12. Pensamientos prohibidos

Daryl espera en el salón mientras Carol trastea en la cocina para prepararse una tila.
Ese salón... ese lugar donde meses atrás se enteró, por boca de Ed, de que iba a ser padre. Se arrepiente de la forma que tuvo de reaccionar, huyendo de allí y volviendo horas más tarda, completamente borracho para insultarla a ella y a su niña... No debió haber hecho eso, por muy dolido que estuviese, podría haber perdido a su pequeña del disgusto, y entonces... entonces jamás habría sentido la maravillosa sensación que tiene en su estómago.

Mira la nueva ecografía de su niña, es preciosa, aún no puede creerse que ya tenga ese aspecto.

-Se parece a ti, Daryl -dice Carol, sentándose a su lado con una taza humeante y un vaso de agua que él le pidió

-¿Tú crees? -pregunta alzando la vista hacia ella, para encontrarla vestida con una camisa enorme del grupo The Who que le cubre hasta la mitad de los muslos dejando al descubierto sus hermosas y suaves piernas.
Se pregunta si lleva algún pantalón debajo. Sacude la cabeza; pensamientos prohibidos.

-Sí, mira, de nariz para abajo es igual que tú -dice Carol, tapando con la palma de su mano la parte superior del rostro de su niña.

Daryl se muerde el labio pensativo, él aún no le encuentra parecido a nadie, pero es preciosa.

Carol mira el reloj, son más de la una de la madrugada, y aún están despiertos.
-Daryl, yo... siento que...

-Duérmete -interrumpe -cuanto antes te duermas antes me iré y menos tendrás que lamentar -susurra leyendo sus pensamientos. No quiere sonar borde, le gusta estar cerca de su niña, pero en unas horas entrará a trabajar y necesita descansar.

Carol asiente, da un último sorbo a su infusión y se tumba de lado en el sofá, con las piernas dirigidas hacia Daryl.
Mira el televisor, están retransmitiendo la película The Shawshank Redemption y no sabe si Daryl se sentirá cómodo con la trama.
-Puedes cambiar de canal, si quieres -murmura señalando el mando a distancia sobre la mesa de café.

Daryl se encoge de hombros, no le importa, no está atento a la trama, su mente está en otro lado, entre esas pálidas piernas exactamente, que se encuentran tan cercas de sus manos. Se muere por acariciarlas, besarlas de abajo a arriba, de arriba a abajo, morder el interior de sus muslos y...
Desvía la vista, debe dejar de pensar en ello, algo está despertando en el interior de sus vaqueros que comienzan a apretar, y ella parece no darse cuenta de lo que está haciendo con él, o tal vez sí.
Extiende la mano y acaricia sus tobillos, con la yema de los dedos, pero ella se encoge en cuanto siente el contacto alejándolos de su alcance.

-Lo siento -se disculpa con timidez. No sabe porqué lo ha hecho, necesitaba tocarla y no ha podido evitarlo, no ha pensado.

-No... no importa, es que tengo cosquillas ahí -lo tranquiliza ella volviendo a colocar las piernas donde estaban.

Daryl esboza una media sonrisa. Tiene cosquillas en los tobillos, un dato nuevo que acaba de conocer, aunque no sabe porqué lo considera tan interesante.

La película parece ser interesante. Un hombre inocente condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. Casi se echa a reír, le recuerda tanto a él, solo que su condena fue de seis meses y él no fue tan inteligente. Sólo se dedicó a insultar y meterse en peleas.
Se pregunta qué pasaría si entrase ahora. Se siente distinto, como si el hecho de convertirse en padre le hubiese hecho madurar y ser más paciente, y eso que su niña aún no ha nacido.

Mira a Carol, está profundamente dormida, con el rostro tapado por su cabello y la luz del televisor iluminando su silueta. Preciosa.
Debería irse, apagar el televisor y marcharse a casa a intentar conciliar el sueño. Necesita descansar, pero siente que una fuerza le impide levantarse, una fuerza de cabello pelirrojo y piel de porcelana. Su mente quiere irse, pero algo dentro de él le pide que se quede a su lado, vigilando su sueño hasta que las primeras luces del Alba le anuncien que es hora de marcharse.

Debería llevarla a su habitación, no cree que el sofá sea el lugar más cómodo e indicado para pasar la noche, y menos embarazada. Aunque este al menos es cómodo. En el de su casa no puede ni sentarse sin clavarse algo, y eso si conseguía sentarse, porque a veces tenía manchas tan asquerosas que podría pillar una enfermedad de transmisión sexual sóll por estar cerca de ellas.

Sube las escaleras, quiere saber dónde está la habitación antes de cargar con ella arriba e ir a ciegas.
La primera sala no es más que un cuarto de plancha, limpio y ordenado, la segunda... la segunda es la habitación de su niña. Pintada de gris perla, con adornos en rosa bebé, pero vacía, los muebles y la cuna de color blanco están apilados a un lado esperando ser montados. Él podría... no, qué estupidez, esa no es su casa, no tiene ningún derecho a tocar nada.

Entra en la siguiente sala, una habitación de invitados con ropa de hombre sobre la cama, el mando del televisor sobre la mesita, unas zapatillas a los pies... Le da qué pensar ¿Acaso no duermen juntos? ¿Debería preguntarle? No, su vida privada no es de su incumbencia, pero no sabe porqué el hecho de que su matrimonio pueda estar tambaleándose le hace sentir una extraña sensación de esperanza. Por Dios ¿Cómo puede ser tan cruel? si sus suposiciones son ciertas, ella debe de estar pasándolo realmente mal. Pero... él no la merece. Recuerda la asquerosa imagen de Ed desnudo, drogado y borracho mientras una señorita se la chupaba como si no hubiese mañana. ¿Ella sabría todo eso? ¿Cómo pudo acabar con alguien como Ed? Un asqueroso policía corrupto, putero, borracho, y... y violador, aunque todos piensen que fue él...

Siguiente sala, es la habitación de matrimonio, pintada en blanco hueso, con la colcha color beige y estampado floreado blanco. Hay un cuadro con un par de ángeles, y un colgante de plata con una pequeña cruz cuelga del cabecero. Otro dato más que sabe de ella: Es creyente.
Él no lo es, hace mucho que dejó de creer en ese dios, nunca escuchó sus súplicas cuando era niño, mientras su padre golpeada su espalda desnuda una y otra vez con el cinturón, para luego bañarle en una bañera con el agua extremadamente caliente y frotar con rabia sus heridas. Rogó para que lo dejase morir, pero nunca le escuchó.

El lado de la cama de Carol es el izquierdo, lo sabe porque una ecografía, y cremas antiestrías descansan sobre la mesita de noche, aunque quizás, si Ed no duerme con ella, ahora descanse ocupando toda la cama, no lo sabe.
Retira la colcha, destapando la cama lo justo y necesario.

Vuelve al salón, Carol no se ha movido, continúa enrollada en su propio cuerpo, de la misma manera que debe de estar su hija en su interior. No sabe cómo cargarla en sus brazos sin despertarla ni hacerle daño a su bebé.

Mete uno de sus brazos bajo sus piernas desnudas, a la altura de sus rodillas, siguen tan suaves como recuerda. No, concéntrate, Daryl.
Intenta girarla, ponerla bocarriba para poder cargarla correctamente. Ella se queja en sueños e inconscientemente colabora moviéndose, apoyando toda su espalda en el sofá.
Daryl aprovecha y pasa su otro brazo por la espalda y la levanta a peso con cuidado. Pesa menos de lo que aparenta.

Se congela cuando siente que ella abraza su cuello desnudo. Le está tocando, no le gusta que le toquen, se siente incómodo, dolorosos recuerdos vienen a su mente.

-Lo siento -susurra ella con voz somnolienta, y como si la tensión de él la hubiese despertado, traslada las manos a sus hombros que están cubiertos por la camisa.

Daryl respira aliviado y carga con ella escaleras arriba. Está acostumbrado a cargar con Merle y su padre, comparada con ellos, ella no supone ningún esfuerzo. ¿Qué pasará cuando nazca su niña? ¿Qué sentirá al cogerla? Será tan pequeñita y delicada... ¿Y si le hacía daño? Otro temor más que añadir a su lista.

Deposita a Carol con suavidad en la cama, como si se fuera a romper. Sus narices se rozan brevemente y un placentero escalofrío recorre su cuerpo. Huele bien, siempre huele bien.
Ella no tarda en volver a acomodarse de lado en cuanto su cuerpo está completamente tumbado en el colchón.

La arropa, muy a su pesar, no sabe cuando podrá volver a ver esas hermosas piernas. Desliza la sábana por su cuerpo, rozando su suave piel con sus nudillos. El corazón se le acelera ante el tacto y los recuerdos. Esos agridulces recuerdos, que no abandonan su mente.
No volverá a acariciar, besar, poseer su cuerpo, él ya ha cumplido su función, quizás el día que quiera tener otro hijo vuelva a buscarle, y él se dejará utilizar de nuevo, como un puto yonqui que sabe que la heroína le hace daño, y aún así se pincha otra dosis, porque la necesita, porque le hace sentir mejor. Eso era él, un adicto a su cuerpo. A su cuerpo y a ser padre de sus hijos, porque no le importaría volver a pasar por esa maravillosa experiencia de nuevo, aunque fuese una locura.

Ahora sí que debería irse, descansar las pocas horas de sueño que le quedan.
Está apunto de marcharse cuando escucha a Carol susurrar algo.
-¿Qué? -pregunta. Puede que sólo esté murmurando en sueños.

-Abrázame -repite con más claridad. Daryl no sabe qué hacer, quizás lo esté confundiendo con Ed, quizás sólo sueñe, quizás... quizás de verdad quiere que la abrace.
Niega con la cabeza.
Se acerca a ella, agachándose para ver su rostro ¿Cómo puede ser tan hermosa? Está dormida, duda que se haya dirigido a él.
Acaricia su vientre, ahora que ha visto claramente a su niña puede ponerle rostro cada vez que sus dedos rozan esa hermosa curva.
-Debo irme ya, en unas horas volveré a veros -susurra, no sabe si a Carol o a su hija, pero sabe con seguridad que volverá.

Echa un último vistazo a la habitación, es tan grande, fría y solitaria para ella sola que hace que se sienta impulsado a tumbarse a su lado, abrazarla, acariciar su cuerpo, oler su aroma...
No, no puede hacer eso, no debe.
Sale, huye de allí antes de que la fuerza que lo atrae hacia ella sea lo suficientemente fuerte como para no poder alejarse de su lado.

Llega a casa, huele a tabaco que echa para atrás, desde que dejó de fumar el olor a humo se le hace cada vez más insoportable.


El viejo Will está dormido en el sofá con el televisor encendido y un botellín de cerveza en la mano.
De Merle no hay rastro.

Entra en su habitación, han pasado semanas pero aún le parece que huele a ella. Bloquea la puerta, se desnuda y se mete en la cama, maldiciendo lo frías que están las sábanas.
Está muy cansado como para buscar algo cómodo para dormir, por lo que su cuerpo no tendrá más remedio que adaptarse a la temperatura.
Ha sido una noche cargada de emociones: Se presentó en su casa sin saber muy bien porqué
Estuvo una larga y vergonzosa hora dudando si llamar o no, pensando si ella querría recibirlo o le cerraría la puerta en las narices, y cuando ella abrió y al momento enterró su rostro en su pecho todas esas dudas desaparecieron y llegaron otras nuevas cuando sus lágrimas comenzaron a empapar su camisa, ¿Qué había pasado? Estuvo al borde del infarto camino al hospital, pensando en qué hacer, cómo reaccionar, cómo seguir viviendo si a su niña le había pasado algo y cuando al fin escuchó el corazón de Sophia supo que estaba bien, y el nudo que tenía en el corazón se deshizo al instante. Oh Dios, cada vez que recuerda cómo se movía, tan pequeñita y hermosa... aún no se lo cree, pero en su cartera está la prueba de que ha visto a su niña moverse, bostezar, chuparse el dedo... ya sólo le falta poder sentirla, y espera poder hacerlo dentro de unas horas. Quizás Carol vista otra vez esa camisa que muestra esas piernas que llaman al pecado.
De nuevo pensando en ella, de nuevo alguien reaccionando al recuerdo. No puede ignorarlo más, lleva demasiadas horas reclamando atención, necesita descargar.
Acaricia su miembro, rápido y constante, no quiere dedicarle mucho tiempo, necesita dormir.
Piensa en ella ¿En quién sino? Piensa en su pálida piel salteada de pecas, se maldice por no haberla visto con claridad. Sus encuentros sexuales ha sido siempre a oscuras. Piensa en la forma que tiene de mirarle, en sus rizos pelirrojos que atrapa tras su oreja cuando algún mechón rebelde tapa su visión, la forma que tiene de entrecerrar sus ojos cuando sonríe, esos malditos ojos... su olor, el sabor de sus labios, su manera de besar, la sensación de estar dentro de ella. Dios, lleva sin sentir esa sensación desde el día que concibieron a su niña. Ella es la última mujer con la que se ha acostado, y no tiene interés alguno en acostarse con otra, sólo existe ella, y no sabe qué hacer para sacarla de su mente. Quizás si dejara de masturbarse pensando en ella, en su cuerpo, en su rostro excitado, en la forma que sus paredes le envuelven cuando está en su interior y cómo se contraen cuando llega al orgasmo.
Demasiado tarde, su clímqx llega casi sin avisar y mancha su vientre de una cálida y espesa sustancia blanquecina.
Quizás la próxima vez agarre una de sus viejas revistas eróticas y se desfogue viendo a una mujer cualquiera que... no es ella...


El sonido de la puerta cerrándose de un portazo despierta a Carol.
Mira su reloj: las 07:10, Ed acaba de llegar del trabajo.
Pasea la mirada por la habitación, no recuerda cómo llegó allí. Se quedó dormida en el salón junto a Daryl y... ¿Él la subió hasta la habitación? Sí... algo viene a su mente, él la cargó en sus brazos.
Sonríe, ese hombre no deja de sorprenderla. Es tan rudo a la vista, pero tan tierno en su interior...

-¡Levántate, puta vaga! -grita Ed desde el piso de abajo. Ese hombre tampoco deja de sorprenderla, pero no de la misma manera.

Se estira en la cama, y su niña se mueve dándole los buenos días, haciéndole saber que sus pensamientos de la noche anterior no eran más que una pesadilla que espera no volver a vivir.

Se prepara para bajar las escaleras, sabe que está enfadado, se lo nota.
Entra a la cocina, él está sentado como un marqués, esperando a que le sirva el desayuno antes de irse a dormir, con un cigarrillo en la mano y su smartphone en la otra, mirando vete a saber qué. Ella no puede tocar ese teléfono, es algo prohibido, y aunque quisiera el patrón de desbloqueo no la dejaría entrar.
Ella no puede tener teléfono, y casi que lo prefiere así; Ed le controlaría las llamadas, los mensajes... y quizás podría recibir una llamada equivocada, él se montaría su propia película sobre que le está engañando, y acabaría con un teléfono inservible y dos costillas rotas.

-Dios, ¿Has visto lo gorda que te estás poniendo? Das asco -comenta sacando toda la bilis de su interior.

"Estoy embarazada" piensa en replicarle, pero no quiere arriesgarse a otra escena como la de ayer.
Prefiere dejar que le recuerde lo gorda y asquerosa que está, lo inútil que es, lo mal que cocina... cualquier frase cruel que se le ocurra, porque hoy no hay palabras que puedan herirla, está feliz, su niña está viva, y ha sido testigo de la amorosa mirada que su padre dirigía al monitor del ecógrafo que mostraba su rostro. Jamás olvidará ese momento, fue precioso, y su corazón palpita con fuerza en su pecho en el recuerdo.


-¿Cómo está tu niña? -pregunta Dale con ese tono amable que hace que se anime a hablar a pesar del cansancio.

-Bien, ayer la vi en una de esas ecografías 4D -comenta Daryl que está cambiando las pastillas de frenos a un Renault Megane.

-Oh sí, conozco esas ecografías, la tecnología no deja de asombrarme -comenta él, entre quejidos por tener que agacharse -Antes era difícil hasta saber el sexo, y ahora incluso puedes ser testigo de cómo sonríen dentro del vientre.

-¿La quieres ver? -pregunta Daryl, necesita compartir su orgullo de padre con alguien, que vean lo hermosa que es su niña.

-Claro -sonríe Dale, que se limpia las manos en su propia camisa, esperando pacientemente a que Daryl saque la ecografía de la cartera.

-Oh... pero qué cosa más bonita, se parece a ti -dice, alternando su mirada entre la ecografía y Daryl.

Daryl sonríe, es la segunda persona que le dice que se parece a él, y no sabe si sentirse orgulloso o asustado. No quiere que se parezca mucho a él, no quiere que la gente comience a hablar y Ed a sospechar ¿O tal vez sí? Si se descubre todo y Ed la deja podrá ver a su hija sin esconderse, Sophia podrá llamarle papá... pero Carol será la comidilla del pueblo, la que engañó al marido ejemplar con un deshecho humano de apellido Dixon, y pasarían a ser unas parias como él y todos los suyos. No, no quiere eso ni para ella ni para su niña. Por lo que, espera que su hija cambie un poco de aquí al día del parto, o que la gente, al no saber que él es su padre, no encuentren el parecido tan rápido.

-¿Quién es la afortunada madre? ¿La conozco? -pregunta Dale, devolviéndole la ecografía que Daryl coge y guarda en un gesto automático.

Se ha quedado congelado ¿Qué decir? Claro que la conocerá, y si no a ella a su marido. Todo el mundo conoce a Ed Peletier.
-No, no creo que la conozcas, se mudó no hace mucho y vive en las afueras -miente con una tranquilidad de la que él mismo se sorprende.

Dale se encoje de hombros
-Bueno, espero que me la presentes algún día, tengo que comentarle lo trabajador que es su novio -ríe, dándole una palmada en la espalda para animarlo a seguir trabajando.

"Novio" sí... sobretodo eso, su novio. ¿Qué era él para ella? ¿Un amante, un amigo, un polvo de una noche, un dispensador de esperma? No lo sabe, pero es el padre de su hija, eso seguro, y eso no va a cambiar nunca.


Llama a la puerta, y se muerde el dedo pulgar; gesto que suele hacer cuando está nervioso y/o inseguro.
Escucha los pasos de Carol acercándose, son tan suaves que parece que flota sobre el suelo.
Abre la puerta, y lo recibe con un destornillador en una mano y un carrillo hinchado por algo que debe de estar comiendo. ¿Cómo podía estar tan adorable con un moflete hinchado?

Traga con dificultad.
-Daryl... ¿Qué... qué haces aquí? -pregunta algo turbada.

Daryl cambia el peso de su cuerpo nervioso. Es un idiota, le dijo que volvería, pero ella ya estaba completamente dormida.
-Yo... quería saber cómo está Sophia -dice con timidez.

-Está bien, ahora está tranquila, dentro de una horas despertará y me lo hará saber -sonríe Carol sintiendo como su niña se mueve ligeramente ante la voz de su padre -¿Quieres pasar? -pregunta echándose a un lado para que él pueda entrar.

Daryl asiente y se introduce en el interior de la casa.
-¿Y ese destornillador? -pregunta, curioso.

Carol mira la herramienta como si fuera la primera vez que la ve.
-Oh Dios, es verdad, estaba montando muebles -recuerda -Pues he ido al supermercado con él en la mano -se frota la cara avergonzada.

Daryl se muerde el interior de la mejilla intentando contener la sonrisa.

-No te rías -finge enfadarse -No quiero saber lo que estarían pensando los clientes al ver a una embarazada con un destornillador en la mano y llorando en la sección de dulces porque su chocolate favorito se había acabado.

Suficiente, Daryl deja escapar un carraspeo divertido al imaginarse la escena. Mira a Carol, lo observa con el ceño fruncido y haciendo un esfuerzo por mantener su rostro serio.
-Lo siento -se disculpa aún sonriente y acercándose a ella -¿Cual es tu chocolate favorito? -pregunta con voz grave acariciando su vientre, en parte él es culpable de sus despistes.

Carol alza la vista hacia él.
-El chocolate negro -confiesa con una sonrisa tímida

Daryl asiente, tendrá ese dato en cuenta la próxima vez que realice una compra.
-¿Necesitas ayuda con los muebles? -pregunta cambiando de tema.

-Claro,no me vendría mal una mano extra -responde, pasando por delante de él y encaminándose escaleras arriba hasta la habitación de su niña.

Daryl camina varios peldaños por detrás de ella. Es curioso cómo de espaldas parece no estar embarazada. Aún tiene esa figura delgada y estilizada que tanto le gusta, esas piernas largas, aunque algo más hinchadas, las caderas ligeramente más anchas y ese hermoso trasero que... que no ha tenido la oportunidad de ver, o morder, pero sí tocar.
Sacude la cabeza; pensamientos prohibidos.

-Me falta la cuna por montar -informa abriendo la puerta de la habitación.

-¿Todo esto lo has montado tú? -pregunta sorprendido al ver que el mueble cambiador, la estantería y el armario cajonera están perfectamente montados.

Carol se cruza de brazos con aire autosuficiente.
-¿Sorprendido? -sonríe orgullosa de sí misma -Mi padre tenía una carpintería, y yo solía ayudar para ganarme un dinero extra -aclara, acariciando su vientre en el recuerdo de su padre. Habría sido un abuelo maravilloso que habría colmado a su niña de amor y juguetes de madera.

Sonríe, no se esperaba esa faceta de ella.
-¿Así que te gusta el bricolaje? -pregunta sacando la cuna de su caja. Carol asiente -¿Cómo que Ed no te ha ayudado?

Se encoge de hombros.
-Con su nuevo turno de trabajo apenas pasa tiempo en casa, y los días de descanso pues le gusta pasar tiempo con sus amigos y despejarse -responde acercándole la caja de herramientas. No ha dicho ninguna mentira.

Daryl la observa moverse por la habitación con esa luz única que ella tiene.
Él contando las horas para poder volver a verlas y el idiota de Ed prefiriendo perder el tiempo con aquellos cerdos.

-No me importa ¿sabes? -continúa ella -Me gusta esto, me relaja. Lo más difícil es sentarme y levantarme del suelo -ríe ella dejándose caer lentamente al lado de Daryl que continúa observándola de esa forma tan especial que hace que se le caliente el corazón.

-Tengo una mala noticia -dice Daryl agitando un papel en la mano para llamar su atención -Las instrucciones están en alemán -anuncia entregándoselas.

Carol sonríe de nuevo.
-Por suerte para ti aquí hay alguien que habla alemán -revela ella. Quién le iba a decir que tantos años de estudios iban a servirles para montar la cuna de su niña.
Agita los hombros antes de comenzar a leer en voz alta y traducir.
Adorable...

Está sorprendido, con lo espantoso y agresivo que le ha resultado siempre el alemán al oído y lo dulce que suena en sus labios.
-¿Eres alemana? -pregunta intentando buscar explicación al porqué sabe leerlo y hablarlo.

Carol ríe, y el sonido de su risa llena la habitación haciéndole sentir un cosquilleo en el estómago.

-No, soy licenciada en turismo y este es uno de los idiomas que sé hablar -aclara orgullosa de haberlo sorprendido.

Dulce, inteligente, mañosa.
Poco a poco va descubriendo cualidades de ella y todas le parecen sorprendentes.
No termina de entender qué hace en ese pueblo de mala muerte pudiendo estar en cualquier rincón del mundo desempeñando su trabajo.

Carol lo observa de reojo, no aparta la mirada de ella, lleva media hora con la misma tabla en la mano y duda que sea porque no sabe dónde va colocada. Le gustaría saber en qué está pensando.
-Te puedes quedar a cenar, si quieres -oferta ella intentando sacar algún tema de conversación sin suerte.

Daryl asiente de forma automática.
Es maravilloso cómo se desenvuelve entre tablas y tornillos. Siente que está estorbando, que no le necesita para nada.
Le gusta la manera que tiene de atrapar la punta de su lengua entre sus labios mientras encaja piezas, cómo arruga la nariz cuando algo no le cuadra, cómo murmura preguntando y contentándose a ella misma, y la de veces que lleva su mano al vientre como si necesitase cerciorarse de que su niña sigue ahí.
Lo tiene atrapado y no entiende el porqué.


Tamborilea con los dedos sobre la mesa del comedor. Ha intentado ayudarla con la cena, pero aparte de poner la mesa no le ha dejado hacer nada más. Prácticamente lo ha echado de la cocina de un empujón.

-Espero que te guste -dice colocando un humeante plato frente a él -Son rollitos de pollo rellenos de guacamole. Mi madre solía preparármelos de niña -explica un poco tímida sentándose frente a él.

Daryl observa el plato, tiene buena pinta, y quizás sea la comida casera más deliciosa que ha comido en años. De hecho, su infancia ha estado llena de comida rápida y productos congelados.

-Huele bien -dice antes de llevarse un trozo a la boca degustando su maravilloso sabor -Eres muy buena cocinera, las galletas estaban deliciosas. Tengo que traerte el tupper -la alaba con sinceridad temiendo mirarla a los ojos por vergüenza.

Carol asiente con una sonrisa tímida y agacha la cabeza sonrojada. No está acostumbrada a las alabanzas, y mucho menos en lo que a cocina se refiere. A lo largo de su matrimonio todo han sido malas caras, esputos dentro de la olla cuando la comida estaba casi lista, platos rotos y comida caliente arrojada sobre ella.

-Me gusta la comida tex-mex, pero no sabía si era de tu agrado, por lo que decidí preparar algo más ligero, no a todo el mundo le gusta el picante -confiesa con una mirada interrogante dirigida a él.

-Me gusta el picante -le informa robándole así una sonrísa satisfecha. Preciosa.
Podría pasarse horas mirándola, disfrutando de verla tan sonriente y habladora, le gusta pensar que él es la razón de esa sonrisa, a pesar de que su mente le diga que se deje de idioteces, que no sonríe por él.
Repasa todo lo que ha aprendido de ella en estas horas. Es increíble, pero empieza a tener la sensación de que la conoce de hace años, y ella parece estar cómoda a su lado y confiar en él, lo que le hace sentir aún mejor.

-¡Oh Dios! -exclama Carol, que se levanta casi de un salto y camina deprisa hacia él haciendo que se alarme pensando en lo peor, pero cuando llega a dónde está sentado agarra su mano y la coloca sobre su vientre desnudo.
Y entonces la siente... el vientre de ella se eleva justo donde él tiene su mano y no puede evitar emocionarse. Esa es su niña moviéndose.
Mira a Carol y le sonríe.
Apoya su oído sobre el vientre sin quitar la mano del lugar, disfrutando de los movimientos de su niña. Da la sensación de que va a romper la piel y una pequeña pierna asomará por ahí.

Carol se muere por acariciar su cabello mientras su mejilla está pegada contra su vientre. Le da tanta ternura verlo así de emocionado por sentir a su niña moverse que casi desea besarlo; No, pensamientos prohibidos.

-¿Te hace daño? -pregunta alzando la mirada.

Niega con una dulce sonrisa. Sus movimientos no son más que una leve molestia que adora sentir. Está enamorada de sus pataditas, giros y ataques de hipo. Es una dulzura.

Daryl besa el vientre, para sorpresa de ella, es un beso largo y dulce, acompañado de una caricia justo antes de bajarle la camisa de mala gana y tapar aquella hermosa forma.

-Debo irme ya -informa con desgana. Se está haciendo tarde, debería dormir, y ella también.

Duda unos instantes, podría invitarlo a quedarse, Ed no vuelve hasta el amanecer, pero ¿Para qué? ¿Qué esperar de él? ¿Que duerma a su lado y la abrace como si de un amoroso marido se tratase? No, sólo son amigos, nada más.
-Está bien -asiente finalmente Carol acompañándolo hasta la puerta. Ninguno de los dos sabe cómo despedirse ahora, ¿Un abrazo, dos besos, una palmada en la espalda?

-Volveré -susurra Daryl a lo Terminator antes de dar media vuelta encaminándose hacia su coche.
Mira hacia atrás sólo para encontrarla observándole mientras se aleja.
Alza la mano en señal de despedida y él imita el gesto. Le cuesta alejarse de ella más de lo que quiere reconocer.


Semana 27

El bebé es más largo que un pie adulto y posee más papilas gustativas que las que tendrá al nacer.

Un pié adulto ¿Qué pié? Porque no es lo mismo el pie de Carol que el suyo. Piensa observando a Carol caminar al interior de la casa tras dejarlo pasar.
Le gusta su vientre, está tan perfectamente redondeado que parece que lleva una pelota escondida bajo esa espantosa ropa.

-Ya pensé que no vendrías hoy -dice ella mirándole con esa sonrisa dulce que en todos estos días atrás no se ha borrado de su rostro.
Lleva toda la semana yendo a su casa día sí, día no, sobre las 19:30, pero hoy ha llegado dos horas más tarde.

-Sí, yo... lo siento, te he traído algo -confiesa con timidez acercándole una bolsa blanca.

Carol lo mira interrogante, colocando la bolsa sobre la mesa y abriéndola.

-¡Oh Dios, Tex-Mex! -exclama sonriente sacando las bandejas de comida.

Daryl la observa morderse el labio cuando descubre el postre de chocolate negro que acompaña la comida. Es como un niño el día de navidad.
-Dijiste que te gustaba ¿no? Y como no me dejas ayudarte a preparar la cena he decidido traerla. Y... -se echa a reír -Se supone que el postre es para después -finge enfadarse al verla introducir uno de sus dedos en el chocolate y llevárselo a la boca mirándole con unos ojos de cordero degollado que hace que le entren ganas de correr hacia ella y probar ese postre de sus propios labios.
Pensamientos prohibidos.

-¿Qué ocurre? -pregunta Daryl al ver los gestos extraños que hace ella tras finalizar de comer.
No debió traerle comida picante, en todos los libros recomiendan que las embarazadas no abusen de ese tipo de comidas, pero quería hacerle el gusto, y pensó que por una vez...

Carol niega con la cabeza y se echa a reír.
-Es Sophia, creo que no le gusta la comida picante, tiene hipo y ¡auch! Me está dando patadas, fuertes, hija de... -vuelve a reír contagiando a Daryl, que se acerca a ella para poder sentir como su niña castiga a su madre por haberle dado eso de comer.

-Lo siento -susurra contra el vientre -Deberías darle ese postre de chocolate, a lo mejor se calma -propone él con sonrisa juguetona haciendo que ella se eche a reír. Le encanta el sonido de su risa.

Carol lo mira sonriente, en estos días lo ha ido conociendo algo más. Se ha quedado tranquila al saber que tiene 28 años y que no le ha frustrado su carrera. Le confesó con timidez que trabaja de mecánico, como si fuese algo de lo que avergonzarse. Le gusta la caza, las motos, y recientemente la lectura.
Es una persona reservada, difícil de sacarle las palabras, pero poco a poco va viendo más facetas de él, y todas son encantadoras. ¿Dónde estuvo metido seis años atrás?

-¿Mejor? -pregunta Daryl al verla comerse el postre entero de una sentada.

Carol asiente con la boca llena, y entonces abre mucho los ojos al darse cuenta de slgo
-Oh Dios ¿El postre era para los dos? -pregunta avergonzada. Ese apetito voraz la hace ser una egoísta cuando se trata de comida.

Daryl emite un breve carraspeo.
-Tranquila, era para ti, a mí no me gusta el chocolate negro -la tranquiliza ganándose una mirada de odio por su parte.

-Debería echarte de mi casa por decir eso -bromea haciendo a Daryl reír de nuevo.

No es muy dado a las risas, pero siente que en estos días ha reído más que en toda su vida. No sabe cómo lo hace; no cuenta chistes, no bromea, es sólo su forma de hablar, sus gestos, sus despistes, su timidez, su sonrisa, su mirada... le gusta su humor natural, ese don para ser simpática sin pretender serlo, o tal vez el motivo de su felicidad sea el hecho de estar alejado de su tóxica familia; Por la mañana trabaja, almuerza algo rápido, va a la biblioteca hasta su turno de tarde, sale, se ducha, y llega a casa de Carol, donde es recibido con una cálida sonrisa y pasan las horas hablando, o habla ella. Él sólo la escucha contar sus inquietudes con el embarazo, sus miedos, sus síntomas, sus despistes... supone que al no pasar mucho tiempo con su marido necesita desahogarse con otra persona y lo ha elegido a él. No le importa, le gusta escucharla hablar, le gusta saber sobre ella, conocerla.


Semana 28

Su bebé ya supera el kilogramo, está aprendiendo a parpadear e incluso sueña

¿Con qué soñará? Él sueña muchas veces con ella. Sueña con acercarse a la cuna y acariciar sus mejillas, sueña con una pequeña mano que agarra sus dedos... la mayoría son sueños dulces y hermosos llenos de anhelos, otros son auténticas pesadillas que lo despiertan entre sudores: su bebé no llora, se le cae, lo pierde o que nace con la espantosa cara de Ed. En eso se resumían sus sueños estos meses, aparte de otros sueños, llenos de gemidos de placer, besos, caricias, sueños cargados también de anhelos y pensamientos prohibidos.

-¿Te has comprado un smartphone? -pregunta Glenn al ver el móvil que descansa a su lado.

-Sí, pero está en chino y no entiendo una puta mierda. Lo he traído para que me ayudes a entenderlo -dice acercándole el aparato. Él es su única esperanza para no tener que llevárselo a Carol y quedar como el paleto idiota que es delante de ella.
Le dijo que hablaba japonés, quizás el chino era igual.

Glenn lo mira con odio.
-Soy coreano, no chino.

-Lo sé, pero la misma mierda es ¿no?

-No, no es la misma mierda -se enfada elevando la voz más de lo normal haciendo que Maggie le chiste -Tienes suerte de que todos suelan tener la misma interfaz -susurra en un suspiro exasperado, y busca en el menú del móvil hasta dar con el cambio de idioma -Listo -dice entregándoselo.

-Gracias. Y... y ¿Para hacer fotos? -pregunta sintiéndose un inútil, nunca ha tenido algo así en sus manos, y es como un puto cavernícola viendo coches circular.


-¿Y por qué no Robin Hood? -pregunta Carol. Le acaba de contar el porqué le llaman Cupido.

-¿Un tío en mallas? ¡Ni hablar!-exclama asqueado.

-Mejor que un querubín en pañales... -replica intentando contener la sonrisa juguetona que lucha por salir.

Daryl le lanza un cojín en respuesta, haciéndola reír como una niña.

-¡Oh ya, Legolas! -exclama como si hubiese encontrado oro -Él también utiliza un arco.

-¿Quién puñetas es Legolas? -pregunta haciendo memoria a ver si le suena de algo.

-Un elfo del señor de los anillos -aclara, pero Daryl se encoge de hombros -¿Nunca has visto el señor de los anillos? -pregunta extrañada, y Daryl vuelve a negar -Vale... -chasquea la lengua -No eres digno de estar en mi casa -bromea lanzándole el mismo cojín que él le lanzó con anterioridad.
Ambos ríen.

Carol lo mira con una sonrisa melancólica ¿Cuándo fue la última vez que Ed le hizo reír así? No lo recuerda, y no recuerda haber estado con él tranquilamente sentada en el sofá, hablando de todo, sin decir nada.
Está a gusto con él, la escucha cuando habla, es atento con sus necesidades y las de su niña, que se mueve más que nunca desde que él las visita casi todos los días, aunque teme que todo ello cambie una vez que el bebé nazca. Está segura que con Sophia será igual, pero con ella.. no sabe qué relación tendrán una vez que dejen de ser un pack indivisible. Pero no puede ser egoísta, no puede exigirle que la cuide y mime, para eso está su marido.
Supuestamente...

-Voy a por mi infusión -informa ella al percatarse de que el hervidor ha dejado de silbar.

Daryl asiente y la ayuda a levantarse del sofá sujetando con firmeza su cintura desde atrás.
La sigue con la mirada hasta que desaparece de su vista y sólo puede oír el sonido de sus pies descalzos en la cocina.
Podría acostumbrarse a esto todos los días: Cenar juntos, recoger la cocina y sentarse en el sofá, a hablar durante horas hasta que el reloj le indica que debe marcharse. Como ahora...

Resopla ¿Por qué pasa el tiempo tan rápido cuando está a su lado?
Se levanta de mala gana deseando aporrear ese reloj que sólo hace su trabajo.

Ella está de espaldas a él, bañando la bolsita de infusión sobre el agua hirviendo.
Se gira antes de que él pueda decir una palabra y un grito ahogado escapa de sus labios a la vez que la taza resbala de sus manos y se rompe en varios trozos irregulares, derramando el líquido caliente sobre sus pies desnudos.

-¡Joder! -exclama Daryl recortando la distancia que los separa, en varias zancadas.

-Lo siento -solloza, una vez que Daryl está a escasos centímetros de ella.
Aquí viene, la bofetada, el insulto recordándole lo inútil que es.
Está arrinconada, no puede hacer nada, apoya las manos en la encimera, tensa su cuerpo y gira el rostro, esperando con terror la bofetada que... que nunca llega...
En su lugar, siente como Daryl la coge en brazos, la aleja del desastre, y la sienta sobre una silla para revisar la gravedad de la quemadura y del corte sobre sus pies.

Hay un largo silencio hasta que, finalmente, Daryl habla
-¿Pensabas que te iba a pegar? -murmura dolido pasando un paño húmedo sobre sus pies desnudos. La quemadura no es grave, y el corte tampoco. Las únicas heridas que debe remendar son las de su propio corazón, porque ella no tiene ni idea del daño que acaba de hacerle con ese simple gesto. Pensaba que lo conocía, que después de todo lo que ha estado haciendo estos días confiaba en él, pero ve que no, para ella sigue siendo un sucio Dixon, un maldito delincuente violento y agresivo que le daría una paliza por el ridículo hecho de haber roto una taza.

Carol aprieta los labios sin saber qué decir, las lágrimas acuden a sus ojos y no tiene ni idea de cómo controlarlo.
Él continúa frotando sus pies con amor, calmando su piel, y se le parte el alma cuando siente como una cálida lágrima se suicida contra su empeine y él la limpia rápidamente.

-Daryl -lo llama en un sollozo tembloroso, pero él no la mira, continúa de rodillas delante de ella, con el rostro agachado y escondido entre los mechones de su cabello.

-Me tienes miedo, dices que soy maravilloso pero me tienes miedo -gruñe con la voz rota.

-Daryl, no, no te tengo miedo -susurra estirando la mano para acariciar su cabello, pero se detiene antes de llegar; no puede tocarle.

-¿Que no tienes miedo? ¿Entonces por qué has girado a la cara como si te fuera a pegar? -gruñe intentando controlar su enfado. Está cansado de sus mentiras, de que le haga creer una cosa pero sus gestos y acciones demuestren otra.

Carol guarda silencio ¿Qué decirle? ¿Que es a lo que está acostumbrada?
Podría cortárselo, decirle todo por lo que está pasando: los insultos, las humillaciones, las palizas... y acabar con todo de una vez, salir de esa mierda de vida, pero no... esos son pensamientos prohibidos, sin Ed ella no es nadie, y no puede involucrar a Daryl en ello. Ed es su problema y de nadie más.

Niega con la cabeza ante su silencio.
-¿Lo ves? Eres incapaz de defender tu propia mentira -dice disgustado levantándose del suelo y dejando el paño húmedo sobre la mesa -Luego pretendes que te crea cuando dices que no me utilizaste -quiere gritarle, soltar toda la ira que lleva dentro, pero se controla por el bien de su niña, no quiere asustarla.

-¡Te juro que no te utilicé! ¡JODER! ¿POR QUÉ NO LE CREES? -grita frustrada ella, está harta de que piense así, cansada de darle explicaciones. Sophia se agita en su interior y lleva su mano al vientre para tranquilizar a su pequeña.

Él se percata del gesto, no quiere alterarla, no es bueno para el bebé, y siente que su presencia le está haciendo daño a su niña. Ahora no le parece tan buena idea lo de verla todos los días ¿A quién pretendía engañar? Ante todo, ella será siempre para él la mujer que lo engañó y utilizó, y él para ella no es más que un maldito Dixon, tan idiota que en lugar de alejarse, como ella esperaba, decidió formar parte de la vida de su niña.
Imposible hacer que crezca una amistad en una tierra contaminada por el rencor y el odio.
-Me voy -anuncia agarrando su casco, dispuesto a marcharse.

-No te vayas, por favor -solloza Carol desde el umbral de la cocina.

La forma de la que tiembla su voz le hace replantearse su huida, es un sonido que va de sus oídos a su corazón, y duele.
Lágrimas de cocodrilo, se dice.
Sacude la cabeza y se marcha dando un portazo.

-Sólo te tengo a ti -susurra Carol, demasiado tarde. Apoya la cabeza contra la puerta y rompe a llorar cuando escucha la moto arrancar.


El viernes no aparece por casa.


Hola, este capítulo es un poco más largo que el resto, pero se me quedaba corto si lo dividía en dos :)

Supongo que debo pediros disculpas de nuevo XD.

Tenéis que entender a Daryl, es un hombre que no ha sentido el cariño de alguien en su vida, no sabe lo que es, no sabe cómo manejarlo, y a la mínima que algo no le cuadra, ya piensa que le mienten, porque ¿Quién podría querer a un Dixon? y eso le duele.

De nuevo, muchas gracias por vuestros votos y comentarios :D