Capítulo 12

Caían copos de nieve y el suelo se había congelado. Hiccup no había tenido tanto frío en su vida. Por desgracia, ese frío se completaba con la sensación de que el mundo seguía girando mientras la reina de Arendelle se derrumbaba a su lado, como una gran torre al pie de un acantilado, cerniéndose sobre unas aguas asesinas que acaban con toda a historia de las piedras que la componen. Ya hacía un rato que Elsa había parado de llorar. Las últimas lágrimas que había derramado aún seguían en sus mejillas, solo que en forma de pequeños copos de nieve que otorgaban a la reina un aspecto melancólico y terrorífico al mismo tiempo. No había vuelto a chillar. Tampoco había vuelto a moverse. Y el rey de Isla Mema aguantaba en sus brazos un cuerpo yacente que apenas respiraba. No sabía qué hacer, así que había decidido quedarse quieto hasta que Elsa reaccionara mientras escuchaba los susurros entre sirvientes que se informaban unos a otros de lo que acababa de pasar. Quiso levantarse y mandarlos todos a sus tareas, separados unos de otros, pero sabía que aquello no podía ser.

¿Qué se supone que debo decir?, no dejaba de repetirse Hiccup, mirando de soslayo a Elsa. Tengo que arreglar esto. Jack no puede pensar...

-Hiccup...-musitó Elsa con la voz rota.

El aludido la miró con los ojos verdes muy abiertos.

-Elsa, por fin...-suspiró Hiccup, aliviado momentáneamente- Pensé que no volverías a hablar.

-Hiccup...-repitió Elsa- Jack...

-Tranquila, Elsa. Lo solucionaremos.

-No, Hiccup...-Elsa alzó sus ojos azules e Hiccup tuvo que contener un grito al verlos. La luz que solían despedir se había apagado y lo único que quedaba eran dos pozos azules vacíos, sin nada.

-Elsa...-Hiccup no sabía qué decir. Tragó saliva con fuerza e intentó enderezar a Elsa. Se le habían quedado las piernas dormidas- Tienes que salir de aquí, Elsa. Vamos.

Entonces, algo pareció tomar forma en los pensamientos de la joven reina. Abrió mucho los ojos y chilló.

-¡Elsa! ¿Qué te pasa?

-Desdentao... Hay que... Desdentao...

-¿Qué le pasa, Elsa?-quiso saber Hiccup, deseando salir de la habitación e ir a ver a su amigo.

-Tengo que... Tengo que... Tengo que matar a Desdentao, Hiccup.

-¿¡Cómo!?

-Sombra... Sombra... Solo veo a Sombra...

Hiccup, que se había quedado congelado como el suelo al escuchar a Elsa decir que tenía que matar a su dragón, intentó respirar con más tranquilidad cuando la escuchó decir ese nombre. Se sintió estúpido. ¿Cómo iba Elsa a matar a Desdentao por voluntad propia? Era absurdo.

-¿Qué te ha dicho Sombra, Elsa?-la animó a continuar, viendo que volvía a estar medio dormida en sus brazos.

-Matar... Desaparecer... Hoy... Consecuencias...

Hiccup se estaba poniendo de los nervios. Elsa no era capaz de formular una frase completa. A este paso, el rey de Isla Mema tendría que ponerle un trozo de pergamino y una pluma para que se lo escribiera. Mejor no, no vaya a ser que quiera clavarse la plumilla, recapacitó Hiccup. Aunque, ¿sería Elsa capaz de suicidarse. La miró y vio que se había quedado dormida con los ojos abiertos. Sí. En este estado, sin duda sería capaz.

Hiccup miró a todos lados en la habitación y decidió que era hora de levantarse del suelo. Se enderezó y, una vez en cuclillas, cogió a Elsa por las axilas y tiró de ella hacia arriba, procurando no hacerle daño en los brazos. Si se lo hizo, Elsa no protestó. Hiccup se lo achacó al shock. La cogió en brazos y la llevó hasta la cama. Las piernas de Elsa no eran capaces de soportar el cuerpo de la reina. La tumbó y la tapó con una manta. Miró a su alrededor. Todo, incluso la manta con la que la había tapado, estaba congelado. Hiccup suspiró, cansado. Entonces, se le ocurrió una idea bastante brillante.

Se aseguró de que Elsa no se movía de la cama y salió al pasillo. Justo en ese instante pasaba una sirvienta con un montón de sábanas en sus brazos.

-Disculpa, señorita-habló Hiccup, consiguiendo que la sirvienta se sonrojara-. La reina Elsa no se encuentra bien. Necesito que llame inmediatamente a su hermana, la princesa Anna. Dígale que quiero que venga aquí lo antes posible. Es muy urgente.

-Sí, mi señor-asintió la sirvienta, desviando la mirada de Hiccup con rapidez.

Hiccup observó cómo bajaba corriendo la escalinata principal, aún con las sábanas en los brazos. La escuchó hablar con el guardia principal y cómo este le indicaba dónde se encontraba la princesa. Acto seguido, ya no pudo seguir escuchando. Entró de nuevo en la habitación y especificó aún más su plan para quitar el hielo de la habitación. Se le vino a la cabeza el rostro de Jack, pero decidió que eso lo resolvería más tarde, cuando Elsa estuviera en buenas condiciones. Anna no tardó mucho en llegar y cuando entró en la habitación, ahogó un grito.

-Pero... ¿qué...?

-Escúchame, Anna-dijo Hiccup de inmediatamente, poniéndole las manos en los hombros y acercando la cara hacia ella para que nadie le escuchase-. Te lo explicaré todo, pero antes necesito que te quedes aquí con ella. Voy a volver con Desdentao. Él sabrá quitar este hielo sin quemar nada.

-¿¡Vas a meter un dragón en la suite real!?-analizó Anna, parpadeando varias veces para salir de su asombro.

-No entero, por supuesto. No cabe-sonrió Hiccup-. Quédate aquí.

Sin mediar una palabra más, Hiccup salió corriendo y dejó a Anna en la habitación con Elsa. El joven rey no tardó en llegar a las caballerizas, donde encontró a Desdentao jugando con un potrillo valiente. El dragón, al ver a su amigo, dejó al potrillo y se encaramó encima de su amo, sacando la lengua y lamiéndole de arriba abajo.

-¡Eh! ¡Eh! ¡Basta, Desdentao! ¡Sabes que esto no se quita!

El dragón emitió un ronroneo divertido a modo de risa y se quitó de encima. Hiccup se levantó y acarició la cabeza de su amigo.

-Escucha. Tú y yo vamos a ayudar a Elsa, ¿de acuerdo?

El dragón asintió, animado.

-Bien.

Media hora después, Desdentao bajaba de la habitación real y volvía a su sitio en las caballerizas. Un poco de aliento de dragón fue suficiente para derretir el fuerte hielo formado por Elsa. Anna había aseado a su hermana todo lo posible y le había cambiado el vestido por una camisola más cómoda.

Mientras que Hiccup y Anna intentaban descifrar las palabras inconexas de Elsa, Jack se había alejado tanto de la capital que no se veía el cristal azul de la torre más alta del castillo desde su posición. Había andado tanto que había llegado a una aldea. Jack había decidido no sentir ni pensar en nada. Aquello dolía menos. Se internó en una de las tabernas del pueblo, rogando por que nadie le reconociera. Dio la casualidad que la taberna era una especie de pub. Era solo mediodía y ninguna de las bailarinas que frecuentaban el club por la noche danzaba, pero sí había algunas ensayando sus coreografías o aconsejándose las unas a las otras. Cuando vieron a Jack sentado solo en la barra del bar, le echaron los ojos encima y comenzarona discutir quién sería la afortunada de llevárselo a la cama. Finalmente, una bailarina guapa y pelirroja salió elegida y, mientras andaba contonéandose hacia Jack, el resto la miraba con envidia.

La pelirroja tomó asiento junto a Jack y se quedó de piedra al contemplar sus brillantes ojos azules y su pelo blanco. Saliendo lo más rápido posible de su asombro, tosió levemente y clavó sus ojos verdes en el forastero. Jack, que no se había percatado de nada, movió la cabeza a un lado y se fijó en la bailarina. Apenas iba vestida, con un top sin tirantes morado y una falda larga del mismo color, adornada con cadenas plateadas más finas que una uña.

-Hola, forastero-habló entonces la bailarina con un tono sensual-. ¿De dónde vienes?

Jack la miró un momento, pero volvió su atención a la bebida. Bebió un sorbo y perdió la vista. La pelirroja, sintiéndose claramente ignorada, volvió a toser y, esta vez, se atrevió a poner su mano encima del brazo de Jack. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo al notar que su piel estaba por debajo de la temperatura corporal normal. Eso la instigó aún más.

-¿Qué te trae por este pueblo y esta taberna? ¿Un amor no correspondido? ¿Una cornamenta de infarto? ¿O, tal vez..., quieres compañía?

Jack miró de reojo cómo la mano de la bailarina ascendía a su hombro y comenzaba a bajar por su costado. Antes de que ella pudiese darse cuenta, Jack le había agarrado de la muñeca y se la había quitado de encima de un tirón. La desconocida abrió mucho los ojos y la boca.

-Eres fuerte-ronroneó. Acercó su cara al oído de Jack y susurró-. No sabes cómo me ponen los tíos duros. Podría hacerte lo que quisieras. Y, por ser tú, gratis.

Jack volvió la cabeza, entornando los ojos. La bailarina, feliz por haber captado su atención, silbó al camarero y le pidió otra ronda para el desconocido. Rápidamente, Jack se puso las botas con la bebida y, tras tres jarras de vino más, comenzó a ver doble. Él nunca se había emborrachado, nunca había tenido motivos para hacerlo. Prefería disfrutar de las mujeres estando sobrio. Hasta que llegó Elsa. Dejó de mirar a las demás y se centró en su pelo rubio, en su tímida sonrisa, en cómo se ponía nerviosa con el más leve contacto, en esas noches apasionadas en las que solo existían ellos dos. Jack desterró de inmediato esos pensamientos de su cabeza. No quería pensar en ella. Le había destrozado el corazón y la vida. Poco le importaban sus poderes. Jamás se arrepentiría de haberla salvado.

Entonces, algo llamó su atención y vio que la bailarina le estaba tocando la entrepierna descaradamente, ajustando su mano a la forma de su paquete. Jack entreabrió la boca. El contacto le estaba gustando y, lo que era mejor, le estaba haciendo olvidar. Tambaleante, se volvió hacia la bailarina y le abrió las piernas, invitándola a que siguiera tocándole por encima de los pantalones. La bailarina inspiró, sintiendo cómo el forastero respondía positivamente a su contacto, notándo cómo su virilidad comenzaba a espandirse debajo de ella. Aquella era la señal que estaba esperando. Se inclinó sobre Jack y, con la boca entrebierta, lamió el labio superior de Jack, provocándole un leve jadeo.

-¿Te vienes conmigo?-murmuró la bailarina, continuando con los tocamientos.

Jack la miró, ebrio y la agarró por la cintura. Ambos se pusieron de pie y la bailarina le guió hasta la parte trasera del escenario del pub. Siguieron un estrecho pasillo hasta llegar a la última puerta a mano derecha. La bailarina entró y cerró la puerta en cuanto Jack hubo hecho lo propio. Echó el pestillo y, sin esperar un momento más, comenzó a bailar delante de él, esquivando la pequeña cama que esperaba en la estancia. Un estrecho y desvencijado mueble de madera clara ocupaba la pared izquierda de la habitación y una raídas cortinas burdeos filtraban la luz del sol que entraba a través de la ventana. El aire olía a lavanda y sexo.

La bailarina se fue despojando de la poca ropa que adornaba su cuerpo al mismo tiempo que se acariciaba ambos pechos y los acercaba a Jack. Empujó al forastero para sentarlo en la cama y, acto seguido, ella se sentó sobre las piernas de él. Comenzó a quitarle las ataduras de la ropa y muy pronto ambos estuvieron desnudos. Jack respiraba con dificultad. No podía pensar. Solo quería deshacerse de esa sensación de vacío y aquella bailarina lo estaba consiguiendo.

La pelirroja no esperó más. Al ver el pene de Jack, se tapó la boca con una mano y se acarició el clítoris, excitada. Jamás había visto semejante miembro. Sin esperar más, se inclinó sobre él y se lo metió en la boca hasta la mitad. Chupo y lamió, arrancándole a Jack varios gemidos de placer. La bailarina sintió cómo un poco de líquido empapaba su lengua. Estaba preparado. Se puso sobre él y lo insertó de llenó en su vagina. Un desgarrado gemido surgió de su garganta. Su piel era fría como el hielo, pero había descubierto que el forastero tenía un lado tremendamente caliente. Jack quería que ella se moviera con rapidez, así que le dio al vuelta y comenzó a embestirla desde arriba, sin descanso. El alcohol removía sus pensamientos y enviaba mensajes al cerebro para que no dejase de moverse. Siguió entrando y saliendo de ella hasta que, extasiado, llegó al orgasmo y se corrió dentro de la muchacha. Ella ya había llegado al orgasmo y esperaba impaciente que su nueva presa acabase por fin.

En cuanto ambos se repusieron de la sesión de sexo, se separaron. La bailarina tuvo que vestir a Jack, que no daba pie con bola a ponerse los pantalones. Antes de dejarlo salir, se tomó un té de hierbas medicinales para evitar quedarse embarazada de semejante semental. Solo entonces abrió la puerta y lo acompañó de vuelta a la barra. Jack negó con la cabeza y, sin decir nada, salió del pub. Los últimos rayos de sol le recibieron de lleno y tuvo que taparse los ojos. Un tremendo dolor de cabeza comenzaba a atosigarle y tuvo que salir del pueblo y buscar un lugar en la linde del bosque donde dormir. En cuanto vio un trocito de tierra más blando que los anteriores, se tumbó. Lo último que vio de ese día fue una estrella que le recordó dolorosamente a su reina Elsa de Arendelle.