Los personajes no me pertenecen, son creaciones del mangaka japonés Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación del libro "Desnuda en sus brazos" de Sandra Marlon.
Capítulo 10.
Las sombras del techo eran delicadas como un encaje. Naruto las miraba fijamente junto a Hinata, que dormía entre sus brazos, mientras pensaba con una sonrisa en los labios en el día que había pasado en Miami Beach.
Todo había sido perfecto, desde el evidente deleite de Hinata durante las compras, hasta la siesta en el camarote del velero pasando por la cena romántica y la vuelta a casa bajo un cielo tachonado de estrellas… Perfecto, pensaba de nuevo mientras la besaba en la cabeza. Su sonrisa se desvaneció.
El día le había recordado que más allá del refugio de la isla estaba el resto del mundo, un mundo al que tendrían que volver algún día. En realidad, no se había olvidado de ese mundo, ni de la razón por la que se escondían de él.
Cada noche, antes de irse a la cama, comprobaba el perímetro de la casa; el dispositivo de seguridad y las cerraduras en puertas y ventanas. Había advertido a John de la posibilidad de que surgiera algún problema y el ex soltado de las Fuerzas Especiales estaba alerta.
Naruto había tomado precauciones para que nadie supiera que estaban allí en Isla de Palmas; y estaba más que seguro de que nadie los había seguido cuando habían salido de Nueva York. El piloto había presentado un plan de vuelo que no tenía nada que ver con la realidad. Sin embargo, sólo un tonto se confiaría. La autocomplacencia llevaba al descuido, y de ahí al peligro. Le echó el brazo a Hinata por encima y la estrechó contra su cuerpo. Si algo le ocurriera…
Seguramente ése era el momento para llamar a Shaw y averiguar qué planes habían hecho para salvaguardar el regreso de Hinata. Shaw no dejaba de llamarle, de dejarle mensajes en su móvil cada vez más airados. En su última llamada le había exigido muy enfadado que le dijera dónde estaba, y le había preguntado si acaso olvidaba que trabajaba para él. Pero Naruto se dijo que no trabajaba para él; él mismo había abandonado ese trabajo hacía ya varios años. ¿Y qué iba a hacer Shaw, echarle de un trabajo donde ya no trabajaba?
No había hablado con Shaw desde la noche que se había llevado a Hinata de Nueva York, y entonces sólo le había dejado un mensaje en su teléfono: «tengo el paquete, y me lo llevo a un sitio más seguro», le había dicho. Sabía que había llegado el momento de hacer otra llamada. No porque Shaw lo exigiera, a Naruto eso no le importaba.
La llamada le daría la información que requería para mantener a Hinata a salvo. ¿Se habría retirado Gennaro después del fracaso de sus dos matones, o seguiría detrás de Hinata? ¿Y cuándo se iba a celebrar el juicio? Tampoco sabía qué planes de seguridad habían hecho los federales.
Sabía, instintivamente, que fueran cuales fueran esos planes, no serían suficientes. Él tendría que hacer otros adicionales. Proteger a un testigo no era lo mismo que proteger a la mujer que uno… a la mujer por la que uno se preocupaba. Y en medio de todo ello, seguía la única y persistente pregunta que no era capaz de quitarse de la cabeza: ¿Por qué Gennaro quería quitarse de en medio a Hinata? Ella decía que no sabía nada de su organización. Y eso sería verdad, ¿o no? ¿O no…? ¡Dios, qué malo era!
Naruto retiró el brazo que le tenía echado por los hombros a Hinata, se puso unos vaqueros y una sudadera, bajó a su despacho, encendió un fuego en la chimenea de piedra y se sirvió una copa de Courvoisier antes de acomodarse en un asiento de cuero.
Sabía muy bien que su renuencia a hablar con Shaw no tenía nada que ver con que el hombre no le gustara, sino con los sentimientos que tenía hacia Hinata. No quería llevarla a Nueva York ni un segundo antes de lo necesario; no quería devolverla a la realidad, al peligro, no quería apartarla de aquel mundo privado que habían creado.
Decidió sacar el móvil y ver los mensajes que tenía. Había varias llamadas y mensajes de sus hermanos, y Naruto sonrió. Entonces vio que tenía tres de Shaw.
El tercero le llamó la atención: Knight, llámame lo antes posible. Nivel Rojo. Una subida de adrenalina le corrió por la sangre.
Apretó el botón donde tenía grabado el número privado de Shaw, que respondió a la segunda llamada, tan alerta como si fueran las doce del día en lugar de la madrugada.
—¿Knight?
—Shaw. ¿Qué quieres?
—Ya era hora de que llamaras. ¿Pero qué demonios crees que estás haciendo? ¿Jugando al llanero solitario?
—Ve al grano, Shaw. ¿A qué viene lo de «nivel rojo»?
—¿Sigues teniendo el paquete?
—¡Sí, maldita sea! Conteste a mi pregunta. ¿Por qué «nivel rojo»?
—Las cosas se están moviendo aquí, Knight. Hay un rastro del paquete. Ha sido localizado hasta Florida.
—¿Cómo demonios…?
—Aún no han dado con la localización exacta, pero están cerca.
—Moveré al paquete.
—¡No! —respondió Shaw en tono de advertencia—. ¡No hagas eso! No sé quiénes son, ni su localización exacta; mover el paquete sería un error.
El director tenía razón, y Naruto asintió.
—De acuerdo —se pasó la mano por la cabeza—. Pero no puedo entender cómo han logrado rastrear el paquete hasta Florida.
—Tal vez a través del oficial de policía en el aeropuerto Kennedy.
—Es de total confianza.
—Pero está desaparecido —dijo Shaw con brusquedad—. Hace casi una semana que no lo ha visto nadie.
Naruto apretó la mandíbula. No quería ni pensar en lo que podría haberle ocurrido a su antiguo compañero.
—Tengo un plan —dijo Shaw.
—¿Qué es?
—Dime dónde estás exactamente. Te enviaré asistencia por aire.
—No. Maldita sea, los federales…
—Los federales no. Gente de la agencia. Los hombres en los que podemos confiar para que realicen un trabajo sin dar explicaciones. En otras palabras, hombres que creían en la causa descrita por la Agencia y que harían lo que se les dijera.
Hombres como él había sido en el pasado.
—¿Naruto?
Se dio la vuelta. Hinata estaba a la puerta, envuelta en su albornoz. Le pareció menuda, vulnerable, y sintió un orgullo en el pecho que no podía compararse con ningún otro sentimiento. Le tendió los brazos, y ella fue hacia él y se acomodó.
—Estamos en una isla —le dijo a Shaw—. En un lugar llamado Isla de Palmas.
—Isla de Palmas —repitió Shaw—. ¿Nombre del hotel?
—Es una isla privada — Naruto sonrió a pesar de sí mismo—. Pero no está en tu ordenador, Shaw; yo mismo me ocupé de que no figurara.
—¿Hay pista de aterrizaje? —preguntó Shaw en tono frío—. ¿Un muelle para amarrar un barco? ¿Qué dispositivos de seguridad tienes?
—Hay una pista de aterrizaje. No hay muelle, pero sí una cala protegida en la cara oeste de la isla. Una pequeña embarcación puede entrar y salir sin problemas. La seguridad, la estándar. Diles a tus hombres que me llamen cuando estén a unos cientos de kilómetros de aquí y la desconectaré.
—Eso no está bien. Demasiado precipitado. Hazlo en cuanto terminemos esta llamada.
—Sí, de acuerdo.
—¿Tienes armas? ¿Hay alguien que pueda echarte una mano?
Naruto experimentó una leve sensación de desasosiego en forma de escalofrío en la espalda. No había tiempo para prestarle más que una atención superficial, pero la suficiente para que le dijera una mentira.
—No —dijo, como si las pocas pistolas que había guardado en una caja de caudales en la pared cuando había comprado la casa no existieran, o como si el hombre que le debía la vida no estuviera viviendo en una casita a menos de un kilómetro de la casa.
—En ese caso, salvaguarda al paquete lo mejor posible, Knight, hasta que llegue la ayuda; será alrededor de media mañana.
Shaw colgó. Naruto cerró el teléfono.
—¿Qué pasa? —le preguntó Hinata en voz baja.
—Nada.
¿Por qué preocuparla sin necesidad? No había razón para pensar que los hombres de Gennaro la hubieran localizado, y la caballería no llegaría al rescate antes de cinco o seis horas.
—¿Por qué no estás en la cama?
— Naruto, no me trates como a una niña —respondió ella en tono seco—. ¿Con quién hablabas?
Naruto suspiró.
—Con el director de la Agencia para quien yo trabajaba —vaciló—. Cree que los hombres de Gennaro podrían estar en Florida, buscándonos.
Hinata negó con la cabeza.
—¿Pero por qué? Aún no lo comprendo. No hay razón por la que él quisiera hacerme daño, Naruto … ninguna en absoluto.
—Cariño, vamos, ya sé que piensas que ese hombre tiene buen corazón, pero… ¿Qué pasa?
Hinata se fijó en la pantalla de la televisión.
—Ese hombre —dijo en tono suave.
Naruto miró la pantalla. ¿Maldita sea, pero qué estaba pasando? Una presentadora muy repeinada estaba entrevistando a Shaw; a un Shaw más joven, pero era él, como referencia a una noticia relacionada con el Ministerio de Defensa. ¡Qué casualidad!
—Es Shaw —dijo Naruto, tomando el mando a distancia y subiendo el volumen—. ¿Cariño, qué ocurre? —le preguntó al ver que Hinata miraba la pantalla fijamente.
—Nada. Sólo es que… —miró a Naruto —. Lo he visto antes. En realidad, lo conozco en persona.
Naruto volvió a sentir el mismo malestar, aquel escalofrío.
—¿Dónde lo conociste?
—En casa de Gennaro, en North Shore.
Naruto la agarró por los hombros.
—¿A este tipo? ¿En casa de Gennaro?
—Sí. Fue una noche, ya era tarde. No podía dormir, así que salí de mi habitación y bajé a la biblioteca a por un libro. Ese hombre estaba allí… con el señor Gennaro.
—¿Estás segura?
Hinata asintió.
—Dejaron de hablar en cuanto me vieron, y el señor Gennaro me lo presentó como señor Black, y dijo que tenían que discutir unos asuntos de negocios y cerró la puerta de la biblioteca. Pero es el mismo hombre. ¿Por qué? ¿Quién es?
Naruto no respondió. Todo parecía empezar a encajar en su sitio a la velocidad del rayo. Primero Shaw lo llamaba a él, a una persona de fuera, para hacer un trabajo que supuestamente era tarea del FBI. Después desaparecía un policía del aeropuerto Kennedy que podría haber corroborado que un jet privado había salido del aeropuerto con un hombre y una mujer a bordo, la misma noche que había desaparecido la mujer.
Salvo que, pensaba Naruto con pesar, él no le había hablado a nadie de su reunión con el policía en el aeropuerto Kennedy. No se lo había dicho a nadie. Y menos a Shaw.
—Hinata. Escúchame.
—¿Qué pasa, Naruto? ¡Me estás asustando!
—Es posible que vayamos a tener visita.
La frialdad y firmeza que Hinata vio en su mirada le decían que no se refería a una visita social.
—¿Quiénes?
—Los hombres de Gennaro.
Ella empezó a negar con la cabeza, y él se preguntó si ella tendría razón, si no serían los hombres de Gennaro los que querían matarla, ¿Y si…?
—Hinata, cielo, cuando el FBI te entrevistó… ¿Recuerdas los nombres de los agentes que lo hicieron?
—Giacometti y Goldberg.
—Buena chica.
—Dijeron que eran de la oficina de Newark —trató de sonreír—. Recuerdo que pensé lo poco que sabía, que sé, sobre cómo opera el gobierno, porque yo habría pensado que para entrevistarme a mí enviarían a agentes de Nueva York o de Washington D.C..
Naruto le agarró la cara con las dos manos y la besó. Entonces cruzó la habitación, descolgó una pintura, abrió la caja fuerte que había detrás y sacó varias pistolas que había guardado allí. Cuando lo había hecho se había dicho a sí mismo que era un paranoico y un imbécil; en ese momento se alegraba de haberlo hecho.
—¿Naruto, es que… vamos a necesitar pistolas?
—Si no estoy equivocado en cuanto a lo que pienso que va a pasar, es muy posible que sí, cariño. Sí las necesitaremos —la cara que puso ella le angustió, pero era el momento de ser sincero, por muy duro que fuera—. ¿Has usado alguna vez una pistola, Hinata?
Ella negó con la cabeza.
—Jamás.
Pensó en darle una lección rápida y decidió que había necesidades más inmediatas de las que ocuparse. John, por ejemplo. Tras una llamada rápida y una explicación breve, el ex agente de las Fuerzas especiales no necesitó nada más.
—Voy para allá —dijo John.
Naruto colgó. Hinata estaba pálida, pero vio también que estaba lista para mantenerse firme.
—Hinata.
Se encontraron en el medio de la habitación. Él la abrazó, y ella lo besó. No quería soltarla, pero sabía que tenía que hacerlo.
—Todo irá bien, nena —le susurró él.
Y rezó para que así fuera. Se puso la misma ropa que se había puesto aquel día para entrar en el apartamento de Manhattan. Ella también se puso unos vaqueros, zapatillas de deporte y una camisa oscura. Naruto llamó a Sasuke.
—Soy yo —le dijo—. Tenemos problemas.
Su hermano se puso alerta al instante. Naruto le dio sólo los detalles más importantes. Entonces le dio a Sasuke los nombres de los agentes del FBI que habían interrogado a Hinata. Sasuke volvió a llamarlo en menos de diez minutos.
El FBI estaba investigando a Tony Gennaro, pero Giacometti y Goldberg no eran agentes. Sus tarjetas de identificación eran falsas.
—He llamado a Shikamaru —añadió Sasuke con brusquedad—. Vamos para allá.
—Bien, bien — Naruto se aclaró la voz—. Escucha, Sasuke, por si acaso… por si acaso ha pasado todo cuando lleguéis…
—Nos encargaremos de Shaw.
La fría resolución de Sasuke hizo sonreír a Naruto.
—Sé que lo haréis —hizo una pausa; había más que decir, pero no era fácil—. Ya sabéis lo que significáis para mí. Y… y a nuestro padre… decidle…
—Se lo dices tú —dijo Sasuke con brusquedad.
—Sí — Naruto se aclaró la voz—. Tienes razón.
Cortó la llamada. Después de eso, sólo quedaba desconectar los dispositivos de seguridad, apagar las luces y esperar. John ya estaba con ellos dentro de la casa, agachado detrás de una butaca enorme que había en el vestíbulo, con una pistola en la mano.
Naruto le dio a Hinata una lección rápida sobre cómo utilizar una pistola y dónde apuntar en el caso de que fuera necesario. Cuando estuvieron listos, se colocó detrás de una mesa del pasillo en lo alto de las escaleras. El tiempo pasaba lentamente.
—¿Estás seguro de que vendrán? —susurró Hinata.
Estaba seguro. Shaw había dicho cuatro o cinco horas, pero también que los hombres que iban tras ellos estaban ya en Florida. Si no se equivocaba, lo de las cuatro o cinco horas no era más que algo para despistarlo, para darle una sensación de seguridad falsa. El ataque en sí llegaría…
En ese momento. La puerta de la entrada se abrió unos centímetros, dejando que la luz gris del amanecer se colara por la abertura. Tres sombras encogidas accedieron al vestíbulo. Giacometti y Goldberg, seguramente, más uno de refuerzo. Que él supiera, tal vez hubiera más hombres fuera. Habrían venido en barco, porque no había oído el ruido del motor del avión.
Naruto esperó, al igual que sabía que John estaba esperando. Lo habían planeado con todo el cuidado posible, teniendo en cuenta que habían ignorado cómo atacaría el enemigo. En silencio, Naruto empezó la cuenta atrás… nueve, ocho, siete, seis…
—Tirad las armas —gritó al tiempo que encendía la linterna y corría hacia el extremo de la mesa, con la esperanza de variar el rumbo del objetivo de los intrusos, y al tiempo que John disparaba a la pared, sobre sus cabezas. Los intrusos abrieron fuego inmediatamente. Cuando a uno le disparaban, no había otra elección que disparar también. O eso o morir. John y él lo sabían, así que John disparó de nuevo, al igual que Naruto. A los pocos instantes, todo había terminado. En el suelo del vestíbulo había tres cuerpos tirados en el suelo.
—Oh, Dios, Naruto …
—Quédate ahí, Hinata.
—Pero…
—Quédate ahí —repitió en tono de advertencia—. ¿John?
—Sí. Estoy bien. ¿Y tú?
—Bien.
Naruto encendió la linterna de nuevo y la dirigió hacia los cuerpos cerca de la puerta. Había manchas de sangre, y no se movían. John y Naruto se encontraron al pie de las escaleras.
—Voy a echar un vistazo fuera —dijo John.
Naruto asintió y les dio la vuelta a los cuerpos con el pie.
—Giacometti —susurró una voz temblorosa detrás de él.
—Hinata. Te he dicho que te quedaras…
—El otro es Goldberg.
Los falsos agentes del FBI. También eran los dos hombres que habían entrado en el apartamento de Hinata.
—A ver… no reconozco al tercer hombre.
—Yo sí —dijo Naruto —. Es Shaw.
El director gimió y entreabrió los ojos al oír su nombre. Naruto se agachó junto a él.
—¿Por qué? —le dijo a Shaw. Shaw miró a Hinata.
—Porque… porque me vio —susurró Shaw—. En casa de Gennaro —una mueca afeó sus labios—. No debería haberte utilizado a ti, Knight. Debería…
Un espasmo sacudió su cuerpo y empezó a toser. Naruto esperó a que se le hubiera pasado.
—¿Y estos hombres? ¿Trabajaban para Gennaro? Shaw negó con la cabeza.
—Gennaro no está en esto.
Tosió un poco más. Naruto le puso la mano debajo de la cabeza y se la sujetó.
—Pero Gennaro y usted estaban juntos en algo. ¿Qué era? Shaw hizo un gesto de asco y desafío.
—Vete al infierno, Knight.
Tras un largo gemido entrecortado, Shaw murió. Naruto lo miró unos momentos. Entonces se levantó, se guardó la pistola, sacó el teléfono y llamó al hombre para quien había trabajado en su día, al anterior director de la Agencia, le dijo quién era y que debía ir a la isla lo antes posible. Para sorpresa suya, el anterior director no le preguntó nada.
—Estaremos allí lo antes posible.
Naruto se guardó el teléfono en el momento en que John entraba de nuevo en la casa.
—He encontrado su barca varada en la cala —John miró los cuerpos—. Sólo estaban estos tres. No hay nadie más. Naruto asintió.
—La ayuda está en camino. Y, ¿John? Gracias. John sonrió.
—De nada. Me salvaste el pellejo hace mucho tiempo. Me alegra devolverte el favor.
—La señorita y yo vamos a dar un paseo —dijo Naruto —. ¿De acuerdo?
— Claro —respondió John.
Hinata estaba pálida. Naruto no le soltó la cintura mientras caminaban por la playa. El sol se alzaba sobre el mar, pintando el cielo de carmesí.
—Todo ha terminado, cariño.
Ella lo miró, con la mirada cargada de interrogantes.
—No lo entiendo. ¿Por qué esos hombres…?
—El FBI está investigando a Gennaro, pero los hombres que se acercaron a ti no eran agentes verdaderos. Trabajaban para Shaw, que era… el director de la organización para la que yo trabajé en el pasado.
—Pero yo lo vi en casa de Gennaro.
—Exactamente. Shaw y Gennaro debían de tener alguna especie de trato. Shaw temía que pudieras implicarlo.
—Pero yo no sabía quién era.
—Supongo que no quería arriesgarse — Naruto la abrazó con fuerza—. Mis hermanos y yo llegaremos hasta el fondo del asunto, te lo prometo —su tono de voz se suavizó—. Tenías razón. Gennaro no intentaba hacerte daño; pero tampoco es uno de los buenos, lo siento.
Hinata sonrió superficialmente.
—Eso ya lo sabía. Sólo que quería que me creyeras cuando te dijera que no era su…
El la silenció con un beso.
—Te creo —la abrazó y notó que ella temblaba—. Lo importante es que todo ha pasado ya.
Naruto estaba equivocado. Hinata lo sabía. Se dijo que debía decírselo, aprovechar ese momento… Pero él la miraba de otro modo; no con deseo sino con una ternura que le llenaba el corazón de alegría.
—Hinata —se aclaró la voz—. Mis hermanos llegarán enseguida —la agarró por los hombros—. Podemos volar a Nueva York —vaciló—. O bien…
—¿O bien qué? —susurró ella.
—O puedes venir a Dallas conmigo. Para estar conmigo.
Ella no respondió. Y era lógico. Lo que acababa de decirle no lo había planeado. Aspiró hondo.
—Eso es, si tú quieres estar conmigo…
Su sonrisa fue tan brillante como los rayos del sol. Se puso de puntillas y le agarró la cara entre las manos.
—Sí. Oh, sí, Naruto. Sí…
Naruto la besó, se tumbó con ella sobre la arena y le dijo con su cuerpo lo que aún no estaba listo para decirle, ni siquiera a sí mismo, con palabras.
Que estaba enamorado de ella.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
¡Hola! Lamento no actualizar como antes , ahorita la escuela me esta absorbiendo, tratare de actualizar en los siguientes días, en caso de que no, el fin de semana sin falta el capítulo. Saludos.
