó Squall.

—Nada, que, ¿cuál es la prueba?

—Sencillo. Averiguar un número escrito con sangre que hay en lo más profundo de La Tumba del Rey Sin Nombre. Un peligroso lugar del que ninguno de los que han conseguido llegar ha podido regresar jamás.

—Si nadie ha vuelto, ¿cómo se sabe que hay un número escrito con sangre en lo más profundo de la tumba? —inquirió Selphie.

—Eso carece de importancia —cortó el guardia—. Ahora bien, por un módico precio, sólo 25000 giles, os puedo decir el número.

—¡Qué caro! —protestó Zell.

—También os puedo dar una pista. Eso sólo os costará 5000 giles.

—¡Nuestra fortuna asciende a 0 giles! —saltó Quistis.

—No es mi problema.

—¡No sabes con quién estás hablando! ¡Yo soy la Legendaria Heroína de la...!

—Déjalo, Quistis —cortó Squall—, ya lo averiguaremos nosotros...

Se alejaron una pantalla de los soldados y se encontraron en un solitario paraje formado por un camino, por el que no pasaba ni un alma, flanqueado por árboles y vegetación; también había una fuente de extracción de magia. Allí mismo, tras dejar seca la fuente, hicieron una reunión de emergencia.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Zell.

—No nos va a quedar más remedio que ir a esa tumba —opinó Squall.

—¿Alguien tiene idea de por dónde cae? —inquirió Selphie.

—Una vez nos iban a llevar allí de excursión —dijo Irvine—, pero los profesores encargados de acompañarnos se negaron en rotundo a ir. Así que ni idea.

—Bueno... —intervino Rinoa—, creo que está saliendo de Deling hacia el Este, a unas tres horas de camino andando; aunque en coche se llega bastante rápido. Pero como no tenemos ni un gil...

—¡Tres horas más de caminata! —se alarmó Quistis.

—¡Guau! —se alarmó Charco.

—¡Tenemos los pies molidos! —corearon todos, menos Squall.

—¡Me importa un bledo si tenéis los pies molidos o sangrantes! —les dejó bien claro el líder—. El problema es que tres horas de ir, más tres de volver, más, pongamos, media hora para averiguar el número, suman un total de seis horas y media. Y si a eso le añadimos que son exactamente... —Consultó su reloj de pulsera— las 14:30, da como resultado que nos reuniremos con Calway a las nueve de la noche.

—¿Y...? —inquirieron los otros.

—Pues que de repente sé que el día D hora H es exactamente hoy a las 20:00:00 en punto. Llegaremos como mínimo una hora tarde.

—Eso es muy grave... —convinieron los SeeDs.

—Y tanto —estuvo de acuerdo Squall—, me rebajaran de grado.

—No te preocupes, Squall —intentó animar Selphie—, seguro que no empieza el follón hasta que lleguemos. Después de todo, somos los protas.

—Gracias por tus ánimos, Selphie. Eso lo sé. Pero la degradación no habrá quien me la quite... Sigh... —El duro SeeD se enjugó una lágrima con la manga de la chupa de cuello peludo, el dolor era muy grande. Pero no podía mostrarlo ante sus subordinados—. Sigh... El viento me ha llenado los ojos de arena... —improvisó, a pesar de que no soplaba ni la más ligera brisa y de que en aquella pantalla el suelo era asfalto flanqueado de húmedo césped.

De pronto Ifrit hizo acto de presencia sin haber sido invocado.

—¡Squall, macho, no llores! —dijo a pleno pulmón ensordeciéndolos a todos—. ¡No permitiré que te degraden!

—Gracias, sigh... —agradeció, muy emocionado—; pero, ¿cómo podrías impedir semejante desgracia?

—Verás, tío, en esa Tumba viven unos colegas míos: Hermanos. Son unos G.F. muy majos y muy amigos míos. Si se lo pido, seguro que nos ayudan y nos dicen el número.

—¡Qué bien, ¿verdad, Squall? —exclamaron todos intentando animarlo.

—¡Guau! —se sumó Charco.

—Eso nos evitaría solo media hora —hizo ver el líder—. Las seis horas de viaje no hay quien nos la quite. Llegaríamos media hora tarde y... me degradarían.

—¡Jajajajaja! —rió Ifrit—. No necesariamente, porque no hace falta que vayamos para que nos digan el número. —El guardián se sacó del bolsillo un objeto rectangular con botoncitos y una especie de antena en un extremo—. ¡Mirad!

—¡Oooooooooooh! —exclamaron todos—. ... Esto... ¿y eso qué es?...

—¡Un walkie-talkie!

—Claro, un walkie-talkie... —dijo Squall, aunque no tenían ni idea de qué se trataba; pero no podía quedar como un ignorante delante de Rinoa y sus subordinados.

—¡Jajajaja! —rió Irvine—, un walkie-talkie… ¡Qué, si no...! —se hizo el entendido delante de las chicas.

—¿Y para qué sirve? —preguntaron los otros; no sentían la imperiosa necesidad de fingir conocimientos que no poseían.

—Hermanos tienen otro igual —explicó Ifrit—. Con esto podemos comunicarnos a distancia.

—¡Guaaaau! —exclamaron todos, Charco incluido.

—Mis colegas, Hermanos, viven en La Tumba del Rey sin Nombre. Y en el pasado, cada vez que Hermanos y yo queríamos saber algo los unos del otro, teníamos que recorrer el largo camino que separaba nuestros hogares; algo muy cansino incluso para nosotros, los Guardianes de la Fuerza, que nos desplazamos a un ritmo mucho mayor que los humanos. Pero un día que volvían de hacerme una visita se encontraron con un adolescente despeñado. Hermanos tienen muy buen corazón y lo recogieron, lo llevaron a la Tumba y le curaron sus trescientas veintisiete fracturas al punto que quedó como nuevo. El muchacho les confesó que era un poco torpe con los precipicios y que ese había sido su undécimo despeñamiento. Era un chico muy simpático y adorable, me contaron Hermanos. Y también muy agradecido. Decía que había sido abducido por los extraterrestres y, en señal de agradecimiento por la ayuda prestada, les regaló los walkie-talkies, unos artilugios provenientes de un planeta más desarrollado que el nuestro, según dijo. Y les enseñó a usarlos.

—Sí, claro... —dudó Squall, que nunca había visto un ovni.

—Cuando fui a ver a Hermanos —siguió el relato Ifrit—, me regalaron uno. A ellos no les hacia puñetera falta porque vivían juntos y ya se habían cansado de jugar a hablarse desde un lado de la Tumba a otro. Ya veréis cómo mola...

El guardián se colocó el artilugio pegado a la boca y dijo:

—Aquí Ifrit, cambio —rápidamente se lo llevó a la oreja para oír la respuesta.

—¡Ifrit, tío, soy Seclet, cuánto tiempo! Cambio.

—¡Ey, Seclet, ¿qué tal todo por ahí? Cambio —preguntó, y se alejó el walkie-talkie de la oreja para no quedarse sordo. Todos pudieron oír la atronarte voz del Guardián:

—¡Un asco, más aburrido que una tumba! ¡Jajajajaja! —rió su propio chiste—. Cambio.

—¡Oye, dile a tu hermano mayor que se ponga que tengo que hablar con él! Cambio.

—¡Vale! ¡MINOTAUROOOOOOOO! —berreó—. ¡Ifrit al walkie-talkie!

Tras unos segundos de silencio.

—¡Ifrit, capullo integral, soy Minotauro! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti, cacho imbécil! —exclamó en el súmmum del colegueo—. ¡¿No me digas que me llamas para decirme que ya has ligao, jodido pervertido? Cambio.

—¡Jajajajaja!, ¡qué más quisiera! ¡Pero viajo con Shiva! Cambio.

—¡¿Con Shiva? ¡¿Con la macizorra buenorra de la Emperatriz del Hielo? ¡Me está tomando el pelo, capullo! Cambio.

—¡Jajajajaja! ¡Para nada! Verás, resulta que vino a la cueva a derrotarme un chaval muy majo y muy valiente... —El guardián empezó a relatarle los acontecimientos desde que conoció a Squall—... bla, bla, bla... ¿Puedes creerlo? ¡Me quedé alucinado al verla! Y entonces, yo bla, bla, bla... Bla, le guiñe un ojo y bla, bla, bla... Yo creo que algo le molo porque bla, bla, bla...

—Esto... —Squall tiró de los pelos de la rodilla del Guardián para llamar su atención—. Ifrit, comprendo que tengas muchas cosas de las que hablar con tus amigos, pero ya son las tres, llevas más de media hora hablando. A este paso se nos va a hacer de noche. Pregúntale el número.

—¡Uy, perdona, cuando me pongo a hablar por walkie-talkie se me pasan las horas! ¡Menos mal que no tengo que pagar por ello! ¡Jajajajaja! —El Señor del Fuego se puso serio y le dijo a su amigo—: Oye, Minotauro, necesito que ayudes a mi dueño. Verás... —Le explicó la situación.

—¡Ningún problema, cacho mierda disecada! ¡Me sé el número de memoria! ¡Después de todo, lo he escrito yo! ¡Jajajajajaja! ¡Pero no te va ha resultar gratis, cabronazo! ¡Estoy hasta las mismísimas pelotas de vivir aquí asustando a los cuatro jóvenes gilipollas que se atreven a venir a la Tumba! ¡Exijo unirme a tu hilarante grupo! ¡Mola la vida de aventuras y despiporre que me has contado! ¡Estoy dispuesto a jurar fidelidad eterna a uno de esos muchachos tan friquis! ¡¿Hace el trato, imbécil? Cambio.

—Ningún problema. Estarán encantados de tener un Guardián más sin tener que despeinarse por conseguirlo. Dime el número. Cambio.

—¡De eso nada, capullo integral! ¡Os lo diré personalmente! ¡Hacemos las maletas y vamos para allí, cacho guarro! Dentro de hora y media nos vemos en Deling. Cambio.

—Vale. A las cuatro y media en la entrada de la ciudad por la parte de fuera, para no asustar a los del alquiler de coches. No os retraséis, que tenemos prisa. Cambio.

—¡Tranquilo, gilipollas, a las cuatro y media en punto allí nos vemos! Cambio y corto.

—Gracias, Ifrit, eres supercompetente —agradeció Squall.

—Siempre a tus órdenes —replicó el Guardián, satisfecho; seguro que Shiva estaba muy impresionada.

Luego desapareció.

—Bien, ahora a esperar hora y media —dedujo Zell.

—¿Qué hacemos durante ese tiempo? —preguntó Selphie.

—¿Irvine, te queda alguna petaca llena? —inquirió Squall.

—Lo siento, jefe, acabamos con todas mis reservas anoche.

—Jo, con la sed que tengo... —rezongó Quistis.

—Hay un pequeño club muy prestigioso en el sótano del hotel Galbadia... —les informó Rinoa—. Si tuviésemos dinero, podríamos tomarnos allí unas cañas de cerveza mientras esperamos.

—Pero, lamentablemente, no tenemos ni un gil... —murmuró Squall.

—Guau... —estuvo de acuerdo Charco.

—¡Mirad! —exclamaron simultáneamente Quistis y Selphie—. ¡Un billete de cien giles abandonado en el suelo! ¡Qué suerte!

El grupo se adueño del billete antes que viniese su autentico dueño a reclamarlo y corrieron, guiados por Rinoa, en busca del club.

En cuanto entraron en el hotel, Squall, Zell y Selphie tuvieron una sensación de déjà vu.

«¡Dios mío! —exclamó mentalmente Squall—. ¡Es el mismo sitio en el que Laguna se tiró a Julia después de haberla oído cantar!»

—Ey, aquí vinimos con Laguna —exclamó Zell.

—¡Qué bien! ¡Con un poco de suerte nos lo encontramos! —deseó Selphie.

—Selphie, fue solo un sueño común —puntualizó Squall—. Laguna no existe.

—¿Y la segunda vez también fue un sueño? —dudó la muchacha.

—¡Laguna es real y es supersexy! —opinó Quistis.

—¡Está de pan y moja! —estuvo de acuerdo Selphie.

—¡Es imposible que exista un tipo tan patético! —continuó Squall empecinado en su teoría—. ¡Por necesidad, tiene que haber sido una pesadilla!

—¿Quién es Laguna? —quiso saber Irvine, algo mosqueado por el interés mostrado por Selphie—. Selphie, nena, ¿es más atractivo que yo?... —le preguntó en un susurro.

—Jijijiji... Verás, Laguna es un tipo increíble, majísimo, supersimpatiquísimo, adorable; pero, sobre todo, es el macho con más atractivo sensual y sexual que he visto en mi vida. Cuando lo contemplas, te derrites y sientes la imperiosa necesidad de arrancarte toda la ropa, tirarlo al suelo, desnudarlo a mordiscos y cepillártelo ahí mimo... Aaaah... —suspiró.

—Qué... bien... —masculló el cowboy—. ¿Y cómo fue? ¿Te gustó tanto como esperabas?... —preguntó en una demostración de masoquismo total.

—¡Si no pasó nada! ¡Yo estaba dentro de un tipo llamado Kiros!

—¿¡Eh!

—Mejor te lo explico desde el principio mientras nos tomamos las cañas.

El local era idéntico al que habían visitado con Laguna. Los muchachos se sentaron en una mesa frente al escenario de suelo dorado, en el que destacaba un piano de cola negro; parecía el mismo que había tocado Julia.

—¿Qué desean tomar? —preguntó una camarera.

—Toda la cerveza que nos podamos permitir con cien giles —pidió Squall.

—Seis litronas —tomó nota la camarera—. ¡Qué suerte, con seis litronas tenéis derecho a unas tapas gratis! ¡Enseguida os lo traigo todo!

La chica desapareció y, como estaba programado así, todo permaneció en silencio hasta que reapareció de nuevo con una bandeja repleta.

Dejó las seis jarras de litro de cerveza, cada una delante de uno de nuestros protas, y colocó un par de botecitos con palillos de dientes para pinchar las tapas.

Zell se relamió por anticipado. ¿Qué sería? ¿Unos calamares a la romana? ¿Sepia a la plancha? ¿O quizás unas patatas bravas?...

—Hoy estáis de suerte —dijo la camarera—. Aún nos quedaba una suculenta tapa en la cocina, la especialidad de Deling: ¡Lentejas a la vinagreta! ¡Un rico plato de lentejas cocidas aliñadas con una salsa hecha a base de vinagre, cebolla, calabacín, pimientos, tomate y aceite! ¡Por supuesto, todo muy mezclado para que la esencia de lenteja haya llegado hasta la última molécula de cualquier componente! ¡A disfrutar de lo lindo!

La chica colocó el plato de lentejas en el medio.

—¡Son cien giles con propina incluida!

—Sigh... —se enjugó una lágrima Zell y sacó un resto de bocata de anchoas de su reserva privada.

—¿Hoy toca el piano Julia? —preguntó Selphie a la camarera, con la esperanza de que Laguna hiciese acto de presencia, mientras el líder sacaba el dinero.

—¿Julia? No conozco a ninguna Julia. Por las noches toca el piano Buel, una especie de murciélago muy aficionado al Jazz. Pero hoy no habrá actuación porque todo el mundo estará en el desfile de la bruja. ¡Que aproveche!

La chica desapareció y todos, menos Zell, se apropiaron de un mondadientes y se lanzaron a pinchar lentejas. Squall empezaba a estar harto de tanta lenteja; pero tenía el estómago vacío... Aunque había que reconocer que estaban muy buenas.

—Selphie, cuéntame el rollo ese de ese tío llamado Laguna.

—Jijijiji. Verás, todo empezó cuando...

Mientras Selphie ponía en antecedentes al vaquero, intercalando los pinchitos de lenteja y largos tragos de cerveza, los otros engulleron en silencio y bebieron más de la mitad de sus respectivas jarras. Charco se deleitaba debajo de la mesa con una buena ración de su plato favorito: comida de gato enlatada, un regalo del señor Pepe, el anciano de la garita que había a la entrada del Jardín de Galbadia.

—Todo está igual... —comentó Zell, mirando a su alrededor, con la sensación de hambre calmada una vez más gracias a Dulci—. Parece que de un momento a otro va a entrar Julia y se va a poner a tocar el piano y a cantar.

—Qué casualidad —señaló Rinoa—. Mi madre también fue pianista y cantante en este lugar antes de casarse con mi padre.

—Y dijiste que se llamaba Julia —recordó Zell.

—Julia Heartilly —especificó.

—¡Qué casualidad tan casual! — Quistis estuvo de acuerdo con Rinoa—. ¡El mismo nombre y tocaban y cantaban en el mismo sitio! ¡Y Laguna se cepilló a la cantante! ¡¿Te das cuenta de que si eso hubiese pasado en el pasado, cuando tu madre era la cantante del club, Laguna podría haber sido tu padre?

—¡Sí, jajajajajaja!

—Eso es imposible —cortó Squall—, Laguna no existe. Pero, en el caso de haber existido, es imposible que la naturaleza permita que un tío así sea capaz de perpetuar su especie. No puedo imaginar cómo sería ni lo que tendría que pasar el pobre desgraciado que lo tuviese de padre.

—¡Sería muy afortunado! —saltaron Zell, Selphie y Quistis; haber estado en el interior de Kiros y Ward los había hecho conocer en profundidad al despistado soldado de Galbadia—. ¡Laguna es todo amor y bondad! ¡Amaría a su hijo y le daría amor con todas sus fuerzas!... A no ser que no supiese que tenía ese hijo, claro... —añadieron, pensando que, dada la pasión que el hombre despertaba en las féminas, no era un imposible que alguna se hubiese aprovechado de él y lo hubiese abandonado sin comunicarle que le había robado su semilla.

—Ya... —dudó Squall.

—El hijo de un hombre así —intervino Rinoa— sería increíblemente sexy, guapo y carismático. Seguro... Alguien como... —musitó contemplando a Squall que, según ella, tenía todas esas virtudes. Sin apartar los ojos del rostro masculino, dio un largo sorbo de cerveza—. ¡Hip! Alguien como, como... —continuó, poniéndose roja como un tomate, dispuesta a finalizar con un "como tú", gracias a la desinhibición que el alcohol le daba.

—¿Alguien como Seifer? —se adelantó Squall, muy celoso y desinhibido—. Porque tú dijiste: "¡Yo lo amaba con toda mi alma!" —afirmó, poniendo en boca de la chica lo que sus recuerdos distorsionados por los celos se habían empeñado en almacenar como cierto—. Y no te importó para nada que yo estuviese delante.

—¡¿Cuándo he dicho yo eso? —se enfadó Rinoa.

—¡No disimules! ¡Todos vimos el deseo con el que lo mirabas en tu flashback! ¡Porque sólo tenías catorce años! ¡Si no, te lo cepillas allí mismo delante de todas tus amigas pijas! ¡Pija, más que pija, que sólo eres una pija!

—¡Y tú un tonto del culo que no se entera de nada! ¡Idiota!

Mientras la parejita intercambiaba estas tiernas palabras, Zell, abrazado a su jarra, musitaba:

—Dulci, oh, Dulci... ¡¿Qué sería de mí sin ti? Seguramente haría muchos años que habría muerto de hambre... Oh, Dulci, dulce Dulci...

—La verdad es que el Estudiante del Antifaz es la mar de atractivo y valiente —le comía la cabeza a nadie Quistis—. Lo que pasa es que, como es un superhéroe, no se fijará en serio en una chica tan normal como yo... Aunque, claro, yo soy la Legendaria Heroína de bla, bla, bla... Y por otro lado, si nos fijamos, por ejemplo, en Superman o en Spiderman, los superhéroes suelen fijarse en chicas sin poderes, aunque, eso sí, guapísimas. Jeje, y la verdad es que yo, y no es por tirarme flores, guapa soy un rato, jeje. Igual, con un poco de suerte le gusto y todo, porque yo bla, bla...

—Selphie, te juro que lo de la rata no iba en serio...

—Jijijijiji...

—¡Guau, guau, guau!

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—¡Ey, mirad! —dijo Zell, apenas traspasaron la puerta de Deling—. El hermano mayor ya nos está esperando.

Bajo la luz crepuscular que rodeaba las afueras de la ciudad todos pudieron ver un enorme Guardián, que recordaba al mítico minotauro, sentado sobre el tronco del único árbol milenario que había a varios kilómetros a la redonda; aunque mejor sería precisar que "había habido", pues el GF lo había tronchado con su peso.

—¡Ifrit, cacho mierda, por fin llegáis! —habló el Guardián sin mover las fauces.

—¡Es ventrílocuo! —exclamó Selphie—. ¡Cómo mola!

—Tú debes ser Minotauro —le dijo Irvine a una de las ramas rotas del árbol.

—¡Oye, tú, ¿por quién me has tomado?, insignificante intento de Brad Pitt en Leyendas de Pasión! —bramó, muy cabreado, aunque la enorme criatura lucía una sonrisa estúpida.

—¡Irvine, ponte las gafas! —ordenó Squall, temiendo que Hermanos se arrepintiesen y volviesen a la Tumba sin decirles el número; aunque sintiendo que le subía la afinidad con el Guardián: los dos opinaban lo mismo del cowboy de pacotilla.

—¡Ja, ja, ja, ja! —rió Ifrit—¡No te mosquees con el chaval! ¡El pobre es tan cegatón que casi se tira a una sucia y enorme rata de alcantarilla pensándose que era una guapa y adorable chica!

—¡Guau, guau, guau! —apoyó Charco.

—¡¿En serio? ¡! —rió el G.F con todas sus ganas.

—¿En serio? —se interesó Selphie.

—¡Las cosas no son como parecen! ¡Sólo estábamos charlando! —mintió Irvine.

—Minotauro, es increíble que puedas hablar y reírte así sin apenas moverte —le dijo Squall al enorme Guardián, ignorando al cowboy y sus patéticas excusas.

—Tío, ¿me hablas a mí? —preguntó el G.F. moviendo por primera vez las fauces.

—¡¿A quién si no? —intervino Quistis—. ¡¿Por cierto, no veo a tu hermano pequeño? ¿Acaso le ha dado miedo arriesgar su vida luchando enlazado a intrépidos SeeDs y se ha quedado escondidito en la tumba?

—¡Uy, lo que has dicho! —dijo el G.F.

—¡Este es Seclet! ¡El hermano pequeño! —se apresuró a sacarlos de su error Ifrit antes de que fuese demasiado tarde.

—¡¿En serio? —se sorprendieron todos—. ¡¿Y dónde está el hermano mayor?

—¡Cálmate, Minotauro! —decía Ifrit, mirando a algún sitio situado al lado de Seclet—. ¡La chica es un poco cortita, no pretendía insultarte!

Entonces todos fijaron la vista en el punto al que hablaba Ifrit y pudieron percatarse de que, sentado junto a Seclet, había otra criatura de aspecto muy parecido, pero infinitamente más pequeña. Las piernecitas no le llegaban al suelo; pero este detalle pasó inadvertido para la mayoría de los SeeDs y Rinoa, pues la cara de mala leche de Minotauro y el aura rojiza que lo rodeaba hizo que tragasen saliva. Algo que no ocurrió con Quistis, que exclamó:

—¡¿Y esto es un peligroso Guardián? ¡Jajajajajaja!

Minotauro de un salto bajó al suelo.

—¡De pie no le llega a su hermano pequeño ni a la rodilla! ¡Jajajajajajajaja!

—Pero a ti te saca varios palmos de altura... —le hizo ver Rinoa.

—¡Mala pécora! —bramó Minotauro.

—Humana, te la has cargado... —se compadeció de la chica Seclet.

—¡Rubia de bote! —siguió insultando Minotauro—. ¡Vas a conocer el verdadero significado de la expresión "molida a palos", sardina raquítica! —insultó.

—¡¿Tú, y cuántos más como tú me lo van a enseñar? —se envalentonó Quistis y sacó su látigo—. ¡Yo soy la heroína de la Campaña de La Tercera Rebelión de los Monstruos! ¡Además, soy rubia natural!

¡Zis, zas, zis! —El látigo rasgó el aire e impactó contra la dura piel de Minotauro; el cual sintió menos que si fuese un humano al que golpearan con el filamento de una pluma.

—¡Mosca cojonera! ¡¿Esto es todo lo que sabes hacer? ¡Menuda heroína de pacotilla! ¡Fea a rabiar, pecho plano! —siguió insultando—. ¡Seclet! —bramó—. ¡Deja de mirar el espectáculo y ven aquí! ¡Vamos a hacerle a esta ridícula humana una demostración práctica del ataque definitivo y especial de Hermanos: El quebrantahuesos total!

—Si no hay más remedio... —musitó el interpelado y empezó—: Piedra, papel, tijeras... ¡Ya me has vuelto a ganar! ¡Has sacado tijeras y yo papel! ¡Como siempre! ¡Pero es a la de tres, aún me quedan dos intentos! ¡No cantes victoria tan pronto! Piedra, papel, tijeras... ¡Jo, Minotauro, otra vez has sacado tijeras y yo papel!

—Lo siento, Quistis —decía Ifrit—. Eras insoportable, pero en el fondo no me caías tan mal...

—¡No quiero ver esto! —gritó Rinoa, cerrando los ojos.

Por el contrario, Zell, Selphie e Irvine con las gafas puestas, muy erguidos, miraban la escena sin siquiera pestañear, a pesar de los gruesos lagrimones que les resbalaban por las mejillas debido al esfuerzo. Pero era lo último que como SeeDs podían hacer por aquella que fue su compañera: contemplar, sin apartar la mirada, aguantando el sufrimiento en honor al estúpido sacrificio que inútilmente iba a hacer Quistis perdiendo la vida para nada y por nada.

—Un momento... —dijo Squall, y se interpuso entre los dos hermanos antes de que Seclet sacase por tercera vez papel—. Quistis será una plasta integral; pero es de mi grupo, es una de los nuestros. Si quieres luchar con ella, también tendrás que enfrentarte a mí —declaró y desenfundó el sable pistola.

—¡Squall! —exclamó, muy emocionada, la rubia.

—Sigh... —se enjugo una lágrima de emoción Rinoa, profundamente admirada por el heroico comportamiento de su "machoman"—. Squall... eres tan valiente, tan supermasculino... —La chica dio unos pasos al frente y se unió al dúo formado por Quistis y su admirado SeeD—. Yo moriré junto a ti... —le musitó al joven de cabellos castaños.

—¡No pienso permitir que le rocéis ni un pelo a Rinoa! —bramó él.

—¡Guau, guau! —se unió Charco, dispuesto a dejarse el pellejo por su dueña.

—¡Minotauro, yo no quiero hacerle nada a esa chica morena tan guapa!

—¡Si luchas contra Squall, tendrás que luchar contra tu mejor amigo! —bramó Ifrit.

—¡Jo! —protestó Minotauro.

De pronto un frío glacial los envolvió y una hermosa dama, Shiva, apareció también y se unió al cotarro.

—No pienso dejar que por un malentendido le hagas nada a mi dueña —defendió a Rinoa.

—¡Shiva! —exclamó Minotauro alucinado, con los ojos saliéndole de las órbitas y colándose por los recovecos que la exigua vestimenta de la Guardiana dejaba—. ¡Ifrit, cacho cabrón, era verdad que Shiva viajaba contigo! —Golpeó amistosamente en la espalda al Señor del Fuego con un manotazo tan fuerte que hubiese tumbado a una manada de búfalos. Ifrit logró permanecer sin moverse ni un ápice a pesar de que los pies y las rodillas estuvieron a punto de rompérsele por el esfuerzo; pero no podía quedar como un enclenque ante su amada. Ajeno a que había estado a punto de lesionar de por vida a su mejor amigo, Minotauro se dirigió a Shiva y, con los ojos brillantes, exclamó—: ¡¿Me das un autógrafo?

—Esto... claro...

Mientras la bella Guardiana escribía una dedicatoria, todos respiraron aliviados por la forma en la que se había resuelto el enredo.

—¡Démonos prisa que ya son casi las cinco! —señaló Squall.

—¿A quién le tenemos que jurar fidelidad eterna? —se interesaron Hermanos.

—Pues... —El líder miró a su grupo.

—Por mí, que se lo quede otro... —se apresuró a decir Quistis, no deseaba un Guardián tan poco glamouroso.

«Como si te lo fuese a dar a ti —pensó Squall—, que tienes la afinidad con él a menos 1000+++. Rinoa tiene a Shiva y a Boko, si le doy también a Hermanos van a decir que tengo favoritismo por ella, ¡cosa que no es cierto, desde luego!... Irvine que se quede con su perrito, del que tanto presume, y si quiere a otro Guardián, que lo cace. Yo, desde luego, no le pienso regalar ninguno.»

—Rinoa ya tiene dos —dijo en voz alta—. Y tú, Irvine, como el tuyo tiene tres cabezas, digamos que vale por tres, así que descartado.

—Jo, jefe... con lo que molan estos guardianes...

«Me quedan Selphie y Zell... —siguió Squall con sus reflexiones mentales, ignorando al vaquero—. Me sabe mal dárselo a uno y desilusionar al otro... Quiero decir, es difícil saber cuál de los dos le sacará mejor provecho —improvisó para sí mismo una excusa a su momento de debilidad—. ¿Qué hago?... Mira cómo le brillan los ojitos a Zell... es como si estuviese esperando que se lo diese a él... Pero entonces, Selphie...»

—Squall —interrumpió su mutismo Selphie—. Yo ya tengo a Sirena. Me llevo muy bien con ella y de momento me basta.

Una música celestial acompañada de unos maravillosos cánticos empezó a sonar dejándolos extasiados y suspirando a todos mientras pensaban que, después de escuchar eso, ya podían morir tranquilos. Era Sirena, agradeciendo la confianza de la chica. La Guardiana dejó de tocar la lira y enmudeció de nuevo. Antes de desaparecer le echó una panacea ++ de efecto grupo a Selphie, como siempre hacía. El grupo perdió el estado alterado Éxtasis, el único que Sirena era incapaz de controlar, un peligroso estado alterado que podía llevar a la muerte por inanición y deshidratación, ya que los que lo sufrían quedaban en una especie de trance de felicidad que los llevaba incluso a olvidarse de respirar.

—¿Qué estaba diciendo? —se preguntó Selphie—. ¡Ah, sí: dáselo a Zell!

«Gracias, Selphie», agradeció mentalmente Squall que la chica le hubiese solucionado su terrible dilema.

—Para ti, Zell —dijo en voz alta—. Además, tienes ya la afinidad muy alta con ellos.

—¡¿En serio? ¡Muchas gracias, tío! ¡Bien, viva! —empezó a dar saltos de alegría.

—Tienes buen ojo y madera de líder —le dijo con admiración Minotauro a Squall—. Si no te pertenecíamos a ti, ese cacho imbécil —se refirió a Zell ya como si lo conociese de toda la vida— es el más apropiado. ¡Me mola ese tío! —añadió y empezó a saltar junto a Zell.

Seclet se les unió.

—¡Jajajajajajajajaja! —reían felices los tres, sintiendo cómo la afinidad les subía a la carrera.

—¡Guau, guau, guau! —ladraba Charco y saltaba también con ellos.

—¡Basta ya! —cortó Squall—. Ya tendréis mucho tiempo para hacer el tonto. Ya son las cinco y un tiránico mandamás sin escrúpulos del ejército de Deling nos está esperando y no quiero llegar tarde.

—Sigh... —se enjugó una lágrima Rinoa.

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Squall se detuvo delante de la puerta de la lujosa mansión del general Calway y se sintió impulsado a dar un discurso, algo nada habitual en él. Discurso que sólo era escuchado por Rinoa pues el resto del grupo y Charco se las habían apañado para no aparecer en la pantalla, y eso que estaban presentes; daba fe de ello el menú.

—Hemos llegado a nuestro destino —decía el líder—: la casa de un General del ejército de Galbadia. Un pez gordo del gobierno de Deling aliado con los Jardines, algo raro, raro... Aunque nosotros, por supuesto, no estamos para cuestionar las órdenes, sino para seguirlas al pie de la letra a pesar de que ello suponga obedecer las indicaciones de un despótico jefazo desaprensivo del ejército de Deling. Un dictador habituado a dominar y lucrarse a base de chupar la sangre del pueblo, bla, bla, bla... Un jefazo con ansias de poder, bla, bla... ninguna consideración en invadir Timber, bla, bla... intentarlo en Dollet, bla, bla... Alguien acostumbrado a pisotear a sus subordinados que...

—Esto... —interrumpió Rinoa—, Squall, júrame que, si entramos en esta casa, no vas a dejarme dentro...

—¿Por qué tendría que dejarte en la casa de un mandamás, sin escrúpulos, de un ejército tirano e invasor?

—Tú, júramelo, por favor...

—Está bien —accedió el SeeD a lo que consideró un capricho de niña mimada pija, o lo que era lo mismo: de la ex de Seifer. No sabía por qué pero, desde hacía unas horas, Squall no podía quitarse ese "brutal y horrible recuerdo", uno de los peores de su vida, según él: el flashback del pasado de Rinoa; una exaltación del profundo amor que la chica había profesado a ese crápula sin escrúpulos... «Que en gloria esté» —como diría la abuela de Sakae Kaze—, sintió la obligación de añadir mentalmente el SeeD; aunque estaba seguro de que el rubio estaría en el mismísimo infierno intentando ligarse a la novia de Satán, tal era su estilo y su pervertida naturaleza (la de Seifer, claro).

—¿Quieres que te explique el motivo por el que no quiero que me dejes en esta casa? —le preguntó Rinoa, sacándolo de la profunda reflexión.

—No es preciso que me sueltes un rollo —espetó de mala leche—. Tú ordenas, yo obedezco. Es lo que pone en el contrato, y un SeeD nunca cuestiona las órdenes.

—Sigh... A veces parece que tienes menos sentimientos que los tornillos que dejan caer los alagares...

«Y ahora, ¿por qué me insulta? Encima que siempre hago lo que me manda sin rechistar... No hay quién la entienda.»

—Sigh... Squall, dame el disfraz que me puse para escapar de Timber... Es una orden... —añadió por si acaso.

El SeeD obedeció y le pasó el atuendo proporcionado por Watts. Rinoa se lo puso y, oculta bajo una larga gabardina con el cuello alzado, un gran gorro calado hasta las orejas y unas gigantescas gafas de sol que le tapaban casi toda la cara, dijo:

—Ya estoy lista para entrar.

Un sirviente les abrió la puerta, llamó a la doncella primera, esta llamó al ama de llaves, esta al mayordomo y, por último, Fermín, el mayordomo, ordenó al sirviente que había abierto la puerta que los acompañase al salón recibidor, donde, sin respirar siquiera sobre ni una de las valiosas piezas que allí encontrarían —punto que Fermín recalcó—, debían esperar al General. También ordenó que llevasen a Charco a la zona de mascotas y le diesen un buen hueso.

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El salón recibidor era una estancia desconcertante: por un lado tenía amplios ventanales con delicadas cortinas, artísticos sillones tapizados con ricas telas, estaba profusamente decorado con cuadros, alfombras, estanterías repletas de obras de arte y una escultura helena de una mujer que sujetaba en la mano una argolla; por otro lado, en el centro de la estancia había una mesa cubierta con una lona y en el lateral enfrentado a la puerta destacaba una mesa de despacho de reciente fabricación, un sillón ergonómico y una papelera de plástico.

—¡Jo! Ya hace diez minutos que esperamos y nadie viene... —señaló Selphie, muy aburrida, mientras jugaba a hacer malabarismos con una pieza única de porcelana azul y blanca.

—Esto... Selphie... —dijo Rinoa—, ten cuidado con ese jarrón... Es de la dinastía Ming... Que no sé qué dinastía es, pero se dice que lo trajo a nuestro mundo un tipo que decía haber sido abducido por los extraterrestres...

—Tranqui, con mi suerte está a salvo; pero lo dejaré si te quedas más tranquila. ¡Toma, Zell, colócalo en su sitio! —La chica le lanzó el jarrón al rubio, que estaba situado junto al expositor de antigüedades.

—¡Ya lo cojo!...

—¡Aaaaaaaaah! —gritó Rinoa.

Catacraaaaaash...

Aquella valiosa pieza única pasó a mejor vida.

—¡Jajajaja! —rió Irvine—. Si me lo hubieses lanzado a mí, lo habría cogido gracias a mis reflejos felinos —presumió ante las chicas.

—Qué desastre —lamentó Zell.

—¡Rápido! —apremió Rinoa—. ¡Escondámoslo bajo la alfombra persa antes de que llegue pa..., quiero decir, el general!

Con un afán inusitado, la morena y el autor de la masacre se apresuraron a borrar las huellas del delito observados por un impasible Squall que, sin variar ni un ápice su, según él, postura cool —brazos cruzados y la espalda apoyada indolentemente en la pared, como si nada fuese con él—, se sintió en la obligación de decir:

—¿Y qué?

—¡Pues que como se entere pa..., quiero decir, el General, se nos va a caer el pelo! —bramó Rinoa—. ¡Ahí, llega! —exclamó al notar el familiar chirrido de unas botas en la estancia contigua—. ¡Rápido, todo el mundo a sus puestos! —ordenó, dejándolos desconcertados, y corrió a situarse junto a Squall, el único lugar en el que en aquellos momentos se sentía segura.

La puerta se abrió y dejó pasar a un hombre de unos cincuenta años, muy atractivo todavía, vestido con un uniforme lleno de medallas y galones.

—Buenas tardes, casi noche —saludó Calway y empezó el discurso—: Son las cinco y media. Disponemos de dos horas y media para prepararnos y cumplir con la misión de acabar con la bruja y con ello liberar a la humanidad y demás especies de un terrible futuro. Los Jardines me han asegurado que me mandarían lo mejor para tan delicada e importante misión; una pérdida de recursos, según mi opinión, porque para lo que va a servir... Perder de una forma tan tonta las mejores piezas... —divagó—. En fin... Doy por supuesto que habréis descansado a fondo para estar preparados para dar lo mejor de vosotros mismos.

—Claro, claro... —se apresuraron a mentir.

El General pasó la mirada por los pálidos rostros, cuyas profundas y azuladas ojeras, más que hablar, cantaban sobre la gran juerga de la noche previa. Como sólo podía observar esto y no que aparte de pálidos y ojerosos también estaban hechos polvo y con resaca, preguntó:

—¿Acaso sois familiares de Edward Callen?

—¡Es mi primo segundo! —saltó Quistis.

—Eso lo explica todo —afirmó Calway, dejándolos a todos, menos a Quistis, con expresión de: ¿...?

—¿Está Edward por aquí? —temió la rubia—. Porque yo no voy a casarme con él por muy guapo, rico, gafe, plasta, pálido y ojeroso que sea... ¡Le toca hacerlo a mi prima Ernestina!

—Según me contó el propio Edward, una semana antes de la boda tu prima Ernestina se fugó con un tipo muy cachas y peludo, llamado Yeicob Blak, diciendo algo sobre que quería aumentar una manada o algo por el estilo... No entiendo cómo hizo eso porque Edward es un buen partido además de ser capaz de llevar una conversación de cinco horas sobre el crecimiento del albaricoque en la sabana. Y un gran monologuista capaz de hablar durante cuarenta y ocho horas seguidas de temas tan importantes como el peligro de acercarse a alguien como él. Un partido sin igual... Ya estaba yo en habla con la tía abuela del chico para concertar un matrimonio entre él y mi única hija cuando me enteré de que el chico se había enamorado irremediablemente, por siempre hasta la eternidad, por encima de todo y de forma sublime e inimitable, de una chica insípida y sosa llamada Vela Suan. La familia no ha tenido más remedio que aceptarlo porque se estaba quedando sin herederos. Y ahora los dos son felices hablando sobre los peligros y los inconvenientes de estar juntos...

—Menos mal... —resoplaron aliviadas Quistis y Rinoa.

—Pero no habéis venido aquí para hablar de asuntos familiares —afirmó el General—, sino para tratar sobre el destino de la humanidad. ¿Quién es el jefe de grupo? ¿El que oculta su identidad bajo esa gabardina?... —supuso.

—¡No, esa es Rinoa! —saltó Quistis.

—¡No, Quistis! —gritó la morena.

—¡¿Rinoa? —exclamó el General—. ¡Hijita! —agregó, con lágrimas en los ojos, y corrió a abrazar a la muchacha.

—¡¿Hijita? —exclamaron todos menos Squall, que pensó:

«¡¿Hijita?»

—¡Buaaaaaaah! —lloraba Calway, a punto de ahogar a Rinoa.

—Suél... tame, papá, aarg... que casi... no puedo respirar... aarg...

—¡Hijita de mi alma! ¡Mi muñequita preciosa! —decía, profundamente emocionado, con un tono tan tierno y cariñoso que recordaba al de una amantísima y comprensiva madre—. ¡No sabes lo preocupadísimo que he estado desde que te fugaste de la escuela! ¡¿Por qué no le dijiste a tu papi que querías llevar una vida infructuosa de bohemia y revolucionaria?... ¡Con lo permisivo que siempre he sido contigo!

Todos los SeeDs, excepto Squall, contemplaban el emotivo reencuentro con pañuelo en mano, secándose los gruesos y lacrimógenos goterones que les resbalaban por las mejillas.

—¡Pero mira qué fachas traes! —exclamó de pronto el General, cambiando totalmente el tono de voz—. ¡Quítate esa ridícula gabardina inmediatamente! ¡No te pagué las mejores escuelas para que vistas de ese modo! ¡Y quítate también el sombrero y esas ridículas gafas!

La muchacha se apresuró a obedecer.

—¡Pero mira qué linda y qué mayor se ha hecho! —exclamó de nuevo, variando el tono y otra vez llorando a moco tendido, al verla con su atuendo habitual—. ¡Estás tan guapa y tan mayor! ¡Buaaaaaaah! —Otro abrazó asfixiante.

—Papá...

—¡Rinoa, ve inmediatamente a tu cuarto a cambiarte! ¡Si crees que te voy a permitir que vayas medio desnuda por el mundo, estás muy equivocada! ¡Y estás castigada tres meses sin postre y sin salir!

—¡No pienso cambiarme de ropa! ¡Esta me encanta! ¡Además, ya no soy una niña y visto como quiero y voy donde me dé la gana!

—¿Rinoa, por qué me hablas así?... Sniff... ¿Por qué eres tan dura con tu papi, que tanto te quiere?... Puedes ir vestida como quieras y puedes ir a donde quieras... como siempre...

—¡Jo, papá, aclárate de una vez!

—¡No sé lo que haces viniendo con SeeDs, con la fama de ligones que tienen! ¡Si alguno de ellos piensa en ti de forma que no sea como una chica a la que no se le puede rozar ni un pelo, que se vaya quitando la idea de la cabeza porque no pienso permitirlo!

«Glups...», pensó Squall.

—¡Tú te casarás con quién yo elija! —siguió el General.

—¡Yo me casaré con quien me dé la gana! ¿Verdad, Squall?...

—Eh... Pues... —El joven dudó qué decir por lo que optó por salirse por la tangente—: No hemos venido aquí a ser testigos de una estúpida conversación entre hija, padre, madre o lo que sea.

—Tienes razón —concedió Calway, mirándolo de extraño modo.—. Tenéis una misión que cumplir. Una misión en la que mi hija no pinta nada. Ella no es SeeD ni del ejército. Ella solo es una inútil e indefensa civil.

—En eso estamos de acuerdo —concedió Squall.

—¡Squall, papá! ¡Yo quiero ir y ayudar!

—¡Tú te quedas! —exclamaron los dos al unísono.

—¡Squall, yo te acompaño y es una orden! —replicó la muchacha.

—¡Tú no vas, y es una orden! —ordenó Calway.

—Lo siento, Rinoa —dijo Squall—; pero, según la pirámide de mando vigente, como en este caso tu padre manda en ti, yo no tengo más remedio que obedecerlo. Muy a mi pesar... —mintió muy satisfecho por haber encontrado la excusa perfecta para mantener a la muchacha alejada de la peligrosa misión.

—¡Jo!

—Rinoa, es lo mejor para ti... —estuvieron de acuerdo Zell y Selphie.

—Sólo serías un estorbo... —intentó hacerle ver Quistis.

—Preciosa —empezó Irvine—. Eh... —dudó ante la mirada asesina que el padre de la chica le había lanzado—. Quiero decir, intocable y apreciada compañera de lejos... es mejor para ti no implicarte demasiado...

—Y ya que no vas a ir —retomó Calway—, tampoco hace falta que estés aquí mientras les explico los detalles de la misión. Llamaré a Tatita para que te acompañe a tu cuarto.

El hombre cogió una campanita que había encima de la mesa de despacho y la hizo sonar siete veces, la señal para que acudiese Tatita.

Al poco apareció una gruesa y bajita mujer, cuyo tono de piel oscuro recordaba a la de Kiros y Trueno. La mujer tendría unos cincuenta años e iba ataviada hasta los pies con un vestido rojo a lunares con la falda muy acampanada gracias a las siete enaguas bien almidonadas que llevaba debajo. Tenía anudado a la cintura un pulcro delantal blanco con puntillas y se cubría los cabellos con un pañuelo blanco atado por la parte de arriba de la cabeza con un pequeño lacito.

—¡Señorita Rinoa! —exclamó al ver a la chica.

—¡Tatita! —dijo ella muy emocionada y corrió a refugiarse en los brazos de su tata; la mujer que había cuidado de ella desde que podía recordar.

—¡Señorita Rinoa!

—¡Buaaaaah! —Las dos lloraban a moco tendido.

Pasados los primeros segundos de emoción, Tatita separó a la muchacha y la estudió con ojos críticos.

—¡¿Pero qué ha hecho con su cinturita de avispa? —reprochó—. ¡Por lo menos ha aumentado tres milímetros! —calculó exactamente; era una experta en la materia y en atar corsés—. ¡¿No le dije que una señorita tiene que comer como un pajarito?

—Tatita, es que...

—¡Ni es que ni nada! Una señorita no debe atiborrarse como un carretero. ¡Ni beber cerveza!... Porque no habrá bebido cerveza, ¿verdad?

—¡Para nada! —se apresuró a negar Rinoa.

—¡Y menudas ojeras que me trae! ¡Vamos al cuarto que le voy a poner una mascarilla de pepino y un corsé para que recupere la figura!

Cogió a la muchacha de la mano y se la llevó a rastras ignorando sus protestas:

—¡Espera, Tatita!... ¡Squall, no me abandones en esta casa! ¡Recuerda tu juramento! ¡Squaaaaaaaaall...!

La voz de la chica se perdió en la distancia creando un vacío de ideas, movimiento y palabras:

... ... ... ... ...

—Eh... Esto... —balbuceó Zell, rompiendo la extraña situación de pausa—. Qué cosa más rara, jeje... —rió sin ganas—, eh... el padre, un jefazo del Ejército de Deling, y la hija, una cabecilla de un grupo revolucionario enfrentado a ese ejército y a su, bien conocida, tiranía... —comentó por decir algo.

—Esos son asuntos familiares privados y yo no suelo hablar de mis asuntos familiares con los desconocidos —espetó Calway, olvidando que unos minutos antes hasta les había contado sus planes de boda entre Rinoa y Edward Callen—. A vosotros no os interesa para nada lo que yo decida para el futuro de Rinoa.

—Un momento —intervino Squall—, no es que me interese lo más mínimo, que a mí, el futuro de Rinoa me es indiferente; pero, cuando hablamos del futuro de Rinoa, ¿estamos hablando de con quién se casará y cosas por el estilo?

—¡Por supuesto que yo decidiré con quién se casa mi única hija y adónde va!

—Y aparte de ese tal Edward, que por suerte, quiero decir, por desgracia ha elegido a esa tal Vela Suan, por lo que queda totalmente descartado como futuro esposo, no estaremos hablando de un tal Seifer, ¿verdad?...

—¿Seifer?... ¿Quién es Seifer?... —inquirió Calway, desconcertado.

—Ese crápula sin escrúpulos con el que se hizo novia cuando iba al internado de niñas pijas. Lo digo porque ya puede ir descartando la idea. Desgraciadamente, Seifer ha pasado a mejor vida... Mejor vida para él, claro, y peor para las pobres víctimas que se encuentre allí... —se vio obligado a matizar.

—¡Por supuesto que no permitiré que mi hijita se case con un crápula sin escrúpulos! Mi niña necesita un hombre de una edad parecida a la de ella. Ni más joven, para que cuando pasen los años no la deje tirada por otra más joven todavía, ni más mayor para que no la manipule gracias a su experiencia. Ese hombre también debe ser guapo, para no malograr la belleza del linaje de mi Julia que mi hija ha heredado y quiero que mis descendientes hereden. Además, debe ser fuerte, valiente, responsable, con carisma y cualidades de líder. Debe estar enamorado hasta las trancas de ella y estar dispuesto a, sin dudarlo ni un momento, arriesgar la vida por ella a pesar de que eso sea ir directo a una muerte segura como, por ejemplo... —El General buscó una situación que reflejase bien lo que decía—. ¡Ya lo tengo! Como, por ejemplo, en el hipotético caso de que ella fuese a la deriva por el espacio infinito, él debe ser capaz de tirarse al vacío espacial con un traje de astronauta a ver si suena la flauta por casualidad y puede recogerla cuando ella pase como un meteorito por su lado.

—Que ejemplo más imposible ha puesto —opinó Selphie.

—Sí, claro... —le dio la razón Squall, mientras pensaba que por suerte nunca le tocaría vivir una situación tan rocambolesca:

«Menos mal que lo que dice este hombre es un imposible porque si no,... ¡Un momento! Claro que no me tocaría vivir esa situación peliculera porque yo NO estoy nada enamorado de Rinoa...»

—Pero ya hablaremos de bodas más adelante, jaja —rió Calway.

—Claro, jaja... —rió también Squall.

—Y ella, ahora, se quedará en casa, jaja... —continuó riendo Calway.

—Sí, claro, jaja.. —siguió en el mismo tono Squall—. Pero sólo hasta que terminemos esta misión porque luego se viene conmigo... Por el contrato que tengo con ella, claro...

—Pero tú mismo has dicho —le recordó el General—: "según la pirámide de mando vigente, como en este caso tu padre manda en ti, yo no tengo más remedio que obedecerlo", citando tus propias palabras.

—Pero son dos casos diferentes —objetó Squall.

—Explícame las diferencias.

—¿Las diferencias?... Pues... en el primer caso es una débil civil en medio de un atentado perpetrado por SeeDs y en el segundo es una débil civil en medio de un grupo de SeeDs que le deben obediencia ciega. A ella y sólo a ella —especificó—. Y espero que cuando llegue el momento en el que me lleve a su hija, porque lo dice el contrato, no se entrometa.

—¿Y qué si lo hago?

«Este tío quiere tocarme los cojones», pensó Squall y, sin que se le inmutara ni un solo músculo de su expresión favorita, la de jugador de póquer, dijo en voz alta al tiempo que acariciaba la culata de su sable pistola:

—Yo, quiero decir, nosotros somos SeeDs a las ordenes de Rinoa y actuaremos como tales.

—Eso —se sumó Zell, boxeando con el aire y llenándolo todo de sal.

—¡Rinoa será una débil civil!... —exclamó Quistis, agitando su látigo, que milagrosamente parecía esquivar todas las obras de arte allí amontonadas—. ¡Pero es nuestra débil civil!

—Por Rinoa, lo que sea —se agregó Selphie, haciendo malabarismos con su nunchaku; uno de cuyos extremos, gracias al muelle incorporado en la última mejora hecha por la madre de Zell, salió por la ventana y despeinó al cortador de césped—. ¡Guau, qué bueno que está ese tipo! —La chica corrió a la ventana para observarlo mejor.

—¡A ver, a ver! —se sumó Quistis.

—Ey, ey, ey, colegas... No está tan bueno —opinó Irvine, quien misteriosamente y no se sabía cuándo se había acomodado en el sillón ergonómico y tenía los pies apoyados en la mesa de despacho. Se levantó de un saltó imposible con el que voló por encima de la mesa, apoyó el culo en el borde de la misma y afirmó—: Yo estoy mucho más bueno.

—No estés tan seguro —dijeron las SeeDs—. Ven y compruébalo por ti mismo. Y ponte las gafas —aconsejó Selphie.

—Pero si ya las llevo puestas... —indicó, desilusionado por lo poco que la chica parecía fijarse en él—. Además, nosotros hemos venido a cargarnos a la bruja, ¿no?... No a mirar a cortadores de césped por muy buenos que estén. ¿Por qué no hablamos de la misión primero? Luego, si salimos vivos de la misión, ya tendremos tiempo de mirar y de discutir por si Rinoa viene o se queda... ¿Squall, General?... —añadió.

Los dos hombres, plantados uno frente a otro, a muy corta distancia y con los ojos fijos en los del otro, parecían ajenos al resto. Se estudiaban en silencio.

—Me gusta tu mirada firme y tu resolución —declaró el General—. Tienes mi permiso para llevarte a mi hija.

—Gracias, a mi lado estará segura.

—Todo lo segura que puede estar una preciosa y apetecible chica —intervino Irvine— al lado de un joven de hormonas rebotadas que bebe los vientos por ella.

—¡Puedes llevarte a mi hijita, pero ojo con ponerle un solo dedo encima como no sea para sacarla de un peligro!

—¡¿Por qué desearía yo besar o acariciar a Rinoa?

—¡Squall, te sangra la nariz! —informó Zell.

—¡Es que me he dado un golpe! —mintió.

—Un golpe de sangre por lo calenturiento de su imaginación —especificó Irvine.

—¡Si quieres algo con mi niña, primero tendrás que pasar por la vicaría!

—¡Squall es contrario al matrimonio! —apoyó Selphie—. ¡El no quiere una novia, así que una esposa menos aún!

—¡A Squall le gusta estar solo! —apoyó también Zell—. Además, a él no le interesa Rinoa para nada, ¿verdad, Squall?

—No... Sí... claro, para nada... eso... me gusta estar solo... ¿Para qué quiero yo una dulce y bellísima chica que me ame y a quien amar y arriesgarme a ser felices para siempre?... Sigh...

—Una lástima que no te interese el matrimonio —opinó Calway—, porque un joven como tú es justo lo que mi hija necesitaría. Y que seas más pobre que las ratas no importa, yo tengo dinero por los dos. Pero, en fin, no voy a obligarte a nada.

—¿Por qué no hablamos de la misión? —suplicó Squall.

—Tienes razón... ¡Ya son las seis! —se alarmó Calway cuando, justamente en ese preciso instante, el precioso reloj cuco, de valor incalculable, cantó las horas—. Pasaré a detallaros la misión con pelos y señales. Mirad.

El hombre quitó la lona que cubría la mesa del centro de la estancia y todos pudieron ver una maqueta, pésimamente hecha, de Deling... o eso supusieron, más que nada por el gran cartel que decía: "Maqueta de Deling".

—La he hecho yo con mis propias manos —declaró Calway muy orgulloso de su obra.

«Ahora entiendo lo cutre que era la maqueta que hizo Rinoa del asalto al tren: herencia paterna...»

—Primero os haré un resumen y luego pasaré a los detalles —dijo Calway, adoptando el aire serio adecuado a la situación—: Hemos descubierto que tras el discurso de esta noche la bruja pretende desplazarse e instalarse en el Jardín de Galbadia, que ha elegido como base de operaciones. Este es el verdadero motivo por el que los Jardines se mojan: los jefazos temen que ella se haga con el poder y les corte el chorro de giles. Por otra parte, una facción de los militares de Deling teme que la bruja se haga con el poder en toda Galbadia, con las mismas consecuencias para ellos que para los Jardines. Por ello, ante un mal común que amenaza con acabar con la estabilidad económica conseguida con el sudor del pueblo llano y, de pasó, amenaza con acabar con la vida de muchos inocentes y así dejar las cifras de paro en cero, hemos decidido dejar las rencillas de lado y unirnos. Para acabar con la bruja hemos ideado la Operación Filete de Anchoa, y vosotros seréis los encargados de llevarla a cabo.

—¿Operación Filete de Anchoa?... —preguntó Selphie con curiosidad—. ¿Por qué ese nombre?

—Bueno... También pensamos en llamarla Operación Boom Furioso por el espíritu suicida de estos monstruos; pero al final resolvimos llamarla Operación Filete de Anchoa por la alta probabilidad, un 99,99%, de que los incautos, quiero decir, los intrépidos SeeDs que se encarguen del atentado acaben hechos filetes a mano de la bruja.

—Nosotros volveremos de una pieza —afirmó Squall—, tengo una promesa que cumplir —especificó recordando el juramento a Rinoa.

—¡Iiiiii! —Quistis sintió que todos los pelos se le ponían de punta—. ¡No digas eso, Squall! —reprendió—. ¡Que en todos los relatos románticos que leo, cuando algún personaje promete que volverá, ese muere fijo!

—Esto ni es un relato romántico ni es la vida real. —Le hizo ver Squall—. Esto es una parodia de cuatro discos y dudo mucho que el personaje principal muera en el primero.

—¡Jo, macho, cuánto sabes! — Zell se admiró, una vez más, de la gran sabiduría de su líder.

—Sí, claro... —dio la razón Calway mientras recordaba que en el FF7 uno de los personajes principales moría al final del primer disco, y eso que la historia era de tres—. Pero dejemos de lado la tontería esa de si vas a morir seguro o casi seguro y sigamos con la misión. Os dividiréis en dos grupos: el del líder, con el francotirador; y el secundario, que sólo tendrá que pulsar una palanquita. La ceremonia de presentación oficial de la bruja empezará en el la Residencia Presidencial. Allí la bruja dará un discurso y cuando termine empezará el desfile por la ciudad. Este majestuoso edificio de aquí —señaló Calway una extraña e informe construcción en cartulina— es la Residencia Presidencial. Cuando se abran las puertas para que salga la carroza de la bruja, el grupo del líder aprovechará para colarse en el edificio, buscar la Torre del Reloj y ocultarse en la parte superior a esperar que el ridículo mecanismo de las horas se ponga en marcha a las 20:00:00 y salgan los horribles muñequitos; momento ideal para vislumbrar a la bruja y dispararle con el magnífico rifle que allí hemos ocultado. Cuando la carroza de la bruja salga de Residencia Presidencial se irá hacia la izquierda de la plaza y recorrerá la D-30, la carretera circular que da la vuelta a la ciudad para finalizar de nuevo en la plaza por la derecha. Así... —El padre de Rinoa cogió un cochecito de plástico, al que le había puesto encima un recortable con cara de pocos amigos y colmillos, que se suponía que era la bruja, y lo movió por la supuesta plaza hacia la D–30, por la izquierda—. Triqui, triqui, triqui, triqui... —acompañó con efectos sonoros del chirriar de las ruedas—. Chinchinpún, chinchimpún, chinchimpún, laralá... A la carroza le acompañará un grupo de música y un grupo de baile —explicó—. La carroza necesitaría más tres horas para recorrer toda la D–30 pero, por misterios del destino, sólo usará una. Así que llegará por aquí... —Sacó la carroza por la derecha de la plaza—. Triqui, triqui, triqui, triqui... Y se irá recta hacia el Arco de Triunfo, que es este. —Señaló a una pieza de construcción de madera roja, en forma de arco, colocada en medio de la gran avenida situada frente a la Residencia Presidencial—. A las 20:00:00 en punto, ni un segundo más ni uno menos, la carroza pasará debajo del Arco de Triunfo. Entonces, el grupo secundario, que habrá entrado previamente en el Arco de Triunfo y subido las escaleras que hay nada más entrar, pulsará la única palanca que allí encontrará... ¡Plic! —imitó el sonido de la palanca—. Esto hará caer dos verjas de hierro... ¡Zas, Zas! De modo que la carroza quedará atrapada bajo el Arco de Triunfo. En ese mismo momento, el reloj de la Residencia Presidencial habrá subido para dar las campanadas y el francotirador disparará... ¡Baaaang! —El sonido de la bala le quedó un poco grave—. El líder es crucial en esta operación. Si el francotirador falla, lo que es casi seguro porque aún no hay bala que atraviese el escudo de protección que la bruja levantará en cuanto se percate de lo que ocurre, será el líder el que apechugue con las consecuencias. —El general Calway cogió un recortable que representaba un SeeD con cara de determinación dibujada y las letras RIP escritas en la frente. Lo situó en la parte de arriba del Residencia Presidencial e imitó un salto hasta la plaza—. ¡Plinc! El líder tendrá que ir corriendo a que la bruja le dé la del pulpo por si, por algunas de esas raras casualidades del destino, tiene suerte, pero que muchísima suerte, y él solo consigue lo que no han conseguido los innumerables comandos kamikazes que hemos enviado hasta ahora a intentar eliminar a la bruja —dijo mientras movía el recortable del líder hasta donde había dejado la carroza. Una vez allí cogió el recortable de la bruja y enfrentó a ambos—. ¡Toma, toma, bruja fea! ¡Estúpido SeeD, ¿te crees que vas a poder conmigo? ¡Toma, magia gorda: Fiiiiiiuuuu! ¡Aaaaarg, qué hechizo tan poderoso! Fiiiiiiiiuuuuu! ¡Aaaaarg, muero, qué bruja tan poderosa!... ¿Quién será el líder?

—Squall —contestan todos menos él.

—¡¿Yo?

—Qué espíritu de sacrificio, sigh... —se emocionó Calway—. Si es que, cuando yo digo que mi niña necesita un hombre como tú... Sigh... Lástima que no te interese para nada Rinoa... Y lástima que lo más probable es que termines hecho filetes... Sigh... Si no mueres, intentaré recuperarte lo más entero posible... Sigh... Y si sucumbes, intentaré que tus restos reciban los honores que mereces... antes de que te arrojen como comida para Alagares... Sniff...

—¡Jajajaja! —rió Selphie, en un intento de desdramatizar la situación—. ¡Seguro que, cuando Irvine falle, Squall lo consigue!

—¡Ey, que yo no pienso fallar! —declaró el vaquero, dolido por la falta de confianza de la chica—. ¡Yo soy el mejor francotirador de todos los Jardines!

—Y el único... —le señaló Squall mientras se encomendaba a todos los dioses habidos y por haber, y a los extraterrestres, por si acaso... Y al tipo ese que decía haber sido abducido por los extraterrestres, también... Toda ayuda sería bienvenida.

—Eso es un detalle sin importancia —decía Irvine.

—¡Yo lideraré el segundo grupo! —saltó Quistis—. Para algo soy la heroína de la Campaña de La Tercera Rebelión de los Monstruos.

—Por mí, bien —dijo Calway—. ¿Alguien tiene algo que objetar?...

—Jo, siempre le toca a ella ser la líder del grupo secundario —se quejó Zell.

—No te pongas triste, Zell —animó Selphie—, piensa que cuando se complican las cosas el líder siempre se lleva la peor parte. Y también se lleva los puros. Y, con lo gafe que tú eres, seguro que todo te saldría fatal. Sin embargo Quistis, por muy patética e inútil que sea, goza de un parámetro suerte muy elevado. Igual que yo, jiji...

—Sigh... Tienes razón...

—Mira, Zell —se unió Quistis a levantar la moral del rubio—, algún día muy lejano, quizás cuando a las ranas les salga pelo, tu parámetro suerte habrá aumentado lo suficiente como para que puedas ser líder de un grupo secundario, pero de momento eso es impensable.

—Es verdad... —reconoció el karateca.

—¿Todo claro entonces? —preguntó Calway.

—Sí.

—¿Y habéis entendido bien todos los puntos de la Operación Filete de Anchoa?

—Sí.

—Especialmente tenéis que tener muy claro que, en el caso de que en lugar de mataros os pillen y se enteren de que sois SeeDs en lugar de unos locos desquiciados con muy poco aprecio a la vida, tanto los Jardines como la facción del ejército que han ideado la operación se lavarán las manos. Y, si es preciso, jurarán por todos sus muertos que ha sido un atentado perpetrado por un grupo de SeeDs locos y rebeldes.

«Lo de siempre...», pensó Squall.

—¿Os ha quedado claro?

—Como el agua cristalina —respondió el líder.

—Vale, pues como nos sobra algo de tiempo, os lo explicaré todo de nuevo desde el principio, por si acaso: Hemos descubierto que después del discurso de esta noche la bruja pretende desplazarse al Jardín de Galbadia, que ha elegido como base de operaciones. Este es el verdadero motivo por el que los Jardines se mojan: los jefazos temen...

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Mientras tanto, en la habitación de Rinoa...

—¡Contenga la respiración, señorita Rinoa! —ordenaba Tatita al tiempo que, con un pie apoyado en el trasero de la chica, con las manos tiraba de los cordones del corsé.

—¡Aaaaaarg! ¡Casi no puedo respirar! —se quejaba Rinoa.

La muchacha estaba fuertemente cogida a una de las columnas de su cama con dosel mientras su tata intentaba ajustarle el corsé lo más estrecho posible.

—¡Si hubiese comido como un pajarito, como le aconsejé, no hubiese aumentado los tres milímetros y ahora no tendría que someterla a una sesión de corsé! —le recriminó a su niña—. ¡No respire! —ordenó mientras tiraba con más fuerza.

Rinoa le hizo caso, si era preciso moriría asfixiada, lo que fuese con tal de que la tortura terminase pronto.

—¡Ya está! —declaró triunfante Tatita—. ¡Ahora túmbese en la cama que le voy a poner una mascarilla de pepinos!

A saltitos, debido a las tablas de madera que la dulce tata le había atado a las piernas para que mantuviese la postura erguida, Rinoa se dejó caer en la cama boca arriba.

Tatita le llenó el rostro de rodajas de pepino y luego contempló satisfecha su obra.

—Perfecto —dio el visto bueno—. Ahora relájese y duerma toda la noche y mañana estará tan guapa y elegante como siempre. Volveré por la mañana con el desayuno: una cucharada de leche en un vaso de agua. Lo mejor para una chica que quiere mantener la línea —aseguró y se sacó del bolsillo un bocata de jamón al que le dio unos cuantos mordiscos—. Ñam, ñam...

—Lo mejor para una chica que quiere vivir poco... —opinó Rinoa. Pero la falta de aire en los pulmones a causa de lo apretado del corsé hizo que la voz le saliese tan bajita que ni sonó.

Tatita levantó una rodaja de pepino de la frente de la chica y le dio un sonoro beso:

—Muac, mi niña preciosa y rebelde —dijo con supremo amor, después dejó la rodaja en su sitio—. Entre su padre y yo la vamos a meter en cintura y le vamos a buscar un marido apropiado.

—Piedad... —balbuceó, sin sonido, Rinoa.

—Que duerma bien y que sueñe con los angelitos.

En cuanto Tatita salió, Rinoa intentó inútilmente librarse del corsé. Pero la falta de aire la dejaba sin fuerzas.

«Socorro...», pidió mentalmente, mientras intentaba reunir todas las fuerzas que le quedaban para hacerlo de una manera audible.

Boko y Shiva acudieron muy preocupados por el extraño tono azulado que su dueña estaba adquiriendo. La chica los miró con ojos suplicantes llenos de lágrimas.

—¡No puedo hacer nada! —se lamentó Shiva—. ¡Sólo puedo congelar! ¡Y, si congelo los cordones del corsé, también congelaré a Rinoa!

—¡Yo no puedo saltar sobre ella para hacer saltar el corsé! —lamentaba El Señor de las Plumas, desesperado—. ¡La aplastaría a ella también!

—¡Y con los dedos tan grandes que tengo, no puedo deshacer el nudo!

—¡Yo ni siquiera tengo dedos!

—Socorro... —consiguió por fin decir la chica con un hilillo de voz, tan bajito que ni se percataron los dos Guardianes.

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—Un momento... —interrumpió Squall las explicaciones de Calway—. ¿No os ha parecido oír como un lamento desesperado?

—No hemos oído nada —respondieron todos—. Serán imaginaciones tuyas.

—No sé... de repente me han entrado unas ganas tremendas de irme corriendo de esta habitación, subir las escaleras y buscar el dormitorio de Rinoa...

—Jefe —intervino Irvine—, debes controlar tus ganas de cepillarte a Rinoa hasta que acabemos con la misión.

—¡¿Cómo? —berreó Calway.

—Esto... Quiero decir, tus ganas de cuidar de Rinoa... Jeje, es que he pronunciado mal —improvisó.

—Aah...

—Sigamos con la explicación —suplicó Squall.

—Como iba diciendo...

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En la cocina...

Charco, cómodamente tumbado sobre la tripa, roía con sumo placer un gran y suculento hueso que sujetaba entre las dos patas. De pronto, paró de masticar y, sin mover ni un solo músculo del cuerpo, alzó la oreja derecha...

—¡Guau! —exclamó.

El perro se levantó de un saltó, olvidándose del festín, y se largó corriendo de la cocina...

—¡Ey, perrito, vuelve, que si te escapas Fermín nos va a echar el puro!

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—¡Guau, guau, guau!

Charco logró abrir a cabezazos el dormitorio de Rinoa y se precipitó, raudo y veloz, a salvar a su dueña.

—Gracias... Charco... —musitó ella, con ese tono perceptible sólo para los capaces de oír ultrasonidos.

El can se subió a la cama, volteó con las patas a Rinoa y se lió a bocados con los cordones.

—Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah... —Los pulmones de la chica se llenaron de aire—. ¡Gracias, Charco! ¡Muac, muac! —besaba y abrazaba muy emocionada a su mascota—. ¡Me has salvado de morir asfixiada! ¡Ahora estamos en paz! —afirmó, recordando muy emocionada el día que se conocieron, cuando lo encontró boca abajo en un charco—. ¡Muac!

—¡Guau, guau! —ladró feliz y le dio un lametazo de primera.

—¡Bien, viva Charco! —vitorearon Boko y Shiva, y después se retiraron.

Rápidamente, la morena se quitó las maderas de las piernas y los trozos de pepino de la cara.

—Bueno, ahora que soy libre... ¡Tengo que hacer algo para que la bruja no se cargue a Squall igual que hizo con Seifer! ¡Y de paso les demostraré a todos que no sólo soy una débil e inútil civil!... Pero... ¿qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? —se preguntaba mientras daba vueltas sin rumbo fijo por su dormitorio. De pronto su vista se fijó en una estantería llena de libros que Tatita había ordenado por colores y tamaños, olvidando cualquier consideración a la temática—. ¡Ya sé! ¡Consultaré un libro de autoayuda! —decidió, convencida del gran poder, más allá de lo divino, de este tipo de libros—. ¡Este servirá! —Cogió el titulado Cómo controlar a la bruja que llevas dentro y buscó afanosamente algo que pudiese servirle—: A ver... "El poder de una bruja sólo puede ser neutralizado con el Brazalete de Odín, un objeto único en el mundo. Si alguien consigue este preciado y buscado objeto, en paradero desconocido, y luego consigue ponérselo a una bruja, por muy poderosa que ésta sea, mientras lo lleve puesto el brazalete anulará todos sus poderes y la convertirá en una débil e inútil civil más. Y san se acabó. Y todo arreglado, porque la bruja no puede quitárselo personalmente debido al fuerte repelús que le produce la idea de tocarlo." —Leyó en voz alta, suponemos que para que Charco se enterase—. Un Brazalete de Odín... ¿Y de dónde saco yo un Brazalete de Odín?... A ver qué pone en el libro... "como ya sabrás, querido lector, como buen libro de autoayuda que soy te recomiendo que busques las respuestas en tu interior. Busca en tu zona errónea, profunda, mística, insondable y cierta. Concéntrate, filosofa, cómele el tarro a tus vecinos y no dejes que la pajilla acumulada por tantos años de lavado cerebral, previos al momento más importante de tu vida, el momento en el que compraste y leíste este libro, impida que puedas asimilar estas enseñanzas y que tu cerebro sea reprogramado de nuevo."... A ver, me concentro en mi interior... Busco... Mm... ¡Un Brazalete de Odín! —exclamó de pronto como si hubiese descubierto la vacuna contra la estupidez humana.

Rinoa tiró el libro sobre la cama y corrió a un arcón donde guardaba sus más preciados tesoros: juguetes y demás cosas de la infancia. Tecleó la clave de catorce cifras necesarias para que se abriese el candado de seguridad y luego rebuscó entre sus objetos.

—¡Aquí está! —Alzó triunfante el preciado tesoro—. ¡De pronto recordé que había un Brazalete de Odín en el kit de bruja que mi abuelita me regaló cuando yo era pequeña para que me disfrazase en Halloween! ¡Corramos a comunicarle la buena noticia a Squall!

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—Bueno, será mejor que nos vayamos a ir ocupando posiciones —dijo, por fin, Calway para alivio de Squall, que ya estaba harto de verlo jugar con la maqueta y con los recortables—. Yo os acompañaré.

El General salió de la estancia seguido por Squall e Irvine. Cuando Selphie y Zell intentaron ir tras Squall, una fuerza sobrehumana e invisible les impidió traspasar el marco de la puerta: ahora la líder de su grupo era Quistis. Ambos se giraron hacia la líder del grupo secundario y la pillaron muy concentrada en sus uñas.

—Esperad un momento que se me ha roto una uña —ordenó la rubia mientras se la limaba.

Los dos SeeDs obedecieron, ¿qué remedio?

—Bueno, ya he terminado... ¿a que me ha quedado muy chula? —enseñó el perfecto limado, fruto de años de práctica.

Como un torbellino, Rinoa entró en la habitación.

—¡Squall!... ¡¿Squall?... ¿Dónde está Squall?...

—Ya se ha ido —informó Selphie.

—Ahora nos vamos nosotros también —dijo Zell.

—YO soy la líder del grupo secundario —le comunicó Quistis—. Tenemos una importante misión: pulsar a las 20:00:00 en punto una palanquita. Parece poca cosa pero, si no lo hacemos, toda la misión fracasará y Squall, que estará esperando en la Residencia Presidencial, donde en estos momentos está la bruja para inaugurar el festejo, se verá obligado a perseguir a la carroza por todo Deling. Y entonces seguro que lo pillan y lo ejecutan.

—¡No es preciso que Squall arriesgue su vida! —exclamó Rinoa—. ¡Mirad! ¡Es un Brazalete de Odín!

—¡Qué bonito! —exclamaron los SeeDs.

—Eso carece de importancia —dijo Rinoa—, lo importante es que este objeto puede anular totalmente los poderes de la bruja, por lo que ya no será preciso ni matarla ni que Squall arriesgue su vida. ¡Sólo hay que ponérselo a la bruja y listo! —concluyó feliz.

—¡Guau! —estuvo de acuerdo Charco.

—Sí, claro... —dijo con sorna Quistis—. Cómo se nota que no tienes ni idea. ¡Tú lo ves todo muy fácil!... Vale que el brazalete tenga esos poderes, pero... ¿Pretendes que se lo pongamos a la bruja?... ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por dónde?...

—Pues... lo pensamos entre todos —respondió Rinoa.

—¡Estás loca! —afirmó Quistis—. ¡Con lo bonito que es el brazalete, sería un desperdicio! ¡Y además, debe de ser carísimo! ¡Cómo se nota que no eres una SeeD y no sabes apreciar el valor de las cosas! ¡Esto no es un juego de niños donde si le pones a una bruja un brazalete luego lo recuperas! ¡Esto es real! ¡Y, si se lo pones, te quedas sin él! ¡Eres una niña consentida acostumbrada a hacer lo que le da la gana! ¡A ver si maduras y eres consciente de tu extrema debilidad! ¡Te recuerdo que solo eres una débil civil así que deja el trabajo duro para los profesionales!

—Sigh...

—¡Vamos, equipo secundario, una importante misión, en la que no tienen cabida los torpes civiles que solo darían faena, nos espera! —Quistis abandonó la estancia.

—Hasta luego, Rinoa... —se despidieron, apenados por la chica, Zell y Selphie.

Rinoa adoptó, de espaldas a la puerta, la postura de cuclillas en la que se ponía cuando estaba muy abrumada o asustada. Charco se echó a su lado, con la cabecita apoyada entre las patas y carita de pena.

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—Aquí está la puerta de entrada al Arco de Triunfo —les dijo el coronel Calway a Quistis y su grupo cuando llegaron bajo el arco—. Sólo tenéis que entrar, subir por la escalera que encontraréis y esperar junto a la palanca a que la carroza pase por debajo. Os dejo, voy a acompañar al grupo principal a su sitio.

En cuanto el coronel, Squall e Irvine desaparecieron por el cambio de pantalla, ante la inmovilidad de Quistis, Selphie le dijo:

—¿A qué esperamos para entrar y ocupar posiciones?

—Estoy pensando...

Diez minutos después...

—Quistis, será mejor que entremos...

—Es que... ¡He sido demasiado dura con Rinoa! ¡Tengo que ir a disculparme con ella!

—¡Pero ¿y la misión? —señaló Zell.

—¡Tenemos tiempo de sobra! La casa de Rinoa está muy cerca. ¡Esperadme aquí! —ordenó, como si pudiesen hacerlo.

Zell y Selphie se vieron arrastrados por su líder hacia la mansión.

Mientras tanto...

El coronel Calway, tras dejar a Irvine y Squall camuflados entre el grupo de civiles que delante de las puertas de la Residencia Presidencial esperaba el discurso de la bruja, ya había regresado a su casa. Entró en la sala y encontró a su hija en la posición de cuclillas...

—Veo que estás enfadada...

La chica, de espaldas a su padre y sin moverse, alzó la mano y la movió en un gesto que el General entendió a la perfección: "déjame en paz, pesado, que eres tan pesado como todos los padres y no te enteras de nada, que estás fuera de onda y te has quedado anclado en el pasado. Plomo, que parece que tu objetivo y tu misión en la vida es hacerme la vida imposible. Yo ya soy una adulta y sé perfectamente lo que me conviene y lo que es mejor para mí, a pesar de que mi experiencia en la vida sea cero."

El General no entró a trapo en la pataleta muda de su niña, sino que le dijo:

—Aquí estarás segura, que no te enteras, que te crees que lo sabes todo, que sabe más el diablo por viejo que por diablo, que solo eres una niña ignorante sin experiencia de la vida que se cree de vuelta de todo. Yo sí sé lo que te conviene y te obligaré a hacerlo aunque tú no quieras porque soy tu padre y quiero lo mejor para ti.

Vamos, el típico encuentro generacional...

—... —Rinoa no se dignó a replicar.

—Por cierto, una lástima que no le intereses lo más mínimo a ese chico, Squall, porque harías muy buena pareja con él. Pero lo dejas frío, sólo va contigo por exigencias de contrato... En fin, me veré obligado a buscarte otro marido... Me voy.

—Sigh...

Plic, plic, plic, plic, tecleó el General en un pequeño panel junto a la puerta y se marchó.

«Esta puerta se cerrará a cal y canto en diez segundos», empezó a oírse al tiempo que aparecía una cuenta atrás en la parte superior derecha del paisaje.

—¡Charco, mi padre pretende encerrarnos! ¡Huyamos! ¡Nada más salir de la casa hay una boca de alcantarilla! ¡Conozco un atajo por el alcantarillado que nos llevará directos a la Residencia Presidencial!

—¡Guau!

Ambos salieron a toda pastilla del cuarto trampa.

Unos segundos después, Quistis y su grupo irrumpieron en la estancia.

—¡Rinoa!

«Esta puerta se cerrará a cal y canto en cuatro segundos.»

—¿Dónde se ha metido? —se preguntó la rubia.

—Quistis, algo me dice que tenemos que irnos rápidamente —comentó Selphie.

—¿Será la cuenta atrás? —opinó Zell.

—¡Ahora no es momento de preocuparse por cuentas atrás!

«Esta puerta se cerrará a cal y canto en un segundo.»

¡Plank, plak, plak! La puerta se cerró de un portazo, lo mismo que los dos ventanales, y se pasaron todos los cerrojos de seguridad: ¡clic, cloc, cluc, clac, clec!

—¡Nos hemos quedado encerrados! —exclamaron Selphie y Zell.

—¡¿Cómo? ¡No es posible! ¡Sin nosotros la misión fracasará y antes de matarlo degradaran a Squall! ¡Jamás nos lo va a perdonar!

—¡Es verdad! —se percataron, horrorizados, Zell y Selphie.

— ¡Tenemos que hacer algo!

—¡Busquemos otra salida!

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Notas de autora: ¡Hola a todos de nuevo! En primer lugar quiero pedir disculpas a los fans de Crepúsculo, espero que ninguno se ofenda por la referencia que hago a los personajes principales, os recuerdo que esto es una parodia^^. Y luego decir que la respuesta a las reviews que me habéis mandado están al final de la segunda parte.

Aclaración: Para evitar que algunos lectores, en vista de cómo se comportan los protas, llegue a una conclusión errónea, antes de que me lo preguntéis os diré: No me gusta la cerveza, ni el calimocho xD

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¡Muchas gracias a todos los que me leéis!

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Aclaraciones del capítulo:

Día D, hora H: Día D y Hora H lo usan los militares para el día (D, viene de day) y la hora (H viene de hour) en que se empezará una operación cuando aún no se sabe el momento o cuando quieren mantenerlo en secreto.

Cañas: No sé lo universal que será esta manera de decirlo XD; por lo tanto lo aclaro por si mis lectores del otro lado del charco no saben lo que significa: es la forma en la que decimos, por lo menos en Valencia, España, donde yo vivo, a un vaso de cerveza de barril. Cuando hablo de litronas me refiero a una jarra de un litro de cerveza.

Dinastía Ming: penúltima dinastía china. Son famosas sus porcelanas con colores distintivos azul y blanco: por ejemplo, sobre fondo azul motivos en blanco y viceversa. Son carísimas.

Ménage a cuatro: Supongo que os habréis dado cuenta, pero para los muy despistadillos, viene de "Ménage à troi", o lo que es lo mismo hacer un trío en la cama. En este caso sería un cuarteto, jaja.

¡A por el siguiente capítulo!

Y

¡Feliz 2010!