Son las cinco de la mañana. Tengo sueño. He tardado.

¡FELICES FIESTAAAAAS!


Prólogo de un Viaje Desastroso:


—¡Lovino! ¡Despierta! — la voz de su madre penetró en sus oídos, erizándole todo el pelo.

Maulló, gruñó, y se revolvió entre las sábanas. Echaba muchísimo de menos su cama y agradecía la familiaridad de ese lugar. Su hermano seguía durmiendo, tan plácidamente, y eso que tiene un sueño pesadísimo. Su madre, Arabella, entró y agarró al gatito por el pescuezo.

—Tus amigos van a venir dentro de cinco minutos. Desayuna, holgazán — y lo puso encima de la mesa, delante de un plato de cereales y leche crujientes.

Miró un poco mal el plato, porque sabía que tomárselo iba a llevar su tiempo. Por otro lado, estaba el hecho de que su madre le dejase ir. Le parecía increíble, casi una proeza digna de un poema (digamos que Feli le dijo a su madre que había una personita por la que sentía especial interés).

Pero Lovino seguía intentando con todas sus fuerzas comer los cereales con la mayor celeridad posible. Una semana en su casa, una semana sin ver a Antonio. No es que le hubiese echado de menos, ni nada. Tampoco es que su hermano no hubiese parado de repetirle que fuese con él a visitarlos.

De alguna manera, no podía mirarle a la cara. No desde la noche en la que su madre prácticamente le secuestró. Ni siquiera tenía el móvil de Antonio. En realidad, el único que conservaba un móvil, y de milagro, era Feliciano. El suyo se perdió en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quería acordarse. O en el sótano del Club de Magia. Ya preguntaría después.

Realmente el que le confirmó que irían al viaje fue Feli. Fue su pájaro mensajero durante toda la semana. Y ahora le iba a ver en persona… ¡qué nervios! ¡y qué cabreo! Se sentía como una colegiala estúpida que iba a ir a una cita…

¡Espera, no! ¡No es una cita! (ya, claro).

Su corazón casi explota cuando oye el timbre. Su madre fue hacia el telefonillo y abrió a Antonio y a Ludwig. Lovino trataba de calmarse, pero lo único que obtuvo fue el atragantarse con un copo de miel.

Su madre le abrió la puerta a los dos chicos. Ludwig permaneció en el umbral, porque no quería despertar a Feliciano. Los ojos de Antonio buscaban a Lovino y se iluminaron al verme. El italiano observó como el español se tensaba de pronto, y como parecía pensarse mejor sus movimientos.

—Ya veo… — susurró Arabella.

—¿Qué dice, señora? — preguntó Antonio.

—Nada, nada… eres pariente de Isabel, ¿verdad? — preguntó Arabella — Y seguro que tu primo Santi, el portugués, es su hijo.

—Sí, pero no nos llevamos muy bien — rió nerviosamente. Recordó cuando eran pequeños y Santi le hacía chantaje, y desde entonces vivía con miedo.

—Bueno — Arabella cogió una bolsa de viaje, la abrió, e indicó a Lovi que se metiera dentro. El gatito obedeció a su madre, intentando no mirar a Antonio — Tómalo. Y más te vale que venga de una pieza.

—¡S-sí señora! — contestó, cogiendo la bolsa entre sus brazos. La madre daba mucho miedo.

Arabella los despachó en seguida, asegurándole a Ludwig que le mandaría recuerdos a Feliciano de su parte. Al cerrar la puerta, suspiró. Caminó hacia la habitación de Feliciano, mirando las fotos colgadas en la pared. Iba a cerrar la puerta del dormitorio de su hijo, cuando se quedó pensativa en el umbral.

"¿Habré hecho realmente bien…?".

No quería volver a perderlos.

· · ·

Vale, estaba siendo bastante incómodo.

Entre que el alemán no acostumbraba a hablar, y el italiano ni podía mirarle, Antonio estaba envuelto en un silencio incómodo. El español era de los que no podía soportar un silencio cuando estaba con otras personas.

Tampoco ayudaba mucho el irrefutable hecho de que estaba enamorado de Lovino.

Todavía no se lo había dicho a sus amigos porque no había encontrado el momento. Habían pasado ya tres semanas de convivencia con Lovi, y sabía perfectamente que era fantástico. Sí, muy gruñón pero en el fondo pura miel. No quería hacer nada más que mimarlo y cubrirlo de besos y darle muchos mimos.

Por fortuna, llegaron a la escuela luego de un largo rato de tenso silencio. Para Ludwig no, no lo consideró tenso. Es Antonio, que es un paranoico. Cuando llegaron, el autobús ya estaba listo y las dos clases ya estaban depositando sus equipajes en el maletero.

Lovino encuadró el ojo por la abertura de la bolsa de cremallera que tenía para respirar. Palideció al comprender que le iban a meter ahí por cinco horas. Maulló un poco, descorazonado, y se cagó en todo ser viviente después.

—¿Y esa bolsa? — preguntó Christie a Antonio — llevas ropa de más.

—Ah, es que… — se puso tenso — llevo ahí ropa por si me mancho o algo.

—Ajá… — Christie le miró fijamente — Bueno, puedes llevarla a bordo. No es muy grande.

Lovino bendijo a todo aquel que se le ocurrió por aquella grandiosa decisión. Antonio suspiró aliviado, y se apresuró a meter su maleta con el resto de los equipajes. Más contento, llevó la bolsa con Lovi a los asientos.

Se colocó en una pareja al azar, e inmediatamente Francis se colocó a su lado. En la fila paralela estaba Matthew con su primo Alfred. Delante de Antonio, se habían colocado Gilbert y Eli, y más o menos todos se iban posicionando. El español depositó la bolsa con cuidado en sus rodillas y abrió un poco más la cremallera, dejando al descubierto la cabecita de Lovi.

—¿No estás emocionado Lovi? Un viaje al campo — rió, contento.

—¡Exacto! Y quizás ahí encontremos una chica para ti — dijo Gilbert.

Puñalada directa al corazón de Antonio, aunque nadie lo notó. Francis y Gilbert intercambiaron una fugaz mirada, al ver que no había reacción alguna en Antonio.

—Seguro que hay muchas chicas lindas en la playa — animó Eli — El atardecer es perfecto para ligar.

Otra puñalada. A Antonio se le escapó un pequeño, leve e imperceptible tic en el ojo. Lovino era suyo. Ninguna fulana desconocida iba a tener con él una cita amorosa en la playa al atardecer con su italiano.

Aunque el tic fue momentáneo e imperceptible, Francis y Gilbert intercambiaron otra mirada, y el francés de inmediato sacó su móvil. Eli no entendía muy bien el por qué de sacar los móviles ahora, pero estaba muy ocupada tratando de averiguar si había algo entre Antonio y Lovino. Sin embargo, el gatito les había mandado a la mierda con un maullido y se fue a dormir, que era bastante temprano.

Antonio sintió que le vibraba el móvil, y lo cogió. ¿Un mensaje de Francis? Le miró, pero el parecía charlar muy alegremente con Matthew y Alfred.

Franny: qué te pasa, Antonie?

¿En serio había adivinado que tenía un ataque de celos? No podía creérselo. Decidió contestarle.

Antonie: Bueeeno… tengo un problema :x

Franny: cuenta

Antonie: esto…

Miró detenidamente a Francis, que ahora centraba su atención en el rostro de Antonio. El chico no pudo hacer nada más que enrojecer de vergüenza. Trastabilló con sus propios dedos mientras escribía, hasta que al final envió un mensaje.

Antonie: creo que estoy empalmado de Lovi…

Dejó escapar el aire mientras envió el mensaje. Sin embargo, la cara de estupefacción de Francis le indicó que algo iba mal.

Franny: chèrie, eso ya lo sabía.

Antonie: nonono, enamorado* fue el corrector! D:

Francis le dedicó una mirada picaresca, y le guiñó un ojo a Gilbert. El alemán le sonrió a Antonio, y él se quedo sin palabras. ¿Sus amigos ya lo sabían? Eli, sin embargo, les miraba sin saber nada y con evidente curiosidad. El móvil de Gilbert sonó.

Franien: Antonie esta enamorado del petit chat.

Gilbert vio el mensaje y se lo enseñó a su novia. Ella parecía estar a punto de gritar, pero se tapó la boca con mucho esfuerzo y miraba a Antonio con los ojos refulgentes. ¡Sabían que eran el uno para el otro! Entonces, el móvil de Francis y Antonio vibró.

Gils: SOIS MI OTP AKSJSKSL

Miraron a Gilbert, y él negaba con la cabeza intensamente. Trataba de atrapar el móvil que Eli le había robado.

Gil: Y EN REALIDAD ME VAN LOS DOS ROLLOS Y ESTOY ABIERTO A NUEVAS EXPERIENCIAS CON MI NOVIA. MIS 3 M SON 3 CM Y SOY TEÑIDO. KESESESESE~

Gil cambió de estado a AnVi is lof, AnVi is laif.

—¡Eliii! ¡Dame mi asombroso móvil!

—¡Nunca! — rió malvadamente.

—¡Gilbird, ataca! — y el polluelo salió de la nada y empezó a revolotear alrededor de Eli.

—¡Gilbiiird! — dijo, entusiasmada. El polluelo, que le tenía cariño a Eli, se posó en su cabello y se quedó dormido — Me quiere. ¡Ja! Mala jugada.

—Las mascotas se parecen a sus amos — rió Francis.

Y siguieron así, armando bulla un buen rato. En cero coma, toda la casa se enteró del secreto de Antonio, y el español no pudo hacer nada más que morirse de vergüenza. ¿Y si se lo decían a Lovi? ¡Era una pesadilla!

Tras casi quince minutos parados, los profesores subieron. Lovi miraba a todos extrañados desde la bolsa, porque no entendía de qué se reían tanto o el hecho de que Antonio estuviese como un tomate.

—¡Eh! ¡Atención! — una voz demasiado familiar atrajo la atención de todo el grupo — Geman no pudo venir, así que aquí estoy yo. ¡Pero respeto igual, eh!

Era Rómulo.

Lovino se sentía morir. ¿Cómo iba a poder rondar por ahí con Rómulo cerca? Sí sabía que era una mala idea. Seguramente se pasaría los tres días seguidos ocultándose y siguiéndolos a todas partes, ¿cómo iba a ligar así?

Aunque, bueno, en lo último que pensaba era en ligar. Quizás el hecho de que vaya a dormir por las noches con el español no lo calme demasiado, pese a que ya es una costumbre.

—Llegaremos al pueblecito cerca del mar a eso de las doce. Iremos a los bungalós a dejar las cosas, ¡y luego a caminar! ¿Todos han traído la mochila ligera? ¿Sí? — comprobó que la gente tenía una pequeña bolsa o algo parecido — Ahí podéis meter un recambio de ropa, porque después de bajar de la montaña luego de comer, iremos a la playa. Eso es, amores apasionados bajo la luz del atardecer, y el juego de la botella, y el beber cerveza sin que el profe se entere…

Todos rieron, atraídos por la idea. Christie le dio un buen coscorrón y continuó ella la explicación. El autobús ya estaba en marcha, y Rómulo se acercó a dónde estaba Antonio. Con la voz un poco baja, preguntó:

—¿Cómo están Lovi y Feli? — todos se miraron entre sí.

—Bastante bien — respondió Francis. Antonio abrazó la bolsa un poco contra sí, dándole su apoyo a Lovi.

—Me alegra, me alegra. No sé nada de ellos… — "durante los últimos diecisiete años". La última frase quedó suspendida en el aire.

—¿Sabías que West está saliendo con Feli? — dijo Gilbert, sintiéndose orgulloso.

—¿En serio? Vaya, vaya, parece que algo de mí tienen — rió al pensarlo. Antonio notó como a Lovi no le hacía la misma gracia, porque pegó un respingo en la bolsa — ¿Y Arabella?

—Según lo que me contó West da mucho miedo. Más miedo que German — dijo Gilbert, como si fuese algo casi tan asombroso como él.

—¡Por supuesto! — rió — siempre fue una chavala con carácter. No es de las que caen y no se levantan.

Un pequeño silencio se formó entre ellos, y Rómulo decidió retirarse. Antonio apretó un poco más la bolsa, casi sintiendo como los sentimientos doloridos de Lovino traspasaban la tela de la bolsa y se clavaban en su corazón. Y pese a todo, ¿por qué no podía sentir resentimiento hacia Rómulo?

Las cinco horas se pasaron entre siestas, juegos de cartas y canciones de viaje. Cuando llegaron, la carretera a un pueblo los recibió con los brazos abiertos. No era un pueblo pequeño; parecía acostumbrado a recibir esa clase de turismo, y podían ver establecimientos como cafeterías o pub escondidos en callejuelas. Era un pueblo bastante grande. Casi ciudad.

El autobús dio bastantes rodeos hasta llegar a una explanada con caballas de madera de dos pisos. Justo al lado, un restaurante cuya anciana dueña había dejado la ventana abierta, dejando que el aroma a carne asada les atrajese. El autobús paró y todos fueron bajando, tomando sus maletas. Christie se ocupó de más o menos asignar los bungalós, procurando que no fuesen mixtos.

—¡Es… es…! — balbuceó Antonio — ¡Muy familiar!

—Enano es la palabra — completó Gilbert.

—¿De verdad cabremos ocho personas aquí?

La habitación era de un tamaño medio, y dos de las paredes estaban ocupadas con dos parejas de literas. Cada litera se separaba de su compañera por un pequeño armario vacío. El baño era decente, al menos. No era mucho lujo; al menos, las mantas que parecían de casa de tu abuela le daba cierto aire familiar.

—¡Me pido la de arriba! — saltó de inmediato Gilbert.

—¡Bruder, ten más cuidado! — regañó Ludwig, pasando detrás. Se preocupó al ver como su hermano se balanceaba como un mono por la escalera que no parecía muy bien encajada.

—Matty y yo vamos a la de abajo — dijo Francis, pícaro. El canadiense se sonrojó.

—P-pues voy arriba — dijo, intentando ser rebelde. Francis rió y le besó la cabeza con cariño.

—Oh, sí. Tú arriba — se rió. Matthew le golpeó el pecho, de manera muy desenfadada.

—¡De un salto! — gritó Alfred, pero fue agarrado por la capucha.

—¡Ni en broma! Luego soy yo el que tiene que escuchar tus quejas — bufó Arthur, antes de que Alfred pegase un salto hacia la litera de arriba que lo dejase dolorido toda la semana.

—Dios, que ruidosos — se quejó Govert.

—Ala, Lovi. Eres libre — dijo Antonio, sacando a Lovino de la bolsa.

El gatito salió disparado y agradeció el aire fresco. Ahí olía a calcetines y mantequilla. De un salto se colocó en una cama y se plantó ahí, tan pancho.

—¿Quieres esa cama? ¿No prefieres la de arriba? — preguntó.

—Grr, miau — le maulló. ¿Sitios altos? ¿Desde lo de las tuberías? No, gracias.

Antonio rió un poquito ante la acción y no pudo evitar acariciarle la cabeza. Lovino pegó un respingo hacia atrás con el cual tocó la pared, y estaba muy tenso. Toñi, al ver al gatito así, comprendió un poco más rápido que aunque era un gato era Lovi, y eso era como acariciar a Lovi.

—¡Lo…lo siento! — se disculpó, con las orejas hirviendo.

Lovi maulló, gruñó y bufó, para darle la espalda y acurrucarse en una esquina. Incluso siendo un gato, sentía que el corazón iba como loco y que su mente iba a cien por hora. Es que a ver, ¿a quién se le ocurre acariciarle la cabeza entera, si tiene ese pelito especial ahí? Sólo a Antonio, parece ser.

—¡Eh! ¿Tenéis crema solar?

—¿Y quién la necesita?

—Me encantaría verte negro, Gilbie. Seguro que te da un aspecto muy único.

—¡N-no pongas la mano, ahí, Fran…!

—Ohonhohon~

—Ala, ya están otra vez…

No pasaron ni cinco minutos y la habitación estaba hecha un lío. Francis, Arthur y Govert, que lo único que compartían era el tema de ser ordenados, casi les da un ataque al ver la cama revuelta de Antonio, llena de cosas. ¿Eso era una bola de cristal? ¿Para qué quería Antonio una bola de cristal?

Luego de haber preparado la mochila ligera con las cosas de playa y el haberse equipado con el bañador, salieron. Gilbert llamaba la atención con su camiseta hawaiiana; Francis llevaba un elegante sombrero de paja; Antonio una camiseta a rayas, tan simple como a veces su mentalidad; Arthur seguía en sudadera; Alfred quería ir a lo pecho lobo, pero se contentó con una a tiras; Matthew iba como si fuese un explorador de las montañas; y Emma flipó al ver a su hermano aún con bufanda.

Lovino salió sigilosamente detrás de ellos. Cuando empezaron a caminar para ir a la colina y subir hasta un recóndito faro y mirador, Lovino se dispuso a mirar a las chicas mientras se escondía como un gato callejero.

"Esa es linda, pero...", "Nah, imposible", "Mucho para mí", "¡UNA PUTANNA MERDA!". La última fue dedicada a Antonio, cuando le observó. Bueno, ¿y cómo demonios no iba a observarlo? Él era bajito, iba detrás y el español traía puesto el bañador. La tela formaba unas arrugas muy pronunciadas en torno sus glúteos. Es que aún para encima son perfectos, ¿cómo pudo conseguir un culo tan…?

¿Tan qué, Lovi?

El pobre gato pegó un salto y se pegó un puñetazo así mismo por estar pensando esas cosas. ¡Céntrate! Se repetía. Pero claro, todas esas chicas parecían entrar en el radio alrededor del español, así que no podía evitar mirarlo.

Se ponía nervioso cuando viraba la mirada hacia él y le sonreía, o le daba gestos de apoyo, o gesticulaba alguna tontería. Puede que fuesen pequeños gestos, pero hacía que se sintiese menos solo. Menos descarriado, menos desesperanzado.

Aún así, no pudo mantenerle la mirada.

· · ·

A los estudiantes les pilló el mediodía, y entraron de manera masiva a un restaurante semi desierto. Al parecer, quedaba más camino del planeado para llegar al faro, así que pararon a comer y descansar porque la caminata sería larga.

Antonio le pasaba tortilla clandestina a Lovino. Se le unieron a la fila de benefactores casi todas las chicas al ver a un gatito tan lindo y Lovino disfrutaba de sus atenciones. Bueno, por más lío mental que tuviese, ¿a quién no le encanta que le presten atención?

Cuando reanudaron su caminata hacia la colina donde estaba el faro, Rómulo se empeñaba en convencer a los alumnos de que era algo muy importante.

—¡Es patrimonio de nuestro país!

—Por cierto — dijo un alumno — ¿en qué país estamos?

—¿Eh? Menuda tontería de pregunta.

—¡Cierto! ¿Y en qué idioma hablamos? — se unió otra alumna.

—Eh… sobre eso… — Rómulo se quedó sin palabras, y Christie rió a su lado.

—¿Nunca se lo han preguntado? — dijo otra muchacha.

Lovino decidió dejar de entrar en esos detalles porque si no sabía que entraría en un rollo filosófico muy malo que le haría cuestionarse el por qué de su existencia. Decidió concentrarse en caminar y mirar al frente, aunque Antonio se había puesto a su lado para apoyarle desde el silencio.

Lo que pensó que no sería tanta caminata, les llevó una hora. Cuando hubieron subido la cuesta hacia el faro, se encontraron con una señora de sesenta años que se había sentado ahí, tan frescamente, como si esa hora de subida empinada no hubiese sido nada.

—Sois todos unos chicos de ciudad — dijo ella — Pero estaré encantada de contaros cosas sobre este maravilloso faro.

La mujer empezó a parlotear y más o menos la gente fingía prestar atención. Cuando hubo acabado, muchos se acercaron a la barandilla para contemplar las vistas, y eran hermosas. El cielo, sin nubes, hacía que las aguas del mar cristalino resaltasen más. El follaje era de un particular verde esmeralda, propio del verano. Desde ahí, desde las alturas, sentías el viento en la cara y la libertad en las manos. Era una sensación increíble.

—Se me olvidó contaros una cosa — dijo, poniendo una especial sonrisa pícara — ¿A qué no sabíais que hay una leyenda sobre el mirador?

—¿Cuál, cuál? — preguntó Emma, curiosa.

—Si venís aquí con alguien especial — pronunció, con un deje de emoción — pueden pasar tres cosas; si os abrazáis es que estáis enamorados; si os besáis es que es puro; si os prometéis vuestros hijos serán felices.

—¿Y es eso verdad? — dijo un alumno.

—¡Por supuesto! ¡Mi marido y yo hicimos las tres cosas aquí y somos muy felices! Bueno, en realidad hicimos cuatro, pero no sé qué efecto tiene… — admitió por lo bajo. Los que la oyeron se levantaron inmediatamente de los bancos.

Mientras todos se miraban entre ellos, sonrojados y tímidos, algunos no se privaron de nada. Iván había abrazado a Yao y la había cubierto la cara de besos; Eli había abrazado a Gil casi como un jugador de rugby y Gil había besado su cabeza, riendo; Francis abrazaba por la cintura a Matthew, mientras moría de ternura porque intentaba darle un beso sin que se le muriesen las neuronas; Ludwig daba vueltas a su teléfono, mientras Kiku le animaba a mandar el mensaje; Arthur había simulado un choque para intentar abrazar a Alfred, terminó con la cara en el suelo porque la operación le salió rana.

Lovino miraba nervioso el escenario a su alrededor. ¡Todos dándose besitos y esas mierdas! Y él al lado de Antonio, que parecían los dos único solteros en una boda. Miraban el cielo como si fuese lo más interesante, intentando ignorar las frases ñoñas a su alrededor.

El gatito bufó y se puso al borde de las varas de apoyo del barandal para ver las vistas. Sintió náuseas por tanta altura y decidió retirarse lentamente.

—¡Lovi! — exclamó Antonio, asustado al verle tan cerca del abismo. Se agachó de inmediato y lo recogió entre sus brazos, con el gatito en protesta — Podrías haberte matado.

El gatito bufó y giró la cara. Más que nada porque no podía ver el rostro del español sin alterarse. Antonio, que siempre piensa las cosas, echó la cabeza hacia adelante y le plantó un pequeño beso en la frente a Lovino.

El italiano se quedó estático. Antonio, al darse cuenta de lo que había hecho, sólo atinó a sonreír avergonzado.

—Supongo que estaba celoso de tanta pareja…

"¡Celoso Y UNA MERDA!" exclamaba Lovino desde el interior, y empezó arañar al español, rojo de vergüenza. ¿¡Cómo se le ocurre abrazarlo y besarlo así, justo después de la historia de la señora!?

En ese preciso instante, la mujer contemplaba extasiada las parejas. Tanto amor la dejaba sin aliento. Entonces, se fijó en el profesor, que contemplaba todo con una cara muy seria. Su rostro se le hizo familiar, hasta que al fin lo reconoció.

—¡Tú eres el chico de la italiana! — dijo, tan felizmente. Rómulo solo atinó a sonreír un poco.

—Me temo que ya no.

—¿En serio? Una pena. Fue precioso como la abrazaste, y luego como ella te la devolvió agarrándote y besándote de ese modo — recordó. Un puñal directo al corazón.

—Ya… bueno, fui un idiota.

—Todos somos idiotas cuando se trata de amor.

Y Rómulo miró toda aquella cantidad de parejas felices, y pensó en los viejos tiempos. En cuánto se parecía a ellos con Arabella, y cómo lo había fastidiado todo.

¿Por qué tendría que haberse ido…?

· · ·

—Planeaba atacar a Inglaterra, que está más cerca y robarle la capital — propuso Gilbert.

—Arthur confía demasiado en su técnica, pero no descuida la defensa. Aún recuerdo nuestra batalla a hundir la flota… — recordó Antonio con resentimiento.

—Antonio, supéralo.

—Heracles, no te duermas.

—¿Tendré que luchar contra Matty? — preguntó Francis.

—Túmbalo.

—Ah, vale. Eso se me da bien.

Estaréis más perdidos que Sealand con las energías renovables, ¿verdad? Bueno, después de mucha caminata de vuelta, llegaron al fin a la playa para poder disfrutar del descanso (Alfred gritó ¡Beach! Y todos se fueron a buscar a la misteriosa mujer de vida alegre). Todos habían sacado su toallas y establecido sus territorios para descansar. Otros ya estaban con el balón fuera o metidos de cabeza en el agua.

Y toda esta guerra, empezó con Francis e Inglaterra. Ambos querían el mismo sitio para las toallas, así que decidieron hacer un atrapa a la bandera. Todos tomaron bando, aunque realmente no sabían de qué iba el asunto.

A Rómulo le pareció divertido, así que hizo un bote con lo que puso cada alumno y cogió pistolas de agua para todos en el chino más cercano. Yao aprovechó para saludar a un primo suyo.

Sin embargo, llevaron el duelo a límites insospechados. Dividieron la desierta playa en dos y confeccionaron tres banderas para cada bando, así sería más interesante. Cada equipo tenía veinte minutos de formación y planificación, y quien tenga todas las banderas del equipo contrario gana.

Y ahí estaban, panificando. Crearon tropas defensivas, de reconocimiento y ofensivas. Incluso sobornaron a gente del equipo contrario para recabar información. Francis y Arthur llevaban esto al límite… ¿y por qué no les emborrachan y ya?

—¡Se acabó el tiempo de planificación! — gritó Rómulo — ¡Todos! ¡Que empiece la pelea en tres… dos… uno… YA!

Y la guerra de los cien años estalló, y Lovino no podía estar más aburrido.

Él era un gatito abandonado y solo. Estaba tumbado en la arena mientras chavales de dieciocho años se mojaban con pistolas de agua y se protegían con boards de surf sólo por unas banderas. Y era toda una escabechina. Oh, venga, ¿esa estaba llorando sobre el cadáver de él? Poco creíble.

—¡ATACA, GILBIRD! — indicó Gilbert al pajarito que siempre lo seguía. El pollito se limitó a atacar a lo que creía que era una miga de pan, traicionando a su amo.

—Kolkolkol… — se oía de fondo. De pronto, todos tropezaban con la nada y caían al suelo. ¡Incluso los aliados! — Háganse uno con Rusia… — susurraba a sus oídos. Parecía que quería hacer un motín y obtener sus propias tierras en medio de la guerra. La siiestra canción paró cuando Yao le pegó un coscorrón.

—Deja de decir esas cosas, aru.

—¿Estás celoso? — dijo, sonriendo.

—¡C-claro que no! ¡Y tienes uno detrás!

Iván le dedicó tal mirada que lo mató del susto. Bueno, huyó. Ahora, regresemos a parte Francesa. Gilbert había vuelto a su puesto a regañadientes, porque quería ir en la ofensiva pero le tocaba guardia junto con una de las banderas. Antonio estaba en otra y Francis en la última. La playa no era tan grande, y delimitaba con una zona boscosa, así que las banderas no estaban tampoco muy escondidas.

A Antonio le tocó vigilar la bandera francesa dentro de la zona boscosa. No era exactamente un bosque… si no un montón de matorrales descontrolados con árboles al azar, siendo cruzado vilmente por un camino de piedra que daba a una fila de chiringuitos y chinos. Eso era la zona.

El español permanecía en alerta, por si venía alguien del equipo enemigo a matarlos. Bueno, robarles las banderas. Tenía entendido que en el equipo contrario estaban los nórdicos y los americanos, así que Francis tenía una telenovela montada en su mente con Matthew. Aunque eso al español le daba igual, ¡quería salir al campo de batalla! Tenía una pistola totalment cargada y no podía usarla, menudo palo…

—Heracles, no te duermas — pidió Antonio.

—El Sol… me da sueño… — bostezó, cabeceando. Entonces, oyó algo de entre los arbustos.

Antonio se puso enseguida alerta y se acercó a los arbustos. Se acercó más… y más… y entonces, de la nada salió Gilbird. Antonio respiró tranquilo, y se dispuso a reanudar su guardia.

—Oye, Heracles, ¿y si-?

—¡No te muevas o disparo! — amenazó Alfred, con la pistola en la cabeza del griego. Heracles tenía una cara de "eh… me la suda un huevo. Me voy a dormir" que no aportaba mucho realismo a la escena. Sin embargo, Antonio reaccionó con la frustración de un protagonista ante un villano — ¡Al suelo las armas!

Antonio levantó las manos y dejó caer la pistola, mirando frustrado l bandera. ¡La iba a coger, todo por distraerse con Gilbird! Oyó la voz estridente de Alfred reír.

—¡Y ahora, el héroe obtendrá la victoria!

—¿Pero secuestrar y tomar rehenes… no es de villanos? — dijo Heracles.

—Por supuesto que no si es en el nombre del bien.

—Eso es lo que dicen todos los villanos — dijo Antonio.

Alfred se asustó ante el dilema moral, pero no se olvidó de su cometido. Arrastrando a Heracles, que lo tenía agarrado del pescuezo, fue hacia la bandera. Oh, mierda. Se acercaba, con su malévola risa, mientras Antonio sólo podía observar sin poder hacer nada. ¡Por su culpa, Francis perdería y Arthur ganaría…! La sangre le hirvió al recordar el hundir la flota. Su Armada invencible… ¡vencida! ¡Y seguro que con trampas!

Impotente, apretó los puños y no paraba de pedir perdón a un Francis imaginario. Mientras, Alfred arrastraba sin dificultad a Heracles que ya estaba dormido. Tan dormido estaba, que el español se sorprendió cuando abrió los ojos de golpe y pareció olisquear el aire.

—Gato.

—¿Eh?

—¡CHIGUIII! — y una sombra se abalanzó sobre la cara de Alfred.

—¡AAAH! ¡DUELE, DUELE! ¡ESO ES TRAMPAAA! — dijo, rodando por el suelo de puro dolor. Algo le había arañado la cara de manera muy bruta y ahora creía que iba a morir.

El corazón de Antonio dio un vuelco. ¡El gatito que había aparecido era Lovino! Corrió de inmediato a abrazarle a modo de agradecimiento, porque claro, le había salvado la vida. Sin embargo, el gatito parecía querer decirle algo.

—¡MIAU, MIAU! — dijo, dando saltos hacia un lado.

—¿Qué quieres? ¿Qué mire el qué? — y ladeó la cabeza, mirando al horizonte.

Estaba naranja. La puesta de Sol.

Miró con pánico a Lovi, que también estaba aterrorizado. Con una habilidad suprema, cogió a Lovi en brazos y saltó con él en unos arbustos, rodando y rodando. Protegió al gato con su cuerpo y comprobó aliviado que la alta maleza no dejaría que nadie viese a Lovino desnudo.

—¡S-s-s…STRONZO, QUÍTATE DE ENCIMA! — le chilló Lovino.

—¿Eh? — Antonio no entendía que pasaba. Entonces, miró ante sí. De la nada, sin siquiera hacer ruido, lo que era antes un gatito ahora era un italiano sexy con las mejillas coloreadas y desnudo. Sí, desnudo. Y él estaba encima — ¡L-lovi…!

Antonio se levantó tan bruscamente y tropezó con sus propios pies y volvió a caer, un poco más de lado, pero encima de Lovi. Había usado sus codos para no chocar con el italiano y no hacerle daño, pero a cambio, había recibido una pose muy comprometida.

Estaba encima de Lovino. Su Lovino. Del mismo italiano del que sabía que estaba locamente enamorado, y que ahora se hallaba desnudo debajo de él. Con el pelo cubierto de hojas, la mirada furibunda pero más bien avergonzada, y ese sonrojo delatador. Oh Dios, no podía ser más adorable. Sus orejitas estaban tensas como su cola, y tuvo que contenerse para no acariciarlas.

—¡Tonieeen! ¿Dónde estás? — oyó en la lejanía a Francis.

—¡Mierda! — Antonio, por instinto, se agachó y terminó chocando con Lovino.

—¿¡P-p-p-pero qué haces, pedazo de…!? — la voz de Lovino temblaba contra su oreja. ¿Podía haber algo más placentero.

—¡L-lo siento, Lovi…!

—¡B-bastardo, no te muevas! — le espetó.

—¡Lo intento!

—¡No hables tan alto, joder…!

La situación era incómoda. Antonio sentía que era como estar escalando un acantilado; no mirar nunca hacia abajo. Ahora tenía el rostro enterrado en la clavícula de Lovi, y aún podía apreciar los leves matices de sus besos de la semana anterior. Su corazón iba a mil, y sentía el suyo acelerar junto al de Lovino.

Lo tenía atrapado, contra la hierba. Ambos no se miraban, no podían. Lovino se mordía el labio, porque justamente Antonio tenía la pierna encajada entre las suyas, rozando su zona prohibida. Y joder, ¿cómo un pequeño roce podía ponerle así? No era normal. Cuando se movió, casi tuvo que reprimir un gemido porque su parte se estaba poniendo contenta… y eso le cabreaba.

—…Creo que se ha marchado — susurró Antonio, al no oír pisadas cercanas.

—¿E-eso crees…?

—Sí…

Antonio se incorporó un poco, con claras intenciones de dejar de torturarse y levantarse. Pero cuando hubo llegado a ponerse de codos de nuevo, no pudo resistirse a la vista.

Lovino había cambiado su mirada. Había algo brillante en ella (aparte de la vergüenza y un poco de humillación), algo tan familiar. Recordó que brillaban así cuando se emborrachó y le dejó aquellas marcas en el cuello. ¿Era la lujuria?

"Qué difícil me lo pones", pensó Antonio. Lovino sintió como un puñal a su corazón la mirda fiera de Antonio, que parecía examinarle con especial interés. Hombre, el español estaba sin camisa, con el cabello desarreglado y en bañador. Le marcaba las zonas para marcar y era casi imposible no ser consciente de eso. Además, ¿cómo podía tratar de manejar esta situación estando desnudo?

Lovino en seguida acalló a sus pensamientos porque se asustó al ver un movimiento por parte del español. Se acercaba, lentamente. Su cabeza bajaba paulatinamente directa a sus labios. Sus ojos verdes gritaban lujuria, demandaban la carne. Antonio apretó más su cuerpo contra Lovino, para que fuera plenamente consciente de lo que iba a pasar.

Sus labios se acercaron, lenta y suavemente. Rozaron las narices, los alientos bailaron. Entrelazaron los dedos antes de darse cuenta. Lovino cerró los ojos, preparándose para lo que iba a venir. Y para aceptarlo. Su corazón parecía querer escapar cuando sintió el leve roce de la boca ajena sobre la suya. Se estremeció.

—¡Al fin te…! — Francis entró, así porque sí. La pareja se paró, giró las cabezas y miraron al francés — Oh, vaya. Parece que interrumpo algo. Ya me marcho, seguid, seguid.

Y se fue con una risita, aunque paró al sentir la penetrante mirada de odio infinito que le estaba propinando Antonio.

Lovino sólo atinó a pensar que su corazón explotaría.


A mí por Navidad me han traído un cap troll:


Ok, este cap no me gustó mucho, pero os aseguro que el siguiente sí que estará bien.

¡Lo sé, lo sé! ¡No he cumplido con mi reto de un cap cada semana! Pero aún aspiro a terminarlo en apenas un par de caps.

Es cortito, es sosito. Traté de amenizarlo todo lo posible, pero por acá son las cinco de la mañana y como que Santa Claus todavía no me ha traído regalos (¿?)

¡No me voy a enrollar mucho! ¡Muchas gracias por vuestros reviews y felices fiestas!

"Por eso espera con la pantalla prendida,

A que llegaras con tu actualización,

Con miles de actualizaciones para mí" – Bunny Nya en Skype

Y aquí estoy mil años después cual chino dragón