Ayer todo fue…no sé…extraño. Un minuto estaba buscando a Castiel, y al otro me encontraba encima de Nathaniel escuchando sus rarísimas afirmaciones de que en caso de una invasión zombi él seria mejor héroe que su archienemigo, alias mi querido pelirrojo. ¿Pero qué rayos le pasaba por la cabeza? ¡Y a mí! ¡Por un segundo creí que iba a intentar besarme cuando me tomó del brazo! No, eso es imposible, el rubito estaba enamorado de Melody. Simplemente me seguía el juego como dijo. Yo era la única que estaba imaginando locuras y sólo atiné a reírme para disimularlo. No acababa de comprender mi comportamiento. Primero, al verlo rodeado por esas niñatas alocadas por ese tonto video, me precipité a su lado como si se tratará de un imán de carga positiva y yo uno de carga negativa que era irremediablemente atraído. ¡Joder! Era inadmisible lo amable que era con ellas, mientras que conmigo se la vivía discutiendo y, peor todavía, lanzando sermones a diestra y siniestra. Segundo, dije que era mi novio. Bueno, eso sí fue a propósito, quería reír un poco a expensas de esas tablas de planchar y de paso avergonzar al señor perfecto. Había empezado a adquirir cierto gusto por sus sonrojos, al principio me parecían sólo excusas para molestarlo, pero empezaba a creer que en realidad se veía…bien…demasiado bien… ¡Qué estupideces estaba diciendo! ¡Los chicos vergonzosos no eran mi tipo! ¡Lo juro, lo juro, lo juro!

Como sea, no me esperaba que el rubito respondiera de esa forma. ¡El muy maldito se acomodó a la situación y se atrevió a devolverme la jugada! Sentir sus brazos rodearme por detrás fue demasiado. Mis piernas empezaron a temblar al tiempo que mis mejillas se ponían rojas. No tuve más remedio que alejarme a la velocidad de la luz. Pero eso sí, no iba a permitir que me ganara. De ninguna manera. Sería más fácil que el infierno se congelara. Así que saqué a colación el pequeño, muy pequeño, detalle de la falta de atributos de las admiradoras del señor perfecto. Eso, por supuesto, me dio la victoria. Sólo que fue por muy poco, demasiado poco. Por lo visto Nathaniel era mucho más avispado de lo que parecía. Quién lo diría. Y el tono de su voz cuando dijo "Ya sé cómo las convenceremos" antes de montar el numerito del novio cariñoso… ¡Ajjjj! Mejor no recordarlo.

Eso me llevaba directamente a la tercera cosa fuera de lo normal, y quizá la más perturbadora de todas. Había titubeado a la hora de escoger al lado de quien sobrevivir un apocalipsis zombi. Ciertamente era muy poco probable que algo así pasara…digamos hoy, pero dudar era dudar. Hace tan solo unos días habría respondido "Castiel" sin pensar, pero ahora… Empezaba a temer que las cosas se estuvieran saliendo de control. Y no quería eso, de verdad que no, sólo deseaba estar con el chico que me gusta, al que decidí querer. ¿Por qué diablos tenía que habérmelo robado Melody?

Para colmo debía reconocer que la pasé muy bien en el parque con el rubito. Tanto que casi olvido que nuestra misión era espiar a Melotiel. Eran demasiados acontecimientos y poca cordura. Necesitaba organizar urgentemente mis pensamientos. Al llegar al instituto di el esquinazo a medio mundo y me dirigí en solitario al baño antes de que iniciaran las clases. Me tomé unos minutos para sujetarme el pelo en una cola de caballo y de paso contemplar mi reflejo en el espejo. Llevaba puesta una camiseta negra con unas pequeñas calaveras como adornos en la parte baja de las mangas y unos jeans desgastados. Comparado con lo que solía usar, este conjunto era bastante discreto, pero no eran más que apariencias.

La camiseta ocultaba el piercing que me había colocado en el ombligo el verano pasado y el tatuaje que tenía en un costado del brazo derecho desde antes de entrar a Sweet Amoris. Lysandro y yo nos tatuamos el mismo día como una forma de probar que estábamos dispuestos a ser nosotros mismos a pesar de la opinión del resto del mundo. Ambos éramos conscientes de que sería difícil lograr la aceptación de todos los que presenciaran nuestra forma de pensar, actuar o vestir… No importaba en realidad, la cuestión era tener el valor suficiente para ser auténticos y estar dispuesto a aceptar las consecuencias de las elecciones tomadas. Nunca había tenido problemas con eso. Sólo que ahí, con la mirada fija en la fría superficie del espejo, me fue inevitable sonreír con tristeza al recordar las palabras de una de las niñatas que perseguía al rubito: "Te ves como una persona problemática. Él nunca saldría con alguien así". Ella tenía razón. Pertenecíamos a dos universos totalmente distintos. Me estaba sugestionando, nada más. Quizá podríamos ser amigos, pero jamás otra cosa. Al menos no en esta vida. Además yo "quería" a Castiel.

Todavía no había sonado el timbre cuando entré al salón de clases. Me acomodé en mi pupitre y deposité en mi boca un caramelo que saqué del bolsillo de mi pantalón antes de dirigirme a Lysandro, que ya estaba sentado en la silla del lado.

-¿Ya decidiste qué hacer?

-Preguntaré al portero y en dirección.

-No es por ser pesimista, ¿pero no crees que es hora de qué coloquemos panfletos o algo así?

La libreta de mi mejor amigo andaba perdida por más tiempo del usual y hasta yo empezaba a inquietarme. No entendía la reticencia de Lysandro a tomar medidas más enérgicas para hallarla. ¡Si los manuscritos que conservaba en sus páginas eran prácticamente su vida!

-Pienso que lo mejor es agotar todas las posibilidades antes de armar un alboroto –dijo aparentando calma.

Insisto en el "aparentando" porque a mí no me engañaba. Las oscuras ojeras en su rostro eran prueba suficiente de que no había pegado ojo en toda la noche.

-Lys, hay que hacer algo "ya" –afirmé.

-Sólo esperemos un día más por favor. Simplemente no soportaría que todo el instituto se enteré de que perdí mi libreta –contestó sumamente preocupado al tiempo que se pasaba una mano por el cabello.

-¿Qué tiene de malo? Todos hemos extraviado algo. Algunos más que otros, es cierto, pero no hay nada de que avergonzarse.

-No quiero que nadie lea lo que escribí. Si decimos que perdí mi libreta, tendré que explicar su contenido y la importancia que tiene para mí. Eso…eso es algo para lo que simplemente no estoy preparado –explicó mirándome a los ojos.

Nunca lo había visto tan perturbado por algo. De pronto la imagen de chico maduro e inconmovible se había esfumado, dando paso a la de un adolescente normal que enfrentaba un problema que parecía superarlo. Y es que a veces olvidaba que Lysandro, al fin y al cabo, tenía la misma edad que yo. Si seré despistada.

-Entonces intentemos encontrarla con discreción –dije dándole a entender que lo comprendía.

-Gracias –contestó un poco más tranquilo.

-No hay de que. Aunque deberías animarte a compartir tus poemas y canciones con el resto de mundo. Apuesto a que son geniales.

-Ni hablar. Tal vez más adelante. Aún no tengo la confianza necesaria.

-Entiendo, pero…

Interrumpí mis palabras al ver que Elisa, los gemelos y… ¡el rubito!, entraban al aula. Los cuatro sostenían una animada charla. Me quedé observándolos boquiabierta. ¿Desde cuándo eran tan buenos amigos? Y más sorprendente aún, Armin, aunque reticente, le entregó su consola al señor perfecto, que ya llevaba en

una mano ¿los dvd's con las dos temporadas de SAO? ¿Qué narices significaba todo eso?

Unos segundos más tarde llegó el señor Farres y la clase empezó. Intenté tomar apuntes a pesar de la desconcertante escena que había presenciado. Una media hora después, nuestro profesor comenzó a lanzar algunas preguntas acerca de la famosa monografía que teníamos que haber presentado hace un par de días, y que resultó ser sobre la Segunda Guerra Mundial. ¡Paparruchas! El único que levantaba la mano para contestar era el rubito mientras el resto de la clase permanecía en un silencio sepulcral.

Ahora bien. Las respuestas del señor perfecto eran minuciosas y bien pensadas, de ninguna manera forzadas o memorizadas. Se parecían a las de alguien que te cuenta una película o una serie de televisión que le gustó mucho e intenta convencerte de que le des una oportunidad. Así que las pantimedias y los cigarrillos eran casi tan valiosos como el oro durante la guerra, el avión de combate más rápido de todos fue hecho de madera y papel, ¿Hitler aspirante a pintor? Me pregunto qué habría pasado si la academia de artes a la que postuló lo hubiera aceptado. Una pequeña decisión que tal vez pudo haber cambiado el rumbo de la historia. Algunas cosas eran interesantes, había que reconocerlo.

Era la primera vez que prestaba atención a las participaciones en clase del señor perfecto y concluí que estaba genuinamente entusiasmado por el tema. Suena raro, pero parecía feliz contándonos toda esa sarta de hechos históricos antediluvianos. Hasta entonces había pensado que sólo estudiaba para obtener excelentes calificaciones y destacar como el mejor alumno por simple ego. Al parecer estaba equivocada.

-Vaya presumido. Lo único que hace es quedar bien con Farres.

-Es un idiota. Sólo lo hace porque sus padres lo obligan a ser un nerd de pacotilla.

Me di la vuelta para lanzar una mirada asesina al par de imbéciles que murmuraban estupideces por detrás de mí y de Lysandro.

-Lo siento Scarlet.

-No dijimos nada.

-Más les vale.

Volví a mirar hacia adelante en el preciso instante en que el señor Farres retomaba la palabra.

-Gracias Nathaniel. Aquí va una pregunta para el resto de la clase. ¿Cuáles eran los países que se enfrentaron en la guerra?

Nadie abrió la boca. Los segundos transcurrieron con lentitud hasta que sentí un par de ojos dorados observarme desde la fila de adelante. Caray, la expresión que tenía el rubito parecía decir: "Anda, dilo, yo sé que tú lo sabes". Le respondí poniendo una cara de "ni en sueños digo nada" al tiempo que negaba con la cabeza. Pero el señor perfecto no se rindió e insistió haciendo como un millón de gestos que me apremiaban a hablar. ¡Qué molestia! Al fin terminé por claudicar luego de soltar un largo suspiró. ¡Nathaniel era el chico más testarudo que había conocido! Y vaya que lo sabía disimular.

-¿Si señorita Scarlet? –Farres estaba tan sorprendido como el resto de mis compañeros al verme levantar la mano.

-Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y la Unión Soviética versus Alemania, Italia y Japón. ¿Es que acaso nadie ve Hetalia?

Un coro de risas y murmullos siguieron a mi comentario. El rubito también estaba feliz, aunque su sonrisa parecía estar dirigida exclusivamente a mí. ¡Quién se creía que era! ¿Un ángel encargado de rectificar a todo demonio que encontrara en su camino? Le saqué la lengua antes de ocultar mi rostro, que empezaba a sonrojarse, detrás de un libro de texto.

La clase y el receso que le siguió pasaron sin mayores incidentes, salvo que el rubito no dejaba de dirigir extrañas miradas a Lysandro. ¿Qué demonios le ocurría? Siempre parecía estar haciendo algo raro. Bueno, no interesaba en realidad. La profesora de economía doméstica, la señora Freudenthal, llegó con unos minutos de retraso y enseguida anunció algo de sumo interés, al menos para mí.

-Niños –no entendía porque insistía en llamarnos así–. El profesor del otro paralelo no podrá venir debido a un fuerte resfriado, así que por esta vez uniremos las dos clases y compartiremos nuestra sala de cocina.

Iba a tener la oportunidad de ver Castiel.

-Por favor, hagan grupos de tres o cuatro personas antes de dirigirse en orden a la sala de cocina –continúo la señora Freudenthal.

-Creo que seremos los tres.

Rosalya se aproximó a Lysandro y a mí.

-Mejor los cuatro.

El señor perfecto se materializó de la nada frente a nosotros. Empezaba a creer que de verdad tenía habilidades de ninja, era increíble cómo se movía sin que nadie lo notara.

-¡Ah rubito! Me asustaste –dije sobresaltada, ¿desde cuándo era tan consciente de él?–. ¿Estas seguro de que quieres trabajar con nosotros?

-Por supuesto. A menos que alguien se oponga, claro –aseguró con su sonrisa de delegado perfecto.

¿Y por qué parecía dirigirse únicamente a Lysandro?

-Es obvio que nadie se va a oponer. ¿Verdad Scarlet?

Y ahí iba Rosalya con el oficio de celestina. ¡El rubito no me interesaba! ¿Cómo podía hacer que lo entendiera de una buena vez?

-Me da igual –respondí malhumorada.

-Cuanta más ayuda tengamos, mejor –aseveró Lysandro con indiferencia mientras recogía sus cosas.

Los demás seguimos su ejemplo.


-¿Desde cuando conoces a Lysandro?

-Somos amigos de la infancia.

-¿Siempre ha sido así de…tranquilo?

-Es su manera de ser. Callado y discreto, tal vez deberías intentar que se te pegue un poco.

¿A qué venían todas esas preguntas? Ni bien salimos del salón de clases el señor perfecto se me aproximó para interrogarme aprovechando que Rosalya y Lysandro se habían adelantado un poco.

-¿Nunca ha tenido problemas de conducta o algo así?

-¡Qué no! Estamos hablando de Lysandro. ¿Cuál es el punto rubito?

-Ninguno. Simple curiosidad.

"Simple curiosidad"…sí claro.


El otro paralelo ya se encontraba en la sala de cocina cuando llegamos. Busqué a Castiel con la mirada. No me tomó mucho tiempo encontrarlo. Él y la odiosa de Melody estaban en una esquina conversando con una chica que no conocía.

-¿Quién es ella? –pregunté lo suficientemente bajo como para que nadie más que el rubito me escuchara.

-¿Cómo quieres que lo sepa? –me respondió frunciendo el ceño.

-Eres el delegado principal, seguro conoces a la mayoría de los estudiantes, al menos de vista. Anda, es esa chica de pelo castaño y ojos violeta que está hablando con la niñita de papá.

-Deja de llamar a Melody de esa forma. Y sí, sé quién es. Su nombre es Emma y nunca se ha metido en problemas, a diferencia de otros.

-¿Siempre viste así?

No hice caso de las últimas palabras del señor perfecto. Emma destacaba con esa larga chaqueta de color plomo, la falda corta que apenas le cubría la mitad del muslo, la camisa blanca y la corbata a juego con el color de sus ojos.

-Pues sí que sabe llevar una camisa y corbata con estilo –concluí luego de inspeccionarla.

-Imagino que esa es una no muy sutil indirecta –contestó el rubito sonando irritado. Me encantaba tomarle el pelo.

-Niños, qué creen que hacen. Vayan a reunirse con su grupo que ya los está esperando.

La señora Freudenthal apareció detrás de nosotros. En los segundos que habíamos permanecido charlando, el resto de los grupos ya había tomado posesión de los mesones y cocinas dispersos por todo el salón. Y para nuestra "buena suerte" Lysandro y Rosalya decidieron ocupar un lugar en frente del de Castiel, Melody y Emma.

-No puede ser. ¿Por qué ese lugar?

-Lo mismo digo rubito.

Empezábamos a especializarnos en el arte de fingir que nos importaba una nada que la persona que nos gusta esté con alguien más.

-Pero si eres tú. Hace siglos que no te veo. ¿Te estás escondiendo o qué?

No Castiel, el que parece que se está ocultando, eres tú.

-Tonterías. No creas que me he olvidado de que tenemos un asunto pendiente –contesté al pelirrojo devolviéndole la sonrisa de "yo soy el rey del mundo".

-¿Aún estás dispuesta a desafiarme? –preguntó divertido.

-Sí. Yo jamás me retracto de una apuesta –aseguré.

Y menos si se trataba de algo en qué quedamos antes de que consiguiera novia de la nada.

-Por mí no hay problema. Sólo espero que no te acobardes ante el peligro.

-Eso no pasará y lo sabes.

Bien hecho Scarlet, ahora sólo faltaba quedar en la hora de reunión y ya está. ¡Finalmente pasaría tiempo de calidad con Castiel!

-¿Exactamente de qué peligro estamos hablando?

-¡Ah! Volviste a asustarme rubito.

El señor perfecto nuevamente salió de no sé dónde. Se había colocado el delantal blanco reglamentario para las clases de cocina y nos dirigía una mirada entre curiosa y preocupada.

-No es nada que te incumba delegado –respondió Castiel repentinamente serio.

El rubito estaba a punto de decir algo, probablemente un sermón o dos sobre el buen comportamiento y qué se yo, pero Melody lo interrumpió.

-Nathaniel, que bueno verte. Necesito que me expliques un par de cosas para la reunión de delegados de la próxima semana.

-No hay problema, pregúntame lo que quieras.

La expresión del señor perfecto cambió de molesto a feliz.

-Ten.

Antes de acercase a la niñita de papá me entregó mi delantal.

-Gracias.

-No hay de qué. Enseguida regreso.

-Pufff. El chico estirado no deja de inmiscuirse en lo que no le importa.

-Se preocupa por los demás, es todo –aseveré sorprendiendo no sólo a Castiel, sino a mí misma.

-¿Desde cuándo lo defiendes? –me preguntó el pelirrojo extrañado.

-¿Y tú desde cuándo eres tan amable con él? –contrataqué.

-Hace poco me enteré de que le debo un favor.

¿Nathaniel le hizo un favor a Castiel? Eso era imposible.

-¿De qué estás hablando? –inquirí.

-… Olvídalo. Eso no cambia el hecho de que sigue siendo un pesado.

Iba a insistir en conocer la respuesta, pero las siguientes palabras del pelirrojo dieron un vuelco a la conversación.

-¿O es que acaso ya le estás cobrando cariño al niñito estudioso? No creas que no me he enterado de sus aventuras en la noria.

¡Qué me parta un rayo!

-Eso fue un accidente. No te montes películas donde ni siquiera hay guion –regañé a Castiel, aunque noté que me estaba sonrojando un poco.

-Como quieras –afirmó sonriendo de manera burlona–. Mejor vuelvo con mi grupo. Cuanto antes acabemos esta tontería, mejor. Deberías hacer lo mismo.

El pelirrojo se alejó mientras que yo me acerqué al mesón de mi grupo. ¡Ay no, no quedamos cuándo cumplir nuestra apuesta! Esto era un desastre tras otro...

-Hola, tú debes ser Scarlet. Es un gusto conocerte.

Emma me estrechó la mano con mucho entusiasmo a juzgar por las fuertes sacudidas que sufrió mi muñeca.

-Que tal, Emma ¿verdad?

-Exacto. Justo ahora le estaba diciendo a Rosalya que era extraño que no nos conociéramos si tenemos varios amigos en común.

-No lo sabía –contesté con sinceridad.

-Lo importante es que ya somos amigas. Hay que hacer algo todos juntos este fin de semana.

-¿A quiénes te refieres con "todos"? –pregunté. La chica de ojos violeta era muy intensa, tanto como Rosalya y los gemelos.

-A ti, Rosalya, Alexy, Armin, Elisa, Pegy, Castiel, Melody, el delegado Nathaniel y Lysandro –¿cómo podía hablar tan rápido sin tomar aire?–. Descuida, yo organizaré la salida y te aviso. Nos vemos después, ya conoces al pelirrojo, me va a ahorcar si no apoyo al grupo.

Y así como así Emma se marchó.

-¿Qué fue eso?

-Ya te acostumbraras –me aseguró Rosalya–. Y ponte el delantal de una vez. No vaya a ser que la señora Freudenthal te regañe.

-Muy tarde. Niña colócate la indumentaria obligatoria. Estamos en una clase.

Genial. ¿Acaso les mencioné que la prácticamente bicentenaria profesora de economía doméstica me tiene fichada?

-No quiero más errores. Nada de sal en vez de azúcar en los jugos de fruta, arroz africano, pescado quemado por fuera y congelado por dentro, sopa de papa en lugar de puré y no sé cuántas otras equivocaciones incomibles. Y eso va para usted también niño.

El aludido era Lysandro, que hasta entonces había permanecido desapercibido sentado en una banca en el otro extremo del mesón.

-Trataremos de hacerlo mejor esta vez –prometió.

-Más les vale. Presten un poco de atención, bajen la mente de las nubes e intenten mejorar sus habilidades –creo que esto último iba exclusivamente dirigido a mí–. Hoy tienen suerte, no trabajaran los dos solos, pero no se confíen.

-Descuide señora Freudenthal, tenga por seguro que haremos un excelente trabajo.

El rubito volvió a materializarse a nuestro lado con una expresión de ángel que por poco ciega a todos los presentes. Okey, estoy exagerando un poco, pero sólo un poco.

-Excelente, confío en usted Nathaniel –dicho esto la profesora habló en voz alta a toda la clase–. Atención. Ya que por hoy dos paralelos trabajaran conmigo, haremos algo simple. Me imagino que saben que falta poco para el Día de San Valentín.

Tanto el rubito como yo dimos un respingo. Nuestro tiempo se agotaba.

-…Así que nuestra misión será hacer galletas de chocolate en forma de corazón en honor de todos aquellos que aman a alguien. ¡Manos a la obra niños!

Qué cosa más cursi e inútil.

-Ahora que ya sabemos cual es la misión. Repartámonos responsabilidades.

El señor perfecto asumió el liderazgo del grupo, pero hacer "un excelente trabajo" iba a ser más difícil de lo que esperaba…

"No Lysandro. La receta dice mantequilla sin sal"

"Rosalya te aseguro que no te ensuciarás las manos sólo por traer la harina"

"¡Eso es margarina Lysandro!"

"Necesitamos azúcar blanca, no morena. Y no, Rosalya. No cambiaremos la receta para que sea baja en grasas".

"Scarlet deja esas almendras. La instrucciones dicen nueces".

La verdad hice esto último a propósito. Era increíblemente divertido exasperar al rubito.

-Mejor yo voy por todos los ingredientes. No muevan un dedo hasta que regrese –nos ordenó un tanto frustrado.

-No le veo nada de malo en querer hacer algo distinto a esas galletas archigrasosas. No pienso comer ni una. Debo mantener la línea –aseguró Rosalya.

-¿Alguien sabe cuál es la diferencia entre la mantequilla normal, la mantequilla sin sal y la margarina? –preguntó Lysandro con genuino interés.

-Creo que es uno de esos misterios que nunca llegaremos a comprender –respondí con una sonrisa.

El señor perfecto volvió al cabo de unos minutos cargando con todas las cosas que necesitábamos para la práctica de horneado.

-Ahora podemos empezar –dijo al tiempo que depositaba los ingredientes en perfecto orden sobre el mesón.

Digamos que la diversión apenas empezaba.

"No. Es una taza y media de azúcar, no la mitad de una taza".

"No confundan la cocoa en polvo con las chispas de chocolate"

"Hay que picar las nueces antes de utilizarlas".

"¿Alguno de ustedes tiene un poco de sentido común?".

Pobre rubito, no había manera de que termináramos con bien. Ya había pasado casi una hora cuando un olor delicioso emanó de la cocina del grupo de enfrente.

-Quedaron perfectas Melody.

Emma felicitaba a su compañera de grupo mientras probaba una de las galletas en forma de corazón que llenaban las dos bandejas que Castiel acababa de sacar del horno.

-¿Te parece? Me alivia. Temía que se sobre cocinaran. ¿Quieres una?

La niñita de papá le alcanzó una de sus "perfectas" creaciones a su novio.

-¿Estas segura de que son comestibles? –preguntó el pelirrojo fingiendo desconfianza.

-No seas tonto, tú mismo ayudaste a hacerlas –replicó Melody.

-Sí, pero no participé en todo el proceso. Digamos que te daré el beneficio de la duda…

Dicho esto Castiel tomó la galleta y le dio una mordida.

-No está mal –aprobó–. Te dejaré hornearme algunas.

-Lo pensaré.

Me quedé observando la escena totalmente consternada. ¡Joder! ¿Es que acaso esa Melody no tenía ningún defecto? Linda, buena alumna, excelente cocinera. Empezaba a sentirme como una gran nada.

-Al fin conseguimos colocar una bandeja en el horno. Es prácticamente un milagro. Sólo una más y ya está. ¿Cómo vas con lo que te pedí?

El rubito se me acercó preguntándome por la estúpida bolsa con cierre hermético en la que quién sabe por qué diablos había que colocar harina, bicarbonato, sal y cocoa para completar la receta.

-Pero si ni siquiera has llenado la bolsa, ¿qué ocurre? Ya estamos muy retrasados.

Lo último que necesitaba eran los regaños del señor perfecto.

-Mira –dije sin dar mayores explicaciones.

-Hay no. Ya acabaron de hornear. Debemos apresurarnos –afirmó Nathaniel con preocupación. No podía creer el orden de sus prioridades.

-Y eso qué. ¿No ves lo acaramelados que están Castiel y Melody? –contesté enfadada.

-¿Piensas que voy a dejar que el pelirrojo del demonio me gane en una práctica de horneado?

-Ese no es el punto –repliqué poniendo los ojos en blanco.

-Claro que lo es –declaró.

¡Pero qué terco era el rubito!

-¿Aún no han terminado? Mejor se apresuran o la señora Freudenthal se enfadará.

Melody nos dirigía una mirada preocupada.

-Qué esperabas. Scarlet y Lyandro son un desastre en la cocina, y por lo visto el señor delegado también.

Gracias por tu apoyo moral Castiel.

-No se preocupen por nosotros. Terminaremos enseguida –aseguró el señor perfecto con una enorme sonrisa. Evidentemente estaba muy, pero muy molesto–. Pásame la bolsa –me pidió.

Quería completar el trabajo él solo para lucirse ante la niñita de papá. El problema era que yo también deseaba demostrarle algo al pelirrojo.

-Déjamelo a mí. Lo haré perfectamente –respondí con confianza. La verdad es que no tenía la menor idea de cómo mezclar los ingredientes dentro de una bolsa, pero me importaba un comino. Si Castiel quería a alguien que supiera cocinar, yo intentaría ser esa persona.

-Insisto. Mejor lo hago yo. Ya se han cometido demasiados errores en esta cocina –puntualizó el rubito al tiempo que me arrebató la bolsa y vertió en ella una taza de harina.

-Ya te dije que puedo sola –dije tomando la bolsa de vuelta y colocando en su interior la mitad de un paquete de cocoa.

-¿Qué haces? La receta dice que sólo se requiere media taza de chocolate en polvo –me aclaró el señor perfecto frunciendo el ceño.

-No importa. Preparáremos más galletas y ya –respondí fingiendo que no le daba la menor importancia a mi error.

Vaya que soy idiota. ¡Tierra trágame!

-Las cosas no son así de simples. Dame eso, no pienso quedar como un incompetente frente a Melody.

-Y yo no pienso permitir que Castiel crea que soy incapaz de hacer unas estúpidas galletas.

En este punto el rubito y yo tiramos de la bolsa al mismo tiempo.

-Madura de una vez Scarlet.

-Mira quien lo dice rubito.

Y lo inevitable sucedió. La bolsa se partió en dos esparciendo su contenido ante la mirada divertida de nuestros compañeros de clase.

-¡Pero qué acabas de hacer! –me reprendió el señor perfecto.

-¿Yo? ¡Fuiste tú señor perfecto!

Ambos teníamos el rostro y parte de la ropa salpicada de harina y cocoa.

-No puedo creerlo. Esto es demasiado…deberían verse en un espejo.

Nunca antes había visto reír al pelirrojo de esa forma.

-Basta Castiel. ¿No ves que tuvieron un accidente? Tengan.

Melody nos alcanzó un clínex a cada uno.

-Gra…gracias.

El sonrojo del rubito se notaba a pesar de la harina que tenía sobre el rostro.

-No te molestes.

Rechacé la ayuda de la niñita de papá. Mi tolerancia a las humillaciones tenía un límite. Sabía que el rubito me regañaría por mi actitud hacia su querida Melody, pero la alarma de la cocina lo detuvo.

-¿Y ahora qué?

En cuanto Nathaniel abrió el horno una humareda se dispersó a nuestro alrededor. Ahí iba nuestra práctica de horneado.

-No lo entiendo, estoy seguro de que regulé la temperatura de acuerdo a las instrucciones –dijo mientras sacaba las rocas carbonizadas en que se habían convertido nuestro intento de galletas.

-Pues al parecer te equivocaste –afirmé tosiendo un poco a causa del humo.

-Imposible, tuve mucho cuidado…Un minuto, ¿dónde está Lysandro? Se suponía que no debía perderlo de vista.

¿Por qué el rubito preguntaba por él?

-¿Qué pasó aquí?

Rosalya y Lysandro acababan de llegar con las nueces y las chispas de chocolate que se suponía debíamos agregar a la mezcla de la bolsa.

-Por lo visto pasaron muchas cosas en nuestra ausencia –sentenció mi mejor amigo frunciendo el ceño.

Empecé a sentirme terriblemente culpable, no sólo yo había perdido la posibilidad de redimirme ante la señora Freudenthal, sino Lysandro también. Y hablando del Rey de Roma…

-¡Niños! Es el colmo, no puedo dejarlos solos ni por un minuto.

-Lo sentimos mucho fue un acciden…

-No intenten justificarse señor Nathaniel. ¡Limpien todo esto ya mismo!

La campana que anunciaba la hora del almuerzo sonó en ese preciso instante.

-Sobra decirles que su hora del almuerzo queda suspendida.

No, no era correcto. Lysandro tenía que ir a preguntar por su libreta y Rosalya…bueno estaba segura de que no la haría para nada feliz tener que limpiar nuestro estropicio.

-Espere, vera, yo tengo la cul…

-Señora Freudenthal, yo soy el único culpable, asumí el liderazgo del grupo y fallé. Por favor no castigue a los demás.

El rubito me interrumpió asumiendo toda la responsabilidad. ¿Acaso no era su reputación lo que más le importaba? Me sorprendió.

-Eso no es cierto. Yo también tengo parte de culpa.

Las palabras salieron de mi boca por si solas.

-Bien, ya que insisten en asumir las consecuencias de sus actos…Señorita Rosalya, señor Lysandro, retírense antes de que me arrepienta.

Menos mal nuestra profesora entendió.


Después de asearnos un poco, tomamos un par de paños para limpiar el mesón y la cocina.

-Oye, gracias por no dejar que castigaran a todo el grupo –dije al cabo de unos minutos de silencio.

-Era lo correcto. Fui descuidado. Debí vigilar a Lysandro.

¿De nuevo con eso? Ciertamente Lys era distraído, ¿pero era para tanto?

-Como sea….lo lamento. Tenía que haber dejado que hicieras lo de la bolsa. Soy una completa inútil para estas cosas –afirmé arrepentida.

-Trata de tomártelo con calma. ¿Sabías que Melody pasó clases de cocina? Es natural que sepa un par de cosas más que tú –me reconfortó el rubito.

-¿De verdad?

-Así es –aseguró sonriendo–. Y yo también lo siento. Sólo quería ganarle en algo… en lo que sea. ¿Sabes? Me siento un completo fracaso comparado con Castiel. Él siempre está un paso adelante, hasta con Melody…

-¿Estás bromeando? –pregunté incrédula.

Nathaniel, que hasta entonces había mantenido la mirada fija en el paño con el que repasaba el mesón y que a esas alturas empezaba a brillar, volteó para verme a los ojos.

-¿En serio crees que pienso que soy un "señor perfecto"? –me preguntó.

-No…sí…tal vez un poco –respondí un tanto avergonzada–. Ocurre que parece que todo se te da bien y que sólo te interesa sacar buenas notas porque te importa mucho la opinión de los adultos...

Mi voz fue perdiendo fuerza a medida que pronunciaba cada una de estas palabras. Este día en particular había visto más que suficientes pruebas como para comprender que el rubito tenía otras motivaciones.

-No te culpo por concluir algo así. Sé que en el último tiempo he exagerado un poco con el instituto. Corregiré eso. Pero de verdad me agrada, de otra forma no lo haría.

-¿Estudiar y sacar buenas calificaciones? –inquirí incrédula.

-Obviamente –me respondió con una sonrisa–. Es cierto que a los adultos les gusta eso de mí, pero ese no es el punto. La cuestión es que disfruto conocer algo nuevo cada día. Es parte de mi personalidad. ¿Es tan difícil de creer?

-Un poco…

Nunca había conocido a un chico que confesara sin el menor reparo que le encantaba aprender porque sí.

-Lo imagino –suspiró–. Tampoco es que me guste estudiar de todo. Hay materias que en verdad detesto.

-¿Cómo cuáles?

De pronto sentí que quería conocer todo sobre el rubito y su auténtico yo.

-Matemáticas, física, química y en general cualquier cosa que tenga que ver con números –declaró con expresión de desagrado.

-Pero eres uno de los mejores alumnos de nuestro grado, lo cual sería imposible si no sacaras excelentes calificaciones en todo eso.

-Me rompo la cabeza semanas antes de los exámenes tratando de resolver los ejercicios que nos dejan los maestros. Juro que parece un idioma de otro planeta. No le digas a nadie ¿sí?

-Mis labios están sellados. ¿Y por qué tanto esfuerzo para destacar en algo que no te atrae?

-Quiero ser escritor. Conozco una universidad con un excelente programa de escritura creativa, pero es muy costosa y mis padres…no importa… La realidad es que necesito una beca.

Vaya, el rubito tenía un dilema parecido al mío. La Academia de Bellas Artes a la que deseaba asistir también era costosa. Sólo que yo había pensado en una solución diferente: trabajar a medio tiempo.

-Entiendo –dije. Y era verdad. Por primera vez sentí que entendía.

-Bueno, creo que podemos irnos. Me parece que ya está suficientemente limpio.

-Sí. No tengo ganas de seguir recordando el hecho de que Castiel comió las perfectas galletas de Melody –dije desaminada.

-Técnicamente también eran sus galletas –apuntó el rubito antes de ponerse a pensar en algo–… ¡Ya sé! Espera un segundo.

Sacó su móvil y empezó a buscar quién sabe qué en Google.

-Aquí esta. Mira –dijo mostrándome el contenido de la pantalla –. Es una receta de galletas con chips de chocolate. Es muy simple. Creo que podríamos intentar hacerlas –propuso entusiasmado.

-¿Cuándo?

-Ahora. ¿Por qué no? Tenemos la sala de cocina sólo para nosotros.

-¿Y qué hay de las clases? La hora del almuerzo acabará pronto.

Me parecía increíble que yo estuviera recordándole al rubito que aún nos quedaba una hora y media de instituto.

-No hay problema. Le diré a la profesora de lengua que aún tenemos mucho que hacer por aquí. Nos dará permiso para ausentarnos, no en vano soy delegado principal –afirmó con una sonrisa algo pícara y que no había notado que tenía hasta ese momento.

-¿Estás dispuesto a saltarte las clases? –inquirí bastante perpleja.

-Claro que no –dijo escandalizado. Ahí estaba el Nathaniel de siempre–. Sencillamente remplazaremos la clase de lengua con una hora y media extra de economía doméstica.

-No creo que sea buena idea. Soy pésima en la cocina.

-Anda. Estoy intentando ser espontáneo. Sin ti no podría hacerlo. Será divertido y probaremos que somos capaces de hacer unas galletas decentes –insistió mirándome con esos ojos dorados que parecían tener un brillo más intenso que de costumbre.

-…Está bien. Pero nada de bolsas herméticas –accedí.

-Prometido. Además yo tampoco tengo la menor idea de cómo mezclar los ingredientes en esa cosa. Rosalya lo hizo para la primera bandeja. Como ves no soy un "señor perfecto".

-Digamos que no todo el tiempo, pero casi siempre y no es tan malo como parecía –respondí sonriendo.

-Tomaré eso como un cumplido.


Tal como Nathaniel me había aconsejado, bastaba con seguir la receta al pie de la letra y consultar las dudas en internet para que las cosas salieran como queríamos, al menos cuando se trataba de hornear. La única cosa en la que no pudimos ponernos de acuerdo fue en la cantidad de azúcar. Luego de probar la mezcla que el rubito acababa de revolver, me pareció que necesitaba un poco más, pero este último se negó rotundamente argumentando que, de hecho, estaba demasiado dulce. Discutimos por unos minutos y al fin quedamos en un arreglo intermedio, logrando sacar una bandeja completa de galletas de forma y cocción casi perfectas.

-Están deliciosas, aunque sí les faltó azúcar –dije mientras mordía una.

-Yo más bien diría que están un poco dulzonas, pero hemos mejorado, no hay duda –aseguró Nathaniel también degustando los resultados de nuestro trabajo.

Dejamos la sala de cocina unos veinte minutos después de que tocara el timbre de salida. Colocamos nuestras galletas en una caja de cartón que hallamos en una de las gavetas de nuestro mesón. Los pasillos del instituto estaban casi desiertos y podíamos escuchar perfectamente el eco de nuestros zapatos al rozar el suelo con cada paso que dábamos.

-¿Cómo sabías que conocía la respuesta a la pregunta de Farres? –pregunté al recordar el incidente de la clase de historia.

-Fácil. La monografía que le debes…debemos al señor Farres trata de la Segunda Guerra Mundial. Apuesto a que la empezaste apenas ayer, así que tienes frescos los conocimientos –respondió muy seguro.

-¿Y qué te hace pensar que estoy trabajando en esa tonta tarea? –contesté a la defensiva. Por alguna razón me irritaba que el rubito hubiera acertado sobre esa estupidez.

-No lo niegues, sé que la estás haciendo. Y si no fuera así, al menos te informaste un poco viendo Hetalia.

-¿Sabes de qué va ese anime, o al menos sabes qué es un anime rubito?

Nathaniel empezaba a sorprenderme cada vez más.

-Digamos que Armin y Alexy me han instruido "un poco" sobre ello está mañana.

Eso explicaba los dvds de SAO.

-Hablando de ellos, ya deben estar esperándome –continúo Nathaniel–. Me comprometí a ayudarlos con la recolección de firmas por los derechos de los animales. Será mejor que me apresure para darles alcancé.

-Genial. Me gustaría ir, pero tengo trabajo esta tarde –dije al tiempo que bostezaba. Realmente era horrible trabajar por las tardes después del instituto, menos mal que sólo era tres días a la semana.

-¿Trabajas? –me preguntó intrigado.

-Sí. Y lamentó mucho no haber podido ayudarte hoy con lo del idiota que te ha estado saboteando.

-Scarlet, respecto a eso, tengo mis sospechas y sé que no te van a agradar para nada… –el rubito parecía contrariado–. Además olvidé decirte que ayer Amber me dijo que me contaría todo lo que sabe acerca de lo qué pasó entre Castiel y Melody en la convivencia… si es que conseguigo que un alumno nuevo que se va a inscribir mañana al instituto acabé en su paralelo. Es sólo que no puedo hacer eso, no está bien manipular las disposiciones de la dirección de esa forma…

Información. Convivencia. Melotiel. Olvidé lo demás. Había preguntado a todos los que conocía y nadie tenía la más remota idea de cómo el pelirrojo y la niñita de papá habían acabado juntos. Tal vez la respuesta la tenía todo este tiempo es arpía. ¡Al diablo las reglas! Necesitábamos saber. Iba a decirle todo esto al rubito cuando oímos a un par de chicas cotilleando cerca de los casilleros de primer año.

-¿Conoces al delegado principal?

-Sí, es guapo. Lástima que sea un facilón aburrido.

-Exacto. El pobre idiota te sonríe y responde con amabilidad si le sigues el juego de estudiante ejemplar.

-Se nota que es un introvertido reprimido. Seguro que si te declaras te dice que "sí" sólo porque fuiste cordial.

-No es más que un producto de los adultos a su alrededor.

¿Estaban bien mis oídos? ¿En serio había escuchado todas esas barbaridades? Me quedé paralizada un par de segundos antes de reaccionar. ¡Alguien iba a morir! Pero por desgracia Nathaniel me tomó del brazo, alejándome de las niñatas y evitando que nos vieran.

-¿Qué se supone que pretendías hacer? –me reprendió el rubito. ¿De qué lado estaba?

-Ellas…oíste…cruzaron la raya –afirmé furiosa. Creo que nunca había sentido tanta rabia.

-Olvídalo. Sé lo que ellas piensan de mí hace mucho tiempo. Sucede cuando me tratan un tiempo. No importa –declaró con un sonrisa que no llegó a sus ojos.

-No está bien –aseveré.

-Es el precio de ser uno mismo. Es imposible que le agrades a todos, y por lo visto yo no le gusto a bastantes personas…incluso a la chica que me gusta. Aun así no pienso cambiar sólo por mejorar su opinión de mí.

Odiaba admitirlo, pero en ese momento Nathaniel me pareció sumamente maduro y…valiente. Ser uno mismo requería de valor y él lo tenía. Quizá no éramos tan diferentes como había pensado…

-Okey. Concuerdo contigo. Pero eso no significa que ignoraremos esos comentarios.

-Déjalo estar. Es una tontería…

-Dame eso –le quité al rubito la caja con las galletas–. Ahora sólo sígueme el juego. Sé que puedes. Ahí vienen.

El par de niñatas se aproximaba a donde nos encontrábamos y cuando estuve segura de que nos estaban observando, llevé a cabo una actuación digna de un Oscar.

-Comprendo tu respuesta. No te preocupes, gracias por todo.

Bajé la cabeza por un segundo y al siguiente la levanté con los ojos vidriosos. ¡Era una perfecta heroína de manga shojo! ¡Hasta había conseguido sonrojarme!

-¿Scarlet qué haces?

Nathaniel era el más sorprendido de todos los presentes.

-Ya sé que quieres a otra persona. No volveré a molestarte, pero por favor acepta esto. Lo hice para ti.

Estiré los brazos y le alcancé el producto de nuestra práctica de horneado.

-Gra…gracias. Es un lindo gesto, creo.

Y entonces me acerqué al rubito lo suficiente para que nuestros labios quedaran a escasos milímetros de distancia. En ese punto ambos sosteníamos la caja de galletas.

-¿Qué…qué estás haciendo? –el rubito estaba completamente rojo y muy nervioso. Definitivamente me encantaba verlo así de avergonzado.

-Sólo te doy las gracias por lo de hoy. Fue lindo hacer galletas comestibles juntos –dije al tiempo que lo besaba suavemente en la boca.

Me alejé después de unos segundos con una enorme sonrisa.

-Espero que logres declararte a la chica que te gusta señor delegado.

-Yo…yo también.

Nathaniel me observaba atónito.

Acto seguido, salí corriendo justo entre las niñatas, asegurándome de empujarlas como quien no quiere la cosa. Esperaba que eso fuera suficiente para que dejaran de hablar del delegado de esa manera tan cruel. ¡Facilón aburrido mi abuela!

-¡Scarlet! ¡Aguarda!

El rubito estaba a un par de metros por detrás. Me detuve al escucharlo.

-¿Por qué? –fue todo lo que dijo.

Excelente pregunta.

-Detesto que hablen mal de mis amigos. No querías violencia, así que les demostré que no eres lo que piensan –contesté evitando mirarlo a los ojos.

-¿Entonces ya somos amigos? –inquirió.

-Supongo que sí…al menos hasta que logremos lo que queremos –afirmé sin dejar de desviar la mirada.

¡Maldición, me estaba sonrojando y está vez no era ninguna actuación!

-Te debo una. Dejaste perplejas a esas chicas, no creo que vuelvan a hablar mal de mí a mis espaldas.

-Lo que sea. Ya me voy. El trabajo apremia. Nos vemos luego.

-¿No te llevarás las galletas?

-Quédatelas. Tú hiciste la mayor parte.

No esperé a que Nathaniel dijera algo más. Salí disparada fuera del instituto y entré al primer bus que vi. Era un hecho. Estaba perdiendo el control de la situación.


Hola, han pasado como un millón de cosas y al fin he conseguido actualizar. Espero les haya gustado el capítulo. Muchas gracias por los comentarios, me ayudaron mucho a pensar cómo sería el fic y este día en especial ;). Gracias por el apoyo, trataré de actualizar lo antes posible.