NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.

¡Hola a todos de nuevo!

Pues, aquí el capítulo nuevo de la Princesa. Sé que les dejé mucha incertidumbre en el capítulo anterior, creo que en éste chapter no les dejo mucha intriga, o al menos es mi parecer. Ojalá les siga gustando, las cosas ya se ponen feas para Katara.

Comentarios:

jinora96: lo sé, ya actualicé y espero lo disfrutes.

katitabender: bueno, Zuko dará un papel hipócrita de consuelo, pero no hacia Aang. En éste fic Zuko es casi tan malvado como Azula o hasta más, ya lo irás viendo. No tengo nada en contra del personaje, me fascina Zuko, pero debí hacerlo así para la trama.

Nieve Taisho: De la PC que sea, mientras me leas soy feliz :)

Helenil: uff,,, me alegro que te gustara la trama, lectora consentida xD. A la larga, espero en Dios te siga atrapando.

kaxiribra: ya continué :)

Kabegami Amaterasu: de hecho, he aquí las consecuencias de Katara. Lo de Aang lo veremos un poco más adelante, al siguiente chapter :)


Capitulo 12.

Encerrada.

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Hakoda gritó intensamente llevándose una mano hacia el abdomen. Cayó al suelo mientras se ponía pálido y comenzaba a vomitar, entre espasmos violentos. La gente se acercaba, la reina mandó llamar a un médico mientras se inclinaba frente a su esposo. Katara lo miraba impactada y pronto acudió al lado de su madre.

Pero no se necesitó a un médico para dar un veredicto. Todos sabían lo que le pasaba al rey: había sido envenenado. Por medio oral.

Uno de los coperos se acercó hacia las bebidas que tomó el rey y las analizó fríamente. Ni Kya ni Katara eran conscientes de eso, solo estaban pendientes de Hakoda, en el suelo y muriéndose lentamente.

—¡Fue el vino de la princesa!—declaró el copero—¡El vino está envenenado!

Todos los invitados voltearon hacia la princesa y la miraron con desconcierto, desprecio y asombro. El capitán de la guardia no esperó órdenes. La reina estaba en total estado de shock por esa noticia y se quedó inclinada, rígida y pálida.

El guardia dio un paso hacia Katara y la señaló.

—¡Guardias, atrápenla!

—¿Qué?

Katara no había reaccionado hasta ese momento. Al voltear, descubrió que todos esos guardias que la habían cuidado toda su vida la rodeaban con claras intenciones de lastimarla. No pudo creerlo ¿Estaban traicionándola acaso?

¡Había cosas más importantes que hacer! Como asegurarse que su padre pudiera recuperarse, llevándolo con un médico. Katara apenas fue consciente de cuando un soldado le lanzó la cadena de metal. Se encogió para esquivarla y fue entonces, cuando la adrenalina recorrió sus venas, que supo tendría que luchar.

Ella se levantó el vestido y corrió hacia la salida, prontamente interceptada. Pero el Palacio le ofrecía una ventaja: hecho de hielo. Los soldados, maestros agua, congelaron sus pies. Pero ella usó ese mismo hielo y salió de sus ataduras, usando el agua como escudo que desviara las cadenas.

Katara no había usado su Agua-Control desde que era una niña, hace como nueve o diez años. Apenas recordaba los movimientos y no tenía la fuerza, la condición ni la elasticidad para ejecutarlos con la misma maestría que cuando era niña. Asustada por el ataque, no pudo reaccionar de forma correcta y con la desesperación tomando control absoluto de su persona, mandó látigos de agua hacia cada soldado con la esperanza de que la dejaran en paz, sin notar que estaba rodeada.

Luchó lo mejor que pudo. Pero los soldados aprovecharon sus movimientos y en un descuido, su mano derecha terminó atrapada por la cadena. Katara usó un látigo con la mano izquierda para deshacerse de los hombres que se le acercaban, y luego trató de romper la cadena sin éxito. Fue cuando otra cadena la cogió de la otra mano.

Cuando vio a su hija atacada y tratada como a una criminal, Kya reaccionó. Los paramédicos estaban trasladando al rey hacia el cuarto de sanación y la reina gritó.

—¡No!—con mucha fuerza—¡No, deténganse! ¡Es mi hija!

Pero dos guardias la interceptaron para que no pudiera acercarse y la alejaron de la zona de combate. Kya lloró amargamente viendo a su hija.

Katara se removía inquita y aún con las muñecas atrapadas sus dedos se movían causando pequeños estragos en el suelo que, sumadas a las vueltas que dio sobre sí misma, consiguió crear una especie de hola. Pero el capitán se estaba cansando y él mismo usó sus cadenas.

Katara estaba gritando histérica cuando otra cadena de metal la rodeó por los hombros. Más cadenas aparecieron y pronto la princesa estaba tumbada en el suelo, desfallecida por el cansancio, con el cuerpo contorsionado en formas dolorosas y las cadenas cubriendo cada parte de su cuerpo.

—Llévensela—ordenó el capitán.

Los soldados, que no podían dejar de ver en ella a su princesa, la cargaron con delicadeza hacia las mazmorras donde el capitán los conducía. La puerta se cerró, los invitados estaban en estado de pánico. La reina llorando en el suelo, incapaz de mantener el porte.

Arrastraron hacia Katara hacia las partes bajas del palacio, llegando a una zona que la princesa no conocía. Esa parte subterránea era la más fría del Polo Sur y siguieron el mismo estrecho, oscuro y helado pasillo hasta la celda más lejana. La más aislada. Donde no se oía ni un solo ruido y la oscuridad era tal, que no se podía ver ni un dedo de su propia mano.

Le reacomodaron las cadenas. La dejaron en esa oscura celda, colgando de sus propios brazos sin que sus pies pudieran tocar el suelo. Y se fueron.

Katara se sintió flotar y el dolor intenso en los hombros. No podía ver nada, más que una tenue luz en donde estaba la puerta de metal. Ella observó a los soldados mirarla con desdén.

—No por favor—les suplicó, viendo el mugriento y asqueroso lugar donde estaba—No.. ¡NO!

La puerta se cerró, llevándose toda luz.

Y toda esperanza.

-o-

El Polo Sur estaba conmocionado ¿Su amada princesa, modelo de elegancia y belleza, había sido la autora de tan infame crimen? Todos en el baile fueron testigos de cuando la princesa le ofreció a su padre orgullosa tal obsequio. Y de cuando el rey bebió la copa rebosante de vino.

El Rey Hakoda estaba en cuidados intensos y su salud era tan débil que pensaban podría llegar a morir. La Reina Kya, acomplejada y dolida, mucho trató de hacer para sacar a su hija de esa prisión tan espantosa donde estaba metida, pero no pudo. Las leyes eran claras en ese asunto, la princesa era acusada de traición. En su dolor, ella misma enfermó.

Pero ¿Por qué no se le hizo un juicio justo? ¿Por qué no se buscaron las pruebas? ¡Ella era la princesa! El capitán no podía coger a quien quisiera y encerrarlo sin una orden previa ¿Por qué, en ésta ocasión, se le permitió y además, contra la heredera de toda la Tribu?

Del mismo modo que en la Ciudad Imperial, las Diez Ciudades no sabían cómo responder. Los alcaldes y gobernantes que estaban en el baile regresaron a sus respectivas ciudades con los ojos bien abiertos. Algo se estaba tramando, algo muy grueso y malo, y no querían que los tomaran desprevenidos de la misma forma en que tomaron a la princesa.

Pero, también estaba otra cosa ¿Por qué la princesa luchó contra sus agresores, si era inocente? ¿Por qué se mostró tan asustada y culpable? Tal comportamiento solo revelaba que bien pudo haber sido la que envenenó a su padre.

El vino fue analizado y se encontró en él un mineral especial originario de la Nación de Fuego, que aún en pequeñas dosis es capaz de matar a una persona. Katara, sin que estuviera presente en la corte, fue acusada de alta traición y condenada a pasar el resto de su vida encerrada en las mazmorras, donde su nombre sería borrado por la vergüenza de la Nación y su existencia reducida a la nada.

Katara se vio por enterada de ese veredicto y de echó a llorar. Fue trasladada a otra celda donde ya no estaba encadenada, pero sí sumida en la misma miseria que antes. Exigió usar sus derechos, después de todo, sabía absolutamente todo sobre las leyes, pero no pudo. Nadie la escuchaba. Nadie la visitaba.

Estando encerrada y aislada, lo primero que sintió fue dolor y depresión. Toda la tranquila vida que llevó se desmoronó en menos de un instante. Su padre estaba muerto, su madre enferma por el dolor, su hermano sabrá Dios en dónde. Y Aang…

Aang… ¿No había sido él quien mandó el vino? El horror invadió la mente de Katara cuando se dio cuenta de quien fue el verdadero responsable de ese espantoso crimen ¡Por eso le pidió que lo diera en su nombre! Los recuerdos de Aang, en el baile, en el Templo, en el palacio. La bella vida que llevaron. Ese amor profundo ¿Todo fue acaso un sueño? ¿Todo fue un engaño?

El llanto de dolor pronto se convirtió en la más intensa de las iras. Desesperanzada como estaba, el odio de Katara por ese hombre que la encerró en aquel horrible lugar fue su motivación. Ella saldría de ese lugar, costara lo que le costara, escaparía, encontraría al Avatar y le haría ver su suerte.

¡Ella cobraría su venganza! Los espíritus serían testigos de que cada lágrima derramada y dolor que sintió se le regresarían con creces.

Hecha un ovillo en la celda, muy pocas veces la alimentaban y sus ropas estaban demostrando ser inútiles para protegerla del intenso frío. Estaba débil. Pero los tenues rayos de la luna se colaban durante la noche a su celda y ella podía sentir cómo la bendecía con sus dones, dándole más poder.

El collar en forma de Luna Llena que su madre le regaló al cumplir los dieciséis años tenía una intensa energía. Sin nada que hacer en ese horrible lugar, Katara pudo meditar durante las noches y sentir toda esa energía lunar recorrer su cuerpo varias veces, haciéndose una con la luna.

Y en su mente recordó cada lección de su abuelo cuando le enseñaba a usar el Agua-Control. Las repetía, pasaba el día entrenando, meditando, haciendo ejercicio, sintiendo cómo su cuerpo gritaba feliz de volver a usar los poderes con los que fue bendecido.

Con los que podría escapar.

-o-

—¡Eres un maldito!—gritó Toph, llorando desgarradoramente en su celda—¡MALDITO!

—Por favor Toph, cálmate—le recomendó Lu Ten desde su celda.

—¡NO, no lo haré! ¿Cómo puedes ser tan infeliz y maldito?—escupía las palabras con odio—¡Un malnacido, eso eres! ¡Un bastardo!

—¡Cállate!

Gritó el príncipe de la Nación de Fuego, mientras veía las llamas que crecían en el fondo del túnel. Quemaban lentamente las paredes y todo lo que rodeaban. Soldados están cerca, verificando que el príncipe estuviera a salvo y los presos no escaparan.

Zuko le lanzó dos rayos a Aang que destruyeron por completo las catacumbas, colapsando encima del Avatar. Se escucharon los gritos de Aang por todas partes mientras su cuerpo era apastado por la piedra; no satisfecho con eso, Zuko prendió un fuego voraz que estaba destruyendo los túneles subterráneos.

—Digan que fueron unos invasores anónimos—declaró Zuko a dos soldados—Explíquenle todo a mi padre y díganle que el Avatar está muerto. Se lo explicaré yo en persona en breve.

En ese momento entró la princesa Azula.

—Vaya Zuzu, debo admitir que no pensé que podrías hacerlo—dijo la princesa, sin burla y con orgullo—Eres todo un príncipe.

—Me debía muchas cosas.—respondió Zuko con voz contenida, apretando los puños.

Había en la mirada de Zuko algo que le causó a Azula la sensación que jamás pensó experimentar: miedo. Zuko veía las llamas crecer, consumiendo al ser que tanto odiaba con un regocijo y felicidad tal, que la princesa retrocedió un paso. Aquel ser movido por la ira y el odio no podía ser el hermano con el que creció. Pero le gustaba.

Colocó una mano sobre su hombro.

—Vamos Zuko, debemos notificarle a papá.

—Tienes toda la razón.

—Los espíritus perdonen lo que están haciendo—habló Lu Ten, con tristeza de ver a sus primos convertidos en unos monstruos asesinos.

—Cállate—replicó Azula—No entiendo por qué siguen vivos. Espero que papá tenga grandes planes.

Los dos príncipes se fueron y dejaron a la pareja sola.

Pero Toph estaba fuera de sí. Lágrimas corrían por sus mejillas. No podía creer lo que acababa de pasar y menos que fue una testigo imponente. Lu Ten miraba a su novia con dolor y él mismo lloraba. La impotencia era la peor de las sensaciones y se sentía la peor persona del mundo. No sabía qué hacer para escapar. Pensaba en su padre, quizá muerto. Y sobre todo, en lo que el mundo estaba a punto de vivir.

—Amor, yo…

—¡No!—gritó Toph, golpeando con sus manos la prisión de hierro donde estaba—¡No!

Pero entonces algo ocurrió. Había golpeado tan fuerte la celda, que le causó vibraciones. Sus pies sensibles a estos movimientos pudieron sentir toda la forma de aquella prisión y, entre los componentes del metal, Toph vio algo que no había visto antes.

Trozos de tierra.

Jadeó asombrada. Las manos le dolieron por el golpe, pero ella se tronó los dedos y siguió golpeando de diversas formas. Cada una de las paredes recibía un golpe específico, aumentando las vibraciones, sintiendo mejor esos trozos de roca minúsculos incrustados, que conformaban el metal.

Lu Ten miró a su novia preocupado.

—Toph ¿Qué haces?—preguntó.

—Escapo de aquí—dijo dando dos golpes más—No preguntes cómo, después de lo explico.

—Pero…

—¿Confías en mí o no?—preguntó áspera, sin deseos de una conversación sentimental.

Guardó silencio por un momento.

—Si.

—Pues bien. Espera.

Dio un golpe más. El asombro del chico no pudo ser escondido cuando, ante sus ojos, la pared lisa de la celda adquirió una abolladura con la forma de una mano humana.

-o-

—¿QUÉ?—Gritó Sokka en una de las habitaciones de su Palacio, en el Polo Norte.

El pobre sirviente miró a su soberano con miedo.

—Bueno… la misiva acaba de llegar y… se la traigo…

—No puede ser posible ¡NO!

Sokka tiró el pergamino al suelo y anduvo de un lado al otro, como león encerrado.

—Vete—el sirviente salió apresurado, dejándolo solo.

Sokka no estaba seguro de cómo actuar. Ya tenía su mente más que suficiente con todos esos pensamientos y preocupaciones para con su esposa, en cómo arreglar aquella situación, como para saber ahora que había problemas más grandes en el mundo.

¿Su padre envenenado? ¿Y por su hermana? La noticia tenía un sello real. Pero Sokka no tuvo que pensarlo dos veces para saber que era una trampa. Katara amaba a su padre y nunca le perjudicaría en ninguna forma conocida, antes bien le ayudaría. Aquel envenenamiento fue ocasionado por otra persona, que le echó la culpa a Katara.

El punto era ¿Quién? No podía pensar en una persona que odiara tanto a Katara para perjudicarla de ese modo. Lo peor era saber que su hermana estaba encerrada ¡Prisionera en su propia nación! Eso no era concebible.

Pasara lo que pasara, la ayudaría. Firmó una carta donde cedía los poderes administrativos durante su ausencia al consejero, cogió la espada, unas pocas provisiones más y salió.

Era tiempo de hacer las cosas a su manera.


Primero: se que Katara es muy poderosa, pero ella no ha usado sus poderes desde que sus padres se lo prohibieron (capitulo 4: el baile parte 1) por lo tanto, esta algo oxidada. No es algo permanente, antes de que me lo pregunten. Y las cosas seguirán un rumbo parecido al de éste capítulo de ahora en adelante.

Si, puede que sea mu cruel. Pero los generales están tomando todas las decisiones sin importarles lo que el Consejo o la Reina digan, mientras que Hakoda sigue enfermo y al borde de la muerte. El veneno era muy fuerte y antes no lo mató.

Espero que con todo hayan disfrutado del capítulo. Muchas gracias por leer.

chao!